La recuperación

Liz se recupera durante dos semanas en un hospital. Aunque al cabo de varios días ya se siente mejor, disfruta de su período de convalecencia. Es agradable ver cómo los amigos y los seres queridos se ocupan de ti (sobre todo cuando sabes con toda certeza que vas a recuperarte).

Aldous Ghent es una de las personas que van a verla.

—Al parecer, querida, no estás en la Tierra —declara.

Liz asiente con la cabeza.

—Eso parece.

—Esta situación exige un montón de papeleo, ¿lo sabías? —pregunta Aldous lanzando un suspiro y luego le sonríe.

—Lo siento —dice Liz devolviéndole la sonrisa.

—No te preocupes —responde él abrazándola. De pronto se sorbe los mocos sonoramente.

—Aldous, ¡estás llorando!

—Es por mi alergia. Aparece sobre todo durante las reuniones felices —observa sonándose.

—Al fin he leído Sueño de una noche de verano —dice Liz.

—Creía que uno sólo leía a Shakespeare por obligación en el instituto.

—Últimamente tengo un poco más de tiempo libre.

Aldous sonríe.

—¿Y qué te ha parecido?

—Me ha recordado a este lugar —responde Liz.

—¿En qué sentido? —pregunta Aldous.

—Pareces un profesor —le reprende ella.

—¡Muchas gracias! Pues antes lo era. ¿Qué me estabas queriendo decir?

Liz se queda pensativa durante unos momentos.

—Pues que en esa obra hay el mundo de las hadas y el mundo real. Y Shakespeare escribe de una forma que parece que no haya ninguna diferencia entre ambos. Las hadas son como las personas del mundo real, tienen los mismos problemas y los mismos sentimientos que nosotros. Y el mundo de los humanos se encuentra al lado del de las hadas. Están juntos y al mismo tiempo separados. Y aunque el mundo de las hadas sea quizás un sueño, el mundo real también puede serlo. Y esta idea me gusta —observa Liz encogiéndose de hombros—. La clase de inglés nunca se me ha dado demasiado bien. La biología y el álgebra eran las asignaturas que más me gustaban.

—Unas materias excelentes.

—Ahora estoy leyendo Hamlet. Pero ya veo que no me gustará tanto como Sueño de una noche de verano —confiesa Liz.

—¿Ah, no?

—No, porque Hamlet está demasiado obsesionado con la muerte, como si fuera a resolverle todos sus problemas —dice Liz moviendo la cabeza en un gesto de negación—. ¡Si él supiera lo que yo sé, no pensaría lo mismo!

—¡Tienes toda la razón! —asiente Aldous.

Un día Curtis Jest va a visitarla.

—Lizzie —le dice con un tono de voz muy serio que ella nunca le había oído—, he de preguntarte algo.

—Sí, ¿de qué se trata?

—Es sobre Betty —susurra Curtis.

—¿Qué quieres preguntarme sobre mi abuela? —inquiere Liz.

—¿Sabes si hay algún caballero que la visite a menudo? —pregunta Curtis incluso más bajito aún.

—No, no creo, ¿y por qué me lo preguntas susurrando? —observa Liz.

—¿Sigue enamorada de tu abuelo? —vuelve a susurrar él.

—No, mi abuelo Jake volvió a casarse y ahora vive en un barco cerca de Monterrey, California.

Curtis respira hondo.

—¿Me estás diciendo que quizá tengo una oportunidad?

—¿Una oportunidad de qué, Curtis?

—De salir con Betty.

—¿De salir con Betty? —grita Liz.

—Liz, por favor, baja la voz, no quiero que nadie se entere —le suplica él mirando a su alrededor con inquietud—. Tu abuela es la criatura más deliciosa que he conocido.

—Curtis, ¿me estás diciendo que te gusta Betty? —le susurra Liz.

—Estoy bastante colado por ella. Sí, sí, supongo que así es.

—¿No es un poco mayor para ti? —inquiere Liz—. Al morir tenía cincuenta años, ¿sabes? Y ahora tiene unos treinta y tres.

—¡Sí, exactamente! ¡Ella tiene un montón de sabiduría! ¡Y de calidez! Y al menos, por ahora, yo tengo veintinueve años. ¿Crees que me encontrará demasiado inmaduro para ella?

—No, Betty no es así —responde Liz sonriendo—. Dime una cosa, ¿sabe ella que le gustas?

—No, aún no, pero estaba pensando que quizá podría escribirle una canción.

—¡Curtis, me parece una maravillosa idea! —exclama Liz sonriendo de nuevo—. ¡Ah!, y si mientras la escribes te quedas corto de ideas, menciona su bonito jardín.

—¡Sí, sí, su jardín! Lo haré y muchas gracias por tu consejo, Lizzie.

Cuando a Liz le dan el alta y vuelve a casa de Betty, se pasa el día holgazaneando en el jardín de su abuela y recuperándose. Mientras Betty se ocupa del jardín, ella permanece cómodamente recostada en la hamaca.

Betty va a comprobar, a menudo, que Liz sigue en la hamaca, donde debe estar.

—No me he ido a ninguna parte —dice ella tranquilizándola.

Su abuela respira hondo.

—Es que creí que te había perdido para siempre.

—¡Oh, Betty! ¿Acaso no sabes que el «para siempre» no existe? —observa Liz columpiándose en la hamaca. Su abuela vuelve a dejarla sola para ocuparse del jardín. Al cabo de cinco minutos, Curtis Jest se presenta y vuelve a interrumpirlas.

Lleva un traje blanco y unas gafas de sol redondas, como si se hubiera ataviado para una ocasión especial.

—Hola, Lizzie —saluda—. Hola, Betty —añade en voz baja.

—Hola, Curtis —responde Liz imitando el tono de voz de su amigo.

Curtis le guiña el ojo. Liz se da media vuelta en la hamaca y finge echar una siestecita. Sadie se enrosca detrás de ella. Desde que Liz ha vuelto, la perra no se ha separado de ella un instante.

—¡Caramba, Betty! —exclama Curtis sacándose las gafas—, ¡qué jardín más bonito tienes!

—Gracias, señor Jest —contesta ella.

—¿Te importa si me quedo un ratito? —pregunta él.

—Es que Liz está dormida y yo iba a entrar en casa.

—¡Ah!, ¿estás ocupada?

—Sí.

—Entonces, ya volveré otro día —tartamudea Curtis—. Adiós, Betty. Saluda a Lizzie de mi parte.

Betty asiente con la cabeza.

—¡Adiós! —responde ella.

—¡Oh, Betty! —exclama Liz en cuanto Curtis ya no puede oírla—, has sido muy cruel con él.

—¡Has sido tú la que se ha dormido en cuanto él ha llegado!

—Creo que ha venido para verte a ti —dice Liz.

—¿A mí? ¿Por qué habría de hacer tal cosa?

—Creo que él venía, mmm… —hace una pausa— para cortejarte.

—¿Cortejarme? —Betty se echa a reír—. ¿Por qué? ¡Es la cosa más absurda que he oído en toda mi vida! Curtis Jest es un joven y yo soy lo bastante mayor como para ser su…

—Novia —añade Liz terminando la frase—. En realidad sólo os lleváis cuatro años biológicos.

—Querida, ya he tenido bastante con el amor, ya he estado enamorada varias veces.

—Decir que ya has tenido bastante con el amor es como decir que ya has vivido bastante, Betty. La vida es mejor con un poco de amor, ¿no lo sabías?

—Después de todo lo que te ha pasado, ¿aún puedes decir eso? —pregunta Betty arqueando una ceja.

Liz sonríe ligeramente y decide ignorar la pregunta.

—Dale una oportunidad a Curtis, Betty.

—Dudo mucho que le rompa el corazón si no se la doy. Estoy segura de que mañana ya se habrá olvidado de mí —señala Betty con escepticismo.

Una semana más tarde, se despiertan las dos en medio de la noche al oír el sonido de una guitarra acústica.

—Esta canción es para ti, Betty —grita Curtis desde abajo, en el jardín.

Se pone a cantar por primera vez desde hace casi dos años. Es una nueva canción. Es la primera vez que Liz la oye, y más adelante se acabará conociendo como «La canción de Betty».

Curtis Jest no está en su mejor momento como cantante, ni tampoco se encuentra en su mejor momento como compositor de canciones. La letra es (debe reconocerse) más bien trillada, habla sobre todo de los poderes transformadores del amor. En realidad, todas las canciones de amor son iguales.

Owen se vuelca por completo en Liz. Va a visitarla cada día.

—Liz, cuando estabas en el fondo del mar, ¿qué es lo que te dio fuerza para salir a la superficie? —inquiere Owen.

—Creí ver mi reloj flotando en el agua, pero al final no era más que tu barco.

—¿Qué reloj? —pregunta él al cabo de un momento.

—El que tenía cuando vivía en la Tierra. En realidad, tenía que llevarlo a arreglar.

Él mueve la cabeza mostrando incredulidad.

—¿Un reloj estropeado fue lo que te empujó a salir a la superficie?

Liz se encoge de hombros.

—Ya sé que quizá no parece tan importante.

—En Otro Lugar puedes comprarte un reloj, ¿sabes?

—Quizá —responde Liz encogiéndose de hombros otra vez.

Al día siguiente Owen le regala un reloj de oro. El otro que tanto le gustaba era de plata, pero Liz no le dice nada. Tampoco es un reloj de bolsillo, sino un reloj de señora con una pulsera de oro formada de eslaboncitos. No es la clase de reloj que habría escogido para ella, pero tampoco se lo dice.

—Gracias —dice mientras Owen le ajusta la pulsera del reloj alrededor de su delgada muñeca.

—Hace juego con tu pelo —observa contemplando con orgullo el delicado reloj de oro.

—Muchas gracias —repite ella.

Aquella misma tarde Jen visita a Liz. (Pudo volver a casa de Owen después de que Emily se marchara para cursar los estudios de conservadora de libros.)

—¿Te ha gustado el reloj? —le pregunta Jen—. Yo le ayudé a elegirlo.

—Es muy bonito —responde Liz rascándole entre las orejas.

—Él no estaba seguro de si elegir uno de plata o de oro, pero yo le aconsejé que lo comprara de oro, porque tiene un color muy bonito, ¿no crees? —dice Jen.

—Es el color más bonito de todos —asiente Liz—. ¿Vosotros los perros podéis ver los colores? Creía que no era así.

—¡Claro! ¿Quién ha dicho lo contrario?

—Pues en la Tierra la gente dice eso de los perros.

—La gente de la Tierra que dice eso es muy rara —dice Jen moviendo la cabeza mostrando incredulidad—. ¿Cómo pueden saber que no vemos los colores si nunca nos lo han preguntado? ¡Si ni siquiera saben hablar nuestro idioma!

—Tienes toda la razón —afirma Liz.

—Cuando estaba en la Tierra vi en una ocasión un reportaje que afirmaba que los perros no tenemos emociones. ¿No te parece increíble? —pregunta Jen ladeando la cabeza—. Liz, quería darte las gracias por dejarme estar en tu casa todo este tiempo.

—Ha sido un placer.

—Y siento mucho —dice Jen bajando la voz— haberme meado en tu cama aquella vez.

—Ya ni me acordaba —la tranquiliza Liz.

—¡Oh, qué bien! No podría soportar que te hubieras enfadado conmigo.

Liz niega con la cabeza.

—No me enfadé contigo.

—Owen ahora ha mejorado mucho —explica la perra—. Está aprendiendo a hablar canino y está más pendiente de mí.

—¿Y tú no estás enojada con él, aunque sólo sea un poco?

—Al principio lo estaba un poquito, pero ya se me ha pasado. Sé que es una buena persona. Y me ha pedido perdón. Además le quiero. Y cuando quieres a una persona, has de perdonarla a veces. Al menos eso es lo que yo pienso.

Liz asiente con la cabeza.

—Es una buena filosofía —afirma.

—¿Te importaría acariciarme la barriga? —le pide Jen echándose patas arriba.

Aquella noche Liz contempla el reloj de oro. El reloj no se parece en nada al que tenía, pero la intención es lo que vale. Mueve la muñeca haciendo que los eslabones del reloj produzcan un agradable tintineo. Se acerca la muñeca al oído y disfruta escuchando el tic-tac del segundero. Cinco tic-tacs más tarde, decide olvidar las imperfecciones del reloj. Besa la esfera con ternura. Realmente es un regalo maravilloso, piensa ella.

Poco tiempo después también perdona a Owen. Sí, él tiene sus defectos, pero también es excelente enseñando a conducir. Si vas a perdonar a alguien, decide Liz, es mejor hacerlo pronto y no dejarlo para más tarde. Más tarde, y esto ella lo sabe por experiencia, puede ser más pronto de lo que quisieras.