El cambio
El año en que Liz cumple ocho años, Sadie se vuelve un cachorrito de nuevo.
Unos meses antes de su «liberación», Sadie va volviéndose cada día más pequeña, su pelaje se vuelve más suave, su aliento más dulce y sus ojos más límpidos. Cada vez habla menos, hasta que deja de hablar. Antes de que se le caigan los dientes, mordisquea varios libros de Liz. Aunque Sadie se pasa casi todo el tiempo durmiendo en el jardín de Betty, también tiene extraños ataques de actividad maníaca en los que todo cuanto quiere hacer es juguetear luchando con Paco y Jen. Ambos perros toleran los ataques de actividad de Sadie con una considerable serenidad.
Unas semanas antes de su «liberación», Sadie se vuelve cada vez más pequeña hasta el punto de parecer casi un gran ratón en lugar de un cachorro. Ya no abre los ojos y Liz tiene que alimentarla dándole gotitas de leche con el meñique. Pero cuando Liz la llama por su nombre, Sadie todavía lo reconoce.
En el amanecer de su «liberación», Liz y Owen llevan en coche a Sadie al Río. Es la primera liberación a la que Liz asiste desde que participó en la suya truncada hace ahora seis años.
Al romper el alba, el viento empieza a soplar. La corriente se va llevando cada vez más deprisa a los bebés hacia el Río, de regreso a la Tierra. Liz contempla a Sadie siendo arrastrada por la corriente durante el máximo tiempo posible, hasta que el cachorro se convierte en un punto y luego en una manchita, y por último se desvanece en la lejanía.
De vuelta a casa Owen advierte que Liz está muy callada.
—¿Estás triste por lo de Sadie? —le pregunta.
Liz niega con la cabeza. No ha llorado ni se siente especialmente triste. Ni tampoco se siente feliz. En realidad, lo único que ha estado sintiendo es una extraña sensación en el estómago, como si tuviera un nudo en él.
—No —responde ella—, no estoy triste.
—Entonces, ¿qué te ocurre? —le pregunta Owen.
—No estoy triste —responde ella—, porque Sadie hace ya un tiempo que no era la misma y yo sabía que esto acabaría ocurriendo. —Liz hace una pausa intentando expresar con precisión lo que está sintiendo—. Creo que lo que siento es una mezcla de miedo, felicidad y excitación.
—¿Sientes todas esas emociones a la vez? —inquiere Owen.
—Sí. Estoy feliz y excitada porque me alegro de que mi amiga haya vuelto a la Tierra. Me gusta pensar en una perra que seguirá siendo mi Sadie, aunque le pongan otro nombre.
—También me has dicho que sentías miedo.
—Estoy preocupada por la gente que se ocupará de ella en la Tierra. Espero que se porten bien con Sadie, que la traten con alegría y cariño, que la cepillen cada día, y le den cosas de comer variadas, porque no le gusta comer siempre lo mismo. —Liz lanza un suspiro—. Al pensar en ello te das cuenta de lo terriblemente peligroso que es ser un bebé. ¡Hay tantas cosas que pueden salir mal!
Owen la besa en la frente con dulzura.
—Sadie estará bien —la tranquiliza.
—¡Y tú qué sabes! —protesta Liz—. Sadie podría acabar con gente que la mantenga encerrada todo el día o que la torture quemándole el cuerpo con colillas —exclama con los ojos empañados.
—Sé que Sadie estará bien —repite Owen con calma.
—Pero ¿cómo lo sabes?
—Lo sé porque me gusta creer que así será —le responde él.
—¡A veces, Owen, puedes ser tan bobalicón! —exclama Liz poniendo los ojos en blanco.
Él se siente herido. No vuelve a hablar durante el resto del trayecto.
Esa noche Liz llora por Sadie. Llora tan fuerte que despierta a Betty.
—¡Oh, cariño! —dice su abuela—, si quieres puedes tener otro perro. Ya sé que no será como Sadie, pero…
—No —responde Liz sollozando—. No puedo. No puedo. No puedo.
—¿Estás segura?
—No volveré a tener ningún perro —asegura Liz con firmeza—, y te pido que no vuelvas a decírmelo nunca, nunca más.
Al cabo de un mes Liz cambia de idea al enterarse de que una perrita llamada Lucy va a llegar a En Otro Lugar. Lucy ha muerto apaciblemente de viejecita a los trece años mientras dormía en la habitación de Liz. (Las cosas de Liz ya no estaban allí, sus padres las habían guardado en el desván años atrás, pero Lucy nunca había dejado de dormir en esa habitación).
Desde la orilla ve a Lucy, que camina balanceándose por la artritis y tiene el pelo del rostro más grisáceo a causa de la edad, cruzando la pasarela del paseo marítimo. La perra se dirige directa hacia ella y, al llegar, la saluda meneando tres veces su flexible cola curvada. Lucy ladea la cabeza y contempla a Liz entornando sus saltones ojos marrones para verla mejor.
—¿Dónde has estado? —le pregunta.
—Me morí —responde Liz en canino.
—¡Oh, es verdad! —contesta Lucy asintiendo con su cabecita arrugada—. Yo intenté no pensar demasiado en ello. Fingí que habías ido a la universidad antes de tiempo y que no podías ir a visitarme con demasiada frecuencia. Todos nosotros, Alvy, Olivia, Arthur y yo, te hemos echado muchísimo de menos.
—Y yo a vosotros —responde Liz levantándola del suelo y sosteniendo a la pesada perrita faldera en brazos—. Has engordado —observa bromeando.
—Sólo he engordado medio kilo o un kilo, o quizá uno y medio —responde Lucy—. Personalmente creo que estoy mejor con estos kilitos de más.
—Multum in parvo —responde Liz en latín bromeando, una frase que significa «tanto en tan poco», el lema de la perrita y la broma preferida de la familia de Liz, porque Lucy tiende a ganar peso.
—Liz —pregunta Lucy contemplando con los ojos entrecerrados el cielo—, ¿es esto ahí arriba? ¿Estoy en… el cielo?
—No lo sé —responde ella.
—No estoy ahí abajo, ¿verdad?
—Estoy segura de que no —contesta Liz riendo.
—Pues huele casi como en la Tierra —concluye Lucy husmeando con suavidad el aire—, sólo que aquí es un poco más salado. Me alegro de que ahora puedas hablar tan bien conmigo —le susurra en la oreja—. Tengo un montón de cosas que contarte de todo y de todo el mundo.
—¡Me muero de ganas de oírlas! —exclama Liz sonriendo.
—Pero primero vayamos a comer algo y luego a echar una siestecita. Y a tomar un baño, y a hacer otra siestecita y después a comer de nuevo y quizá a dar un paseo. ¡Pero sin duda a comer!
Liz deja a Lucy en el suelo y las dos se dirigen charlando a casa.