El día de Acción de Gracias

—Espero que no te importe, pero he invitado a una persona más —le anuncia esa noche a su abuela. Liz ya había invitado a Aldous Ghent y a su esposa Rowena; a Thandi y Shelly, la prima de su amiga; a Paco, el chihuahua, y a varios consejeros del Departamento de Animales Domésticos. También había invitado a Curtis Jest, pero él declinó su oferta alegando que era inglés y que la fiesta le parecía «más bien sensiblera».

—¡Cuantos más seamos, más reiremos! —exclama Betty. En la Tierra siempre le habían gustado las fiestas y ahora, en el más allá, incluso le gustaban más aún—. ¿Quién es? —pregunta.

—Owen Welles.

—¿Has invitado a ese desagradable joven que te creó todos esos problemas en el Pozo? —inquiere su abuela. El «episodio que Liz había tenido con la ley» (tal como Betty lo llamaba) le había dolido mucho.

—Sí —responde Liz.

—Creí que no te caía bien —observa su abuela levantando la ceja izquierda.

—Y así es. Pero me ha hecho un favor y al saberlo me dejé llevar por la emoción —comenta Liz lanzando un suspiro—. La verdad es que no me imaginé que vendría. Y cuando aceptó, ya no podía echarme atrás, ¿verdad?

—No —asiente Betty echándose a reír—. ¿Y quién va a ser el siguiente, Liz? ¿Tal vez invitarás a un ex asesino jubilado?

—¡Voy a ver si encuentro uno! —exclama Liz riendo—. Por cierto, ¿los hay aquí también?

El día de Acción de Gracias, al igual que ocurre en la Tierra, o al menos en Estados Unidos, cae en jueves.

Aldous y Rowena Ghent son los primeros en presentarse, y luego llegan Thandi y Shelly, que traen unos pasteles, y Paco, ataviado con un bonito vestido para celebrar la ocasión.

El último en llegar es Owen Welles. Se ha pasado la mañana inventando unas buenas excusas para no acudir a la fiesta (¿la fosa séptica ha estallado?, ¿una emergencia en el trabajo?). Pero en el último momento decide ir. Estos días tiene más tiempo libre del habitual, porque le han sancionado por haber ido al Pozo a causa del jersey y le han prohibido trabajar durante un mes. Al llegar, le regala una planta en una maceta a la abuela de Liz.

En Otro Lugar el día de Acción de Gracias es como el que se celebra en la Tierra, salvo por el detalle de que todos los presentes están muertos. Como a Betty le gustan las fiestas, pero odia cocinar, ha encargado la cena a una empresa de catering, curiosamente a la misma a la que Owen recurre cuando pide una cena en un día especial. Betty sirve a los comensales salsa de arándano (de tarro y casera), puré de patatas, boniatos, relleno de pan de maíz, salsa, panecillos de levadura, judías estofadas, setas rellenas, los cuatro pasteles de Thandi y Shelly (de manzana, pacana, calabaza y boniato) y pavo vegetal hecho con tofu (un plato vegetariano de sabor muy peculiar).

Betty sirve el vino blanco llenando los vasos de los invitados hasta el borde. Aunque Liz ya ha probado el vino antes, es la primera vez que su abuela se lo ofrece, y este detalle hace que se sienta como una persona adulta.

—Me gustaría hacer un brindis —dice Betty después de servir el vino—. Un breve brindis —añade aclarándose la garganta—. Todos hemos tenido que hacer un largo viaje para llegar hasta aquí —prosigue y luego hace una pausa.

—¡Brindemos! ¡Brindemos! —grita Aldous.

—¡Aún no he terminado! —exclama Betty.

—¡Oh, lo siento! —se disculpa Aldous—. Creí que habías dicho «un breve brindis».

—Sí, pero no me refería a uno tan breve —protesta Betty.

—Y como además has hecho una pausa… Observa Aldous.

—¡Era para causar un mayor efecto! —exclama Betty.

—Pues un brindis tan breve habría sido perfecto —dice Rowena Ghent.

—Yo prefiero los brindis breves —confiesa Thandy—. Algunas personas hacen unos brindis interminables. Y la vida es muy corta, como ya sabéis.

—Y la muerte también lo es —tercia Owen.

—¿Es una broma? —le pregunta Liz.

—Sí —responde Owen.

—Mmm… —murmura Liz después de reflexionar en ello un momento—. No está mal.

Owen le hace un guiño.

—Cuando tienes que pensar tanto en una broma, significa…

Betty se aclara ruidosamente la garganta y vuelve a decir:

—Todos hemos tenido que hacer un largo viaje para llegar hasta aquí —y luego hace una pausa, pero esta vez nadie la interrumpe. Mira a Rowena, a Aldous y a Owen, sentados a su derecha, y a Liz, a Shelly y a Thandi, sentadas a su izquierda. Luego mira debajo de la mesa, donde Paco y Sadie tienen sus propios platos de comida. A Sadie le gruñe el estómago.

—¡Lo siento! —ladra Sadie disculpándose.

—Ya no me acuerdo de lo que quería decir. Brindemos entonces —prosigue Betty echándose a reír.

—Brindemos por la risa —dice Shelly levantando su vaso en alto—. En la casa de nuestro abuelo siempre solíamos brindar por ella.

—¡Oh, qué idea más bonita! —exclama Rowena—. ¡Por la risa!

—¡Por la risa y el olvido! —añade Liz dirigiendo una traviesa sonrisa a Betty.

—¡Por la risa y el olvido! —dicen todos a coro levantando sus vasos en alto. Liz saborea el vino. Lo encuentra amargo y dulce al mismo tiempo. Al tomar el segundo sorbo, le parece más dulce que amargo.

Después de terminar de comer y de pasar al tradicional estado de coma de la sobremesa, Owen se ofrece para ayudar a Liz a lavar los platos.

—Vale, tú los lavas y yo los seco —le dice ella.

—¡Pero lavarlos es la peor parte! —protesta Owen.

Liz sonríe.

—Me has dicho que querías ayudarme y no que sólo ibas a secarlos.

Él se arremanga la manga izquierda y después la derecha. Liz advierte un tatuaje en su antebrazo derecho. Es un gran corazón rojo con las palabras «Siempre te querré, Emily» grabadas en el interior.

—No sabía que fueras así —observa él en un tono travieso.

—¿Que fuera cómo?

—Pues la clase de chica que hace lavar los platos a los chicos —puntualiza Owen.

Liz observa cómo él se quita la alianza y la coloca con cuidado en el borde del fregadero. Aún no ha acabado de acostumbrarse a la idea de que a los diecisiete años Owen pueda estar ya casado. Pero En Otro Lugar esto sin duda ocurre con relativa frecuencia.

Liz y Owen empiezan a lavar y a secar los platos a un buen ritmo. Mientras los lava, él se pone a silbar una melodía. Aunque Liz no sea exactamente una fan de esta práctica ni le guste, al menos la tolera. En realidad, lo que le gusta no es la melodía, sino el que la silba.

Después de estar silbando varios minutos, Owen se vuelve hacia Liz y le dice:

—Si quieres puedes acompañarme.

—Gracias por tu bonito ofrecimiento, pero en realidad… —Liz hace una pausa— no me gusta silbar.

Él se echa a reír.

—¡Pero si he estado silbando durante más de diez minutos! ¿Por qué no me lo has dicho?

—Bueno, como ya te he hecho lavar los platos, no quería prohibirte encima que silbaras.

—¿Prefieres que tararee?

—No, no, por mí puedes seguir silbando.

—¡Eh, qué sólo estoy intentando entretenerte! —exclama él echándose a reír de nuevo. Un segundo más tarde, Liz se une a Owen. Aunque no hayan dicho nada especialmente divertido, los dos no pueden evitar reírse a carcajadas. Liz incluso tiene que dejar de secar los platos y sentarse a causa del ataque de risa. Hacía mucho tiempo que no se reía así. Intenta recordar cuándo fue la última vez.

La semana antes de morir, ella y Zooey se habían estado probando unos jerseys en el centro comercial. Al contemplarse en el espejo del probador, Liz había dicho a su amiga: «Mis pechos parecen pequeños tipis». Zooey, que tenía unos pechos incluso más pequeños, había replicado: «Si los tuyos son unos tipis, los míos son unos tipis quemados por los cowboys». Por alguna extraña razón, esta observación les había parecido muy divertida a ambas. Se habían estado riendo tanto y con tanta fuerza que la vendedora había ido a ver qué les pasaba y les había preguntado si necesitaban ayuda.

Este episodio había ocurrido en marzo, y ahora era el mes de noviembre. ¿Era posible que hiciera ocho meses que no se reía tanto?

—¿Qué te pasa? —le pregunta Owen.

—Estaba pensando que hacía mucho tiempo que no me reía tanto —admite Liz—. Muchísimo tiempo —añade lanzando un suspiro—. Fue cuando yo aún vivía, mientras estaba en una tienda con Zooey, mi mejor amiga. Y lo más curioso es que aquello que nos había hecho tanta gracia ni siquiera era divertido, ¿sabes?

Owen asiente con la cabeza.

—Las mejores risas son por cosas por el estilo —comenta él mientras lava el último plato y se lo entrega para que lo seque. Cierra el grifo y vuelve a ponerse el anillo.

—Supongo que echo de menos mi hogar —admite Liz—. Pero es una sensación horrible, porque sé que nunca podré regresar a él ni volveré a ver a mi familia.

—Liz, esto no sólo nos ocurre a los que vivimos En Otro Lugar —dice Owen—. Incluso en la Tierra es difícil poder volver siempre a los mismos lugares o seguir estando con las mismas personas. En cuanto te das la vuelta, aunque sea por un instante, al volverte de nuevo descubres que todo ha cambiado.

Ella asiente con la cabeza.

—Intento no pensar en ello, pero a veces me viene de pronto a la cabeza y, ¡zaaasss!, me acuerdo de que estoy muerta.

—Lo estás haciendo muy bien, ¿lo sabías? —observa Owen—. Cuando yo llegué a En Otro Lugar estuve enganchado a las Cubiertas de Observación un año entero.

—A mí me pasó lo mismo —confiesa Liz—, pero ahora ya estoy mejor.

—En realidad es una reacción de lo más normal. Se llama el síndrome del espectador y algunas personas nunca se curan de él —de pronto Owen mira su reloj—. ¡Ya son las nueve y media y la Cubierta de Observación cierra a las diez! Lo siento mucho, Liz, pero he de irme ahora mismo, cada jueves por la noche voy a ver a Emily, mi esposa.

—Ya lo sé —responde Liz—. Hace varios meses te vi en la Cubierta de Obsservación sentado a mi lado y te pregunté a quién ibas a ver.

Owen se acuerda ahora vagamente de una chica marchita con el cabello sucio y un desgastado pijama. Al contemplar a la joven de límpidos ojos que tiene delante se pregunta si puede ser la misma persona.

—¿Llevabas un pijama? —pregunta.

—En aquel tiempo estaba un poco triste.

—Ahora tienes mucho mejor aspecto —observa Owen—. Muchas gracias por la cena y dáselas también a tu abuela de mi parte.

Sadie entra en la cocina justo en el momento que Owen se va. Apoya su dorada cabecita rizada en el regazo de Liz para indicarle que quiere que se la acaricie.

—Nadie me amará nunca de ese modo —le comenta Liz a su perra.

—Te quiero —responde Sadie.

—Yo también te quiero —le dice Liz. Los perros son los únicos que me quieren, piensa ella.

Owen llega a la Cubierta de Observación cinco minutos antes de que cierren. Aunque Esther no puede dejar entrar a nadie diez minutos antes del cierre, como lo conoce lo saluda al verlo con la mano diciéndole:

—Esta noche llegas tarde, Owen.

Él se sienta frente a los prismáticos de siempre, mete un eternim por la ranura y pega los ojos a las lentes. Descubre a Emily en una de sus típicas posturas: sentada ante el espejo del cuarto de baño cepillándose su larga cabellera pelirroja con un cepillo de plata. La contempla cepillándoselo durante treinta segundos más y luego se va.

Estoy malgastando mi muerte, se dice a sí mismo. Soy como una de esas personas que se pasan la vida mirando la tele en lugar de mantener unas relaciones verdaderas. Hace casi diez años que estoy aquí y Emily sigue siendo la persona más importante de mi vida. Y ella cree que yo estoy muerto. Y de hecho lo estoy. Mi actitud no le está haciendo ningún bien a ella ni tampoco a mí.

Al irse, Owen le dice a Esther:

—¿Qué estoy haciendo aquí?

—¡No tengo ni idea! —responde ella.

Mientras se dirige al coche, decide llamar a Liz al trabajo la próxima semana. Quizá adoptar un perro sea un buen comienzo, piensa.