El nacimiento
En una templada mañana de enero, justo antes del amanecer, Betty entrega a Liz a la enfermera que se ocupará de echarla al agua.
—Tu cara me resulta familiar —dice Dolly cogiendo con suavidad el bebé de los brazos de Betty—. ¿Nos habíamos visto antes?
Betty niega con la cabeza.
—La cara del bebé también me resulta familiar —observa la enfermera sosteniendo en alto a Liz para verla mejor—. Se parece mucho a ti.
—Sí —responde Betty—, sí.
Dolly le hace cosquillitas a Liz bajo la barbilla.
—¡Qué niña más bonita! —le susurra la enfermera al bebé y luego lo deja sobre la mesa y empieza a envolverlo con las vendas.
—Por favor —dice Betty poniendo su mano sobre la de la enfermera—, no se las aprietes demasiado.
—No te preocupes —responde Dolly dulcemente—, no es la primera vez que lo hago.
A la segunda «liberación» de Liz acuden muchas más personas que a la primera.
Además de Betty, ha ido Aldous Ghent, que está casi igual que la primera vez que Liz lo conoció, sólo que ahora tiene más pelo.
Y Shelly, que lleva a Thandi en un moisés. Thandi también hará su propio viaje pronto. Ahora tiene, como es natural, menos cabello.
Y Curtis, ataviado con un traje oscuro, aunque la costumbre sea ir de blanco en los nacimientos.
Y, por supuesto, también ha ido Owen. Acompañado de Emily Reilly (la ex señora Welles), que ahora a veces es su canguro. Ella intenta que Owen se interese por el acontecimiento, pero él prefiere jugar con su barco de juguete en un charco.
—No te alejes demasiado, O —le dice Emily antes de unirse a los demás para contemplar la «liberación».
Owen no contempla sin embargo a la enfermera dejando a Liz en el Río junto a todos los otros bebés que nacerán ese día. Ni tampoco cuando la empuja desde la orilla hacia la corriente que la llevará a la Tierra. Visto desde fuera parecece como si la partida de Liz no le afectara en absoluto.
Curtis Jest lo observa antes de decidir acercarse a él.
—Owen, ¿te acuerdas de quién era ese bebé? —le pregunta Curtis.
Él, que está jugando con su barquito, levanta la vista con una expresión confundida, como si la pregunta que acaban de hacerle fuera muy difícil de responder.
—¿Lizzie? —pregunta.
—Sí —responde Curtis—, era Lizzie. Una amiga mía. Y también era tu… tu amiga.
Owen sigue jugando con el barquito y se pone a cantar el nombre de Liz con la despreocupada actitud con la que los niños a veces tararean un nombre.
—Lizzie, Lizzie, Lizzie —canta. De súbito Owen deja la cantinela y levanta la cabeza mirando a Curtis con una expresión horrorizada—. ¿Se ha… ido?
—Sí —responde Curtis.
Owen asiente con la cabeza.
—¡Sehaidosehaidosehaidosehaidosehaido! —grita Owen poniéndose a berrear, aunque no está del todo seguro de por qué está llorando. Curtis lo coge de la mano y lo aleja del charco.
—Puede que vuelvas a verla algún día, ¿sabes? —le dice para tranquilizarlo.
—¡Qué bien! —responde Owen dejando de llorar.
—¡Volvamos a casa para celebrarlo con puros y champán! —grita Betty dando una palmada desde el fondo del aparcamiento.
En la casa de Curtis y Betty cuelga de la puerta una pancarta rosa y blanca que pone: «¡Ha sido una niña!» Curtis reparte puros adornados con lacitos rosas. Además del champán y el ponche, celebran la ocasión con una tarta de hojaldre en la que se lee: «Feliz nacimiento, Liz».
Aldous Ghent al probar el primer bocado de la tarta se echa a llorar.
—Los pasteles de cumpleaños siempre me deprimen —dice como si hablara solo, sin dirigirse a nadie en especial.
Cuando Betty da unos golpecitos en su copa de champán con la cucharilla para hacer un brindis, todo el mundo deja de hablar para escucharla.
—Si no os importa, me gustaría decir unas palabras sobre Liz —anuncia—. Como todos sabéis, era mi nieta, pero si no hubiera venido a En Otro Lugar nunca habría llegado a conocerla, porque yo fallecí antes de que ella naciera.
»Liz ha sido mi nieta y al mismo tiempo una buena amiga. Cuando llegó aquí no era más que una niña, pero se convirtió en una admirable mujer. Le gustaba reír y le encantaba estar con sus perros y sus amigos. De no ser por ella, yo nunca habría conocido a mi esposo —añade Betty cogiendo de la mano a Curtis.
»En Otro Lugar nos engañamos creyendo que sabemos cómo será nuestra existencia porque conocemos con exactitud el tiempo de vida que nos queda. Pero aunque lo conozcamos, no sabemos realmente aquello que nos espera.
»No podemos saber qué es lo que nos ocurrirá —prosigue Betty—, pero yo creo que cada día nos suceden cosas buenas. Aunque estemos pasando por una situación difícil. Y además creo que en un día tan feliz como hoy, también podemos sentirnos un poco tristes. ¿Y acaso la vida no es así? ¡Brindo por Liz! —concluye Betty levantando en alto su copa de champán.