Sadie
—¡Tu primer trabajo verdadero! —exclama orgullosa Betty—. ¡Qué maravilloso, cariño! Recuérdame que te haga una foto cuando lleguemos. Esta mañana estás muy callada —añade echándole una rápida ojeada al ver que Liz, sentada en el asiento del pasajero, no le responde.
—Sólo estaba pensando —dice ella esperando que no la despidan al primer día.
Aparte de hacer de canguro, Liz nunca había tenido un «verdadero trabajo» antes. No es que no quisiera, incluso quería trabajar en el centro comercial cuando a Zooey le salió un trabajo en él, pero sus padres no la dejaban. «Tu trabajo es el instituto», solía decirle su padre.
Y su madre también era de la misma opinión: «Ya tendrás tiempo de trabajar», le decía. Pero ahora Liz piensa sonriendo burlonamente que su madre se había equivocado de lleno esta vez.
Pero lo que más le preocupaba era lo de aprender canino. ¿Y si no era capaz de entender esta lengua y acababan despidiéndola tarde o temprano?
—Me acuerdo de mi primer empleo —dice su abuela—, cuando trabajé en el guardarropa de un club nocturno de la ciudad de Nueva York. En aquella época tenía diecisiete años y tuve que mentir y decirles que tenía dieciocho. Ganaba cincuenta y dos dólares a la semana, lo cual me parecía entonces un dineral —sonríe al acordarse de ello.
Cuando Liz sale del coche, Betty le hace una foto con una antigua Polaroid.
—¡Sonríe, cielo! —le ordena su abuela. Liz fuerza los músculos de su boca en un gesto que espera que parezca una sonrisa—. ¡Qué te lo pases muy bien, cariño! ¡Vendré a recogerte a las cinco! —añade Betty despidiéndose con la mano.
Liz, tensa, asiente con la cabeza. Contempla cómo el coche rojo de su abuela se aleja y tiene que reprimir su deseo de echar a correr tras él. El Departamento de Animales Domésticos se encuentra en un gran edificio de forma triangular, en la acera opuesta en la que está el Registro. El edificio se conoce como el Granero. Liz sabe que debe entrar en el edificio, pero se ha quedado paralizada. Está sudando y tiene una extraña sensación en el estómago. Se siente como el primer día que fue al instituto. Respira hondo y se dirige a la entrada, porque si llegas tarde a una cita seguro que las cosas te irán mal.
Abre la puerta. Ve a una apresurada mujer con unos afectuosos ojos verdes y una masa de pelo rizado pelirrojo. Viste un peto tejano cubierto de pelo de perro y de gato, y de algo que parecen ser plumas verdes.
—Soy Josey Wu, la directora del DAD —dice tendiéndole la mano—. ¿Eres Elizabeth, la amiga de Aldous?
—Liz —puntualiza ella.
—Espero que no te moleste el pelo de perro.
—¡Qué va!, no es más que un regalito que dejan.
Josey sonríe.
—Hoy nos tenemos un montón de trabajo que hacer, Liz, o sea que puedes empezar poniéndote esta ropa —dice lanzándole un peto tejano.
Cuando Liz va al cuarto de baño para ponerse el pantalón, ve a una perra delgada y larguirucha, de talla mediana y pelaje rubio, de una raza indeterminada (es decir, un chucho), bebiendo del váter.
—¡Eh, preciosa! —le dice Liz—, no bebas de ahí.
La perra levanta la mirada y ladea la cabeza contemplándola con curiosidad.
—¿Acaso no es el bebedero? —le pregunta a Liz—. ¿Para qué serviría sino este chisme tan bajo lleno de agua? Incluso puedes conseguir agua fresca tirando de este asidero, ¿verdad? —dice haciendo una demostración y tirando de la cadena con su pata izquierda.
—No —le dice Liz con suavidad—. En realidad es un váter.
—¿Un váter? —pregunta el can—. ¿Qué es eso?
—Pues es un lugar al que va la gente.
—¿Al que va la gente? ¿Para qué?
—Pues ya te lo puedes imaginar —dice Liz con delicadeza.
La perra contempla asombrada la taza del váter.
—¡Rayos! ¿Quieres decir que todo este tiempo he estado bebiendo de un lugar donde los humanos hacen pis y…? —exclama asqueada, a punto de vomitar—. ¿Por qué nadie me lo ha dicho hasta ahora? ¡He estado bebiendo del váter durante años! No sabía lo que era, porque siempre cerraban la puerta al entrar en él.
—Te pondré agua de la pila —dice Liz localizando un pequeño cuenco y llenándolo de agua—. ¡Toma, preciosa!
La perra lame el agua con fruición. Después de beber le da a Liz un lametón en la pierna.
—Gracias —exclama agradecida—. Ahora que lo pienso, creo que mis bípedos intentaron evitar que bebiera del váter. Billy, mi amo, siempre procuraba cerrar la tapa —admite dándole un lametón, y después otro, y otro—. Si lo hubiera sabido, habría dejado de hacerlo hace mucho. Por cierto, me llamo Sadie. ¿Y tú cómo te llamas?
—Liz.
—Encantada de conocerte, Liz —responde Sadie ofreciéndole la pata para que se la estreche—. La palmé la semana pasada. Este lugar es muy extraño.
—¿Cómo perdiste la vida?
—Mientras corría tras una pelota un coche me atropelló —cuenta Sadie.
—A mi también me atropelló un coche —explica la chica—, lo único es que yo iba en bicicleta.
—¿Tenías un perro? —inquiere Sadie.
—¡Oh, sí! Lucy. Era mi mejor amiga.
—¿Quieres tener un nuevo perro? —pregunta Sadie ladeando la cabeza.
—¿Te refieres a que si quiero adoptarte, preciosa? —dice Liz.
Sadie baja la cabeza tímidamente.
—No sé si mi abuela me dejará, pero se lo preguntaré esta noche, ¿vale?
Josey entra en el cuarto de baño.
—¡Estupendo, Liz, me alegro de ver que ya os conocéis! —exclama rascándole a Sadie la zona entre las orejas—. Es el primer perro del que te ocuparás.
Sadie asiente con su suave y rubia cabecita.
—Por cierto, Aldous no me dijo que hablaras canino —señala Josey.
—Es que… —tartamudea—, en realidad no lo hablo.
—¿Qué quieres decir? —pregunta Josey—. Si acabo de oírte mantener una conversación con Sadie.
Y entonces Liz se da cuenta. ¡Estaba hablando con Sadie!
Sonríe.
—Nunca lo había hablado antes. O al menos no sabía que pudiera hablar canino.
—Pues parece que lo hablas sin haberlo aprendido. ¡Qué increíble! En toda mi vida sólo he conocido un puñado de personas con esta facultad innata. ¿Estás segura de que no te enseñaron esta lengua en alguna parte?
Liz niega con la cabeza.
—Siempre he entendido a los perros y ellos me han entendido a mí —admite ella pensando en Lucy y en el perro del parque—. Aunque no sabía que fuera una lengua, una habilidad que debía aprenderse.
—Pues parece que estás destinada a trabajar aquí, Liz —observa Josey dándole unas palmaditas en la espalda—. Ven, vamos a ir a mi oficina. Discúlpanos, Sadie.
—Te acordarás de preguntárselo a tu abuela, ¿verdad? —dice Sadie mirando a Liz.
—Te lo prometo —responde ella rascándole entre las orejas antes de salir del lavabo.
—Como orientadora del Departamento de Animales Domésticos, tu cometido consiste básicamente en explicarle a cada nuevo perro que llegue todo sobre la vida de En Otro Lugar y en encontrarle un nuevo hogar. Ten en cuenta que para algunos perros será la primera conversación que mantendrán con un ser humano. Puede resultar un poco hirsuto, en ambos sentidos de la palabra —señala Josey, obviamente no era la primera vez que hacía esta broma a alguien.
—¿Es un trabajo muy difícil? —pregunta Liz.
—No. Los perros son mucho más flexibles que los humanos y aunque nosotros no siempre los entendamos, ellos nos entienden la mar de bien —responde Josey—. Lo más importante es hablar canino y tú ya sabes hablarlo. O sea que no te preocupes, Liz. Todo lo demás puedes aprenderlo sin ningún problema.
—¿Y qué hay de los otros animales? —inquiere Liz.
—Como orientadora del Departamento de Animales Domésticos, tratarás sobre todo con perros, pero aquí también nos ocupamos de todos los otros animales domésticos: gatos, algunos cerdos, y de vez en cuando una serpiente, conejillos de Indias o algún otro animal. Aunque los peores son los peces, porque se mueren tan deprisa que se pasan la mayor parte del tiempo nadando de un mundo al otro.
En ese momento Sadie asoma la cabeza por la puerta de la oficina.
—¿No te olvidarás de preguntárselo, verdad?
—No, pero ahora estoy ocupada, Sadie —responde Liz. La perrita baja la cabeza y se va.
Josey se echa a reír y le susurra a Liz:
—¿Sabes? No puedes llevarte todos los perros que conozcas a casa.
—¡He oído lo que has dicho! —grita Sadie desde la otra habitación.
—Y también descubrirás que tienen un oído muy fino —añade Josey—. Ven, mostraré tu oficina.
Después de Sadie, Liz se ocupa de un inseguro y pequeño chihuahua llamado Paco.
—Pero ¿dónde está Pete? —pregunta Paco mirando con sus intensos ojitos la oficina sin ventanas de Liz.
—Lo siento, pero probablemente no lo verás durante una buena temporada. Él todavía está en la Tierra —le explica ella.
—¿Crees que Pete está enojado conmigo? —inquiere Paco—. A veces me meo en sus zapatos cuando se va de casa y me deja solo mucho tiempo, pero no sé si se da cuenta. ¿Quizá ni lo nota? ¿Crees que se da cuenta? Soy un perro malo, muy malo.
—Estoy segura de que Pete no está enfadado contigo. No puedes verle porque has muerto.
—¡Oh! —exclama Paco en voz baja.
Por fin lo ha comprendido, piensa Liz.
—¿Lo entiendes ahora? —pregunta ella.
—Creo que sí —responde Paco—, pero ¿dónde está Pete?
Liz lanza un suspiro. Unos momentos después vuelve a explicárselo una vez más.
—¿Sabes, Paco?, yo durante mucho tiempo tampoco estaba segura de dónde me encontraba…
Cuando Liz sale de trabajar por la noche, Sadie la sigue hasta el coche.
—¿Qué hace este perro aquí? —pregunta Betty.
—Es Sadie —responde Liz—. ¿Puedo llevármela a casa? —añade ella en voz baja.
Sadie contempla expectante a Betty.
La abuela de Liz sonríe.
—Por lo que parece, Sadie ya ha tomado la decisión —la perra lame el rostro de Betty loca de alegría—. ¡Ay! —exclama ella—, bienvenida a la familia, Sadie, me llamo Betty.
—¡Hola, Betty! —le saluda Sadie saltando al asiento trasero—. ¿Sabías que me pusieron el nombre de una canción de los Beatles? Mi nombre entero es Sexy Sadie, pero no tienes por qué llamarme así, a no ser que quieras. Quiero decir que es un nombre un poco presuntuoso, ¿no crees?
—¿Qué está diciendo? —pregunta Betty a Liz.
—Sadie dice que le pusieron el nombre de una canción de los Beatles —traduce Liz.
—¡Oh, sí, la conozco! La canción dice «Sexy Sadie, ¿qué has hecho?» o algo parecido, ¿verdad?
—¡Sí, exactamente! Ésa es la canción! —grita Sadie poniendo una de sus patitas sobre el hombro de Betty—. ¡Eres un genio! —exclama mientras interpreta ladrando la canción.
Liz vuelve a reír con una bonita y fresca risa.
—¡Qué risa más preciosa tienes, cariño! —dice su abuela—. Creo que es la primera vez que la oigo.