La cláusula del Evasor
Una noche después del trabajo, Aldous Ghent se pasa por el Departamento de Animales Domésticos. De entre todas las personas a las que asesora, Liz es su favorita y a menudo va a verla para charlar un poco con ella al final del día. Esa noche la encuentra encerrada en su despacho con Sadie y Jen. Ha estado lloviendo todo el día y las tres están de muy mal humor. Al pelearse por un cuenco de agua que se disputaban, Sadie ha mordido a Jen en la parte trasera de una pata. Aunque el mordisco ha sido leve, el orgullo de Jen está herido y ahora no le dirige la palabra a Sadie.
—¡Hola, chicas! —les saluda Aldous alegremente. Por suerte, es la clase de persona que no se deja influir por el mal humor de los demás, ya que casi siempre está de buen humor—. Jen, Sadie, necesito hablar con Liz a solas un rato —al oírlo las perras se levantan y se van a regañadientes. Jen simula cojear para hacerse la importante.
—¿Cómo está Owen? —le pregunta Aldous con una sonrisa de complicidad.
—¿Cómo quieres que lo sepa? —responde Liz.
—Como dice Shakespeare, «El curso del verdadero amor nunca fue tranquilo y sereno» —observa él tomándole el pelo.
—¡Me da igual!
—Si no me equivoco, es un pasaje de Sueño de una noche de verano.
—En la clase de inglés yo sólo llegué a leer Macbeth, después la palmé.
—Pues para que lo sepas, Elizabeth, aquí también hay libros de Shakespeare.
—Ya lo sé, pero es la clase de autor que sólo lees cuando alguien te obliga a ello —confiesa Liz—. Y En Otro Lugar nadie te obliga a leer a Shakespeare o a ningún otro autor —agrega ella lanzando un suspiro—. ¿Por qué has venido a verme, Aldous?
—Estoy seguro de que enseguida os olvidaréis de la pelea que habéis tenido —observa Aldous.
—Lo dudo —afirma Liz—. La esposa de Owen ha llegado de la Tierra.
—¡Caramba, qué golpe más duro! —exclama él desconcertado por la revelación de Liz. Pero enseguida recupera su eterna sonrisa—. Cuando tengas mi edad descubrirás que el mundo tiene su propia manera de hacer que las cosas funcionen —observa él.
—Si tú lo dices —murmura Liz en voz baja para que él no la oiga.
—He venido para recordarte que la próxima semana hará un año que llegaste a En Otro Lugar. ¡Enhorabuena, Elizabeth! —dice Aldous.
—¿Eso es todo? —responde ella. Aldous suele dar muchas vueltas antes de ir al grano. A Liz este rasgo suyo normalmente le divierte, pero hoy le está dando ganas de gritar.
—No es más que una simple formalidad, pero necesito que me confirmes que no quieres recurrir a la cláusula del evasor.
—¿En qué consiste?
—Un «evasor» es un adolescente o un niño que quiere volver a la Tierra antes de tiempo —le explica Aldous—. Has tenido un año para decidirte. ¿Te acuerdas? Y el año está a punto de finalizar.
Liz considera lo que Aldous le está diciendo. De algún modo toda esa experiencia que ha tenido con Owen y Emily le ha hecho sentirse agotada y pesimista. ¿De qué sirve amar a alguien? Para Liz todo el esfuerzo de trabajar, vivir, amar y hablar le está empezando a parecer precisamente eso, un esfuerzo. Y además dentro de quince años (en realidad, menos) se olvidará de todo. Al considerar todos estos factores, está empezando a pensar que es mejor acelerar un poco el proceso.
—¿O sea que aún puedo irme de aquí? —pregunta ella.
—¿Me estás diciendo que quieres irte, Liz? —inquiere él perplejo.
Liz asiente con la cabeza.
Aldous se la queda mirando.
—No lo esperaba de ti, Elizabeth. Nunca pensé que llegaras a ser una «evasora» —exclama con los ojos empañados—. ¡Y yo que creía que te habías aclimatado tan bien!
—¿Qué tengo que hacer? —pregunta Liz.
—Informar a tus amigos y seres queridos de tu decisión. Por medio de una carta o contándoselo personalmente, haz lo que prefieras. Quizá deberías consultarlo antes con tu abuela, Elizabeth.
—Ya lo he decidido, Aldous —responde Liz—. ¿No se lo irás a decir, verdad?
Él niega con la cabeza, con una expresión torturada que no es usual en él.
—Todo cuanto hablamos entre nosotros es confidencial. No podría decírselo aunque quisiera. Pero probablemente debería hacerlo.
Aldous prorrumpe en sollozos.
—¿Es por algo que yo he hecho, Liz? ¿O por algo que no he hecho? —le pregunta—. ¡No tengas reparos en decírmelo!
—No, el problema está en mí —dice ella intentando hacer todo lo posible para tranquilizarlo.
Se decide que la «liberación» de Liz tendrá lugar el domingo por la mañana, en el primer aniversario de su llegada a En Otro Lugar y en el último día que puede recurrir a la cláusula. Liz volverá a la Tierra descendiendo por el Río junto con todos los bebés liberados. ¡Qué extraño!, piensa ella, viajar entre tantos bebés. Además tendrá que hacerlo envuelta en vendas, ¡qué humillante sería si alguien me viera con ellas! Pero por supuesto, nadie la verá.
Curtis Jest es la única persona a la que decide contárselo. Es evidente que las otras opciones que tiene —Betty, Thandi o Sadie— intentarían hacerla desistir y Liz no está de humor para soportar ningún otro drama. Y con Owen no se habla. O sea que sólo puede recurrir a Curtis. Él siempre parece divertirse con la vida de los demás y además es desapegado e indiferente. Se entristecerá al saber que ella ha decidido irse, pero no hará nada para impedírselo ni intentará hacerla cambiar de idea. Y eso es exactamente lo que Liz quiere.
Sin embargo, se lo dice por si acaso en el último momento, el sábado por la noche, antes de irse.
—¿Supongo que no puedo hacerte cambiar de idea? —pregunta Curtis mientras los dos están sentados en el muelle con las piernas colgando sobre el agua.
—No —responde Liz—. Ya lo he decidido.
—¿Lo haces por Owen?
Ella lanza un suspiro.
—No —responde al fin—. En realidad, no. Pero ojalá pudiera tener lo que él tiene.
—No entiendo qué quieres decir, Lizzie.
—Owen ya tenía a Emily desde antes, desde que vivía en la Tierra. En cambio yo no tengo nada de la Tierra. Emily fue el primer amor de Owen, y yo también quiero ser el primer amor de alguien. ¿Tan difícil es entenderlo? A veces me da la sensación de que todo lo que me ocurre en esta vida que va hacia atrás es viejo. Todo cuanto me ha ocurrido en ella ya le había pasado antes a alguien más. ¡Me siento como si todo lo que consigo fuera de segunda mano!
—Liz —dice Curtis con seriedad—, yo creo que acabarás viendo que aunque estuvieras en la Tierra, viviendo una vida hacia delante, todo lo que te ocurriría en ella ya le habría pasado a alguien más.
—Sí —admite Liz—, pero las cosas no estarían tan predeterminadas. Yo no sabría cuándo iba a morir. Ni que en menos de quince años volvería a convertirme en un estúpido bebé. Podría ser una mujer adulta. Tener mi propia vida.
—Aquí tienes tu propia vida.
Ella se encoge de hombros. No cree que sea necesario seguir con la conversación.
—Liz, tengo que decírtelo, creo que estás cometiendo un grave error.
De pronto ella se vuelve hacia él.
—¡Mira quién habla! Mírate, Curtis, estás sentado en este muelle todo el día, un día tras otro, ¡sin hacer nada! ¡Sin ver a nadie! ¡Ni siquiera cantas! ¡Si estás medio muerto!
—En realidad, estoy muerto del todo —afirma el músico bromeando.
—Para ti todo es una broma, todo es divertido. ¿Pues por qué no estás cantando entonces? ¿Por qué no cantas alguna vez, Curtis?
—Porque ya lo hice antes —responde él con seguridad.
—¿Y no lo echas de menos? ¿Acaso esperas que me trague que eres feliz siendo un pescador? ¡Si nunca te he visto pescar nada!
—Pesco peces, pero vuelvo a arrojarlos al agua.
—¡Esto es la cosa más estúpida e inútil que he oído en toda mi vida!
—No creas. Así enviamos a los peces de vuelta a la Tierra y además el muelle queda más pintoresco. Pescar es una profesión útil y noble —observa Curtis.
—¡A no ser que se suponga que tengas que hacer otra cosa!
Curtis se queda callado durante unos momentos.
—La semana pasada conocí a un jardinero llamado John Lennon.
—¿Qué tiene que ver eso con lo que estábamos hablando? —pregunta Liz. No está de humor para las gilipolleces de Curtis.
—Nada. Sólo quería decir que aunque hayas hecho algo antes, no significa que tengas que seguir haciéndolo.
—¿Sabes lo que pienso? —dice ella—. ¡Que eres un cobarde! —exclama poniéndose en pie y marchándose.
—¡Sólo un cobarde puede reconocer a otro cobarde! —le grita Curtis.
Liz se pasa toda la noche en vela escribiendo el borrador de la carta a Betty.
Querida Betty:
Cada día es como el anterior y ya no puedo soportarlo más. Me siento como si nunca hubiera disfrutado de lo mejor de la vida. La muerte no es más que una gran repetición, ¿sabes?
No lo hago por Owen.
Cuando leas esta carta probablemente ya habré vuelto a la Tierra.
He regresado a la Tierra como una «evasora».
Por favor, no te preocupes.
Siento que haya sido de esta manera.
Lo siento.
Cuida de Sadie y de Jen por mí.
Te quiero,
Liz
Omitiendo la parte tachada, vuelve a escribir la carta en una nueva hoja de papel y se acuesta.
A altas horas de la noche Owen oye unos golpecitos en la pared. Al ver que suenan con un ritmo constante y familiar, se pone a escucharlos: es Emily comunicándose en morse con él.
«¿Quieres que me vaya?», le dice ella con los golpecitos.
Él no le responde.
«Quiero irme», insiste ella.
Él no le responde.
«Haz dos golpecitos, así sabré que me has oído.»
Él respira hondo y golpea dos veces la pared.
«Lo nuestro no funciona», le dice ella.
«Ya lo sé», responde él en morse.
«Siempre te querré, pero nuestra vida está ahora descompasada», dice ella por medio de golpecitos.
«Lo sé», responde Owen de igual modo.
«Soy una mujer de treinta y cinco años, no soy la misma», observa Emily.
«Lo sé», responde él.
«Tú tienes diecisiete», dice ella en morse.
«Dieciséis», puntualiza él con los golpecitos.
«Dieciséis», repite ella.
«Lo siento», dice él con unos suaves golpecitos.
«Tú no tienes la culpa, O. Así es la vida», responde Emily.
«¡Pero estamos muertos!», dice él en morse.
Owen la oye reírse desde la otra habitación. Pero ya no oye más golpecitos. Ella va a verle.
—Cuando tú falleciste, yo también quise morirme. No quería vivir sin ti —dice Emily—. Eras toda mi vida. Yo no tenía ni un solo recuerdo en el que tú no estuvieras.
Owen asiente con la cabeza.
—Pero tuve que seguir adelante con mi vida. Dejé de esperarte. En realidad, estaba segura de que no volvería a verte —admite Emily.
—Nunca te casaste —observa Owen.
—Ya me había casado contigo. Y sabía que si volvía a hacerlo compararía a mi nuevo marido contigo y que sería un desastre —confiesa riendo—. Lo divertido del caso es que dos meses antes de morir acababa de conocer a alguien. Aún no manteníamos una relación seria, pero tenía posibilidades.
—¡Yo nunca lo vi! ¡Nunca te vi con ningún otro hombre! —exclama Owen.
—Pues supongo que fue porque en esa época no me estabas contemplando demasiado.
Él mira hacia otra parte.
—En el fondo podía sentir que me estabas contemplando, Owen, y también noté cuándo dejaste de hacerlo —le dice ella.
Él no le contesta.
—Tienes todo el derecho del mundo de haberte enamorado de otra mujer. No te sientas culpable por ello —dice Emily con dulzura.
—Al principio creo que ella me gustaba porque me recordaba a ti —admite él en voz baja.
—O a mí hace veinte años.
Owen mira a Emily y, por primera vez desde que ella llegó a En Otro Lugar, la ve tal como es. Es bonita, quizá más que cuando era una adolescente. Pero ahora es distinta. Tiene un aspecto más maduro, más anguloso. Sus ojos también han cambiado, pero él no puede decir exactamente en qué.
—Ya no te conozco, ¿verdad? —dice con tristeza.
Emily le besa en la frente y a él le entran ganas de llorar.
—Algunas parejas funcionan, algunas parejas siguen viviendo juntas aquí —añade Owen—. ¿Por qué no podemos ser como ellas?
—Yo no me preocuparía demasiado por ello —responde Emily—. Y en mi caso, me alegro de volver a verte.
—Pero ¿no te parece injusto? Se suponía que debíamos envejecer juntos y todo lo demás que se dice.
—Pues no va a ser así. Al menos aquí —señala Emily—. Y yo creo que hemos sido más felices que la mayoría de las parejas. Hemos sido muy felices juntos y también hemos tenido una segunda oportunidad. ¿Cuántas parejas pueden decir lo mismo?
—¿Es por lo que pasó aquella noche en el porche? —pregunta Owen.
—No, en absoluto —le tranquiliza ella—. Pero ya que lo has mencionado, ¿quieres saber qué fue lo que vi esa noche? —Emily hace una pausa—. Vi a dos adolescentes enamorados.
Owen cierra los ojos y al volver a abrirlos Emily ya se ha ido. Siente un extraño dolor en el antebrazo. Al examinar su tatuaje, ve que está más vívido de lo que nunca recuerda haber estado, incluso más que cuando se lo hicieron. El corazón grabado late y palpita casi como un corazón de verdad. Y entonces de pronto el tatuaje desaparece. Aparte de un ligero enrojecimiento, ya no hay nada en su piel. Es como si el tatuaje nunca hubiera estado allí.
Justo antes de dormirse, se promete que lo primero que hará al levantarse por la mañana será ir a ver a Liz.