Las Últimas Palabras

En el Departamento de las Últimas Palabras Liz se encuentra con una eficiente mujer que le recuerda a la monitora de un campamento de verano.

—¡Hola, señorita Hall! —le dice la mujer—. Soy Sarah Miles y sólo necesito confirmar cuáles fueron tus últimas palabras.

—No sé si podré recordarlas. Me he pasado mucho tiempo sin saber siquiera que había muerto —se disculpa Liz.

—¡Oh, no te preocupes! No es más que una formalidad —responde Sarah consultando un libro del tamaño de una enciclopedia que huele a viejo—. Pues aquí pone que tus últimas palabras, o más bien tu última palabra, fue «mmm…»

Liz espera que Sarah termine de hablar. En realidad siente una gran curiosidad por saber cuáles fueron sus últimas palabras. ¿Fueron profundas? ¿Tristes? ¿Patéticas? ¿Desgarradoras? ¿Iluminadoras? ¿Airadas? ¿Horrorizadas? Después de unos momentos de silencio, Liz se da cuenta de que Sarah la está mirando.

—¿Y? —inquiere Liz.

—¿Y? —repite Sarah—. ¿Fue «mmm…»?

—¿Si fue mmm… qué? —pregunta Liz.

—¿Fue «mmm…» la última palabra que dijiste?

—¿Me estás diciendo que lo último que dije fue «mmm…»?

—Eso es lo que aquí pone y el libro nunca se equivoca —contesta Sarah dando unas cariñosas palmaditas al volumen.

—¡Dios, no puedo creer que fuera tan patética! —exclama Liz sacudiendo la cabeza.

—¡Oh!, no es tan mala —dice Sarah sonriendo—. He oído peores.

—Ojalá hubiera dicho algo más… —Liz hace una pausa—. Algo más, mmm… —su voz se apaga.

—¡Muy bien! —exclama Sarah después de compadecerse de Liz durante exactamente tres segundos—. De modo que sólo necesito que me eches una firmita.

—Si ya sabes lo que dije, ¿por qué he de firmar que ésas fueron mis palabras? —pregunta Liz mosqueada porque lo último que dijo en la Tierra fue «mmm…».

—No lo sé. Son los trámites que hay que seguir aquí.

Liz lanza un suspiro.

—¿Dónde tengo que firmar?

Mientras se va, reflexiona sobre sus últimas palabras. Si lo último que dices al morir en cierto modo refleja toda tu existencia, entonces mmm… le parece una palabra extrañamente adecuada, porque no significa nada. Mmm… es lo que dices mientras estás pensando en lo que vas a decir. Mmm… sugiere a alguien a quien han interrumpido antes de empezar a hablar. Mmm… es una chica de quince años arrollada por un taxi delante del centro comercial cuando se disponía a elegir un vestido para una fiesta a la que ni siquiera iba a ir, ¡por Dios! Mmm… Liz sacude la cabeza, haciéndose la promesa de sacar mmm… y todas las otras palabras sin sentido (esto…, espero, ¿qué?, pues, supongo, oh, eh, quizá) de su vocabulario.

Cuando vuelve al vestíbulo de la Oficina de Aclimatación, Liz se alegra al ver una cara conocida.

—¡Thandi!

Ésta se da la vuelta y esboza una gran sonrisa.

—¿Tú también acabas de confirmar tus últimas palabras?

Liz asiente con la cabeza.

—Por lo visto todo cuanto dije fue «mmm…», aunque estaba demasiado hecha polvo como para recordarlo. ¿Y tú que dijiste?

—Pues… —dice Thandi dudando—, no sé si debo repetirlas.

—Venga —la anima Liz—, yo te he dicho la mía, que por cierto no podía ser más ridícula.

—¡Vale, te lo diré! Dije: «¡Santo Dios!, ¡Flaco, creo que me han pegado un tiro en la cabeza!» Sólo que además exclamé «joder» un par de veces. Y luego la palmé.

Liz suelta unas risitas.

—Al menos fuiste descriptiva y precisa.

Thandi sacude la cabeza negándolo.

—Ojalá no lo hubiera dicho. Normalmente no suelo hablar así, pero ahora esta palabra quedará archivada para siempre en el libro.

—Venga, Thandi, no te pases. ¡Te acababan de pegar un tiro en la cabeza! Creo que en estas circunstancias es correcto decir «joder».

—¡No me lo recuerdes! —exclama su amiga interrumpiéndola.

En ese momento Aldous Ghent irrumpe en el vestíbulo.

—¡Oh!, siento interrumpir vuestra conversación —dice—, pero he de hablar un momento con Elizabeth.

—¡No te preocupes! —exclama Thandi—, yo ya estaba a punto de irme. Me he alegrado mucho de verte —le susurra a Liz—. Me quedé preocupada pensando que quizá te habías quedado en el barco para siempre.

Liz lo niega con un movimiento de la cabeza.

—¿Dónde vives ahora? —le pregunta Liz cambiando de tema.

—Vivo con mi prima Shelly… Creo que ya te he hablado de ella.

—¿Se encuentra… —Liz hace una pausa— mejor ahora?

—Sí, gracias por preguntarlo —responde Thandi sonriendo—. Has de venir a vernos. Le he contado a Shelly todo sobre ti. Ven a vernos cuando quieras. Ella es casi de nuestra misma edad y siempre es agradable que alguien te haga una visita.

—Lo intentaré —dice Liz.

—Espero que sea más que eso —responde Thandi dirigiéndose hacia la salida.

—¡Bonito pelo! —observa Aldous contemplando a Thandi mientras se aleja.

—Sí —asiente Liz.

—Elizabeth, acabo de tener una fantástica idea —dice él—. Antes me mencionaste que te gustaría trabajar con animales, ¿verdad?

—Sí.

—Hay un puesto libre de trabajo y en cuanto me enteré pensé en ti. «¡Caramba, Aldous, es providencial!», me dije. ¿Lo aceptarás? —inquiere plantado ante ella con una sonrisa de oreja a oreja.

—Mmm… ¿de qué se trata? —¡Otra vez he pronunciado esa palabra!, piensa Liz.

—¡Oh, sí, claro! Deja que me ocupe de enganchar el caballo a la carreta. O más bien, la carreta al caballo. Supongo que el caballo va delante de la carreta y no detrás. Tengo tan poca experiencia con los caballos y las carretas. ¡Ah, sí, el trabajo! Pues es un puesto en la sección de animales domésticos del Departamento de Aclimatación.

—¿Y en qué consiste?

—En realidad se parece al trabajo que hago yo —dice Aldous Ghent—, sólo que habrás de ocuparte de las mascotas de la Tierra que acaban de morir. Estoy seguro de que eres perfecta para ese puesto.

—Mmm… —murmura Liz. ¿Es que no puedo dejar de decir «mmm»?, piensa de nuevo—. Mmm…, parece interesante.

—A propósito, hablas canino, ¿verdad?

—¿Canino? —inquiere ella—. ¿Qué significa «canino»?

—El lenguaje de los perros. ¡Santo cielo! ¿Aún no lo enseñan en las escuelas de la Tierra? —Aldous parece realmente horrorizado ante tamaña posibilidad.

Liz mueve la cabeza negativamente.

—¡Qué lástima! —exclama él—, porque es una de las lenguas más bellas que existen. ¿Sabías que tiene más de trescientas palabras para referirse al «amor»?

Liz piensa en su dulce Lucy que dejó atrás en la Tierra.

—No, pero no me sorprende para nada —responde.

—Siempre me ha parecido un defecto de la educación de la Tierra el que sólo se enseñe a los niños a comunicarse con los de su propia especie, ¿no crees? —observa Aldous.

—¿El no saber hablar, esto…, canino significa que ya no puedo trabajar en el Departamento de…? ¿Cómo dijiste que se llamaba?

—Departamento de Aclimatación, en la sección de animales domésticos. No necesariamente. ¿Se te dan bien los idiomas, Elizabeth?

—¡Muy bien! —miente Liz. El español era la asignatura en la que peores notas sacaba.

—¿Estás segura? —le pregunta él ladeando la cabeza pensativamente.

—Sí, y por si te interesa saberlo, cuando estaba en la Tierra quería ser veterinaria.

—Una maravillosa profesión, pero por desgracia, o quizá por suerte, aquí no es necesaria. En este sitio el tiempo y el descanso lo curan todo. Es uno de los muchos beneficios de vivir en una cultura en la que uno se va volviendo cada vez más joven. En Otro Lugar tampoco hay médicos. Aunque sí hay enfermeras, tanto para los animales como para las personas, y una buena cantidad de psicólogos, terapeutas, psiquiatras y otros profesionales de la salud mental. Aunque el cuerpo esté sano, descubres que la mente… La mente tiene su propias ideas —dice Aldous riendo—. Pero me estoy apartando del tema. ¿Qué me dices? ¿Te gusta el trabajo? —le pregunta sonriendo.

Al principo Liz creyó que disfrutaría con ese trabajo, pero ahora ya no está tan segura. ¿De qué le sirve prepararse para un nuevo trabajo (y aprender además una nueva lengua) si ha de volver a la Tierra al cabo de quince años?

—No estoy segura —admite por fin.

—¿No estás segura? Pero si hace un momento parecías tan…

—Tiene pinta de ser un buen trabajo —le interrumpe Liz—, pero… —se aclara la garganta—. Estoy pensando que antes necesito un poco de tiempo para mí. Aún no he acabado de asimilar la idea de estar muerta.

Aldous asiente con la cabeza.

—Es lógico —observa él volviendo a asentir con la cabeza, pero Ella se da cuenta de que los cabeceos de Aldous ocultan en realidad su decepción.

—No he de decidirlo hoy, ¿verdad? —pregunta Liz.

—No —responde él—. No tienes por qué hacerlo. Podemos volver a hablar de ello la próxima semana. Pero no olvides que quizás el puesto ya no esté vacante entonces.

—Lo comprendo —dice Liz.

—He de avisarte, Elizabeth. Cuanto más tardes en empezar tu nueva vida, más te costará hacerlo.

—¿Mi nueva vida? ¿Qué nueva vida? —la voz de Liz se vuelve de pronto dura y su mirada fría.

—Pues ésta —dice Aldous—, la nueva vida que tienes.

Liz se echa a reír.

—Estás bromeando, ¿verdad? Aunque la llames vida, no es más que la muerte.

—Si esto no es vida, ¿qué es entonces? —le dice Aldous.

—Mi vida está en la Tierra y no aquí —dice ella—. Con mis padres y mis amigas. Mi vida ya no existe.

—No, Elizabeth, estás muy equivocada, no puedes estarlo más.

—Estoy muerta, ¡MUERTA! —grita ella.

—La muerte no es más que un estado mental —observa Aldous—. Hay mucha gente en la Tierra que vive su vida estando muerta, pero tú probablemente eres demasiado joven para entender lo que quiero decir.

Sí, piensa Liz, ¡eso mismo! Oye el reloj anunciando las cinco.

—He de irme. Mi abuela me está esperando.

—Prométeme que te plantearás lo del trabajo —le grita Aldous mientras ella se va corriendo.

Liz no le responde. Ve el coche de su abuela aparcado delante del Registro. Abre la portezuela y entra en él. Antes de que a su abuela le dé tiempo de decir algo, Liz le pregunta:

—¿Podríamos ir ahora a una de las Cubiertas de Observación?

—¡Oh, Liz, es tu verdadera primera noche aquí! ¿No prefieres hacer alguna otra cosa? Podemos hacer lo que a ti te apetezca.

—Lo que de veras quiero es ver a mamá, a papá y a Alvy. Y a Zooey, mi mejor amiga. Y también a algunas otras personas. ¿Me llevarás?

Betty lanza un suspiro.

—¿Estás segura, cariño?

—Sí, es lo que más deseo del mundo.

—De acuerdo —dice Betty—. Hay una cerca de casa.