Curtis Jest
Liz y Thandi se descubren en un pasillo con cientos de puertas como la que acaban de cerrar a sus espaldas.
—¿Cómo crees que vamos a encontrarla de nuevo? —le pregunta Thandi.
—Dudo que tengamos que hacerlo —responde Liz—. Probablemente me despertaré antes, ¿no crees?
—Pues por si no es así, el número de nuestra habitación es el 130002 —le recuerda Thandi.
Liz le señala un letrero pintado a mano al final del pasillo.
ATENCIÓN
A TODOS LOS PASAJEROS DEL BUQUE A VAPOR NILO
EL COMEDOR SE ENCUENTRA TRES PISOS MÁS ARRIBA
EN LA CUBIERTA LIDO
—¿Te apetece ir a desayunar? —pregunta Thandi.
—¡Me muero de hambre! —Liz se sorprende de su propia respuesta. No recuerda haber estado hambrienta antes en sueños.
Lo más asombroso del comedor del barco son los pasajeros que hay en él: todos son personas mayores. Algunos pocos tienen la edad de sus padres, pero la mayoría son incluso mayores que ellos. Lo que abunda son las canas o la calvicie, las manchas propias de la vejez y los colgajos. Es la mayor cantidad de personas mayores que Liz ha visto reunidas en toda su vida, incluyendo las visitas que hizo a su abuela en Boca. La joven echa un vistazo al comedor.
—¿Nos habremos equivocado de lugar? —pregunta.
Thandi se encoge de hombros.
—¡Qué raro!, se están acercando a nosotras —exclama Thandi al ver a tres mujeres yendo directas hacia ellas. A Liz le recuerdan las brujas de Macbeth, una obra de teatro que acaba de leer al ser una de las lecturas obligatorias de la clase de inglés.
—Hola, queridas —les saluda una mujer tan bajita como un pigmeo con acento neoyorquino—. Yo soy Doris y ésta es Myrna, y ella, Florence. —Doris, poniéndose de puntillas, le da a Liz unas palmaditas en su pelada cabeza—. ¡Santo Dios!, ¡venid a ver lo joven que es!
Liz le sonríe amablemente, aunque da un paso atrás para que no le dé más palmaditas.
—¿Cuántos años tienes? —pregunta Doris la pigmea entrecerrando los ojos y levantando la cabeza para verla mejor—. ¿Doce?
—Quince —corrige Liz—. Pero pronto cumpliré dieciséis. Con cabello parezco mayor.
—¿Qué os ha ocurrido, chicas? —inquiere de súbito la que se llama Florence. Su áspera voz es la de una fumadora empedernida.
—¿A qué se refiere? —pregunta Liz.
—A mí me pegaron un tiro en la cabeza —confiesa Thandi.
—Habla más alto —observa Myrna, que tiene un bigotito que parece una oruga blanca peluda. No oigo bien.
—¡QUE ME PEGARON UN TIRO EN LA CABEZA!
—Creía que me habías dicho que no te acordabas de cómo te hiciste ese agujero —exclama Liz volviéndose hacia ella.
—Acabo de recordarlo —se disculpa Thandi.
—¡Un tiro en la cabeza! —repite Florence con su áspera voz—. ¡Es increíble!
—No, es de lo más normal. Donde yo vivo pasa muy a menudo —observa Thandi.
—¿QUÉ HAS DICHO? —pregunta Myrna, la del bigotito—. Dímelo cerca del oído bueno, el izquierdo.
—HE DICHO QUE ES DE LO MÁS NORMAL —grita Thandi.
—Quizá tendrías que ir a la enfermería —sugiere Florence—. Hay una en la cubierta Portofino. Myrna ya ha estado en ella dos veces.
—No hace falta. Creo que la herida se está curando —le responde Thandi sacudiendo la cabeza.
Liz no entiende esta extraña conversación. De pronto, le gruñe el estómago.
—¡Lo siento! —se disculpa.
—Id a comer algo —dice Doris señalándoles a la gente haciendo cola para el bufé libre—. Recordad que si queréis comer los mejores platos tenéis que venir temprano.
Para desayunar Liz elige crepes y pudín de tapioca. Thandi se sirve sushi, trufas y judías en salsa de tomate.
—¡Qué combinación tan interesante! —observa Liz mirando con curiosidad el menú que ha elegido Thandi.
—En casa nunca comemos ni la mitad de los platos que hay en este bufé —dice Thandi—, y pienso probarlos todos antes de que lleguemos a ese lugar.
—Thandi —le pregunta Liz con un aire indiferente—, ¿dónde crees que está «ese lugar»?
Ella pondera un momento la pregunta.
—Estamos en un barco —responde— y los barcos han de ir a alguna parte.
Las chicas se instalan en una mesa junto a una ventana salediza, alejada de los demás comensales. Liz se zampa los crepes en un tiempo récord. Se siente como si se hubiera pasado semanas sin comer.
—Es la primera vez que conozco a alguien a quien le han pegado un tiro en la cabeza —observa mirando a Thandi mientras rasca con la cuchara el fondo del bol del pudín.
—¿Podemos hablar de ello cuando haya acabado de desayunar? —dice Thandi.
—Lo siento —responde Liz—. Sólo estaba intentando sacar un tema de conversación.
Se queda mirando por la ventana. La niebla se ha disipado y el agua es más clara que cualquier otra que ella haya visto. Qué extraño, piensa, el cielo se parece al mar. En realidad, el mar es como un cielo empapado y el cielo es como un mar escurrido. Se pregunta adónde se dirige el barco y si ella despertará antes de llegar a su destino y qué le dirá su madre sobre lo que este sueño probablemente significa. Su madre es psicóloga infantil y sabe de esas cosas. Una voz de hombre interrumpe su ensoñación.
—¿Os importa si comparto vuestra mesa? —les pregunta con acento inglés—. Parecéis ser las únicas personas de menos de ochenta años que hay en este lugar.
—¡Claro que no! Ya hemos terminado… —la voz de Liz se apaga al fijarse en él por primera vez. Tiene unos treinta años y unos chispeantes ojos azules que hacen juego con su cabello azul en punta. Liz, como la mayoría de chicas de su edad, reconocería esos ojos en cualquier parte.
—¡Eres Curtis Jest!, ¿verdad?
—Supongo que solía serlo —responde sonriendo el hombre de pelo azul. Curtis le tiende la mano—. ¿Y tú cómo te llamas?
—Liz y ella Thandi, no puedo creer que esté hablando contigo. De todos los grupos musicales que hay en el mundo, ¡Machine es mi favorito! —exclama efusivamente Liz.
Curtis echa un poco de sal a sus patatas fritas.
—¡Caramba, me halaga oírlo! —observa Curtis sonriendo—, porque el mundo es un lugar muy grande. Yo en cambio siempre he preferido los Clash.
—¡Es el mejor sueño que he tenido en toda mi vida! —añade Liz complacida porque su subconsciente le ha hecho soñar con Curtis Jest.
—¿Has dicho sueño? —inquiere el hombre ladeando la cabeza.
—Ella aún no lo sabe. Yo lo he comprendido por mí misma —le susurra Thandi a Curtis.
—¡Qué interesante! —observa él—. ¿Dónde crees que estás, Lizzie? —le pregunta volviéndose hacia ella.
Liz se aclara la garganta. Sus padres también la llaman Lizzie. De pronto, sin saber por qué, los echa desesperadamente de menos.
—¿Te encuentras bien? —dice Curtis con una expresión preocupada.
—No, yo… —Liz dirige la conversación hacia un tema más tranquilizador—. ¿Cuándo saldrá tu nuevo álbum?
—Nunca —responde comiéndose una patata frita.
—¿Se ha separado el grupo? —Liz había oído rumores de que los componentes de Machine quizás iban a separarse, pero nunca se habían materializado.
—Es una forma de verlo —responde Curtis.
—¿Qué ha ocurrido? —pregunta Liz.
—Lo he dejado.
—Pero ¿por qué? Si lo hacías fenomenal —ella tenía unas entradas para ir el día de su cumpleaños al concierto que daban en Boston—. No lo entiendo.
Curtis se sube la manga izquierda de la chaqueta del pijama blanco, revelando la parte interior del antebrazo. Desde el codo hasta la muñeca tiene unas profundas cicatrices que se extienden como un sendero, varios morados y unas heridas con costra. Cerca de la línea que separa el bíceps del antebrazo hay un orificio de sesenta milímetros. Es totalmente negro. Liz al verlo piensa que el brazo parece muerto.
—Porque era un idiota, Lizzie —le responde Curtis.
—¿Liz? —inquiere Thandi.
Ella sigue mirando enmudecida el brazo de Curtis.
—Liz, ¿te encuentras bien? —le pregunta Thandi.
—Estoy… —empieza a decir ella. Odia contemplar el horrible aspecto del brazo, pero no puede apartar la vista de él.
—¡Por Dios!, ¿puedes cubrirte el brazo? —le ordena Thandi a Curtis—. La estás poniendo enferma. Sinceramente, Liz, su herida no es peor que el agujero de mi cabeza.
—¿Tienes un agujero en la cabeza? —pregunta Curtis—. ¿Puedo verlo?
—¡Claro! —Thandi, sintiéndose halagada, se olvida del estado de su nueva amiga y se levanta las trencitas.
Liz no soporta la idea de ver el agujero y el brazo al mismo tiempo.
—Perdonadme —dice disculpándose. Sale corriendo a la cubierta principal del barco. Descubre que está rodeada de ancianos, todos ellos vestidos con distintos tipos de pijamas blancos, jugando al tejo. Se apoya sobre la barandilla del barco y contempla el mar. El agua está demasiado lejos como para verse reflejada en ella, pero al inclinarse lo suficientemente sobre el mar, le parece ver su sombra: una pequeña y vaga mancha oscura en medio de una extensión azul.
Estoy soñando, piensa, y en cualquier momento sonará la alarma del despertador y me despertaré.
Despierta, despierta, despierta, se ordena a sí misma. Se pellizca el brazo con todas sus fuerzas.
—¡Ay! —exclama. Se propina un bofetón para despertarse. Nada. Vuelve a darse otro. Aún nada. Cierra los ojos con todas sus fuerzas y vuelve a abrirlos, esperando descubrirse de nuevo en su cama de Carroll Drive en Medford, Massachusetts.
Liz empieza a ser presa del pánico. Los ojos se le empañan, se los seca furiosamente con la mano.
Tengo quince años, soy una persona madura con un permiso de principiante, y de aquí a tres meses me darán el carné de conducir, piensa. Ya soy demasiado mayor como para tener pesadillas.
—¡MAMÁ! ¡MAMÁ! ¡ESTOY TENIENDO UNA PESADILLA! —grita cerrando los ojos con fuerza. Liz espera que su madre venga a despertarla.
En cualquier momento.
En cualquier momento su madre estará al lado de su cama ofreciéndole un vaso de agua para tranquilizarla.
En cualquier momento.
Liz abre un ojo. Sigue estando en la cubierta principal del barco, y los pasajeros empiezan a mirarla fijamente.
—Señorita —le dice un anciano con unas gafas con montura de concha y el aire de un profesor suplente—, está molestando a los pasajeros.
Ella se sienta junto a la barandilla y se cubre la cara con las manos. Respira hondo y se dice que debe calmarse. Decide que la mejor estrategia es intentar recordar los máximos detalles posibles del sueño para contárselos a su madre por la mañana.
Pero ¿cómo empezó el sueño? Liz se devana los sesos. Es extraño intentar recordar un sueño mientras estás soñando. ¡Ah, sí! Ahora se acuerda.
El sueño empezó en su casa de Carroll Drive.
Se dirigía en bicicleta a la Cambridgeside Galleria. Allí iba a encontrarse con Zooey, su mejor amiga, porque ésta necesitaba comprarse un vestido para el baile de gala del instituto. (A Liz aún no la habían invitado.) Recordaba haber llegado al cruce que había junto al centro comercial, al otro lado se encontraban las barras para aparcar las bicicletas. De pronto, vio un taxi dirigiéndose hacia ella a toda velocidad.
También recordaba la sensación de haber estado volando por el aire durante lo que a ella le había parecido una eternidad. Recordaba haberse sentido imprudente, feliz y sentenciada al mismo tiempo, y haber pensado «la fuerza de gravedad ya no me afecta».
Liz suspira. Al observar las cosas con objetividad supone que ha muerto en el sueño. Se pregunta qué significa soñar que te mueres y decide preguntárselo a su madre por la mañana. De pronto se plantea si la solución está en volver a dormirse. Quizá si logra conciliar el sueño a la mañana siguiente, al despertarse, todo volverá a ser como antes. Se siente agradecida hacia Thandi por haberle hecho memorizar el número de su camarote.
Mientras Liz cruza de nuevo rápidamente la cubierta, advierte un salvavidas del Nilo. Sonríe al ver el nombre del barco. La semana anterior había estado estudiando el antiguo Egipto en la clase de historia de la señorita Early. Aunque las lecciones eran bastante entretenidas (guerras, pestilencia, plagas, asesinatos), piensa que eso de las pirámides no es más que una pérdida de tiempo y de recursos. En su opinión, una pirámide es como una caja de madera de pino o una lata de avena Quaker; de todos modos, cuando el faraón conseguía disfrutar de su pirámide, ya estaba muerto. Liz pensaba que los egipcios deberían haber vivido en las pirámides y ser enterrados en sus cabañas (o dondequiera que los habitantes del antiguo Egipto hubieran vivido).
En la última clase sobre este tema, la señorita Early leyó al final un poema sobre Egipto que empezaba diciendo: «Me he encontrado con un viajero de la antigua tierra». Por alguna razón la estrofa le producía un agradable escalofrío y no dejó de repetírsela durante todo el día: «Me he encontrado con un viajero de la antigua tierra». Liz supone que la lección de la señorita Early es lo que le ha hecho soñar con un barco a vapor llamado Nilo.