Bienvenida a En Otro Lugar
—¡Ya hemos llegado! —exclama Thandi mirando por la portilla superior al ver que Liz acaba de entrar en el camarote. Después salta de la litera para abrazarla con sus fuertes brazos y hacerla girar por el camarote hasta que las dos se quedan sin aliento.
Liz se sienta para coger aire.
—¿Cómo puedes estar tan feliz cuando estamos…? —su voz se apaga.
—¿Muertas? —responde Thandi esbozando una ligera sonrisa—. De modo que por fin lo has descubierto.
—Acabo de ver mi funeral, pero creo que antes ya me lo imaginaba.
Thandi asiente solemnemente con la cabeza.
—Cada uno necesita su tiempo —observa—. Mi funeral fue horrible; a propósito, gracias por preguntármelo. Me vistieron como un payaso. Por no hablar del peinado que me hicieron —añade levantándose las trencitas para examinar en el espejo el agujero de detrás de la cabeza—. Sin duda se está volviendo más pequeño —deduce antes de dejarlas caer.
—¿No estás triste? —le pregunta Liz.
—¿De qué me serviría? No puedo cambiar las cosas. Y lo siento, pero estoy harta de estar en este pequeño camarote.
Por el sistema de megafonía del barco se escucha un anuncio: «Les habla el capitán. Espero que hayan tenido un buen viaje. La tripulación del Nilo les da la bienvenida a En Otro Lugar. La temperatura local es de veinte grados y hace un tiempo soleado con algunas nubes y una brisa procedente del oeste. Ahora son las tres y cuarenta y ocho de la tarde, hora local. Rogamos a todos los pasajeros que desembarquen. Ésta es la última y única parada.»
—¿No te preguntas cómo será? —inquiere Liz.
—El capitán acaba de decirlo. Hace un tiempo cálido con una ligera brisa.
—No me refiero al tiempo, sino a todo lo demás.
—Pues no. Eso es lo que hay, y por más preguntas que me haga, la situación no cambiará —observa Thandi tendiéndole la mano para ayudarla a levantarse de la cama—. ¿Vienes?
Liz le dice que no con la cabeza.
—El barco probablemente está abarrotado de gente. Prefiero esperar un poco, hasta que los pasillos estén despejados.
—No tengo prisa —dice su amiga sentándose junto a ella en la cama.
—No hace falta que me esperes —responde Liz—. Quiero estar sola un rato.
Thandi se la queda mirando a los ojos.
—Vale, pero no te quedes aquí para siempre.
—No, te lo prometo.
Thandi asiente con la cabeza. Cuando está a punto de salir, Liz la llama y le dice:
—¿Por qué crees que nos han puesto juntas?
—¡No tengo ni idea! —exclama Thandi encogiéndose de hombros—. Probablemente éramos las únicas chicas de dieciséis años que murieron ese día de traumatismo craneal.
—Yo tengo quince —le recuerda Liz.
—Supongo que es lo mejor que se les ocurrió —añade Thandi dándole un fuerte abrazo—. Me alegro de haberte conocido, Liz. Quizá volvamos a vernos algún día.
Liz desea confirmarle la profunda experiencia que las dos han compartido en el barco, pero no encuentra las palabras adecuadas.
—Sí, hasta pronto —acaba diciendo.
Al cerrar Thandi la puerta, siente el impulso de llamarla y pedirle que se quede con ella. Ahora es su única amiga, aparte de Curtis Jest. (Y no está segura de poder contar con él como amigo.) Al irse Thandi, se siente más sola e infeliz que nunca.
Se echa en la litera de abajo. A su alrededor puede oír el sonido de los pasajeros abandonando los camarotes y saliendo por los pasillos. Decide esperar hasta que no oiga a nadie, sólo entonces se aventurará a salir. En el intervalo entre el abrir y cerrar de puertas, oye fragmentos de conversaciones.
—Es un poco embarazoso ir en pijama al no tener nada más que ponernos… —dice un hombre.
—Espero que haya algún hotel decente… —observa una mujer.
—¿Crees que me encontraré con Hubie? ¡No te imaginas cuánto lo he echado de menos! —dice otra mujer.
Liz se pregunta quién es Hubie. Supone que probablemente esté muerto, como los otros pasajeros del Nilo, como lo está ella. Quizás estar muerto no sea tan malo después de todo si eres muy viejo, piensa, porque por lo que ha visto, la mayoría de las personas muertas son muy ancianas. Por eso lo más posible es que conozcan a otras personas de su edad. Incluso puede que en este nuevo sitio, En Otro Lugar, o sea como sea como se llame, también estén las personas que conocían y que murieron antes que ellas. Y quizá si eres lo bastante viejo conocerás a más gente muerta que viva, de modo que para esas personas morirse ha se ser algo bueno, o al menos no debe tratarse de un episodio demasiado malo. Ya que tal como Liz lo ve, para los ancianos la muerte se parece a vivir jubilado en Florida.
Pero ella tiene quince años (casi dieciséis) y no conoce personalmente a ninguna persona que haya muerto. Salvo ella misma y los pasajeros del barco. La idea de estar muerta le parece una perspectiva en la que se sentirá terriblemente sola.
Mientras se dirige con el coche al paseo marítimo de En Otro Lugar, Betty Bloom, un mujer que suele hablar en voz alta consigo misma, observa:
—¡Ojalá hubiera estado con Elizabeth aunque sólo fuera una vez! Entonces podría decirle: «¿Te acuerdas de cuando nos conocimos?» Ahora en cambio sólo puedo decir: «Soy tu abuela. Nunca llegamos a conocernos, porque yo fallecí prematuramente de un cáncer de mama». Y francamente, el cáncer no es una forma de empezar una conversación. En realidad, es mejor que no mencione lo del cáncer. Basta con decirle que me morí. Al menos las dos tenemos esto en común. —Betty lanza un suspiro. Un coche le pega un bocinazo. En lugar de acelerar, sonríe al conductor, le saluda con la mano y le deja pasar—. Sí, me gusta conducir a esta velocidad. Si quieres ir más deprisa, adelante —añade ella.
»Me hubiera gustado tener más tiempo para preparar la llegada de Elizabeth. La idea de ser abuela de alguien me resulta extraña y además no me siento como una abuela. No me gusta hacer pasteles, de hecho no me gusta cocinar, ni hacer tapetes ni batas. Y aunque me gustan mucho los niños, me temo que no soy demasiado hábil con ellos.
»Por el bien de Olivia prometo no ser estricta ni crítica. No trataré a Elizabeth como a una niña sino como a una persona adulta. Y también prometo apoyarla. Y no le haré demasiadas preguntas. A cambio, espero que yo le guste un poco, a pesar de todo lo que Olivia pueda haberle dicho de mí. —Betty se queda callada y se pregunta cómo estará Olivia, su única hija.
Al llegar al paseo marítimo se mira en el retrovisor y se sorprende de lo que ve en él: una mujer ni demasiado vieja, ni demasiado joven. Lo cual es más bien extraño.
Pasa una hora. Y luego otra. Los pasillos se quedan vacíos y silenciosos. Liz empieza a concebir un plan. ¿Quizá podría viajar como polizón? En algún momento dado el barco tendrá que volver al lugar del que ha venido, ¿verdad? Y si ella se queda a bordo, quizá podrá volver a la vida de antes. Tal vez sea así de sencillo, piensa. Quizá cuando oyó historias de personas que habían tenido experiencias cercanas a la muerte, que habían muerto clínicamente y después habían vuelto a la vida, esas personas «afortunadas» en el fondo no lo eran tanto, sino que sólo habían sido lo bastante inteligentes como para quedarse en el barco.
Liz se imagina volviendo a casa. Todo el mundo exclamaría: «¡Es un milagro!» Y los periódicos hablarían de ella: UNA JOVEN DEL LUGAR HA VUELTO A LA VIDA; AFIRMA QUE LA MUERTE ES UN VIAJE EN BARCO EN LUGAR DE UNA LUZ BLANCA AL FINAL DE UN TÚNEL. Le propondrían escribir un libro (La joven muerta, de Liz Hall) y hacer una película basada en su vida que se emitiría por la tele (Decidió vivir: la historia de Elizabeth M. Hall), y además aparecería en el programa de Oprah Winfrey para promocionar ambos proyectos.
Liz ve que el pomo se mueve y la puerta empieza a abrirse. Sin pensarlo dos veces se esconde debajo de la cama. Desde el lugar en que se encuentra puede ver a un niño de la edad de su hermano, vestido con un uniforme blanco de capitán con unas charreteras doradas y una gorra haciendo juego. El niño se sienta en la litera de abajo sin que parezca haberse percatado de la presencia de Liz.
Permanece en ella casi totalmente inmóvil, salvo por el leve balanceo de sus piernas. Ella advierte que los pies apenas le llegan al suelo. Desde donde está, puede ver perfectamente las suelas de sus zapatos. Alguien ha escrito con un rotulador negro una I en la suela izquierda y una D en la derecha.
—Estaba esperando que te presentaras —dice al cabo de varios minutos con una voz inusualmente madura para un niño de su edad—, pero no tengo todo el día.
Liz no responde.
—Soy el capitán —precisa el niño— y se supone que no debías seguir en el camarote.
Ella sigue sin responder. Aguanta la respiración e intenta no hacer el menor ruido.
—Sí, es el capitán el que está hablando contigo, con la joven escondida debajo de la cama.
—¿El capitán de qué? —le susurra Liz.
—¡El capitán del Nilo, por supuesto!
—Pareces un poco joven para ser capitán.
—Te aseguro que mi experiencia y mi currículum son ejemplares. Soy el capitán desde hace unos cien años.
¡Qué comediante!, piensa Liz.
—¿Cuántos años tienes?
—Siete —responde el capitán con dignidad.
—¿Y no crees que eres un poco pequeño para ser capitán?
Él asiente con la cabeza.
—Sí —admite—. Ahora tengo que hacer siestas por la tarde. Probablemente me retire el año que viene.
—Quiero hacer el viaje de vuelta —dice Liz.
—Estos barcos sólo hacen el trayecto de ida, no de vuelta.
—¡Esto no tiene ningún sentido! —exclama ella sacando la cabeza de debajo de la cama—. Han de volver a la Tierra de algún modo.
—Yo no soy el que dicta las reglas —observa el capitán.
—¿Qué reglas? ¡Si estoy muerta!
—Si crees que estar muerta te permite actuar como te plazca, estás muy equivocada —responde el capitán—. No podrías estarlo más, ni muerta —añade un segundo después y luego se ríe del chiste tan malo que acaba de hacer. Pero de súbito vuelve a ponerse serio—. Supongamos por un momento que fuera posible y que consiguieras volver a la Tierra en este barco. ¿Qué crees que ocurriría entonces?
—Supongo que volvería a mi antigua vida, ¿verdad? —dice Liz saliendo de su escondite.
—No —responde el capitán sacudiendo la cabeza—. No tendrías un cuerpo con el que regresar. Serías un fantasma.
—¡Y qué! Quizá convertirse en un fantasma no sea tan malo.
—Créeme. Sé de algunos que lo han sido y no es una buena vida. Acabas enloqueciendo y haciendo enloquecer a todos tus seres queridos. Hazme caso: desciende del barco.
A Liz se le vuelven a empañar los ojos. La muerte te convierte en una llorona, piensa mientras se seca las lágrimas con el dorso de la mano.
El capitán se saca un pañuelo del bolsillo y se lo ofrece. Está hecho del algodón más suave y fino, parece más de papel que de tela, y está bordado con las palabras El capitán. Liz se suena la nariz con él. Su padre también lleva pañuelos encima. Al acordarse de este detalle ha de sonarse de nuevo.
—No llores. Este lugar no está mal después de todo —señala el capitán.
Liz sacude la cabeza.
—Es por el polvo que hay bajo la cama. Me ha entrado en los ojos —responde devolviéndole el pañuelo.
—Quédatelo. Probablemente volverás a necesitarlo —dice él poniéndose en pie y adoptando la perfecta postura de un militar veterano, pero la cabeza del capitán a ella sólo le llega hasta el pecho—. Confío en que dentro de unos pocos minutos ya habrás desembarcado —añade—. No creo que quieras quedarte en el barco —y después de pronunciar estas palabras, cierra la puerta tras de sí.
Liz reflexiona en lo que este extraño niño le ha dicho. Aunque se muera de ganas de estar con su familia y con sus amigas, no quiere ser un fantasma. Y sin duda no desea causar más dolor a sus seres queridos. Sabe que sólo puede hacer una cosa.
Mira por la portilla por última vez. El sol casi se ha puesto y se pregunta por un momento si es el mismo sol que se ve desde su casa.
La única persona que hay en el muelle es Betty Bloom. Aunque Liz nunca la haya visto antes, hay algo en aquella mujer que le recuerda a su madre. Betty saluda a Liz agitando la mano y se dirige hacia ella con resolución, dando grandes zancadas.
—¡Bienvenida, Elizabeth! He estado esperando este momento desde hace mucho —exclama su abuela dándole un fuerte abrazo, Liz intenta liberarse de él—. ¡Eres igual que Olivia!
—¿Cómo es que conoces a mi madre? —pregunta Liz.
—Soy su madre, Betty, tu abuela, pero nunca llegaste a conocerme porque me morí antes de que nacieras —dice abrazándola de nuevo—. Te pusieron mi nombre, yo también me llamo Elizabeth, pero siempre he sido Betty.
—Pero ¿cómo es posible? ¿Cómo puedes ser mi abuela si pareces tener la edad de mi madre? —pregunta Liz desconcertada.
—¡Bienvenida a En Otro Lugar! —exclama riendo la abuela Betty al tiempo que señala con naturalidad la gran bandera que ondea en el paseo marítimo.
—No lo entiendo.
—Aquí nadie envejece, todo el mundo se vuelve más joven cada día que pasa. Pero no te preocupes, te explicarán todo esto en la cita de aclimatación.
—¿Me estoy volviendo más joven? ¡Pero si tardé mucho tiempo en poder tener quince años!
—No te preocupes, querida, al final todo saldrá bien. Este lugar te va a encantar.
Como es lógico, Liz no está tan segura de ello.