El largo viaje al nuevo hogar

En el descapotable rojo de su abuela, Liz contempla el paisaje por la ventanilla y deja que Betty monopolice la conversación.

—¿Te gusta la arquitectura? —le pregunta su abuela.

Liz se encoge de hombros. Si ha de ser sincera, nunca ha pensado demasiado en ello.

—Desde una de las ventanas de mi casa se puede ver la biblioteca que construyó Frank Lloyd Wright. Los que saben de arquitectura afirman que es mejor que cualquier edificio de la Tierra. Y no sólo ocurre con los edificios, Elizabeth. Aquí también descubrirás nuevas obras de tus artistas favoritos. Libros, cuadros, música, ¡cualquier tema que te guste! Precisamente acabo de ir a ver una exposición de nuevos cuadros de Picasso, ¿a que parece increíble?

Liz piensa que el entusiasmo de su abuela parece forzado, como si estuviera intentando convencer a una niña para que se comiera el brécol del plato.

—He conocido a Curtis Jest en el barco —dice en voz baja.

—¿Quién es?

—El cantante de Machine.

—No creo que haya oído hablar nunca de ese grupo. Pero como me morí hace varios años, es lógico. Quizá Curtis Jest edite un nuevo álbum aquí.

Liz vuelve a encogerse de hombros.

—Aunque algunos artistas no siguen aquí su carrera —añade su abuela—. Supongo que con una vida artística ya tienen bastante. Los artistas no son las personas más felices del mundo, ¿verdad? ¿Conoces a Marilyn Monroe, la gran estrella de cine? Pues ahora es una psiquiatra. O más bien lo era, porque ya es demasiado joven como para ejercer. Mi vecina Phyllis solía ir a verla. ¡Ah, Elizabeth! ¿Ves ese edificio tan alto a lo lejos de la carretera? ¿El que tiene una extraña forma? Es el Registro. Allí es donde tendrás que ir mañana para la cita de aclimatación.

Liz contempla el paisaje por la ventanilla. De modo que esto es En Otro Lugar, piensa. Le parece un sitio como cualquier otro de la Tierra. Incluso le duele ver que sea tan normal, lo mucho que se parece a la vida real. En él hay edificios, casas, tiendas, calles, coches, puentes, gente, árboles, flores, hierba, lagos, ríos, playas, aire, estrellas y cielo. ¡Qué poco original!, piensa. En Otro Lugar podía haber sido una ciudad como cualquier otra a una hora de camino a pie, a una hora de viaje en coche, o a una noche de viaje en avión. Mientras su abuela sigue conduciendo, Liz advierte que todas las carreteras son curvas y que incluso cuando parecen ser rectas, en realidad se extienden describiendo una especie de círculo.

Al cabo de un rato la abuela Betty se da cuenta de que Liz no la está escuchando.

—¿Estoy hablando demasiado? Sé que suelo…

—¿A qué te referías al decirme que me estaba volviendo más joven? —la interrumpe Liz.

—¿De verdad quieres saberlo ahora? —inquiere su abuela mirándola.

Liz asiente con la cabeza.

—Aquí todo el mundo se va volviendo más joven desde el día que muere. Cuando yo llegué tenía cincuenta años. Ahora hace ya unos dieciséis que estoy en él y tengo treinta y cuatro. Para la mayoría de ancianos esto es una buena noticia, Lizzie. Pero supongo que a una chica de tu edad la idea no le resulta demasiado atractiva.

Liz tarda un poco en asimilar las palabras de su abuela. Nunca tendré dieciséis años, piensa.

—¿Qué ocurre cuando llegas a los cero años? —dice Liz.

—Vuelves a convertirte en un bebé. Y cuando tienes sólo siete días, te envían, junto con otros bebés, al barco que navega por el Río rumbo a la Tierra para volver a nacer en ella. Se llama la «liberación».

—¿Así que sólo estaré aquí quince años y después me enviarán a la Tierra para empezar de nuevo desde cero?

—Estarás aquí casi dieciséis —puntualiza su abuela—, pero básicamente así es.

Liz no puede creer lo injusto que es todo eso. No sólo se ha muerto antes de haber tenido la oportunidad de pasárselo bien en la Tierra, sino que además ahora ha de volver a repetir su vida al revés hasta convertirse de nuevo en un estúpido y llorón bebé.

—¿O sea que nunca seré una persona adulta? —dice Liz.

—Yo no lo vería de ese modo, Liz. Tu mente sigue adquiriendo experiencia y recuerdos, aunque tu cuerpo…

—¿O SEA QUE NO PODRÉ IR A LA UNIVERSIDAD, NI CASARME, NI TENER UNAS GRANDES TETAS, NI VIVIR SOLA, NI ENAMORARME, NI OBTENER EL CARNÉ DE CONDUCIR, NI HACER CUALQUIER OTRA COSA? ¡ES INCREÌBLE! —estalla Liz.

La abuela Betty detiene el coche en el arcén.

—Ya verás cómo no lo pasarás tan mal como crees —le dice dándole unas palmaditas en la mano para consolarla.

—¿Que no lo pasaré tan mal? La situación no podría ser peor. Tengo quince años y estoy muerta. ¡Muerta! —durante un minuto las dos se quedan en silencio.

—¡Elizabeth, se me acaba de ocurrir una maravillosa idea! —exclama su abuela dando una palmada—. Tienes el permiso para hacer prácticas con el coche, ¿no es así?

Liz asiente con la cabeza.

—¿Por qué no conduces tú entonces hasta que lleguemos a casa?

Liz vuelve a asentir con la cabeza. Aunque tenga todo el derecho a estar disgustada por el giro que ha dado su vida, no quiere perderse esta oportunidad. Después de todo, lo más probable es que nunca obtenga el carné de conducir en este estúpido lugar, y quién sabe cuántos meses le quedan hasta que también le quiten el carné de principiante. Liz abre la puerta y sale del coche para ponerse al volante, al tiempo que su abuela salta al asiento del pasajero.

—¿Sabes cómo funciona este cambio de marchas? Me temo que mi coche es tan viejo como un dinosaurio —observa su abuela.

—Lo que no sé hacer es aparcar en paralelo y hacer la ele —dice Liz con calma—. Me lo iban a enseñar en las siguientes clases de conducir, pero por desgracia estiré la pata.

El camino hacia la casa de su abuela no es complicado y las dos permanecen en silencio durante el viaje, salvo por las ocasionales indicaciones que Betty le da en la carretera. Su abuela no quiere distraerla mientras conduce, y Liz no tiene ganas de hablar y deja vagar su mente. Pero dejar vagar la mente no siempre es lo mejor si acabas de morirte y nunca es una buena idea para un conductor novato.

Liz piensa por qué tardó tanto en descubrir que estaba muerta. Otras personas, como Curtis y Thandi, parecieron darse cuenta de ello enseguida o al cabo de poco. Se siente como una perfecta inútil. En el instituto siempre había estado orgullosa de su habilidad para captar y aprender rápidamente lo que le enseñaban. Pero este nuevo episodio demostraba que no era tan lista como creía.

—Elizabeth, cariño, ¿no crees que deberías reducir un poco la velocidad? —observa su abuela.

—Vale —responde Liz echando un vistazo al velocímetro, que marca ciento veinte kilómetros por hora. No se había dado cuenta de que estaba conduciendo tan deprisa y levanta un poco el pie del acelerador.

¿Cómo es posible que esté muerta? Se pregunta. ¿No soy demasiado joven para estarlo? Cuando alguien de su edad se muere, suele ser porque se ha pasado la infancia luchando contra un cáncer o alguna otra clase de horrible y rara enfermedad. Y a esta clase de niños les regalan viajes y les organizan encuentros con las estrellas del pop mundialmente famosas. Se pregunta si su viaje en barco y su encuentro con Curtis Jest también cuentan.

El primer año que Liz fue al instituto, dos estudiantes del último curso se mataron al conducir bajo los efectos del alcohol mientras se dirigían al baile de gala. El instituto les había rendido tributo publicando en el anuario del colegio un artículo de una página entera acompañado con fotografías a todo color. Liz se preguntaba si habrán tenido el mismo gesto con ella. A no ser que sus padres pagasen por él, lo dudaba, porque esos dos chicos pertenecían al equipo de fútbol del instituto y aquel año habían ganado el campeonato estatal de Massachusetts. En cambio ella no jugaba al fútbol, sino que sólo era una estudiante de segundo año, y había sido la única víctima del accidente. (A la gente siempre le parecen más trágicas las muertes en grupo.) Liz pisa un poco más el acelerador.

—Elizabeth, para ir a casa has de tomar la siguiente salida. Te sugeriría que disminuyeras la velocidad y te colocaras en el carril derecho —dice su abuela.

Liz lo hace sin mirar por el retrovisor. Al ponerse en el carril derecho, le corta el paso a un deportivo negro y ha de acelerar para que el coche no le dé por detrás.

—¡Elizabeth!, ¿habías visto ese coche? —dice su abuela.

—¡No te preocupes, está todo bajo control! —responde ella con tirantez. ¿Y qué más da si soy una mala conductora? Se dice a sí misma. ¿Acaso cambiará la situación? Ya no puedo morirme. Cuando estás muerta, ya no puedes estarlo más, ¿verdad?

—Ésta es la salida. ¿Estás segura de que te encuentras bien para conducir?

—Me encuentro perfectamente —responde Liz. Sin reducir la velocidad, se dirige con torpeza hacia la salida.

—Te aconsejaría que fueras más despacio, esta salida es un poco traicionera…

—¡Me encuentro bien! —grita Liz.

—¡CUIDADO!

En ese momento Liz choca contra la valla protectora de cemento que había en la salida. El coche, al ser un pesado animal prehistórico, emite un fuerte ruido al colisionar.

—¿Te has hecho daño? —le pregunta su abuela.

Liz no responde. Cuando ve la parte frontal del vehículo, no puede evitar echarse a reír. El coche apenas ha sufrido daños, sólo se ha abollado un poco, eso es todo. Un milagro, piensa Liz amargamente. ¿Por qué las personas no serán tan resistentes como los coches?

—Elizabeth, ¿te encuentras bien? —le pregunta su abuela.

—No —le responde ella—. Estoy muerta, ¿o no te habías enterado?

—Quiero decir si te has hecho daño.

Liz se toca los restos de los puntos que tiene por encima de la oreja. Se pregunta a quién ha de ir a ver para que se los quiten. Ya le habían dado puntos en otra ocasión (cuando se cayó mientras patinaba a los nueve años, la lesión más grave que había tenido aparte de ésta) y sabía que las heridas sólo están totalmente curadas después de que te quitan los puntos. De pronto, no quiere que se los saquen. Por extraño que parezca, esos pequeños restos de hilo la tranquilizan. Es lo último que le queda de la Tierra y la única prueba de que estuvo alguna vez en ella.

—¿Te has hecho daño? —le pregunta de nuevo su abuela mirándola con expresión preocupada.

—¿Acaso la situación sería diferente?

—Sí, porque si te lo hubieras hecho te llevaría al hospital —responde Betty.

—¿Aquí la gente también se hace daño?

—Sí, aunque cualquier lesión se cura a medida que vas volviéndote más joven.

—O sea que aquí nada importa, ¿verdad? Quiero decir que nada cuenta. Todo desaparece. Nos volvemos más jóvenes y estúpidos, eso es todo. —Liz tiene ganas de llorar, pero no quiere hacerlo delante de Betty, a quien ni siquiera conoce.

—Supongo que puedes verlo de ese modo. Pero en mi opinión creo que sería un punto de vista muy aburrido y limitado. Me gustaría que no vieras las cosas de una forma tan pesimista, al menos antes de haber pasado un día en este lugar. ¿Estabas intentando que nos matásemos? —le pregunta rodeándole la barbilla con la mano y haciéndole girar la cabeza para poder mirarla directamente a los ojos.

—¿Podría conseguirlo?

—No, querida —responde su abuela negándoselo con la cabeza—, pero no has sido la primera en intentarlo.

—¡No quiero vivir aquí! —grita ella—. ¡No quiero estar aquí! —pese a que intenta contenerse, vuelve a echarse a llorar.

—Ya lo sé, ya lo sé, cielo —le consuela su abuela abrazándola y acariciándole el pelo.

—Mi madre también me lo acariciaba así —dice Liz apartándose. Sabe que su abuela lo hace para tranquilizarla, pero no puede evitar sentir una horrible sensación, como si su madre le estuviera tocando el pelo en el más allá.

La abuela Betty lanza un suspiro y abre la puerta del asiento del pasajero.

—Yo conduciré durante el trayecto que nos queda —dice. Su voz suena cansada y tensa.

—Vale —responde Liz con frialdad—. ¿Sabes? Normalmente no conduzco tan mal ni suelo ser tan hipersensible —añade al cabo de un momento con una voz más dulce.

—Lo entiendo perfectamente —responde su abuela—. Ya lo suponía.

Mientras se acomoda en el asiento del pasajero, Liz sospecha que pasará un cierto tiempo antes de que su abuela le deje conducir de nuevo. Pero no la conoce y se equivoca.

—Si quieres, te enseñaré a hacer la ele y a aparcar en paralelo —dice en ese momento su abuela volviéndose hacia ella—. No estoy segura, pero creo que aquí puedes sacarte el carné de conducir.

—¿Aquí? —pregunta Liz con incredulidad.

—Sí, aquí, En Otro Lugar —le responde dándole unas palmaditas en la mano antes de poner en marcha el coche—. Cuando quieras que te enseñe, dímelo.

Liz aprecia el gran esfuerzo que su abuela debe haber hecho para ofrecerse a enseñarla a aparcar y a hacer la ele, pero lo que ella de verdad quiere no es aprender a hacer la ele ni a aparcar en paralelo, sino terminar las clases de conducir. Sacarse el carné expedido en Massachusetts. Conducir sin rumbo fijo con sus amigas los fines de semana y descubrir las misteriosas y desconocidas carreteras de Nashua y Watertown. Poder ir a cualquier parte sin su abuela o sin ninguna otra persona. Pero sabe que nunca podrá hacerlo. Porque se encuentra aquí, En Otro Lugar, ¿y de qué sirve un carné de conducir si el único lugar donde puedes utilizarlo es éste?