PRÓLOGO Y AGRADECIMIENTOS

Europa es el más pequeño de los continentes. En realidad no es ni siquiera un continente, sino sólo un subcontinente anejo a Asia. La extensión total de Europa (sin incluir a Rusia y Turquía) es de cinco millones y medio de kilómetros cuadrados: menos de dos terceras partes de la de Brasil y apenas algo más de la mitad que la de China o Estados Unidos. Parece más empequeñecida aún al estar al lado de Rusia, que abarca diecisiete millones de kilómetros cuadrados. Pero en la intensidad de sus diferencias y contrastes internos, Europa es única. En el último recuento comprendía cuarenta y seis países. La mayoría de ellos son Estados y naciones con su propia lengua; bastantes incluyen naciones y lenguas adicionales que no constituyen Estados; todos cuentan con una historia, una política, una cultura y unos recuerdos diferenciados y al mismo tiempo entrelazados, y cada uno de ellos ha sido estudiado en profundidad. Todo lo que se ha escrito, tan sólo en lengua inglesa, acerca del breve periodo de sesenta años de la historia de Europa posterior a la Segunda Guerra Mundial (especialmente sobre este periodo más que ningún otro) resulta inabarcable.

Nadie puede por tanto aspirar a escribir una historia del todo exhaustiva o definitiva de la Europa contemporánea. En mi caso, mi propia inadecuación para la tarea se ve agravada por la proximidad: nací poco después del final de la guerra y soy contemporáneo a la mayoría de los hechos descritos en este libro, por lo que recuerdo haber conocido, observado o incluso participado en gran parte de esta historia según se ha ido desarrollando. Si este hecho facilita o dificulta mi comprensión de la historia de la Europa de la postguerra es algo que desconozco. Lo que sí sé es que a veces puede complicar bastante la tarea de encontrar el desapasionado distanciamiento del historiador.

Este libro no ambiciona tamaño objetivo de imparcialidad. Sin renunciar, espero, a la objetividad y la justicia, Postguerra presenta una interpretación claramente personal del pasado reciente europeo. Utilizando un término que inmerecidamente ha adquirido connotaciones negativas, se trata de un libro apasionado. Algunas de sus opiniones pueden resultar quizá controvertidas, otras sin duda equivocadas. Todas son falibles. Para bien y para mal, son mías, como también lo son los posibles errores que inevitablemente han de surgir en un trabajo de esta extensión y alcance. Pero si su número no es excesivo y al menos algunos de los juicios y conclusiones de este libro son perdurables, se debe en gran medida a los muchos expertos y amigos en quienes he confiado durante el proceso de su investigación y redacción.

Un libro de este tipo se apoya, en primer lugar, en los hombros de otros libros[1]. Entre las obras clásicas de la historia moderna que me han servido de inspiración y ejemplo se incluyen La era de los extremos, de Eric Hobsbawm; Europe in the Twentieth Century (Europa en el siglo XX), de George Lichtheim; Historia de Inglaterra. 1914-1945 (FCE, 1989), de A. J. P. Taylor, y el reciente El pasado de una ilusión: ensayo sobre la idea comunista en el siglo XX (FCE, 1995), de François Furet. A pesar de ser completamente diferentes, estos libros y sus autores comparten la seguridad que nace de un extenso estudio y un tipo de confianza intelectual que rara vez se da entre sus sucesores, además de una claridad de estilo que debería constituir un modelo que debería seguir cualquier historiador.

Entre los expertos de cuyas obras sobre la reciente historia europea he aprendido más, debo mencionar y expresar mi agradecimiento especialmente a Harold James, Mark Mazower y Andrew Moravcsik. Su impronta resultará evidente en las siguientes páginas. Con Alan S. Milward, tanto yo como cualquier otro estudioso de la Europa moderna, estaremos siempre especialmente endeudados por sus estudios eruditos e iconoclastas sobre la economía de la postguerra.

Si en alguna medida puedo afirmar que estoy familiarizado con la historia de la Europa central y del Este, por la que a menudo las historias generales de Europa pasan de puntillas al estar escritas por autores especializados en la mitad occidental del continente, ello se debe al brillante trabajo de un grupo de jóvenes profesionales entre los que se encuentran Brad Abrams, Catherine Merridale, Marci Shore y Timothy Snyder, así como a mis amigos Jacques Rupnik e István Deák. De Timothy Garton Ash he aprendido no sólo acerca de Europa central (materia en la que durante muchos años ha demostrado ser un experto indiscutible), sino también y muy especialmente acerca de las dos Alemanias de la era de la Ostpolitik. Durante los muchos años de conversaciones con Jan Gross, y gracias a sus esclarecedores escritos, he aprendido sobre la historia polaca, y también a entender las consecuencias sociales de la guerra, aspecto en el que Jan ha profundizado con inigualable perspicacia y humanidad.

En lo que se refiere a las secciones sobre Italia, este libro está inequívocamente endeudado con el trabajo de Paul Ginsborg, del mismo modo que los capítulos que tratan de España reflejan lo que he aprendido de leer y escuchar al excepcional Víctor Pérez-Díaz. A ambos, así como a Annette Wieviorka, cuyo magistral análisis de la ambivalente respuesta de la Francia de la postguerra frente al Holocausto, Déportation et Génocide, ha marcado profundamente mi relato de aquella turbulenta historia, les estoy especialmente agradecido. Mis reflexiones finales sobre «Europa como modo de vida» se han visto muy influidas por los escritos de una destacada abogada internacional, Anne-Marie Slaughter, cuyo trabajo sobre los «Estados desagregados» defiende con argumentos sólidos la forma internacional de gobierno de la UE, no porque sea intrínsecamente mejor o represente un modelo ideal, sino porque es lo único que puede funcionar en el mundo actual.

Amigos, colegas y públicos de toda Europa me han enseñado mucho más acerca del pasado reciente del continente y su momento actual de lo que jamás habría podido extraer de libros y archivos. Quiero expresar mi especial agradecimiento a Krzysztof Czyzewski, Peter Kellner, Ivan Krastev, Denis Lacorne, Krzysztof Michalski, Mircea Mihaes, Berti Musliu, Susan Neiman y David Travis por su hospitalidad y ayuda, así como a Istvan Rév por su inestimable insistencia en que, por desagradable que fuera la experiencia, visitara el Museo del Terror de Budapest. En Nueva York, mis amigos y colegas Richard Mitten, Katherine Fleming y Jerrold Seigel se han mostrado generosos con su tiempo y sus ideas. Dino Buturović examinó amablemente mi versión del embrollo lingüístico yugoslavo.

Agradezco a los sucesivos decanos de la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Universidad de Nueva York, Philip Furmansky, Jess Benhabib y Richard Foley, el apoyo que han prestado a mi investigación, y al Remarque Institute, que fundé para que otros pudieran estudiar y debatir sobre Europa. Dicho instituto, donde se celebran muchos de los seminarios y conferencias en los que tanto he aprendido, no habría sido posible sin el generoso apoyo y patrocinio de Yves-André Istel; tampoco habría podido escribir este libro y dirigir al mismo tiempo el Remarque Institute sin la abnegada y extraordinariamente eficaz colaboración de su director administrativo, Jair Kessler.

Como tantos otros, estoy profundamente en deuda de amistad y asesoramiento con mis agentes Andrew Wylie y Sarah Chalfant por su incondicional apoyo hacia un proyecto cuya duración y extensión fueron aumentando mucho más allá de lo que hubieran podido imaginar. Mi agradecimiento a mis editores Ravi Mirchandani y Scott Moyers, y en especial a Scott y su colega Jane Fleming, de The Penguin Press, Nueva York: ellos saben cuánto les debo por conseguir la publicación de este libro. Gracias también a la hospitalidad de León Wieseltier; algunas evaluaciones y opiniones de las que aparecen en los capítulos 12 y 14 fueron primero publicadas en forma de ensayo en las prestigiosas páginas literarias que tiene a su cargo en The New Republic. Pero no hay duda de que con quien he contraído una deuda profesional más importante es con Robert Silvers, el eminente editor de The Neiv York Review of Books, quien a lo largo de los años me ha animado siempre a adentrarme en terrenos políticos e históricos cada vez más amplios, con todos los riesgos y beneficios que dicha aventura conlleva.

Este libro ha recibido una valiosa aportación de los alumnos de la Universidad de Nueva York, algunos de los cuales, y en especial Paulina Bren, Daniel Cohen (actualmente en la Rice University) y Nicole Rudolph, me han ayudado a comprender mejor este periodo a través de la investigación histórica que ellos han realizado, cuyo reconocimiento encontrarán expresado en estas páginas. Otros, como Jessica Cooperman y Avi Patt, me han prestado un incalculable apoyo como ayudantes de investigación. Michelle Pinto, junto con Simon Jackson, se transformó resignadamente en una experta investigadora iconográfica; a ella se debe la localización de la mayoría de las ilustraciones más atractivas, especialmente el Lenin tapado que figura al final de la tercera parte. Alex Molot se ha encargado de identificar y recopilar diligentemente los informes estadísticos y los datos publicados y no publicados en los que un libro de este tipo debe apoyarse ineludiblemente. Jamás podría haberlo escrito sin ellos.

Mi familia ha vivido con la Europa de la postguerra durante mucho tiempo; en el caso de mis hijos, toda su aún corta vida. Y no sólo se han mostrado tolerantes con las ausencias, viajes y obsesiones a los que ha dado lugar, sino que además han realizado valiosas aportaciones a su contenido. El libro debe su título a Daniel, y, a Nicholas, el recordatorio de que no todas las buenas historias tienen un final feliz. A mi esposa Jennifer también le debe mucho, sobre todo por sus dos atentas y constructivas lecturas. Pero su autor le debe mucho, mucho más. Postguerra está dedicado a ella.