En el fondo del mar, en el mundo que hay entre En Otro Lugar y la Tierra

El tercer día que está bajo el agua, se despierta al oír un extraño sonido que podría ser una distante sirena en medio de la niebla, el grave tono de una campana o quizás incluso el ruido de un motor. Liz abre los ojos. A lo lejos parpadea un familiar reflejo plateado. Los entrecierra un poco para verlo mejor. ¡Es una góndola! Y luego descubre que la góndola está grabada sobre una luna plateada, y que la luna está unida a una cadenita de plata. Y que el sonido que produce se parece mucho al de un reloj. El corazón le late con fuerza. Es mi antiguo reloj de bolsillo, piensa. Alguien lo ha arreglado, y si consiguiera sacar el brazo fuera del agua, podría recuperarlo.

Así que reúne todas sus fuerzas.

Y levanta la mano que tiene libre.

Pero el reloj está más lejos de lo que había pensado.

Así que reúne más fuerzas aún.

Y consigue despojarse de algunas vendas y liberar la otra mano.

Se impulsa con los brazos.

Pero no puede nadar con los pies atados.

Por fin consigue liberarse de todas las vendas, hasta quedar totalmente desnuda, tal como vino al mundo.

Así que está desnuda.

Pero al menos tiene los brazos y las piernas libres.

Y empieza a nadar.

Liz nada, y nada, y nada, y nada, sin perder nunca de vista la luna plateada. Y la góndola va volviéndose más y más grande. Y el resto del reloj parece desaparecer. Y por fin llega a la superficie, luchando para respirar, luchando para vivir.

Y cuando al fin sus ojos se adaptan a la luz del día, no ve por ningún lado la góndola. En su lugar descubre un familiar remolcador.

—¡Liz! —grita Owen—. ¿Estás bien?

Ella no puede hablar. Tiene los pulmones demasiado llenos de agua y está congelada. Owen advierte que tiene los labios morados.

La saca del agua y, tras tenderla en el barco, la cubre con una manta.

Liz tose durante una eternidad, intentando expulsar el agua de sus pulmones.

—¿Estás bien? —pregunta Owen.

—Por lo visto he perdido toda mi ropa —dice Liz con una voz ronca y quebrada.

—Ya lo he visto.

—Y casi me he muerto —dice ella—. De nuevo —añade.

—Lo siento.

—Y estoy muy cabreada contigo —observa.

—Lo siento mucho. Espero que algún día me perdones.

—¡Ya lo veremos! —responde ella.

—¿Quieres que ahora te lleve a casa?

Liz asiente con la cabeza.

Exhausta, se tiende en la cubierta. Los cálidos rayos del sol acariciándole la cara le producen una agradable sensación. Piensa que es fenomenal estar en un barco que se dirige a casa. Enseguida empieza a sentirse mejor.

—Quizá me gustaría aprender a llevar un barco —dice Liz cuando están a punto de llegar.

—Si quieres puedo enseñarte a hacerlo —responde Owen—. Se parece mucho a conducir un coche.

—¿Quién te enseñó a manejar un barco? —inquiere Liz.

—Mi abuelo. Ha sido capitán de barco tanto aquí como en la Tierra. Acaba de jubilarse.

—Nunca me dijiste que tuvieras un abuelo.

—Pues ahora tiene unos seis años…

—¡Espera un momento! ¿Era tal vez el capitán del Nilo?

—Sí. Exactamente —responde Owen.

—¡Es el barco en el que yo viajé! ¡Le conocí el primer día que llegué aquí! —exclama Liz.

—El mundo es un pañuelo —responde Owen.