8

Después de la desbandada de la señora Wix, la señorita Overmore pareció cobrar conciencia de no estar lo que se dice en situación de censurar la segunda unión de Ida Farange; pero sacó del cajón de la mesa la fotografía de Sir Claude y, allí de pie y delante de Maisie, la examinó con cierto detenimiento.

—¿A que es guapo? —preguntó ingenuamente la niña.

Su compañera titubeó.

—No, es espantoso —contestó con sequedad, para sorpresa de Maisie. Pero permaneció otro minuto considerando aquella imagen, tras lo cual le restituyó el retrato. A la propia Maisie se le antojó que éste despedía un hechizo renovado, conque se notó turbada, pues nunca anteriormente se le había presentado el caso de hallarse en desacuerdo con su hermosa amiga. De forma que lo más a que se atrevió fue a preguntar qué debía hacer entonces con él: ¿debía guardarlo meticulosamente donde no estuviera visible para ofender? Ante esto la señorita Overmore volvió a sumirse en cavilaciones; tras lo cual dijo inesperadamente—: Ponlo sobre la repisa de la chimenea en nuestro cuarto de dar clases.

Maisie experimentó cierto temor:

—¿A papá no le desagradará verlo allí?

—Una barbaridad; pero eso ya no tiene importancia ahora. —La señorita Overmore hablaba con alguna segunda intención, para desconcierto de su alumna.

—¿Debido al matrimonio? —aventuró Maisie.

La señorita Overmore se echó a reír, y Maisie tuvo ocasión de comprobar que a despecho de la irritación producida por la señora Wix, aquélla se hallaba de buen humor:

—¿A cuál matrimonio te refieres?

Ante aquella pregunta, a la niña súbitamente le dio la sensación de no estar muy segura, así que pensó que debía de estar pareciendo tonta. Se acogió al recurso de decir:

—¿Vas a ser diferente?... —Esto implicaba claramente que la prometida de Sir Claude lo sería.

—¿En calidad de legítima esposa de tu padre? ¡Por completo! —contestó la señorita Overmore. Y naturalmente la diferencia comenzó con que esta joven pasó a ser llamada, incluso por Maisie, desde aquel día y a petición especial, la señora de Beale. De hecho, la diferencia acabó allí más o menos, pues exceptuando que la niña pudo reflexionar que muy pronto iba a poseer cuatro progenitores en total —y exceptuando asimismo que al cabo de tres meses, desde el punto de vista de una niña que atisbaba desde el pasamanos, por la escalera ascendía el intensificado rumor de insinuaciones amorosas más rebuscadas—, todo continuó brindando el mismo aspecto que antaño. La señora de Beale tuvo vestidos muy hermosos, pero los de la señorita Overmore habían sido prácticamente igual de buenos, y aunque papá se mostró mucho más entusiasta de su segunda esposa que de su primera, Maisie ya había previsto tal entusiasmo, había sido testigo del desarrollo del mismo casi tan de cerca como la persona más directamente interesada. En realidad, en las relaciones de sus dos compañeros de hogar había muy poco que a ella su propia y precoz experiencia no supiera explicarle, pues si en última instancia ambos le dieron en muy poca medida esa impresión de luna de miel de la que con frecuencia había oído hablar —muy pormenorizadamente, sin ir más lejos, de labios de la señora Wix—, era natural juzgar la circunstancia a la luz de la ya demostrada propensión de papá a poner en entredicho el imperativo del vínculo matrimonial. Su luna de miel, cuando él regresó de Brighton —no al siguiente día de la visita de la señora Wix, ni tampoco, extrañamente, hasta varios días después—, su luna de miel, decíamos, perceptiblemente pareció presentar el aspecto de un estadio ya avanzado del matrimonio. A la señora de Beale ya no le importaba, como bien sabía la niña, que muchas cosas disgustaran a su padre, y el número de éstas creció hasta el extremo de que una minucia como la antipatía hacia la fotografía de Sir Claude careció de relevancia. Este encantador objeto disfrutó de un puesto preeminente en el cuarto de dar clases, donde a decir verdad el señor Farange rara vez penetraba y en el cual la admiración contemplativa constituyó, durante la época de que hablo, casi la única tarea escolar de la alumna de la señora de Beale.

Maisie no tardó en comprender a qué se había referido exactamente su madrastra con eso de lo diferente que iba a mostrarse en su nuevo cargo. En cuanto esposa de su padre había dejado de ser institutriz de ella, y si antaño su presencia allí había precisado justificación mediante la teoría de la humilde función que estaba desempeñando, ahora estaba allí sobre una premisa en la que ya no era precisa justificación alguna y que era incompatible con cualquier servidumbre. A eso era a lo que se había referido con lo de la desaparición de las objeciones a enviarla a una escuela: su infantil compañera ya no se hacía necesaria en la casa en calidad de —como dijo divertidamente la propia señora de Beale— pequeña «carabina». La oposición a una sucesora de la señorita Overmore subsistió: se basaba francamente en la circunstancia, cuya plena absurdidad admitía la señora de Beale, de que ésta última quería a su hijastra con demasiada locura como para tolerar verla confiada a manos vulgares y mercenarias. La alusión a este último peligro alentó a Maisie a dejar caer algunas palabras en favor de la señora Wix, la modesta medida de cuyas ambiciones pecuniarias había podido ella comprobar desde un principio; pero de nuevo y tajantemente la señora de Beale descartó a una candidata que de seguro actuaría de algún modo infame e insidioso en pro de los intereses de Ida y que, aparte, era humanamente detestable y tan ignorante como un pez. Tampoco ocultó el embarazoso hecho de que un buen colegio resultaría horriblemente caro, ni el factor adicional, que semejaba determinante, de que papá, pese a su pasado entusiasmo, a la hora de la verdad era decididamente recalcitrante en lo relativo a desembolsos.

—¿Puedes creerte —le preguntó en confianza la señora de Beale a su pequeña discípula— que dice que le cuesto más que nunca, y que una esposa y una hija juntas van más allá de lo que él está en condiciones de permitirse? —Y así fue como el espléndido colegio de Brighton se disolvió en el marasmo de problemas más acuciantes, si bien el miedo de que aquel proyecto provocaría una acción legal por parte de Ida fue disminuyendo debido a la prolongada, la casi desvergonzada ausencia de esta dama. Por consiguiente su hija y su sucesora tuvieron ocasión de meditar en unida mas impotente vacuidad acerca de todo lo que de ese modo Maisie estaba dejando de aprender.

Tal cantidad fue lo bastante voluminosa como para llenar los días de la niña de una sensación de hallarse en un perpetuo paréntesis que ni siquiera la francesita Lisette lograba animar: de juegos ya periclitados y preguntas no respondidas y temidas pruebas; y del hábito, en especial, generado por su espera de un cambio, de atisbar desde el pasamanos siempre que sonaba el timbre de la puerta. Éste era el gran refugio de su impaciencia, mas lo que en tales ocasiones le llegaba era un estruendo de alborozos en el piso de abajo cuya consecuencia, desde su primera infancia, había sido instilarle la creencia de que la condición adulta era la edad de la verdadera diversión y sobre todo la de la verdadera amistad. Ni siquiera Lisette, ni siquiera la señora Wix la habían tratado a ella nunca, le parecía, a despecho de abrazos y lágrimas, con la confianza con que en la actualidad tantísimas personas trataban a la señora de Beale y con la que antaño tantísimas otras habían tratado a la señora Farange. La nota de la hilaridad acercaba entre sí a las personas todavía más que la nota de la melancolía, que era la que exclusivamente sabía tocar, sin ir más lejos, la pobre señora Wix. Pese a todo, en estos días a Maisie le gustaban aquellos jolgorios domésticos con tal que sólo le llegara su eco desde lejos: se sentía tristemente desvalida en cuanto a afrontar las preguntas del salón. Era una razón adicional para sacarle el máximo partido a Susan Ash, quien en su calidad de segunda doncella se movía en un nivel muy diferente y de quien, pese a ello, se dependía en buena parte para los ratos de la niña fuera de casa. Era su guía en peregrinaciones que poco tenían en común con aquellas claras y precisas horas de tomar el aire que habían dejado en la niña un vívido recuerdo de la ordenada mentalidad de Moddle. Bajo la égida de Moddle no había habido detenciones frente a escaparates ni codazos, en Oxford Street, acompañados de un «Arrea, fíjate en esa individua!» Lo que sí había habido había sido un gran rigor a la hora de cruzar la calle y una serena ausencia del temor que obsesionaba a la doncella (especialmente en las esquinas, por las cuales sentía no obstante una especial debilidad): el temor de que, como decía ella ominosamente, le «dijeran cosas». Los peligros de la ciudad no menos que sus diversiones aumentaban la sensación de abandono y repudio que experimentaba Maisie.

Empero, la situación sufrió un brusco cambio el día en que, al regresar —cogida de la mano de Susan y muerta de fatiga— de otro de sus paseos matizado de inquisitivas detenciones, se encontró con una emoción distinta. En esta ocasión, tan pronto como puso el pie en el vestíbulo se enteró de que su inmediata presencia era requerida en el salón. Cruzando el umbral envuelta en una nube de vergüenza, discernió borrosamente a la señora de Beale sentada frente a un caballero que a nuestra pequeña inmediatamente le hizo soportable el tormento al revelarse como el original en carne y hueso de la fotografía de Sir Claude. A ella le pareció, desde el preciso instante en que posó en él su mirada, que él era con muchísimo la presencia más radiante que jamás la hubiera dejado boquiabierta, y su placer al verlo, al darse cuenta de que él la asía y le daba un beso, se convirtió con idéntica celeridad en la palpitación de un extraño y tímido sentirse enorgullecida de él, en una percatación de que él bastaba para compensarla de su estado de desgracia, de los codazos en público de Susan, que casi le dejaban moretones, y de todas las lecciones que, en el desierto cuarto de dar clases, donde a veces casi sentía miedo de estar sola, ya estaba harta de no recibir. Fue como si en el acto él hubiese declarado pertenecerle a ella, conque ella ya tenía permiso para empezar a mostrarlo a los demás y comprobar el efecto que él les causaba. No, ninguna otra de las cosas sumamente hermosas que a ella le habían pertenecido alguna vez había conseguido jamás inflamar una alegría tan especial: ni la señora de Beale en aquel preciso momento, ni papá en sus ratos de buen humor, ni mamá cuando se vestía a conciencia, ni Lisette cuando había sido nueva. Dicha alegría casi desbordó en lágrimas cuando él la asió y la atrajo hacia sí diciéndole, con una sonrisa tan halagüeña como un árbol de Navidad, que ya la conocía de oídas bastante bien por mediación de su madre pero que ahora había venido a visitarla para poder conocerla personalmente. Ella apreció que su concepto de conocerla personalmente consistía en llevársela con él, y, más aún, apreció que para eso exactamente era para lo que él estaba allí y llevaba esperándola un rato: ultimando los detalles con la señora de Beale y entablando amistad con dicha dama de una manera obviamente no entorpecida en modo alguno por el hecho de que ésta hubiera opinado tan negativamente sobre él cuando la presentación de su retrato. Casi se habían vuelto íntimos —o esa impresión daban— gracias a esta negociación; y Maisie percibió, ítem más, que la señora de Beale no había ocultado, y estaba dispuesta a ocultarlo todavía menos, lo muchísimo que le costaba dejarla partir:

—Pareces tan exageradamente ansiosa por marcharte —le dijo a la niña— que al menos confío en que tengas clara cuál es la relación de Sir Claude contigo. A él no parece ocurrírsele brindarte las necesarias explicaciones.

Algo confundida, rápidamente Maisie se encaró con su nuevo amigo:

—Caramba, por supuesto se trata de que estás casado con ella, ¿verdad?

Su anhelante énfasis los hizo descacharrarse, como ella ya había aprendido a denominar aquello: ése era el eco que ella suscitaba infaliblemente y a estas alturas casi resignadamente; además, la risa de Sir Claude fue parte indiferenciable del deleite de que él se encontrara allí:

—Llevamos, mi querida niña, tres meses casados, y mi interés por ti es consecuencia, ¿sabes?, del gran cariño que le profeso a tu madre. Al acudir aquí, naturalmente obro en representación de ella.

—Sí, lo sé —dijo Maisie con toda la franqueza de sus conocimientos—. Ella no puede venir en persona... salvo si no rebasa la línea de la puerta. —Y agregó, tras meditarlo nuevamente—: ¿Es que ahora ya ni siquiera la dejan llegar hasta ahí?

—¡Ahí queda eso! —exclamó la señora de Beale dirigiéndose a Sir Claude. Se expresó como si aquella interrogante fuera disparatada.

Al vacilar levemente, el bondadoso semblante de Sir Claude pareció convenir en que era una interrogante disparatada; sin embargo con una sincera sonrisa le contestó a la niña:

—En efecto, mejor que no lo haga.

—¿Por haberse casado contigo?

Con prontitud él aceptó tal motivo:

—Vaya, eso tiene bastante que ver con el asunto.

Hablar con él era tan delicioso que Maisie siguió explorando el tema:

—Pero el caso es que papá... él se ha casado con la señorita Overmore.

—Ah, ya verás cómo desde ahora no va a ser él quien vaya a recogerte a la casa de tu madre —intervino aquella dama.

—Bueno, pero hasta dentro de mucho tiempo no se presentará la ocasión de eso —se apresuró a contestar Maisie.

—No hablemos de ello ahora: aún faltan meses y meses. —Y Sir Claude la estrechó aún más.

—¡Oh, es lo que vuelve tan duro tener que cederla! —La señora de Beale estableció este punto mientras le tendía los brazos a su hijastra. Zafándose de Sir Claude, Maisie se arrojó en aquéllos y, sujeta en un abrazo aún más tierno, sintió extáticamente la inmensidad del horizonte de su felicidad—. Yo iré a recogerte —dijo su madrastra— si Sir Claude te retiene demasiado tiempo: ¡debemos hacer que a Sir Claude le quede claro desde ahora! ¡No me hable acerca de milady!8 —prosiguió para su visitante con tal familiaridad que fue casi como si ya fuesen viejos amigos—. Conozco a milady como si yo misma la hubiese dado a luz. ¡Bonita pareja de progenitores forman esos dos! —exclamó la señora de Beale.

Maisie había oído describirlos de aquella guisa tantísimas veces, que el comentario apenas si la distrajo un instante de su agradable asombro ante esta nueva forma rimbombante de referirse a su madre; y eso, a su vez, al poco la dejó libre para confiar vehementemente en la grata posibilidad, grata en lo tocante a ella misma, de unas relaciones mucho más felices entre la señora de Beale y Sir Claude que entre mamá y papá. Aun así, lo siguiente que sucedió fue que su interés por dichas relaciones llevó a sus labios una novedosa pregunta:

—¿Has visto a papá? —le preguntó a Sir Claude.

Esto era lo típico para que ellos volvieran a descacharrarse, como su infantil estoicismo había dado enteramente por supuesto. Sin embargo, todo lo que aconteció fue que la señora de Beale tuvo a bien espetar el impreciso sarcasmo aparente de un «¡Oh, papá!»

—Me han dicho que no está en casa —le respondió a la niña Sir Claude—; pero si hubiese estado, me habría gustado tener el placer de verlo.

—¿A papá no le importa que tú vengas a casa? —pregunto Maisie como si sintiera necesidad de saberlo.

—¡Ay, qué niña más mala! —protestó socarronamente la señora de Beale.

La niña percibió que ante esto Sir Claude, pese a que se sintió movido a hilaridad, se sonrojó ligeramente; mas él le respondió con gran amabilidad:

—Es precisamente lo que he venido a comprobar, ¿sabes?: si a tu padre le importaría. Pero la señora de Beale parece ser de la firme opinión de que no.

Con presteza, esta dama justificó su parecer ante su hijastra:

—Sería muy interesante averiguar, querida, ya lo sabes, qué es lo que en la actualidad sí le importa a tu padre. Puedo asegurar que yo no lo sé. —Y semejó repetir, aunque con perceptible resignación, su sarcasmo de un momento antes—. Tu padre, preciosa, es realmente una persona muy extraña. —Y con esto se volvió sonriente hacia Sir Claude—: Pero tal vez no resulta muy amable por mi parte decir eso de que él no objetaría la presencia de usted en la casa. ¡Si conociera usted a algunas de las personas a quienes él recibe!

Maisie las conocía a todas, y desde luego que ninguna podía compararse con Sir Claude. Él respondió con una carcajada al comentario de la señora de Beale; en momentos así ofrecía de veras el aspecto con que la señora Wix, en los prolijos relatos que le narraba a su educanda, siempre describía a los enamorados de desoladas beldades: «un perfecto caballero extraordinariamente apuesto». Se incorporó, con gran pesar de la niña, como si se dispusiera a retirarse:

—¡Oh, seguro que nos entenderíamos estupendamente!

La, señora de Beale volvió a abrazar a su pequeña alumna, asiéndola estrechamente y contemplando pensativamente por encima de la cabeza infantil al visitante:

—¡Es realmente reconfortante (tratándose de un hombre de su clase) que haya usted anhelado tanto conocerla!

—¿Qué sabe usted acerca de mi clase? —preguntó Sir Claude riéndose—. Sea la que fuere, estoy cierto de que las apariencias la engañan a usted. La verdad sobre mí consiste sencillamente en que soy el más incomprendido de... ¿cómo se los llama?... de los «hombres hogareños». Sí, soy un hombre hogareño; ¡palabra de honor que lo soy!

—¡En ese caso, ¿por qué diantres —exclamó la señora de Beale— no se ha casado con una mujer hogareña?!

Sir Claude la miró intensamente:

—Usted no desconoce cómo se casan las personas, creo. Además, no hay mujeres hogareñas; ¡que me cuelguen si las hay! Ninguna desea tener hijos; ¡que me cuelguen si lo desean!

Su informe acerca de este punto era sumamente interesante, y Maisie, como si resultara de mal presagio para ella, contempló aquel cuadro con cierta consternación. Al propio tiempo sintió, reflejado en los brazos que la ceñían, un titubeo en su protectora:

—¡Sale usted con cada cosa! Pero ¿con eso quiere decir que milady realmente no desea tener ninguno... de veras?

—Ni tan siquiera oír hablar de ellos; así de sencillo. Pero no puede evitar tener la hija que ya tiene. —Y con estas palabras la mirada de Sir Claude se posó sobre la niña de un modo que, por lo que le semejó a ésta, pretendía borrar la actitud de su madre a base de la amabilidad de la suya propia—. Hará cuanto pueda por ella, como se hará usted cargo. Aunque no sea más que por el qué dirán, como estará usted al corriente. Servidor desea que su esposa cumpla con sus obligaciones respecto de su hija.

—¡Oh, estoy familiarizada con ese sentimiento! —exclamó la señora de Beale con una seguridad que obviamente causó impresión en su interlocutor.

—Bien, pues si usted consigue que él cumpla con su deber (y seguramente las ha debido de pasar usted bastante moradas), ¿por qué no habría de conseguir yo otro tanto con Ida? Lo que una persona puede hacer, también puede hacerlo otra, ya me entiende. Quiero llegar hasta el final en esta dirección.

La señora de Beale, durante unos instantes, manteniendo su mirada fija en él mientras él se apoyaba contra el manto de la chimenea, pareció reflexionar sobre aquello.

—Es usted ni más ni menos que un prodigio de bondad; ¡eso es lo que es usted! —dijo ella por último—. De una mujer se espera generalmente que tenga los sentimientos debidos. Pero, en lo respectivo al horrible sexo de usted... ¿Verdad que es un sexo horrible, vida mía? —preguntó, apoyando una mejilla contra la de su hijastra.

—Oh, a mí me gustan más los hombres —respondió Maisie con nitidez.

Estas palabras fueron acogidas con regocijo:

—¡Ahora ella le ha colado una buena a usted! —exclamó Sir Claude para la señora de Beale.

—No —dijo aquella mujer—; me basta con acordarme de las damas que ella ve en casa de su madre.

—Oh, ahora son muy agradables —repuso Sir Claude.

—¿A qué se refiere usted con eso de «agradables»? —Vaya, son estupendas.

—Eso no sirve como respuesta, a mi modo de ver —dijo la señora de Beale—, pero seguramente se ocupa usted también de ellas. Eso lo convierte aún más en un ángel si encima quiere usted hacerse cargo de esta obligación. —Y le dio una humorística palmadita a su compañerita.

—No soy un ángel: soy una abuelita declaró Sir Claude—. Me encantan los nenes, siempre me han encantado. Si algún día nos arruinamos buscaré trabajo como niñero.

Maisie, todavía con el ánimo extasiado, toleró esa descripción de su edad pese a que en otras circunstancias habría podido resultarle desagradable; mas el éxtasis fue perceptiblemente interrumpido cuando la señora de Beale la hizo volverse hacia ella y la miró concienzudamente a los ojos preguntándole:

—¿Estás ansiosa por abandonarme, perversa?

La niña se pensó su respuesta; incluso este bendecido lazo se había convertido en una amarra que ahora no tenía más remedio que soltar. Mas la soltó con suma delicadeza:

—¿Es que no toca ahora mi turno con mamá?

—¡Eres una horrible y pequeña hipócrita! En mi opinión, cuanto menos se hable de «turnos» en este momento, mejor —dijo a modo de respuesta la señora de Beale—. Yo sé con quién te toca el turno ahora. ¡No es por tu madre por quien sientes tantos anhelos!

—¡Vamos, vamos; no diga tales cosas! —protestó asaz cordialmente Sir Claude.

—No existe nada en el mundo que esta niña no haya oído ya. Pero no importa: eso no le ha hecho ningún mal. ¡Si supieras lo que me cuesta separarme de ti! —continuó para Maisie.

Sir Claude la contempló mientras ella abrazaba encantadoramente a la niña:

—Me alegra mucho que la quiera usted de veras. Eso facilitará bastante las cosas.

La señora de Beale se incorporó lentamente, sin soltar a Maisie, pero exhalando un leve suspiro:

—Bien, pues si se alegra usted, miel sobre hojuelas; pues le aseguro que yo nunca cederé cualesquiera derechos que tenga sobre ella y que pueda considerar honradamente que he conquistado a base de mis propios sacrificios. Nunca traicionaré mi interés por ella. Lo que parece haber sucedido es que ella nos ha unido a usted y a mí.

—Ella nos ha unido a usted y a mí —dijo Sir Claude.

El complacido eco masculino corroboró la feliz circunstancia, y Maisie espetó casi con entusiasmo:

—¡Yo os he unido a ti y a ella!

Naturalmente sus compañeros volvieron a reírse y la señora de Beale le dio un afectuoso zarandeo:

—¡Monstruita, ten cuidado con las cosas que haces! Pero así es ella —continuó para Sir Claude—. Ya lo hizo antes conmigo y con Beale.

—Perfectamente entonces —le dijo él a Maisie—; a ver si eres capaz de hacerlo también en nuestra casa. —Volvió a solicitarla con la mano—. ¿Quieres que nos marchemos ahora mismo?

—¿Ahora mismo, tal como estoy? —Se volvió con una inmensa imploración hacia su madrastra, saltándose limpiamente la montaña de cosas que había que «arreglar», el abismo de paquetes que interminablemente hacer—. Andaaaá, ¿puedo?

La señora de Beale le expresó su consentimiento a Sir Claude:

—¿Por qué no? Mañana mandaré sus cosas. —Retocó un poco el atavío de la niña, examinándola de arriba a abajo con un poco de preocupación—. No va arreglada como a mí me gustaría: su madre se la va a merendar cruda. Pero ¿qué puede hacer una... cuando una no tiene nada con que hacerlo? Y de todas formas esta niña está mejor que cuando llegó, bien puede usted decírselo a la madre. Lamento tener que contárselo a usted, pero la verdad es que la pobrecita era todo un espectáculo.

—Oh, yo mismo me encargaré de arreglarla —dijo jovialmente el visitante.

—¡Será interesante ver de qué forma! —A la señora de Beale pareció hacerle mucha gracia—. Debe usted traérsela para que yo lo compruebe; ya discurriremos algún modo. ¡Hasta la vista, pequeño esperpento! —Y sus últimas palabras a Sir Claude fueron que no dejaría de vigilarlo para que estuviera a la altura de las circunstancias.

Lo que Maisie sabía
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