Capítulo 20

— ¿No debería estar ya de regreso, Iza? —preguntó Creb. Había estado yendo y viniendo ansiosamente de la puerta de la cueva a su hogar, toda la tarde. Iza asintió, nerviosa, sin alzar la vista del cuarto de venado frío y cocido que estaba cortando.

— ¡AY! —exclamó de repente cuando el afilado cuchillo que estaba usando le cortó el dedo. Creb alzó la mirada, tan sorprendido por el hecho de que se cortara como por su grito espontáneo. Iza era tan hábil con el cuchillo de piedra que no recordaba cuándo fue la última vez que se cortó. “Pobre Iza —pensó Creb—. Me he preocupado tanto que he olvidado cómo debe de sentirse —se reprendió. No es de extrañar que esté nerviosa; también ella se preocupa.”

—He hablado a Brun hace un rato, Iza señaló Creb—, Todavía no quiere ponerse a buscarla. Nadie debería saber dónde se deshace una mujer… dónde se encuentra en momentos como éstos. Ya sabes qué mala suerte sería para un hombre llegar a verla. Pero está tan débil que podría estar tirada en cualquier lugar, bajo la lluvia. Tú podrías ir a buscarla, Iza, tú eres curandera. No puede haber ido demasiado lejos. No te preocupes por la cena, puedo esperar. ¿Por qué no sales, ya? Pronto será de noche.

—No puedo —señaló Iza, y se metió en la boca el dedo herido.

— ¿Qué quieres decir con eso de que no puedes?

—No puedo encontrarla.

— ¿Cómo sabes que no puedes encontrarla si no la buscas? —El viejo mago estaba completamente confundido—. “¿Por qué no querrá Iza ir en su busca? Ahora que lo pienso. ¿Por qué no ha ido a buscarla más temprano? Yo comprendería que anduviera recorriendo el bosque, levantando las piedras para encontrar a Ayla a estas horas. Está tan nerviosa… algo anda mal.”

—Iza, ¿por qué no quieres ir en busca de Ayla? —preguntó.

—De nada serviría. No podría hallarla.

— ¿Por qué? —insistió el mago.

Los ojos de la mujer estaban llenos de una ansiedad temerosa.

—Se está escondiendo —confesó la mujer.

— ¡Escondiéndose! ¿De qué se está escondiendo?

—De todos. De Brun, de ti, de mí, de todo el Clan —contestó.

Creb no sabía qué pensar, y las respuestas enigmáticas de Iza lo confundían más aún.

—Iza, es mejor que expliques. ¿Por qué se está escondiendo Ayla del Clan o de mí o de ti? Especialmente de ti. Ahora te necesita.

—Creb quiere quedarse con el bebé —señaló Iza, y después, explicó muy rápidamente, suplicando con los ojos que la comprendiera—. Le dije que era deber de la madre deshacerse de un bebé deforme, pero se negó. Tú sabes cuánto lo ha deseado Ha dicho que se lo llevaría y se escondería con él hasta el día de ponerle nombre, así Brun tendrá que aceptarlo. —Creb se quedó mirando duramente a la mujer, comprendiendo rápidamente las implicaciones del empecinamiento de Ayla.

—Sí, Iza, Brun se verá obligado a aceptar a su hijo, y entonces la maldecirá por haber desobedecido deliberadamente, y esta vez será para siempre. ¿No sabes que cuando una mujer obliga a un hombre contra su voluntad, éste se desprestigia? Brun no puede permitírselo, los hombres le perderían el respeto. Aun cuando la maldiga, se desprestigiará, y la Reunión del Clan es este verano. ¿Crees que podrá enfrentarse ahora a los otros clanes? —señaló airadamente el mago— ¿Cómo se le ha ocurrido semejante cosa?

Es una de las historias de Aba, respecto a la madre que puso a su bebé deforme en un árbol —comentó Iza perturbada, la mujer estaba fuera de sí. ¿Por qué no habría pensado más en eso?

— ¡Cuentos de viejas!— señaló Creb con disgusto—. Aba no debería llenar la cabeza de una joven con tales insensateces.

—No es sólo Aba, Creb, también tú.

— ¡Yo! ¿Cuándo le he contado semejantes cuentos?

—No tenías que contarle cuentos. Has nacido deforme, pero se te permitió vivir. Ahora, eres Mog-ur.

La declaración de Iza sobresaltó al torcido y manco mago. Sabía muy bien qué serie de sucesos fortuitos habían provocado su aceptación. Sólo la suerte había conservado al más alto hombre santo del Clan. La madre de su madre le dijo una vez que fue casi un milagro. ¿Estaría Ayla intentando hacer que se produjera para su hijo un milagro, por causa de él? No funcionaría: nunca podría obligar a Brun a aceptar a su hijo, y seguir viviendo. Tendría que ser deseo de él, decisión de él, exclusivamente de él.

—Y tú, Iza, ¿no le has dicho que estaba mal?

—Le supliqué que no fuera. Le dije que yo me desharía del bebé si no podía. Pero después de eso no me dejó ni acercarme a él. ¡Oh, Creb! Ha sufrido tanto para tenerlo.

—De manera que dejaste que se fuera, con la esperanza de que el plan saliera bien. ¿Por qué no me lo has dicho a mí o a Brun?

Iza meneó la cabeza. “Creb tiene razón, debería habérselo dicho. Ahora también Ayla morirá y no sólo el bebé”, pensó.

— ¿Dónde ha ido, Iza? —El único ojo de Creb se había vuelto de piedra.

No lo sé. Habló de una cueva pequeña —respondió la mujer con el alma a los pies. El mago se volvió bruscamente y llegó cojeando al hogar del jefe.

Los gritos del bebé acabaron por despertar a Ayla de su sueño; estaba oscuro Y la cuevita estaba húmeda y fría sin fuego. Ella se fue al fondo para aliviarse y se crispó cuando el fluido caliente y amoniacal quemó su carne desgarrada, despellejada. Tanteó en la oscuridad en su canasto para ponerse una tira limpia y sacar un manto seco para el niño mojado y sucio, bebió un poco de agua. Entonces, envolviendo a ambos con sus pieles, se tendió de espaldas para amamantar a su hijo. Cuando despertó de nuevo, el muro de la cueva estaba bañado en luz de sol que chorreaba a través de las ramas enredadas del avellano que ocultaba la entrada. Comió fríos los alimentos mientras el niño mamaba.

El reposo y la comida la revivieron, y se sentó sosteniendo al niño y reflexionando. “Tengo que conseguir leña —pensaba—, y no tengo comida para mucho tiempo, tendré que buscar más. La alfalfa debe de estar ya brotando; eso fortalecerá mi sangre. El trébol nuevo y los brotes de algarroba también deben de estar en su punto. La savia sube, la corteza interior debe de estar dulce, especialmente la de arce. No, el arce no crece tan arriba como esto, pero hay abedul y abetos. Vamos a ver, bardana y fárfara y hojas nuevas de diente de león, y helecho, la mayor parte todavía cerrado. He recordado la honda... hay muchísimas ardillas por acá y castor, y conejos.

Ayla soñaba los placeres de la temporada cálida, pero al ponerse de pie sintió que nuevamente sangraba y que la cabeza le daba vueltas. Tenía las piernas cubiertas de sangre seca que ensuciaba los protectores de sus pies y su manto, y eso le hizo tener una conciencia más realista de lo desesperado de su situación.

Cuando le pasó el vértigo, decidió limpiarse y recoger algo de leña, pero no sabía qué hacer con el bebé. Estaba desgarrada entre el deseo de llevárselo y de dejarlo dormido donde estaba. Las mujeres del Clan nunca dejaban a los bebés solos, siempre estaban a la vista de alguna de las mujeres, y Ayla odiaba la idea de dejarlo solo. Pero tenía que limpiarse y conseguir más agua, y podría cargar con más leña sino lo llevaba.

Miró entre las ramas de la majeza sin hojas para asegurarse de que no hubiera nadie cerca y entonces hizo las ramas a un lado y abandonó la cueva. El suelo estaba empapado; cerca del arroyo había un lodazal resbaloso. Manchas de nieve cubrían aún los rincones sombreados. Tiritando en el viento frío que soplaba desde el este impulsando más nubes de lluvia por delante, Ayla se desnudó, se metió en el arroyo frío para limpiarse, y después retorció sus prendas; el cuero frío y pegajoso no la ayudó mucho a entrar en calor cuando volvió a ponérselas.

Fue hasta los bosques que rodeaban el alto pastizal y sacudió algunas de las ramas bajas y secas de un abeto. Un vértigo se apoderó de ella, se le doblaron las rodillas y tendió la mano para agarrarse a un árbol. La cabeza le latía fuertemente, tragó ruidosamente para no devolver y la debilidad se adueñó de ella. Olvidó toda idea de cazar o recoger alimentos. El embarazo agotador, el terrible parto y la durísima escalada habían contribuido a dejarla exhausta, le quedaba muy poca fuerza.

El bebé estaba llorando cuando volvió a la cueva; tenía frío, estaba mojado y echaba de menos el calor de su madre. Lo tomó en sus brazos y lo sostuvo, y después recordó haber dejado la bolsa de agua junto al arroyo; necesitaba tener agua. Dejó al niño en el suelo y se arrastró fuera de la cueva; había empezado a llover nuevamente. Cuando estuvo de regreso, se dejó caer hecha un ovillo, agotada, y tendió las pieles calientes entre ambos. Estaba demasiado cansada para darse cuenta de las agudas aristas de miedo que le amenazaban en los rincones de su mente, cuando el sueño la venció.

— ¿No decía yo que era insolente y testaruda? —señalaba Broud en una actitud de dignidad mojigata—, ¿Me creyeron? No. Se pusieron de su lado, le encontraron excusas, le dejaron obrar a su antojo e inclusive cazar. El León Cavernario no la incitaba a ello: era simplemente una resistencia porfiada de su parte.

¿Ya ven lo que pasa cuando se le deja demasiada libertad a una mujer? ¿Cuando se muestra uno demasiado indulgente? Ahora cree que puede obligar al Clan a aceptar a su hijo deforme. Esta vez nadie puede encontrarle excusas. Ha desobedecido deliberadamente a las costumbres del Clan. Es imperdonable.

Por fin, Broud había sido rehabilitado, y se vanagloriaba al tener la oportunidad de decirles: “‘Yo se lo dije”. Y se extendía vengativamente hasta el punto de que el jefe se molestó. A Brun no le agradaba perder prestigio, y el hijo de su compañera no le facilitaba nada las cosas.

—Bueno, ya has demostrado tu punto de vista, Broud —indicó—. Ya no es necesario seguir con lo mismo. Ya me ocuparé yo de ella cuando regrese. Ninguna mujer me ha obligado nunca a hacer algo contra mi voluntad, y se ha salido con la suya después; y no va a empezar ninguna mujer ahora a lograrlo.

“Cuando reanudemos la búsqueda mañana por la mañana —prosiguió Brun, para explicar la razón de su convocatoria—, creo que deberíamos buscar en lugares que frecuentamos poco. Iza dijo que Ayla sabía dónde había una cueva pequeña. ¿Ha visto alguien una cueva pequeña por aquí cerca? No puede estar muy lejos, estaba demasiado débil para ir muy lejos. Olvidemos la estepa o la selva, y busquemos por donde puede haber probabilidad de cuevas. Con esta lluvia, su pista se ha borrado, pero puede haber quedado una huella de pie. No importa lo que cueste, quiero que la encontremos.”

Iza esperaba ansiosamente que la reunión de Brun concluyera. Había estado tratando de hacer acopio de valor para hablarle, y consideró llegado el momento. Al ver que los hombres se separaban, fue hasta el hogar del jefe con la cabeza baja y se sentó a sus pies.

— ¿Qué quieres, Iza? —preguntó el jefe después de tocarle el hombro.

—Esta mujer indigna querría hablarle al jefe —comenzó Iza.

—Puedes hablar.

—Esta mujer no hizo mal al no acudir al jefe cuando se enteró de lo que proyectaba la mujer joven —Iza olvidó la expresión oficial para dirigirse al jefe y prosiguió, dominada por sus emociones—: Pero Brun, deseaba tanto a ese bebé. Nadie creía que lograría dar vida, y ella menos que nadie. ¿Cómo pudo ser superado el espíritu del León Cavernario? Se sintió tan feliz al enterarse. Aun cuando sufría, nunca se quejó, y estuvo a punto de morir al dar a luz, Brun. Sólo la idea de que su bebé moriría le dio fuerzas al final. No podía renunciar a él, aun cuando fuera deforme. Estaba segura de que era el único bebé que pudiera tener. Perdió la cabeza de dolor y sobresalto, había perdido el juicio. Sé que no tengo derecho a pedirlo, pero Brun, te suplico que la dejes vivir.

 — ¿Por qué no acudiste antes a mi, Iza? Si has pensado que rogar por su vida podría servir ahora, ¿por qué no viniste entonces? ¿He sido tan malo con ella? No era ciego a sus sufrimientos. Uno puede apartar la vista para no mirar el hogar de otro hombre, pero no puede cerrar los oídos. No hay una sola persona de Clan que no sepa cuánto dolor padeció Ayla para dar a luz. ¿Crees que tengo el corazón tan duro, Iza?. Si hubieras venido a mí para decirme como se sentía y lo que pensaba hacer, ¿no crees que habría ponderado yo la posibilidad de dejar vivir al niño? Podría haber pasado por alto su amenaza de huir y esconderse, como los desvaríos de una mujer trastornada. Habría examinado al niño. Inclusive sin compañero, de no haber sido demasiada la deformidad, podría haberlo permitido. Pero no me diste oportunidad, Iza. Diste por sentado lo que yo haría. Tú no sueles ser así, Iza.

“Nunca has faltado a tu deber. Siempre has sido un ejemplo para las demás mujeres. Sólo puedo achacar tu comportamiento a tu enfermedad. Sé lo enferma que estás, aunque tratas de disimulado. He respetado tus deseos y no he hablado de ello, pero estuve seguro de que pasarías al mundo de los espíritus el otoño pasado. Ya sabía yo que Ayla considera ésta como su única oportunidad de ser madre; y creo que tiene razón. Sin embargo, vi también que hizo caso omiso de si misma cuando enfermaste Iza, y te sacó adelante. No sé cómo lo hizo; tal vez fuera porque Mog-ur aplacó a los espíritus que deseaban verte con ellos, y lo convenció de que te permitieran quedarte, pero no fue sólo Mog-ur”.

“Estaba dispuesto a consentir lo que me pidiera y permitirle ser curandera. Había llegado a respetada tanto como te respeté a ti en el pasado. Ha sido una mujer admirable, un modelo de obediencia sumisa, a pesar del hijo de mi compañera. Sí, Iza, sé perfectamente el mal trato a que Broud la ha sometido. Inclusive su única falta el verano pasado fue provocada por él, aun cuando no comprendo muy bien cómo. Es indigno de él ponerse en contra de una mujer de esa manera; Broud es un cazador muy fuerte y valeroso, y no tenía razón alguna para considerar que su virilidad esté amenazada por hembra alguna. Pero tal vez haya visto algo que yo pasé por alto. Tal vez tenga razón, y yo haya sido tolerante con ella. Iza, de haber venido antes a pedírmelo, podría haber ponderado tu ruego, podría haber dejado vivir al niño. Ahora es demasiado tarde. Cuando regrese el día en que debe nombrarse a su hijo, los dos, Ayla y su hijo, morirán.

Al día siguiente Ayla trató de encender un fuego. Quedaban todavía algunos palitos de le seca de su temporada anterior. Hizo girar un palillo entre sus manos contra otra madera, pero no tuvo aguante suficiente para seguir esforzándose hasta lograr la chispa, y tuvo suerte al no lograrlo: Droog y Crug encontraron su camino hasta la pradera de la montaña donde dormían ella y el bebé, y habrían olido el fuego o los restos de un fuego y descubierto su refugio. En cambio, estuvieron tan cerca de la cueva, que si el niño hubiera gemido entre sueños, lo habrían oído. Pero la entrada del orificio que se abría en la pared rocosa estaba tan bien oculta por el viejo matorral de avellano, que no la vieron.

Pero la suerte le sonrió más aún. Las lluvias de primavera que se vertían sombríamente desde un cielo de plomo convirtiendo la orilla del arroyuelo en una poza de lodo, y la tierra de la pradera en una superficie pantanosa a la vez que la deprimían fuertemente, borraron todas sus huellas. Los cazadores eran tan expertos en seguir pistas que podían identificar las huellas de pisadas de cada uno de los miembros del Clan individualmente y su vista era tan aguda, que habrían reconocido ramitas rotas o tierra removida al arrancar bulbos o raíces, Si ella hubiera salido a buscar comida, cosa que precisamente su debilidad no le había permitido hacer, evitándole así ser descubierta.

Cuando Ayla salió más tarde y vio las huellas de las pisadas de los hombres en el lodo junto al arroyo que constituía el manantial del río, precisamente donde se habían detenido para beber, el corazón le dio un vuelco. Le dio miedo salir de nuevo; se sobresaltaba cada vez que una ráfaga de viento sacudía el matorral que cerraba la entrada de su cueva, y estaba tensa escuchando sonidos imaginarios.

El alimento que había llevado consigo estaba casi terminado. Buscó entre los canastos donde había almacenado alimentos durante los días en que se quedó solitaria purgando su maldición de muerte temporal. Lo único que halló fue unas cuantas nueces secas, podridas, y excrementos de pequeños roedores, lo cual evidenciaba que sus reservas habían sido descubiertas y consumidas hacía mucho. Encontró los restos echados a perder del suplemento de comida que Iza le había dado cuando empleó la cueva como refugio durante su maldición femenina; estaban incomibles.

Entonces recordó que había escondido carne seca de venado en la pequeña excavación cubierta de piedras, en el fondo de la cueva, del venado que había matado para cubrirse con su piel. Ayla encontró el montoncito de piedras y las retiró; la carne conservada estaba intacta, pero el alivio de sus tensiones fue breve: las ramas de la entrada se agitaron, y el corazón de Ayla dio un brinco.

— ¡Uba! —señaló con asombro al ver a la muchacha entrar en la cueva—.¿Cómo me has encontrado?

—Te seguí el día que huiste. ¡Estaba tan asustada a la idea de que te pasara algo malo! Te he traído de comer y un poco de té para que te fluya la leche.

Madre lo hizo.

— ¿sabe Iza dónde estoy?

—No. Pero sí sabe que yo sí. No creo que desee saberlo, porque entonces tendría que decírselo a Brun. ¡Oh, Ayla! Brun está furioso contra ti. Los hombres han estado buscándote todos los días.

—He visto sus huellas junto al arroyo, pero no han visto la cueva.

—Broud está presumiendo de que siempre supo él lo mala que eres. Apenas he visto a Creb desde que te fuiste. Se pasa todo el día en la cámara de los espíritus, y madre está tan trastornada. Quiere que te diga que no vuelvas —dijo Uba, con sus ojos muy abiertos, llenos del temor que sentía por la joven.

—Si no te ha hablado de mí, ¿cómo pudo Iza darte un mensaje’? —preguntó Ayla.

—Cocinó de más anoche y también esta mañana. No demasiado... supongo que tenía miedo de que Creb se diera cuenta de que era para ti. Pero no ha comido su porción. Más tarde ha hecho el té, y después se ha puesto a gemir y hablando sola como si estuviera lamentándose por ti; se ha estado lamentando desde que te fuiste, pero esta vez me miraba a los ojos. Y no paraba de decir: ‘Mi pobre niña, mi pobre hija, no tiene comida, está débil. Necesita leche para su bebe... y cosas por el estilo. Y después se ha alejado del hogar. La bolsa de agua estaba junto al fuego y el té, y la comida estaba envuelta.

“Sin duda me vio seguirte —prosiguió Uba—. Yo me preguntaba por qué no me habría regañado, si tardé tanto. Brun y Creb están furiosos con ella por no haberles dicho que ibas a esconderte. Si supieran que ella intuye dónde te encuentras y no se lo dice, no sé lo que le harían. Pero a mí, nadie me ha preguntado: de todos modos, nadie presta mucha atención a los niños, y menos a las niñas. Ayla, yo sé que debería decirle a Creb dónde estás, pero no quiero que Brun te maldiga, no quiero que te mueras.”

Ayla sentía palpitaciones en los oídos. “¿Qué he hecho?” No se había percatado de lo débil que estaba ni de lo difícil que le sería sobrevivir sola, con un bebé, cuando amenazó con abandonar el Clan.

“Y ahora, ¿qué voy a hacer?” Tomó en brazos a su bebé y lo abrazó “Pero no podía dejarte morir, ¿verdad que no?”

Una miraba compasivamente a la joven madre que parecía haber olvidado su presencia.

—Ayla —dijo tímidamente—. ¿Podría verlo? Nunca he tenido la oportunidad de ver a tu bebé.

— ¡Oh, Uba! claro que puedes verlo —señaló, llena de remordimientos por haber ignorado a la niña que había recorrido tan largo camino para llevarle el mensaje de Iza. También ella podría tener disgustos; si se descubría que Uba sabia dónde encontrar a Ayla y no lo decía, el castigo podría ser tremendo. . . podría arruinarle la vida.

— ¿Quieres tenerlo un poco?

— Ayla le puso el niñito en el regazo. Uba iba a apartar su cobija, pero alzó la vista para pedir permiso a Ayla; la madre asintió.

—Ayla, no se ve tan mal. No está tullido como Creb. Está flacucho, pero lo que más diferente parece es su cabecita. Pero no tan diferente como la tuya. Tú no pareces a nadie del Clan.

—Es porque no nací en el Clan. Iza me encontró cuando sólo era una niñita; dice que nací de los Otros. Pero ahora soy del Clan —dijo orgullosamente Ayla, y de repente su expresión cambió—. Pero no por mucho tiempo.

— ¿Echas alguna vez de menos a tu madre? Quiero decir a tu verdadera madre, no a Iza —preguntó la niña.

—No recuerdo más madre que Iza. No recuerdo nada antes de haber venido a vivir con el Clan. —De repente, palideció—: Uba, ¿adónde puedo ir si no regreso? ¿Con quién viviré? No volveré a ver a Iza, ni a Creb. Y ésta será la última vez que te vea a ti. Pero no sabía qué hacer. No podía dejar morir a mi niño.

—Yo qué sé, Ayla. Madre dice que Brun se desprestigiará si lo obligas a aceptar a tu hijo, por eso está tan furioso. Dice que si una mujer obliga a un hombre a hacer algo, los demás hombres dejarán de respetarlo. Aunque te maldiga después, se desprestigiará porque le obligaste a hacer algo contra su voluntad. No quiero que te vayas, Ayla, pero si regresas morirás.

La joven miró el rostro descompuesto de la niña, sin comprender que su rostro cubierto de lágrimas tenía la misma expresión. Las dos se arrojaron simultáneamente una en brazos de la otra.

Será mejor que te vayas, Uba, antes de que tengas un disgusto —dijo Ayla. La niña devolvió el niño a su madre y se puso en pie para marcharse—. Uba—llamó Ayla mientras la niña empezaba a apartar las ramas— me alegro de que hayas venido a verme, porque así he podido hablar contigo una vez más. Y dile a Iza... dile a mi madre que1a amo. — Las lágrimas volvían a correr por sus mejillas. —Díselo también a Creb.

—Lo haré, Ayla. —La muchacha se quedó un momento más—. Ahora me voy —dijo, y abandonó rápidamente la cueva,

— Cuando Uba se hubo alejado, Ayla deshizo el bulto de comida que le había llevado. No había mucho, pero con el venado seco duraría unos cuantos días. ¿y después? No podía pensar, su mente era un verdadero torbellino de confusión que la sumía en un negro agujero de desesperanza.

Su plan le había estallado en la cara. No sólo estaba en peligro la vida de su hijo sino también la suya propia. Comió, sin saborear nada, y bebió un poco de té antes de tenderse de nuevo con su hijito, y se deslizó hasta el olvido que proporciona el sueño. Su cuerpo tenía necesidades que le eran propias y exigía descanso.

Era de noche cuando despertó; bebió lo que le quedaba de té frío. Decidió buscar más agua mientras era de noche, pues no había posibilidad de que la vieran los que andaban en su busca. Tanteó en la oscuridad en busca de la bolsa de agua y se apoderó de ella el pánico al notar que había perdido el sentido de la orientación en la negrura absoluta de la caverna. Las ramas que disimulaban la entrada, destacándose fantásticamente sobre una oscuridad menos negra, le de volvieron la noción de dónde estaba; salió rápidamente.

Un cuarto creciente, jugando al escondite con nubes que corrían rápidamente, arrojaba poca luz, pero sus ojos, muy dilatados por la oscuridad de la cueva, podían ver árboles fantasmales que recortaban su silueta en el leve resplandor. El susurro del agua del arroyo, salpicando sobre diminutas rocas que formaban una cascada de juguete, reflejaban la brillante hoz con un matiz iridiscente. Ayla estaba débil aún, pero no se sentía mareada al ponerse de pie, y le resultaba menos doloroso andar.

— Ningún hombre del Clan la vio mientras se inclinaba junto al arroyo bajo el manto protector de la oscuridad, pero otros ojos, más acostumbrados a ver la luz de la luna, la vigilaban. Los depredadores nocturnos y sus presas que buscaban el alimento de noche bebían de ese mismo arroyo. Ayla no había sido nunca tan vulnerable desde que vagó sola —niñita de cinco años de edad—, y no tanto por su debilidad sino porque no estaba pensando en términos de supervivencia. No estaba en guardia; sus pensamientos estaban vueltos hacia adentro. Habría sido presa fácil para cualquier depredador en acecho, atraído por los ricos olores. Ayla había sido temida antes de ahora; piedras rápidas, aun cuando no siempre letales pero sí dolorosas, habían dejado su impronta. Los carnívoros cuyo territorio comprendía la cueva, tendían a apartarse de ésta. Eso le daba a la joven una ligera ventaja, un factor de seguridad, una reserva contra el peligro, y se estaba beneficiando ahora que tanto lo necesitaba.

—Tiene que haber alguna señal de ella —señaló Brun con enojo—. Si ha llevado alimentos, no le van a durar para siempre; tiene que salir pronto de su escondite. Quiero que vuelvan a buscar por todos los lugares donde han buscado ya. Si ha muerto, quiero saberlo. Algún animal carnicero la habrá encontrado y tienen que quedar evidencias de ello, Quiero que la encuentren antes del día del nombre. No iré a una Reunión del Clan, si no aparece.

— ¡Ahora nos va a privar de la Reunión del Clan!- resopló Broud con ira— Y para empezar, ¿por qué fue aceptada en el Clan? Ni siquiera procede del Clan.

Si yo fuera jefe, no la habría admitido. Si fuera jefe no habría dejado que ha se quedara con ella, ni siquiera le habría permitido recogerla. ¿Por qué nadie puede verla como lo que es? No es la primera vez que desobedece; siempre la mostrado falta de respeto por las costumbres del Clan y se ha salido con la suya. ¿Alguien ha impedido que traiga animales a la cueva? ¿Ha impedido alguien que vaya por ahí sola, cosa que ninguna mujer buena del Clan pensaría siquiera hacer? No es extraño que nos espían mientras practicábamos. ¿Y qué sucedió cuando la sorprendieron usando una honda? ¡Una maldición de muerte temporal, y cuando regresó se le permitió cazar!. Imagina: una mujer del Clan, cazando, ¿Saben lo que pensarían de eso los demás clanes? No es sorprendente que no vayamos a la Reunión del Clan. ¿Es raro que pretenda obligarnos a aceptar a su hijo?

—-Broud, ya hemos oído todo esto antes —señaló cansadamente Brun—. Su desobediencia no quedará sin castigo, te lo prometo.

La constante insistencia de Broud en el mismo tema no sólo estaba atacándole los nervios a Brun, también estaba causando cierta impresión. El jefe empezaba a cuestionar su propio juicio, un juicio que debía basarse en el apego a tradiciones y costumbres muy antiguas que no daban mucho lugar a desviaciones. Y sin embargo, como Broud no paraba de recordarle, Ayla se había hecho culpable de una lista de infracciones que empeoraba progresivamente y parecía conducir a este acto imperdonable de rebelión. Había sido demasiado generoso con la intrusa que no había nacido con el sentido inherente de virtud del Clan, demasiado indulgente con ella; Ayla se había aprovechado de él. Tenía razón Broud, debería haber sido más severo, debería haberla obligado a someterse, tal vez nunca debería haber permitido que la curandera la recogiera. Pero, ¿tenía que estar machacándolo todo el tiempo el hijo de su compañera?

El constante sermoneo de Broud estaba impresionando también al resto del Clan. Casi todos empezaban a convencerse de que Ayla los había cegado en cierto modo con engaños, y que sólo Broud había sido lo suficientemente perspicaz para reconocerlo. Cuando no estaba cerca Brun, los jóvenes hablaban mal del jefe, insinuando que estaba demasiado viejo para seguir encabezándolos eficazmente. El desprestigio de Brun resultó un golpe muy fuerte contra su confianza: podía sentir cómo el respeto de los hombres se retiraba poco a poco, y no podía soportar la idea de enfrentarse a una Reunión de los Clanes en tales circunstancias.

Ayla siguió en la cueva, de la que salía únicamente para buscar agua. Envuelta en pieles, tenía calor suficiente inclusive sin fuego. La comida que le llevó Uba y la reserva olvidada de carne de venado, tan seca como el cuero y dura de masticar pero altamente nutritiva, sazonada por el hambre, hacía que recoger o cazar fuera innecesario. Le daba la posibilidad de descansar todo lo que necesitaba. Como no la agotaba más la necesidad de alimentar a un feto “no-del-todo”’ correcto, su cuervo joven y saludable, fortalecido por años de un ejercicio físico agotador, comenzaba a restablecerse. No necesitaba dormir tanto, pero en cierto modo esto resultaba peor pues sus pensamientos perturbados la acosaban constantemente. Por lo menos, mientras dormía no experimentaba ansiedad.

Ayla estaba sentada junto a la entrada de la cueva, sosteniendo en sus brazos al niño dormido. De su boquita chorreaba un hilo de líquido blanco y otro del otro seno atestiguando así que la leche fluía ya. El sol del atardecer, oculto de vez en cuando por nubes rápidas, calentaba la tierra junto a la entrada sus manchas de luz. Ayla miraba a su hijito, observando su respiración regular interrumpida por movimientos de los ojos y leves sobresaltos que lo ponían a mamar en sueños antes de volver a calmarse. Lo miró más de cerca, volviéndole la cabeza para verlo de perfil.

“Uba ha dicho que no te ves tan mal —pensaba Ayla—; eso me parece. Un poco diferente; también eso dijo Uba. Pareces diferente pero no tanto como yo, —Ayla recordó súbitamente el reflejo de su rostro en la poza tranquila—. ¡No tan diferente como yo!”

Ayla volvió a examinar a su hijo, tratando de recordar su propio reflejo. De frente es abombada así —pensó, tocándose con la mano—. Y ese hueso bajo su boca, también yo lo tengo. Pero tiene arcos ciliares fuertes, y yo no. La gente del Clan los tiene. Si yo soy diferente, ¿por qué no iba a ser diferente mi bebé? debería parecerse a mí, ¿no es cierto? Se me parece un poco, sí, pero también se parece a los bebés del Clan. Se parece a los dos. Yo no nací del Clan, pero mi bebé si, sólo que se parece a mí y a ellos, como si estuviéramos mezclados.

“No creo yo que seas deforme, hijo mío. Si has nacido de mí y del Clan, tienes que parecerte a ambos. Si los espíritus se mezclaron, ¿no tendrías que parecer una mezcla tú también? Ese es tu aspecto, así debes verte. Pero ¿qué tótem te inició?. No importa el que fuera, sin duda ha tenido ayuda. Ninguno de los hombres tiene un tótem más fuerte que el mío, sólo Creb. ¿Inició tu vida el Oso Cavernario, bebé mío? Vivo en el hogar de Creb. No, no puede ser. Creb dice que Ursus no permite nunca que una mujer trague su espíritu. Ursus escoge siempre. Y si no fue Creb, ¿quién más ha estado cerca?”

Ayla vio súbitamente a Broud cerniéndose sobre ella. ¡No! Meneó la cabeza, rechazando ese pensamiento. “Broud no. No inició él a mi bebé.” Se estremeció de repugnancia pensando en el futuro jefe y en la manera en que la había obligado a someterse a sus deseos. ¡Lo odio! ¡Lo he odiado cada vez que se ha acercado a mí! ¡Me alegro tanto de que no haya vuelto a molestarme! Espero que nunca, nunca quiera aliviar sus deseos conmigo de nuevo. ¿Cómo puede aguantarlo Oga? ¿Cómo pueden aguantar eso las mujeres? ¿Por qué tiene que meter un hombre su órgano en el lugar de donde vienen los bebés? Ese sitio debería ser sólo para los bebés, no para que los órganos de los hombres lo pongan todo pegajoso. “Los órganos de los hombres no tienen nada que ver con los bebés”, pensó, llena de indignación.

La incongruencia del acto sin sentido permaneció en su mente, y después un pensamiento extraño se insinuó: “¿O tal vez sí? ¿Puede tener algo que ver con los bebés el órgano del hombre? Sólo las mujeres pueden tener bebés, pero tienen bebés niños y bebés niñas —se dijo reflexivamente—. Me pregunto si cuando un hombre mete su órgano en el sitio de donde vienen los bebés lo inicia. ¿Y si no fuera el espíritu del tótem de un hombre lo que inicia un bebé? ¿Y si fuera su órgano? ¿No significaría eso que también a él le pertenece el bebé? Quizá por eso tengan esa necesidad los hombres, porque quieren iniciar un bebé, Quizá por eso también les gusta a las mujeres. Nunca he visto que una mujer se tragara un espíritu, pero he visto a menudo que los hombres metían su órgano en las mujeres. Nadie había pensado nunca que podría tener yo un bebé, porque mi tótem es demasiado fuerte, pero lo he tenido, y comenzó más o menos cuando Broud estaba aliviando sus necesidades conmigo.”

“No, no es cierto. Eso significaría que mi bebé es también el bebé de Broud —pensó Ayla, horrorizada—. Tiene razón Creb, siempre tiene razón. Me tragué un espíritu que combatió contra mi tótem y lo venció, y tal vez más de uno, quizá todos ellos.” Abrazó fuertemente a su hijo como tratando de guardárselo para sí sola. “Tu eres mi bebé, no el de Broud. Ni siquiera fue el espíritu del tótem de Broud.”

El niño se asustó por el movimiento brusco y empezó a llorar. Ayla lo meció amorosamente hasta que se calmó.

“Quizá mi tótem supo cuánto deseaba yo tener un bebé, y se dejó derrotar. Pero, ¿por qué iba a dejarme tener un bebé mi tótem, si sabía que tendría que morir? Un bebé que es en parte mío y en parte del Clan siempre parecerá diferente; y siempre dirán que mis bebés son deformes. Aun cuando tuviera un compañero, mi bebé no parecería normal. Nunca me dejarían quedarme con ellos; tendrían que morir todos. Qué importa, si de todos modos voy a morir. Ambos vamos a morir, hijo mío.”

Ayla tenía su hijito pegado al cuerpo, lo mecía y le canturreaba mientras las lágrimas corrían por sus mejillas sin que se diera cuenta.

“¿Qué voy a hacer ahora, bebé mío? ¿Qué voy a hacer? Si regreso el día de tu nombre, Brun, me maldecirá. Iza ha dicho que no vuelva, pero ¿adónde podría ir? Todavía no tengo suficientes fuerzas para cazar, y si las tuviera, ¿qué iba a hacer contigo? No te podría llevar conmigo: no se puede cazar con un bebé. Podría llorar y espantar a los animales, pero no podría dejarte solo. Quizá no tendría que cazar, podría encontrar comida. Pero necesitamos también otras cosas… mantos y capas y protectores para los pies.”

“¿Y dónde encontraría una cueva para vivir? No puedo seguir aquí, hay demasiada nieve en invierno y está demasiado cerca; tarde o temprano, acabarían por encontrarme. Podría marcharme, pero tal vez no encontrara una cueva, y los hombres me seguirían la pista y me traerían otra vez. Aun cuando me alejara y encontrara una cueva y almacenara suficientes alimentos para todo el invierno venidero, y aun cazara un poco, seguiríamos estando solos. Necesitas más gente no sólo a mí. ¿Con quién jugarías? ¿Quién te enseñaría a cazar? ¿Y si algo me sucediera? ¿Quién te cuidaría? Estarías completamente solo, como yo cuando Iza me encontró.

“No quiero que estés solo; no quiero estar sola, yo tampoco. Quiero volver a casa —y Ayla sollozaba, sumiendo el rostro en las ropas del niño—. Quiero ver de nuevo a Uba y a Creb, quiero a mi madre. Pero no puedo volver al hogar. Brun está furioso conmigo. Soy causa de su desprestigio y va a echarme la maldición. Yo no sabía que le haría perder su prestigio, pero no quería que murieras. Brun no es tan malo; me permitió cazar. ¿Y si no tratara de obligarlo a aceptarte? ¿Y si sólo le suplicara que te deje vivir? Si regresara ahora, no se desprestigiaría porque todavía queda tiempo; quedan dos dedos antes del día de nombrarle. Quizá entonces no estuviera tan furioso.

“¿Y si lo está? ¿Y si dice que no? ¿Y si te aparta de mí? Si te arrebatan ahora no quiero seguir viviendo. Si tienes que morir, también yo quiero morir; Si regreso y dice Brun que tienes que morir, le suplicaré que me maldiga. Moriré también. No dejaré que vayas solo al mundo de los espíritus, prometo que si tienes que ir, iré yo contigo. Ahora mismo voy a ir y suplicar a Brun que me deje tenerte ¿Qué más puedo hacer?”

Ayla se puso a meter cosas en su canasto. Envolvió al bebé en el manto que tenía para él, y a ambos en su manto de pieles, y apartó las ramas que tapaban la entrada de la cueva. Mientras gateaba para salir su mirada cayó sobre algo que brillaba al sol. Una piedra gris brillante estaba a sus pies; la recogió. No era una piedra sino tres nódulos pequeños de pirita ferrosa pegados. La volvió entre sus dedos y vio cómo brillaba el “oro de los tontos”. Tantas veces como había entrado y salido entre las ramas del avellano, en tantos años, y nunca anteriormente había visto aquella insólita piedra.

Ayla la apretó en su ruano y cerró los ojos. “¿Puede ser una señal? ¿Una señal de mi tótem?”

—Gran León Cavernario —expresó con ademanes—. ¿He tomado la decisión correcta? ¿Me estás diciendo que debo regresar ahora? ¡Oh, León Cavernario! que sea una señal. Que sea la señal de que me has encontrado digna, de que ha sido una prueba más. Que sea una señal de que mi bebé vivirá.

Le temblaban los dedos al desatar los nudos de la bolsita de cuero que llevaba colgada del cuello. Agregó la piedra brillante de forma curiosa al óvalo pintado de rojo de la defensa del mamut, el molde fósil de un gasterópodo y el trocito de ocre rojo. Con el corazón palpitante de miedo y una esperanza desesperada, Ayla salió de la cuevita y se dirigió a la caverna del Clan.