La visita turística
—Si quieres que te acompañe, dímelo —dice Betty deteniendo el coche en la estrecha carretera que se extiende a lo largo de la costa.
—Hace mucho tiempo que no veo a Olivia.
—Mamá es mayor ahora —responde Liz—. Mayor que tú.
—¡Qué increíble! ¡Cómo pasa el tiempo! —observa Betty suspirando—. Siempre odié esta expresión, porque parece como si el tiempo se hubiera ido de vacaciones y pudiera regresar en cualquier momento. Y la de «el tiempo pasa volando» también. Aunque por lo visto el tiempo viaja bastante —añade suspirando de nuevo—. ¿De verdad no quieres que te acompañe?
Lo último que Liz desea es ir con su abuela.
—Estaré un buen rato en la Cubierta de Observación —responde ella.
—Estos lugares pueden ser peligrosos, cielo.
—¿Por qué?
—Porque la gente se obsesiona con ellos. Son como una droga.
Liz contempla el faro rojo, rodeado en la punta por una hilera de ventanas de cristal iluminadas con una potente luz. Las ventanas le recuerdan unos dientes. No sabría decir si el faro parece estar sonriendo o gruñendo.
—¿Dónde se encuentra la entrada? —pregunta Liz.
—Sigue el caminito hasta que llegues a ella —dice Betty sacando la mano por la ventanilla para señalárselo: un paseo marítimo entablado, cuya madera está ya gris por el efecto del agua y el tiempo, une delicadamente el faro rojo con la costa—. Cuando llegues a la puerta, toma el ascensor hasta el último piso. Allí es donde está la Cubierta de Observación.
Betty saca el monedero de la guantera. Coge cinco eternims del compartimento de las monedas y se los da a Liz.
—Con este dinero podrás usar los prismáticos durante veinticinco minutos. ¿Te bastará?
Liz se queda pensativa, no tiene ni idea de cuánto tiempo va a necesitar. ¿Cuánto tiempo necesita uno para despedirse de todo y de todas las personas a las que ha conocido? ¿Venticinco minutos, poco más de lo que dura una comedia sin contar los anuncios? ¡Quién sabe!
—Sí, gracias —dice cerrando la mano alrededor de las monedas.
En el ascensor Liz se fija en una esbelta rubia con un vestido negro suelto que también se dirige a la Cubierta de Observación. La mujer solloza silenciosamente, pero de un modo que en el fondo es para llamar la atención.
—¿Se encuentra bien? —le pregunta Liz.
—No, en absoluto —responde la mujer mirándola con sus enrojecidos ojos.
—¿Hace poco que acaba de morir?
—No lo sé —responde la mujer—, pero prefiero estar sola, si no te molesta.
Liz asiente con la cabeza. Se arrepiente incluso de haberle preguntado si se encontraba bien.
—Estoy llorando por mi vida y soy más infeliz de lo que nunca podrías imaginar —prosigue la mujer al cabo de unos momentos cubriéndose los ojos con unas gafas de sol estilo ojos de gato. Con este aspecto tan cuidado, sigue llorando hasta que llegan al último piso.
La Cubierta de Observación, o CO, es casi como la del Nilo, sólo que más pequeña. La sala, con ventanas por todos lados, está rodeada por una hilera de prismáticos muy bien cuidados. Liz advierte que no todos los visitantes de la CO están tan tristes como la mujer del ascensor que lloraba.
Junto al ascensor hay una taquilla de cristal en la que está sentada una mujer regordeta de mediana edad con una horrible permanente. Al pasar la mujer que llora por el torniquete que separa el ascensor de la CO, la empleada la saluda con la mano. La mujer asiente con la cabeza de manera cortante al tiempo que contempla con coquetería su propio reflejo en la taquilla acristalada.
—Esa mujer está enamorada de su sufrimiento —comenta la encargada de los prismáticos sacudiendo la cabeza—. A algunas personas les encanta todo ese drama. Como veo que eres nueva —añade volviéndose hacia Liz— te soltaré mi pequeño rollo. Nuestro horario es de siete de la mañana a diez de la noche, de lunes a viernes; de diez a doce de la mañana, los sábados; y de las siete de la mañana a las siete de la noche, los domingos. Abrimos todos los días del año, incluyendo los festivos. Con un eternim tienes derecho a usar los prismáticos cinco minutos y puedes utilizarlos todo el tiempo que desees. No hacemos descuentos. Tanto si deseas usarlos cinco minutos como quinientos, el precio es el mismo. Estos prismáticos son como los que ya utilizaste antes. Sólo has de pulsar el botón lateral para cambiar de escena, girar los oculares para enfocar los prismáticos y moverlos hacia un lado o el otro si es necesario. A propósito, me llamo Esther.
—Y yo, Liz.
—Acabas de llegar hace poco, ¿verdad, Liz? —le pregunta Esther.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque tienes la traumatizada expresión de los recién llegados. No te preocupes, cariño. Se te pasará, créeme. ¿De qué falleciste?
—Un coche me atropelló. ¿Y tú? —le pregunta Liz cortésmente.
—De Alzheimer, pero supongo que lo que de veras acabó conmigo fue la pulmonía que contraje —responde Esther.
—¿Sufriste mucho?
—Pues la verdad es que no me acuerdo, como es de suponer —observa ella echándose a reír.
Liz elige los prismáticos número 15, que miran hacia la tierra firme. Después de estar tanto tiempo en el Nilo, está cansada de ver agua. Se sienta en el duro taburete de metal y mete un eternim por la ranura.
Liz contempla primero a su familia. Sus padres están sentados uno frente al otro en la mesa del comedor. Su madre parece como si hiciera días que no hubiera dormido. Está fumando un cigarrillo, a pesar de haberlo dejado desde que se quedó embarazada de Liz. Su padre parece estar haciendo el crucigrama del New York Times, pero no es así. No hace más que trazar la misma respuesta (CHOVINISMO), hasta que agujerea el papel con el bolígrafo y sigue escribiéndola en el tapete de la mesa. En la sala de estar Alvy mira dibujos animados en la tele, y eso que mañana tiene que ir al colegio. Antes sus padres nunca dejaban a Liz ni a su hermano mirar la tele por la noche los días de escuela bajo ningún pretexto. El teléfono suena. La madre de Liz se apresura a cogerlo. En ese momento las lentes de los prismáticos se cierran emitiendo un chasquido.
Cuando Liz acaba de meter el segundo eternim en la ranura, su madre ya ha colgado el teléfono. Alvy entra en el comedor con un tiesto de cerámica sobre la cabeza.
—Soy un cabeza-de-tiesto —anuncia con orgullo.
—¡Sácatelo ahora mismo! —le grita su madre—. ¡Arthur, haz que tu hijo se comporte!
—Alvy, sácate el tiesto de la cabeza —dice el padre de Liz en un tono mesurado.
—¡Pero si soy un cabeza-de-tiesto! —insiste Alvy, aunque sus padres no le sigan el juego.
—¡Alvy, quieres hacerme caso de una vez! —exclama el padre de Liz poniéndose serio.
—¡Ah, vale! —responde el niño sacándose el tiesto de la cabeza y saliendo del comedor.
Treinta segundos más tarde, vuelve a entrar en él. Esta vez lleva colgada de la boca la cesta de mimbre que utilizaron en Pascuas.
—Zzzoy ula chhessa —dice Alvy.
—¿Y ahora qué? —le pregunta la madre de Liz.
—Zzzoy ula chhesta —repite el pequeño con una mejor pronunciación.
—Alvy, sácate la cesta de la boca —dice el padre de Liz—. Nadie te entiende.
El niño obedece.
—Soy una cesta, ¿me entiendes ahora? —dice.
Alvy sólo se topa con miradas vacías.
—Como la llevo agarrándola con la boca, soy una cesta…
El padre de Liz le quita la cesta con una mano y le alborota el pelo con la otra.
—Todos echamos de menos a Lizzie, pero ésta no es una forma de rendir homenaje a tu hermana.
—¿Por qué? —pregunta Alvy.
—Porque la comedia de objetos siempre se ha considerado la peor clase de humor, hijo —dice el padre de Liz en el tono que emplea con sus estudiantes.
—¡Pero si soy una cesta! —exclama Alvy lastimeramente—. Como mamá —añade.
Las lentes se cierran con un chasquido antes de que Liz pueda ver la reacción de su madre. Decide usar la siguiente moneda para ver a alguna otra persona. Elige contemplar a Zooey.
Su amiga está sentada en su cama, hablando por teléfono. Tiene los ojos enrojecidos de llorar.
—No puedo creer que nos haya dejado —dice Zooey por el auricular.
Eso ya me gusta más, piensa Liz. Al menos alguien sabe cómo llorar su pérdida adecuadamente. Liz no puede oír a la persona que está al otro lado de la línea, pero el dolor de Zooey la complace lo suficiente como para desear seguir escuchando la conversación.
—He roto con John. Porque si no me hubiera pedido que le acompañara al baile del instituto, no habría quedado con Liz en el centro comercial y ella no estaría… —su voz se apaga—. ¡No! —exclama Zooey tajantemente—. ¡No quiero ir! Y además no tengo nada que ponerme… —añade al cabo de un momento con una voz más calmada, enroscándose con el pie el cordón del teléfono en el tobillo—. Aunque he visto un vestido negro sin tirantes… —en ese instante las lentes se cierran con un chasquido.
Liz acaba de gastarse sus dos últimos eternims. No está segura de si Zooey irá o no al baile. Durante el tiempo que la ha estado escuchando, su amiga ha llorado dos veces. Las lágrimas de Zooey la satisfacen. (Sólo se siente un poco avergonzada de ello.)
Al principio Liz se siente mal por escuchar las conversaciones de sus seres queridos, pero esta sensación le dura poco. Se justifica a sí misma diciéndose que en el fondo lo está haciendo por ellos. Se imagina como un ángel hermoso, bondadoso y generoso contemplando a todo el mundo desde…, ¡desde dondequiera que esté!
Al irse esa noche del faro sabe que va a necesitar más eternims si quiere seguir viendo lo que sus amigas y su familia hacen. (Sólo escuchar la breve conversación de su amiga por teléfono ya le ha costado tres eternims.) Calcula que para ponerse al día necesitará al menos veinticuatro eternims diarios, o dos horas de CO, lo cual equivale a cinco minutos por cada hora de la vida real.
—Me harán falta algunos eternims más —anuncia Liz a Betty durante el corto trayecto de vuelta a casa—, ¿crees que me los podrás prestar?
—¡Claro que sí! ¿Para qué los necesitas? —le pregunta su abuela.
—Es que me gustaría ir cada día a la CO un rato.
—¿De veras crees que es una buena idea? —inquiere su abuela mirándola con una expresión preocupada. A Liz le molesta esta reacción—. ¿No te parece que aprovecharías mejor el tiempo si pensaras en cuál puede ser tu pasatiempo?
Pero como ya se había preparado la respuesta que iba a darle, le responde con un convincente argumento.
—¿Sabes, abuela?, como me morí de una forma tan repentina, creo que si pudiera hacer las paces con las personas de la Tierra, me sentiría mejor. Te prometo que sólo va a ser por un tiempo —la expresión «hacer las paces» le parece de lo más cursi, pero sabe que los adultos responden a esta clase de palabras.
Su abuela asiente con la cabeza. Y luego vuelve a asentir en silencio. Sus cabeceos parecen ayudarla a sopesar lo que Liz acaba de decir.
—Ve a la CO todo el tiempo que te haga falta —dice por fin su abuela. Y además acepta darle más dinero.
Con los veinticuatro eternims diarios que recibe de Betty, Liz establece una rutina. La CO se encuentra lo bastante cerca de la casa de su abuela como para ir andando. Cada mañana llega al faro a la hora de abrir y se queda hasta que lo cierran por la noche.
Liz sigue llevando el pijama que usó en el Nilo. Lo sigue odiando, pero no quiere ponerse ninguna otra cosa. También duerme con él, sólo se lo quita dos veces a la semana para que su abuela pueda lavárselo.
Cada día reparte las dos horas de CO a lo largo de la jornada, pero a veces decide derrochar un par de eternims de golpe. Y si está pasando algo muy interesante en la Tierra, se gasta todos los eternims de una tirada.
Normalmente así es como pasa el día: por la mañana mira a sus padres y a su hermano durante quince minutos (tres eternims), luego a sus amigas en el instituto y a su clase durante cuarenta y cinco (nueve eternims), a Zooey al salir del instituto durante media hora (seis eternims) y, por último, usa la media hora que le queda (seis eternims) dependiendo de lo que le apetezca ver en ese momento.
A Liz le encanta cuando alguien la menciona en el instituto. Al principio sus compañeras de clase hablaban de ella muy a menudo, pero a medida que van pasando los días (no demasiados) cada vez hablan menos de ella. Sólo Edward, su ex novio, y Zooey hablan de ella con regularidad. Zooey y Edward no eran amigos cuando Liz vivía, Zooey incluso la animó a dejar a Edward. Ahora la complace ver que se han vuelto tan buenos amigos.
Liz sabe que su familia no la ha olvidado, pero pocas veces hablan de ella. Aunque le gustaría que lo hicieran más a menudo. Su madre normalmente duerme en la cama de Liz y a veces incluso se pone la ropa de su hija, aunque le vaya un poco estrecha. Su padre, un profesor de antropología en la Universidad de Tufts, ha pedido una excedencia. Y ahora se dedica a mirar los programas de entrevistas día y noche. Justifica su desenfrenado deseo diciéndole a su esposa que está documentándose para escribir un libro sobre por qué los programas de entrevistas tienen tanta audiencia. Pese a la aplastante evidencia de que nadie se divierte con sus bromas, Alvy sigue intentando entretener a la familia con su críptico y peculiar estilo humorístico. Liz contempla a su hermano representando «saliendo del armario», «pescando peces a tiros en un barreño» y «contemplando cómo no pasa el tiempo». Ella disfruta sobre todo con la representación de «cabeza-de-melón» una variación de «cabeza-de-tiesto», en la que Alvy sale con un cantalupo vaciado en la cabeza y sin pantalones.
Un día Liz contempla a sus padres haciendo el amor. La escena le parece asquerosa y fascinante al mismo tiempo. Al terminar, su madre grita y su padre enciende el televisor para ver la última media hora de Montel. Esta escena le cuesta menos de un eternim.
Después de haber visto a sus padres, Liz piensa que probablemente nunca va a hacer el amor y que se va a pasar los siguientes quince años sola.
En los intermedios, después de contemplar los segmentos de cinco minutos de su antiguo mundo, a veces juguetea con los puntos que tiene encima de la oreja. No se decide a preguntarle a su abuela dónde puede ir para que se los saquen. Le gusta sentir que siguen ahí.
Va tan a menudo a la CO que acaba conociendo a los clientes asiduos.
Las ancianas que echan a cada hora más o menos una miradita por los prismáticos mientras tejen un jersey.
Las frenéticas madres jóvenes con su al parecer inacabable cantidad de monedas. A Liz le recuerdan a las aficionadas a las máquinas tragaperras que vio en Altantic City durante unas vacaciones de verano.
Los empresarios que miran por los prismáticos gritando instrucciones a sus antiguos empleados como si éstos pudieran oírles desde la Tierra. A Liz le recuerdan a su padre cuando mira los partidos de fútbol por la tele y se pone a gritar como un poseso.
Un joven (algo mayor que ella) que acude una vez a la semana, los jueves por la noche. Aunque sea de noche, no deja por ello de llevar gafas de sol. Siempre se sienta ante los mismos prismáticos, los número 17. E invariablemente acarrea una bolsita de piel que contiene doce eternims y los usa durante una hora exacta, ni más ni menos.
Una noche Liz decide hablar con él.
—¿A quién vienes a ver? —le pregunta ella.
—¿Cómo dices? —inquiere el joven sorprendido volviéndose hacia Liz.
—Como acudes a la CO cada jueves, me preguntaba a quién venías a ver —le confiesa ella.
El joven asiente con la cabeza.
—A mi esposa —responde al cabo de un momento.
—¿No eres demasiado joven para estar casado? —pregunta ella.
—No siempre fui tan joven —responde sonriendo con tristeza.
—¡Qué suerte! —dice Liz mientras contempla cómo él se aleja—. Hasta el jueves que viene —susurra de modo que no pueda oírla.
Como Liz visita ahora a diario la CO y se pasa todo el día en este lugar, se da cuenta de lo incómodos que son los taburetes de metal de los prismáticos. Una noche, al salir, le pregunta a Esther sobre ellos.
—Liz —responde la empleada—, cuando una silla le parece incómoda a uno es porque ha estado sentado demasiado tiempo en ella.
El tiempo pasa con lentitud y rapidez a la vez. Las horas, los minutos y los segundos parecen durar una eternidad y, sin embargo, ya ha transcurrido un mes. Durante este tiempo Liz se ha vuelto una experta en echar las monedas por la ranura para interrumpir el mínimo posible los espacios de cinco minutos a que tiene derecho con cada eternim. Como ha estado un montón de tiempo con los ojos pegados a los prismáticos, tiene unas profundas ojeras.
Su abuela le pregunta de vez en cuando si se ha planteado en algún momento lo de su pasatiempo.
—Todavía necesito un poco más de tiempo para mí —responde siempre Liz.
Betty lanza un suspiro. No quiere presionarla.
—Thandiwe Washington te ha vuelto a llamar. Y Aldous Ghent también.
—Gracias. Intentaré llamarlos esta semana —miente Liz.
Esa noche ve a Betty arrodillada junto a la cama. Está rogando a la madre de Liz:
—Olivia —susurra su abuela—, no quiero ser una carga para ti, ya que sospecho que tu vida ya es demasiado difícil en este momento, pero no sé cómo ayudar a Elizabeth. Te ruego que me envíes una señal diciéndome qué puedo hacer.
—Elizabeth, hoy vamos a salir —le anuncia Betty a la mañana siguiente.
—Yo tenía otros planes —protesta Liz.
—¿Qué planes?
—Ir a la CO —masculla ella.
—Puedes ir mañana. Hoy vamos a hacer una visita turística por el lugar.
—Pero, Betty…
—No hay peros que valgan. Llevas aquí cuatro semanas y todavía no has visto nada.
—Sí que he visto algunas cosas —afirma Liz.
—¿Ah, sí? ¿Como qué? Y las escenas de la Tierra no cuentan.
—¿Por qué no? —le pregunta Liz.
—Porque no —responde su abuela con firmeza.
—¡No quiero ir a hacer una visita turística! —protesta la chica.
—¡Mala suerte! —le espeta su abuela—. Hoy no voy a darte dinero para la CO, o sea que no te queda otra elección.
La joven lanza un suspiro.
—Y si no fuera demasiado pedir, ¿podrías ponerte alguna otra cosa que no sea ese viejo y sucio pijama? —añade su abuela.
—Pues no.
—Ponte algo mío o si lo prefieres podemos ir a comprar ropa para ti de…
—No —la interrumpe Liz.
Betty sale fuera y baja la capota del coche.
—¿Quieres conducir tú? —le pregunta a su nieta.
—No —responde ella abriendo la puerta del asiento del pasajero y sentándose en él.
—De acuerdo —dice Betty abrochándose el cinturón—. ¿Por qué no? —le pregunta al cabo de un momento—. Debería gustarte conducir.
—Pues no es así —responde Liz encogiéndose de hombros.
—No estoy enfadada contigo por lo que te pasó la primera noche, si eso es lo que piensas —observa su abuela.
—Betty, no quiero conducir simplemente porque no quiero. No es por ninguna otra razón. Además, si vas a llevarme a ver este lugar, no podré ver el paisaje si estoy concentrada conduciendo, ¿no te parece?
—Es cierto, supongo que tienes razón —admite Betty—. ¿No vas a ponerte el cinturón?
—¿Por qué he de ponérmelo? —pregunta Liz.
—Por la misma razón que en la Tierra: para evitar que te des de bruces contra el salpicadero.
Liz pone los ojos en blanco, pero se abrocha el cinturón.
—He pensado que podíamos ir a la playa. ¿Qué te parece? —dice Betty.
—Lo que tú digas —responde Liz.
—En Otro Lugar hay unas playas maravillosas.
—¡Fantástico! Despiértame cuando lleguemos. —Para evitar tener que conversar más, Liz cierra el ojo izquierdo y finge estar durmiento. Pero con el derecho contempla el paisaje por la ventana.
Piensa que este lugar se parece mucho a la Tierra y esto le hace quedarse sin respiración. Pero hay algunas diferencias, y esas diferencias se suelen manifestar en los detalles. Por la ventana ve un autocine, nunca había visto ninguno, salvo en las fotografías antiguas. En la autopista ve a una niña de seis o siete años llevando un traje chaqueta y conduciendo un todoterreno moderno. A lo lejos contempla unos arbustos recortados en forma de la Torre Eiffel y la Estatua de la Libertad. Junto a la carretera, ve una serie de cartelitos de madera, a unos diez metros de distancia unos de otros. En cada uno pone una de estas líneas:
QUIZÁS USTED ESTÉ MUERTO,
PERO SU BARBA SIGUE CRECIENDO,
Y LAS SEÑORAS ODIAN LOS ROSTROS SIN AFEITAR,
INCLUSO EN EL MÁS ALLÁ.
BURMA SHAVE.
—¿Qué es Burma Shave? —pregunta Liz a su abuela.
—Una clase de crema de afeitar. Cuando yo vivía, en Estados Unidos había esta clase de carteles en las autopistas —observa Betty—. Pero al nacer tú ya los habían reemplazado en su mayoría por vallas publicitarias, sin embargo hubo una época en que fueron muy populares, bueno tan populares como un cartel puede llegar a serlo —añade riendo—. Descubrirás que En Otro Lugar es donde muchas modas pasajeras van a parar también al morir.
—¡Ah!
—Creía que estabas dormida —le dice su abuela.
—Lo estoy —responde Liz volviendo a cerrar el ojo izquierdo.
Liz advierte que En Otro Lugar es más silencioso que la Tierra. Y también que es un sitio muy bello a su manera. Tiene una atmósfera encantadora de forma natural. Pero por más encantadora que sea, ella sigue odiando este lugar.
Al cabo de una hora Betty despierta a su nieta, que esta vez se había dormido de verdad.
—¡Ya hemos llegado! —exclama.
Liz abre los ojos y mira por la ventanilla.
—Vaya, parece una playa —observa—, es como la que había al lado de casa.
—Lo importante es hacer un poco de turismo —dice Betty—. ¿Quieres que vayamos a dar una vuelta?
—No me apetece —responde Liz.
—Al menos salgamos del coche para ir a la tienda de regalos y estirar un poco las piernas —le suplica Betty—. ¿Quieres que te compre un souvenir?
Liz contempla dudosa la cabaña con techo de paja que hay en la playa. Por el lugar en el que está y su frágil aspecto, parece como si se la pudiera llevar el viento en cualquier momento. En cambio, curiosamente el cartel de metal que cuelga en la entrada es de lo más sólido:
OJALÁ ESTUVIERAS AQUÍ
BARATIJAS, NONADAS, BAGATELAS,
CHUCHERÍAS, MINUCIAS, TONTERÍAS, CAPRICHOS, FRUSLERÍAS
Y OTROS ARTÍCULOS DIVERSOS PARA EL COMPRADOR EXIGENTE
—¿Qué me dices? —pregunta Betty sonriendo.
—¿Y a quién le voy a regalar el souvenir?
—Es para ti.
—Pero los souvenirs son para regalárselos a alguien como recuerdo —gruñe Liz—. Y yo aquí no conozco a nadie, ni tampoco voy a volver a la Tierra.
—No siempre es así, y además un día volverás a la Tierra —responde Betty—. ¡Venga entremos, te compraré lo que quieras!
—¡No quiero nada! —exclama Liz mientras sigue a su abuela que se dirige hacia la cutre tienda de regalos. En el interior no hay nadie. Sobre el mostrador de la caja registradora hay una lata de sopa con una nota: «He ido a comer. Deje el dinero en la lata. Hágase usted mismo una buena rebajita, pero que quede entre nosotros».
Para complacer a su abuela, Liz elige un paquete de seis postales de En Otro Lugar y un globo de nieve de plástico. El globo de nieve contiene el Nilo en miniatura sumergido en una pegajosa agua azul. En la base del globo pone en letras rojas: OJALÁ ESTUVIERAS AQUÍ.
—¿Quieres una toalla para playa de En Otro Lugar? —le pregunta su abuela mientras ella deja los dos artículos que ha elegido en el mostrador.
—No, gracias.
—¿Estás segura?
—Sí —dice Liz algo tensa.
—¿Y una camiseta?
—¡No! —grita—. ¡No quiero ninguna maldita camiseta! ¡Ni una toalla para la playa! ¡Ni ninguna otra cosa! ¡Sólo quiero irme a casa!
—De acuerdo, cariño —dice su abuela lanzando un suspiro—. Espérame fuera que ahora voy. Sólo he de calcular cuánto dinero tengo que dejar.
Liz sale furiosa de la tienda con su globo de nieve. Entra en el coche y espera a Betty en él.
Sacude el globo de nieve. El diminuto Nilo se zarandea violentamente dentro de la bola de plástico. Liz vuelve a sacudirlo incluso con más fuerza aún. Un agua azul vieja y pegajosa se desliza por su mano. Hay una pequeña grieta en las juntas de la bola. Abre la puerta del coche y arroja el globo de nieve al pavimento. En lugar de romperse o resquebrajarse, rebota por el parking como una pelotita de goma y se detiene a los pies de una niña pequeña con un biquini rosa a topos.
—La has tirado —le dice gritando la niña.
—Sí —admite Liz.
—¿La quieres? —le pregunta recogiéndola del suelo.
Liz le dice que no con la cabeza.
—¿Me la puedo quedar? —inquiere la niña.
—¡Adelante, es toda tuya!
—Aquí el cielo no cae casi nunca —observa la niña dando la vuelta al globo para que toda la nieve se concentre en la bóveda celeste y tapando la fuga de la junta con el meñique.
—¿A qué te refieres al decir cielo? —pregunta Liz.
—A esto —responde la niña dándole la vuelta a la bola.
—¡Ah, a la nieve! Quieres decir que aquí no nieva —dice Liz.
—No demasiado, no demasiado, no demasiado —canturrea la niña acercándose a ella—. ¡Qué grande eres!
Liz se encoge de hombros.
—¿Cuántos años tienes? —pregunta la niña.
—Quince.
—Yo tengo cuatro —dice ella.
—Eres una niña pequeña de verdad o una niña pequeña falsa —inquiere Liz contemplándola.
—¿Qué quieres decir? —le pregunta la niña abriendo los ojos desmesuradamente.
—Que si tienes cuatro años de verdad o sólo finges tenerlos —le pregunta Liz.
—¿Qué quieres decir? —insiste la niña alzando la voz.
—¿Siempre tuviste cuatro años o antes fuiste mayor?
—No lo sé. Tengo cuatro años. ¡Cuatro! —grita la niña—. ¡Eres mala! —exclama arrojando el globo de nieve a los pies de Liz y echando a correr.
Ella lo recoge del suelo y vuelve a agitarlo hasta que lo vacía del líquido azul y sólo queda en él un montón de falsos cristales de nieve.
Betty sale de la tienda con una bolsita de papel en la mano.
—Te he comprado esto —le dice su abuela entregándole la bolsa. Dentro hay una camiseta con el lema MI ABUELA FUE A EN OTRO LUGAR Y ME COMPRÓ ESTA HORRIBLE CAMISETA.
Liz sonríe por primera vez en todo el día.
—No es horrible, me gusta —reconoce poniéndosela sobre el pijama.
—Pensé que te gustaría —dice su abuela—. Me dije a mí misma que no iba a tener demasiadas oportunidades para poder regalar esta camiseta a alguien —añade echándose a reír.
Por primera vez Liz contempla realmente a Betty. Su abuela tiene el pelo de color castaño oscuro y unas arruguitas de reír alrededor de los ojos. Piensa que su abuela es guapa, que se parece a su madre, a ella. Que tiene sentido del humor… De pronto comprende que su abuela puede que tenga mejores cosas que hacer que preocuparse por una hosca adolescente. Quiere pedirle perdón por su comportamiento de hoy y por el de los otros días. Quiere decirle que no tiene la culpa de esta situación.
—Betty —dice Liz en voz baja.
—¿Sí, cariño?
—Yo… Yo estoy… —empieza a decir—. El globo de nieve que me has regalado gotea.
Aquella noche Liz escribe las seis postales de En Otro Lugar: una a sus padres, otra a Zooey, otra a Edward, otra a Lucy y otra a Alvy. La última se la escribe a su profesor de biología, que no asistió a su funeral.
Querido doctor Fujiyama:
A estas alturas probablemente ya se habrá enterado de que he muerto. Por eso no podré ir a la feria regional de ciencias de este año, lo cual es una gran decepción para mí y estoy segura de que para usted también lo es. En la época en que fallecí sentía que estaba progresando de verdad con esas lombrices.
Me gustaban mucho sus clases y las continúo siguiendo desde el lugar donde ahora estoy. La disección de aquel cerdo me pareció muy interesante y pensé que yo también iba a intentar hacer una, pero por desgracia aquí no hay ningún cerdo muerto para diseccionar.
Este lugar no está mal. La mayor parte de los días hace un tiempo agradable. Vivo con mi abuela Betty, que es mayor, aunque parece joven. (Una larga historia.)
Me decepcionó no haberle visto en mi funeral, ya que usted era mi profesor preferido incluso en la escuela primaria y en los otros cursos. Aunque no se lo digo para que se sienta mal ni nada parecido.
Su alumna,
Elizabeth Marie Hall
Liz pega un sello a las seis postales y las echa al buzón sabiendo que nunca llegarán a su destino. Al no incluir un remitente, al menos tampoco se las devolverán. Piensa que sería bonito escribirle una postal a alguien que de veras pudiera recibirla.
Al reanudar su rutina de ir cada día a la CO y contemplar su vida en cortos espacios de cinco minutos, empieza a sentirse frustrada. En cuanto comienza a disfrutar con una historia, los prismáticos se cierran con un chasquido. Siente como si siempre se estuviera perdiendo algo. Por ejemplo, el baile del instituto está a punto de celebrarse. Zooey hace poco que ha decidido ir a él con John. Y ya que su amiga va a asistir al baile, Liz prefiere verlo de una tirada, sin interrupciones. ¿Quizá si tuviera cuarenta y ocho eternims en lugar de veinticuatro podría seguirlo mejor? Decide pedirle a su abuela más eternims.
—Betty, ¿podrías darme algunos eternims más cada día?
—¿Como cuántos más? —pregunta su abuela.
—Pues quizá unos cuarenta y ocho al día.
—Esto ya empieza a ser una buena cantidad, cielo.
—Te los devolveré —le promete Liz.
—No es por los eternims. Sólo me preocupa que vayas a pasar tanto tiempo en la Cubierta de Observación.
—Betty, ya sabes que no eres mi madre.
—Sí, Liz, lo sé, pero esto no significa que no me preocupe por ti.
—¡Dios, odio esta situación! —grita Liz saliendo furiosa de la habitación y echándose en la cama. Mientras está tumbada en ella, decide no ir a la CO durante tres días para tener más eternims para el baile. Lo cual es un gran sacrificio. Al no tener amigas ni ninguna otra diversión, se pasa todo el día en la habitación, preocupada por lo que se debe estar perdiendo en la Tierra. Los tres días se le hacen eternos, pero consigue ahorrar el suficiente dinero como para ver todo el baile.
Liz también convence a Esther para que la deje quedarse después de cerrar. La mujer no le dice que sí abiertamente, pero le muestra dónde están los interruptores para apagar la luz.
En la noche del baile Liz contempla cómo Zooey come fresas bañadas en chocolate, se hace una foto-llavero para conservarla como recuerdo, y baila un baile lento al compás de una sensiblera balada. Al cabo de poco, ve a su amiga perdiendo la virginidad en una lujosa habitación del mismo hotel donde se había celebrado el baile. Por respeto a su amiga, Liz sólo la mira durante treinta segundos y luego se cubre el ojo derecho con la mano. Se fija sobre todo en el vestido de Zooey, aquel que ella tenía que ayudarle a elegir, hecho ahora un ovillo en un rincón de la habitación.
Liz se va antes de que los prismáticos se cierren con un chasquido, incluso dos horas antes de que la CO cierre. Como no tiene ganas de ver a su abuela pero no tiene ningún otro lugar al que ir, decide sentarse en el parque que hay cerca de la casa de Betty.
Al cabo de un rato un bichon frisé blanco y lanudo se sienta en el banco junto a ella.
—Hola —parece decirle el perro.
Liz le da unas palmaditas en la cabeza para recibirlo. Siempre se lo hacía a Lucy y ahora añora incluso más aún que antes su antiguo hogar.
—Me parece que estás un poco triste —observa el perro ladeando la cabeza.
—Quizás un poco.
—¿Qué te preocupa? —inquiere el perro.
Liz piensa en la pregunta antes de responder.
—Me siento sola. Y además odio este lugar.
El perro asiente con la cabeza.
—¿Podrías rascarme por favor el pescuezo, debajo del collar? No llego con mis patas.
Liz se lo rasca con gusto.
—Gracias. ¡Ahora me siento mucho mejor! —exclama el perro resoplando de placer—. ¿Así que te sientes sola y odias este lugar?
Liz asiente de nuevo con la cabeza.
—Te aconsejo que dejes de sentirte triste y de odiar este lugar. A mí este método siempre me funciona —observa el can—. ¡Ah, y sé feliz! Es más fácil estar contento que triste. Estar triste da mucho trabajo. Es agotador.
—¡Arnold! —grita una mujer llamándolo desde el otro lado del parque.
—¡He de irme! ¡Mi bípedo me está llamando! —exclama él saltando del banco—. ¡Hasta pronto!
—¡Hasta pronto! —dice Liz, pero el perro ya se ha ido.