Un pedacito de hilo

C uando se sentía estresada Liz acariciaba instintivamente los puntos de encima de su oreja y la noche que había ido al Pozo había acabado siendo una experiencia muy estresante para ella. Al meterse en la cama, descubre que el hilo de los puntos ha desaparecido. Por primera vez en meses, llora y llora desconsoladamente.

Supone que debe haberlo perdido durante la inmersión, probablemente a causa de la intensa presión y de la gran cantidad de agua. Liz está desesperada, porque ha perdido para siempre el último objeto que le quedaba de la Tierra. Incluso se plantea ir a buscarlo. Pero rechaza enseguida la idea. En primer lugar, porque le han prohibido bucear, y en segundo, aunque no se lo hubieran prohibido, porque sería una locura intentar encontrar un hilo (que en realidad era de poliéster) de menos de ocho centímetros de largo y de un milímetro de grosor en medio del mar.

Se toca la cicatriz con el dedo meñique. Apenas puede sentirla. Sabe que también desaparecerá pronto. Y cuando esto ocurra, será como si nunca hubiera estado en la Tierra.

Liz se echa a reír al pensar en el mar de lágrimas que ha derramado por un pedacito de hilo, en el drama que ha montado por un jersey. Su vida se reduce a un carrete de hilo. Ahora que lo piensa, no está segura de cuándo lo perdió. La verdad es que no ha necesitado tocárselo demasiado desde que ha empezado a dedicarse a su vocación. En realidad, ni siquiera se acuerda de cuándo se lo tocó por última vez antes de esta noche. Quizá ya hiciera un tiempo que lo había perdido (¿o tal vez los puntos estaban cosidos con ese hilo que se disuelve y ni siquiera lo había advertido?). Liz se echa a reír de nuevo.

Al oírla reír, Betty asoma la cabeza por la habitación.

—¿De qué te ríes? Dímelo, así yo también me puedo reír un poco.

—Hoy me han detenido —comenta ella riendo.

Betty se echa a reír, pero luego se pone seria de golpe y enciende la luz de la habitación de Liz.

—¿Es una broma?

—No. Me han detenido por ir buceando hasta el Pozo. Estaba intentando entrar en «contacto» con papá —confiesa ella encogiéndose de hombros.

—¡Liz!

—¡No te preocupes, Betty!, he aprendido la lección. El viaje ha salido mal. Si quieres te contaré toda la historia —dice ella.

Betty se sienta en la cama de Liz. Después de haberla escuchado, le dice:

—¿Sabías que algunas personas se ahogan en ese lugar? Nadie vuelve a encontrarlas. Se quedan en el fondo del océano, medio muertas.

—No te preocupes, yo no voy a ahogarme porque no pienso volver —le asegura Liz con firmeza—. Lo peor de todo es que el último recuerdo que Alvy tendrá de mí es que le he mentido y le he metido en problemas. Si hubiera sabido que no iba a encontrar el jersey, sólo le habría dicho: «¡Hola, Alvy!, eres un gran hermano y te quiero».

—Él ya sabe que le quieres —dice Betty.

Liz vuelve a tocarse los puntos, pero ya no están ahí.

—Betty, ¿cómo puedo dejar de añorar la Tierra?

—No puedes —responde su abuela.

—O sea que no tengo remedio —dice ella lanzando un suspiro.

—¡Liz, yo no he dicho eso! —exclama amonestándola su abuela—. Tengo una idea. Haz una lista con todo lo que más echas de menos de la Tierra. Piénsalo bien antes de escribirla. No incluyas en ella un montón de nombres, sino sólo los de las personas que más echas en falta, porque aquí también hay un montón de gente.

—Vale, y después ¿qué hago con ella?

—La arrojas a la basura y aceptas que nunca vas a recuperar todo eso o intentas recuperarlo.

—¿Y cómo puedo recuperarlo? —pregunta Liz.

—¡Ojalá lo supiera! —responde Betty.

—¿Cuántas cosas puede contener la lista?

—De tres a cuatro. Cinco como máximo.

—Betty, no es cierto que pueda recuperar lo que escriba en la lista, ¿verdad?

—¡Recuerda que acabas de pedirme consejo! —dice su abuela—. Y ahora es mejor que nos vayamos a dormir.

Su abuela apaga la luz y sale de la habitación.

—¡Eh, Betty! —grita Liz—. ¡Gracias!

—¿Por qué, cariño?

—Por… —su voz se apaga—. Por no estar haciéndolo nada mal como abuela —susurra Liz.

Al día siguiente Liz hace la lista.

1) Los bollos y el salmón ahumado que tomaba con mamá, papá y Alvy los domingos por la mañana.

2) La sensación de que pronto va a pasarme algo muy bueno.

3) Varios olores: el dulce olor a galletas de mamá, el acre y penetrante olor a jabón de papá, el olor a pan de levadura de Alvy.

4) Mi reloj de bolsillo.

Liz lee la lista. Al ver lo que ha escrito, no está segura de lo que debe hacer con ella. ¿La tiro o intento recuperar todo cuanto hay en la lista? ¿No podría ser una combinación de ambas cosas?

¿O quizá Betty sólo estaba bromeando conmigo al decirme que podía recuperarlo?

Liz da con la respuesta. Se echa a reír y tira la lista.

Por un momento piensa en su reloj de bolsillo. ¡Qué extraño que apenas se haya acordado de él desde que está En Otro Lugar! Había pertenecido a su padre y ella había estado soñando con él durante años antes de obtenerlo. En la parte frontal había grabada la figura de dos amantes en una góndola, y en el interior, las iniciales de su padre: A. S. H. El reloj de plata hacía un peculiar y agradable sonido, casi como el de una tenue campanita y su padre lo pulía tan a menudo que tenía el color de la luna. Al cumplir trece años su padre le había dicho que ya era lo bastante mayor como para tener el reloj y se lo había regalado. Ella le había prometido que siempre lo limpiaría y lo mantendría en buen estado. Pero un mes antes de morir, el reloj había dejado de funcionar y ahora ella se siente culpable por no haberlo llevado a reparar. Odia imaginar que su padre lo encuentre estropeado y piense que no se ha preocupado de cuidarlo como es debido.