Capítulo XVIII

A las doce, cuando todas las búsquedas e indagaciones resultaron en vano, y el magistrado estaba a punto de llegar, el señor Gilfil no pudo retrasar más la dura tarea de revelar la nueva desgracia a sir Christopher, que de otro modo podría enterarse abruptamente.

El baronet se hallaba sentado en su vestidor, donde las oscuras cortinas estaban corridas para que solo entrara una luz muy tenue. Era la primera vez que el señor Gilfil se encontraba con él esa mañana, y le impresionó ver lo que un día y una noche de padecimiento habían avejentado al vigoroso anciano. Las arrugas de su frente y alrededor de los labios se habían hecho más profundas; su tez parecía cenicienta y marchita; y los ojos, hinchados y con ojeras, en vez de mirar el presente con determinación, tenían esa expresión vacía que indica que la vista ha dejado de ser un sentido para convertirse en memoria.

Le tendió la mano a Maynard, que la estrechó y se sentó a su lado en silencio. El dolor de sir Christopher empezó a desbordarse ante aquella muestra de mudo afecto; las lágrimas asomaron a sus ojos y corrieron torrenciales por sus mejillas. Las primeras lágrimas que derramaba desde su niñez eran por Anthony.

Maynard tuvo la sensación de que la lengua se le había pegado al paladar. No podía ser el primero en hablar: tenía que esperar a que sir Christopher dijera algo que diera pie a las palabras crueles que debían pronunciarse.

Finalmente el baronet se sobrepuso lo suficiente para decir:

—Me siento muy débil, Maynard. ¡Que Dios me asista! Creí que nada me abatiría de este modo; pero tenía todas mis esperanzas puestas en ese muchacho. Quizá me haya equivocado al no perdonar a mi hermana. Ella perdió a uno de sus hijos hace poco. He sido demasiado orgulloso y obstinado.

—No es fácil que aprendamos humildad y ternura sin dolor —dijo Maynard—; y el Señor se preocupa de que no nos falte, pues nuestro sufrimiento es cada vez más abrumador. Tenemos una nueva aflicción esta mañana.

—¿Tina? —preguntó sir Christopher, levantando la vista con inquietud—. ¿Se ha puesto enferma?

—Mi incertidumbre sobre ella es terrible. Ayer estaba muy trastornada, y con lo delicada que es su salud… Me da miedo que haya perdido la razón.

—¿Acaso está desvariando mi pobre pequeña?

—Sabe Dios dónde se encuentra. No podemos dar con ella. Cuando la señora Sharp ha subido esta mañana a su cuarto, no había nadie en él. La cama estaba sin deshacer. Faltaban su sombrero y su capa. He hecho que la buscaran por todas partes: en la casa y en el jardín, en el parque y… en el agua. Nadie la ha visto desde que Martha subió a encender su chimenea a las siete de la tarde.

Mientras el señor Gilfil hablaba, los ojos de sir Christopher, clavados en él, recobraron parte de su viveza; y un sentimiento repentino y doloroso, como si acabara de percatarse de algo, alteró su rostro previamente demudado, como la sombra de una nube tenebrosa sobre las olas. Cuando reinó el silencio, puso la mano en el brazo del señor Gilfil y dijo en voz más baja:

—Maynard, la pobre criatura ¿estaba enamorada de Anthony?

—Sí.

Maynard vaciló después de decir esto, luchando entre su resistencia a infligir una herida aún más profunda a sir Christopher y su determinación de que no se cometiera ninguna injusticia con Caterina. Los ojos de sir Christopher seguían clavando en él una mirada inquisitiva, y Maynard fijó la vista en el suelo mientras trataba de encontrar las palabras que desnudaran menos cruelmente la verdad.

—No piense que Tina ha obrado mal —dijo finalmente—. Tengo que contarle por el bien de ella algo que, de no haber concurrido estas circunstancias, habría guardado siempre en secreto. El capitán Wybrow conquistó su amor con unas atenciones que, en su posición, no debía haberle dispensado. Antes de que se hablara de su matrimonio, se comportó con ella como si fuera su pretendiente.

Sir Christopher sujetó con menos fuerza el brazo de Maynard, y apartó la mirada de él. Se quedó unos minutos en silencio, tratando ostensiblemente de dominar sus emociones, a fin de expresarse con serenidad.

—Tengo que ver a Henrietta de inmediato —dijo al fin, con un asomo de su antigua y tajante determinación—; tiene que saberlo todo; pero debemos hacer lo posible por ocultárselo a los demás. Mi querido muchacho —prosiguió en un tono más afable—, la carga más pesada ha caído sobre tus hombros. Pero todavía podemos encontrarla; no tenemos que perder las esperanzas: no ha pasado el tiempo suficiente para que tengamos la certeza. ¡Pobre pequeña! ¡Que Dios me perdone! Yo creía verlo todo y estaba ciego.