En memoria de Elizabeth Marie Hall

Noche tras noche Liz se va a dormir, pero nunca se despierta en Medford; el tiempo va transcurriendo, pero ella no sabe cuánto ha pasado. A pesar de haber registrado a fondo el barco, ni ella ni Thandi han descubierto un solo calendario, televisor, teléfono, ordenador o ni siquiera radio. Lo único que Liz sabe con seguridad es que ya no está calva: su cabeza está cubierta por unos pelitos de sesenta milímetros. ¿Cuánto tiempo tarda el pelo en crecer?, se pregunta. ¿Cuánto tiempo necesita un sueño para convertirse en la vida de uno?

Mientras está tendida en la cama, mirando fijamente la litera de arriba, oye de pronto que su amiga está sollozando.

—Thandi —le pregunta estirando el cuello para oírla mejor—, ¿te encuentras bien?

La chica se echa a llorar con más fuerza.

—E-e-echo de menos a mi novio —logra al fin balbucear.

Liz tiende a Thandi un pañuelo de papel. Aunque en el Nilo no hay aparatos electrónicos modernos, está lleno de pañuelos de papel.

—¿Cómo se llama? —pregunta Liz.

—Reginald Christopher Doral Monmount Harris el Tercero —responde ella—, pero le llamo Flaco aunque no lo sea para nada. ¿Sales con algún chico?

Liz se toma un momento para meditar la respuesta. Su vida romántica por desgracia no ha llegado a tanto. Cuando iba al segundo curso Raphael Annuncio le regaló una caja de dulces en forma de corazones parlantes el Día de San Valentín. Aunque parecía un gesto prometedor, Raphael le pidió a la mañana siguiente que le devolviera las golosinas. Era demasiado tarde: ella se había comido todos los corazones menos el que ponía (ERS DMSDO DLCE).

Y en el octavo curso se inventó un novio para que las chicas más populares del instituto creyeran que era una joven moderna. Liz afirmaba haber conocido a Steve Detroit (¡así era cómo llamaba a su supuesto novio!) cuando fue a ver a su prima en Andover. Steve Detroit quizá fuera un novio ficticio, pero Liz lo convirtió en un verdadero gilipollas. La engañó, la llamó gorda, la obligó a hacerle los deberes e incluso le pidió diez dólares que nunca le devolvió.

En el verano que precedió al noveno curso, conoció a un chico en el campamento de verano. Era un monitor llamado Josh, que en una ocasión le sostuvo el codo en un gesto que a Liz le pareció inexplicablemente encantador y asombroso. Al volver a casa le escribió una apasionada carta, pero por desgracia él no se la contestó. Más tarde Liz se preguntó si Josh se habría dado cuenta siquiera de que le estaba sujetando el codo. ¿Quizá había creído que el codo formaba parte del brazo de la silla?

En realidad su relación más seria fue con Edward, un corredor de campo a través. Iban a la misma clase de mates. Liz había cortado con él en enero, antes de que empezara la temporada de primavera. No soportaba ir a una prueba más. Según su opinión, era el deporte más aburrido del mundo. Se preguntaba si a Edward le importaría que ella estuviera muerta.

—¿Qué me dices? ¿Tienes novio o no? —insiste Thandi.

—Pues no —admite Liz.

—¡Qué suerte tienes! No creo que Flaco me eche en falta.

Liz no le responde. No sabe si puede considerarse afortunada.

Se levanta de la cama y se mira en el espejo que hay sobre la cómoda. Salvo por su actual corte de pelo, no es fea y, sin embargo, los chicos de su clase nunca parecen interesarse por ella. Lanzando un suspiro examina el nuevo pelo que le crece en la cabeza. Estira el cuello para ver el aspecto de su nuca. Y entonces es cuando lo descubre: una larga hilera de puntos en forma de arco sobre la oreja izquierda. La herida está empezando a curarse y el cabello está empezando a crecer sobre los puntos. Pero siguen ahí. Liz se los toca con cuidado. Dan la impresión de que tan sólo al rozarlos han de doler, pero no es así.

—Thandi, ¿me los habías visto antes?

—Sí, cuando te conocí ya los tenías.

Liz se maravilla de no haberlos advertido.

—¿No te parece extraño que tú tengas un agujero detrás de la cabeza y yo estos puntos por encima de la oreja, y que las dos nos encontremos bien? —le pregunta—. Me refiero a que los puntos no me duelen.

—¿Te acuerdas de cómo te hiciste la herida?

Liz se queda pensando en la pregunta unos momentos.

—En el sueño… —empieza a decir y luego se detiene—. Creo que me la hice al tener… una especie de accidente cuando iba en bicicleta.

De pronto Liz necesita sentarse. Está helada y sin aliento.

—Quiero saber cómo te hiciste el agujero en la cabeza —añade.

—Ya te lo he dicho. Me pegaron un tiro.

—Sí, pero ¿cómo pasó? Cuéntame cómo pasó todo.

—Lo único que recuerdo es que iba por la calle con Flaco. A propósito, vivimos en Washington D. C. De pronto, una estúpida bala sale de no sé dónde. «¡Agáchate!», me grita Flaco y luego se pone a chillar: «¡ESTÁ SANGRANDO! ¡OH, DIOS, ESTÁ SANGRANDO!» Y lo siguiente que recuerdo es que me despierto en este barco cuando tú me preguntas dónde estás —dice enroscando una de sus trencitas alrededor de su dedo—. ¿Sabes?, al principio yo tampoco me acordaba de todo, pero luego empecé a recordar cada vez más cosas.

Liz asiente con la cabeza.

—¿Estás segura de que no lo estás soñando? —le pregunta.

—Ya sé lo que tú piensas sobre ello, pero yo sé que no estoy soñando. Los sueños tienen una atmósfera especial y esto que estoy viviendo no me produce la sensación de ser un sueño.

—Pero ¿cómo es posible entonces? A ti te pegan un tiro en la cabeza y yo tengo un grave accidente de bicicleta y las dos nos vamos paseando por ahí más frescas que una rosa, como si nada hubiera ocurrido.

Thandi se lo niega con la cabeza, pero prefiere no decir nada.

—Además, ¿cómo sino podría Curtis Jest estar aquí? ¿No crees que sólo podemos encontrarnos con una famosa estrella del rock en sueños? —pregunta ella.

—Pero, Liz, ¿sabes de qué son las marcas que tiene en el brazo?

—Sí.

—En Baltimore vivía mi prima Shelly. Ella también tenía unas marcas parecidas. Son la clase de marcas que salen cuando te inyectas…

—¡No quiero saberlo! —le interrumpe Liz—. Curtis Jest no se parece en nada a tu prima Shelly de Baltimore. ¡En nada!

—Está bien, pero no te cabrees conmigo. Has sido tú la que ha sacado el tema.

—¡Lo siento, Thandi! —se disculpa Liz—. Sólo estoy intentando esclarecer todo este misterio.

Thandi lanza un largo y lastimero suspiro.

—Tía, no quieres aceptar la realidad —observa.

Antes de que Liz tenga tiempo de preguntarle a qué se refiere, alguien desliza por debajo de la puerta del camarote un gran sobre beis. Aliviada por la distracción, Liz lo recoge. El sobre, escrito con letras azul marino, va dirigido a:

Pasajera Elizabeth M. Hall

En el pasado, de Medford, Massachusetts, en

Estados Unidos

En el presente, en el Nilo, camarote 130002,

litera inferior

Liz abre la puerta. Recorre el pasillo de arriba abajo con la mirada, pero no hay nadie en él.

Vuelve a su litera y abre el sobre. En el interior hay una tarjeta de papel vitela y una extraña moneda hexagonal con un orificio redondo en el centro. La moneda le recuerda las fichas del metro de su país. En una de sus caras hay grabadas las palabras UN ETERNIM, y en la otra, MONEDA OFICIAL DE EN OTRO LUGAR. La tarjeta parece ser una invitación, pero no especifica el acontecimiento en cuestión:

Querida pasajera Hall,

Se solicita su presencia:

Cubierta de Observación

Prismáticos no 219

Hoy

¡AHORA MISMO!

—¡A quién se le ocurre enviar una invitación de un acontecimiento que está sucediendo «ahora mismo»! Es imposible llegar a tiempo —dice Liz mostrando la invitación a su amiga.

—En realidad, Liz, es imposible llegar tarde. «Ahora mismo» es un término muy relativo —responde Thandi.

—¿Quieres venir conmigo? —pregunta Liz.

—Probablemente será mejor que vayas sola.

—¡Como quieras! —le contesta Liz, que aún está enfadada con Thandi y en el fondo se alegra de que no la acompañe.

—Además, yo ya he ido —admite la chica.

—¿Cuándo fuiste sin mí? —inquiere Liz.

—En una ocasión —responde Thandi con vaguedad—. ¡No importa!

Liz sacude la cabeza. Tal como puede ver, ya va a llegar tarde y no tiene tiempo para hacerle más preguntas.

—Es por la heroína —dice Liz girando el rostro hacia Thandi mientras sale del camarote—. Esas marcas en el brazo de Curtis se deben a la heroína, ¿verdad?

Thandi asiente con la cabeza.

—Creía que no lo sabías —observa ella.

—En las revistas siempre salían rumores de que Curtis Jest era un yonqui —señala Liz—, pero no todo lo que se publica es verdad.

La Cubierta de Observación se encuentra en el último piso del barco. Aunque Liz y Thandi exploraron el Nilo a fondo, nunca llegaron hasta arriba de todo. (Al menos juntas, piensa Liz.) Ahora se pregunta por qué nunca fueron hasta el último piso. De súbito siente el imperioso deseo de ir allí. Intuye que cuando llegue a la Cubierta de Observación ocurrirá algo decisivo.

Sube corriendo los numerosos tramos que hay entre su camarote y la Cubierta de Observación. Se descubre recitando la estrofa del poema que la señorita Early les leyó en clase: «Me he encontrado con un viajero de la antigua tierra; me he encontrado con un viajero de la antigua tierra; me he encontrado con un viajero de la antigua tierra». Cuando por fin llega al último piso, está empapada en sudor y sin aliento.

La Cubierta de Observación consiste en una larga hilera de prismáticos, como los que se parecen a la delgada figura de una persona sin brazos o a un parquímetro. Los prismáticos están unidos a un taburete de metal de incómodo aspecto. En la cubierta hay un montón de pasajeros mirando por ellos totalmente absortos, aunque las reacciones de cada uno son muy diferentes. Algunos ríen, otros lloran, otros ríen y lloran al mismo tiempo o tienen la mirada perdida, con una expresión vacía.

Los prismáticos están numerados. Liz, llena de miedo y curiosidad, localiza los prismáticos no 219 y se sienta en el taburete de metal. Se saca la extraña moneda del bolsillo y la introduce en la ranura. Al pegar los ojos a los prismáticos, el objetivo se abre emitiendo un chasquido. Liz ve por ellos lo que casi podría describirse como unas imágenes tridimensionales.

La película tiene lugar en una iglesia. Liz la reconoce como la iglesia a la que iba siempre que su madre sentía de pronto la necesidad de «mejorar la vida espiritual de su hija». En los bancos de atrás ve a varios chicos de su instituto vestidos de negro. Al moverse la cámara hacia delante enfocando el resto de la iglesia, Liz ve a otras personas, de más edad, que sólo conoce de haberlas visto en las comidas que sus padres organizaban en los días festivos, de las que ni siquiera se acordaba, y de las cenas que había contemplado desde lo alto de la escalera cuando se suponía que ya debía estar en la cama. Sí, esas personas eran familiares suyos y los amigos de sus padres. Finalmente la cámara se detiene en la parte delantera de la iglesia. Su madre, su padre y su hermano están sentados en la primera fila. Su madre va sin maquillar y se aferra a la mano de su padre. Su hermano lleva un traje azul marino que ya le queda demasiado pequeño.

El doctor Frederick, el director de su instituto, con el que Liz nunca ha hablado personalmente, se encuentra en el púlpito.

—Era una estudiante que sacaba sobresaliente en todo —dice el doctor Frederick en un tono que Liz reconoce como el que emplea para las reuniones—. Elizabeth Marie Hall fue un orgullo tanto para sus padres como para el instituto.

Liz se echa a reír. Aunque sus notas oscilaban de aceptables a muy buenas, nunca sacó sobresaliente en todo. Normalmente sacaba notables, salvo en matemáticas y en ciencias.

—Pero ¿qué podemos aprender de la muerte de una persona tan joven con tanto potencial? —dice el doctor Frederick golpeando el atril con el puño para dar más énfasis a sus palabras—. Lo que podemos aprender de ella es lo importante que es la seguridad vial.

En este punto el padre de Liz prorrumpe en unos entrecortados e histéricos sollozos. En toda su vida Liz nunca lo había visto llorar así.

—En memoria de Elizabeth Marie Hall —prosigue el doctor Frederick— tenéis la obligación de mirar hacia un lado y hacia el otro antes de cruzar la calle, de poneros el casco al ir en bicicleta, de abrocharos el cinturón, de adquirir sólo automóviles que incluyan airbags en los asientos de los pasajeros…

El doctor Frederick parece tener cuerda para rato. ¡Qué cotorra!, piensa Liz.

Enfoca los prismáticos hacia la izquierda. Junto al atrio, advierte una caja blanca rectangular lacada con unas cutres rosas de color rosa talladas en los lados. A estas alturas Liz ya se imagina qué, o más bien quién, se encuentra en la caja. Sin embargo, sabe que ha de verlo con sus propios ojos. Echa un vistazo por encima de la tapa: una chica exánime con una peluca rubia y un vestido de terciopelo marrón yace en un lecho de satén blanco. Siempre odié ese vestido, piensa Liz. Se acomoda en el incómodo taburete de metal y lanza un suspiro. Ahora sabe con certeza lo que hasta entonces sólo había sospechado: está muerta. Está muerta y, de todos modos, no siente nada, al menos de momento.

Liz echa un último vistazo con los prismáticos para comprobar si están todas las personas que debían haber asistido a su funeral. Edward, el corredor de campo a través se encuentra allí, sonándose valientemente la nariz con la manga. Su profesora de inglés también, así como su entrenadora personal. Recibe una agradable sorpresa al ver que la de historia universal también ha asistido. Pero ¿qué ha ocurrido con el de segundo de álgebra y el de biología?, se pregunta Liz. (Eran sus asignaturas preferidas.) Y tampoco logra ver a su mejor amiga por ninguna parte. ¿Acaso no fue por culpa de Zooey que se dirigió al centro comercial? ¿Dónde diantres está? Indignada, deja de mirar por los prismáticos antes de que haya finalizado el tiempo que le corresponde. Ya ha visto bastante.

Estoy muerta, piensa. Y luego lo repite en voz alta para escuchar cómo suena:

—Estoy muerta. ¡Muerta!

¡Qué extraño!, no le da la sensación de que su cuerpo esté muerto. Lo siente como siempre.

Mientras pasa por delante de la larga hilera de prismáticos de vuelta al camarote, ve a Curtis Jest. Está mirando con poco entusiasmo por sus prismáticos utilizando sólo un ojo. Con el otro reconoce enseguida a Liz.

—Hola, Lizzie. ¿Cómo te está tratando la vida en el más allá? —le pregunta.

Ella intenta encogerse de hombros con indiferencia. Aunque no sabe exactamente qué es lo que «la vida en el más allá» comporta, está absolutamente segura de una cosa: nunca volverá a ver más a sus padres, a su hermano ni a sus amigas. En cierto modo, se siente más bien como si siguiera con vida y fuera la única invitada en el funeral colectivo de toda la gente que ha conocido.

—¡Es aburrida! —decide responderle, aunque esta contestación no refleje para nada lo que está sintiendo.

—¿Y qué te ha parecido el funeral? —le pregunta Curtis.

—Fue sobre todo una ocasión para que el director de mi instituto hablara de la seguridad vial.

—¿De la seguridad vial? Suena divino —responde él ladeando la cabeza ligeramente desconcertado.

—Y además dijo que era una estudiante que siempre «sacaba sobresalientes» —añade Liz—. Lo cual no es cierto.

—¿Que no miras las noticias? Todos los jóvenes se convierten en unos perfectos estudiantes cuando estiran la pata. Es de lo más común.

Liz se pregunta si su muerte ha salido en las noticias locales. ¿Acaso a alguien le importa que una chica de quince años muera atropellada por un coche?

—El gran Jimi Hendrix dijo: «Todo el mundo te adora cuando estás muerto: en cuanto te mueres, te hacen inmortal», o algo por el estilo. Pero probablemente no sabes quién es Jimi Hendrix.

—Sí que lo sé —contesta Liz—. Es el guitarrista.

—¡Le pido mil disculpas, señorita! —dice Curtis haciendo el gesto de sacarse el sombrero—. En ese caso, ¿te gustaría echar una miradita a mi funeral?

Liz no está segura de si le apetece ver otro funeral, pero no quiere ser descortés. Mira por los prismáticos de Curtis. Su funeral es mucho más elaborado que el suyo: los otros miembros de Machine están ahí; un famoso cantante interpreta su canción más famosa con una nueva letra escrita para la ocasión; una famosa modelo de lencería solloza en la primera fila y, por extraño que parezca, sobre el ataúd de Curtis hay un oso haciendo malabarismos.

—¿Por qué hay un oso en tu funeral? —pregunta sorprendida Liz.

—Se supone que iba a salir en nuestro nuevo vídeo. Se llama Bartolomeo y me dijeron que es el mejor oso malabarista que hay en el mercado. Uno de los chicos de la banda probablemente pensó que me gustaría la idea.

Liz se aparta un poco de los prismáticos.

—¿Cómo te moriste, Curtis?

—Al parecer, de sobredosis, supongo.

—¿Al parecer? —inquiere Liz.

—Sí, al menos eso es lo que dijeron en las noticias: «Curtis Jest, el cantante de Machine, murió al parecer de una sobredosis en la madrugada del domingo en su residencia de Los Ángeles. Tenía treinta años». Por lo visto es una gran tragedia —comenta riéndose—. ¿Y tú, Lizzie? ¿Lo sabes ahora?

—Me arrolló un coche mientras iba en bicicleta.

—¡Ah!, ahora entiendo por qué se habló de la seguridad vial en tu funeral.

—Supongo que fue por eso. Mamá siempre estaba intentando hacer que me pusiera el casco —observa Liz.

—Las mamás siempre saben qué es lo que más nos conviene.

Liz sonríe. Al cabo de un momento se sorprende al descubrir varias lágrimas rodando por sus mejillas. Se las seca rápidamente con la mano, pero pronto son reemplazadas por otras.

—Toma —dice Curtis ofreciéndole la manga de su pijama para que se las seque.

Liz la acepta. Advierte que el brazo cubierto de cicatrices de Curtis se está curando.

—¡Gracias! —exclama ella agradecida—. A propósito, tu brazo tiene mejor aspecto.

Él se baja la manga del pijama.

—Mi hermana pequeña tiene tu misma edad —observa él—. Y además se parece un poco a ti.

—Estamos muertos, ¿sabes? Todos estamos muertos. Y no volveremos a ver a nuestra familia nunca más —exlama Liz echándose a llorar.

—¡Quién sabe!, Lizzie. Quizá volvamos a verla.

—¡Claro, a ti te resulta fácil decirlo! ¡Como en el fondo te querías morir! —en cuanto acaba de decir estas palabras, se arrepiente de haberlas pronunciado.

Curtis reflexiona unos momentos antes de responder.

—Era un drogadicto, pero no quería morir.

—Lo siento.

Él asiente con la cabeza sin mirar realmente a Liz.

—Lo siento mucho —vuelve a disculparse ella—. He dicho una estupidez. Sólo lo creí porque muchas de tus canciones son más bien melancólicas. Pero no debí suponerlo.

—Acepto tus disculpas. Es bueno saber disculparse como Dios manda. Hay muy pocas personas que sepan hacerlo —observa Curtis sonriendo. Liz le devuelve la sonrisa—. En realidad, la verdad es que algunos días deseaba morirme, quizá un poco. Pero no la mayoría de ellos.

Ella está a punto de preguntarle si ahora que está muerto siente aún la necesidad de drogarse, pero decide que no es una pregunta adecuada.

—La gente debe de estar muy triste por tu partida —observa Liz.

—¿Tú crees?

—Al menos yo lo estoy.

—Pero ahora me encuentro en el mismo lugar que tú. O sea que a ti no te he dejado, ¿verdad?

—No, supongo que no —admite ella riendo—. ¡Qué extraño que me esté riendo! ¿Cómo puede ahora hacerme gracia algo? ¿Crees que estaremos en este barco para siempre? Quiero decir que si piensas que esto es todo lo que hay.

—Sospecho que no, Lizzie.

—Pero ¿cómo lo sabes?

—Quizá mi mente me esté haciendo una jugarreta, pero creo que veo la costa, cariño —dice Curtis.

Liz se pone en pie para intentar divisarla por encima de los prismáticos. En la lejanía le parece ver una costa. La imagen la tranquiliza por el momento. Si no puedes evitar estar muerta, es mejor estar en algún lugar, sea cual sea, que en ninguno, piensa.