La gran inmersión
Liz se entrega por completo a prepararse para la gran inmersión. Aunque no se haya dado cuenta, la rutina diaria de ir a la Cubierta de Observación cada vez la satisface menos: cada día se mezcla con el anterior, las borrosas imágenes parecen nublarse cada vez más y tiene los ojos cansados y la espalda dolorida. Ahora siente la renovada energía que uno experimenta al tener una misión. Liz camina con un paso más ligero. El corazón le late con más fuerza. Su apetito ha aumentado. Se levanta más temprano y se acuesta tarde. Por primera vez desde que llegó a En Otro Lugar se siente casi viva, bueno, si es que puede llamarse así.
Curtis le había dicho que el Pozo quedaba a «una milla de la playa», pero no había especificado dónde se encontraba exactamente. Después de haberse pasado dos días escuchando en la Cubierta de Observación las conversaciones de otros e intentando averiguarlo preguntándoselo indirectamente a Esther, Liz descubre que el Pozo está relacionado de algún modo con los faros de las Cubiertas de Observación y que para llegar a él ha de seguir nadando la trayectoria que marca con su luz uno de los faros.
Para comprar el equipo de buceo Liz le pide a su abuela que le «preste» otros setecientos cincuenta eternims.
—¿Para qué los quieres? —pregunta Betty.
—Para comprarme ropa —miente Liz, aunque piensa que en parte es verdad, porque un traje de buzo es en el fondo ropa, ¿no es así?—. Si voy a ejercer mi vocación, necesitaré tener varias piezas de ropa.
—¿Qué hiciste con los últimos quinientos eternims que te di?
—Aún los tengo —vuelve a mentir Liz—. No me los he gastado, pero probablemente necesitaré más, porque no tengo nada que ponerme, salvo el pijama y la camiseta que me regalaste.
—¿Quieres que te acompañe? —pregunta Betty.
—No, gracias, prefiero ir sola —dice Liz.
—Si quieres puedo hacerte algún vestido ahora que soy costurera —dice su abuela.
—Mmm…, gracias por ofrecérmelo, pero prefiero comprarme la ropa en las tiendas.
Así que Betty cede, aunque está segura de que Liz miente acerca de los últimos quinientos eternims. Betty está haciendo todo lo posible por (1) ser paciente, (2) dar a Liz el espacio que necesita para recuperarse y (3) esperar que recurra a ella. Al menos eso es lo que se dice en Cómo hablar con una adolescente que acaba de morir, el libro que está leyendo. Betty sonríe de manera forzada.
—Te llevaré en coche al centro comercial de la parte este.
Liz acepta (la tienda de buceo está en ese centro de todos modos), pero por unas razones que son obvias le dice que cogerá el autobús para volver a casa.
La botella de oxígeno que Liz adquiere es más pequeña y ligera que cualquier otra que ella y su madre hayan tenido nunca en la Tierra. Se llama Tanque Infinito y el vendedor le asegura que con él nunca se le acabará el oxígeno. Para demostrar a su abuela que ha invertido bien su dinero, también se compra unos tejanos y una camiseta de manga larga.
Liz esconde el equipo de buceo bajo la cama. Se siente culpable por mentir a Betty, pero considera que es una mentira piadosa. Había pensado contárselo, pero sabe que ella se quedaría muy preocupada por la inmersión. Y su abuela no necesita estár más preocupada de lo que ya está.
Ha pasado un año desde la última vez que buceó en la Tierra. Se pregunta si se habrá olvidado de alguno de los pasos que se tienen que realizar para bucear. Se plantea hacer antes una inmersión para comprobar que se acuerda de todos ellos, pero al final decide no llevarla a cabo. Quiere ir al Pozo lo antes posible.
Como ir al Pozo está prohibido, Liz decide salir de casa después de ponerse el sol. Mete el equipo de buceo en una bolsa de la basura, se pone el traje de buzo, y luego, encima, los nuevos tejanos y la camiseta de manga larga.
—¿Es la ropa que te has comprado hoy? —le pregunta su abuela.
Liz asiente.
—Me alegro de que ya no lleves el pijama —Betty se acerca para observarla mejor—, pero creo que la camiseta de manga larga te va un poco justa —añade intentando arreglársela, pero Liz se aparta de ella.
—¡Me va perfecta! —dice.
—¡De acuerdo, de acuerdo! ¿Me enseñarás las otras piezas de ropa que te compraste por la mañana?
Liz asiente con la cabeza, pero mira hacia otra parte.
—¿Adónde vas a estas horas? —le pregunta Betty.
—A una fiesta que ha organizado Thandi, la chica que me llamó el otro día —miente Liz.
—¡Diviértete mucho! —responde su abuela sonriéndole—. ¿Qué llevas en esa bolsa?
—Comida para picar en la fiesta —ahora que Liz ha empezado a mentir, le resulta fácil seguir haciéndolo. El único problema (como ya había descubierto antes) es que, una vez empiezas, cada vez tienes que decir más y más mentiras.
Después de que Liz se ha ido, Betty decide ir a su habitación para ver la ropa nueva que se ha comprado. Al abrir el armario, descubre que está vacío, pero debajo de la cama encuentra una caja de cartón en la que pone: TANQUE INFINITO. Al recordar que la ropa que vestía Liz le iba muy justa y la voluminosa bolsa de plástico que llevaba, decide ir a buscar a su nieta. En Cómo hablar con una adolescente que acaba de morir también se dice que uno debe saber cuándo ya no debe darle más espacio a una adolescente.
Antes de ir al Pozo, Liz vuelve a la Cubierta de Observación para echar un vistazo a Amadou Bonamy. Quiere verlo por última vez antes de hacer que lo metan en la cárcel.
—Hacía ya varios días que no venías —observa Esther frunciendo el ceño desde el interior de la taquilla acristalada—. Esperaba no volver a verte más por aquí —añade.
Liz pasa por delante de ella sin responderle.
Como alguien está sentado ante los prismáticos número 15, los que ella siempre usa, utiliza los del número 16.
Introduce un solo eternim por la ranura y se pone a mirar a Amadou Bonamy. Ve que el taxista se dirige a toda pastilla hacia un lugar. Aparca delante de un colegio de enseñanza primaria, el mismo al que va el hermano de Liz. Se apresura a salir del coche. Entra en el edificio. Recorre el recinto. Al final del pasillo le espera un maestro con un niño pequeño con gafas.
—Ha vomitado en la papelera —dice el maestro—. No quería que le llamásemos.
—¿Te duele la barriguita, cielo? —le pregunta Amadou a su hijo doblando una rodilla para quedar a su altura. Habla con un dulce acento francés haitiano.
El niño asiente con la cabeza.
—Te llevaré a casa, wi bébé?
—¿Hoy no tienes que trabajar con el taxi? —pregunta el niño.
—Non, non, ya recuperaré mañana el dinero que no he podido ganar hoy —responde Amadou cogiéndolo en brazos y haciendo un guiño al profesor—. Gracias por haberme llamado.
Los prismáticos se cierran con un chasquido.
El corazón le late con fuerza. Liz tiene ganas de dar un puñetazo a alguien o de romper algo. Pero debe irse de la Cubierta de Observación, si no se le hará tarde.
Al salir ve que la playa está desierta. Se saca los tejanos y la camiseta, pero en lugar de meterse en el agua y empezar a sumergirse en el mar, se sienta en la arena, con las rodillas pegadas al pecho, y se pone a pensar en Amadou y su hijo pequeño. Cuanto más piensa en ellos, más confundida se siente y más desea dejar de pensar en ambos.
Oye que alguien la llama por su nombre.
—¡Liz!
Es Betty.
—¿Cómo sabías que estaba aquí? —pregunta sin atreverse a mirarla a los ojos.
—No lo sabía. Pero estaba segura de que no te encontraría en la fiesta de Thandi.
Liz asiente con la cabeza.
—¡Era una broma! —dice su abuela observando el traje de neopreno de su nieta—. En realidad, encontré la caja del tanque de oxígeno bajo tu cama y pensé que quizá estabas planeando establecer «contacto».
—¿Estás enfadada conmigo? —pregunta Liz.
—Al menos ahora sé en qué te has gastado el dinero —dice Betty—. ¡Estaba bromeando de nuevo! En el libro que estoy leyendo dice que es bueno afrontar una situación difícil con sentido del humor.
—¿Qué libro? —pregunta Liz.
—Se titula Cómo hablar con una adolescente que acaba de morir.
—¿Y te está ayudando?
—Pues la verdad es que no —responde Betty meneando la cabeza—. Y ahora hablando en serio, me gustaría que no me hubieras mentido, pero no estoy enfadada contigo. Ojalá me hubieras pedido consejo, pero sé que no te resulta fácil hacerlo. Probablemente tengas tus razones.
Liz, conmovida por las palabras de su abuela, piensa que Amadou seguramente también tuvo sus razones para no detenerse.
—Vi al hombre que conducía el taxi. Me refiero al coche que me atropelló —dice Liz.
—¿Cómo es?
—Parece una buena persona —hace una pausa—. ¿Sabías que se dio a la fuga?
—Sí —responde Betty.
—¿Por qué no se detuvo? Una buena persona lo habría hecho. Y él tiene pinta de serlo.
—Estoy segura de que lo es, Liz. Las personas que conocemos no son buenas ni malas. Algunas veces son un poco buenas y bastante malas. Y otras, un poco malas y bastante buenas. Y la mayoría de nosotros caemos en un término medio.
Liz rompe a llorar y su abuela la abraza. De pronto sabe que no le dirá a nadie —hoy ni cualquier otro día— que Amadou era el conductor del taxi de la buena suerte. Sabe que no serviría de nada. Sospecha que Amadou es una buena persona. Debe haber una buena razón por la que no se detuvo. Y aunque no la hubiera, Liz se acuerda de repente de un detalle, de algo que no había querido recordar en todo ese tiempo.
—Betty —dice entre sollozos—, el día que fui al centro comercial no miré a ambos lados de la calle al cruzar. La luz del semáforo ya estaba en verde, pero yo no la vi porque estaba pensando en otra cosa.
—¿En qué pensabas? —inquiere Betty.
—¡En una estupidez! Pensaba en mi reloj de bolsillo, en que había olvidado cogerlo para llevarlo a arreglar al centro comercial. Ya me lo había dejado en casa en varias ocasiones. Estaba pensando si me quedaba tiempo para dar media vuelta e ir a buscarlo, pero no acababa de decidirme, porque al no llevar ningún reloj encima, no sabía la hora que era. Fue un gran círculo vicioso. ¡Oh, Betty, fue por mi culpa! ¡Sólo por mi culpa, y ahora estoy atrapada aquí para siempre!
—Aunque te parezca que vaya a ser para siempre, sólo serán quince años —dice dulcemente su abuela.
—El que él vaya a la cárcel no me devolverá la vida —susurra Liz—. No hay nada que pueda hacerlo.
—Entonces, ¿le perdonas?
—No lo sé, quiero hacerlo, pero… —su voz se apaga. Se siente vacía. La ira y el deseo de venganza le daban fuerzas. Pero al no tener a sus antiguas amigas para que la apoyen, ahora sólo le queda una sola pregunta: ¿qué va a hacer?
—Volvamos a casa —dice su abuela cogiendo la bolsa de plástico con una mano y sacudiendo la arena del traje de neopreno de Liz con la otra.
Toman el camino más largo para volver a casa. El aire estival es cálido y el traje de neopreno se le pega a la piel.
En un jardín un niño y una niña corretean por el césped entre los aspersores aunque ya sea de noche.
En un porche un hombre muy anciano, encorvado y enjuto, sentado en una mecedora, agarra de la mano a una bella joven pelirroja. Liz piensa que el anciano debe ser el abuelo de la joven, hasta que los ve besarse. «Te amo», susurra la mujer al oído del anciano. Lo contempla como si fuera la persona más maravillosa del mundo.
En otro jardín otros dos niños más o menos de la misma edad juegan a lanzarse la pelota con un desgastado guante de béisbol.
—¿Quieres que entremos ya en casa? —le pregunta uno de los niños al otro haciendo una pausa.
—No, papá, sigamos jugando —responde el otro.
—¡Sí, juguemos toda la noche! —exclama el primero.
Liz contempla realmente la calle de Betty por primera vez.
Se detienen en la entrada de la casa de piedra rojiza de su abuela, pintada en un vivo tono púrpura. (Por extraño que parezca, Liz no se había dado cuenta de ello hasta ahora.)
El aire estival está cargado del perfume de las flores de Betty. El aroma, piensa Liz, es dulce y melancólico. Se parece un poco a la muerte y al enamoramiento al mismo tiempo.
—No voy a ir más a las Cubiertas de Observación, Betty, voy a buscar mi vocación, y cuando la encuentre te devolveré todo el dinero que me has prestado, te lo prometo —dice Liz.
—Te creo —responde su abuela mirándola a los ojos—. Y te lo agradezco mucho —añade tomando la mano de su nieta entre las suyas.
—Siento mucho lo del dinero —dice Liz sacudiendo la cabeza—. No sé si te has dado cuenta, pero todo este tiempo… Creo que estaba un poco deprimida.
—Lo sé, cielo —replica su abuela—, lo sé.
—Betty, ¿cómo has podido aguantarme todo este tiempo? —inquiere Liz.
—Supongo que, al principio, por Olivia —responde Betty después de reflexionar unos momentos—. Te pareces mucho a ella.
—No creo que a nadie le guste que le digan que le aprecian porque se parece a su madre —observa Liz.
—He dicho, «al principio» —puntualiza su abuela.
—¿Así que no lo hiciste sólo por mamá?
—¡Claro que no, cariño! Lo hice por ti. Y por mí. Sobre todo por mí. Durante todo este tiempo me he sentido muy sola.
—¿Desde que llegaste a En Otro Lugar?
—Me temo que ya lo estaba mucho antes —confiesa Betty lanzando un suspiro—. ¿Te contó alguna vez tu madre por qué discutimos ella y yo?
—Tuviste una aventura amorosa —afirma Liz—, y durante mucho tiempo mamá no te lo perdonó.
—Sí, es cierto. En aquella época me sentía muy sola y desde entonces me he sentido así.
—¿Te has planteado volver a salir con alguien? —inquiere Liz con delicadeza.
Betty sacude la cabeza y se echa a reír.
—Ya he tenido bastante con el amor, me refiero al amor romántico. He vivido demasiados años y he visto demasiadas cosas.
—Mamá te perdonó, ¿sabes? De lo contrario no me habría puesto tu nombre.
—Quizá. Creo que se sintió triste cuando yo fallecí. Y ahora te sugiero que nos vayamos a acostar.
Por primera vez Liz duerme profundamente, sin soñar. Antes siempre soñaba con la Tierra por las noches.
Al despertarse por la mañana, llama a Aldous Ghent para preguntarle si aún está libre el trabajo del Departamento de Animales Domésticos.