XXII
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EL NOVIO
Mateo, hijo de Alfeo, había sido funcionario de aduanas en Cafarnaúm. Aunque renunció a su puesto cuando respondió a la repentina llamada de Jesús para que fuera su discípulo, no era un hombre capaz de olvidar a sus antiguos compañeros; y Jesús, que visitó con frecuencia su casa antes de que él la vendiera y ordenara sus asuntos, conoció por medio de él a la mayor parte de los recaudadores de impuestos del distrito. Era la profesión más odiada de toda Palestina; los recaudadores estaban al nivel de los ladrones y salteadores de caminos, no sólo para la gente común sino incluso para la corte suprema. No se podía aceptar el dinero que ofrecieran al templo o para caridades porque sin duda había sido adquirido mediante el fraude; y en ninguna corte de justicia judía se aceptaba su testimonio, a causa del juicio: «Ningún recaudador de impuestos es capaz de decir la verdad». En ambos sentidos, el recaudador de impuestos era la contraparte masculina de la prostituta; y en verdad, con frecuencia las prostitutas y los recaudadores se asociaban provechosamente para negocios que incluían el chantaje y el establecimiento de burdeles.
Los impuestos eran en Galilea una fuente general de miseria. Antipas el Tetrarca seguía el ejemplo de su padre el rey Herodes percibiendo impuestos sobre la tierra, el ganado, los frutales y toda clase de bien que pudiera venderse, aparte de los impuestos a las personas, a los caminos y a las exportaciones e importaciones. Su tetrarquía media poco más de cincuenta millas de largo por treinta de ancho; pero arrendaba la recaudación de impuestos a un grupo de contratistas por no menos de doscientos talentos de oro por año; ese grupo subarrendaba la tarea a personas de menor importancia, que empleaban recaudadores a sueldo. Los recaudadores se valían de la policía para cumplir su cometido, y le pagaban una elevada comisión; la policía empleaba espías para informar sobre las evasiones, y los espías medraban merced al chantaje. De este modo el impuesto, que era nominalmente del cinco por ciento de la renta nacional, se elevaba hasta un diez, doce o quince por ciento, puesto que los contratistas, los subcontratistas y los recaudadores se recompensaban por asumir esta poco popular carga, y el costo de la protección popular la llevaba casi a un veinte por ciento. Por lo tanto, como la incidencia de los impuestos es siempre mayor sobre los pobres que sobre los ricos, se arrancaba al trabajador manual o al pequeño granjero al menos la mitad de sus ganancias, con uno u otro pretexto, y el costo de la vida era incluso más alto que en Nápoles, famosa por sus altos precios.
Mateo era un subcontratista, y como todos los israelitas que habían abrazado voluntariamente esa profesión, o la habían heredado de sus padres, se veía privado de la estrecha observancia de la ley por el odio que suscitaba. Aunque era levita por su nacimiento, se había tornado medio griego en sus maneras. Pero era un hombre de gran sensibilidad y agudeza, y se había convertido de todo corazón a la prédica de Jesús, y muy pronto superó a todos los demás discípulos por su comprensión de los aspectos más complejos de la ley.
Los superiores de la sinagoga de Cafarnaúm se asombraron al saber que Jesús cultivaba la amistad de los recaudadores de impuestos. Dos de ellos fueron a visitarlo en delegación y le pidieron que cerrara la boca del escándalo visitando con menos frecuencia la casa de Mateo. Los dos funcionarios habían sido pescadores, pero ahora vivían del producto de una pescadería de la que eran socios y que sus hijos administraban para ellos.
Jesús explicó que consideraba a los recaudadores de impuestos y a las prostitutas como personas enfermas que necesitaban un médico —un médico no debe asustarse de las repugnantes heridas o enfermedades de sus pacientes— o como ovejas descarriadas que el buen pastor debía perseguir, dejando seguramente encerrado en su corral al resto del rebaño.
—Pero en el atrio de nuestra sinagoga se susurra de ti: «visita cierta casa para participar en algún impuro culto griego, o porque cuenta con el dinero que le entregan los contratistas fraudulentos y las prostitutas ladronas que concurren a esa casa para mantenerse ocioso».
—¿Eso se murmura en el atrio? ¿Y qué más se dice?
—Que, con la ayuda de Mateo el recaudador de impuestos, guías a tus demás discípulos por el mismo camino de perversidad.
Jesús sonrió y se dirigió irónicamente a sus discípulos:
—Hijos, mantened buena relación con los contratistas fraudulentos y las prostitutas ladronas, porque quizá, cuando vuestro propio negocio fracase, podréis persuadir al profeta Enoc a que os admita por una puerta disimulada al reino del cielo, donde ya tienen cómodos apartamentos reservados para toda la eternidad. Esos hijos de la oscuridad son mucho más agudos que aquellos que viven a la luz de la ley.
Los discípulos rieron de buena gana. Luego Jesús se dirigió nuevamente a los superiores de la sinagoga, a quienes preguntó casualmente:
—¿Habéis oído la historia del propietario de Tiberias y de su mayordomo desleal?
—El rumor ha llegado a nuestras cocinas, y nuestras esposas han hablado; pero como el mayordomo era un griego no hemos querido oír más.
—Es una historia que merece vuestra atención. Se llamó al mayordomo para que mostrara sus cuentas, y sabiendo que, al hacerlo, sería inmediatamente despedido, y sin esperanza de encontrar otro empleador, decidió precaverse contra la pobreza mediante nuevos fraudes. Mientras aún tenía autoridad para hablar en nombre de su amo, reunió a todos los acreedores de la propiedad y redujo su deuda en una cuarta parte o la mitad. ¡Ya podéis imaginar la alegría del propietario cuando descubrió lo ocurrido!
—¿Qué nos puede importar ese injusto mayordomo?
—Los mayordomos de la casa del Señor de Cafarnaúm no sólo administran mal su propiedad sino que desalientan a sus acreedores, los recaudadores de impuestos, las prostitutas, y todos aquéllos a quienes el infortunio ha tornado impuros, para que no paguen al Señor su deuda de amor, y se atreven a hacerlo en su nombre. ¿Habéis leído la profecía del testamento de Moisés?
—No está en el Canon.
—Escuchad, de todos modos: «Y en su tiempo (ese tiempo es ahora) gobernarán hombres impíos y destructivos, declarándose justos. Devorarán los bienes del pobre en el nombre de la justicia; Serán engañadores y despiadados, estarán llenos de pecado y faltos de ley desde el amanecer al ocaso. “Tendremos festejos y alegría comiendo y bebiendo” dirán, “y nos consideraremos príncipes”. Tocarán lo impuro y pensarán lo impuro, y sin embargo dirán: “Vete; me manchas con tu mera sombra”».
Uno de los superiores exclamó:
—¡Ten cuidado, señor! Algunos de tus discípulos son miembros de nuestra sinagoga. No obrarías bien debilitando nuestra autoridad. Si hemos pecado, el pecado debe ponerse ante la puerta del cielo, porque nadie puede acusarnos de infringir la ley que nos han entregado nuestros padres; y ella nos obliga estrictamente a apartarnos de la compañía del hombre impuro y del pecador.
Jesús se volvió nuevamente a sus discípulos:
—Los superiores de vuestra sinagoga se sientan en la silla de Moisés y dispensan la ley. Se debe obedecer la ley a la letra, e incluso a una fracción de la letra. Aunque ellos os impongan pesadas obligaciones de pureza ritual —obligaciones que para ellos no son nada porque son hombres ricos con siervos y esclavos cananeos y no se ganan la vida con sus manos— haced siempre lo que ellos os dicen, aunque falsifiquen, como es obvio, el espíritu de la ley. Haced lo que os dicen, por absurdas que sean sus ficciones legales para eludir su evidente deber para con Dios. Haced lo que os dicen, ¡pero no lo que hacen! Porque, como dice el proverbio: «Extraen del caldo al mosquito impuro, pero se tragan el impuro camello».
Los superiores, entrenados desde la infancia para aceptar humilde y pacientemente el reproche, guardaron silencio pero apenas pudieron contener la furia mientras Jesús proseguía:
—El Predicador, el hijo de Sira, dice: «Que nadie declare “Mi pecado viene de Dios”». ¿Por qué induciría Dios al hombre a hacer lo que él odia? Que no diga tampoco: «Dios me obliga a errar». Pues, ¿qué necesidad tiene Dios de un pecador? Y os digo: Amen, amen; se ha hecho que la ley, santa y justa como es, sea una baldosa floja para los pobres. Vosotros, ricos, sois los pecadores que han obligado a desesperar de la salvación a esas pobres criaturas, al apartarlas por impuras y al negarles acceso a la sinagoga. Vuestra riqueza los ha conducido al pecado, porque la riqueza engendra ocio, y el ocio mala conciencia, y la mala conciencia excesiva escrupulosidad con la ley, y el exceso de escrúpulo con la ley engendra presunción, y la presunción seca las fuentes del corazón. Por lo tanto, lo que está escrito en el testamento de Moisés, «Tocarán lo impuro», significa: «El hombre ocioso cabalga en el cuello del pobre y le obliga a comer lo impuro, y por lo tanto él mismo se contamina». El día del juicio tendréis que responder por vuestros pecados, y será duro para vosotros.
Le preguntaron:
—¿Deshonras la memoria del sabio Hillel, de quien aprendimos esas «absurdas ficciones legales», como las llamas, esas «falsificaciones de la ley»?
—Hillel era un carpintero que jamás dejó de trabajar con sus manos, y fue pobre hasta el fin de sus días. Si un hombre alega pobreza como excusa para no estudiar la ley, se le pregunta: «¿Eres más pobre que Hillel?». Interpretó la ley con el espíritu del amor, y no imponía a los demás cargas que no estuviera dispuesto a soportar con alegría él mismo. Está escrito que cuando murió Moisés todos los hombres de Israel lloraron por él; pero cuando murió Hillel, no solamente los hombres lloraron, sino también las mujeres y los niños. Honrando su memoria os digo: Vended vuestros provechosos negocios, mercaderes; distribuid el producto entre los pobres, retornad a las barcas y las redes que neciamente abandonasteis, y cuando estéis trabajando en las aguas del lago recordad vuestra obligación hacia vuestro prójimo. ¿Acaso no está escrito: «Trabajarás seis días»? Y el sabio Shammai, que fue discípulo de Simeón, hijo de Shetach, dijo: «Amad el trabajo, odiad el señorío». Y otros sabios han dicho: «Un hombre debería contratarse al extraño antes que permanecer ocioso; más le valdrá desollar una carroña para ganarse el pan que decir «Soy sacerdote» o «Soy un hombre grande y erudito».
—Recibes el nombre de Jesús el Carpintero. ¿Dónde están, entonces, tu sierra, tu mallete, tu martillo y tu cincel?
—De carpintero que era he pasado a ser pastor —mostró su báculo y su manto de pastor—. Que nadie envidie este laborioso oficio nuevo.
—¿Y tus ociosos discípulos?
—Que nadie envidie su laborioso aprendizaje.
Los superiores se despidieron sin pronunciar más palabras; y no recibió más invitaciones para predicar en ninguna sinagoga de Cafarnaúm.
La sospecha de que recibía dinero manchado tenía un motivo: dos hermanas judías que frecuentaban la casa de Mateo financiaban su gira de prédica. Una de ellas, Juana, era la esposa de Chuza, el mayordomo de Antipas; la otra, Susana, estaba casada con un colega de Mateo, el recaudador de impuestos camineros de Baja Galilea. Jesús había aceptado su ofrecimiento de ayuda en la seguridad de que el dinero procedía de sus propias dotes y era, por lo tanto, limpio. Susana había pedido también dinero a sus amigas, cuidando de no aceptar nada que tuviera origen dudoso. Pero las sumas que debían reunir no eran pequeñas. Aunque en ese momento los discípulos rara vez debían comprar alimentos en el mercado, porque con frecuencia se veían confundidos por la generosa hospitalidad de los admiradores de Jesús, ninguno de ellos era rico, y todos tenían familias que soportar, hogares que mantener e impuestos que pagar.
Utilizaban la barca de Pedro y Andrés para viajar juntos por el lago, y pescaban entre sus tareas religiosas; pero aunque vivían austeramente, no los abandonaba el sentimiento de que no se conducían bien con sus hogares y oficios, a pesar de la sensación de virtud que procedía del abandono de sus antiguos pecados. Jesús halló que algunos derivaban lo que él consideraba una satisfacción ilegítima del hecho de ser los discípulos elegidos por un famoso maestro. Les recordó el juicio de Hillel: «Un nombre engrandecido es un nombre destruido». A partir de entonces realizó curaciones pocas veces y en secreto, y dejó de acentuar sus prédicas con misteriosos actos simbólicos.
A medida que la novedad de su prédica se desgastaba, se observaba esa aparente decadencia de sus poderes, que se comentaba desdorosamente en los mercados; se decía que cuando había llegado al lago, unos meses antes, era un pálido asceta; pero que ahora había perdido sus poderes curativos por su glotonería en las mesas de sus poco recomendables partidarios. Y aunque al comienzo había sido bien recibido porque imponía ligeras obligaciones a sus oyentes y no insistía en fatigosos rituales ni en la dura negación de sí mismo, ahora los críticos se quejaban de que no era como el enérgico Juan el Bautista, cuyas palabras quemaban hasta la médula, como el cálido viento del desierto. ¿Era acaso éste un momento para palabras suaves, para comer y beber y regocijarse? Es verdad; Jesús predica la llegada del Mesías, como Juan; pero los discípulos de Juan ayunaban y se abstenían de los placeres terrenales, sabiendo que el Mesías sólo ha de venir cuando los verdaderos penitentes se aparten de la masa de los pecadores y se presenten como su propio y sagrado cuerpo de guardia. En cambio, los discípulos de Jesús parecen prósperos y alegres, y nada preocupados por el pecado y la opresión que los rodean.
Cuando Jesús fue desafiado públicamente con este motivo, respondió:
—¿No sabéis que los compañeros del novio están exentos de la obligación de ayunar, e incluso de orar, durante los siete días de la fiesta de bodas? Que ayunen antes y después; pero ahora es momento de bailar, cantar y regocijarse. Predico la merced de Dios a quienes lo buscan, y no su venganza contra quienes se le oponen.
Sus antiguos amigos de la sinagoga de Cafarnaúm descubrieron que Judas de Keriot, en su carácter de tesorero de Jesús, acudía a intervalos regulares a la casa del mayordomo de Antipas en busca de dinero. Empezaron entonces a considerar a Jesús como un falso profeta y un traidor a su país. Como lo habían apoyado en el comienzo, estaban ahora ansiosos por denunciarlo para no perder el propio crédito. Además, les intrigaba sobremanera que se hubiese comparado con un novio. ¿Por qué un novio? Tenían un proverbio: «El novio es como un rey». ¿Acaso sugería que era un grande? Enviaron en delegación a otros dos superiores.
Éstos le preguntaron:
—Has dicho que eres un novio. ¿Qué quieres decir con eso?
Él respondió meramente que había hablado de unas bodas a las que había invitado a las personas mejor nacidas del lugar —los sacerdotes, los propietarios, los abogados, los superiores de la sinagoga—; pero como muchos de ellos se habían excusado, sus lugares habían sido ocupados por los recaudadores, las prostitutas, los mendigos y los enfermos.
Entonces, sus visitantes le pidieron que probara con algún signo manifiesto que era una persona suficientemente eminente para ser superior al escándalo.
Jesús replicó que no era un mago para llamar la atención de la multitud con vulgares milagros. Ansiar signos y milagros era adulterio espiritual.
—Ni siquiera el rey Salomón, a pesar de su autoridad sobre los demonios, dio un signo a la reina de Saba cuando fue a visitarlo, aparte de la sabiduría moral que le transmitió. Por lo tanto, no recibiréis otro signo que el que dio Jonás al pueblo de Nínive, cuando les recomendó que se arrepintieran. Si aún así no os arrepentís, recibiréis otro signo: Nínive escapó a la amenaza de destrucción —y agregó—: Os proponéis, como he oído decir, reconstruir en mármol y bronce dorado la tumba de Nahum. Hombres piadosos, vuestros antepasados mataron a Nahum. Si ahora viviera y profetizara contra sus opresores, como lo hizo contra Nínive, ¿lo mataríais con vuestras propias manos? ¿O evitaríais la culpa de la sangre denunciándolo al tetrarca?
La respuesta llevó a la sinagoga a decidir que se había convertido en un peligro público. Lo vigilaban celosamente, esperando sorprenderlo en alguna infracción evidente de la ley. Jesús advirtió a sus discípulos que debían vivir más allá de todo reproche, y mantener perpetua guardia contra el pecado. Habían sido acusados de glotonería y de diversión inconveniente; no debían tampoco indignarse por las acusaciones. Pronunció un juicio: «Amad a vuestro prójimo cuando perdona, y a vuestro enemigo cuando condena; pagad con gratitud a quien odia vuestras locuras, rezad por aquéllos que os maltratan sin provocación».
En esa misma ocasión —estaban comiendo pescado asado junto a la costa del lago Simón de Caná— murmuró que la sal no tenía sabor, y que mientras los romanos no fuesen expulsados del país sería cada vez más insípida. Era un comentario justificado, porque la consecuencia del impuesto sobre la sal —había un impuesto sobre la sal, como sobre todo lo demás— era que ese producto no sólo se había encarecido sino que era adulterado con tiza y arcilla; pero Jesús recordó a Simón que los romanos sólo podían oprimir a los israelitas porque éstos no habían cumplido sus deberes con Dios, y que la adulteración de la sal era un medio idóneo para recordarlo. En Jerusalén no se ofrecían sacrificios sin sal; incluso se espolvoreaba sal sobre el incienso.
—La sal purifica; pero si la sal pierde su sabor, ¿qué la salará? Hijos, mantened pura vuestra sal, y un día os llevaré a Jerusalén para salar la sal que allí encontraréis.
El primero de estos dos dichos ha sido excesivamente simplificado por la Iglesia gentil. Dice ahora: «Amad a vuestros enemigos, haced bien a quienes os odian, rezad por quienes os maltratan»; y es así o bien una demanda de perfección imposible o una incitación al ateísmo por cuanto un hombre (como en el caso de Jesús) no reconoce otros enemigos que los enemigos de Dios. También puede mencionarse aquí otro de sus juicios que ha sido análogamente deformado. Originariamente decía: «Amen, amen; quienquiera que no esté conmigo está contra mí; quienquiera que no esté contra mí está conmigo». Las dos mitades, delicadamente equilibradas, de esta antítesis han parecido contradictorias a ciertos obtusos compiladores, ¡e incluso se discute cuál de las dos es la auténtica! Algunos sólo mencionan una mitad; otros solamente la segunda. Sin embargo el sentido es evidente. Jesús quería decir que entre dos extremos activos de opinión hay una región intermedia pasiva; pero pasividad no significa indiferencia. En otras palabras: «Ha llegado un tiempo en que cada uno debe decidir si está a favor del bien o del mal; incluso decir que uno «no está en contra», como oposición a «no estar con» es una clara indicación de elección».
Finalmente fue sorprendido en lo que pareció a los superiores de Cafarnaúm una obvia infracción de la ley: curó, un Sabbath, a un hombre que tenía un brazo paralizado. Estaba prohibido hacer ningún trabajo el Sabbath, y la única excepción era un trabajo necesario para salvar una vida. El brazo del hombre estaba paralítico desde hacía muchos años, y ninguna exageración habría podido afirmar que estaba en peligro. ¿Por qué no lo había curado Jesús el viernes, por qué no había aguardado hasta el domingo? Un médico ordinario lo hubiera hecho; y aunque se podía interpretar generosamente el peligro de muerte en el caso de una herida, que tal vez pudiera demostrarse fatal si no era atendida, nadie habría curado un brazo paralizado el Sabbath con el tratamiento habitual de masajes y sangrías, así como nadie habría atendido las coles de su huerto.
Cuando se interrogó con indignación a Jesús por este asunto, preguntó:
—¿Es legítimo salvar la vida humana el Sabbath?
Respondieron:
—Sabes tan bien como nosotros que sí lo es.
—¿Es legítimo, el Sabbath, salvar la vida de un buey o un asno que ha caído a una zanja o a un pozo, hiriéndose?
—La puerta está abierta. ¿Pero qué vida has salvado?
—La vida del brazo derecho de un hombre —dijo—, que para él valía más que un buey o un asno, porque sin él no podía cumplir completamente las obligaciones impuestas por las ordenanzas del Sabbath.
—Pero el brazo, que sólo es una parte del hombre, no tiene existencia separada, aunque sea el derecho.
—Conocéis el proverbio que aconseja no dejar que la mano derecha sepa lo que hace la izquierda. Esto es lo mismo que concederles almas separadas, y es justo. Porque la mano derecha rechaza, y la izquierda invita; la mano izquierda sostiene la gubia y la derecha el martillo; la derecha guía la pluma y la izquierda afirma el pergamino. ¿Y no han dicho los sabios: «Un hombre puede profanar un Sabbath para que otro honre muchos Sabbaths»? ¿Y no emprende curas nuestro Padre su día sagrado? ¿Nunca habéis visto que cure la herida de una espina o un dolor de cabeza entre la víspera de un Sabbath y el ocaso?
Si esa aguda respuesta hubiese sido pronunciada en una academia de Jerusalén por algún famoso doctor de la ley, sin duda habría sido aplaudida e incluida con agradecimiento en el cuerpo de comentarios; pero Cafarnaúm era una pequeña ciudad provinciana, mucho menos liberal que Jerusalén. Entonces empezó a circular el rumor de que Jesús había comenzado su ministerio poco después de descender del monte Tabor, donde se había iniciado en los ritos del demonio Belcebú, y de que lograba sus milagros invocando su poder. Belcebú es uno de los «nombres de escarnio» que tanto abundan en la literatura sagrada judía. Mediante una leve alteración de las letras, un título de honor se convierte en otro de deshonor. Del mismo modo se cambió el honorable nombre de Laban, el caudillo del Carmelo con cuya viuda se casó el rey David —Laban significa «hombre blanco»— por Nabal, «tonto». Y por una modificación análoga, la estatua de Zeus Olímpico instalada por Antíoco Epifanes en el templo de Jerusalén no se llama «la estatua del señor del cielo» sino «la abominación de la desolación». Y así también Belcebú, «el señor de las moscas» es una deformación de Baal Zebul, «el señor de Zebulón» o Atabyrius, a quien había recurrido en una ocasión Ahazías, rey de Judá, para que le sanase las heridas internas que había sufrido al caer de una alta ventana.
Jesús se burló del ataque.
—Baal Zebul, el príncipe de los demonios —dijo—, debe de estar muy senil si ahora otorga poder a los magos para expulsar a sus súbditos de sus agradables moradas.
Había vuelto la Pascua; Jesús fue a Jerusalén con sus discípulos y miles de otros peregrinos galileos. Una vez ante el templo, entró sin vacilar, consciente de su legitimidad. Se instaló en el patio de los gentiles y comentó el texto de los Salmos «Bendito sea el Señor que mora en Jerusalén» para un gran auditorio integrado en su mayoría por galileos. Fue una ocasión de gran importancia, porque era la primera vez que predicaba en Jerusalén. Su tesis era novedosa y provocativa: que Dios mora en los corazones de las personas que acuden a la fiesta, y no en el templo mismo. ¿Acaso cuando el templo había sido profanado y destruido Jehová se había quedado sin casa? ¿O había errado como un demonio por la desnuda cima de la colina, o había partido con su pueblo al exilio para consolarlo? El templo elevado por Salomón había desaparecido; el templo construido por Zerubabel había sido reemplazado por otro. ¿Había ordenado el mismo Jehová la construcción del actual templo, o había sido erigido para satisfacer las ambiciones del rey Herodes, el mismo que había profanado sitiado y tomado violentamente el templo de Zerubabel, matando a muchos sacerdotes y hombres piadosos?
—Aunque en la estrechez de vuestra comprensión podéis desear un santuario visible al que volveros cuando os dirigís a nuestro Dios en la plegaria, ¿qué necesidad tenéis de estos espléndidos edificios? Destruid este templo, y por la gracia de Dios le construiré en tres días una morada aceptable, porque vuestro siervo es carpintero. Israel era grande cuando nuestro Dios residía en un arca de madera de acacia, hasta que finalmente esa pequeña casa se convirtió en un ídolo y fue apartada de los ojos de los hombres por el profeta Jeremías y por la orden de nuestro Dios. Sin embargo, Jeremías ha profetizado en su nombre: «Por ti, Israel, recordaré el amor que me has demostrado en tu juventud en el desierto; porque entonces Israel era la santidad para su Dios y el fruto primero de su cosecha».
»¿Qué decís, hombres de Israel? ¿No se ha convertido también en un ídolo esta colina? Sus piedras están manchadas de sangre inocente, desde la sangre de Abel, el primer pastor, hasta la de Zacarías, hijo de Baraquías, perversamente derramada en tiempos de nuestros padres en el altar del incienso. Los profetas vituperaron al monte Tabor, de Galilea, cuando en los antiguos tiempos se erigieron ídolos en él; pero ahora los ídolos han desaparecido y el lugar está limpio. En el monte Sión los ídolos perduran. Habéis hecho sonrientes ídolos dorados de estas torres y estas puertas.
Ese atrevido discurso fue bien recibido por los galileos, aunque no tanto porque aceptaran la imagen trascendental de Dios que Jesús ofrecía como porque halagaba su autoestima provinciana; para los naturales de Judea era impío y mostraron su resentimiento silbando y sacando la lengua. El capitán de la guardia del templo acudió con una pequeña escolta de levitas, temiendo un disturbio, pero el báculo y el manto de Jesús le otorgaban el privilegio de los profetas y nada ocurrió.
No probó el cordero pascual y recomendó a sus discípulos que tampoco lo hicieran. Los esenios dicen: «Derramar la sangre del sacrificio es volver a matar a Abel». Según su tradición oral, Abel, el pastor, había ofrecido en esa misma colina un sobrio sacrificio de leche de oveja y miel silvestre, y Jehová lo había aceptado al par que rechazaba el sacrificio de un buey, hecho por Caín; y luego Caín había asesinado por celos a Abel. Jesús sentía similares escrúpulos, reforzados por el pronunciamiento del profeta Amós contra los sacrificios sangrientos. La noche de Pascua salió de la ciudad y se dirigió al suburbio de Betania, para comer el pan ázimo y las hierbas amargas en casa de su cuñado Lázaro, y allí encontró a su reina por vez primera después de la coronación.
María no había hallado sosiego en todo este tiempo. Su hermano Lázaro, a quien amaba tiernamente, le había encomiado muchas veces el amor conyugal casto, asegurándole que sólo con él el marido y la esposa podrían evitar la muerte y vivir los mil años prometidos del reino mesiánico.
—El deseo de progenie es un antiguo error implantado por el adversario de Dios en las mentes de los hombres y las mujeres —decía—. Los ha convencido de que por ese medio pueden rechazar la victoria última de la muerte sobre la humanidad. «Nosotros moriremos», se dicen, «pero nuestros hijos y nietos vivirán». Pero la verdad es que al cumplir el acto de la muerte ceden la victoria a la muerte. Abstente del acto de la muerte; ¿qué necesidad hay de tener hijos? Jesús y tú viviréis en el amor del paraíso y nunca envejeceréis.
—Pero deseo hijos. ¿Por qué se me niegan? ¿Por qué no podrían mis hijos compartir el reino de que hablas?
—Porque todos los que practican el acto de la muerte prueban el sabor de la muerte. Eres más afortunada que toda otra esposa, porque tu marido, al abstenerse del goce de tu cuerpo, te dedica a la vida eterna.
—Nuestra hermana Marta dice: «Él sólo se preocupa por su propia salvación, María, y poco le importa tu vergüenza: has regresado a esta casa como si tuvieras una deformidad secreta o una naturaleza perversa».
—Ésas son palabras maliciosas, y deberías defender el honor de tu marido de toda malicia. Él obra siempre movido por el amor más puro.
—Sin embargo, me han dicho que entre sus doce discípulos todos menos dos o tres están casados, y algunos son padres. ¿Predica entonces el reino de Dios a hombres ya condenados?
—Cuando él venga a esta casa, responderá a tu pregunta.
—Hasta entonces reservaré mi opinión.
Apenas Jesús entró en la casa, María se acercó, lavó sus pies y permaneció luego en silencio, con la mirada clavada en su rostro, mientras él hablaba toda la tarde con Lázaro y sus parientes. Jesús, después de saludarla afectuosamente pero con reserva, no se ocupó más de ella hasta que Marta se quejó en voz alta de que María descuidaba sus deberes domésticos.
—Déjala —dijo Jesús—. Ha elegido la mejor parte.
Más tarde, en un momento en que Jesús y María quedaron a solas, ella le preguntó:
—Señor, algunos de tus discípulos son padres. ¿Están por lo tanto condenados a muerte?
—¿Quién soy yo para pronunciar una sentencia de muerte? Sólo nuestro Padre que está en el cielo puede juzgar.
—Se recuerda que el profeta Enoc evitó la muerte. Sin embargo, cumplió el acto de la muerte y engendró un hijo, nuestro longevo antepasado Matusalén.
—Se ha profetizado que ni Enoc ni Elías han evitado definitivamente la muerte; ambos deben retornar a la tierra, morir y aguardar la resurrección general.
—¿Por qué, mi señor, me has abandonado para recorrer Galilea? Esta tarde cambiabas miradas de amor con tu discípulo Juan; a mí me niegas tu amor. ¿No soy hermosa? ¿No soy tuya?
—Hay una belleza de la carne y otra del espíritu. La belleza de la carne es como la del lirio, que pronto se marchita y es arrojada al henar o al horno del panadero. La belleza de Juan es del espíritu. Como el rey David dijo llorando la muerte de Jonatán, su hermano de sangre: «Tu amor por mí ha sido maravilloso, mejor que el amor de las mujeres».
—Yo te amo a ti, y solamente a ti. Como la Sunamita dijo a Salomón: «Átame a tu brazo como una filacteria, con el bolsillo vuelto hacia tu corazón. Porque los celos son crueles como la tumba, y arden como un fuego de carbones. Muchas aguas no pueden apagar el amor, ni ahogarlo las inundaciones. Si otro hombre diera por mi amor todos sus bienes terrenales, los rechazaría con desdén».
—Salomón puso esas palabras en boca de la Sunamita como una alegoría del amor a Dios de un alma arrepentida.
—Sin embargo, Salomón, aunque hablara con alegorías, no se negó los placeres del amor. No satisfecho con setecientas reinas, mantenía también a trescientas concubinas; y se ha escrito que sobrepasó en sabiduría a todos los reyes del mundo. Has dicho que Dios no desea que los hombres dañen ayunando sus excelentes cuerpos. Se suele ayunar un tiempo para volver a comer. ¿Debe entonces dañar su cuerpo un hombre ayunando perpetuamente del amor? El amor es un apetito tan natural y excelente como el de la comida; de otro modo sin duda Dios no nos hubiera dado los medios de satisfacerlo. Te ruego que me respondas, mi señor, porque soy mujer y no puedes ocultarme que tu cuerpo anhela unirse amorosamente al mío.
Jesús no respondió.
—No te enojes con tu sierva; contesta honestamente su honesta pregunta, porque ella tiene derecho a formularla.
Jesús suspiró, y apartando su mirada del rostro sin velos de María dijo:
—José, el hijo de Jocanán de Jerusalén, ordenó sabiamente: «No prolongues la conversación con una mujer», y los sabios interpretan que esto implica: «Ni siquiera con tu propia esposa». Y por esto han dicho: «Cada vez que un hombre desobedece esta orden, se daña a si mismo, desiste de la ley y finalmente hereda el infierno».
—¿Cómo es eso? —preguntó María—. ¿Son malas todas las mujeres? Entonces, ¿por qué te has casado conmigo?
—No todas las mujeres son malas, porque nuestro Dios ha creado a la mujer como compañera del hombre. Sin embargo, bien se ha dicho: «El hombre es a la mujer como la razón a los sentidos corporales, como lo alto a lo bajo, como la derecha a la izquierda, como lo divino a lo humano».
—Aún así, mi señor, ¿qué es la razón divorciada de los sentidos corporales? ¿Puede un piso alto sostenerse sin otro bajo que lo sustente? Y un asno, ¿andará sólo sobre sus patas derechas? ¿Qué honor hallaría nuestro Dios en la tierra si la humanidad no lo adorara? Ordena a tu sierva que te acompañe en tu peregrinación, y ella obedecerá.
Profundamente turbado, Jesús se puso de pie y salió.
En Betania, Nicodemon, hijo de Gorion, visitó secretamente a Jesús después de haber oído su prédica en el patio de los gentiles y de haber sentido gran atracción por sus palabras. Nicodemon era uno de los tres hombres más ricos de Jerusalén, pues poseía el monopolio del agua lustral de la ciudad en los festivales; era también miembro del gran sanhedrín y superior de la sinagoga del templo, a la que todas las sinagogas del mundo miraban en busca de guía en cuanto al ritual y a la doctrina. Era el pez más grande que había caído en la red de Jesús. Jesús lo acogió complacido, pero halló que era un hombre timorato y que más le serviría como un discípulo oculto que manifiesto.
Fue también en Betania que Jesús se reveló a los esenios libres, en casa de su supervisor Simeón. Golpeó a su puerta y dijo al portero:
—Diles que soy el hombre a quien aguardan.
—¿Tu nombre?
—Joshua hijo de José; no Esu hijo de Ose.
Apareció entonces un anciano esenio, y lo condujo a través de la primera puerta.
—Si ése es verdaderamente tu nombre, dame la prueba.
—Hiende el árbol; seré hallado. Alza la piedra; seré revelado.
—¿Qué árbol, señor?
—El brezo, pero no el de Biblos.
—¿Qué piedra, gran señor?
—La del altar, pero no la de Tiro.
El anciano, trémulo de excitación, lo guió hasta una cámara interior, donde el examen continuó en presencia de varios otros adeptos.
—Gran señor, ¿cómo se hiende el árbol?
Jesús hizo un signo con las manos.
—David lo hiende.
—¿Quién osa alzar la piedra?
Él volvió a hacer un signo.
—Telmen, pero no Telamón, ni tampoco Uri-Tal.
—¿Quién te revelará?
—Me revelará Caleb, y no Calypso.
Los signos que hizo con sus dedos fueron:
DAVID DAVIZEI |
TELMEN TOLMENAI |
CALEB APOCALYPSEI |
—¿Dónde has aprendido a leer el dintel de nuestros misterios?
—En Calirroe. También he visitado la Casa de las Espirales y desafié al perro.
—¿Has regresado sano y salvo de la Casa de las Espirales?
—Soy el rey, el hijo del hijo mayor del hijo mayor, y mi madre la hija de la hija menor de la hija menor.
—¿Dónde has sido coronado?
—Donde antes mugían los bueyes y donde crece la malva sagrada. ¿Acaso no tengo las siete marcas de la realeza, y también la octava? —desnudó su hombro derecho y adelantó su pie izquierdo.
Se inclinaron ante él y preguntaron:
—Señor, señor, ¿cuándo entrarás cabalgando en Jerusalén por la puerta de oriente?
—No en este mes de los sauces, sino en el próximo, cuando os visite. He venido para terminar con todos los misterios, no para perpetuarlos. Llevad estas palabras a los supervisores de Calirroe, de Engadi y de Madián. Decidles también esto: cuando murió Herodes, se dijo «el León ha muerto»; sin embargo, aún se obtendrá miel de su cuerpo muerto.
—No es una novedad que ha muerto el León de Edom; que nuestro Señor profetice acerca de las Águilas de Roma.
—Está escrito: «Allí donde está el cuerpo, allí se reunirán las águilas; pero los hombres vivos no tienen nada que temer de las aves carroñeras».