XXIII
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EL REINO DE DIOS

Jesús preguntó a sus discípulos:

—¿Estáis preparados para recibir el bautismo que yo recibí de Juan?

Pedro contestó:

—Juan ha bautizado ya a mi hermano Andrés y me ha bautizado, también a Felipe y a Simón de Caná.

—Ha bautizado a muchos. ¿Pero lavó vuestro orgullo de la virilidad? Algunos hombres nacen sin virilidad; algunos son privados de ella en el mercado de esclavos; otros, advertidos del día que se aproxima, se privan de ella, por así decirlo, en honor del reino de Dios. Porque el día llegará, como un ladrón, cuando menos se lo espera; y entonces será nuevamente como en los días de Noé: todos comían y bebían en el salón, y había tiernos abrazos en la cámara nupcial cuando de pronto cayeron las lluvias, se elevaron las aguas y todos fueron arrastrados excepto Noé y sus hijos. Renunciad al placer de la carne, hijos, o nunca seréis ciudadanos de este reino. Aquél que pueda recibir este otro bautismo, que lo reciba.

Pedro fue el primero que exclamó:

—Soy capaz señor.

—Y los demás dijeron lo mismo, aunque con menor presteza.

Felipe preguntó:

—Si ya no se nos permitirá la compañía de nuestras esposas, ¿qué nos impide divorciarnos de ellas y devolverlas a casa de sus padres? Porque ya no somos los hombres que hicieron con ellas contrato de matrimonio, y la ley permite el divorcio.

—Moisés concedió ese permiso a una generación inicua destinada a morir en el desierto. El sabio Shammai sostuvo que es una ordenanza permanente pero afirmó: «El único motivo válido es el adulterio». Y Hillel, bendita sea su memoria, dijo: «Para quienes entienden que el permiso es todavía válido, el adulterio no puede ser la única causa: los duros de corazón pueden extender a tal punto el permiso que pueden justificarse ante la corte y divorciarse si su mujer echa a perder la cena o pierde su belleza. Cuidado con aceptar este permiso; porque si una esposa sirve a su marido una comida mal aderezada, o descuida su apariencia, o comete adulterio, lo acusa así de una carencia de su amor hacia ella. Cuanto más grave sea la falta de la esposa, más grave es la acusación al marido. Que tome conciencia de su propio pecado y la perdone, así como espera que nuestro Dios lo perdone a él, y que piense bien antes de divorciarse de ella».

—Y tú mismo, ¿qué dices?

—Hillel tiene la última palabra. Que quienes aman al Señor olviden el permiso aun si ha habido adulterio. Porque cuando el hombre se casa con una mujer, ambos se convierten en una sola carne, unida por Dios, que no se debe separar. Si él peca, la arrastra consigo al pecado; si ella peca, él responde por su pecado como si fuera el propio. Así dice Salomón: «Una buena esposa es más preciosa que los rubíes». Y yo os digo: sólo absteniéndose del amor carnal el hombre y la mujer se unen en el amor de Dios. Quienquiera que siembre en la carne, en la carne cosechará corrupción.

Desde Jerusalén, Jesús condujo a sus discípulos hacia el sur, hasta Ain-Rimmon, de donde había recibido noticias de Juan. Éste bautizó a todos en un arroyo que pasaba a través de un huerto de granados, y los ungió profetas: ahora estaban obligados, como el mismo Jesús, a abstenerse de vino y cualquier otra cosa que embriagara. Jesús les dio su bendición y una sencilla orden:

—Hijos míos, amaos los unos a los otros.

Juan preguntó luego:

—Y ahora, ¿por qué camino, señor?

—A través de las tierras cuya plaga es la esterilidad y a las tierras cuya plaga es la fertilidad; y desde allí, Dios mediante, a la montaña del norte.

—Prepararé el camino.

—Hazlo así, y nos encontraremos en la montaña.

—Todos escucharán mi voz, desde el mendigo en su montón de estiércol hasta el príncipe en su trono.

Juan dejó entonces sus propios discípulos al cuidado de Simón de Gita, el más celoso de todos, y se dirigió de prisa a Galilea, lanzando vigorosas exhortaciones a todos los hombres y mujeres que encontraba:

—¡Arrepentíos, arrepentíos, porque el rey se acerca!

El tercer día llegó a Séforis, donde residía Herodes Antipas, y sin ceremonias apartó a los centinelas de la puerta, entró en palacio, agitó su báculo ante el mayordomo y pidió audiencia inmediata con Antipas.

Antipas estaba administrando justicia en el gran salón, acompañado por su esposa Herodías cuando Juan entró.

—¡Soy Juan, hijo de Zacarías, profeta del Señor! —el eco de sus palabras recorrió agudamente los corredores de mármol.

Los ujieres lo reprendieron:

—Prostérnate ante el rey, hombre —dijeron, porque dentro de los muros del palacio halagaban a Antipas con el título de rey—. Échate en el tapiz.

—Un tetrarca no es un rey. Sirvo al rey de Israel.

Antipas miró el flaco cuerpo de Juan, sus ojos enrojecidos de sangre, su barba roja y su pelo enmarañado, y el sayal de pelo de camello, tan roto y gastado que apenas se mantenía unido. Más sorprendido que ofendido, preguntó:

—¿Ha vuelto de entre los muertos mi padre Herodes?

—Tu padre fue el rey de los judíos, pero no el rey de Israel. Ven conmigo a rendir homenaje al rey de Israel, y pide a tu hermano Filipo que haga lo mismo.

—¿Quién es ese rey?

—Te lo diré al oído —respondió Juan. Subió de un salto los escalones del trono, se inclinó y susurró—: Uno que ha escapado de los lanceros tracios.

Antipas palideció.

Juan hizo girar su báculo y se dirigió a él públicamente:

—La palabra del Señor: aleja a esa mujer, tetrarca, para que no mueras en miserable exilio. Apártala, pecador edomita, para que tu nombre no hieda hasta el fin de los tiempos —Antipas, treinta años antes, había cometido la misma falta que su hermano Arquelao contra la ley del levirato—: a su regreso de Roma, en Alejandría, había persuadido a su prima Herodías a que se separara de su marido, su medio hermano Herodes Filipo, y se había casado con ella, aunque tenía una hija de su anterior matrimonio.

Herodías replicó indignada:

—Mi señor, ¿permitirás que este demente siga delirando a su antojo? Nos ha insultado, a mí, a ti y a nuestra hija. No serás un príncipe, sino un hijo de sesenta perros si no lo envías de inmediato a la prisión.

Antipas tragó saliva y asintió, pero temía actuar. Fue Herodías quien ordenó a dos guardias que condujeran a Juan hasta la prisión de palacio; y se necesitaron diez más para contenerlo y encadenarlo.

Antipas lo visitó esa misma noche y, despidiendo a los guardias, le dijo:

—Lamento que estés encadenado, pero mi esposa es orgullosa. Dime por favor el nombre de ese nuevo rey, y dónde se encuentra.

—Ponme en libertad, y de buena gana te llevaré a su lado.

—¿Mañana?

—Si esta noche apartas a tu esposa.

—¿Debo perder primero a mi esposa y luego el trono?

—Mejor es perder incluso la vida que la esperanza de salvación.

Antipas pidió nuevamente a Juan que revelara el paradero del rey.

—Escribiré una carta a mi hermano Filipo, si quieres.

Pero Juan se limitaba a asentir diciendo:

—Lo sabrás a su tiempo, lo sabrás a su tiempo.

Antipas lo amenazó con la tortura, pero Juan se echó a reír en su cara.

Mientras tanto, Jesús avanzaba lentamente hacia el norte por un distrito de Judea que había sufrido severos daños durante el turbulento reinado de Arquelao y no había recuperado desde entonces su antigua y modesta prosperidad. Los pueblos eran ruinosos y miserables; y aunque habría sido bien recibido si hubiera estado solo, trece bocas desalentaban la hospitalidad. Aún no había madurado la cosecha, y los depósitos de grano estaban casi exhaustos. Además, todos, menos Jesús y Judas, eran galileos: en Judea los galileos eran despreciados por su extraño acento, su agudeza para los negocios, su mal genio y su obstinación. En cada pueblo a que llegaban, los superiores de la sinagoga se excusaban por no alimentarlos; las leyes de la hospitalidad los obligaban a atender al viajero, pero no a un ejército de viajeros, y con una cortés bendición remitían a Jesús al próximo pueblo. Uno de esos funcionarios citó al Predicador, el hijo de Sira: «Da una parte a siete hombres, e incluso a ocho, porque no sabes qué mal puede acaecerte», y agregó sinceramente:

—Si hubierais sido siete, u ocho, con gran placer habría seguido la enseñanza.

En Kiriat-Shearim, Jesús ordenó a sus discípulos que se separaran por parejas y que todos se reunieran luego en Lebona, en la frontera de Samaria.

Una o dos veces predicó por el camino, pero sus oyentes eran desatentos y de mirada vacía. Dijo a Jaime y a Juan, a quienes había retenido a su lado:

—La visión que tuvo el profeta Ezequiel. Decidme: cuando el gran día del Señor se marque con sangre la letra Tav en la frente de los fieles, para salvarles de la matanza, ¿cuántos exclamarán: «Soy de Judea, de las colinas que se encuentran entre Jerusalén y la llanura»?

Jaime y Juan asintieron gravemente. Sin embargo, ese mismo día un hombre pobre les dio judías, y el día siguiente una pobre viuda les ofreció queso enmohecido y un poco de pan, y no les faltó agua de pozo.

En Lebona encontraron ya reunidos a los demás discípulos; ayudaron a un rico granjero a segar y transportar su cosecha y fueron bien recompensados. Luego atravesaron Samaria, donde los campesinos eran mezquinos incluso con el agua, y se apresuraron a llegar a Galilea antes de que el próximo Sabbath interrumpiera su viaje. Llegaron a Enganim al final de la tarde, antes del Sabbath, pero los peregrinos de Pascua habían agotado la hospitalidad del lugar; esa noche casi se desvanecieron de hambre.

La mañana siguiente entraron en los trigales de una vasta propiedad. Felipe y Jaime el Menor, que iban al frente, empezaron a cortar espigas maduras mientras pasaban, frotándolas entre las manos para desgranarlas. El mayordomo de la propiedad, que se dirigía a la sinagoga con dos de sus vecinos, los sorprendió. Los sabios consideraban que desgranar espigas era una especie de trilla por lo tanto una profanación del Sabbath; el mayordomo advirtió a Jesús que pensaba hacer un escarmiento con los dos ofensores.

—¿A qué pueblo pertenecen estos desventurados?

—Estos dos hombres hambrientos son de Cafarnaúm.

—Está bien —respondió el mayordomo—. La acusación se presentará ante los superiores de Cafarnaúm. Yo mismo iré como testigo. No me preocuparía si se tratara de samaritanos, griegos o mendigos, porque de ningún modo me conviene perder dos días de trabajo en esta estación; pero si dos hombres que llevan engañosas vestiduras, acompañados por otros once vestidos del mismo modo, toman el grano de mi señor el Sabbath, mi conciencia no me permite perdonar el delito. Si se hace justicia, serán debidamente apaleados y el ayudante de la sinagoga quebrará sus báculos sobre su rodilla.

—Iremos contigo —dijeron sus vecinos—. También nosotros vimos el delito.

Esa noche, el mayordomo dio de comer abundantemente a Jesús y a sus discípulos, diciendo:

—Mientras no seáis hallados culpables, sois inocentes. No puedo permitir que difaméis por poco hospitalaria la casa de mi amo. Comed, hombres, comed hasta que broten las lágrimas.

Pero mantuvo firmemente su resolución de llevarlos ante la justicia.

Los superiores de la iglesia de Cafarnaúm agradecieron el espíritu público demostrado por el mayordomo, y concordaron en que el caso era muy grave. Jesús pidió que la acusación de infringir el Sabbath no se formulara contra Felipe y Jaime antes de que él mismo fuera acusado de incitarlos.

La petición fue aceptada, y Jesús apareció como acusado ante una corte por primera vez en su vida. Sin embargo, pronto se vio quién era el juez y quiénes los acusados.

Jesús admitió que los dos discípulos habían hecho lo que se decía, pero argumentó su necesidad y mencionó un precedente.

—¿No habéis leído lo que hizo en Nob el rey David cuando padecía hambre? Pidió al sacerdote Ahimelech, el padre de Abiatar, los panes sagrados colocados en el altar, y compartió cinco de ellos con sus compañeros.

—Estos hombres no se morían de hambre.

—¿Debe morir un hombre para probar que sufre hambre?

—Y no eres el rey David.

—Ni han comido mis discípulos panes consagrados. Sólo han ejercido el antiguo derecho de recogida. Si nuestros acusadores de Enganim nos hubiesen invitado a sus casas, como era su deber, ofreciéndonos alimento, esos dos hombres no habrían hecho lo que hicieron. Es obligación de todo dueño de casa alimentar al viajero hambriento; si hubo infracción del Sabbath, fueron nuestros acusadores quienes la cometieron.

—No faltaba comida, porque más tarde nos la ofrecieron avergonzados —dijo Pedro—. Pero conozco Enganim hace mucho. Los días hábiles, después de la Pascua, ponen una guardia armada en la puerta que conduce a los campos para impedir que los peregrinos que regresan puedan ejercer el derecho de recogida.

Uno de los jueces respondió:

—No se trata del lugar, hijo de Jonás. Que puedas coger grano el día antes o el día después del Sabbatb no te autoriza a no honrar el Sabbath mismo. Debíais haber llevado provisiones.

Jesús contestó por Pedro:

—Lo mismo podía haberle dicho Ahimelech al rey David. ¿Se ha creado el hombre para el Sabbath o el Sabbath para el hombre? ¿Fue instituido el Sabbath como un día de festín y regocijo o como un día de ayuno y aflicción? ¿Y cómo puede un hombre hambriento regocijarse?

El mercader de granos a quien Jesús había curado durante su primera visita a la sinagoga estaba entre los jueces. Dijo severamente:

—El mismo rey David nos aconseja poner nuestra fe en el Señor, atestiguando que en toda su vida no vio jamás al hombre justo abandonado, ni a sus hijos pidiendo pan. Quienes se atienen a la ley no sufren hambre el Sabbath.

—¿Lo dices elogiándote a ti mismo? Como eres rico, desdeñas la compañía de los pobres porque no cumplen la ley; pero sois vosotros los ricos quienes no les permitís hacerlo. ¿Debe acaso el pastor o el campesino prescindir de la bendición de Dios porque, habiendo trabajado casi hasta la muerte, es incapaz de pagar las deudas rituales que le imponéis como necesarias para su salvación? ¿Puede acaso ponerse y quitarse la ropa de la oración para pronunciar largas plegarias al unísono con vosotros, y lavarse cien veces las manos? Encontráis regocijo en la ley, en soportar voluntariamente cargas que Moisés nunca soñó; y la ley es, efectivamente, para el regocijo; pero lo que os regocija a vosotros es miseria para el pobre. Decís: «Este hombre es impuro; que no entre en nuestra congregación».

—Los Sabios nos aconsejan evitar la infracción de la ley poniendo una cerca a su alrededor.

—Los Sabios han dicho: «Poned una cerca en torno de la ley y guardadla bien; pero no os situéis dentro del cercado; quien lo haga no podrá ver a su espalda. Situaos afuera, y veréis todo». Sin embargo, vosotros os colocáis dentro del cercado; lo eleváis hasta que es un alto muro y convertís el lugar en un dominio privado del que los pobres están excluidos.

—¿Quieres que nos asociemos con quienes comen alimentos impuros?

—No sólo mancha al hombre lo que entra en él sino también lo que sale. Incluso la comida pura se convierte en impureza cuando el cuerpo expulsa sus fétidos residuos. Aunque os alimentáis con la dulce comida de la ley, —como se ha dicho, «era en mi boca como la miel de la dulzura»— la expulsáis en la forma de malos pensamientos, orgullo y tontería —luego, Jesús señaló con el dedo al mercader de grano y narró la parábola de un endemoniado que al verse libre del espíritu maligno que lo había llevado a sitios inmundos y peligrosos, decide retornar a su casa, y la encuentra barrida y purificada; pero como se siente solo y desea compañía, invoca a otros siete espíritus malignos a compartirla con él.

El anciano presidente de la sinagoga preguntó:

—¿Tú, un hombre joven, desafías la autoridad de doctores como nosotros, que hemos encanecido en el estudio de la ley?

—Que el profeta Jeremías responda en lugar del joven, que debe guardar silencio cuando el anciano dice locuras: «¿Cómo podéis decir: «Somos sabios y la ley del Señor está con nosotros»? «Porque la falsa pluma del comentarista os lleva a la falsedad».

Así terminó la causa, y los jueces, después de una breve conferencia, reprendieron públicamente a Jesús y a sus discípulos por su acción en Enganim, pero no les impusieron otro castigo. Sin embargo, enviaron un mensaje privado a los hermanos mayores de Jesús, José, Judá y Simeón, informándoles que si no podían persuadirle de que retornara a su trabajo en el banco de carpintero de Nazaret se le pediría a la policía de Herodes que le encerraran por loco.

Dos días más tarde los tres hermanos llegaron consternados a Cafarnaúm, trayendo a la madre de Jesús. Se enteraron de que éste predicaba en la casa de un recaudador de impuestos a una gran muchedumbre de sus seguidores más pobres y de peor reputación. José, el mayor, le envió un mensaje por medio de un muchacho: «Tu madre y tus hermanos desean verte afuera de inmediato».

A pesar del mandamiento que dice «Honra a tu padre y a tu madre», Jesús no interrumpió su discurso para saludar a María, como hubieran hecho otros judíos piadosos en su situación: era evidente para él que el perentorio mensaje provenía de sus hermanos y no de ella.

Respondió:

—Un profeta no tiene padre, madre ni hermanos, aparte de los demás profetas como él. Por otra parte, Moisés bendijo a la tribu de Leví con estas palabras: «Preservaban el mandamiento del misericordioso y mantenían su pacto con él cuando cada uno de ellos negaba a su padre y a su madre, y no se preocupaba por sus hermanos e hijos». Por lo tanto, que cada uno de vosotros niegue a su padre, su madre, a sus hermanos y a sus hijos, si le impiden servir a Dios con amor.

José repitió esta respuesta a los superiores de la sinagoga y suspiró:

—¿Qué más podemos hacer? Nuestro hermano ha sido imprudente y desvergonzado desde su juventud. Nos lavamos las manos de él. Que lo entreguen a las autoridades, porque está escrito: «Quien maldice a su padre o a su madre, que muera». Lo que ha dicho de su madre nuestro hermano es poco menos que una maldición.

Pero María se enfrentó a José y pregunto:

—¿Quién ha maldecido a su madre? No mi hijo amado. ¿Te atreves a decir eso de tu hermano Jesús, tú, que le has negado su legítima herencia? ¿Esto dices de tu hermano Jesús, que te reconcilió con Judá y con Simeón? Recuerda el asunto del arnés roto y calla de vergüenza. —Después se volvió hacia los superiores—. Y para honrar a su madre, ¿qué podría hacer un hijo más de lo que él ha hecho? Me dio su casa y todos sus bienes antes de ir a estudiar con los esenios en Calirroe. Y no ha desobedecido mi orden, porque era una orden de José, y no mía. Por la vida del Señor, no tengo quejas de él.

Los superiores movieron la cabeza compadeciéndola y dijeron:

—¡Ay, las madres de Israel, las madres de Israel! Siempre están dispuestas a engañarse para salvar las vidas de sus hijos injustos —y por más que María dijera en contrario, se concluyó en general que Jesús la había deshonrado públicamente. Cuando salió de la casa del recaudador de impuestos, fue abucheado en la calle y reprendido por un superior de la sinagoga.

Jesús respondió:

—Paz, hombre. Si he ofendido a mi madre, tráela como testigo y yo le pediré perdón. Pero conozco a un hombre, y tú también lo conoces, que gritó Corban y dedicó un huerto de olivos al servicio del Señor. Pero ¿hizo eso por amor al Señor? ¿O fue para fastidiar a su padre, que deseaba comprarle el huerto a un precio que él consideraba demasiado bajo?

El superior palideció y se estremeció de vergüenza.

Luego Jesús supo por una carta firmada por los presidentes de las tres sinagogas de Cafarnaúm que, por su amor a la impureza, había sido separado de la congregación y que, si continuaba predicando en la ciudad, sería denunciado por desorden a la policía de Herodes.

Se retiró a Jorazín, donde predicó más urgentemente que nunca la cercanía del reino de Dios. Su concepción de este reino era en la práctica el retorno a la Edad de Oro, o algo muy parecido. Mientras tanto, advirtió a sus discípulos reiteradamente que no pensaran ansiosamente en la comida, la ropa y el dinero, porque Dios siempre proveía a quienes lo amaban. Y que abandonaran todo encumbramiento mundano que podía tomarlos indignos de la ciudadanía del reino, como un joyero que vendiera todo el contenido de su tienda por la esperanza de comprar una sola perla exquisita.

—¿Quién puede llevarnos al reino? —preguntó Judas.

—Las aves, los peces, las serpientes, los animales salvajes. Ellos no traman ni conspiran. Para ellos, un día de vida es como mil. Glorifican al Señor, como les ordena el Cantar de los tres niños, de Daniel, donde la adoración de los corazones santos y humildes se compara con la de ellos. Por lo tanto, Daniel llamaba «niños» a sus compañeros, porque el reino del cielo es para los simples de corazón infantil y no para los ricos y mundanos.

Se extendió sobre este asunto declarando que en Jerusalén el Dios de Israel era equivocadamente adorado como un déspota orgulloso y caprichoso; los salones de su templo eran de oro y mármol y sus servidores eran altaneros, envidiosos y codiciosos; y como había dicho Hillel: «Más servidores, más hurtos». El Dios de Israel era, en verdad, el padre misericordioso de incontables hijos e hijas, y su reino no llegaría hasta que la gente común lo reconociera como su padre y se negara a sostener la falsa pompa que había creado el dinero y la espada. Esto —explicaba Jesús— no implicaba aconsejar el abandono de los oficios ni la agricultura. Ésta no se podía librar todavía de la maldición pronunciada contra Adán, «Comerás el pan con el sudor de tu frente»; pero si se podía aliviar la maldición de ganar dinero. Que cada pueblo se sostuviera a si mismo, que los campesinos tuvieran en común los arados, los animales, los depósitos; pero que cada hombre pudiera sentarse debajo de su propia higuera y beber agua de su propio pozo, dando de lo que le sobraba a quienes lo pidieran sin tomar dinero a cambio. ¿Y el hombre rico? Si no trabajaba como los demás, moriría de hambre entre los sacos de oro de su tesoro inútil.

Tomás preguntó:

—Y esto, ¿se puede cumplir fácilmente?

—Yo no profetizo una paz inmediata; profetizo la guerra. Se sacará la espada en defensa de la forma actual del mundo. Pero ¿cómo puede prevalecer la espada si la gente común recuerda a su Dios? Con la masacre, los señores de esta tierra consumarán su propio fin; pondrán fuego a su propia casa, ¡ojalá ya estuviera ardiendo! Porque, como escribe el profeta Malaquías, «El día del Señor se acerca como un horno encendido, y consumirá a todos los malvados». Los dolores de parto del Mesías, que son el preludio de mil años de paz, deben comenzar con esas guerras y masacres.

Después de preparar así a sus discípulos y de educarlos en la doctrina del reino del cielo, los envió en parejas; de cada pareja uno debía predicar y el otro curar. Debían llevar su mensaje de esperanza y arrepentimiento a quienes más lo necesitaban: los mendigos, los pobres, los enfermos, los pecadores. Sólo habían de visitar las ciudades y pueblos israelitas, sin intentar nada en los lugares donde no fueran bien recibidos. La misión debía cumplirse sin dinero, alimentos ni ropas de reserva; cada día, al alba, se arrodillarían y orarían por el rápido advenimiento del reino, por el perdón de sus pecados y por pan suficiente para ese día.

Jaime el Menor se quejó:

—Ay, ¡por qué no estaremos mejor instruidos en la ley!

—Quienquiera tenga la voluntad de obedecer la ley, la conocerá.

Les concedió autoridad para curar a los enfermos con estas palabras:

—Confiad en el Señor; él salvará —al tiempo que decían esto, ungirían con aceite los miembros afectados, empleando aceite de oliva que, como profetas ungidos, ellos mismos hubiesen bendecido. Les aconsejó combinar la simplicidad de las palomas con la astucia de las serpientes, y les ordenó firmemente—: Si alguien os pregunta de quién proviene la autoridad con que actuáis, no evadáis la respuesta. No pongáis los ojos en el suelo murmurando mientras cambiáis los pies de lugar: «Nos ha enviado Jesús de Nazaret». Contestad claramente: «Hacemos esto por la autoridad del Señor Dios de Israel, bendito sea su nombre, porque somos sus profetas». Porque un buen pastor se enorgullece de su rey.

Luego Jesús visitó solo Samaria, y se sabe que asistió a una reunión de sacerdotes samaritanos en el monte Gerizim; había concertado el encuentro durante su paso por la provincia, justamente antes de la Pascua, mediante una palabra de poder pronunciada en el pozo de Sychar a sus sacerdotisas de la paloma; pero no se conserva el recuerdo del debate. Antes de retornar a Jorazín, donde había fijado el reencuentro con sus discípulos, recibió la dolorosa noticia de la muerte de Juan el Bautista. Antipas lo había decapitado a petición de Herodías y de su hija Salomé.

Jesús hizo duelo durante treinta días por Juan, y cuando sus discípulos lo encontraron en Jorazín estaba muy delgado y con los ojos hundidos. Ellos estaban de buen ánimo e informaron que las curas habían tenido éxito y que su prédica había arraigado. Traían consigo una cantidad de conversos, que anhelaban conocer al maestro de tales discípulos. También venían con ellos los discípulos de Juan, que preguntaban:

—¿Eres tú el grande que profetizaba nuestro maestro, o debemos buscar a algún otro? Hemos oído maravillosas narraciones de tus hazañas, contando cómo los baldados andan, los ciegos ven, los leprosos son purificados y los sordos oyen.

—¿Quién os ha enviado a mí?

—Simón de Gita, el delegado de Juan.

Jesús lo conocía; era el hijo de un apóstata zadokita que había sido uno de los principales agentes de Livia en Siria. Simón era emprendedor, elocuente y valeroso, pero el poder le interesaba más que la virtud. Se había circuncidado para casarse con una mujer perteneciente a la familia de un sumo sacerdote, pero cuando su padre sufrió un infortunio y perdió todo su dinero, no había podido cumplir el contrato de matrimonio, y la muchacha se había casado con otro. Simón se hundió en una desesperación vengativa y, después de varias aventuras al servicio de un jefe árabe de caravanas, se convirtió en un discípulo de Juan, de quien había esperado aprender el secreto del poder profético. Ahora que Juan había muerto, deseaba unirse a Jesús, por quien Juan había expresado oscuramente su veneración, y aprender de él lo que Juan no le había podido enseñar.

Pedro llevó aparte a Jesús y le contó, indignado, que Simón utilizaba la fórmula curativa que Jesús les había dado; pero él respondió que nadie podía reclamar la propiedad de esas palabras, que no eran un hechizo secreto como los que usaban los encantadores. Sin embargo, no confiaba en Simón y dijo a sus discípulos:

—No le digáis más que esto: yo predico a los pobres la misericordia de Dios, y seré feliz si con esto no lo ofendo.

(Más tarde, Simón de Gita se apartó por completo del judaísmo y tomó, de cierto Dositen, la dirección de un nuevo culto sincrético fundado en el de Hércules-Melkart y su amante, la diosa de la luna. Tenía veintiocho discípulos, correspondientes a cuatro semanas; él mismo y una mujer representaban el día y medio restante para completar el mes lunar. La mujer era Jezabel, una sacerdotisa de Hierápolis con quien se casó y que luego fue conocida por sus seguidores como Selena —la luna— en tanto que él recibía el nombre de Simón el Telchin, es decir «el que permanece; estuvo, está y estará», como si fuera una encarnación del Dios Sol. Simón afirmaba que poseía el poder de controlar la temperatura, de bendecir o destruir con la mirada, de volar con alas por el aire y de asumir cualquier forma que deseara. Pero ninguno de los discípulos de Juan lo siguió, y sus pretensiones eran mucho mayores que su capacidad).

Dos superiores de la sinagoga de Jorazín visitaron una noche a Jesús; le prohibieron que volviera a predicar en la ciudad y al mismo tiempo le aconsejaron salir de Galilea si apreciaba su vida. Le dijeron que Antipas, a petición de su mayordomo Chuza, estaba a punto de ordenar su arresto.

—¿Por quién lo habéis sabido?

—Por Juana, la esposa de Chuza. No se atrevió a enviar a una de sus criaturas.

—Si me odiáis como parece, ¿por qué me hacéis esta advertencia?

—Somos israelitas, y jamás permitiríamos que otro israelita cayera en manos de Edom si pudiéramos salvarlo por cualquier medio a nuestro alcance.

—Sin embargo, me prohibís predicar en Jorazín, y esta prohibición entraña una amenaza.

—Jorazín no es toda Galilea.

Jesús les dio las gracias irónicamente y dijo:

—Si os enteráis de que ese zorro pregunta por mí, decidle que predicaré donde desee; que no tengo miedo del demonio que lo posee, y que un día ambos nos encontraremos en Jerusalén.

Sin embargo, y como él mismo decía, no era costumbre de Jesús arrojar perlas a los cerdos, y nunca volvió a predicar en un pueblo o una ciudad que lo hubiese rechazado oficialmente. Se marchó de Jorazín, cruzó el Jordán y se dirigió a Nueva Betsaida, o Julias, la capital de la tetrarquía de Filipo, que está junto a la Vieja Betsaida. Allí predicó cierto tiempo; pero aunque no permitió a sus nuevos conversos que le siguieran, gran cantidad de ellos desobedeció, rodeándolo con clamor tan entusiasta que los magistrados locales le pidieron que abandonara la ciudad. Él sacudió simbólicamente el polvo de sus sandalias después de trasponer las puertas de la ciudad, declaró que el día del juicio sería más benigno con Sodoma y Gomorra, las ciudades del mar Muerto destruidas por el fuego del cielo, que con Nueva Betsaida, Cafarnaúm y Jorazín.

Sin desalentarse por el rechazo, reunió a sus discípulos y pidió a cada uno que eligiera seis de los nuevos conversos y los enviara, por parejas, a recorrer el país en misión. Después de impartir esa orden, se dirigió solo a la Baja Transjordania a entrevistarse con su hermano Jaime el Ebionita.

Cuando regresó y vio que sus discípulos habían cumplido correctamente su cometido, los envió a Jerusalén para que asistieran a la Fiesta de los Tabernáculos; les dijo que no lo esperaran, porque quizá no pudiera ir. Llegó a Jerusalén el último día de la fiesta, el día de los sauces, en que el gran altar estaba decorado con ramas de sauce. Era costumbre que cada día de los siete un sacerdote se dirigiera al estanque de Siloam, a la cabeza de una procesión, llevando un gran jarro de oro. Lo llenaba y lo traía, a la luz de las teas y entre la música de las trompetas, hasta la colina, a través de la Puerta del Agua del templo y del patio de los gentiles. Allí otros sacerdotes recibían el jarro de sus manos, cantando las palabras de Isaías: «Con júbilo sacarás agua de los pozos de la salvación», y toda la concurrencia repetía el refrán. Y mientras volvían a sonar las trompetas y los levitas entonaban salmos, sacudían los tirsos y bailaban en torno del gran altar, se derramaba sobre él el agua de Siloam, al mismo tiempo que una libación de vino nuevo. Desde el altar el agua corría a un recipiente de plata y desaparecía por una tubería que comunicaba con el arroyo de Kidron. El motivo de este rito era un antiguo texto: «Derramad agua ante mí en la fiesta, para que las lluvias del año sean benditas para vosotros». Pero la noche del día de los sauces los levitas no bailaban una vez en torno del altar, sino siete, conmemorando los siete días del sitio de las murallas de Jericó.

Una interrupción señaló ese día de los sauces: en el momento en que el sacerdote se inclinaba sobre el estanque con su jarro, una voz alta y suave rompió el acostumbrado silencio religioso:

—«Amen, amen; todo aquél que tenga sed, que venga a las aguas, tenga o no dinero. Oíd y venid a mí. Oíd y viviréis» —entonces, todos los hombres piadosos continuaron mentalmente la cita de Isaías—: «Y haré un acuerdo permanente con vosotros; la merced asegurada de un David. He aquí que lo he puesto como testigo de mi pueblo, como su jefe y comandante».

Para no alterar la santidad de la ocasión no se intentó arrestar a Jesús, que se vio rodeado por una multitud de sus seguidores galileos; y no se lo vio más cuando la procesión continuó su marcha hacia la Puerta del Agua.

La mañana siguiente se habló del incidente durante la reunión del gran sanhedrín. No se dudaba que había sido Jesús quien había hablado; pero nadie podía jurarlo, porque era de noche y él no era un hombre alto cuya cabeza se pudiera ver por encima de las demás. Anás, el antiguo gran sacerdote, propuso que se lo citara ante la corte por la interrupción de las solemnidades, no tanto por haber manifestado un impulso extático como por haber formulado una cita provocativa, y la promesa directa al pueblo de un líder revolucionario.

—Él mismo, sin duda —dijo secamente Anás, y sus colegas rieron cuando agregó—: Un David que no necesita fingir locura ni dejar que la saliva corra por su barba.

Nicodemon se opuso vigorosamente a la moción, que consideraba incompatible con la dignidad de la corte. Aunque se pudiera probar que Jesús, o cualquier otra persona, había pronunciado esas palabras, de ningún modo se podían interpretar como una provocación. Se citaba a Isaías durante la recepción del agua en el patio de los gentiles, ¿por qué no se lo podía citar cuando se recogía el agua, fuera del recinto del templo?

Anás preguntó burlonamente:

—¿Cómo? ¿Eres tú también un seguidor de ese loco galileo?

La intervención de Nicodemon fue decisiva, porque era una autoridad reconocida en todos los asuntos relacionados con las libaciones y actos lustrales; pero las palabras de Anás lo desconcertaron, y lamentó no haber demostrado mayor desinterés.

Jesús regresó con sus discípulos al lago de Galilea. Predicó en las afueras de Magdala, centro de la industria de salazón del pescado, pero no entró en el mercado ni en ninguna sinagoga. Por la notoriedad que había adquirido como defensor de prostitutas y recaudadores de impuestos, infractor del Sabbath, y hombre expulsado de su familia, sólo la escoria del populacho lo escuchaba. El público era tan escaso que la policía, aunque se le había ordenado vigilar sus movimientos, no lo molestó en modo alguno. Los policías se decían:

—Parece una persona bastante honesta. Que lo odien los superiores de la sinagoga es prueba evidente de su amistad con Roma.

Desde Magdala se hizo a la vela con sus discípulos hacia Vieja Betsaida; allí izaron la barca a la costa y prosiguieron a pie a lo largo del Alto Jordán hasta el monte Hermón, esa inmensa montaña que marca el límite norte de la antigua tierra de Israel. Visitaron allí la gruta de Baal-Gad, famosa fuente del Jordán: se encuentra en la base, enrojecida por las aguas, de un alto acantilado de caliza que corona la ciudad de Cesárea de Filipo. La gruta está consagrada al Señor de Gad, un dios cabrío de la buena fortuna a quien los griegos identifican con Pan. Judas de Keriot leyó una inscripción griega en la roca: «A Pan y a las Ninfas». Preguntó a Jesús:

—¿Juan el Bautista inspeccionó alguna vez la fuente de la corriente en que nos ha bautizado?

—Este agua, que el Señor ha bendecido para nuestro uso, sería limpia aun si manara de las quijadas de un perro muerto; análogamente, en el púlpito de la sinagoga, la ley de Moisés fluye limpia de los labios de un pecador.

Se sentaron en las rocas y arrojaron ociosamente piedrecillas al agua. Bruscamente Jesús preguntó:

—¿Quién dice el pueblo que soy?

—Algunos dicen que el manto de Juan el Bautista ha caído sobre ti, como el de Elías sobre Elisha.

—Algunos dicen que eres Elisha; otros afirman que Elisha ha muerto y que debes de ser Elías.

—He oído que te llamaban Enoc.

—E Isaías.

—¿Y quién decís vosotros que soy?

Pedro respondió con convicción:

—Eres el Mesías, de quien nuestro Dios ha hablado por la boca de David: «Hijo mio, hoy te he engendrado».

Jesús oró en alta voz:

—Padre del cielo; si has revelado la verdad a este discípulo, te lo agradezco; si ha hablado neciamente, perdónalo. Aunque he sido ungido, sólo tú conoces mi destino. Con el rey David te pido: «Guárdame del pecado de presunción, para que no me domine. Consérvame puro e inocente del gran pecado».

Encargó luego a todos que guardaran silencio al respecto.

Con Pedro, Jaime y Juan trepó la ladera sur del monte Hermón, mientras los demás salían a predicar en los pueblos vecinos. Salieron antes del alba, y a mediodía habían llegado a un punto, próximo a la cima, donde soplaba un viento helado y los cegaba el resplandor de la nieve iluminada por el sol. Allí Jesús se quedó inmóvil, con el rostro transfigurado, mientras conversaba en alta voz con dos personas invisibles que gradualmente asumieron una forma sustancial: un majestuoso anciano de barba blanca, vestido de luz y con una mitra de oro, y un espíritu más joven, de barba roja, con ropas pastorales y un cordero debajo del brazo. Los discípulos sólo pudieron entender parte de lo que se dijo, porque las voces llegaban hasta ellos como en un sueño; pero ambos espíritus aconsejaban claramente a Jesús que no fuera a Jerusalén.

El espíritu de barba roja dijo:

—Hermano, ese camino no conduce a las puertas del reino sino que se pierde entre las ciénagas. ¡Evítalo!

Y el de barba blanca:

—Cuidado con la cuarta bestia, hijo mío; ¡que no te alce con sus cuernos y te arroje al abismo sin fondo!

—¿Debo apartarme de mi tarea? —preguntó Jesús—. ¿Debo huir al desierto, como huyó Elías de la prostituta Jezabel? ¿O contemporizar con el mal, como hizo Moisés en Meribab cuando se mostró indulgente con los rebeldes y golpeó la roca con su báculo de madera de coscojo?

El ser de barba roja dijo:

—Sufrirás cosas peores de las que sufrió mi padre. No olvides mi advertencia: las trampas de la Hembra ya están preparadas.

Y el de barba blanca:

—El juicio de Abtalión: «Hombres sabios, cuidad vuestras palabras; porque si estáis exiliados en el lugar de las aguas corruptas, así como las fuentes claras fluyen al mar maldito y se mezclan con él, quienes vengan después beberán de ellas y morirán, y el nombre del cielo será profanado».

Jesús exclamó en voz poderosa:

—¿Qué israelita, con la sola excepción de Enoc el Puro, pagó alguna vez hasta la última moneda su deuda con nuestro Dios? Sin embargo, yo pagaré la mía. Como ha dicho Hillel, bendita sea su memoria, «Si no ahora, ¿cuándo?»

Estaba decidido a no dejarse apartar de su camino. La conversación continuó, cada vez menos inteligible, hasta que Pedro rompió el hechizo balbuceando las primeras palabras que se le ocurrieron al azar:

—Maestro, éste es un lugar agradable, pero el viento es terrible y no abundan las casas. Danos permiso para construir tres chozas de nieve: una para ti, una para Moisés, y otra para Elías.

Inmediatamente la visión se disipó.

Cuando Pedro le contó más tarde la historia, Judas adivinó que el espíritu que Pedro había tomado por Elías era Juan el Bautista, y que el que había creído Moisés era Simón, hijo de Boeto. Empezó a sentirse ansioso por Jesús, puesto que los espíritus de los hombres justos aparecen solamente ante los justos, y no engañan.