En el mar
Elizabeth Hall se despierta en la extraña cama de una extraña habitación con la extraña sensación de que las sábanas la están intentando envolver.
Liz (Elizabeth para sus maestros; Lizzie en casa, salvo cuando se mete en problemas, y Liz para el resto del mundo) al enderezarse en la cama se golpea la cabeza con una litera. Desde lo alto una voz exclama protestando: «¡Ah, jolín!»
Al inspeccionar la litera de arriba, ve que hay una chica durmiendo en ella, o al menos intentando dormir. La chica, de casi su misma edad, lleva un camisón blanco y tiene una larga melena negra peinada en un montón de elaboradas trencitas adornadas con cuentas.
—Perdona —le dice Liz—, pero ¿tienes alguna idea de dónde estamos?
La chica bosteza y se frota los ojos para lograr abrirlos. Primero mira a Liz y después al techo, al suelo, a la ventana y a Liz de nuevo. Pasándose la mano por las trenzas, lanza un suspiro.
—En un barco —le responde volviendo a bostezar.
—¿A qué te refieres al decir que estamos «en un barco»? —pregunta Liz.
—A que aquí hay mucha agua, montones y montones de agua. Si miras por la ventana, la verás —responde antes de volver a arroparse con las sábanas—. ¡Si lo hubieras hecho, no habrías necesitado despertarme!
—Lo siento —susurra Liz.
Al mirar por la portilla que hay a la altura de su cama, descubre la oscuridad que antecede al alba extendiéndose a cientos de millas de distancia y el océano envuelto en una buena capa de niebla. Al entrecerrar los ojos, divisa en la lejanía un paseo marítimo. En él ve las siluetas de sus padres y la de Alvy, su hermanito. Tienen un aspecto fantasmal y se van empequeñeciendo por momentos: su padre está llorando desconsoladamente y su madre lo sujeta para que no se desplome. Pese a la distancia, Alvy parece estar mirándola y diciéndole adiós con la mano. Diez segundos más tarde, la niebla se traga a su familia.
Liz vuelve a echarse en la cama. Aunque se siente como si estuviera despierta, sabe que está soñando por varias razones: en primer lugar, porque no puede estar viajando en un barco, ya que se supone que está acabando el décimo curso del instituto; en segundo lugar, porque si se hubiera ido de vacaciones, sus padres y Alvy, por desgracia, estarían con ella; y en tercer lugar, porque sólo en sueños puedes ver cosas que no tienen ni pies ni cabeza: como a tu familia en un paseo marítimo desde cientos de millas de distancia. Cuando Liz llega a la cuarta razón, decide levantarse de la cama, porque piensa que es un desperdicio seguir durmiendo cuando estás soñando.
Se dirige a la cómoda cruzando de puntillas la habitación para no despertar a la otra chica. Al fijarse en el mueble, descubre que es verdad que se encuentra en un barco, porque está atornillado al suelo. Aunque la habitación no le resulta desagradable, piensa que tiene un aire solitario y triste, como si muchas personas la hubieran visitado pero ninguna hubiera decidido quedarse en ella.
Al abrir los cajones de la cómoda ve que están vacíos. No hay nada en ellos: ni siquiera una Biblia. Aunque intenta no hacer ruido, el último cajón se le escapa de las manos cerrándose de golpe con tan mala suerte que aquella chica se vuelve a despertar.
—¡Eh, que hay gente durmiendo! —le grita la joven.
—Lo siento. Estaba revisando los cajones. Por si no lo sabías, están vacíos —se disculpa Liz sentándose en la litera de abajo—. Me gusta tu pelo.
—Gracias —le contesta la otra chica acariciándose las trenzas.
—¿Cómo te llamas? —pregunta Liz.
—Thandiwe Washington, pero me llaman Thandi.
—Yo soy Liz.
Thandi bosteza.
—¿Tienes dieciséis años?
—Los cumplo en agosto.
—Yo los cumplí en enero. Liz —dice mirando hacia su litera y alargando la «i» de su nombre con un ligero acento sureño—, ¿te importa si te hago una pregunta personal?
—No.
—Pues quería saber… —Thandi hace una pausa antes de proseguir— si eres una cabeza rapada o algo parecido.
—¿Una cabeza rapada? ¡No, claro que no! —responde ella arqueando una ceja. ¿Por qué me lo preguntas?
—Porque apenas tienes pelo —contesta Thandi señalando su pelada cabeza, cubierta sólo por un incipiente pelo rubio claro que le está empezando a crecer.
Liz se acaricia la cabeza con la mano disfrutando de su extraña suavidad. El tacto del pelo que le está creciendo le recuerda el del plumón de un polluelo. Se levanta de la cama y contempla su reflejo en el espejo. Ve a una chica delgada de casi dieciséis años con una piel muy pálida y unos ojos de color azul verdoso. La chica tiene la cabeza rapada.
—¡Qué extraño! —exclama Liz. En la vida real tiene una larga y lacia melena rubia que se le enreda fácilmente.
—¿No lo sabías? —inquiere Thandi.
Ella analiza la pregunta. En el fondo de su mente recuerda estar tendida en una cama en medio de una habitación iluminada con una cegadora luz mientras su padre le afeita la cabeza. No. Liz se acuerda ahora de que no era su padre. Le había parecido que era él porque tenía su misma edad. Recuerda estar llorando y oír a su madre decir: «No te preocupes, Lizzie, te volverá a crecer». No, eso tampoco fue así. No era ella sino su madre la que lloraba. Durante un momento intenta recordar si este episodio ocurrió de verdad. Decide que no quiere seguir pensando en ello.
—¿Quieres ver qué más hay en el barco? —le pregunta a Thandi.
—¿Por qué no? De todos modos ya estoy despierta —responde ella bajando de la litera.
—Me pregunto si puedo encontrar una gorra en alguna parte —dice Liz. Aunque no sea más que un sueño, no quiere ir por ahí dando la impresión de ser una cabeza rapada. Abre el armario y mira bajo la cama: no hay nada, como en la cómoda.
—No te sientas mal por tu pelo, Liz —dice Thandi dulcemente.
—No me siento mal. Sólo que me parece extraño —le responde ella.
—¡Eh, a mí también me ha pasado algo muy raro! —admite Thandi levantándose la cubierta de trencitas como si fuera el telón de un teatro—. ¡Tachán! —exclama mostrando una pequeña aunque profunda y reciente herida en la base del cráneo.
La herida tiene poco más de un centímetro de diámetro, pero Liz se da cuenta de que es una lesión sumamente grave.
—¡Caramba, Thandi!, espero que no te duela.
—Al principio me dolía un montón, pero ahora ya no. En realidad creo que está curándose —dice Thandi cubriéndola de nuevo con las trencitas.
—¿Cómo te la hiciste?
—No me acuerdo —responde ella frotándose la cabeza como si quisiera estimularse la memoria con las manos—. Puede que me la hiciera hace mucho tiempo, pero también podría habérmela hecho ayer. ¿Entiendes lo que te quiero decir?
Liz asiente con la cabeza. Aunque en realidad no lo ha entendido, pero no cree que valga la pena discutir con la clase de absurdas personas con las que uno se encuentra en un sueño.
—Tenemos que irnos —dice Liz.
Al salir de la habitación Thandi se mira por un instante en el espejo.
—¿Crees que importa que las dos vayamos en pijama? —pregunta.
Liz contempla el camisón blanco de Thandi. Ella también lleva un pijama blanco de hombre.
—¿Por qué tendría que importarnos? —responde, pensando que es mucho peor ir con la cabeza rapada que con pijama—. Además, Thandi, ¿acaso no llevas esta clase de ropa mientras duermes? —Liz está a punto de girar el pomo de la puerta. Alguien en alguna parte le dijo que nunca debía, bajo ninguna circunstancia, abrir una puerta en sueños. Como no se acuerda de quién era o de por qué no debía abrirlas, decide ignorar el consejo.