El taxi de la buena suerte

Después de seguir el baile, Liz deja de contemplar a Zooey o a cualquier otra persona del instituto. Ahora sólo se dedica a mirar a su familia.

Una noche, cuando la CO está a punto de cerrar, le pregunta a Esther:

—¿Cómo funcionan los prismáticos?

Esther pone mala cara.

—A estas alturas ya deberías saberlo. Echas una moneda y entonces…

—Me refiero a cómo funcionan realmente —la interrumpe Liz—. Me paso la mayor parte del día aquí y ni siquiera sé nada sobre ellos.

—Supongo que funcionan como cualquier otro par de prismáticos. Una serie de lentes convexas en dos tubos cilíndricos se combinan para formar una imagen…

—¡Sí, ya conozco esta parte! —la interrumpe Liz de nuevo—. Me enseñaron todo eso en el… quinto curso.

—Pues si lo sabes todo acerca de los prismáticos, no entiendo por qué me preguntas sobre ellos.

Liz ignora el comentario de Esther.

—Pero la Tierra está muy lejos y estos prismáticos no parecen ser demasiado potentes. ¿Cómo es posible que pueda ver con ellos las escenas que suceden allí?

—Quizá ahí esté el secreto. Tal vez la Tierra no se encuentre tan lejos como crees.

Liz se muestra sorprendida.

—¡Qué idea más bonita, Esther!

—Sí, ¿verdad? —observa la mujer sonriendo—. Para mí es como un árbol, porque cada árbol es en realidad dos árboles: las ramas que todos podemos ver y la raíz, el otro árbol invertido, creciendo en el sentido contrario. Así que las ramas creciendo hacia el cielo son la Tierra, y las raíces creciendo hacia la dirección opuesta son En Otro Lugar, aunque en una perfecta simetría. Las ramas no piensan demasiado en las raíces, y quizá las raíces tampoco piensan demasiado en las ramas, pero están unidas en todo momento por el mismo tronco, ¿sabes? Aunque las raíces parezcan estar lejos de las ramas, no es así. Tú sigues conectada a las ramas, lo único que no eres consciente de ello…

—¡Esther! —la interrumpe Liz por tercera vez—. Pero ¿cómo funcionan los prismáticos? ¿Cómo saben qué es lo que yo quiero ver?

—Es un secreto —responde Esther—. Podría decírtelo, pero entonces tendría que matarte.

—Eso no tiene gracia —dice Liz empezando a alejarse.

—De acuerdo, Lizzie, te lo diré. Si te acercas, te lo susurraré al oído.

Liz obedece.

—Pídemelo de nuevo diciendo por favor —dice Esther.

—Esther, por favor, ¿cómo funcionan los prismáticos?

—Es… por arte de magia —le susurra ella al oído echándose a reír.

—¡No sé por qué te lo he preguntado! —exclama Liz.

—Porque no tienes ninguna amiga y te sientes muy sola.

—¡Gracias! —le suelta Liz saliendo hecha una furia de la CO.

—Hasta mañana —le grita Esther alegremente.

Llega el 12 de agosto, el día que Liz habría cumplido dieciséis años en la Tierra. Y, al igual que los otros días, se lo pasa en la CO.

—Hoy Lizzie cumpliría dieciséis años —dice la madre de Liz a su marido.

—Lo sé —responde él.

—¿Crees que encontrarán al hombre causante del accidente?

—No lo sé —responde él—. Pero espero que así sea —añade.

—¡Fue un taxi! —grita Liz mirando por los prismáticos—. ¡UN VIEJO TAXI AMARILLO CON UN AMBIENTADOR EN FORMA DE TRÉBOL DE CUATRO HOJAS COLGADO DEL RETROVISOR!

—No pueden oírte —le dice una mujer mayor con aspecto de abuelita.

—¡Ya lo sé! —le suelta ella—. ¡Chsss…!

—¿Por qué no se detuvo? —pregunta la madre de Liz a su marido.

—No lo sé. Pero al menos llamó a la policía desde una cabina, aunque ya no hubiera nada que hacer.

—¡Pero aun así debería haberse detenido! —exclama ella echándose a llorar—. Quiero decir que cuando atropellas a una chica de quince años te paras, ¿verdad? Es lo que cualquier persona decente haría, ¿no crees?

—No lo sé, Olivia. Es lo que yo creía —responde el padre de Liz.

—¡Y me niego a creer que nadie viera nada! Me refiero a que alguien debe haber visto el accidente, alguien debe saber quién ha sido, alguien debe…

El tiempo de Liz se acaba y las lentes se cierran con un chasquido. Pero ella no se mueve. Sigue con los ojos pegados a ellas, aunque las lentes se hayan cerrado, con la mente en blanco.

Está furiosa porque ahora sabe que fue víctima de un conductor que se dio a la fuga. Quienquiera que lo haya hecho debe pagar por ello, piensa. Quienquiera que me haya atropellado ha de pasar una buena temporada entre rejas. En ese momento decide encontrar el taxi y descubrir una forma de decírselo a sus padres. Mete un eternim por la ranura y empieza a registrar la gran zona de Boston para localizar taxis amarillos antiguos con ambientadores en forma de trébol de cuatro hojas colgando del retrovisor.

Liz se dedica a buscar sistemáticamente el taxi de la buena suerte (el nombre que ella le ha puesto) revisando todos los garajes y las compañías de taxis que trabajan en la zona que cae cerca de la Cambridgeside Galleria. Aunque haya sólo cuatro compañías que trabajan en esta zona, ha de invertir toda una semana —y más de quinientos eternims— para lograr dar con el taxi de la buena suerte. Liz consigue los eternims que le faltan pidiéndole a Betty dinero para comprarse ropa. Su abuela está feliz de poder complacerla y no le hace demasiadas preguntas. Sólo cruza los dedos y desea que a su nieta se le esté pasando ya la depre.

En la licencia del taxista pone que se llama Amadou Bonamy. Conduce el taxi número 512 para una compañía de taxis llamada Tres Ases. Liz reconoce el taxi enseguida. Tiene el ambientador en forma de trébol de cuatro hojas y el automóvil es más viejo que Alvy, e incluso que Liz. Al contemplar el coche ella se sorprende de que incluso haya aguantado el impacto que recibió al chocar con su cuerpo.

Al día siguiente de haber localizado el taxi, se dedica a contemplar al taxista. Amadou Bonamy es alto y tiene el pelo negro y rizado. Su piel es del color de la cáscara de coco. Su mujer está embarazada. Él va a las clases nocturnas de la Universidad de Boston. Cuando lleva a algún pasajero al aeropuerto, siempre le ayuda con las maletas. Nunca toma el trayecto más largo a propósito, aunque los pasajeros no sean de la ciudad. Liz advierte que no va a demasiada velocidad y que además parece respetar las normas de tráfico religiosamente. A pesar de que el taxi está en las últimas, lo cuida mucho y pasa cada día el aspirador por los asientos. Cuenta estúpidos chistes a los pasajeros. Escucha la Radio Pública Nacional. Compra el pan en la misma panadería a la que va su madre. Tiene un hijo que va al mismo colegio que su hermano. Él…

Liz se aparta de los prismáticos. Se da cuenta de que no quiere saber más cosas de Amadou Bonamy. ¡Amadou Bonamy es un criminal! La persona que la ha asesinado, piensa. Y ha de pagar por ello. Tal como su madre ha dicho, no está bien atropellar a una persona con un destartalado taxi y dejarla tirada en el suelo para que se muera en la calle. A Liz se le acelera el pulso. Tiene que descubrir la forma de decir a sus padres que ha sido Amadou Bonamy. Se levanta del taburete y se va de la Cubierta de Observación, su deseo de venganza hace que se sienta más viva de lo que se ha sentido en una buena temporada.

Al salir del edificio, pasa por delante de Esther.

—Me alegra ver que por una vez te vas de aquí cuando aún es de día —observa la mujer.

—Sí —responde ella deteniéndose—. Esther, ¿sabes cómo se puede entrar en «contacto» con los vivos? —añade.

—¿Entrar en «contacto»? —pregunta Esther—. ¿Por qué diantres quieres saberlo? Sólo los locos intentan hacerlo. No sacarás nada bueno de hablar con los vivos. Sólo te causará sufrimiento y preocupaciones. Y Dios sabe que ya hemos tenido bastante de ambas cosas.

Liz lanza un suspiro. Por la respuesta de Esther sabe que no puede hacerle esta pregunta a cualquiera. Ni tampoco a Betty, que ya está bastante preocupada por ella. Ni a Thandi, que probablemente está enfadada porque no ha contestado a sus llamadas. Ni a Aldous Ghent, que no la ayudaría ni loco a entrar en «contacto» con los vivos. La única persona que quizá la ayudaría es Curtis Jest. Pero por desgracia Liz no ha vuelto a verlo desde el día que contemplaron sus propios funerales en el Nilo.

Al llegar Curtis a En Otro Lugar, empezaron a circular varias nuevas historias sobre su muerte. Como era una estrella de rock y una celebridad, la gente se interesó por él. Pero lo curioso del caso es que la mayoría de las personas de En Otro Lugar nunca habían escuchado su música. Curtis era popular en la generación de Liz, pero En Otro Lugar había muy pocas personas que fueran de su generación. O sea que el interés por Curtis se esfumó rápidamente. Desde el día de su cumpleaños ya no había oído hablar más de él.

Liz decide armarse de valor y llamar a Thandi, que ahora trabaja como locutora en una cadena de televisión y se encarga de leer los nombres de las personas que llegan a En Otro Lugar, para que la gente pueda ir al muelle a recibirlas. Liz piensa que Thandi debe tener noticias del paradero de Curtis Jest.

—¿Por qué quieres hablar con él? —le pregunta. Su voz es hostil.

—Porque me pareció una persona muy interesante —responde Liz.

—Dicen que se ha hecho pescador —dice Thandi—. Probablemente lo encontrarás en el muelle.

¿Pescador?, piensa Liz. Parece un trabajo tan corriente que no entiende por qué lo ha elegido.

—¿Por qué Curtis Jest trabaja como pescador? —pregunta Liz.

—No tengo ni idea. ¿Quizá le gusta pescar? —sugiere Thandi.

—Pero En Otro Lugar hay músicos. ¿Por qué no sigue siendo músico?

Thandi lanza un suspiro.

—En la Tierra ya lo fue, Liz. Y es obvio que esta profesión no le hizo demasiado feliz.

Liz recuerda las largas marcas y los morados de los brazos de Curtis. No está segura de poder llegar a olvidarlos nunca. Pero sigue pensando que él se ha equivocado al dejar su carrera musical. Quizá cuando lo vea le pregunte por qué lo ha hecho, piensa.

—Gracias por la información —dice Liz.

—De nada —responde Thandi—. Pero ¿sabes, Elizabeth?, no está bien que no me devuelvas las llamadas durante meses y meses y que cuando por fin me llames sea para preguntarme por otra persona. Sin disculparte. Sin tan siquiera decirme «¿Cómo estás, Thandi?»

—Lo siento, Thandi. ¿Cómo estás? —inquiere Liz más bien por compromiso, ya que pese a todo no se siente culpable por haber ignorado a su amiga.

—Muy bien —responde ella.

—He estado pasando una mala temporada —se disculpa Liz.

—¿Y tú crees que para mí ha sido fácil? ¿Crees que lo es para cualquiera de nosotros? —pregunta Thandi y luego le cuelga el teléfono.

Liz coge el autobús que lleva al muelle. Localiza allí a Curtis enseguida, con una caña de pescar en una mano y una taza de café en la otra. Lleva una descolorida camiseta roja y su pálida piel de antes tiene ahora un sano tono dorado. El color de su cabello apenas es ya azul, pero sus ojos celestes siguen siendo tan vivos como siempre. Liz no sabe si se acordará de ella, pero por suerte él le sonríe en cuanto la ve.

—Hola, Lizzie —dice Curtis—. ¿Cómo te está tratando la vida en el más allá? —añade vertiendo en una taza café de un termo rojo y ofreciéndosela. Le hace una señal para que se siente a su lado en el muelle.

—Quería preguntarte algo —dice Liz.

—Parece un asunto serio —observa Curtis enderezando la espalda—. Intentaré responderte lo mejor que sepa, Lizzie.

—En el barco fuiste muy sincero conmigo —empieza Liz.

—Dicen que un hombre siempre debe ser lo más sincero posible.

—Necesito entrar en «contacto» con alguien de la Tierra —le confiesa Liz en voz baja—. ¿Podrías ayudarme?

—¿Estás segura de saber lo que estás haciendo?

Ella ya se había preparado para esta pregunta y se había inventado varias mentiras convincentes.

—No es que esté obsesionada ni nada parecido, sino que tengo un asunto pendiente en la Tierra que debo resolver.

—¿De qué se trata? —pregunta él.

—Tiene que ver con mi muerte —dice Liz dudando por un momento de si debe contarle a Curtis la historia del taxista que se dio a la fuga.

Después de escuchar la historia, él se queda en silencio un momento.

—No sé por qué pensaste que yo podría ayudarte.

—Porque pareces ser una persona que se entera de las cosas —responde Liz—. Además no puedo preguntárselo a nadie más.

Curtis sonríe.

—He oído decir que hay dos formas de comunicarse con los vivos. La primera es intentar encontrar un barco que te lleve a la Tierra, aunque dudo de que esta solución sea demasiado práctica para ti, ya que por lo que he oído se tarda mucho en llegar a ella y tiende a alterar el proceso de volverse cada vez más joven. Además, no creo que quieras convertirte en un fantasma, ¿verdad?

Liz sacude la cabeza acordándose de que ya se había planteado esta elección el día de su llegada a En Otro Lugar.

—¿Cuál es la segunda opción?

—He oído hablar de un lugar que se encuentra a una milla de la playa y a varias de profundidad. Por lo visto es el lugar más profundo del océano. La gente lo llama el Pozo.

Liz recuerda que Aldous Ghent mencionó el Pozo durante la cita de aclimatación. Y también que le dijo que estaba prohibido ir a ese lugar.

—Creo que he oído hablar de él —dice ella.

—Al parecer si consigues llegar al Pozo, lo cual es muy difícil, encuentras una ventana por la que puedes penetrar en la Tierra.

—¿En qué se diferencia de las Cubiertas de Observación? —pregunta Liz.

—Con los prismáticos sólo tú puedes ver a los vivos, en cambio dicen que en el Pozo ellos también pueden sentirte, verte, oírte.

—¿O sea que puedo hablar con ellos?

—Sí, eso es lo que he oído decir —contesta Curtis—, pero les costará entenderte, ya que tu voz no se oye con claridad al estar tú dentro del agua. Necesitarás un buen equipo para bucear y ser además una buena nadadora.

Liz reflexiona sobre lo que Curtis acaba de contarle bebiendo un sorbo de café. Sabe que es una experta nadadora. El pasado verano ella y su madre se sacaron juntas el carné de buceo en Cape Cod. ¿Cómo es posible que sólo haya pasado un año y no una eternidad?, se pregunta.

—No estoy seguro de si he hecho bien dándote esta información, pero probablemente la habrías conseguido de cualquier otra persona. Me temo que nunca se me ha dado bien el saber qué debía hacer. O al menos no lo he sabido ni lo he hecho.

—Gracias —dice Liz.

—Ten cuidado —responde Curtis dándole un abrazo y sorprendiéndola con este cálido gesto—. Perdona, pero ¿estás segura de que debes hacerlo? Quizá lo mejor sería olvidarte del Pozo.

—Sí, Curtis. No tengo otra elección.

—Lizzie, cariño, uno siempre puede elegir.

Ella no quiere discutir con Curtis, sobre todo después de que ha sido tan amable con ella, pero no puede evitar decirle:

—Yo no elegí morir, o sea que en este caso no tuve otra opción.

—No, claro que no —responde él—. Supongo que me refería a que siempre puedes elegir en las situaciones en que puedes hacerlo, si es que esto tiene algún sentido.

—Pues no —dice Liz.

—Entonces tendré que perfeccionar mi filosofía y volver a verte cuando lo haya hecho. He descubierto que el trabajo de pescador te deja mucho tiempo para pensar.

Liz asiente con la cabeza. Mientras se aleja del muelle se acuerda de que ha olvidado preguntarle por qué ha decidido convertirse en pescador.