El tiempo pasa volando
Habrá otras vidas.
Habrá otras vidas para los adolescentes nerviosos a los que les sudan las palmas de las manos, para los agridulces escarceos en los asientos traseros de los coches, para las togas y birretes de color azul real y carmesí, para las madres rodeando el liso cuello de sus hijas con un bonito collar de perlas, para que lean tu nombre y apellidos en voz alta en un auditorio, para las maletas recién compradas que te llevas para descubrir a extrañas personas en extrañas tierras desconocidas.
Y habrá otras vidas para saldar las deudas pendientes, para los ligues de una noche, para visitar Praga y París, para lucir unos dolorosos zapatos de punta, para las indecisiones y las modificaciones.
Y habrá otras vidas para los padres acompañando a sus hijas hasta el altar.
Y habrá otras vidas para los dulces bebés de lechosa piel.
Y habrá otras vidas para convivir con un hombre al que ya no reconoces, para contemplar en el espejo un rostro que ha dejado de ser el tuyo, para asistir a los funerales de las personas más próximas, para encogerte, para perder los dientes, para que te salgan pelos en la barbilla, para olvidarte de todo. De todo.
¡Oh, cuántas vidas nos quedan por vivir! ¡Cuánto nos gustaría poder vivirlas todas a la vez en lugar de una a una! Porque entonces podríamos elegir las mejores partes de cada una y engarzarlas como un collar de perlas. Pero no es así. La vida humana es un bella maraña.
El año que Liz cumple trece años de nuevo, le susurra al oído a su abuela:
—La felicidad es una elección.
—¿Qué has elegido tú? —le pregunta Betty.
Liz cierra los ojos y en una milésima de segundo toma su decisión.
Transcurren cinco años.
Cuando uno es feliz, el tiempo pasa volando. Liz se siente como si se hubiera ido a la cama una noche con catorce años y a la mañana siguiente se hubiera despertado con nueve.