El despertar

Un taxi aparece de pronto a toda pastilla y Liz vuela por los aires. Seguro que voy a morir, piensa ella.

Se despierta en la habitación del hospital, su visión es borrosa y lleva la cabeza vendada. Sus padres están de pie junto a su cama con unas oscuras ojeras.

—¡Oh, Lizzie! Creíamos que te habíamos perdido —exclama su madre.

Dos semanas más tarde, el médico le retira el vendaje. Aparte de los puntos en forma de arco que lleva sobre la oreja izquierda, se siente como nueva. El médico cree que es la recuperación más increíble que ha visto en toda su vida.

Liz vuelve al instituto. Todo el mundo quiere oírle contar su experiencia cercana a la muerte.

—No me resulta fácil hablar de ella —dice Liz.

Sus compañeras piensan que se ha vuelto más «profunda» desde que ha tenido el accidente, pero la verdad es que ni siquiera se acuerda de él.

El día que cumple dieciséis años aprueba el examen de conducir sin cometer ningún fallo. Sus padres le compran un coche nuevo. (No quieren que vaya más en bicicleta.) Liz rellena la solicitud de ingreso a la universidad. Escribe el ensayo que piden para ser admitido en ella, trata sobre el accidente que ha tenido con el taxi y el giro que su vida ha dado a raíz de él. La aceptan en el Instituto de Tecnología de Massachusetts, el lugar donde ella prefería estudiar. Liz se gradúa en él como bióloga y luego se inscribe en la Facultad de Veterinaria de Florida. Un día conoce a un chico, la clase de chico con el que se imagina pasando el resto de su vida e incluso…

—¡Despierta, Elizabeth, ya es hora de levantarte! —le dice su abuela a las siete de la mañana siguiente, interrumpiendo la bonita historia con la que estaba soñado.

—Déjame dormir —susurra Liz en voz baja para que su abuela no pueda oírla tapándose la cabeza con las mantas.

—Hoy va a hacer un día precioso —observa Betty abriendo las cortinas.

Liz bosteza bajo las mantas.

—Si estoy muerta, ¿por qué diantres he de levantarme? —exclama.

—¡Qué forma más negativa de ver las cosas, Liz! En Otro Lugar hay un montón de cosas para hacer —dice su abuela abriendo las otras cortinas. La habitación en la que Liz se encuentra (si es que puede considerar como «suya», ya que su habitación está en la Tierra) tiene cinco ventanas. Le recuerda a un invernadero. En realidad lo que ella quiere es una habitación pequeña y oscura con pocas ventanas (mejor si no tiene ninguna) y paredes negras, algo más adecuado para su situación actual. Bosteza mientras observa a su abuela dirigiéndose hacia la tercera ventana.

—No hace falta que abras todas las cortinas —observa Liz.

—¡Me gusta que entre un montón de luz! ¿A ti no? —responde su abuela.

Liz pone los ojos en blanco. No puede creer que haya de pasar el resto de su vida viviendo con su abuela, que es, sin duda, una persona mayor. Aunque por fuera parezca joven, piensa que probablemente esconde toda clase de raras costumbres típicas de las personas mayores.

Liz se pregunta a qué se refería su abuela al decir que En Otro Lugar había «un montón de cosas para hacer». En la Tierra ella estaba constantemente ocupada estudiando, buscando una universidad, eligiendo una carrera y haciendo todas esas otras cosas que los adultos que había en su vida consideraban tan importantes. Pero ahora, desde que había muerto, todo lo que había estado haciendo en la Tierra le parecía absurdo. Desde su punto de vista, ahora ya sabía la respuesta a la pregunta de cómo sería su vida. La historia de su vida es breve y absurda: había una vez una chica que fue arrollada por un coche y que murió. Y colorín colorado este cuento se ha acabado.

—Tienes la cita de aclimatación a las ocho y media —le recuerda su abuela.

—¿De qué va? —le pregunta Liz sacando la cabeza de debajo de las mantas.

—Es una especie de orientación para los que acaban de morir —dice su abuela.

—¿Puedo ir con él? —pregunta Liz señalando su pijama blanco. Ha estado llevándolo durante tanto tiempo que más bien habría que llamarlo gris—. Como supondrás no tuve tiempo de hacer las maletas.

—Puedes ponerte mi ropa. Creo que usamos la misma talla, aunque tú probablemente seas un poco más pequeña que yo —observa su abuela.

Liz echa un breve vistazo a su abuela: tiene unos pechos más grandes que los de ella, pero es delgada y de su misma altura. ¡Qué extraño es utilizar la misma talla que mi abuela!, piensa.

—Elige lo que quieras del armario, y si necesitas que te lo acorte o te lo ciña un poco, dímelo. No sé si te he dicho que aquí soy modista —le comenta.

Liz niega con la cabeza.

—Pues así es, me ayuda a distraerme. Como aquí la gente suele empequeñecer a medida que se vuelve más joven, siempre necesita que le arreglen la ropa.

—¿Es que no pueden comprarse ropa nueva? —inquiere Liz con el ceño fruncido.

—¡Claro que sí, cielo!, no quería decir eso. Sin embargo, he observado que aquí se aprovechan más las cosas, en todas partes. Y también confecciono nuevas prendas de vestir. De hecho, esta actividad me gusta más que arreglar la ropa. Es más creativa.

Liz, aliviada, asiente con la cabeza. La idea de llevar la misma ropa el resto de tu vida es una de las cosas más deprimentes en las que ha pensado últimamente.

Después de darse una ducha (que a ella le parece tan maravillosamente agradable como las de la Tierra), se envuelve en una toalla y se dirige al armario de su abuela.

El armario es grande y está bien ordenado. Las ropas de su abuela parecen caras y bien hechas, pero son un poco teatrales para su gusto: casquetes de fieltro, vestidos pasados de moda, capas de terciopelo y broches, bailarinas, plumas de avestruz, zapatos de charol de tacón alto, medias de malla y prendas de piel. Liz se pregunta adónde va su abuela con esas prendas. Y luego si tendrá algún tejano por ahí, ya que lo único que le apetece ponerse son unos tejanos y una camiseta. Al buscar por el armario, lo más parecido que encuentra a unos tejanos son unos pantalones tipo marinero de color azul marino.

Totalmente frustrada, se sienta bajo el estante de los jerseys. Recuerda el desordenado armario que tenía en casa con sus doce tejanos. Se pasó mucho tiempo recorriendo las tiendas para encontrarlos. Antes de dar con ellos, se tuvo que probar muchos otros. Al pensar que ya no los tiene, le entran ganas de llorar. Se pregunta qué les ocurrirá ahora a esos tejanos. Se cubre el rostro con las manos y se toca los puntos que lleva encima de la oreja. En este lugar incluso resulta difícil vestirse, piensa.

—¿Has encontrado algo que te guste? —le pregunta su abuela acercándose al armario al cabo de varios minutos. En todo este tiempo Liz no se ha movido del lugar en el que está sentada.

Levanta la cabeza mirando a su abuela, pero no le responde.

—Sé cómo te sientes —señala su abuela.

¡Sí, claro!, piensa Liz.

—Estás pensando que no es así, pero de algún modo sí que lo sé. Morir a los cincuenta no es tan distinto de morir a los quince como crees. A los cincuenta aún te puede gustar hacer muchas cosas y tener un montón de actividades de las que ocuparte.

—¿De qué falleciste? —inquiere Liz.

—De cáncer de mama. En aquella época tu madre te llevaba en su seno.

—Ya lo sé.

Su abuela esboza una triste sonrisa.

—Por eso me alegro de poder conocerte ahora. Me entristeció mucho no llegar a conocerte. Ojalá nos hubiéramos conocido en unas circunstancias algo distintas —añade sacudiendo la cabeza—. Creo que quedarás muy guapa con este vestido —dice mostrándole uno estampado de flores que no es para nada del estilo de ropa de Liz.

Ésta le dice que no con la cabeza.

—¿Y éste? —pregunta su abuela señalando un jersey de cachemir.

—Si te da lo mismo, prefiero ponerme mi pijama.

—Lo comprendo y sin duda no serás la primera que ha ido a la cita de aclimatación vestida con un pijama —le asegura su abuela.

—Tu ropa, sin embargo, es muy bonita.

—Podemos ir a comprar ropa nueva —añade su abuela—. Te la iba a comprar yo, pero no conocía tus gustos. La ropa es algo muy personal, al menos para mí.

Liz se encoge de hombros.

—Cuando te apetezca ir a comprarla, te daré el dinero. Sólo tienes que pedírmelo —dice su abuela.

Pero ahora a Liz la ropa ya no le hace ilusión y decide cambiar de tema.

—A propósito, me he estado preguntando cómo debía llamarte. Me parece raro llamarte abuela.

—¿Qué te parece Betty?

—Vale —responde ella asintiendo con la cabeza.

—¿Y cómo quieres que te llame yo? —le pregunta su abuela.

—Mamá y papá me llaman Lizzie… Bueno, me llamaban —puntualiza ella—, pero creo que prefiero que ahora me llames Liz.

—De acuerdo —dice su abuela sonriendo.

—No me encuentro bien. ¿Puedo quedarme en la cama y cambiar la cita de aclimatación para mañana? —pregunta Liz. Le duele un poco la clavícula debido al tirón que le produjo el cinturón al chocar contra la valla, pero sobre todo se lo dice porque no tiene ganas de hacer nada.

—Lo siento, cielo, pero todo el mundo ha de ir a la cita de aclimatación al día siguiente de llegar a este lugar —señala su abuela sacudiendo la cabeza—. Nadie se libra de ello.

Liz se aleja del armario y mira por la ventana del dormitorio de su abuela, que da a un asilvestrado jardín. En él reconoce rosas, lirios, espliego, girasoles, crisantemos, begonias, gardenias, un manzano, un naranjo, un olivo y un cerezo. Liz se pregunta cómo puede haber tanta variedad de flores y frutas en tan poco espacio.

—¿Es tu jardín? —pregunta Liz.

—Sí —responde su abuela.

—A mamá también le gusta la jardinería.

Betty asiente con la cabeza.

—Olivia y yo solíamos ocuparnos del jardín, pero una de las cosas en las que nunca nos poníamos de acuerdo era en lo que queríamos plantar en él. Ella prefiere plantas útiles como las coles, las zanahorias y los guistantes. Y a mí en cambio me encantan los aromas dulces y los colores vivos.

—Es muy bonito —dice Liz contemplando una mariposa monarca posándose en un hibisco rojo—. Es asilvestrado, pero es bonito —la mariposa bate las alas y se aleja.

—Ya sé que probablemente tendría que podar todas las plantas e instaurar un poco de orden en él, pero nunca consigo podar un rosal o cortar un capullo, me da pena hacerlo, ¡la vida de una flor es tan corta! Me temo que mi bonito jardín es un desastre —añade Betty riendo.

—¿Estás segura de que no quieres llevar tú el coche? —le pregunta su abuela mientras se dirigen al Registro para asisitir a la cita.

Liz le dice que no con la cabeza.

—No dejes que el pequeño accidente que tuviste ayer con el coche te quite las ganas de conducir.

—Prefiero que lo lleves tú —dice Liz con terquedad—, de todos modos voy a volverme más joven cada día. Es mejor que me acostumbre a viajar en el asiento del pasajero.

Betty la observa por el retrovisor. Liz está sentada en el asiento trasero vestida con el pijama y con los brazos cruzados sobre el pecho.

—Siento la visita guiada de ayer por la noche —dice su abuela.

—¿A qué te refieres? —le pregunta Liz.

—A que me excedí. Quería que te gustara este lugar. Pero creo que hablé demasiado y que me comporté como una idiota.

Liz lo niega con la cabeza.

—Lo hiciste muy bien. Sólo que… —su voz se apaga—, no te conozco, eso es todo.

—Ya lo sé —responde su abuela—, pero yo sí te conozco un poco. He estado viendo gran parte de tu vida desde las CO.

—¿Qué son las CO?

—Las Cubiertas de Observación. Los lugares desde los que puedes contemplar la Tierra. Durante unos espacios de tiempo limitados, claro. ¿Te acuerdas de cuando viste tu funeral desde el barco?

—Sí, a través de los prismáticos —contesta Liz. Mientras ella esté viva (¿muerta?), nunca lo olvidará.

—Pues En Otro Lugar hay Cubiertas de Observación en distintos puntos. En la cita de aclimatación de hoy te lo explicarán.

Liz asiente con la cabeza.

—Por curiosidad, ¿hay alguna persona en especial a la que desees ver? —pregunta su abuela.

Claro, Liz echa de menos a su familia. Pero en cierto modo a quien más echa en falta es a Zooey, su mejor amiga. Se pregunta cómo será el vestido que se ha comprado para el baile de gala del instituto. ¿Irá aunque ella haya muerto? Zooey ni siquiera se había preocupado de acudir a su funeral. Ahora que lo piensa, le parece una grosería que su mejor amiga no haya asistido a él, sobre todo dadas las circunstancias. Después de todo, si Zooey no le hubiera pedido que la acompañara al centro comercial para ir a ver los estúpidos vestidos, el taxi nunca la habría atropellado. Y si el taxi no la hubiera atropellado, no habría muerto, y… Si sigues con los síes vas a volverte loca, piensa Liz lanzando un suspiro.

—Aquí es donde tienes la cita —dice de pronto Betty sacando el brazo por la ventanilla para indicarle el lugar y provocando que el coche se desvíe un poco—. Se llama el Registro. Ayer ya te lo señalé, pero no sé si me estabas escuchando.

Al mirar por la ventanilla Liz ve una construcción gigantesca más bien feúcha. Es el edificio más alto que ha visto en toda su vida, parece elevarse hasta el infinito. Pese a su tamaño, el Registro parece haber sido construido por un niño: las paredes, las escaleras y las otras incorporaciones sobresalen en unos inverosímiles ángulos, el edificio da la impresión de haberse construido sin planearse, es casi como los fuertes improvisados que ella solía construir con su hermano.

—Es bastante feo —observa Liz.

—Antes era más bonito —afirma Betty—, pero en el edificio hay tanta actividad que ha de ir ampliándose sin cesar. Los arquitectos tienen que estar ideando constantemente cómo hacerlo y los que trabajan en las ampliaciones deben llevar a cabo sin cesar esos cambios. Hay quien dice que el edificio parece estar creciendo ante nuestros propios ojos.

Betty gira hacia la izquierda para dirigirse a la zona del parking del Registro. Aparca el coche delante de una de las muchas entradas del edificio.

—¿Quieres que te acompañe? Es muy fácil perderse en una mole como ésta —le pregunta su abuela.

—No, prefiero ir sola, si no te importa —responde Liz.

Betty asiente con la cabeza.

—Vendré a recogerte hacia las cinco. Intenta pasártelo bien, cariño.