Un misterio
¿Por qué se enamoran dos personas? Es un misterio.
Cuando Owen llama a Liz el martes, va directo al grano.
—¡Hola, Liz!, estaba pensando en adoptar un perro —dice él.
—¡Claro! —responde ella—. ¿Has pensado en alguno en especial?
—Pues la verdad es que no. Supongo que me gustaría tener un perro que pudiera llevármelo al trabajo.
—¿Uno pequeño?
—Mientras no lo sea demasiado, ya me va bien, y también me gustaría poder llevármelo cuando salgo a correr, de excursión o cuando hago alguna otra cosa por el estilo.
—¿Así que quieres uno lo bastante grande como para que no sea pequeño? —pregunta Liz riendo.
—Exactamente, quiero un pequeño gran perro —dice Owen también riendo—. Y preferiría que fuera macho.
—¿Por qué no te pasas por aquí? —le sugiere Liz.
Al llegar Owen por la tarde, Liz le presenta varios posibles candidatos. Para que una adopción se lleve a cabo En Otro Lugar, el perro y el humano han de estar de acuerdo. En realidad la decisión depende más del can que del humano.
Los perros se acercan uno por uno a Owen y le huelen la mano y el rostro. Algunos le lamen un poco la mano si lo encuentran aceptable. Como él no habla canino, Liz le traduce lo que los animales le preguntan.
—¿Puedo dormir en su cama o él tiene pensado hacerme dormir en un colchón para perros? —pregunta una hembra golden retriever llamada Jen.
—¿Qué dice? —pregunta Owen.
—Quiere saber si puede dormir en tu cama.
Owen contempla a la golden retriever y le rasca la cabeza entre las orejas.
—¡Caramba!, no había pensado en ello, pues no sé, ¿no podríamos decidirlo sobre la marcha, preciosa?
—¡Claro! —responde la golden retriever asintiendo con la cabeza—, pero me gusta mucho ver la tele acostada en el sofá. No me harás bajar todo el tiempo de él, ¿verdad?
—Quiere saber si la dejarás estar en el sofá —traduce Liz.
—¡Por supuesto! —contesta Owen—, no hay ningún problema.
—¡De acuerdo! —dice Jen, la golder retriever, después de pensarlo un momento, lamiéndole la mano a Owen tres veces—. Dile que me iré con él.
—Dice que te acepta —traduce Liz.
—¿No es un poco precipitado? —pregunta él—. No quiero herir sus sentimientos, pero… ya sabes, prefería un perro macho —añade en voz baja.
Liz se encoge de hombros.
—Ella ya lo ha decidido. Pero no te preocupes, los perros no se ofenden por este tipo de cosas.
—¡Ah! —exclama Owen sorprendido por lo deprisa que está yendo todo.
—Además —añade Liz alegremente—, Jen ya te ha lamido la mano tres veces. Después de hacerlo, el trato está hecho.
—No lo sabía —responde Owen.
—Así que sólo tienes que rellenar un par de formularios y la adopción estará en regla.
—Vale, pero ¿podrías preguntarle si se marea al ir en barco?, porque paso mucho tiempo en uno debido a mi trabajo —dice Owen.
—Entiendo la lengua humana, ¿sabías? No todos los perros la entienden, pero yo soy uno de ellos. Lo único que no sé es hablarla —tercia Jen—. Y además adoro los barcos y no me mareo en ellos. Al menos no demasiado, a no ser que el agua esté muy movida.
—Jen entiende nuestro idioma y dice que le encantan los barcos —traduce Liz.
La golden retriever prosigue con sus instrucciones.
—Dile sobre todo que me gusta beber agua fresca tres veces al día y que prefiero comida blanda y no dura. También me gustan las pelotas de tenis, los largos paseos por el parque y jugar con un Frisbee. ¡Ah!, y también sé utilizar el váter, o sea que dile por favor que deje la puerta del cuarto de baño abierta. ¡Yay yay yay yay! ¡Qué contenta estoy! —exclama Jen poniendo una de sus patas sobre el hombro de Owen—. ¡Vamos a llevarnos muy bien, Owen!
—¿Qué está diciendo?
—Que vas a ocuparte muy bien de ella —resume sabiamente Liz.
Después de rellenar todo el papeleo de la adopción, Liz los acompaña al jeep de Owen. Jen salta enseguida al asiento trasero y se echa en él.
—Gracias por todo —dice Owen.
—De nada —responde ella sonriendo—. A propósito, ¿por qué decidiste adoptar un perro?
—Aún no me había decidido del todo a adoptarlo hasta que llegué aquí —responde él sonriendo— y Jen ha tomado la decisión por mí.
Liz asiente con la cabeza.
—Con Sadie también me pasó lo mismo —admite ella.
—Quería preguntarte —dice Owen trasladando el peso de su cuerpo de un pie a otro— si quieres volver a lavar los platos conmigo.
—¿Lavar los platos? —inquiere Liz desconcertada.
—Sí —responde él—. Es mi extraña forma de decirte si quieres venir a casa a cenar.
—¡Ah!, ¿se trataba de eso? No lo había entendido —y es verdad, porque Liz no tiene demasiada experiencia en esta clase de situaciones.
—Es para agradecerte lo de Jen, ¿sabes? No tendrás que lavar los platos, a no ser que quieras, en ese caso yo no te lo impediré.
—Hmmm… empieza a decir ella.
—¡Liz, tienes una llamada! —le grita Sadie desde el otro extremo del parking.
—¡Tengo una llamada! —se disculpa dirigiéndose hacia su despacho, pero al cabo de un momento se detiene—. ¡Llámame cuando quieras, siempre estoy en el trabajo! —añade.
Owen la observa mientras se dirige a su despacho. Su rubia cola de caballo (el pelo le ha crecido ya lo suficiente como para llevarlo recogido de ese modo) se balancea rítmicamente arriba y abajo a cada paso que da. Su cola de caballo me produce una sensación agradable y esperanzadora, piensa él. Espera a que Liz entre en el edificio y luego sube al coche y se va.
De vuelta a casa, Jen asoma la cabeza por la ventanilla del coche y deja que sus doradas orejas ondeen al viento. Se pasa todo el viaje ladrando.
—No sé por qué me gusta tanto sacar la cabeza por la ventanilla —dice Jen al detenerse el coche en un semáforo en rojo—. Pero lo he hecho siempre, desde que era un cachorro. ¿No te parece extraño? Es muy raro que te guste algo sin saber por qué, ¿no crees?
Al oírla Owen piensa que Jen está ladrando de excitación y en realidad su interpretación es totalmente acertada.
¿Por qué se enamoran dos personas? Es un misterio.
Al cabo de una semana Liz y Sadie se descubren en el apartamento más bien pequeño de Owen Welles. Jen las recibe brincando.
—¡Hola, Liz! ¡Hola, Sadie! —exclama excitadísima al verlas—. ¡Me alegro de veros! ¡Owen es un buen chico! ¡Me deja dormir en su cama! ¡Estoy intentando convencerlo para que se vaya a vivir a un lugar más grande con jardín! ¡Intenta cocinar, pero no creo que sea un cocinero demasiado bueno! ¡Aunque no se lo digáis, para no herir sus sentimientos!
Owen sonríe al ver a Liz y a Sadie en la puerta.
—Pasad, vamos a cenar. Espero que os guste la pasta.
A pesar de la opinión de Jen, Owen no es un mal cocinero. (Todos sabemos que los perros no son unos expertos en cocina.) Y además Liz aprecia mucho sus esfuerzos. Es la primera vez que alguien que no es de su familia cocina para ella.
Después de cenar Liz se ofrece para lavar los platos.
—Esta vez los lavaré yo, pero no es necesario que tú los seques. Ni que silbes ninguna melodía.
Al terminar de lavar los platos, Liz, Owen, Sadie y Jen van al parque que hay cerca de la casa.
—¿Cómo te va con Jen? —pregunta Liz.
—¡Es fenomenal! —responde él sonriendo—. No puedo creer que yo no haya tenido un perro hasta ahora.
—¿No tenías uno en la Tierra?
—No podíamos —dice él—. Emily era alérgica. Y supongo que aún lo es.
Liz asiente con la cabeza.
—Dices su nombre de una forma… —observa ella—. No puedo imaginar que alguien pronuncie nunca mi nombre de ese modo.
—¡Oh, ya veras como sí ocurre! —exclama él.
—Lo digo en serio.
—Te moriste siendo demasiado joven —observa Owen pensativamente—. Lo más probable es que los chicos se sintieran intimidados por ti. Quizás alguien lo pronuncie de ese modo cuando vuelvas a la Tierra.
—Tal vez —dice Liz con poco convencimiento—. Tengo muchos planes para cuando vuelva.
—De haberlo sabido, habría pronunciado tu nombre de ese modo —señala Owen.
—¡Ah! —exclama Liz—, pero una persona sólo puede decir de esa forma el nombre de su pareja. Ya sabes, es una regla.
Owen asiente con la cabeza, pero no dice nada.
Su silencio produce en Liz un extraño sentimiento, aunque no es del todo desagradable. Hace que se sienta más atrevida y decide pedirle a Owen un favor.
—Si no quieres hacerlo, dímelo —empieza diciéndole ella.
—¡No me asustes! —exclama Owen.
Liz se echa a reír.
—No te preocupes, no tienes por qué asustarte, al menos eso creo.
—Y además ya sé que puedo negarme a ello.
—Es que estoy un poco cansada de que Betty tenga que llevarme con el coche a todas partes, pero para sacarme el carné tengo que aprender a hacer la ele y a aparcar en paralelo, porque fallecí antes de…
—¡Claro que sí! —responde Owen antes de que Liz haya terminado de hablar—. No hay ningún problema.
—Podría pedírselo a Betty, pero tuvimos una mala experiencia con el coche…
—Ya te he dicho que no hay ningún problema —la interrumpe él.
—¡Oh, muchas gracias! —dice Liz.
—Sin embargo, no me importaría que me contaras esa mala experiencia que tuvistéis —señala Owen—. En realidad, quizá deba oírla antes de empezar.
¿Por qué se enamoran dos personas? Es un misterio.
Durante la siguiente semana Liz y Oven se encuentran cada día después del trabajo. Ella aprende a hacer la ele con relativa facilidad, pero le cuesta mucho aparcar en paralelo.
—Sólo has de visualizarte en el espacio —observa Owen con paciencia.
—Pero parece imposible —dice Liz—. ¿Cómo algo que se está moviendo hacia delante y hacia atrás puede desplazarse de pronto de un lado a otro?
—El truco está en los ángulos —señala él—. Tienes que girar el volante lo máximo posible y luego has de meterte lentamente dando marcha atrás en el espacio del que dispones.
Transcurre otra semana y Liz no ha aprendido aún ni mucho menos esa difícil maniobra. Casi ha perdido la esperanza de lograrlo algún día y está empezando a sentirse como una inepta.
—Liz —dice Owen—, estoy comenzando a pensar que es algo psicológico. No hay ninguna razón por la que no puedas hacerlo. ¿Hay algo que te impida querer aprender a aparcar en paralelo? Creo que es mejor que lo dejemos por hoy.
Esa noche Liz cavila en la razón de su ineptitud y decide llamar a Thandi.
—¡Al fin das señales de vida! —exclama su amiga.
—He estado trabajando mucho —replica Liz—, y Owen Welles me ha estado enseñando a conducir.
—Seguro que sí.
—¿Qué quieres decir con eso? —pregunta Liz.
—Cuando fuimos a pasear con los perros, Sadie le dijo a Paco que tú habías estado viendo mucho al señor Welles.
Liz mira a Sadie, que está tumbada boca arriba para que le acaricie la barriga.
—¡Traidora! —le susurra a su perra—. Thandi, él está enamorado de otra persona y además no somos más que amigos —puntualiza Liz.
—¡Y un rábano! —responde Thandi.
Liz le cuenta que no consigue aparcar en paralelo y le pregunta a su amiga, una conductora con casi once meses de experiencia a sus espaldas, si puede sugerirle algo.
—Yo creo que no quieres aprender a hacerlo, Liz.
—¡Claro que quiero! —insiste ella—. ¡Pero es demasiado difícil! ¡No es como todo lo demás! ¡No es lógico! ¡Tienes que visualizarte en el espacio, confiar ciegamente en ti y hacer juegos de manos! ¡Es como ser un maldito prestidigitador!
Thandi se echa a reír.
—¿Quizá no quieres que tus lecciones con Owen se acaben? Me captas, ¿verdad? Porque si realmente lo que querías era aprender a aparcar y a hacer la ele, me lo podías haber pedido a mí.
—¿A ti? ¡Si ni siquiera hace un año que conduces!
—O a Betty —sugiere Thandi.
—¡Venga ya! ¡Ya conoces la experiencia que tuve con ella!
—Creo que te estás enamorando de Owen —le dice Thandi en un tono socarrón—. En realidad, ¡creo que ya te has enamoraaado de él! —añade riendo.
Liz le cuelga el teléfono. Thandi era una increíble sabelotodo. A veces ni siquiera podía creer que fuera su mejor amiga.
La siguiente noche, logra aparcar en paralelo tres veces seguidas sin cometer ningún fallo.
—¡Te dije que podías hacerlo si te concentrabas en ello! —exclama Owen y luego mira por la ventanilla—. Supongo que ya hemos terminado con las clases —añade.
Liz asiente con la cabeza.
—A propósito, ¿qué crees que era lo que te impedía hacerlo? —inquiere Owen.
—Es un misterio —responde Liz y después le entrega las llaves y sale del coche.