Las llegadas

S i estuviéramos leyendo el libro de Thandi, aparecería en él la historia de un lejano y olvidado episodio (del que nadie se acordaba ya, salvo ella) en el que una niña deletrea en una competición escolar la palabra e-c-o, y en el último y decisivo momento, se equivoca y añade una «o» de más al final; y también contaría que el primer amor de Thandi fue un chico rechoncho al que llamaban Flaco que empezó a salir con Beneatha, la prima segunda de Thandi, a la semana siguiente de celebrarse el funeral de Thandi; narraría cómo una bala en la cabeza de una persona lo cambia todo, cómo mucho tiempo después de haberse curado la herida, los colores parecen distintos, los olores se perciben de otra manera e incluso los recuerdos son diferentes; y también nos hablaría de un padre al que nunca conoció, de un padre que ahora vive En Otro Lugar y al que Thandi no tiene ganas de ver. Pero como esta historia no es la de Thandi, nos unimos a ella en un día como cualquier otro. Al menos, para ella.

En la cadena de televisión donde trabaja, Thandi recibe la lista con los nombres de los recién llegados a En Otro Lugar cada día después de almorzar, hacia eso de la una. Como no tiene que leerlos en directo hasta las cinco, aprovecha las horas que le quedan para estudiar la pronunciación de cada nombre. Aunque esta práctica es casi siempre innecesaria, ya que Thandi pocas veces comete algún error, porque tiene una capacidad innata para pronunciar incluso los nombres extranjeros más raros. Y, sin embargo, ese día en particular tiene dificultades para pronunciar un nombre sencillo en concreto y decide llamar a Liz para comentárselo.

—¿Cómo se llamaba la mujer con la que Owen estaba casado en la Tierra? ¿Te acuerdas? ¿Era Ellen y qué más? —Thandi espera que no se trate de la misma persona.

—Emily Welles —responde Liz, que lo conoce tan bien como el suyo—. ¿Por qué me lo preguntas?

—Emily Welles debe ser un nombre muy común.

—Thandi, ¿qué es lo que me estás queriendo decir? —pregunta Liz.

—Iré al grano. Su nombre se encuentra en la lista de las llegadas que me han dado hoy. Ella llega en el barco de mañana.

De súbito a Liz le late con fuerza el corazón y se queda sin habla.

—No tiene por qué significar nada —observa Thandi.

—No, ya lo sé. ¡Claro que no! Tienes razón —responde Liz respirando hondo—. Me pregunto si Owen lo sabe. Hace años que no mira las noticias de la tele.

Decide ir a decírselo personalmente. Durante el día no puede verlo porque al parecer está siempre en el mar. Pero a veces vuelve al puerto para almorzar, de modo que hacia las dos ella se acerca al muelle para ver si lo encuentra.

Owen sonríe al verla.

—¡Qué sorpresa! —exclama abrazándola.

Liz tenía la intención de decirle lo de Emily en cuanto lo viera, pero no consigue hacerlo.

—¿Va todo bien? —pregunta él.

Liz asiente con la cabeza, pero se queda contemplando el agua sin decir nada durante unos momentos.

—Me preguntaba si hay algún En Otro Lugar en cualquier otra parte —dice al fin—. Es extraño no haber pensado antes en ello, pero ¿todo el mundo viene a parar aquí? Deben haber otros barcos, ¿no crees? Y quizá van a otras partes.

Owen niega con la cabeza.

—Todos acabamos llegando a En Otro Lugar.

—Pero este sitio es más bien pequeño. ¿Cómo puede caber tanta gente en él?

—En realidad es muy grande, sólo depende de la perspectiva de uno —dice cogiendo la mano de Liz y girándosela de modo que la palma le quede hacia arriba—. De hecho es una isla —añade dibujando con uno de sus dedos un mapa de En Otro Lugar en su palma—. Aquí es donde llegan los barcos —dice—, y ahí está el Río que lleva a la Tierra. No sé si lo sabías, pero el Río se encuentra en medio del océano. El océano sólo se separa una vez al día para dejar que los bebés regresen a la Tierra —observa dibujando el serpenteante curso del Río sobre las azules venas de la muñeca de Liz—. Y esto es el Pozo, el lugar donde nos conocimos —agrega señalándolo en el pulgar de Liz con su dedo.

Ella se queda mirando fijamente la palma de su mano. Aún puede sentir los lugares donde Owen ha dibujado las invisibles fronteras. De pronto cierra la mano y el mundo entero desaparece de golpe.

—Emily está a punto de llegar —anuncia.

—¿Ha muerto? —pregunta Owen en un tono moderado y solemne.

—Thandi ha visto su nombre en la lista de llegadas. Estará aquí mañana.

—¡No puedo creerlo! —exclama él sacudiendo la cabeza.

—¿Qué vas a hacer ahora? —inquiere Liz casi con un susurro.

—Iré a esperarla al muelle —responde Owen.

—¿Y luego?

—Me la llevaré a casa.

—¿O sea que crees que ella querrá vivir contigo?

—¡Claro que querrá vivir conmigo!

—¿Y qué hay de nosotros? —pregunta Liz con un hilo de voz.

Owen se queda callado durante un buen rato.

—Te quiero, Liz, pero a Emily la conocí antes que a ti —le responde al fin poniendo una de sus manos sobre la suya—. No estoy seguro de qué es lo que debo hacer, de qué es lo correcto.

Liz contempla a Owen. Se ve muy abatido y ella no quiere ser la causa de su sufrimiento. Aparta su mano de la de él y le responde con firmeza, en un tono de una persona adulta:

—Es verdad, Owen, sólo acabamos de conocernos. Tú eres responsable de tu mujer —dice para ver cómo reacciona.

—No quiero perder tu amistad —responde él.

—Seguiremos siendo amigos —le tranquiliza Liz, aunque está decepcionada porque él ha tomado la decisión tan deprisa.

—¡Oh, Liz, eres la mejor! —exclama Owen abrazándola de nuevo—. Emily es una gran chica, estoy seguro de que te gustará.

Más tarde, aquella noche, hecha un ovillo en la cama junto a Sadie, Liz se pregunta cómo alguien puede decirle a una persona en un momento que la ama y al siguiente dejar de amarla.

Sin embargo, Liz no tiene demasiada experiencia en el amor. Y como tantas personas han descubierto, es totalmente posible (aunque no sea demasiado deseable) amar con todo tu corazón a dos personas a la vez. Es totalmente posible desear vivir dos vidas, sentir que una sola vida no te basta.

El barco llega al atardecer. Owen se pregunta si Emily lo reconocerá. Después de todo han pasado casi diez años desde la última vez que se vieron. Advierte que la gente del muelle lleva unos carteles de cartón hechos a mano con el nombre de la persona a la que han ido a esperar. Quizá yo también debía haber hecho uno, piensa.

Emily es la segunda pasajera en bajar del barco. Aunque él se encuentre en el muelle, a casi quinientos metros de distancia de la pasarela del barco, la reconoce enseguida. Al ver su característico pelo pelirrojo le entran ganas de ponerse a cantar. Emily ahora debe tener treinta y seis años, pero está igual que cuando él murió.

Al divisar a Owen, Emily sonríe y le saluda con la mano.

—¡Owen! —le grita.

—¡Emily! —responde él abriéndose paso entre la multitud.

En cuanto se encuentran, se abrazan y se besan. A Owen le parece como si fuera una película. Ha estado esperando tanto tiempo este momento, y ahora ella ya está aquí.

—¿Me has echado de menos? —pregunta Emily.

—¡Oh, sólo un poco! —responde él.

Emily lo aparta para poder contemplarlo de arriba abajo.

—Tienes muy buen aspecto —observa ella.

—Y tú también —responde Owen.

Emily le recoge el pelo detrás de las orejas.

—¡Qué joven estás! —dice frunciendo el ceño. Mira a su alrededor—. ¿Todos los que estáis aquí sois tan jóvenes?

—Al final, sí —dice Owen.

—¿Qué quiere decir «al final»? —inquiere Emily.

Él sonríe.

—No te preocupes. Al final todo sale bien —responde él—. Ya te lo explicaré más tarde —añade cogiéndole de la mano. Mientras la lleva al parking, siente que por fin ha dejado atrás una época de tristeza.

—¿Cómo funcionan las cosas aquí? —le pregunta Emily después de entrar en el coche—. ¿Voy a vivir contigo?

—¡Claro que sí! Eres mi mujer —responde Owen.

—¿Lo soy? ¿Todavía?

—Claro —dice él riendo—. ¿Por qué no habrías de serlo?

—¿Y qué hay de «hasta que la muerte nos separe» y de todo lo demás? —inquiere ella.

—Siempre he pensado que seguíamos estando casados y ahora ya nada volverá a separarnos —responde él.

Emily asiente con la cabeza, pero no dice nada.

—¿Tú también pensabas que seguíamos estando casados? —pregunta Owen.

—Sí, en cierto modo supongo que así era —responde Emily.

—¿Te he dicho lo feliz que estoy de volver a verte? —pregunta él.

Aquella noche, en la cama, Owen le dice a Emily:

—¿Es malo que me encante ahora la gripe? ¿Crees que está mal que desee cantarle canciones de alabanza?

—Me alegro de que mi muerte saque al trovador que hay en ti. Pero estoy muerta, ¿sabes? Un poco de seriedad. ¡De una gripe! —exlama ella echándose a reír—. ¡Qué forma más estúpida de morir! —dice, y luego estornuda—. ¡Eh, creía que aquí no existían las enfermedades!

—Es cierto —afirma Owen.

Sin embargo, Emily vuelve a estornudar. Y entonces él se acuerda de que es alérgica a los perros. (Ha decidido dejar a Jen con Liz esta primera noche que Emily está en la ciudad, porque prefiere estar a solas con ella.)

Emily… —empieza a decir Owen—, tengo un perro y sé que tú solías ser alérgica a ellos, pero…

Ella lo interrumpe.

—¿Quizá ya no soy alérgica? Quiero decir que tal vez aquí ya no lo sea.

Él lo duda.

—Quizá —responde.

—Tal vez sólo estornudo porque me estoy recuperando de la gripe. ¿Crees que podría ser eso?

Owen no cree que sea posible, pero prefiere no decírselo.

—Tal vez —contesta él.

Al día siguiente, mientras Emily se encuentra en la cita de aclimatación, Owen va a recoger a Jen. Aunque la golden retriever es fiel a Liz, también es pragmática. Sabe que es importante causarle una buena impresión a Emily la primera vez. Según su experiencia, hay muy pocas personas que se resistan a su meneante cola, y en cuanto Emily entra a casa, Jen empieza a moverla frenéticamente.

—¡Hola, Emily! Soy Jen, el perro de Owen. Encantada de conocerte.

—Hola, Jen —responde Emily.

Jen le ofrece una pata para que se la estreche y Emily estornuda sobre ella.

—¡Qué asco! —exclama Jen—. ¡Salud! —añade después intentado ser más delicada.

—Gracias —dice Emily—. Owen, qué extraño, tu perro habla, ¿lo sabías?

—¡Estupendo, Emily, entiendes canino! —responde él—. Yo no, pero ojalá pudiera. Algunas personas lo entienden de manera natural, como… —hace una pausa— mi amiga Liz.

Emily vuelve a estornudar.

—¿Eres alérgica a los perros? —pregunta Jen.

—Solía serlo en la Tierra —admite Emily—, pero no creo que lo sea aquí, ¿verdad?

Jen la contempla poco convencida.

—Pienso que probablemente soy alérgica porque antes lo era —prosigue ella—, pero quizá sólo sea una reacción psicosomática. —Emily vuelve a estornudar.

—¿Qué quiere decir una reacción «psicosomática»? —pregunta Jen preocupada.

—Significa que sólo está en mi cabeza. O sea que al final ya no me darás alergia, estoy segura.

—¿Tú crees? —inquiere Jen ladeando la cabeza.

—Mmm…, tal vez —responde Emily volviendo a estornudar—. Esperemos que así sea.

Pero a la mañana siguiente Emily se levanta con los ojos hinchados y enrojecidos y se pasa todo el rato estornudando y tosiendo. Pese a su alergia, sigue actuando de traductora entre Jen y Owen.

—Mira, Owen, yo no quiero vivir con una persona que está todo el día tosiendo cuando yo estoy cerca —dice Jen bajando la cola patéticamente—. Me hace sentir mal.

Jen, siento mucho lo de mi alergia —se disculpa Emily—. Tu perra dice que no quiere vivir conmigo porque mis estornudos la hacen sentirse incómoda —le dice después a Owen.

—¡De acuerdo! —responde él. En el fondo se alegra de que Jen se lo haya sugerido antes de tener que hacerlo él.

—Owen, ¿no vas a protestar ni siquiera un poco? —inquiere Jen bajando las orejas—. Yo estaba aquí antes que ella. ¿Quizás Emily podría ir a vivir a otra parte?

Jen sugiere que yo me vaya a vivir a otra parte, porque ella estaba aquí antes que yo. Owen, quizá tu perra tenga razón —dice Emily volviendo a estornudar.

—No —responde Owen—. Tú eres mi mujer. Ya se nos ocurrirá alguna solución.

Esa noche Jen, que nunca ha dormido fuera de casa, tiene que hacerlo en el porche.

—Ya se nos ocurrirá alguna solución —repite Owen tratando de tranquilizar a Jen.

—¿Y no podría dormir al menos en el sofá? —sugiere Jen quejándose—. Cuando nos conocimos me prometiste que podría estar en él siempre que quisiera —por desgracia Owen no entiende una palabra de lo que le está diciendo.

Tres días más tarde, Owen deja a Jen en casa de Liz. Emily sigue creyendo que su alergia es sólo temporal, pero Jen está cansada de dormir en el porche.

—¿Cómo va todo? —pregunta Liz a Owen. Ella cree que él tiene un aspecto cansado, aunque feliz.

—¡Fenomenal! —exclama él—. Espero poder venir a recoger a Jen dentro de un par de días —le susurra después—, es que Emily lo está pasando fatal con la alergia.

—¡Claro! —responde Liz con una tensa sonrisa.

—¿Cómo te va con el coche? —pregunta Owen—. Porque si tienes algún problema al aparcar en paralelo, yo podría…

—No —le interrumpe ella.

—Gracias por quedarte con Jen.

—De nada —responde Liz encogiéndose de hombros—. A veces las cosas no funcionan.

Owen se da media vuelta para irse.

—A propósito, ¿de qué murió Emily? —le pregunta Liz.

—De una gripe.

—¡Pero si era médico! Seguro que se había vacunado.

—Sí, pero no le sirvió de nada. Como ya sabes, las cosas no siempre funcionan.

—Sí, ya lo sé —responde ella.

Mientras contempla a Owen alejándose con el coche, piensa en la gripe. Todas las personas a las que conoce se han muerto de unas causas más respetables: Aldous y su mujer (al estrellarse el avión), Betty (cáncer de mama), ella y Sadie (arrolladas por un coche), Curtis y Shelly, la prima de Thandi (sobredosis de drogas), Thandi (al recibir un balazo en la cabeza), Owen (asfixiado), Esther (Alzheimer y otras causas afines), Paco (ahogado). ¡Eso sí que son muertes!, piensa ella. ¡Sólo las personas muy ancianas se mueren de una gripe! Liz piensa en cómo todo está cambiando sólo porque la estúpida de Emily no se preocupó de lavarse bien las manos.

Cuando Owen regresa, Emily está leyendo un folleto fotocopiado titulado «Guía de profesiones alternativas del Departamento de Servicios Vocacionales de En Otro Lugar».

—Por lo visto ya no ejerceré como médico nunca más. Aunque no estoy segura de si deseaba seguir haciéndolo. Supongo que podría trabajar en algún centro médico, pero este trabajo se parece más al de una enfermera.

—Lo siento —responde Owen.

—No importa. Aunque pudiera ser médico, no estoy segura de si querría volver a serlo.

—¿Hay alguna otra cosa a la que te guste dedicarte? —inquiere él.

—Quizá me gustaría ser una de esas personas que capta desde las Cubiertas de Observación lo que lee la gente de la Tierra y que luego transcriben aquí el texto de esos libros.

—¿Te refieres a una conservadora de libros?

—¡Sí, a eso me refiero! Para hacerlo tienes que ser hábil con la ortografía y buena escuchando, y yo lo soy, y además tiene que gustarte irte a dormir tarde, porque es cuando la mayoría de la gente lee, y a mí esto también me gusta.

—Parece un trabajo bastante aburrido —observa Owen.

Emily se encoge de hombros.

—Cuando era doctora nunca tenía tiempo para leer. Y además no pienso dedicarme toda la vida a ello, sólo es algo temporal.

Owen mueve la cabeza mostrando incredulidad.

—Tú siempre fuiste muy ambiciosa. ¡Una conservadora de libros! Pareces otra persona.

—Quizá he cambiado —afirma Emily.

Owen decide cambiar de tema.

—¿Cómo están tus padres?

—Bien —responde Ella.

—¿Y tu hermana?

—Allie se está divorciando de Joe.

—Pero si estaban muy enamorados —observa Owen.

—Pues ya no lo están, O.

—¡No puedo creérmelo! —exclama él.

—Hace bastantes años que no los ves —comenta Emily—, te has perdido algunas cosas.

—Vale —responde Owen—. Explícame todo lo que ha ocurrido en estos últimos diez años en treinta segundos, ¡adelante!

—Mmm… —dice ella—. Yo…

—Apresúrate —dice él mirando su reloj—, te quedan veinticinco segundos, veinticuatro…

Emily se echa a reír. Intenta hablar lo más rápido posible.

—Acabé la carrera de medicina. Me especialicé en quemaduras en tu honor. Me gustaba mi trabajo. Enfermedades, accidentes, muertes. He pasado muchos ratos con mi hermana…

—¡Te quedan diez segundos!

—¡Caramba, entonces es mejor que me apresure! Allie tuvo un bebé, un niño al que llamó Owen. Yo era una buena tía. ¿Sabías que cuando tú falleciste yo estaba embarazada? —le pregunta en otro tono de voz—. Tuvimos un hijo; lo perdí, O.

—¡Se ha acabado el tiempo! —grita Owen con poco entusiasmo—. No lo sabía.

—¿Qué les ocurre a los bebés que mueren antes de nacer? —pregunta Emily.

—Creo que no consiguen terminar el trayecto del Río, y se quedan flotando en él hasta que tienen la fuerza suficiente para volver a la Tierra nadando. No estoy seguro.

—¿O sea que el bebé se convierte en otro bebé? ¿En el bebé de otra persona?

—Más o menos —dice Owen.

—¡Oh, ojalá lo hubiera sabido antes! De ese modo no me habría sentido tan triste.

—Ojalá hubiera podido ayudarte —dice él.

Emily lanza un suspiro.

—Tuvimos un hijo —repite Owen—. ¿Cómo es posible que no lo supiera?

—Porque me enteré después de que tú murieras. Lo perdí en el segundo mes y apenas se me notaba.

—¡Pero de todos modos debería haberme enterado! ¡Me he pasado todo este tiempo contemplándote!

—Hay algunas cosas que no se pueden ver. Algunas cosas no queremos verlas —dice ella.

—Y yo que creí que estabas triste por mí —susurra él.

—Y es cierto.

—Me hubiera gustado conocer a nuestro hijo —dice Owen—. ¿Le pusiste un nombre?

—Sí —responde Emily asintiendo con la cabeza.

—¿Cómo se llamaba?

Emily se lo susurra al oído.

—Me gusta —responde él en voz baja—. No es demasiado rebuscado ni demasiado común. Creo que a él también le habría gustado.

Por la noche Emily duerme por primera vez en el sofá y Owen lo hace en la cama. Como tienen unos horarios distintos, descubren enseguida que así les resulta más fácil. Además, él ya se siente contento al saber que ella se encuentra al otro lado de la pared. Le hace recordar cuando eran vecinos en Nueva York y se comunicaban en morse dando golpecitos en la pared.

Cada día que pasa con Emily es como un milagro para él. La ve sentada en su silla. Llevando una de sus camisetas. Lavando los platos. Durmiendo. La ve por todas partes. No puede creer que Emily esté ahora por todos lados. Quiere pegarle un mordisco para comprobar que es real. Quiere sacarle fotos porque ahora por fin puede hacerlo. Y se queda sentado contemplándola embobado, cuando debería estar haciendo otras cosas. Y Emily además es tan increíble. Como ella quiere salir un poco, él la lleva a ver sus lugares favoritos. Y ella le hace un montón de preguntas. (Él había olvidado esa costumbre suya.) Intenta respondérselas lo mejor posible, pero ella siempre ha sido más lista que él (y ahora lo es incluso más), así que ni siquiera está seguro de si se queda satisfecha con todas sus respuestas.

Hay un par de cosas que a Owen le molestan un poco. Le avergüenza incluso mencionarlas. Ella es desordenada. Y le gusta empezar nuevos proyectos en la casa, pero nunca los acaba. Y se acuesta muy tarde y hace mucho ruido aunque intente no hacerlo. Y después de ducharse, nunca saca los pelos que quedan en el desagüe. Y es verdad que hace muchas preguntas. Y a veces no saben de qué hablar, porque lo único que tienen en común es el pasado. Por eso muchas de sus conversaciones empiezan con «¿Te acuerdas de cuando…?» Y las cosas que a él más le molestan, a ella no le importan.

Pero Owen intenta ignorar todas estas cosas. Después de todo, Emily siempre ha sido así.

Un sábado por la tarde Liz se pasa por casa de Owen para recoger la pelota favorita de Jen. Hace una semana que la perra se lo ha estado pidiendo, pero Liz ha estado buscando una excusa u otra para evitar hacerlo. Cuando por fin decide ir, sólo encuentra a Emily en casa y se pregunta si la mujer de Owen sabe quién es ella.

—Soy Liz —dice tensamente—. La persona que está cuidando de Jen. Tú debes ser Emily.

—¡Oh, Liz, me alegro mucho de conocerte! —exclama Emily estrechándole la mano—. Muchas gracias por ocuparte de Jen. Espero que yo deje de ser alérgica algún día y pueda regresar a casa.

Liz asiente con la cabeza.

—Sólo he venido para recoger su pelota.

—¡Claro, voy a buscarla! —al cabo de unos momentos Emily regresa con la pelota. Observa a Liz. Piensa que le recuerda a alguien, pero no sabe a quién—. ¿Cómo conociste a Owen? —pregunta Emily.

—Yo… —Liz hace una pausa—, le ayudé a adoptar a Jen. Trabajo para el Departamento de Animales Domésticos. Supongo que acabamos haciéndonos amigos a través de Jen.

—Es lógico —responde Emily—. ¿Te apetece tomar una soda o alguna otra cosa? Es que Owen no me ha presentado aún a ninguno de sus amigos y tengo curiosidad por conocerlos.

—Lo siento, pero he de irme —responde Liz.

—De acuerdo. Entonces, podemos vernos algún otro día. ¿Te parece?

Liz asiente con la cabeza. Entra en el coche lo más deprisa posible, lo pone en marcha y sale disparada.

—¡Eh, Liz! —le grita Emily—, ¡te has dejado la pelota de Jen!

Al llegar a casa, Liz se arroja a la cama y se echa a llorar sobre la almohada. Betty intenta consolarla.

—No llores, cielo. Ya pescarás otros peces —le dice su abuela.

—¡Por si no te habías dado cuenta, cada vez soy más joven! —exclama Liz con abatimiento—. Ya no me queda tiempo para pescar ningún otro pez. ¡Y además ni siquiera me gustan! ¡Odio los peces!

—Entonces, puedes seguir siendo amiga de Owen, ¿no te parece?

Liz no dice nada.

—¿Quieres que los invite a cenar? —pregunta su abuela.

—¿A quién?

—A Owen y a su mujer, naturalmente.

—¿Por qué?

—Porque es un bonito detalle y él es un buen amigo tuyo.

—Yo creo que es una malísima idea —dice Liz.

—¿Qué te parece si los invitamos el próximo sábado? Siento una gran curiosidad por ver cómo es ella —dice Betty.

—Hoy la he conocido —admite Liz.

—¿Ah, si? ¿Y cómo es?

—Es muy bonita —admite Liz—, y muy adulta.

Liz se levanta de la cama y se contempla en el espejo que hay en su cómoda. Se pregunta si su aspecto ya está empezando a ser el de una niña.

Al cabo de una semana Emily y Owen van a cenar a casa de Betty. Él se alegra de ver a Jen y está orgulloso de poder presentarles a Emily. Betty y Emily se pasan casi toda la noche charlando. Su conversación está salpicada por los estornudos de Emily, aunque hayan encerrado a los perros en la habitación de Liz mientras los invitados están en casa. Liz se pasa toda la cena sin apenas decir nada. Owen intenta establecer contacto visual con ella, pero Liz lo evita a propósito. A causa de la alergia de Emily y del huraño silencio de Liz, la visita es más bien corta.

Al marcharse Owen y Emily, Betty le pregunta a Liz:

—¿No te sientes mejor después de haberlos invitado?

—Pues no —responde ella.

—Emily es una persona muy agradable —añade Betty.

—Yo no he dicho que no lo fuera —masculla Liz entre dientes.

Mientras se dirigen a casa en el coche, Emily pregunta a Owen:

—Te gusta Liz, ¿verdad?

Él no responde.

—No tienes por qué sentirte mal por ello —prosigue Emily—. Si así fuera, sería lo más natural del mundo. Ella tiene tu edad y tú no podías saber que yo acabaría viniendo aquí.

Él niega con la cabeza.

—Te quiero, Em. Y siempre te querré.

—Lo sé —responde ella.

Esa misma noche, cuando Liz está a punto de meterse en la cama, advierte un charquito amarillo en ella.

—¿Qué ha pasado aquí? —le pregunta a Sadie.

—¡No me mires a mí! ¡Ha sido Jen! —responde Sadie—. Creo que se siente abandonada. Pensaba que Owen vendría a buscarla esta noche.

—¡Owen se está pasando! —grita Liz—. ¡Voy a verle ahora mismo! —añade cogiendo de un manotazo las llaves del coche de su abuela de la repisa y cerrando la puerta de un portazo.

Liz toca el timbre de la casa de Owen con el corazón acelerado.

—¿Piensas venir a buscar algún día a Jen —le grita Liz—, o piensas dejarla conmigo por el resto de tu vida?

—Owen, ¿quién es? —grita Emily.

—Sólo es Liz —le contesta él también gritando.

—¡Hola, Liz! —exclama Emily desde el interior de la casa.

«¿Sólo es Liz?», qué increíble, piensa indignada ella.

Owen cierra la puerta tras él y se lleva a Liz fuera del porche.

—¡No me dices una palabra en toda la noche y luego vienes aquí sólo para gritarme!

—Owen —responde Liz—, no me parece justo lo que estás haciendo con Jen. La perra se siente abandonada y triste.

—¡Venga, Liz!, estoy seguro de que está muy a gusto viviendo contigo. Jen te quiere mucho —señala Owen.

Jen, tal vez me quiera mucho, pero yo no soy su propietaria. Se ha meado en mi cama. Y los perros enseñados sólo se mean en la cama de alguien cuando tienen problemas.

—Pues lo siento —responde Owen.

—¿Cuándo piensas venir a buscarla entonces? —le exige Liz.

—Pronto, muy pronto, en cuanto Emily se haya aclimatado.

—Ya han pasado dos semanas. ¿No crees que ya ha tenido tiempo de hacerlo?

—Sabes que Emily es alérgica —dice Owen lanzando un suspiro—. Yo no sé qué hacer.

—¡Tú te comprometiste con Jen! ¡Dijiste que te ocuparías de ella! —exclama Liz.

—Pero mucho antes de conocerla ya me había comprometido con Emily.

—¡Otra vez ella! ¡Estoy hasta el moño de Emily! —grita Liz.

—¡Pues yo no creo que estés así por lo de Jen! —grita Owen a su vez.

—Pues para que te enteres, yo no quiero tener nada que ver contigo, ¿sabes? ¡Ni siquiera habría venido si no me hubieras dejado a tu perra!

—¿Ah, sí? —responde Owen.

—¡Sí!

Y, entonces, como ya no les queda nada más por decirse, se besan. Liz no está segura de si es Owen el que la besa o de si es ella la que lo hace. De cualquier modo, el apasionado beso que se dan no es como el primer beso que Liz había imaginado que él le daría.

Cuando ella se aparta al fin de Owen, ve que Emily la está mirando. Pero no tiene una expresión furiosa, sino más bien curiosa.

—¡Hola! —dice Emily—. He oído gritos y he salido a ver qué pasaba —añade sonriendo de una manera muy extraña—. Supongo que es mejor que os deje solos —observa amablemente.

—¡Emily…! —exclama Owen. Pero ella ya se ha ido—. ¡Ha sido por tu culpa! —le grita a Liz.

—¿Por mi culpa? ¡Pero si has sido tú el que me ha besado!

—Sí, porque estás aquí, viviendo en este lugar, haciendo que mi vida sea mucho más difícil —grita Owen.

—¿Qué quieres decir? —pregunta Liz.

—¡Yo quería a Emily! ¡La quiero! —exclama Owen—. Y quizá si no te hubiera conocido, las cosas serían distintas. Pero ahora todo ha cambiado.

Owen se deja caer sobre los peldaños del porche. Está abatido.

—Es mi esposa, Liz. No puedo hacer nada. Aunque quisiera, no puedo hacer nada.

—Seguiré ocupándome de Jen —dice Liz antes de irse.