XXIX
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EL PODER DEL PERRO

Parece que antiguamente la crucifixión era, en todos los países que rodean el Mediterráneo, el destino reservado al rey sagrado anual. Se practicaba dentro de un círculo de piedras sin tallar, y empleando, según las diversas costumbres tribales, un terebinto, un coscojo, una encina real o un granado. Se dice que esta práctica perdura en el norte de Bretaña y en las regiones más salvajes de Galia: el rey es atado por sus acompañantes con finos mimbres a un pino podado en la forma de una T, adornado con ramas verdes, coronado de espino blanco, azotado y maltratado de una manera que nos avergüenza narrar, y finalmente quemado vivo, mientras los hombres, vestidos con pieles de toro, bailan en torno del fuego. El alma del rey vuela hacia lo alto en la forma de un águila —como el alma de Hércules en la pira del monte Eta— y se torna inmortal, mientras los hombres-toro devoran eucarísticamente su carne. En Grecia la crucifixión subsiste con un carácter lúdico y restringido en la fiesta anual del llamado Zeus Verde en Olimpia. Pero se encuentran prácticas más similares a las de Galia en Asia Menor, Siria y Palestina, como, en especial, el gran sacrificio del árbol de Hierápolis, en Siria, y su versión frigia, que el emperador Claudio introdujo en Roma unos veinte años después de los acontecimientos que aquí se relatan. En todos los casos, el sacrificio del rey sagrado tiene la significación de una ofrenda de la tribu a su diosa madre.

Entre los israelitas, aún se crucificaba anualmente al rey sagrado en la época de los Jueces, en Hebrón, Silo, Tabor y otros lugares; y la cruz Tav, que tiene la forma de una T, se tatuaba como señal de casta real en la frente de los hombres entre quienes se elegía al rey sagrado. Como símbolo de casta se ve todavía entre los miembros de las tribus kenitas de Judea y Galilea, y aparece en la literatura sagrada hebrea en dos sentidos contradictorios: en el Génesis, como la marca del asesino Caín (el antepasado epónimo de los kenitas), y en Ezequiel, como la marca divina impresa en la frente de todos los justos para diferenciarlos de los pecadores el día de la venganza de Jehová.

Durante la primera dinastía israelita, la de Saúl, se abolió el canibalismo y nació la costumbre de prolongar el reinado por varios años, pero sacrificando cada año un dod o sustituto. Esta práctica sobrevivió hasta el reinado del buen rey Josías, aunque más tarde, excepto en tiempos de sequía o de otros desastres nacionales, se utilizaban como dod un macho cabrío de un año en lugar de un hombre, anomalía que se justificaba por el mito de Abraham e Isaac. Josías abolió la crucifixión insertando, en su estudio de la ley —el Libro llamado Deuteronomio—, un artículo que declaraba maldito, y no bendito, todo aquello que se crucificaba. Una vez que este principio, fundado en Moisés, fue aceptado como procedente de la inspiración divina, se empleó como un medio para desalentar el crimen: el cuerpo del hombre lapidado por blasfemia o alguna otra horrible iniquidad se colgaba, después de la muerte, en una cruz Tav para convertirlo en maldito y negarle una sepultura decorosa.

En otras naciones, se omitía la crucifixión del rey sagrado siempre que encontrara un dod; al principio la víctima era el hijo o el sobrino materno, a quien se investía con una insignia temporal de realeza, lo que explicaba la leyenda del sacrificio de Dionisos por Zeus; pero más tarde se aceptaron parientes más lejanos y, aún después, los prisioneros reales capturados en el combate. Como los reyes prisioneros escaseaban en tiempos de paz, se emplearon cautivos de rango inferior, y finalmente incluso los criminales servían. Así se convirtió la crucifixión en un mero castigo del crimen, como es actualmente; sin embargo persisten ciertos elementos del ritual tradicional, aun cuando se hayan olvidado hace mucho tiempo sus orígenes sagrados. Por ejemplo, los romanos baldan a la víctima mientras está aún en la cruz; como originariamente el rey sagrado era cojo, también debe quedar cojo el sustituto. Es difícil establecer qué parte del ritual romano tiene origen nativo y qué parte es cananea, porque los antiguos romanos utilizaban una cruz en forma de X, y durante la guerra contra Aníbal tomaron de los cartagineses la actual cruz en forma de T, y los cartagineses son, por su origen cananeos. De todos modos, es una notable paradoja que la crucifixión que había sido antes en Palestina un medio mágico para procurar la inmortalidad significara, para los judíos del tiempo de Jesús, un castigo infame que involucraba la extinción del alma. Y otra paradoja no menos notable era que Jesús —un rey sagrado al estilo antiguo— estuviera a punto de ser inmortalizado como en los viejos tiempos, a pesar de su oposición a la reina del cielo y a sus obras, y a pesar de los extraordinarios esfuerzos que realizó para evitar el destino señalado por su nacimiento y su matrimonio. O quizá, precisamente a consecuencia de esos mismos esfuerzos.

Aún vestido con sus prendas reales, fue conducido a la ciudadela de Herodes, la Torre de Fasael, que era ahora el cuartel romano. Allí lo desnudaron y sometieron a la flagelación preliminar, que es parte inseparable de la crucifixión. El capitán de servicio empleó despiadadamente su flexible rama de vid hasta que la fatiga le obligó a desistir. Luego entregó a Jesús, lastimado y sangrante, a los soldados rasos, que lo vistieron nuevamente y trataron de lograr que jugara a «adivina quién te ha golpeado» y al cruel juego de la fiesta de primavera llamado «el rey y los cortesanos», para el cual trenzaron con su pelo una diadema de acacia espinosa; pero él no les proporciono gran diversión y, después de una media hora, lo dejaron en paz y se pusieron a jugar a los dados.

Había una profunda ironía poética en su elección de la diadema, porque en Ain-Kadesh la voz divina había hablado a Moisés desde una acacia; y con madera de acacia se habían construido el arca de Noé, el arca de Moisés, el arca del armenio Xisutro y el arca del egipcio Osiris. En todo el Oriente Próximo se consagra este árbol a las divinas madres de divinos hijos de muy variados nombres; sus flores son blancas y puras, sus espinas agudas y su madera, resistente a las aguas corruptoras.

El capitán del destacamento encargado de la crucifixión era un hombre humano. Dijo a sus soldados:

—Las órdenes mandan burlarse de los prisioneros y ridiculizarlos durante la marcha por las calles de la ciudad. Esto es meramente una precaución contra los disturbios; por grande que sea la popularidad de un prisionero, la voluble muchedumbre ciudadana jamás intentará su rescate si lo ve en una situación suficientemente disparatada. Podéis hacer todas las fantasías que se os ocurran con los dos fanáticos; pero el cojo es un ser inofensivo, y si lo golpeáis más, os juro por el cuerpo de Baco que yo os golpearé de tal modo, cuando regresemos al cuartel, que desearéis estar en la Marina. Y una vez que estemos fuera de la ciudad, en campo abierto, cuidaos de marchar en buen orden y con la boca cerrada.

Los hizo formar en columna fuera del cuartel, donde se había reunido una gran multitud silenciosa, formada sobre todo por mujeres; luego envió a algunos hombres al mando de un sargento a traer en un carro tres cruces del depósito. Mientras tanto, hizo sacar de sus celdas a Dysmas y Gestas que, con Jesús, debían encabezar la columna. Los dos fanáticos habían sido maltratados de modo repugnante: Dysmas había perdido varios dientes y Gestas la visión de un ojo.

El capitán colgó del cuello de los tres prisioneros las correspondientes declaraciones de crimen, y les hizo cargar al hombro los travesaños horizontales de sus cruces. El travesaño de una cruz es un madero de dos metros de largo que se ajusta a un rebajo hecho en la parte superior del pesado poste vertical; este último se lleva al lugar de la crucifixión en un carro, pero según una antigua costumbre el criminal debe transportar el madero horizontal. Jesús reconoció la madera: era terebinto, que ningún carpintero de Galilea usa jamás porque se considera de mal augurio, así como ocurre en Italia con la madera de álamo negro, por su conexión con la diosa de la muerte.

Se dio la orden de marcha. La procesión avanzó y llegó sin incidentes a la cercana puerta de Joppa. Jesús se apoyaba en un palo, pero como necesitaba ambas manos para mantener el travesaño en equilibrio sobre sus hombros, no podía seguir el paso. Cuando un sargento lo empujó para que se apresurara, perdió el equilibrio y cayó pesadamente; los soldados aullaron de risa. A causa de los latigazos estaba sin aliento y se incorporó con dificultad. Después de una segunda caída, el capitán intervino: detuvo a un vigoroso peregrino que estaba a punto de entrar en la ciudad y le ordenó que llevara el madero de Jesús.

Era un judío de Libia que había oído predicar a Jesús en Cafarnaúm el año anterior y que hizo de necesidad virtud, diciendo al pueblo:

—Gentes de Jerusalén, me alegro de llevar la carga de este profeta verdadero. Que esto sirva para lavar el reproche que pronunció Nahúm contra mi tierra nativa. Porque cuando llamó a Nínive ramera y reina de la brujería, dijo: «La tierra de Put y los libios te han ayudado». Aunque Put sea mi madre y los libios mis hermanos, yo no soy un hombre indigno: no alabaré a una nueva Nínive que entrega a sus profetas para que sean crucificados por los inmundos infieles.

Como el capitán no entendía el arameo, nada dijo.

La procesión rodeó las murallas de la ciudad y giró hacia el noroeste, por el camino a nivel a la gruta de Jeremías, situada a unos tres cuartos de milla. Era un día caluroso y el camino estaba cubierto de polvo. Un grupo de peregrinos pascuales, conocidos como los Perezosos porque el cuerpo principal había llegado tres días antes, se acercaba desde el norte; cantaban de júbilo ante la vista de las torres y las murallas de Jerusalén, pero el salmo murió en sus labios cuando vieron la triste procesión. Todos guardaron silencio, volviendo el rostro mientras reos y soldados pasaban también silenciosamente a su lado.

Cuando aparecieron a la vista la gruta y la alta palmera de Jeremías, se oyó, atrás, un brusco llanto femenino. Las noticias del arresto de Jesús habían corrido velozmente por la ciudad; y aunque pocos de sus seguidores varones habían osado unirse a la procesión, allí estaban Juana y Susana, y María, la madre de Jesús, apoyada en el brazo de Shelom, la partera; y María, su reina, con su hermana Marta y su abuela María, la esposa de Cleofás, y María la Peluquera, con un grupo de mujeres rechabitas.

Jesús se volvió y dijo, jadeante:

—Llorad por vosotras mismas, no por mí. El día de la ira se aproxima; y en él se considerará bendita aquélla que no haya parido ni amamantado hijos que perezcan bajo la furia del cielo; y con una sola voz las hijas de Jerusalén clamarán porque las montañas caigan y las sepulten. Porque, si se despoja al árbol verde, ¿qué se le hará al seco?

Este proverbio evoca la veneración religiosa que se tiene en Palestina a ciertos árboles antiguos, por lo general las palmeras y los terebintos, a cuya sombra descansaban los patriarcas y los profetas. Aunque de todos los demás se cortan ramas para leña, a estos la gente no los toca. Sus copas son altas y verdes, aun en el desierto, al lado de los caminos más transitados, en tanto que los demás árboles están secos y despojados de hojas y ramas. Jesús quería decir: «Si se crucifica incluso a los profetas, ¿qué destino puede aguardar a la gente común?».

Más allá de la gruta se erguía la pequeña elevación en forma de cráneo llamada Gólgota, donde en los tiempos antiguos se cumplían las sentencias de lapidación y donde ahora los romanos crucificaban a los prisioneros políticos en una plataforma situada en la cumbre. Dominaba el camino principal del norte hacia Jerusalén, y no sólo debía su nombre de sierra de la Calavera a su configuración, sino a una leyenda: cuando el rey David trasladó su capital de Hebrón a Jerusalén, sacó la calavera de Adán de la caverna de Machpelah y la sepultó en el Gólgota como un talismán protector de la ciudad. Esta leyenda no debe tomarse a la ligera, porque la cabeza del rey Euristeo, brazo derecho de Hércules, estaba enterrada en un paso, cerca de Atenas, para proteger al Ática contra las invasiones; y se hallan muchos otros ejemplos de la misma costumbre en la historia de Grecia y Roma. Jesús había profetizado la verdad cuando dijo a Tomás que su viaje terminaría donde había terminado el de Adán.

En la gruta el capitán dio el alto, mientras se adelantaban dos ancianas: pertenecían a la piadosa corporación del incienso olíbano, autorizada por la corte suprema farisea, y tenían la misión, que ellas mismas se imponían, de dar a cada criminal judío condenado un grano de incienso como anestésico. Dysmas y Gestas aceptaron agradecidos el don, pero Jesús dijo:

—Quemadlo como un dulce sacrificio al Señor. Este hijo de Adán debe sufrir hasta el fin.

Lo despojaron de sus ropas, que los soldados retuvieron como una paga extra, aunque según la ley judía eran propiedad de su pariente más próximo. El sargento ejecutor abrió las costuras del manto y dio un trozo de paño a cada uno de sus cuatro asistentes; pero se echaron suertes por la propiedad de la túnica sin costuras que le había dado Simón, hijo de Boeto.

Implantaron los postes verticales en las bases de albañilería que servían para sostenerlos, y luego hicieron que cada reo, por turno, se echara de espaldas cerca de su travesaño horizontal. Éste se ponía debajo de la cabeza, y se ataban con finas ramitas de mimbre los brazos del hombre al madero. Las manos quedaban aseguradas mediante un largo clavo de cobre martillado a través de la palma, para que no fuera posible liberarse. Luego, con sogas y una polea se alzaban hombre y madero hasta que el travesaño encajaba en el rebajo preparado en el poste vertical, donde se ajustaba con pernos. En cada poste vertical, más o menos un metro por debajo del travesaño, había una hilera de agujeros; en el más adecuado se metía una clavija destinada a sostener por la entrepierna el peso del condenado. Las piernas se ataban igualmente con mimbres, y los pies se clavaban con otros dos clavos que atravesaban la carne por detrás del tendón sagrado, que algunos llaman «tendón de Aquiles», porque Aquiles, hijo de la diosa del mar Tetis, fue mortalmente herido por una flecha en ese preciso lugar. En la parte superior del poste vertical se fijaba la declaración del crimen, sobre la cabeza de la víctima.

Jesús quedó en el centro; Dysmas a su derecha y Gestas a su izquierda. Mientras lo subían a la cruz, pronunció una última plegaria, pero no pedía nada para él. Había pensado, finalmente, que su sacrificio era en vano y que había provocado la inexorable ira de Jehová. Se demostraba ahora que el pecado cometido con su personificación del pastor indigno era el de presunción, y que al conducir a sus discípulos al mismo error se había hecho merecedor de su propio reproche profético: «Quien engaña a los de corazón infantil merece que lo arrojen al mar corruptor con una piedra de molino al cuello». Su plegaria era solamente por ellos:

—¡Padre del cielo, perdónalos! Su único pecado ha sido la ignorancia.

Reconoció entre la multitud a su madre y a su discípulo Juan, que ya no usaba su manto de profeta, a su lado. Compadecido de la desolada mirada de María, la encomendó al cuidado de Juan.

Cuando el sol ascendió en el cielo, su padecimiento aumentó y todo su cuerpo se conmovía con los espasmos, pero sofocaba todos sus gritos. Las moscas ennegrecían la carne lacerada de su espalda y de sus costados, y el sudor corría por su rostro. Gestas gritaba y maldecía a Jesús como la causa de su ruina, porque el incienso no le había hecho efecto; pero Dysmas, indiferente a su próxima muerte, dijo en voz soñolienta a Jesús:

—Mi señor, recuérdame en tu reino. Dame allí un lugar.

Jesús lo consoló, ocultando la amarga ironía de sus palabras:

—Cuando entre esta noche en el otro reino, estarás a mi derecha.

Asustados, afligidos y totalmente desconcertados, la mayoría de los discípulos habían llegado al Gólgota, aunque no Jaime, Pedro ni Andrés. Jaime no había podido moverse porque su herida se había infectado. Pedro había sido golpeado hasta la inconsciencia por los romanos, que lo arrojaron desnudo a la calle. Andrés lo encontró allí y lo llevó a su albergue, pero no recuperó el sentido hasta la noche.

María la Peluquera se acercó a Shelom y le dijo:

—Tú has traído a este hijo de Adán a la luz del día, hermana; mi tarea será llevarlo de nuevo a las tinieblas.

—¿Quién eres, mujer? —preguntó Shelom.

—Te confiaré un secreto. La Cuarta Bestia, la Bestia del cuadrante sur del círculo de Horeb, era el Toro de la Prisa. Ésta fue la falta de Jesús: trató de apresurar la hora del destino declarando la guerra contra la Hembra. Pero la Hembra subsiste y la hora no se puede apresurar.

Shelom miró con tristeza a Jesús. Su serenidad la fortaleció, y respondió como por la boca de él:

—¡Paz, mujer! ¿Acaso no está escrito, acerca del reino de Dios: «Yo, el Señor, lo apresuraré a su tiempo»?

A mediodía, mientras los soldados empezaban a preparar su comida, sopló un cálido viento del este y el cielo se oscureció. No era la benéfica oscuridad que precede a la lluvia con el gruñido distante del trueno y la urgencia del relámpago, sino una oscuridad velada como la que aterroriza a quienes habitan cerca de los volcanes en actividad; mientras la nube se extendía por el cielo hasta el horizonte en el oeste, ocultando el sol, la tierra empezó a temblar y se oyó un estruendo distante cuando un enorme trozo de un contrafuerte del templo cayó rodando hasta el valle. Se oyó un clamor de espanto, y muchas mujeres cayeron de rodillas y miraron hacia lo alto, creyendo que finalmente había llegado el día de la ira. Pero el hijo del hombre no se manifestó, ni apareció un coro de ángeles listos para el rescate.

El capitán tranquilizó a sus hombres:

—La causa de la oscuridad es la arena del desierto, aspirada hacia lo alto por un tornado en Elam. Mañana toda la ciudad amanecerá cubierta de polvo. No hay nada que temer.

Jesús sintió que su virtud real lo abandonaba; su cuerpo era carne común y el valor se había agotado en su corazón. Gritó ásperamente:

—Señor, señor, ¿por qué me has abandonado?

Los ejecutores pensaron que se quejaba de sed. Con una risa obscena, acercaron a su boca una esponja mojada en vino de mirra clavada en la punta de una pica.

Él no quiso beber.

—Ha llegado el fin —murmuró; sus labios se movían, aunque casi sin sonido. Los que miraban sintieron que sus propios labios se movían con los de Jesús pronunciando los versos de ese salmo terrible: el antiguo lamento del hombre crucificado.

Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? ¿Por qué estás lejos de mi salud y de las palabras de mi clamor?

Dios mío, clamo de día, y no oyes; y de noche, y no hay para mí silencio.

Tú empero eres santo, tú que habitas entre las alabanzas de Israel.

En ti esperaron nuestros padres; esperaron, y tú los libraste.

Clamaron a ti y fueron librados: esperaron en ti, y no se avergonzaron.

Mas yo soy gusano, y no hombre; oprobio de los hombres y desecho del pueblo.

Todos los que me ven, escarnecen de mí; estiran los labios, menean la cabeza, diciendo:

Remítase a Jehová; librelo; sálvele, puesto que en él se complacía.

Empero tú eres el que me sacó del vientre, el que me haces esperar desde que estaba a los pechos de mi madre.

Sobre ti fui echado desde la matriz; desde el vientre de mi madre, tú eres mi Dios.

No te alejes de mí, porque la angustia está cerca; porque no hay quien ayude.

Hanme rodeado muchos toros; fuertes toros de Basán me han cercado.

Abrieron sobre mi su boca, como león rampante y rugiente.

Heme escurrido como aguas, y todos mis huesos se descoyuntaron: mi corazón fue como cera, desliéndose como en medio de mis entrañas.

Secóse como un tiesto mi vigor, y mi lengua se pegó a mi paladar; y me has puesto en el polvo de la muerte.

Porque perros me han rodeado, hame cercado cuadrilla de malignos: horadaron mis manos y mis pies.

Contar puedo todos mis huesos; ellos miran, considéranme.

Partieron entre sí mis vestidos, y sobre mi ropa echaron suertes.

Mas tú, Jehová, no te alejes; fortaleza mía, apresúrate para mi ayuda.

Libra de la espada mi alma; del poder del perro mi única vida.

Sálvame de la boca del león, y óyeme librándome de los cuernos de los unicornios.

Anunciaré tu nombre a mis hermanos: en medio de la congregación te alabaré.

Los que teméis a Jehová, alabadle; glorificadle, simiente toda de Jacob; y temed de él, vosotros, simiente de toda Israel.

Porque no menospreció ni abominó la aflicción del pobre, ni de él escondió su rostro; sino que cuando clamó a él, oyóle.

Pero los kenitas conocían la versión más antigua del lamento: «Eva, Eva, ¿por qué me has traicionado?»; las cuatro últimas estrofas recordaban a la madre de todo lo viviente su antiguo pacto, y le encomendaban que no permitiera el triunfo eterno de Azazel, y que no negara a Adán su anhelo de inmortalidad.

A la novena hora Jesús lanzó un grito terrible y un espasmo final lo sacudió. Sus rasgos se torcieron, sus ojos quedaron fijos, y su pecho dejó de moverse.

—Ha muerto bastante pronto —dijo el capitán—. Me alegro; era un hombre valiente, a pesar de ser un perro judío. He visto algunos que duraban cinco días o más, pero de eso hay que dar gracias al hombre que los flagela. Si golpea con bastante fuerza, les ahorra dolor a la larga.

Lentamente el cielo se aclaró y el sol volvió a brillar aunque los temblores de tierra continuaban a intervalos. Hacia el atardecer el secretario oriental de Pilatos llegó a caballo para recordar al capitán que, según la ley mosaica, los cuerpos malditos no debían seguir colgados después del ocaso, y que era conveniente no ofender la susceptibilidad nativa el día de Pascua. Jesús y las otras dos víctimas debían ser muertos de inmediato. El capitán dio la orden:

—Baldad a los dos que aún viven, y atravesadlos. No es necesario baldar al otro: ya es cojo. Pero clavadle una pica para aseguraros de que ha muerto.

Rompieron las piernas derechas de los fanáticos con un martillo de cantería, y luego los mataron clavando sus picas debajo de sus costillas. Otro soldado empujó desganadamente la punta de su pica debajo de las costillas de Jesús, del lado derecho. Habría desgarrado el pulmón, si éste no hubiese estado apretado hacia el interior por la efusión de agua en la zona que recibe el nombre de cavidad pleural, a causa de la flagelación; cuando el soldado retiró la pica, cayó agua mezclada con un poco de sangre.

Luego los soldados bajaron los cuerpos y los colocaron amontonados en un carro junto con las cruces y demás objetos, y los llevaron al depósito de cadáveres de la Torre de Fasael.

Jesús estaba muerto. Según el punto de vista oficial judío, había muerto en el momento de ser izado a la cruz, porque en ese momento había dejado de ser un miembro de la congregación de Israel para ser «un gusano desnudo, ya no más un hombre». Según el punto de vista general de la muchedumbre, había muerto después de proferir ese grito a la novena hora: el momento exacto en que los carniceros levitas iniciaban la matanza. Para los romanos había muerto en el momento en que le clavaron la pica, por la sangre, que no fluye de un cuerpo muerto. Pero a juicio de los doce notables kenitas que habían asistido a su coronación y ahora estaban en la primera fila de la muchedumbre, había muerto cuando había perdido su virtud real, exclamando: «Ha llegado el fin». El rey sagrado, nacido en el instante del descenso de la paloma, había muerto entonces.

María, la madre de Jesús, fue la última en marcharse del Gólgota. En su camino de regreso encontró al borde del camino a los kenitas, que la aguardaban. Con un saludo reverente, le dijeron:

—Permite que enterremos el cuerpo de nuestro rey.

—Preguntad eso a la hija de José Cleofás.

—Ella nos ha dado permiso, pero necesitamos también el tuyo.

—¿Cómo podéis tocar algo maldito, nobles hijos de Rahab?

—La nuestra es la ley más antigua; según ella, la crucifixión santifica.

—¿Dónde lo enterraréis?

—En el sepulcro del primer Adán.

—¿Os presentaréis a los romanos para pedir el cuerpo?

—No tenemos el derecho. Tú, su madre, debes hacerlo, porque su reina teme revelarse. Y nadie debe saber en nombre de quién lo haces.

—Lo haré complacida, en honor de la amistad que vuestros padres me demostraron hace mucho, cuando yo estaba en peligro de muerte.

Se dirigió a casa de José de Arimatea y se dio a conocer a medianoche, después de la cena. Rogó a José que pidiera a Pilatos el cadáver de su hijo.

Él la compadeció, pero respondió:

—Ay, mujer, mientras vivía hice todo lo posible para salvarlo. Ahora que está muerto, nada más puedo hacer; aunque era inocente, su cuerpo está maldito y no puedo darle sepultura. Si pidiera eso a Pilatos se negaría desdeñosamente; sin embargo, quizá las lágrimas de una madre lo muevan a la piedad.

—¿Concedería audiencia Pilatos a una pobre mujer como yo? Sólo debe escuchar a personas de rango o riqueza. Pero he encontrado hombres de otra nación que están dispuestos a llevar a mi hijo a un lugar donde su entierro está permitido; y si es cierto que no te cuentas entre quienes consintieron su muerte, prueba tu piedad con este servicio. Soy una viuda, y él era mi único hijo.

María insistió, y José, con reticencia, se comprometió a hacer lo que ella deseaba.

Cuando José visitó la Residencia la mañana siguiente, la petición divirtió intensamente a Pilatos.

—¿Para qué puedes querer esa macabra reliquia, si no puedes tocarla ni darle decente sepultura? ¿O es mejor que no te haga preguntas?

José parpadeó, pero tenía lista su respuesta:

—Debes saber, excelencia, que el culto sirio de las brujas ha echado fuertes raíces en Jerusalén. Si tus soldados venden el cuerpo a una persona no autorizada, sus dedos, su nariz y otras partes pueden servir para usos mágicos. En especial los dedos, porque se afirma que los dedos de un crucificado poseen grandes virtudes. Concédeme el cuerpo, y yo me ocuparé de él.

Pilatos se echó a reír.

—¡Oh, José, José! Confiesa que también tú eres un poco brujo y anhelas las extremidades de ese milagrero cojo. ¿Cuánto piensas ofrecer? Puedes tener el cadáver por quinientas dracmas; creo que es el precio habitual. Debes dar el dinero al capitán que dirigió la ejecución: los cuerpos son su estipendio. No, no te cobraré nada; esta mañana mi ánimo es generoso.

José de Arimatea dio las gracias a Pilatos y acudió con la orden a la Torre de Fasael, donde halló los tres cuerpos tendidos en el piso de piedra. El capitán no quiso aceptar dinero, y cuando José explicó que no podría llevarse el cuerpo ese día porque el Sabbath el trabajo estaba prohibido, dispuso, por cien dracmas, que el cuerpo fuera cubierto por sus soldados con un sudario de lino y transportado hasta la nueva tumba que José había comprado para su propio uso eventual, cerca de la gruta de Jeremías. Y por otras cien dracmas se comprometió a poner una guardia ante la tumba y custodiar el cuerpo hasta la mañana siguiente, cuando José podría ocuparse de él.

Nicodemon se enteró de esto, envió a José un costoso paquete de mirra y áloe con un mensaje: «Para el entierro de cierto hombre inocente».