Dos bodas
—Alguien de la Tierra está intentando entrar en «contacto» contigo —anuncia Owen una noche después de volver del trabajo. Ahora que es el jefe del Departamento de Delitos y Contactos Sobrenaturales, suele ser el primero en enterarse de esta clase de asuntos.
—¿Qué? —dice Liz sin mirarlo apenas para poder seguir leyendo. Hace poco le ha dado por volver a devorar sus libros favoritos de cuando aprendió a leer en la Tierra.
—¿Qué estás leyendo? —pregunta Owen.
—Las telarañas de Carlota —responde ella—. Es una historia muy triste. Uno de los principales protagonistas acaba de morir.
—Tienes que leer los libros del final al principio —dice él bromeando—. Así nadie se muere y la historia siempre acaba bien.
—¡Es la cosa más estúpida que he oído en mi vida! —exclama Liz poniendo los ojos en blanco y retomando la lectura.
—¿No te interesa saber quién está intentando entrar en «contacto» contigo? —inquiere Owen. Se saca del bolsillo del abrigo una botella verde de vino vacía y cerrada con un tapón de corcho, con la pegajosa huella de una etiqueta que ha desaparecido en parte por los efectos del agua. Dentro de la botella hay un sobre enrollado de color marfil. (En realidad el sobre está más aplastado que enrollado, porque es de papel grueso)—. La hemos encontrado hoy en las aguas del muelle —dice entregándole la botella—. Los chicos que se ocupan de los artefactos de la Tierra han tenido que abrirla para ver a quién iba dirigida, pero no han tocado el contenido del sobre. Cuando encontramos un MEB intentamos respetar al máximo la intimidad de la persona a la que va dirigido.
—¿Qué es un MEB? —pregunta Liz dejando el libro a un lado para examinar la botella.
—Un mensaje en una botella —responde Owen—. Es una de las pocas formas de recibir el correo procedente de la Tierra. Nadie sabe exactamente cómo funciona, pero así es.
—Es la primera vez que recibo uno —dice Liz.
—Ya no son tan comunes como antes.
—¿Por qué? —inquiere Liz.
—Porque la gente de la Tierra ya no escribe tantas cartas como antaño. Probablemente ni se les ocurre escribir un mensaje y enviarlo en una botella. Y además no es un sistema totalmente fiable.
Liz abre la botella. Saca el grueso sobre, que sigue en muy buen estado a pesar de su viaje marítimo. En el sobre hay una dirección escrita con una elegante caligrafía trazada con una intensa tinta verdinegra:
Señorita Elizabeth «Liz» «Lizzie» Marie Hall que reside en
los Cielos o
en el País Sin Descubrir o
en el País de las Sombras o
en el País del Gran Reposo o
en el Gran Desconocido o
en el Gran Más allá o
en los Campos Elíseos o
en Valhalla o
en las Islas Afortunadas o
en la Isla de los Bienaventurados o
en el Reino del Gozo y de la Luz o
en el Paraíso o
en el Edén o
en el Firmamento o
en el Cielo o
dondequiera que estés, sea como sea como se llame
—El que la ha mandando ha sido muy meticuloso —observa Owen—, pero nunca se les ocurre escribir «En Otro Lugar».
—Nadie de la Tierra lo llama así —le recuerda Liz—. Da la vuelta al sobre. En el remite pone con la misma elegante caligrafía:
192 Reed Street
Medford, Massachusetts 02109
—¡Es la dirección de Zooey! —exclama Liz mientras abre el sobre. En el interior encuentra una invitación de boda en forma de tríptico de color marfil y una larga nota escrita a mano. Liz se guarda la nota en el bolsillo.
—«Estás invitada a la boda de Zooey Anne Brandon y Paul Scott Spencer» —lee Liz en voz alta—. ¿Mi mejor amiga se casa?
—Querrás decir tu mejor amiga antes de conocerme, ¿verdad? —dice Owen bromeando.
Liz ignora su comentario.
—La boda se celebrará el primer fin de semana de junio. Faltan menos de dos semanas —observa Liz arrojando la invitación al sofá—. ¡Ha esperado al último momento para invitarme! —grita ella.
—Creo que deberías perdonarla. Es muy difícil enviar mensajes aquí, ¿sabías? Probablemente te envió la invitación hace meses —dice Owen cogiéndola—. El papel es de muy buena calidad.
—¿No crees que es demasiado joven para casarse? —pregunta Liz—. Tenemos la misma edad, quiero decir: teníamos —se corrige—. En realidad era un mes mayor que yo, supongo que ahora tiene casi veintidós años.
Owen coge un bolígrafo y se pone a rellenar la tarjeta de respuesta.
—¿Irá la señorita con algún acompañante?
—No —replica Liz.
—¿Y yo? —pregunta él abriendo los ojos de par en par fingiendo estar ofendido.
—Siento defraudarte, O —responde ella quitándole la tarjeta de respuesta de las manos—, pero creo que tenemos un pequeño problema para trasladarnos al lugar de la boda —añade metiendo con cuidado la tarjeta de respuesta y la invitación en el sobre.
—Podríamos verla desde la Cubierta de Observación —sugiere Owen.
—No quiero verla —responde Liz.
—Entonces, podríamos ir buceando hasta el Pozo —dice Owen—, desde allí podrías felicitarla y decirle todo lo que se suele decir en estas ocasiones.
—¡No puedo creer que me estés sugiriendo esto! —exclama Liz moviendo la cabeza mostrando incredulidad—. ¡Precisamente tú que trabajas para el departamento!
—¡Venga, Liz! ¿Dónde está tu espíritu aventurero? ¡Demos a tu amiga nuestro último hurra antes de que seamos demasiado pequeños y no podamos hacerlo! ¿Qué me dices?
Liz reflexiona un momento antes de responder.
—Si cuando fallecí Zooey no fue a mi funeral, no veo por qué tendría que ir yo ahora a su boda.
Esa noche en la cama, Liz lee la nota de Zooey. Advierte que la letra de su amiga es la misma que cuando las dos tenían quince años y solían pasarse notitas en el instituto.
Querida Liz:
Ya sé que te parecerá extraño recibir esta carta después de haber estado sin saber nada de mí durante tanto tiempo, pero es que ¡voy a casarme! Te he echado mucho de menos. Me pregunto dónde te encuentras y qué es lo que estás haciendo. Yo estoy estudiando primero de derecho en Chicago, el lugar donde ahora vivo, te lo digo por si acaso tú también quieres saber lo que yo hago.
Si tienes tiempo y te apetece, y si por casualidad te encuentras en Boston (queríamos casarnos en Chicago, pero mamá ganó), ven a vernos el día de nuestra boda. Mi chico se llama Paul, huele muy bien y tiene unos bonitos antebrazos.
Sé que quizá nunca recibas esta carta (me da la impresión de estar escribiendo a Santa Claus, lo cual es de lo más descabellado, teniendo en cuenta que yo soy judía), pero tenía que intentarlo. Ya traté de decírtelo antes por medio de un medium, B’nai B’rith, el rabino que canta en la sinagoga a la que mis padres van en Brookline. Mamá y papá te mandan saludos. Fue idea de Paul enviar la invitación dentro de una botella. Aunque creo que la sacó de una película.
Te quiero,
Tu mejor amiga en la Tierra (espero),
Zooey
P. D.: Siento no haber ido a tu funeral.
—Quiero hacer un brindis —anuncia Liz la mañana siguiente a Owen.
—Me parece estupendo —dice él sentándose a la mesa mientras levanta su taza de café—. Soy todo oídos.
—¡No me refería a ahora, tonto! —responde Liz—. Quiero decir en la boda de Zooey. Tu idea de ir al Pozo quizá no sea tan mala como yo creía.
—¿Me estás diciendo que quieres ir al Pozo? —inquiere Owen con los ojos brillantes de excitación.
—Sí, y necesito que me ayudes en el brindis. La última vez que intenté comunicarme desde el Pozo fue un desastre —recuerda ella.
—Supongo que fue la noche que nos conocimos.
—Como ya te he dicho, fue un desastre —dice Liz bromeando.
—Esto no tiene ninguna gracia —señala él moviendo la cabeza haciéndose el ofendido.
—Todos los grifos de la casa se abrieron de golpe y… —prosigue ella.
—Un error de principiante —le interrumpe él.
—Y nadie pudo entender lo que yo les estaba diciendo —termina de decir Liz.
—Y te arrestaron —añade Owen.
—Sí, y me arrestaron —admite ella—. Así que dime qué puedo hacer para que los dos tortolitos me entiendan y no huyan de la sala gritando.
—En primer lugar tienes que acordarte de no gritar. En cuanto hayas conseguido captar su atención, te entenderán mucho mejor si les hablas susurrándoles. Los fantasmas chillones asustan a la gente, ¿sabías? —observa Owen.
—¡Un buen consejo!
—Y además debes elegir un grifo y centrarte en él. También debes saber controlar tu respiración —agrega—. Yo puedo ir contigo, pero sólo si tú quieres.
—¿No te despedirán si averiguan que me estás ayudando a entrar en «contacto» con ellos?
—Ahora que soy el jefe del departamento, mis colegas suelen hacer la vista gorda —dice Owen encogiéndose de hombros.
Liz sonríe.
—Entonces, supongo que ya está decidido. ¡Por nuestra inmersión! —proclama levantando en alto su vaso de zumo de naranja.
—¡Por nuestra inmersión! —repite él levantando su taza de café—. Me encantan las aventuras, ¿a ti no te pasa igual?
La noche de la ceremonia de la boda de Zooey, Owen y Liz se encuentran en la playa a las ocho. La fiesta empieza a las ocho y media y, según los cálculos de Owen, tardarán cuarenta minutos en llegar buceando al Pozo.
—En cuanto lleguemos a él, sólo dispondrás de poco más de media hora —le advierte Owen—. Les he dicho a mis chicos que vengan a recogernos a las nueve y media.
—¿Crees que tendré suficiente con media hora? —pregunta preocupada.
—Liz, no es una buena idea estar demasiado tiempo ahí abajo. Por si no lo sabías sigue siendo un acto ilegal.
Ella asiente con la cabeza.
—No quiero ser grosero, pero ¿no crees que el traje de neopreno te queda un poco grande en el trasero? —pregunta Owen.
—¿Ah, si? —dice Liz tirando del flexible tejido que rodea su trasero—. El traje de neopreno debe estar estropeándose, hace casi seis años que no lo uso.
—Parece como si llevaras un pañal.
—Sí, bueno, supongo que también es porque me estoy encogiendo. Por si no te acuerdas, tengo nueve años —responde Liz.
—¡Qué poquitos!
—Aunque en realidad tengo nueve-seis, y ahora tendría veintiuno, o sea que no es lo mismo que sólo tener nueve —puntualiza ella—. Además, tú sólo tienes once. No me llevas demasiados años que digamos.
—¿Tengo once? —pregunta Owen—. Pues no me siento como un niño de esta edad.
—Pues muchas veces actúas como si la tuvieras —dice Liz bromeando.
—Y si no me hubiera muerto ahora tendría cuarenta y uno —añade Owen.
—¡Anda, qué mayor serías! —exclama Liz moviendo la cabeza. ¿Te imaginas? Si tú tuvieras cuarenta y uno y yo veintiuno y siguiéramos viviendo en la Tierra, seguramente nunca nos habríamos conocido.
La inmersión transcurre sin incidentes. Al haberla realizado en tantas ocasiones, Owen es un excelente guía.
Al llegar al Pozo sólo pueden encontrar una salida de agua que dé a la sala donde se celebra la fiesta de la boda: una gran fuente al aire libre que se encuentra al fondo del patio. Desde este lugar, a través de la hilera de ventanales de cristal que cubren las paredes del salón de baile, pueden ver casi por completo la fiesta de la boda de Zooey.
—No estamos muy cerca que digamos —se queja Liz—. Si sólo hubiera querido verlos, me bastaba con haber ido a la Cubierta de Observación.
—No te preocupes. Ya encontraremos un lugar mejor para hacer nuestro brindis —la tranquiliza Owen.
Desde el fondo del patio Liz ve, a través de los ventanales, una fiesta de bodas que se parece mucho a las otras que había visto antes: abundantes rosas amarillas, damas de honor ataviadas de rosa, un cantante con un aspecto de lo más tradicional y aburrido, Zooey luciendo un traje de novia acampanado de color hueso y el novio con un frac gris. Entre la multitud Liz divisa a la madre y al padre de Zooey. Y detrás de ellos, a sus propios padres.
—¡Mira, Owen, mamá y papá! Papá ha envejecido y mamá lleva otro peinado —dice Liz—. ¡Hola, mamá! ¡Hola, papá! —exclama saludándolos con la mano—. ¡Oh, y allí está mi hermano! ¡Hola, Alvy!
—¿Quién es Zooey? —pregunta Owen.
—¡Qué lelo eres! —exclama ella—. Es la que lleva el traje blanco.
—¡Oh, es verdad!
Liz pone los ojos en blanco.
—Cuantos menos años tienes, más tonto te vuelves, O —le suelta Liz contemplando a Zooey. Su amiga tiene veintiún años, ya es toda una mujer. ¡Qué extraño que yo tenga nueve y ella veintiuno!, piensa.
—Liz, debemos buscar un lugar desde el que puedas ofrecerle un brindis —dice Owen—. Sólo nos quedan veinticinco minutos.
Primero lo intentan a través del grifo del lavabo del cuarto de baño.
—¡FELICIDADES, ZOOEY! ¡SOY ELIZABETH MARIE HALL! —grita Liz. Pero el cuarto de baño queda demasiado lejos de la sala y nadie la oye.
—¿Quizá puedo esperar a que Zooey vaya al baño? —le sugiere a Owen—. Al menos así podré hablar con ella.
—No tenemos tanto tiempo. Y las novias siempre se quejan de que nunca tienen tiempo de comer ni de ir al baño. Probemos en la cocina —propone él.
La cocina, aunque se encuentra más cerca del lugar donde se celebra la boda, es increíblemente ruidosa debido a la preparación de los platos, los temporizadores y otros sonidos típicos de esta estancia.
—¡TE QUIERO, ZOOEY! TE FELICITO A TI Y A PAUL —grita de nuevo Liz esta vez desde el grifo de la cocina.
Un ayudante de camarero al oírla pega un grito de terror y se le cae al suelo la bandeja llena de platos sucios de la ensalada.
—¡LO SIENTO! —se disculpa Liz—. Esto está resultando ridículo —dice a Owen—. Todo cuanto he conseguido ha sido asustar a un pobre chico. Hemos de comunicarnos desde algún punto más próximo a ellos.
Espoleada por la desesperación, Liz sugiere el samovar, pero Owen, que sabe más de esas cosas, rechaza la idea alegando que la fuente de agua por la que se comunican ha de estar conectada a las cañerías. Pese a las advertencias de Owen, Liz intenta comunicarse a través de la cafetera, pero no funciona. (Ella se alegra de que no haya funcionado, porque se habría sentido totalmente estúpida felicitando a su amiga desde una cafetera.)
—Volvamos a la fuente —dice Liz desalentada—. Quizá si los dos la felicitamos gritando juntos, nos oirá.
—¡FELICIDADES! ¡FELICIDADES! ¡FELICIDADES! —gritan Owen y Liz desde la fuente.
Siguen gritando durante cinco minutos más, pero nadie los oye porque el ruido de la fuente y las gruesas paredes del salón de baile lo impiden.
—Bueno —dice Liz lanzando un suspiro—, al menos he visto a Zooey luciendo su traje de novia. Supongo que también podríamos haberlo visto desde la Cubierta de Observación.
—Pero no habría sido tan divertido —puntualiza Owen.
—¿Crees que ya debemos irnos?
—No, es mejor que esperemos —responde él—, mis chicos vendrán a recogernos con el barco dentro de unos diez minutos.
Mientras esperan, Liz contempla a Zooey en el salón de baile. Desde la fuente puede ver a sus padres bailando.
—Tu madre es clavada a ti —observa Owen.
—Mamá tiene el pelo más oscuro. En realidad Alvy se parece más a ella que… —su voz se apaga. Con el rabillo del ojo ve a su hermano saliendo del salón de baile por una de las puertas laterales. Se dirige hacia la fuente.
—¿Liz? —dice Owen al ver que ella tiene una extraña expresión.
—Creo que mi hermano se está acercando —observa ella.
Alvy va directo a la fuente y se pone a contemplar el agua. Liz retiene la respiración.
—Lizzie —Alvy le susurra a la fuente.
—Acuérdate de no gritar —le aconseja Owen.
—Soy yo —susurra Liz.
—Me ha dado la impresión de haberte oído —dice Alvy—. Primero creí que tu voz venía del cuarto de baño. Después de la cocina y luego del patio.
A Liz se le empañan un poco los ojos. ¡El bueno de Alvy!, piensa.
—Alvy, no sabes cuánto me alegro de poder hablar contigo.
—¡Iré a buscar a Zooey! Has venido para felicitarla, ¿verdad? Iré también a buscar a mamá y a papá —dice Alvy—, seguro que quieren hablar contigo.
—Mis chicos van a llegar en cinco minutos —le recuerda Owen a Liz sacudiendo la cabeza para indicarle que no tiene tiempo para hablar.
—Tengo que irme, Alvy, ya no me queda tiempo. Diles a Zooey, a mamá y a papá que les quiero. De un modo que no flipen, claro.
—Voy a buscarlos corriendo.
—¡No! —grita Liz—. Cuando ellos lleguen, puede que yo ya no esté aquí. Aprovechemos este momento que me queda para charlar un poco.
—Vale —asiente Alvy.
—¿Cómo te va el octavo curso? —pregunta ella.
—En realidad estoy en el noveno. Logré aprobarlo.
—¡Alvy, es fabuloso! Tú siempre fuiste muy inteligente. ¿Cómo te va el noveno curso entonces?
—¡Me gusta! —responde él—. Este año participo en los debates escolares, lo cual es mucho mejor que estar en la banda como el año pasado. Venga, Lizzie, no puedo creer que tengas ganas de enterarte de esta clase de cosas.
—Pues así es. Te lo aseguro.
Alvy mueve la cabeza mostrando incredulidad.
—Pienso mucho en ti, ¿sabes?
—Yo también pienso en ti, Alvy.
—¿Te gusta el lugar donde estás ahora?
—Es distinto.
—¿Distinto en qué sentido?
—Es… —ella hace una pausa— difícil de explicar. No es como tú crees. Pero me gusta. Me encuentro bien en él, Alvy.
—¿Eres feliz?
Y por segunda vez desde que está En Otro Lugar, Liz se para a pensar en ello.
—Lo soy —responde—. Tengo muchos amigos. Y una perra llamada Sadie. Y veo a Betty. Ella es nuestra abuela, la que falleció. Si la conocieras, te encantaría. Tiene un sentido del humor igualito al tuyo. Os echo mucho de menos todo el tiempo. ¡Oh, Alvy, hay tantas cosas de las que me gustaría hablar contigo!
—¡Lo sé! Yo también quería explicarte y preguntarte muchas cosas, pero ahora no me acuerdo de cuáles eran.
—Siento mucho haberte causado problemas con el jersey la otra vez.
—Liz, ¿no seguirás pensando en ello, verdad? —exclama Alvy encogiéndose de hombros—. Ni siquiera lo menciones. Al final funcionó.
—Siento mucho haberte metido en problemas.
—¡Por favor! Después de tu muerte mamá y papá eran un absoluto desastre. Cualquier cosa les sacaba de quicio. Yo sé que a papá le ha ayudado mucho recibir tu jersey.
—Siento que pasaras un mal rato por mi culpa.
—Lizzie, lo único difícil para mí ha sido perder a mi hermana.
—Tienes muy buen corazón, ¿sabes? Siempre fuiste el mejor chico del mundo. Si yo a veces me enfadaba contigo era sólo porque tú eras mucho más joven que yo y también porque estaba acostumbrada a ser hija única.
—Lo sé, Lizzie, y yo también te quiero.
Owen oye el sonido de la red acercándose a ellos y le susurra a Liz:
—Están aquí.
—¿Quién está contigo? —pregunta Alvy.
—Es Owen. Él es… —Liz hace una pausa— mi novio.
—¡Qué guay! —exclama Alvy asintiendo con la cabeza.
—Encantado de conocerte, chico —dice Owen.
—Ya nos conocemos, ¿verdad? Tu voz me resulta familiar. ¿Eres el tipo que me dijo en qué armario estaba el jersey? —pregunta Alvy.
—Sí —responde Owen—, el mismo.
—Por cierto, ¿cómo me has podido oír esta noche? —le pregunta Liz.
—Yo siempre escucho el agua. La he estado escuchando desde que era pequeño —responde Alvy—. Y ahora siempre espero poder oírte en ella.
En ese momento Liz siente una familiar red que les envuelve, alejándolos del Pozo.
Lanza un suspiro. La boda no ha ido tal como ella imaginaba, pero ¿acaso en la vida hay algo que nos salga como esperábamos?
—Tu hermano es un chico estupendo —observa Owen mientras la red los saca a la superficie.
—Lo es —asiente ella—. Después de todo fue una bonita boda, ¿no crees?
—Lo fue —afirma Owen.
—Y Zooey estaba preciosa —añade Liz.
Él se encoge de hombros.
—No he podido verla bien. De todos modos todas las novias tienen el mismo aspecto.
—A veces me gustaría poder ponerme un traje blanco —confiesa ella agarrándose a la red.
—Ya tienes una prenda blanca, Liz —observa Owen—, aunque tenga más pinta de pijama que de cualquier otra cosa.
—Ya sabes a lo que me refiero. A un traje de novia.
La red se está acercando a la superfice. Cuando están a punto de entrar en contacto con el frío aire nocturno, Owen se vuelve hacia Liz y le dice:
—Si quieres, puedo casarme contigo.
—Soy demasiado joven —responde ella.
—Ya lo habría hecho antes, pero tú no quisiste —dice él.
—En aquella época era demasiado joven y aún no nos conocíamos lo suficiente.
—¡Oh! —exclama Owen.
—Además —añade Liz—, no tenía sentido. Tú ya estabas casado y los dos sabíamos dónde nos encontrábamos, supongo.
—¡Oh! —responde Owen—, pero me habría casado contigo de todos modos.
—Ya lo sé —dice Liz—, y a mí me basta con saber que lo habrías hecho —en ese momento la red sale a la superficie y al cabo de unos momentos los depositan en la cubierta del remolcador.
—¡Hola, jefe! —exclama un detective del departamento saludando a Owen—. ¿Quiere que lo lleve yo de vuelta?
Owen mira a Liz.
—Si quieres puedes llevarlo tú —observa Liz—. De todos modos estoy muerta de sueño —añade bostezando. Ha sido un día maravilloso, piensa y luego se dirige hacia una pila de impermeables y se tiende sobre ellos.
Owen contempla a Liz usando uno de los impermeables a modo de manta. En ese preciso instante decide decirle que quiere casarse con ella mañana, la próxima semana o lo antes posible.
—¡Liz! —grita. Pero hay demasiado ruido en el barco y ella no puede oírle, y Owen ya no vuelve a sacar el tema.
Al siguiente lunes Curtis Jest se dirige al Departamento de Animales Domésticos para ver a Liz. Es muy inusual en él ir a verla al trabajo, pero ella no hace ningún comentario al respecto.
—¿Cómo fue la boda? —pregunta Curtis.
—Fue una boda como cualquier otra —responde Liz—, pero me lo pasé muy bien. Es muy agradable poder ver a personas a las que hacía tiempo que no veías.
Él asiente con la cabeza.
—En el fondo todas las bodas son iguales, ¿no te parece? Flores, esmóquines, trajes blancos, y pastel y café —observa Liz echándose a reír—. En cierto modo, es como si apenas valiera la pena celebrarlas.
Curtis asiente con la cabeza de nuevo. Liz vuelve a mirarlo y advierte que está más pálido de lo habitual.
—¿Qué te pasa?
Curtis respira hondo. Es la primera vez que Liz lo ve tan nervioso.
—Es que una boda apenas parece que valga la pena, Lizzie, a no ser que sea la tuya.
—No te entiendo.
—He venido a verte —Curtis se aclara la garganta— para pedirte permiso…
—¿Permiso para qué?
—¡Deja de interrumpirme, Liz! ¡No me lo pongas más difícil! —exclama Curtis—. He venido a verte para decirte si me das permiso para casarme con Betty.
—¿Quieres casarte con Betty? ¿Con mi Betty? —tartamudea Liz.
—Como sabes hace cinco años que la conozco y hace poco vi con claridad que tenía que ser su esposo —confiesa Curtis—. Como tú eres su familiar más cercano, he pensado que primero debía preguntártelo a ti.
—¡Caramba, Curtis, enhorabuena! —exclama Liz abrazándole.
—Betty no me ha dicho que sí todavía —responde él.
—¿Crees que aceptará? —pregunta ella.
—Esperemos que así sea, querida. Esperemos que así sea —dice él cruzando los dedos. Los mantiene cruzados casi dos días, hasta que va a ver a Betty y ella acepta.
Planean celebrar la boda la última semana de agosto, dos semanas después del día en que Liz habría cumplido veintidós años.
Liz es la primera dama de honor, ya que Betty se lo ha pedido. Y Thandi es la segunda. Las dos llevan unos vestidos de shantung de seda de un vivo color dorado que Betty les ha hecho para la ocasión.
La boda se celebra en el jardín de Betty. Aunque ésta pone una condición: que no se corte ninguna flor para la unión.
Betty llora, y Curtis también, y Owen también, y Thandi también, y Sadie también, y Jen también, y Aldous Ghent también. Pero Liz no. Se siente demasiado feliz para llorar. Dos de las personas a las que más quiere se van a casar y lo van a hacer en el mismo día.
Al final de la ceremonia Curtis canta la canción que escribió para Betty cuando Liz se estaba recuperando.
Liz se acerca a Thandi, que está comiendo una gran porción de pastel de bodas.
—La primera vez que te vi pensé que parecías una reina —le dice a su amiga.
—Pues me despertaste de todos modos —replica Thandi.
—¿Te acuerdas? —pregunta Liz—. Estabas medio dormida.
—Me acuerdo perfectamente. Tengo una memoria de elefante —observa Thandi sonriendo, revelando que le faltan los dos dientes de delante.
—¿Qué les ha pasado a tus dientes? —pregunta Liz.
—Se cayeron —responde su amiga encogiéndose de hombros—. Como ya sabes, no puede decirse que nos hagamos mayores.
—¿No te parece que a los nueve años es un poco temprano para perder los dientes de adulto?
—A mi me salieron muy tarde —responde Thandi.
Liz asiente con la cabeza.
—¡Qué extraño es irse volviendo cada día más joven!, ¿no te parece?
—Pues la verdad es que no. Para mí sólo significa perder algo que no tiene ninguna importancia. Como una serpiente desprendiéndose de su piel —observa Thandi pegándole otro buen mordisco al pastel—. Hacerse mayor es muy pesado. En cambio yo me siento más liviana a cada día que pasa. Algunas veces me parece incluso como si pudiera echar a volar.
—¿Te da en alguna ocasión la sensación de que es un sueño? —pregunta Liz.
—¡Oh, no! —exclama Thandi sacudiendo la cabeza—. ¡Es mejor que no empecemos con el mismo rollo de antes!
Liz se echa a reír. Curtis Jest está interpretando una antigua canción de Machine.
—Me encanta esta canción —dice Liz—. Voy a pedirle a Owen si quiere bailar comigo.
—¡Adelante, soñadora! —exclama Thandi sonriendo y luego le pega otro buen mordisco al pastel.
Liz localiza rápidamente a Owen.
—Te estaba buscando —dice él.
—Vamos a bailar —responde ella tirando de él para llevarlo a bailar en medio del jardín de su abuela, transformado para la ocasión en una pista de baile.
Owen y Liz se ponen a bailar. Desde el otro lado de la habitación, Betty sostiene su copa de champán en alto.
—Mazel tov! —le grita Liz a su abuela, deseándole buena suerte en hebreo.
—Hoy estás preciosa —le susurra Owen al oído—. Me gusta el vestido que llevas.
—No es más que un vestido —responde Liz encogiéndose de hombros.
—Pues te sienta mucho mejor que el traje de neopreno.
Liz se echa a reír. Cierra los ojos. Escucha la música y aspira la dulce fragancia del jardín de Betty. Una fresca brisa le empuja la falda del vestido de dama de honor contra las piernas, llevándose el verano.
Para mal o para bien, ésta es mi vida, piensa ella.
Ésta es mi vida.
Mi vida.