5

La segunda separación del lado de la señorita Overmore había sido bastante penosa, pero esta primera separación del lado de la señora Wix fue mucho peor. La niña había ido al dentista últimamente y dispuso así de un término de comparación para la dolorosa intensidad de la escena. Ésta fue terriblemente silenciosa, igual que lo había sido cuando le sacaron el diente: en aquella ocasión la señora Wix le había cogido la mano y se habían asido la una a la otra en el frenesí de su mutua resolución de no gritar. En la consulta del dentista, Maisie se había mostrado heroicamente firme, pero justo cuando más angustia había sentido, había percibido un audible grito proferido por su compañera, el espasmo de una solidaridad reprimida. Este se vio reproducido en el único sonido que interrumpió el supremo abrazo de ambas cuando, un mes más tarde, el «convenio», tal como llamaban a los cíclicos desarraigos, hizo el mismo papel que entonces el terrible fórceps. Incrustada como estaba ella en la naturaleza de la señora Wix, tal como había estado implantado el diente en la encía, la operación de extraerla habría precisado verdaderamente la participación del cloroformo. Se trató de un afectuoso abrazo que por fortuna hizo innecesarias las palabras, pues en este momento la pobre mujer pareció tan desprovista de ellas como lo estaba de todo en la vida. El progenitor de Maisie que venía a tomar el relevo, emplazado en la zona más exterior del vestíbulo —lo encantaba la impertinencia de trasponer hasta ese punto el umbral de su exmujer—, las observaba con el reloj abierto en una mano y una burlona sonrisa aún más abierta en el semblante, mientras que por el único rabillo del ojo que no le era tapado por algún elemento de la persona de la señora Wix la niña veía estacionado a la puerta un carruaje brougham dentro del cual estaba también aguardando la señorita Overmore. Maisie se fijó en la diferencia que había ahora respecto de cuando, seis meses atrás, ella había sido arrancada del seno de esta protectora caracterizada por un mayor arrojo. La señorita Overmore, también entonces en el vestíbulo —pero en el de la otra casa, naturalmente—, se había mostrado absolutamente audible y expresiva: su protesta había resonado bravamente y había declarado que algo —su discípula no supo exactamente el qué— era una vergüenza que clamaba a todos los cielos. Aquello había despertado entonces en Maisie el vago recuerdo del lejano momento del gran arrebato irrespetuoso de Moddle; por lo visto siempre había alguna que otra «vergüenza» involucrada de algún modo en sus migraciones. En este instante, mientras los brazos de la señora Wix la estrechaban y los cabellos de ésta desprendían un fuerte aroma, Maisie recordó incluso cómo papá, para sosegar a la señorita Overmore aquella vez, había hecho uso de las palabras «¡Preciosa de mi alma!»: una expresión que, debido a su carácter insólito, había quedado fuertemente impresa en su mente infantil, donde por ende la tal expresión se había encontrado con sitio ya preparado gracias a lo que ella ya sabía de la institutriz a quien ahora en su fuero interno siempre distinguía como la hermosa. Maisie se preguntó si aquel afecto paterno hacia la institutriz hermosa habría resistido el transcurso del tiempo; en todo caso la hermosura que Maisie veía en el rostro que brillantemente asomaba en la ventanilla del brougham sí que era la misma de antaño.

El brougham era un signo de buena armonía, de las gratas condiciones que esta vez papá estaba dispuesto a ofrecer: anteriormente había solido venir a recogerla en un mero cabriolé7, seguido por detrás por otro carricoche de alquiler con el equipaje. El carricoche de alquiler con el equipaje seguía presente al fin y al cabo, pero es que mamá había sido la única dama con quien ella había viajado nunca en un medio de transporte perteneciente a esa clase siempre descrita antaño por Moddle como un carruaje privado. El carruaje de papá parecía, hoy que él venía en uno, aún más privado, extrañamente, que el de mamá; y cuando por fin se vio bien instalada, como le pareció, encima de los pasajeros y trotando gloriosamente, ella le planteó a la señorita Overmore, tras recibir un nuevo abrazo elocuente y estrujador, una pregunta cuyo motivo fue el deseo de recabar información referida a la perduración de determinado sentimiento:

—¿Siguió queriéndote papá exactamente igual cuando me fui? —preguntó, bien sabedora de que aquel afecto paterno manifiestamente había nacido y crecido en su propia presencia. Había especulado que tal afecto, como su propia presencia y como si dependiera de ésta, bien podía ser sólo intermitente y durar el semestre. Papá, en cuyas rodillas iba ella sentada, rompió en una de aquellas ruidosas carcajadas tan suyas que, por muy preparada que ella estuviese, parecían siempre, como una jugarreta en un juego de misterio, abalanzarse y hacerla pegar un brinco. Antes de que pudiera hablar la señorita Overmore, él contestó:

—Vamos, burrita mía, ¿qué podía hacer yo mientras no estabas salvo quererla?

Ante esto inmediatamente la señorita Overmore le quitó a la niña de encima de las rodillas, y con tal pretexto ambos adultos sostuvieron una pequeña refriega alegre, de la cual captó Maisie un sorprendido reflejo en la estupefacta mirada de una anciana dama que los rebasó montada en un victoria. Luego su hermosa amiga le comentó a nuestra pequeña en tono muy serio:

—Me he propuesto hacerlo comprender que si vuelve a decirte cosas tan horrendas te cogeré inmediatamente y te me llevaré conmigo y nos iremos a vivir juntas a algún lugar donde podamos comportarnos como chicas buenas y formales.

La niña no comprendió muy bien dónde estaba lo horrendo en lo que hacía un instante había dicho su padre, ya que éste se había limitado a expresar aquel aprecio que antaño su propia compañera ya había calificado como «inmenso». Para acceder mejor a la esencia del asunto Maisie se encaró directamente con él preguntando si durante todos aquellos meses no había vivido con él la señorita Overmore tal como ya había vivido con él anteriormente y tal como iba a volver a hacerlo ahora.

—Naturalmente que sí, chiquilla: ¿dónde, si no, iba a vivir la pobrecita? —exclamó Beale Farange, para aún mayor escándalo de la señorita Overmore, quien protestó que a menos que él «retirara» al instante aquella repugnante falsedad, esta vez ella no sólo iba a abandonarlo a él sino a su hija también así como a su casa y a sus hartantes problemas: todas las cosas imposibles que él había logrado encajarle. Ante aquella risueña amenaza, Beale no retiró nada en absoluto; de hecho, aparentemente estuvo en un tris de repetir sus dislates, mas la señorita Overmore dio órdenes a su educanda de no prestar oídos a aquellos chistes malos: debía enterarse de que una dama no podía quedarse de aquella manera en casa de un caballero sin disponer de un motivo extraordinariamente justificado.

Maisie miró primeramente a uno y luego a otro de sus acompañantes: aquél era el más retozón y juerguista inicio de semestre al que jamás había asistido, mas para sus adentros se temía que no le era posible creerse del todo las cosas que le estaban refiriendo.

—Y ¿qué motivo está justificado? —preguntó meditadamente.

—Oh, una traviesa niñita piernilarga: ninguno supera a ése. —Su padre se regocijó tanto ante la ocurrencia de Maisie como ante la suya propia y trató de volver a sentarla encima de sus rodillas, esfuerzo que chocó con la resistencia de la camarada de ambos y que de nuevo condujo a algo ligeramente parecido a una pelea en público. La señorita Overmore declaró, para la niña, haber pasado todo aquel tiempo con unos buenos amigos; ante lo cual Beale Farange prosiguió—: Quiere decir buenos amigos míos, ya sabes... magníficos amigos míos. Ha habido una verdadera procesión de ellos, ¡eso puedo decirlo en favor de ella!

Maisie se sentía confundida y posteriormente reflexionó durante algún tiempo sobre que había habido cierta imprecisión, sólo levemente turbadora, respecto del objeto de tanta juerga y del lugar donde su institutriz había estado viviendo realmente. No se sentía en absoluto como si se lo hubieran explicado en serio, y el sentimiento de que sí se lo hubieran explicado en serio no le fue tampoco instilado por nada que aconteciera más tarde. Su turbación, de un orden precoz e instintivo, terminó desembocando en la idea de que aquél era otro de esos asuntos que a ella, como solía decir su madre, no le incumbían. En consecuencia, bajo el techo de su padre y durante el periodo que siguió, no realizó ningún intento de aclarar aquella ambigüedad ganándose engatusadoramente a las doncellas; y, aunque semeje extraño, lo cierto es que la tal ambigüedad no disminuyó para nada el auténtico placer anunciado por un renovado contacto con la señorita Overmore. La confianza que pedía esta joven era de esa excelente naturaleza en que no son precisas las explicaciones, y de cualquier modo ella misma era un ser que estaba por encima de cualquier confusión. Para Maisie, aparte, los ocultamientos nunca se habían asemejado necesariamente a un engaño: había crecido rodeada de cosas sobre las cuales lo más que sabía era que nunca debía hacer preguntas sobre ellas. Para ella no era ninguna novedad que las preguntas de los menores constituyen la diversión favorita de los mayores: salvo las tribulaciones de su muñeca Lisette, en casa de su madre apenas había habido jamás cosa alguna que pudiera ser explicada con cara seria. A ella nada le era tan fácil como lograr que se troncharan de risa las mujeres que venían de visita, y habría podido sacar partido de ello con fines ambiciosos si su naturaleza hubiese sido más calculadora. Detrás de todo siempre había algo oculto: la vida era como un corredor muy, muy largo con infinidad de puertas cerradas. Había aprendido que era prudente no llamar a esas puertas: ello parecía provocar al otro lado tremendas risas de regodeo. Poco a poco, no obstante, fue entendiendo un poco, pues vino a suceder que la iluminaron las preguntas que a ella misma le hacía Lisette, que reprodujeron el efecto que causaban las suyas propias en las personas para quienes ella adolecía de idéntica ignorancia que aquélla de la que hacía gala Lisette. ¿No se partía de risa ella misma ante tamaña inocencia? En presencia de dicha inocencia ella frecuentemente imitaba a las tronchadas mujeres. De todas formas había cosas que desde luego no le podía contar ni siquiera a una muñeca francesa. No podía sino retornar a sus lecciones y tratar de producir en Lisette la impresión de que había misterios en la existencia de ella, preguntándose entretanto si ella lograba realmente conferirse a sí misma un aire de difuminarse, al igual que su madre, hacia lo incognoscible. Cuando el reinado de la señorita Overmore sucedió al de la señora Wix, ella encontró un nuevo modelo emulando a su institutriz y olvidándose del intervalo precedente gracias a la mera ilusión de haber asumido responsabilidades. Sí, existían cuestiones que no se podían «tratar» con una alumna. Había, por ejemplo, días en que Lisette, tras una prolongada ausencia de Maisie y mientras la contemplaba quitarse el atuendo, porfiadamente trataba de descubrir de dónde había vuelto ésta. Vaya, un poco sí descubría, pero nunca lo descubría todo. Hubo una ocasión en que, ante una pregunta particularmente indiscreta por parte de la muñeca, Maisie le respondió —y precisamente respecto del motivo de una desaparición transitoria igual que a ella, a Maisie, le había respondido una vez la señora Farange: «¡Adivínalo si puedes!» Maisie imitó la brusquedad de su madre, pero luego se sintió un poco avergonzada, aun cuando no estuvo muy claro si fue a causa de la brusquedad o de la imitación.

Lo que Maisie sabía
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