La inmersión de Owen Welles

L a madre de Owen Welles era profesora universitaria y el padre un pintor de la ciudad de Nueva York. La pareja adoraba a este niño tan sonriente, parlanchín y guapo, su único hijo. Owen tuvo una infancia agradable y sin traumas. A los trece años conoció a Emily Reilly, una niña pelirroja de su misma edad. Emily vivía en la puerta de al lado. Owen residía en el piso 7C y Emily en el 7D. Los dormitorios de ambos tenían una pared en común, de modo que por la noche, cuando se suponía que estaban durmiendo, se enviaban mensajitos en morse. Al cabo de poco a Owen le pasó lo que les ocurre a muchos chicos que entablan amistad con la vecina de la puerta de al lado: se enamoró de Emily. Fueron juntos a los bailes del instituto y a otras oportunidades ideales para sacarse una bonita foto, hasta que terminaron el instituto.

Después Emily fue a la Universidad de Massachusetts y Owen a la de Nueva York. Tras cuatro años de estar pagando unas exorbitantes facturas telefónicas por las interminables conversaciones que mantenían, se casaron a los veintidós años.

En un arrebato de tradicionalismo que sorprendió a todos los implicados, Emily incluso adoptó el apellido de Owen. Emily Reilly se convirtió por tanto en Emily Welles.

Para ahorrar dinero, Owen y Emily se fueron a vivir a Brooklyn. Ella fue a la Facultad de Medicina y él se convirtió en bombero. No estaba seguro de querer ser siempre bombero, pero le gustaba este trabajo y era bueno en él.

En el año que Owen cumplía veintiséis años falleció mientras combatía un incendio de lo más común. Una mujer de ochenta y un años se había dejado el fogón de la cocina encendido y su piso acabó ardiendo. Owen localizó tres de los gatos de la anciana fácilmente, pero no pudo dar con el cuarto, un joven gato blanco llamado Koshka, que se había quedado dormido en un armario sin advertir el fuego. No pudo encontrar a Koshka hasta la mañana siguiente. El gato se estaba lamiendo felizmente las patas a los pies de la litera de Owen mientras viajaban en el Nilo. Tanto él como Koshka habían muerto asfixiados. «Tengo sed», maulló el gato. Pero por desgracia Owen no hablaba gatuno.

No se tomó su muerte nada bien. Cuando estás enamorado te resulta mucho más difícil morirte.

A causa de Emily, Owen hizo todo lo posible por volver a la Tierra. Intentó regresar con el barco, pero lo descubrieron antes de que zarpara.

No fue la primera persona en volverse adicta a los prismáticos de la Cubierta de Observación. Gastó una enorme cantidad de eternims que le habían prestado contemplando a Emily hasta que los ojos se le ponían vidriosos.

Intentó ir al Pozo ciento diecisiete veces, batiendo el récord de inmersiones ilegales. A veces conseguía comunicarse con Emily, pero lo único que logró es hacerla casi enloquecer. Ella lo echaba muchísimo de menos y sus visitas semirregulares sólo hicieron que las cosas empeoraran. Emily dejó de ir a la Facultad de Medicina. Se quedaba en casa esperando a que Owen regresara. Al final él comprendió que estaba haciendo daño a su mujer y que debía dejar de verla. No quería arruinar la vida de Emily. Como era un experto en establecer «contactos» ilegales, le pareció de lo más natural era trabajar en el departamento que se ocupaba de ellos.

Owen tenía ahora diecisiete años y hacía ya nueve que trabajaba en este departamento. No tenía demasiados amigos y sólo contaba con algunos parientes que raras veces veía. Una vez a la semana (ni más, ni menos) se permitía ir a contemplar a Emily con los prismáticos. Cada jueves por la noche veía cómo ella envejecía mientras él se volvía cada día más joven. Ella tenía treinta y cinco años y se había especializado en quemaduras. (El otoño que siguió a la muerte de Owen volvió a la Facultad de Medicina.) Nunca se casó de nuevo y aún seguía llevando la alianza. Owen también llevaba una. La había comprado En Otro Lugar para reemplazar la que había dejado en la Tierra.

En un determinado momento comprendió que probablemente nunca volvería a ver a Emily. Había hecho los cálculos. Lo más seguro era que para cuando Emily llegara a En Otro Lugar, él ya habría regresado a la Tierra. Había aprendido a vivir con esta certeza, pero aunque hubieran transcurrido diez años, Emily Reilly seguía siendo la persona más importante que había en su vida.

Cuando la gente le preguntaba si estaba casado, él respondía que sí. Al hacerlo le daba la sensación de estar mintiendo y diciendo la verdad al mismo tiempo. Como es lógico Owen tenía a menudo la sensación de ser un farsante. ¿Cómo podía aconsejar a los demás que hicieran lo que él había sido incapaz de hacer? Al conocer a alguien como Liz, se sintió muy avergonzado. En su opinión ella deseaba de veras seguir con su vida y él le había frenado en ese proceso. Owen sentía que debía subsanar el daño que le había causado.

Así que decidió ir buceando al Pozo, la primera inmersión que iba a realizar por una razón personal en muchos años.

Al echar un vistazo desde el borde del Pozo, localiza rápidamente la casa de Liz en Medford, Massachusetts. Descubre a Alvy sentado a la mesa de la cocina, bebiendo un vaso de zumo de manzana.

Como Owen ha hecho ya tantos viajes al Pozo, tiene mucha experiencia en cómo establecer «contacto». Por eso cuando habla a través del Pozo, sólo se abre el grifo de la cocina.

—Hola —dice Owen.

Alvy lanza un suspiro.

—¡Te has equivocado de casa! La única persona muerta que conozco es mi hermana Lizzie.

—Yo también conozco a Liz.

—¿Ah, sí? —exclama Alvy—. Cuando la veas dile que estoy muy enfadado con ella porque no encontré nada en el armario y me metió en un gran problema.

—Lo buscaste en el armario equivocado —dice Owen—, está debajo de los listones de madera sueltos del armario de Liz.

Alvy deja el vaso sobre la mesa.

—¡Qué bien! ¿Y quién eres tú?

—Supongo que un amigo de Liz. Por cierto, ella siente mucho haberte metido en problemas.

—Pues dile que la echo de menos —responde Alvy—. Y que la mayor parte del tiempo fue una buena hermana. ¡Ah!, y dile también ¡feliz día de Acción de Gracias! de mi parte.

El padre de Liz entra en la cocina. Cierra el grifo.

—¿Por qué has vuelto a abrir el grifo? —le pregunta.

—Se abrió solo —le responde Alvy—. Papá, no te enfades conmigo, pero he de mostrarte algo en el armario de Liz.

Owen se queda para ver a Alvy subiendo las escaleras y conduciendo a su padre hasta la habitación de Liz. Observa cómo aparta un listón de madera suelto que había en la parte izquierda del armario y saca una caja envuelta en papel de regalo y con una tarjeta que pone: PARA PAPÁ.

Cuando Owen sale a la superficie una hora más tarde, sus colegas del departamento le están esperando.

—Pensé que te gustaría saber que tu padre ya tiene el jersey —explica algo incómodo Owen por la noche frente al escritorio de la oficina de Liz, antes de la cena del día de Acción de Gracias. Aunque En Otro Lugar no sea un día festivo, muchos americanos siguen celebrando este día de todos modos.

—¿Fuiste al Pozo por mí?

—Tu hermano… ¿Se llama Alvy, verdad?

Liz asiente con la cabeza.

—Alvy me ha dicho que te desee «feliz día de Acción de Gracias» de su parte —añade Owen volviéndose para irse.

—¡Espera! —exclama Liz sujetándolo por el brazo—. Espera un minuto, aún no puedes irte —añade ella dándole un abrazo—. ¡Gracias!

—De nada —responde él con brusquedad.

—¿Le gustó mi jersey? —pregunta Liz.

—Le encantó. Hacía juego con sus ojos tal como dijiste —al pronunciar estas palabras Owen se da cuenta de que el jersey también hace juego con los ojos de Liz.

Ella se sienta en la silla de su escritorio.

—No sé cómo agradecértelo.

—Sólo he hecho mi trabajo.

—¿Darle a mi padre un jersey forma parte de tu trabajo?

—Bueno, técnicamente no —admite Owen.

—¿Qué más te dijo Alvy?

—Me dijo que fuiste una buena hermana. Que lo fuiste la mayor parte del tiempo.

Liz se echa a reír y coge a Owen de la mano.

—Ven a cenar a mi casa para celebrar con nosotras el día de Acción de Gracias. Bueno, no es mía, sino de Betty. Betty es mi abuela.

—Yo… —empieza a decir él mirando a otra parte.

—¡Claro! —exclama Liz—, como es tan tarde ya debes tener otros planes.

Owen lo piensa durante un momento. Nunca tiene otros planes. Siempre suele evitar las fiestas como el día de Acción de Gracias, las celebraciones en las que la gente se reúne con sus seres queridos. Aunque hayan transcurrido ya diez años, tener cualquier otro plan le parece traicionar a Emily. Normalmente suele pasar las fiestas especiales cenando solo en casa.

—¡Esto del día de Acción de Gracias es muy extraño! —dice Owen por fin—. ¿Por qué tantos de nosotros lo seguimos celebrando aquí? ¿Lo hacemos sólo por inercia? ¿O simplemente porque se ha hecho siempre?

—Escucha, no tienes por qué venir si…

—Y la gente —le interrumpe Owen—, apenas piensa en el significado de la fiesta para los del país, y en realidad esta celebración no tiene nada que ver con lo que ocurre aquí. Y, sin embargo, cuando llega el día de Acción de Gracias, siempre, pese a todo, me apetece celebrarlo y quiero tener buenos propósitos y comer pastel. Es algo que está grabado en mi cabeza. ¿Por qué?

—Sé lo que quieres decir. Este úlimo mes de septiembre yo aún seguía queriendo comprar los libros de texto del instituto, aunque sabía que ya no iba a ir más a él —confiesa Liz—. Sin embargo, este caso es un poco distinto del que estamos hablando. Yo creo que lo hacemos para seguir siendo como las personas de la Tierra. O para sentirnos cerca de ellas. Comemos pastel porque sabemos que ellas están haciendo lo mismo.

Owen asiente con la cabeza. La conversación sobre pasteles le ha abierto el apetito y ¡ahora le han entrado ganas de comerse uno!

—¿A qué hora voy entonces a tu casa? —le pregunta con toda tranquilidad.