27
Lo más sorprendente de todo fue que la señora de Beale hizo no menos partícipe de su declaración, por lo visto, a la señora Wix, quien, cual si repentinamente la hubiesen abandonado las fuerzas, se dejó caer en un asiento mientras Maisie se entregaba al abrazo de la visitante. Tan pronto como la niña se desasió, se percató sabiamente del estupor de la señora Wix y de hecho fue capaz de discernir que, aunque aparentemente manifestara aceptar aquel encuentro, sin embargo su semblante parecía decir con intensidad: «Ahora, por amor de Dios, no cacarees un `¡Ya se lo dije a usted!'» Extrañamente, sobre la marcha Maisie fue consciente de una ausencia de ganas de cacarear: un solo instante le había bastado para hacer un rápido repaso de los objetos que rodeaban a la señora de Beale de tal forma que se había apercibido de que entre ellos no había ninguna pertenencia de Sir Claude. A estas alturas ya conocía muy bien el neceser de él —¡oh cuán afectuosamente!— y hubo un momento en que al no divisarlo allí sintió un estremecimiento semejante a como si hubiese recibido la peor de las noticias. Aún le quedaba por aprender lo que significa sentir en un instante infinitesimal una evidencia de defunción, y por consiguiente no tuvo oportunidad de saber que aquella punzada momentánea había sido una prematura sensación de lo que es una muerte. Naturalmente tal punzada desapareció en un periquete ante el esplendor de la señora de Beale, y se fundió en su propia apelación inmediata:
—¿Has venido sola?
—¿Sin Sir Claude? —De alguna forma, la señora de Beale semejó todavía más esplendorosa—. Sí, en mi ansiedad por reunirme contigo. ¡Eres una canallita completa! —Y su madrastra, riendo alegremente, le dio en la mejilla una palmadita que en parte fue un pellizco—. ¿Qué andabas tramando y por quién me tomaste? Pero me siento feliz de estar en el extranjero, y al fin y al cabo has sido tú quien me ha mostrado el camino. A lo mejor, sin ti, nunca habría sido capaz de venir... de venir, quiero decir, tan pronto. Bien, pues en cualquier caso ya estoy aquí y si hubierais tardado un momento más en retornar habría comenzado a intranquilizarme. Este establecimiento es muy majo. —Se mostró satisfecha con el sitio y enseguida dijo incluso que era encantador. Luego, con un fervor aún más optimista, tornó al quid de la cuestión—: ¡Soy libre, soy libre! —Por su parte Maisie tornó a otro quid distinto: volvió la mirada hacia la señora Wix, quien seguía presa del estupor; volvió a llamar la atención de su vieja amiga hacia los modales supremos con que ella se abstenía de desarrollar aquel punto de la libertad. El punto que al siguiente instante sí desarrolló fue la cuestión de Sir Claude:
—¿Dónde está él? ¿No viene?
Con una sonrisa la recapacitación de la señora de Beale sobre dicha cuestión pareció oscilar entre las dos expectantes atenciones que tenía ante sí; era notable, era extraordinaria su impertérrita aceptación de la presencia de la señora Wix: un milagro que ahora Maisie percibió que también había principiado a reflejarse en la cara larga de aquella señora.
—¡Vendrá, pero tenemos que obligarlo a venir! —espetó jovialmente.
—¿Obligarlo? —hizo de eco Maisie.
—Debemos dejarle tiempo. Debemos jugar nuestras cartas.
—Pero si a nosotras él nos lo prometió solemnemente —replicó Maisie.
—Mi querida niña, a mi él me ha prometido solemnemente... infinidad de cosas; y no siempre ha cumplido sus promesas al pie de la letra. —El buen humor de la señora de Beale persistía en dar por supuesto el buen humor de la señora Wix, a quien trataba con una deferencia inopinadamente portentosa—. Seguro que lo mismo habrá hecho con vosotras, y no en todos los casos habrá cumplido. Pero él siempre logra compensarlo todo a su modo... y a estas alturas ya sabemos bien cuáles son sus defectos y virtudes. Hay una de sus virtudes —continuó— que vuelve todo lo demás, para nosotras, meramente una cuestión de tacto. —Apenas habían tenido tiempo de preguntarse cuál sería esa virtud cuando, como habrían podido decir, la respuesta se les echó encima—: ¡Él es tan libre como yo!
—Sí, lo sé—dijo Maisie, como si, no obstante, tuviera sus propias ideas sobre el valor de aquella declaración. Por cierto que también tuvo sus propias ideas sobre lo extraño del hecho de que su madrastra hablase de aquello como si pudiera representar una novedad para ella, que literalmente había sido la primera persona a quien se lo había comunicado Sir Claude. Por algunos segundos, como si aún resonaran en sus oídos las palabras de él, volvió a reunirse con él, en el recuerdo y en el crepúsculo, en el jardín del hotel de Folkestone.
Todo aquello de lo cual hacía caso omiso la señora de Beale no era, comprendió Maisie profundamente, sino efecto del entusiasmo, de un ánimo propenso a la exultación que se mantuvo incluso cuando descendió —siempre con bastante aire de igualitarismo— a un tono casi confidencial:
—Bien, pues sólo es problema de esperar. Él no podrá pasarse sin nosotras mucho tiempo. ¡Estoy segura, señora Wix, de que él no puede pasarse sin usted Le tiene devoción; me ha hablado tanto de usted. ¡El punto hasta el que cuento con usted, o sea, hasta el que cuento con usted para ayudarme...! —fue un punto que no podía expresarlo ni siquiera todo su aire radiante. Cuanto su aire radiante no podía expresar era casi tanto como cuanto en todo caso sí podía contribuir a dotar de dimensiones cada vez más grandiosas a su presencia e inclusive a su famosa libertad; y fue esa cuantiosa masa lo que una vez más movió a sus compañeras, desconcertadas y desunidas, a intercambiar como a través de una creciente bruma señales confusas e ineficaces. Por lo menos estaban unidas en un terreno común de desprevención, y Maisie contempló desconsolada los estragos del desaliento en la señora Wix. El desaliento la había reducido a una absoluta impotencia, y, salvando que esa lobreguez se aproximaba a una completa negrura, permanecía sentada como fascinada por el gran estilo de la señora de Beale. Tales modales la habían sumido en un hondo silencio prolongado; pues lo que había ocurrido había sido lo que menos habría podido prever y frente a lo cual resultaba débil e inoperante todo el reciente rigor de que había hecho gala. Tenía que haber reaparecido Sir Claude con su cómplice o sin ella; mas nunca, nunca su cómplice sin él. A estas alturas por lo visto la señora de Beale había obtenido una ventaja en la cual podía ahondar: miró con bienhumorada reconvención a la grotesca figura muda—: ¿Realmente no quiere usted darme la mano? No importa: ¡ya terminará por reconciliarse! —Por ahora no sometió la cuestión a una prueba empírica, pasando a otros asuntos, y en vez de extender la mano la alzó con hermoso movimiento hasta su propia cabeza inclinada, posándola en una larga aguja negra que desempeñaba un papel preciso dentro de su oscura cabellera—: ¿Se lleva aquí el sombrero a la hora del almuerzo? Si están ustedes tan hambrientas como yo, no sé a qué estamos esperando.
La señora Wix permaneció perfectamente inmóvil, pero respondió a la pregunta con una voz que apenas pudo reconocer su alumna:
—Yo sí lo llevo.
La señora de Beale, asimilando con una única mirada aquella novedosa osadía, pareciendo identificar enseguida el origen de la misma y seguir sus vuelos, aceptó aquella respuesta como definitiva:
—¡Oh, pero es que yo no llevo una maravilla como ésa! —Luego se volvió con regocijo hacia Maisie—: En cambio sí he traído una maravilla para ti, querida.
—¿Una maravilla?
—Una monada de sombrero: en mi equipaje. Me acordaba de ése —hizo un ademán hacia el chisme colocado sobre la cabeza de su hijastra y te he traído uno con plumas de pavo real. ¡Del más bonito azul!
Era muy chocante que permanecieran allí hablando no de Sir Claude sino de pavos reales, demasiado chocante como para que la niña tuviera la presencia de ánimo necesaria para darle las gracias. Pero la jocundidad en que había llegado su madrastra se mostraba tan a prueba de todo que Maisie fue cada vez más consciente de que por debajo de aquello debía haber una poderosa finalidad oculta. Vagamente le daba la sensación de que era ciclópeo el temple con que la señora de Beale sobrellevaba, en el saloncito blanco y dorado, la incomodidad de semejante falta de cordialidad y entusiasmo por parte de ambas. La señora Wix estaba menos entusiasmada que nunca: la turbación producida por el aislamiento de la señora de Beale no era nada comparada con la turbación producida por la exquisitez de sus modales. Por parte de la niña la percepción de esta dicotomía fue la semilla de una interrogante enteramente nueva. ¿Y si mediante toda esta benevolencia...? Pero la idea se perdió en algo demasiado espantoso para tener esperanza y demasiado hipotético para tener temor; y mientras todo discurría a pasos agigantados, en la puerta apareció uno de los camareros para avisarles que ya hacía rato que había comenzado la table d'hôte.
—¿Habían subido a lavarse las manos? —les preguntó la señora de Beale a raíz de esto—. Háganlo raudo y en un segundo me reúno con ustedes; han colocado mis maletas en esa habitación tan agradable: era la de Sir Claude. ¡Hay que reconocer —dijo riéndose— que él tiene un gusto impecable! —Estaba abierta la puerta de la habitación contigua, y ahora desde su umbral, de nuevo dirigiéndose a la señora Wix, hizo sonar una nota que proporcionó la clave exacta de lo que, como habría dicho ella misma, andaba tramando—: Querida señora, por favor hágase cargo de mi hija.
Andaba tramando un cambio de disposición tan completo que representaba —oh, respecto de ciertos oficios todavía honorablemente subordinados aunque no demasiado explícitamente serviles— una coerción absoluta, un interesado secuestro de la respetabilidad de la vieja señora. Se produjo una repercusión, al modo de ver de Maisie, puedo decirlo sin pérdida de tiempo, cuando toda esa respetabilidad se puso en pie de un salto: también la señora Wix era capaz de aquellos pasos agigantados a los que se ha hecho mención, conque se llevó a su alumna, con este ímpetu y mientras la señora de Beale se asomaba al aposento de Sir Claude, directamente hacia aquél otro donde, al fondo del corredor, se alojaban institutriz y educanda. La zancada más gigantesca de todas, si a eso vamos, era que en cuestión de segundos la antigua pupila había, en una nueva relación, sido convertida en hija. Los ojos de Maisie todavía estaban contemplando tamaño paso cuando, tras la carrera por el corredor, tras haber cerrado la puerta casi a cal y canto y sin ningún propósito de servirse inmediatamente del jabón ni de las toallas, la pareja se encontró cara a cara. En esta situación, la señora Wix fue la primera en abrir la boca:
—¿Será posible que ella pueda tener uno?
Maisie se sintió aún más confundida:
—¿Un qué?
—Caramba, un sentido moral.
Hablaban como si se pudiese tener dos, mas la señora Wix ofreció el aspecto de pensar que aquella idea no fuese enteramente afortunada, y Maisie no veía cómo siquiera un monosílabo afirmativo salido de sus propios labios podría esclarecer lo que más sumamente misterioso se había vuelto. En este enigma mayúsculo fue en lo que ella se concentró sin dilaciones:
—¿Ahora ella es mi madre?
Fue una cuestión en lo relativo a la cual la horrible vislumbre de la responsabilidad de tener que opinar pareció afectar a la señora Wix como un puñetazo en pleno estómago. Evidentemente nunca había pensado en ello; mas fue capaz de hacerlo ahora y contraatacar:
—Si ella lo es, por ese mismo criterio él es tu padre.
No obstante, los pensamientos de Maisie fueron los que llegaron más lejos:
—¡Entonces quienes son mi padre y mi madre...!
Pero no bien principió a titubear cuando la señora Wix ya había reculado:
—¿...deberían comenzar a vivir juntos? ¡No empieces con eso otra vez! —Se volvió de espaldas a ella con un gruñido, para acercarse al lavabo, y a estas alturas Maisie fue capaz de percatarse con cierta facilidad de que por esa vía verdaderamente se llegaba al delirio. La señora Wix hizo un poco de embarullado chapoteo, pero al momento siguiente ya se había vuelto hacia su educanda—: Ella ha adoptado una nueva actitud.
—Ha sido muy maja con usted —convino Maisie.
—Es lo que ella cree... «¡Vaya y vista a la pequeña!» ¡Pero aquí hay gato encerrado! —dijo entrecortadamente. Luego continuó desarrollando el resto de sus cavilaciones—: Como él no quiere quedarse con ella, córcholis, ella quiere quedarse contigo. Sí, será ella.
—¿Quiere decir que será ella quien se quedará conmigo en el extranjero?
—Quiero decir que será ella quien formará tu hogar. —La señora Wix vio aún más lejos; desentrañó todos los enrevesamientos—: ¡Oh, es pérfidamente lista! No se trata de sentido moral. —Y llegó al clímax—: ¡Se trata tan sólo de una estratagema!
—¿Una estratagema?
—Para no quedarse sin él. Ella lo ha sacrificado... a su propio deber.
—Entonces ¿él no vendrá? —imploró Maisie.
La señora Wix no dio respuesta de inmediato; la tenían absorta sus propias visiones:
—Él luchó, pero ella salió ganando.
—Entonces ¿él no vendrá? —reiteró la niña.
La señora Wix lo vio claro:
—¡Sí que vendrá, maldición! —Nunca anteriormente había sido tan malhablada. ¡Para lo que le importaba a Maisie!
—¿Pronto? ¿Mañana?
—Cuandoquiera que sea, demasiado pronto. Indecentemente pronto.
—¡Ah, entonces vamos a estar todos juntos! —ahondó la niña. Aquello hizo que la señora Wix le dedicara una mirada como de exasperación; pero no tuvo tiempo de ocurrir nada antes de que ella agregara con premura—: ¡Junto a usted —La pinta de desaprobación se mantuvo, pero se manifestó exclusivamente en la intimación de la señora Wix a lavarse las manos y bajar. Sobre ellas descendió el silencio de las raudas abluciones, interrumpido enseguida, no obstante, por una de las súbitas reversiones de Maisie—: ¡Cielo santo, ¿a que está guapa?!
La señora Wix ya había terminado; estaba esperando, y contestó:
—Atraerá la atención. —Las dos se apresuraron, y se habría podido advertir que la conmoción que les había producido la belleza de la señora de Beale actuó, incongruentemente, como acicate de sus operaciones preliminares a reunirse con ella. A pesar de todo, cuando retornaron a la sala de estar ella ya se había marchado abajo; la abierta puerta de su habitación reveló que ésta estaba vacía y la camarera lo confirmó. En este punto nuevamente se vieron demoradas por otra aguda reflexión de la señora Wix—: Pero ¿de qué va a vivir ella mientras tanto?
Maisie frenó en seco y preguntó:
—¿Hasta que llegue Sir Claude?
Su frenazo no fue nada comparado con la violencia con que se detuvo su amiga:
—¿Quién pagará las facturas?
Maisie caviló:
—¿No puede hacerlo ella?
—¿Ella? No tiene ni un penique.
La niña se extrañó:
—Pero ¿acaso papá...?
—¿... no le ha dejado una fortuna? —Se habría dicho que la señora Wix hablaba de papá como si estuviese muerto de no ser porque agregó de inmediato—: ¡Caramba, él vive de otras mujeres!
Oh sí, Maisie se acordaba. E insinuó:
—Pues entonces, ¿no puede papá enviar...? —Volvió a titubear: a ella misma le semejó grotesca aquella idea.
—¿... a su esposa una parte del dinero de esas mujeres? —La señora Wix soltó una carcajada aún más grotesca que aquella descabellada ocurrencia—. ¡Seguro que ella sería capaz de aceptarlo!
Volvieron a ponerse en marcha apresuradamente; aun así, descendiendo las escaleras, Maisie volvió a pararse:
—¿Qué habría pasado si la señora de Beale se hubiese quedado en Inglaterra?... —planteó.
La señora Wix lo consideró:
—¿Y en cambio él hubiese venido, quieres decir?
—Sí, tal como preveíamos nosotras. —Maisie desarrolló plenamente su especulación—: ¿De qué habría vivido ella entonces?
La señora Wix no hizo una tregua sino por un instante.
—¡De otros hombres! —dijo, y marchó hacia el comedor.