Un círculo y una línea

Aunque Liz ha llegado al Registro con quince minutos de antelación, tarda casi venticinco en encontrar la oficina de aclimatación. Los planos que hay junto al ascensor hace mucho que han quedado obsoletos y ninguno de los empleados del edificio parece ser capaz de indicarle bien el camino. Cada vez que Liz intenta volver sobre sus pasos, descubre nuevas puertas a pesar de que juraría que no estaban ahí hace cinco minutos.

Elige al azar (ya que ahora cree en el poder del azar, como todos los que mueren de forma súbita) una de las nuevas puertas. Al abrirla se encuentra con un pasillo que da a otra puerta. Al leer el informal letrero que cuelga de ella, ve que detrás de la puerta se halla con carácter provisional la oficina de aclimatación.

Liz abre la puerta. En el interior descubre una zona de recepción de lo más común llena de gente. (Tal como Betty le había dicho, muchas personas han ido en pijama.) Si no fuera por el descolorido y más bien macabro póster que hay en la pared, habría creído encontrarse en la consulta de un médico. En el póster aparece una sonriente mujer con el pelo canoso incorporada en un ataúd de caoba. En él pone:

SÍ, ESTÁ MUERTO, ¿Y AHORA QUÉ?

La oficina de aclimatación está aquí para ayudarle.

La mujer de aspecto desagradable del mostrador de enfrente le recuerda a la del póster: también tiene un aspecto descolorido, anticuado y deprimente. Va peinada con un moño alto al estilo de la década de 1960 y su piel tiene un tono verdoso. En el mostrador hay una placa que pone YETTA BROWN.

—Perdone, tengo una cita a… —dice Liz.

Yetta Brown se aclara la garganta y le indica con la cabeza una campana que hay sobre el escritorio. Junto a la campana hay un letrero que dice: ¡Si desea que lo atiendan, toque la campana!

Liz obedece. Yetta Brown se aclara de nuevo la garganta y muestra una sonrisa de lo más forzada.

—Sí, ¿en qué puedo ayudarla?

—Tengo una cita a las ocho…

La falsa sonrisa de Yetta se transforma en un ceño fruncido.

—¿Por qué no me lo ha dicho antes? ¡Llega cinco minutos tarde para el vídeo! ¡Apresúrese, apresúrese, apresúrese!

—Lo siento —se disculpa Liz—, no pude encontrar…

—¡No tengo tiempo para sus disculpas! —la interrumpe Yetta.

A Liz no le gusta que la interrumpan.

—No tenía por qué inter…

—¡No tengo tiempo para sandeces! —exclama Yetta.

La mujer acompaña a Liz a una polvorienta y oscura habitación en la que se distingue un maltrecho vídeo y un televisor. En la habitación, que más bien parece un armario para material de oficina, apenas hay espacio para una silla.

—Vendré a buscarla cuando se haya terminado el vídeo —dice Yetta—. ¡Ah! ¡Y espero que disfrute de él! —añade de manera mecánica al salir.

Liz se sienta en la única silla. El vídeo es como uno de esos áridos vídeos informativos que de vez en cuando les pasaban en el noveno curso o en las clases de conducir del décimo, sobre temas como la «educación sexual» y la «seguridad vial».

La cinta se inicia con un loro parlante de dibujos animados. «Soy Polly —exclama el loro—. Si estás viendo este vídeo significa que estás ¡muerto, muerto, muerto! ¡Bienvenido, difunto! ¿Cómo estás?» Liz piensa que la animación es de baja calidad y Polly, un pelmazo.

El vídeo, con el detestable Polly como guía, cubre parte de lo que Liz y Betty ya han hablado: de cómo todos los habitantes de En Otro Lugar van volviéndose cada vez más jóvenes hasta convertirse en unos bebés, y cómo los bebés, cuando tienen siete días, viajan en el barco que desciende por el Río para regresar a la Tierra. «En la Tierra —grazna Polly—, la gente va envejeciendo desde el día que nace hasta que, en un momento indeterminado del futuro, muere, muere, muere.» En ese instante aparece en el vídeo un bebé de dibujos animados que, tras convertirse en un niño, en un adulto y en un anciano, acaba al final muriendo. «En cambio, En Otro Lugar —prosigue Polly—, la vida es más limitada: al llegar aquí después de morir, vas haciéndote más joven cada vez hasta convertirte en un bebé.» El anciano de los dibujos animados se convierte ahora en un adulto, en un niño y después en un bebé. «Cuando el adulto se vuelve un bebé de nuevo, está listo para ser enviado de vuelta a la Tierra, donde el proceso empieza de nuevo», grazna Polly. El bebé de dibujos animados se convierte entonces en un niño, en un adulto y en un anciano. Liz imagina el transcurso de su vida ilustrado en forma de dibujos animados. Mi vida sólo daría para los fotogramas que hay entre el niño y el adulto, piensa. Y luego se pregunta si en este proceso los chicos siguen siendo siempre chicos, si las chicas siguen siendo siempre chicas y si los perros siguen siendo siempre perros.

El vídeo también aborda un tema sobre el que Liz y Betty no han hablado con mucho detalle.

Liz aprende a calcular ahora la edad que tiene: ha de añadir a su edad actual la cantidad de años que lleva En Otro Lugar. De modo que ahora tiene 15-0 años. Y a aprender también a calcular por medio de un lioso cálculo que su nuevo cumpleaños es el 4 de enero, al sumar la cantidad de días que han pasado desde la fecha de su último cumpleaños al día de su muerte.

También aprende que En Otro Lugar no nace ni muere nadie. Sus habitantes a veces enferman y se lesionan, pero aquí el tiempo todo lo cura. Por eso las enfermedades no son ningún problema.

Y se entera de que está prohibido entrar en contacto con los habitantes de la Tierra («¡No puedes contactar con ellos! ¡De ninguna manera!», grazna Polly sacudiendo enérgicamente su pico amarillo de un lado a otro), pero uno puede, si lo desea, contemplar la Tierra desde las Cubiertas de Observación en cualquier momento. Las Cubiertas de Observación, como las que hay en el Nilo, que no sólo sirven para ver el funeral de uno, se encuentran en los barcos del puerto y en los faros que hay esparcidos por el lugar. Por sólo un eternim Liz puede ver durante cinco minutos a quienquiera o sea lo que sea lo que desee ver en la Tierra. Decide pedirle a Betty que la lleve esta misma noche a la Cubierta de Observación más cercana.

También aprende que aquí todo el mundo ha de elegir un pasatiempo. Por lo que ha podido deducir, un pasatiempo viene a ser como un trabajo, la única diferencia es que se supone que lo haces porque te gusta. Liz sacude la cabeza en esta parte del vídeo. ¿Cómo puede saber ella lo que desea hacer? ¡Y además sólo tiene quince años, aún no ha elegido una profesión!

Polly prosigue explicando a gritos la definición oficial de la palabra aclimatación: «Aclimatación es el proceso a través del cual los que acaban de morir se convierten en residentes de En Otro Lugar. Así que ¡bienvenido, bienvenido, bienvenido, difunto!»

Y Liz aprende muchas, muchas, muchas otras cosas de las que está segura se olvidará.

El final del vídeo trata sobre todo de algunas cuestiones metafísicas de En Otro Lugar. Habla acerca de que la existencia humana es como un círculo y una línea al mismo tiempo. Es un círculo porque todo lo que era viejo se vuelve nuevo y todo lo que era nuevo se vuelve viejo. Y una línea, porque el círculo se extiende indefinidamente, con una infinita continuidad. La gente muere. Nace. Y vuelve a morir. Cada nacimiento y cada muerte son como un pequeño círculo, y la suma de todos esos círculos constituyen una vida y una línea. Durante la explicación sobre la existencia humana Liz se queda dormida sin querer.

Se despierta sobresaltada al cabo de pocos minutos al oír la voz de Yetta Brown amonestándola:

—¡Espero que no haya estado dormida todo el tiempo! ¡Vamos, levántese! ¡Levántese ahora mismo!

—Lo siento —se disculpa Liz poniéndose en pie de un salto—. Es que el hecho de haber muerto me ha dejado agotada y…

—¡No soy yo sino usted la que se está perjudicando con su conducta! —la interrumpe Yetta Brown y luego lanza un suspiro—. Ahora tiene la cita de aclimatación con Aldous Ghent, su orientador. El señor Ghent es un hombre muy importante, así que es mejor que no se quede dormida durante su entrevista con él.

—No creo que me haya perdido demasiada información del vídeo, de verdad —se disculpa Liz.

—¡Muy bien! Entonces, dígame por qué la existencia humana es como un círculo y una línea —le exige Yetta.

Liz se estruja los sesos.

—Es un círculo porque, mmm… La Tierra es una esfera, una especie de, mmm… ¿círculo tridimensional?

Yetta sacude indignada la cabeza.

—¡Ya me lo suponía!

—Mire, siento haberme quedado dormida —dice Liz hablando muy deprisa para evitar ser interrumpida—. ¿Quizá podría ver el final del vídeo de nuevo?

Yetta Brown la ignora.

—Nos queda mucho por hacer hoy, señorita Hall. Las cosas le irán mucho mejor si consigue mantenerse despierta.

—Ésta es Elizabeth Marie Hall, señor Ghent —dice Yetta pronunciando el nombre de Liz como si fuera tan desagradable como la palabra gingivitis. Aldous Ghent levanta la mirada al verlas entrar en su despacho.

—Gracias, señorita Brown —Yetta prácticamente le da con la puerta en las narices sin dignarse responderle—. ¿Quizá no me ha oído? Creo que está un poco sorda. Siempre me está interrumpiendo.

Liz ríe amablemente.

—Hola, Elizabeth Hall. Soy Aldous Ghent, tu orientador de aclimitación. Siéntate, por favor —dice señalándole una silla frente a su escritorio. Pero la silla está cubierta de papeles. En realidad, todo su despacho sin ventanas está rodeado de papeles.

—¿Puedo sacar estos expedientes de la silla? —pregunta Liz.

—¡Oh, sí, por favor! —responde Aldous sonriendo y luego echa una triste mirada a su abarrotado despacho—. Tengo demasiado trabajo administrativo. Me temo que estos papeles están llenos de papeleo.

—Quizá necesita un despacho más grande —sugiere Liz.

—Hace mucho que me están prometiendo uno nuevo. Es lo que con más ansias espero, aparte de que me vuelva a crecer el pelo —observa dándose unas cariñosas palmaditas en su pelada calva—. Empecé a perderlo a los veinticinco años, o sea que supongo que aún habré de esperar unos treinta y seis años más para que vuelva a crecerme del todo. Pero lo triste del caso es que al convertirnos en bebés volvemos a perder el pelo casi por completo. O sea que, por lo que veo, sólo disfrutaré de él durante veinticuatro años antes de que se me vuelva a caer. ¡Qué se le va a hacer! —exclama Aldous lanzando un suspiro.

Liz se pasa los dedos a modo de peine por el nuevo pelo que le está creciendo.

—El año pasado me volvieron a salir los dientes. ¡Fue una auténtica tortura! Mi mujer no podía pegar ojo por las noches por culpa de mis lloriqueos y gemidos —le confiesa Aldous mostrándole los dientes—. Esta vez los voy a cuidar bien. Las dentaduras postizas son un asco. Un coñazo. Son mmm…

—¿Una mierda? —sugiere Liz.

—Sí, una mierda —dice Aldous echándose a reír—, de veras. El ruido que haces cuando comes con ellas es como el de una ventosa.

En medio del escritorio hay una pila de papeles, Aldous coge con cuidado el expediente de encima. Lo abre y pregunta a Liz leyéndolo en voz alta:

—¿Eres de las islas Bermudas y falleciste allí en un accidente marítimo?

—Mmm…, pues no —dice Liz.

—¡Disculpa! —exclama Aldous eligiendo otro dossier—. Entonces, eres de Manhattan y tuviste, ¡oh!, un cáncer de mama. ¿Verdad?

Liz se lo niega con la cabeza. ¡Si apenas tiene pecho!

Aldous elige un tercer expediente.

—¿Eres de Massachusetts? ¿Falleciste de un traumatismo craneal al tener un accidente cuando ibas en bicicleta?

Liz asiente con la cabeza. Ésta sí que es ella.

—Bueno —dice Aldous encogiéndose de hombros—, al menos fue una muerte rápida. Salvo por los días en que estuviste en coma, aunque probablemente no te acuerdas de ello.

No, no recuerda nada.

—¿Cuánto tiempo estuve en coma?

—Cerca de una semana, pero ya estabas clínicamente muerta. De modo que tus pobres padres tuvieron que decidir desconectarte de la máquina. Mi mujer Rowena y yo también tuvimos que hacer lo mismo con Joseph, nuestro hijo, cuando estábamos en la Tierra. Su mejor amigo le pegó un tiro sin querer mientras jugaba con una vieja escopeta que yo tenía guardada. Fue el peor día de mi vida. Si alguna vez tienes hijos… —Aldous se detiene de golpe.

—Si alguna vez tengo hijos, ¿qué?

—Lo siento. No sé por qué lo he dicho. En Otro Lugar nadie puede tener hijos —observa él.

Liz tarda unos momentos en asimilar la información. Por el tono de voz de Aldous, sabe que él cree que esta noticia la entristecerá. Pero ella ni siquiera ha pensando en tenerlos.

—¿Ves a tu hijo ahora? —pregunta Liz.

Aldous lo niega con un movimiento de cabeza.

—No, cuando Ro y yo llegamos aquí, él ya había regresado a la Tierra. Me hubiera gustado volver a verlo, pero no pudo ser —dice Aldous sonándose la nariz—. Es por la alergia —se disculpa.

—¿Qué clase de alergia? —inquiere Liz.

—¡Oh! —responde Aldous—, soy alérgico a los recuerdos tristes. Es de lo peorcito que hay. ¿Te gustaría ver una fotografía de Rowena, mi mujer?

Liz asiente con la cabeza.

—Ésta es mi Rowena —dice con orgullo mostrándole una fotografía con un marco de plata de una encantadora señora japonesa de la edad de Aldous.

—Es muy elegante —observa Liz.

—Sí, ¿verdad? Fallecimos el mismo día al estrellarse el avión en el que viajábamos.

—Es horrible.

—No —dice Aldous—, en realidad tuvimos mucha, muchísima suerte.

—Yo tardé mucho tiempo en comprender que había muerto —le confiesa Liz—. ¿Es normal?

—¡Claro que sí! —responde Aldous tranquilizándola—, cada persona tarda su tiempo en aclimatarse. Algunas, al llegar a En Otro Lugar, aún creen estar soñando. Conozco a un hombre que estuvo aquí durante cincuenta años y luego regresó a la Tierra sin saber que había muerto en todo ese tiempo —añade encogiéndose de hombros—. Depende de cómo uno muera, de la edad que tenga… Depende de muchos factores y todo ello forma parte del proceso. A los jóvenes sobre todo os cuesta daros cuenta de que habéis muerto.

—¿Por qué?

—Porque tendéis a creer que sois inmortales. A muchos de vosotros, Elizabeth, ni siquiera os cabe en la cabeza que podáis morir.

Aldous se dispone a explicarle todas las cosas que deberá hacer en los siguientes meses. Al parecer, el hecho de morirse comporta mucho más trabajo del que Liz había creído. En cierto modo, no es tan distinto de ir al instituto.

—¿Tienes alguna idea de cuál podría ser tu pasatiempo? —le pregunta Aldous.

—Pues no —dice Liz encogiéndose de hombros—. En la Tierra aún no ejercía ninguna profesión porque todavía iba al instituto.

—¡Oh, no, no, no! —exclama Aldous—. Un pasatiempo no es un trabajo. ¡El trabajo tiene que ver con el prestigio! ¡El dinero! En cambio un pasatiempo es algo que haces para que tu alma se sienta completa.

Liz pone los ojos en blanco.

—Por tu expresión ya veo que no me crees —dice Aldous—. Por lo visto estoy tratando con una cínica.

Ella se encoge de hombros. ¿Quién no sería un cínico en su situación?, piensa.

—¿Había en la Tierra alguna actividad que te apasionara?

Liz se encoge de hombros de nuevo. En la Tierra se le daban bien las matemáticas, las ciencias y la natación (incluso el verano pasado se había sacado el carné de buceo), pero no se podía decir que sintiera pasión por estas actividades.

—¿Cualquier cosa, alguna en especial?

—Los animales. Quizá algo que tenga que ver con los animales o los perros —responde al fin Liz pensando en Lucy, la querida perrita que tenía en la Tierra.

—¡Estupendo! —exclama Aldous—. ¡Estoy seguro de que encontraremos alguna fabulosa actividad para ti relacionada con los perros!

—He de pensar un poco en ello —observa Liz—. Aún tengo que asimilar muchas cosas.

Aldous le pide que le explique un poco cómo era su vida en la Tierra. Al disponerse a contarle su antigua vida, Liz tiene la sensación de estar hablando de otra persona. Había una vez una joven llamada Elizabeth que vivía en Medford, Massachusetts.

—¿Eras feliz? —inquiere Aldous.

Liz reflexiona un momento antes de contestar.

—¿Por qué quieres saberlo?

—No te preocupes. No es ningún test. Sólo es algo que he de preguntaros a todos.

En realidad, Liz nunca había pensado en ello hasta ahora. Y al no habérselo planteado, supone que debía ser feliz, porque cuando eres feliz no necesitas preguntarte si lo eres o no, ¿verdad? Eres feliz y punto, piensa ella.

—Supongo que debía serlo —responde ella. Y en cuanto acaba de decirlo, sabe que es cierto. En ese momento una absurda lagrimita errante se desliza por el rabillo de uno de sus ojos. Liz se la seca rápidamente con el dorso de la mano. Y luego aparece otra, y otra, y al cabo de un instante descubre que está llorando.

—¡Vaya, por Dios! ¡Vaya, por Dios! —exclama Aldous—. Lo siento si mi pregunta te ha hecho llorar —dice excavando bajo una de las pilas de papeles buscando su cajita de pañuelos desechables. Iba a darle uno, pero decide ofrecerle la cajita entera.

Liz contempla la cajita de pañuelos decorada con dibujos de muñecos de nieve realizando varias actividades navideñas. Uno de los muñecos está metiendo felizmente en el horno una bandeja de galletas de jengibre en forma de sonrientes hombrecitos. Hornear esta clase de galletas, o cualquier otra cosa, es un suicidio para un muñeco de nieve, piensa Liz. ¿Por qué lo hace si sabe que se derretirá al acercarse al horno? ¿Puede un muñeco de nieve incluso comer? Se queda mirando pensativamente la cajita.

Aldous saca un pañuelo y, poniéndolo en la nariz de Liz, le ordena como si fuera una niña pequeña de cinco años:

—Suénate.

Liz obedece.

—Últimamente lloro por nada —se disculpa ella.

—Es normal.

Ha sido feliz en la Tierra. ¡Qué asombroso!, piensa Liz. Durante todo el tiempo que había estado en ella, nunca se había imaginado ser una chica especialmente feliz. Como muchas jóvenes de su edad, se había sentido malhumorada y triste por unas razones que ahora le parecían totalmente absurdas: por no ser la más popular del instituto, por no tener novio, por su hermano que a veces la molestaba y por sus pecas. En muchos sentidos ahora veía que había estado esperando que le ocurriera la mejor parte de la vida: vivir sola, ir a la universidad y conducir su propio coche. Pero por fin había visto la verdad. Había sido feliz en la Tierra. Feliz, feliz, feliz. Sus padres la habían querido mucho, su mejor amiga había sido la chica más comprensiva y maravillosa del mundo, en el instituto no había tenido ningún problema, su hermano no se había portado tan mal con ella, a Lucy le encantaba dormir junto a su cama y, sí, sus compañeros la habían considerado una chica guapa. Liz se da cuenta de que, hasta una semana antes, su vida había sido un camino de rosas. Había tenido una existencia feliz y sencilla, pero ahora todo había cambiado.

—¿Te encuentras bien? —le pregunta Aldous en un tono preocupado.

Ella asiente con la cabeza, aunque no esté bien.

—Echo de menos a Lucy, mi perra —dice preguntándose junto a quién estará durmiendo ahora.

—Por suerte los perros viven mucho menos que las personas —observa él sonriendo—. Tal vez vuelvas a verla algún día.

Aldous se aclara la garganta.

—Quería decírtelo antes. Las personas que mueren, como en tu caso, a los dieciséis años o a una edad más temprana, pueden ser enviadas antes a la Tierra.

—¿A qué te refieres? —inquiere Liz.

—A los jóvenes a veces os cuesta mucho el proceso de adaptaros a la vida de En Otro Lugar y no lográis aclimataros. Así que, si quieres, puedes volver antes a la Tierra. Sólo has de exponer tu intención de hacerlo durante el primer año en que estés aquí. Se llama la Cláusula del Evasor.

—¿Podría entonces volver a mi antigua vida?

Aldous se echa a reír.

—¡Oh, no, no, no! —exclama él—. Tendrías que empezar de nuevo como un bebé. Como es natural, quizá vuelvas con tus padres, pero ellos no te reconocerán ni tampoco tú te acordarás de ellos.

—¿Hay algún modo de volver a mi antigua vida?

—Escucha, Elizabeth —le dice Aldous mirándola con dureza—. Ya no puedes volver a tu antigua vida ni tampoco debes intentar hacerlo. Tu antigua vida ha terminado y nunca podrás recuperarla. Quizás oigas hablar de un lugar llamado el Pozo…

—¿Qué es el Pozo? —le interrumpe Liz.

—Está terminantemente prohibido ir a él. Y ahora deja que te hable de la Cláusula del Evasor —añade Aldous.

—¿Por qué está prohibido?

Aldous sacude la cabeza negándose a darle más explicaciones.

—Lo está y punto. En cuanto a la Cláusula del Evasor…

—No creo que esté hecha para mí —le interrumpe Liz. Por más que eche de menos la Tierra, ahora comprende que lo que más echa en falta son las personas que ha conocido en ella. Pero si no van a reconocerla, no tiene ningún sentido regresar. Y además todavía no quiere ser un bebé.

Aldous asiente con la cabeza.

—Por supuesto, aún tienes un año para decidirte.

—Lo entiendo —Liz hace una pausa—. Mmm… Aldous, ¿puedo preguntarte una cosa más?

—¿Quieres saber si Dios tiene algo que ver con todo esto, verdad? —inquiere él.

Liz se queda muy sorprendida. Aldous le ha leído el pensamiento.

—¿Cómo sabías que era eso lo que iba a preguntarle?

—Digamos que ya llevo varios años en este trabajo —dice él sacándose las gafas con montura de carey y frotándolas en sus pantalones para limpiarlas—. Dios sigue siendo tal como tú antes te lo imaginabas. Nada ha cambiado.

¿Cómo puede Aldous decir eso?, se pregunta Liz, ya que para ella todo ha cambiado.

—Creo que acabarás descubriendo —prosigue él— que morir forma parte de vivir, Elizabeth. Con el tiempo quizá llegues a ver tu muerte como un nacimiento. Considéralo simplemente como Elizabeth Hall: la continuación —observa volviéndose a poner las gafas—. ¡Santo Dios! —exclama—. ¿Sabes la hora que es? He de llevarte a tiempo al Departamento de las Últimas Palabras, si no Sarah me va a cortar la cabeza.