33
DESPIERTO y lo primero que veo es el atractivo rostro de Abel junto a mí, con un rayo de luz. Duerme tranquilamente, la respiración pausada. No me puedo contener y le acaricio la mejilla, la nariz, la frente. Dibujo con mis dedos la curva de sus labios y el pequeño hoyuelo de la barbilla. Él tuerce el gesto y abre los ojos poco a poco, clavándome su límpida mirada. Me sonríe y yo se la devuelvo. Me viene una hermosa frase de Jane Eyre a la cabeza: «Me sentí arrastrada por su dulce persuasión, y sin saber cómo me entró el deseo de comprometerme a todo lo que él me pedía». Así es... Haría lo que fuese cuando me mira y sonríe de esa forma.
—Buenos días, pequeña —me susurra, acercándome más a su cuerpo. Noto su piel desnuda contra la mía—. ¿Has dormido bien?
Asiento con la cabeza y permito que me dé el primer beso del día. Le rodeo con las piernas y a punto estamos de caernos de la cama. Es la mía, y es muy pequeña. Es la primera noche que se queda en mi piso y estoy que me muero de la alegría. En realidad, no me he ido a vivir con él. Me parecía demasiado precipitado, a pesar de que me aseguró que era la mejor forma de vernos. Pero quería comprobar si esto iba a algún lugar antes de dar ese gran paso. Hemos pasado la Semana Santa juntos en su piso para que yo me acostumbrara a él. Y la verdad es que la convivencia ha sido fantástica. Y por eso, este fin de semana le he pedido que se quedara en mi casa.
En estas semanas he descubierto más sobre él: los cuentos que su madre le contaba de pequeño, todos inventados por ella; lo pequeño que era cuando Laura murió, aunque todavía no sé los motivos; lo mucho que la amaba; la depresión en la que cayó su padre tras la desgracia y cómo tuvo que dejar el trabajo, por lo que perdieron el piso donde vivían y tuvieron que mudarse a Italia, donde su padre tenía algún que otro amigo que le podía ayudar. Cuando me explicó todo eso, sentí que una sombra le oscurecía la mirada. Sin embargo, a pesar de que se ha abierto un poco más a mí, cuando yo le he hecho alguna pregunta no me ha querido responder. Es como si sólo quisiese contarme lo superficial. Quizá aún no esté preparado para confesarse tanto. Me parece que es una persona a la que le cuesta expresar sus sentimientos y tampoco quiero atosigarle.
Y, de todos modos, ¡todo esto me parece un sueño! Es muchísimo más de lo que había esperado. Creo que me estoy enamorando. No sé si es bueno o malo, pero ahora mismo me parece estar flotando. Aparto la sábana de encima de su cuerpo y lo contemplo con una risita. Está boca abajo y me encanta admirar su piel. Le acaricio la espalda con suavidad y él cierra los ojos mientras bajo lentamente por ella hasta llegar a la marca de la rabadilla. En cuanto nota mis dedos, da un respingo y se pone tenso.
—En serio, ¿qué cosita tenías aquí? —le pregunto con voz cantarina—. Esto no es de nacimiento, Abel.
—Era un tatuaje —confiesa al fin, colocándose boca arriba. Me hace un gesto para que me ponga sobre él.
—¿Muy feo? —me burlo, sentándome a horcajadas.
—Menos que tú —me dice de broma.
Le doy un cachetito juguetón en el pecho, y a continuación me balanceo hacia delante y hacia atrás. En cuestión de segundos me pongo húmeda y su sexo se endurece bajo mi carne. Suelto un gemido cuando me roza la entrada con su punta.
—¡Chsss! Nos va a oír Cyn —me dice.
Me inclino hacia delante y le beso con pasión. Sus labios saben fenomenal y su lengua es tan cálida que me provoca el batir de mil alas de mariposa en el estómago. Me aparta con suavidad y se me queda mirando, un tanto serio.
—Queda una semana —le digo.
—Lo sé... De eso quería hablarte.
Pongo cara de confusión y me aparto de golpe, colocándome de lado con un codo apoyado en la cama.
—Voy a estar toda esa semana fuera, y no creo que llegue a tiempo para tu graduación.
Suelto un suspiro y lo miro con tristeza. Me hacía muchísima ilusión que viniera. Iba a ponerme el vestido negro que Eric me compró —aún tengo que devolverle el dinero...—, pero Abel se empeñó en comprarme otro para que lo luciera en un día que según él es tan especial para mí. Y sí, en realidad lo es, ¡por eso me molesta un montón que no pueda venir!
—¿Adónde tienes que ir? —le pregunto.
Desde que terminó la sesión en Barcelona, no había tenido que viajar durante mucho tiempo. Como mucho, un fin de semana. No sé si voy a aguantar estar separada de él siete días.
—Es la presentación en público del anuncio —me informa. Se da cuenta de que me cambia la cara y me intenta tranquilizar—. Primero será en Madrid, y luego iremos hasta París.
—Estará ella, ¿no?
—¿Qué temes todavía, Sara?
Me encojo de hombros y me abrazo a él, aspirando el aroma de su piel.
—No te he dicho de venir por lo de tu graduación, pero si quieres, puedo comprarte un billete de vuelta antes. —Me da un beso en el pelo revuelto.
—No, no puedo. Tengo que estudiar. A principios de junio empiezo los exámenes.
—Prometo que te compensaré. —Me inunda con sus ojazos azules.
Desliza una de sus manos hacia mis piernas y me acaricia el interior de los muslos. Suspiro contra su boca y muerdo su labio inferior. ¡Uf, está tan delicioso!
—¿Cuándo es tu último examen?
—El quince de junio.
—Pues no vas a olvidar esa noche, Sara.
Me penetra con ímpetu mientras sus palabras se repiten como un eco en mi cabeza.
Unas semanas después, en concreto un viernes, me hallo ante el espejo, observando el vestido de color rosa pálido que me ha regalado Abel. Una vez más, no puedo evitar acordarme de él y se me hace un nudo en el estómago. Como me ha crecido el pelo un poco, Cyn me ha podido hacer un maravilloso recogido con la ayuda de Eva. Ambas me están mirando con una mezcla de orgullo y felicidad. Cyn se abalanza sobre mí y me abraza, rompiéndome casi todos los huesos del cuerpo.
—Tía, ¿tú te lo crees? Es nuestro último año —me dice. Su graduación fue la semana anterior y ya lloré mientras la observaba subir al escenario, así que ahora le toca a ella sufrir.
—Bueno, en teoría no lo es. Vamos a tener que estudiar mucho más... —la contradice Eva.
—Ya me entiendes. —Pone los ojos en blanco—. ¡Vamos a hacerte una foto para que Abel te vea! —exclama, sacando el móvil.
—¿Ya? Pero si queda mucha noche por delante —protesto.
Me hace señales para que me coloque. Poso ante la cámara con una gran sonrisa. Cinco minutos después bajamos las escaleras, yo intentando no tropezar con los tacones. En la esquina nos espera el coche de Eva. Mis padres acudirán directos a la facultad, al igual que la familia de ella. Dios, la verdad es que estoy nerviosísima, me duele hasta la tripa. Los actos públicos no son lo mío, aunque después de lo de la fiesta, debería de estar acostumbrada.
Al llegar, se me cierra el estómago. Camino como una autómata. Veo a todos mis compañeros y compañeras con sus trajes y vestidos, todos ellos con sonrisas radiantes. Hay un montón de padres, hermanos y demás familia y amigos que han venido a verlos. Entre la multitud distingo a mis padres y corro hacia ellos como un pato mareado. En cuanto mi madre me ve, se lleva una mano a la boca intentando contener las lágrimas. Mi padre está tan serio como siempre, aunque tampoco esperaba que fuese a cambiar para esta ocasión, por muy especial que sea.
—Hija, qué guapa estás —me dice mi madre, mirándome de arriba abajo.
—Pues es gracias a ellas, eh —Señalo a mis amigas, las cuales saludan a mis padres entre abrazos y besos. Segundos después aparecen los de Eva y hay más besos y abrazos y sonrisas y felicitaciones. Eso sí, aunque yo sonrío, me tiembla todo.
Diez minutos después nos abren el Salón de Actos y todos los estudiantes nos dirigimos allí. Veo a algunos profesores y les saludo, muy emocionada. Cyn y mi madre me dan un último abrazo antes de que me marche a ocupar mi puesto. Eva y yo buscamos las sillas: nos toca separadas por los apellidos. Y al final tengo a mi lado a Patri... Lo que faltaba, seguro que me hace llorar porque ella es demasiado emocional. Al fin, el Decano pide silencio y empieza su discurso. Tras él toma la palabra la Jefa de Estudios de Filología. Cuando uno de los representantes, que no es otro que el profesor de Sintaxis, habla, ya hay unas cuantas compañeras que dejan caer sus lágrimas. Yo miro hacia delante sin parpadear, intentando no unirme a ellas. Busco a Eva con la mirada, pero también tiene la vista clavada en el frente. Patri me coge de la mano mientras se limpia con un pañuelo de tela.
—No me puedo creer que esto haya acabado —gimotea.
E irremediablemente se me escapan las lágrimas porque es el turno de nuestro Padrino, el profesor de Literatura Latinoamericana, con quien he disfrutado de muchos buenos momentos. Mientras le escucho, cada uno de los profesores que he tenido en esos cinco años pasan por mi cabeza; recuerdo los buenos y los malos momentos. Pienso en que no voy a vivir una época igual en mi vida y se me hace un nudo en el estómago.
—Se cierra esta etapa, queridos alumnos, pero empieza una nueva... —dice nuestro profesor—. Y nos vemos en el camino.
Todos prorrumpen en un aplauso fervoroso. Algunos silban. Yo lloro como una tonta, agarrada a la mano de Patri. Al final nos soltamos para unirnos a los demás en los vítores. Cuando nos calmamos, el Decano y los profesores se ponen en fila para llamarnos. Nos toca recoger la banda y un título provisional. Observo en una especie de nube borrosa cómo suben mis compañeros. Cada vez está más cerca mi turno. Tres... Dos... Uno...
—Sara Fernández —me llaman.
Me levanto e intento caminar muy recta, con la cabeza alta. La gente empieza a aplaudir. Estoy segurísima de que mi madre está llorando y tengo una pequeña esperanza de que mi padre esté un poco conmovido. Cuando paso por delante de Eva, me lanza un vítor y yo le sonrío. Subo con lentitud las escaleras para mantener el equilibrio. Beso a todos los presentes cuando llego arriba, la Directora me pone la banda y el Padrino me da el papel enrollado en el que dice que soy Filóloga. Me felicitan uno tras otro, y me siento especial, aunque sé que a los demás les están diciendo lo mismo. Es el día de todos.
Unos aplausos se alzan por encima de los otros. Cuando me acerco a la parte opuesta del escenario dispuesta a bajar, no puedo evitar dirigir la mirada al público, ya que me imagino que es Cyn la que me anima con tanto fervor. Sin embargo, el corazón me da un vuelco al descubrirlos de pie, casi al fondo: Judith y Abel, aplaudiendo como locos. Me dirijo a mi asiento con la cabeza gacha, casi sin creerme lo que he visto, y con el corazón golpeándome el pecho en una danza frenética. En mi sillón me quedo muy quieta, observando la cinta y el papel. No me puedo creer que hayan venido... ¡Los dos! Pero, ¿y Eric?
Por fin acaban todos de subir y la gente empieza a levantarse y a unirse a los demás. Yo todavía estoy temblorosa, pero entonces alguien me toca el hombro. Al girarme descubro a Gutiérrez, y es la primera vez que le veo sonreír. Me felicita y me da la mano, todo muy profesional, aunque su mirada también es cálida.
—Señorita Fernández, quería hablar con usted sobre un tema importante.
Asiento con la cabeza, sin entender nada. No me digas que Eva y yo hemos suspendido el trabajo. ¡Pero si me esforcé!
—¿Va a hacer el Máster el próximo curso académico?
Vuelvo a asentir. Las manos me sudan. Hace mucho calor con este vestido.
—Usted ya sabe que no se puede acceder a las becas de doctorado sin haber cursado el Máster. No obstante, existe la posibilidad de trabajar en un proyecto mientras lo realiza...
Trago saliva. No, no puede ser...
—Quería proponerle que trabaje conmigo mientras lo cursa. Y después, que forme parte de mis doctorandos.
Casi se me cae el papel de las manos. No me lo puedo creer. Me ha propuesto que directamente me una a él sin haber hecho el máster. Me ha elegido. Cree que soy buena.
—De todos modos, piénselo. Puede acudir a mi despacho en el horario de tutoría para hablarlo tranquilamente —Me vuelve a dar un apretón de manos—. Que tenga una buena noche.
Yo me quedo allí plantada, con la boca abierta y los ojos como platos, sin poder reaccionar. Eva, Cyn y mis padres acuden a mí preguntándose qué sucede.
—Nena, no me jodas que hemos suspend...
Niego una y otra vez, pero no puedo hablar. Les miro como si fueran imágenes ilusorias.
—Me ha propuesto formar parte de su equipo de investigación.
Mi madre llora. Será ya la cuarta o quinta vez en lo que lleva de tarde-noche. Eva suelta unos gritos de júbilo y Cyn da saltitos mientras me abraza. Mi padre asiente con la cabeza, pero eso me vale.
—¿Sara?
Es Judith, junto con Abel. Se han acercado a nosotros en silencio. Patri se encuentra muy cerca de él con gesto de babosa, a pesar de que está acompañada de su novio. ¡No tiene cara ni nada! Pero él sólo tiene ojos para mí. Yo le sonrío de forma tímida.
—Queríamos estar contigo en este día tan especial —me dice Judith, dándome dos besos y un abrazo cálido. Ya se me escapa otra lagrimilla—. Y hemos oído lo del profesor. ¡Es estupendo! —Yo vuelvo a mirar a Abel.
Mi madre, como es tan lista, se ha dado cuenta y pregunta:
—¿Y quién es este chico tan guapo? —se dirige directamente a él—. Yo no te conozco.
Él me lanza una mirada y yo abro la boca, aunque no sé qué decir. No sé cómo presentarlo ante mi madre.
—Es un amigo que... —empiezo.
—Soy el novio de su preciosa hija —se inclina y le da dos besos a mi madre. A continuación le da la mano a mi padre.
A mí se me pone la cara como una ciruela. En serio, esto no puede ser. ¿Ha dicho que es mi novio? Entonces... ¿lo somos? Me dan ganas de dar saltos de la alegría. Cuando vuelvo a la realidad, descubro que mi madre y él están hablando como si se conocieran de toda la vida. ¡Esto es alucinante!
—Pero... a ver, ¿tú no eres el fotógrafo ese que ha engañado a la modelo esa tan delgaducha?
Mi madre metiendo la pata desde siempre. ¿Cómo he podido olvidar que conoce todos los programas del corazón?
—Mamá, es una historia muy larga, pero desde ya te digo que no la ha engañado.
Se le queda mirando muy seria, sosteniendo el bolsito entre las manos. Me da miedo lo que pueda decir.
—Bueno, con que quieras a mi hija, me basta.
Las chicas se echan a reír y yo vuelvo a ponerme más roja que una cereza. Menos mal que Abel también está sonriendo. Nos pasamos un rato más charlando, incluso vamos a un bar cercano a tomar un refresco. En media hora tengo la cena de graduación, pero lo cierto es que no me apetece nada. Me disculpo y salgo fuera para tomar aire. Está siendo el mejor día de mi vida y no quiero que acabe nunca. Noto una presencia a mi lado. Es Eva, con un cigarro.
—Nena, sabes que voy a la cena por ti, pero... Creo que tú quieres otra cosa.
La miro con los ojos muy abiertos.
—¿En serio no te enfadas?
—Pues claro que no. Pero me debes unas birras.
Me tiro a sus brazos riendo. Cuando entramos, mi madre continúa haciéndole preguntas a Abel mientras mi padre lo mira muy serio. Al cabo de unos minutos se levantan porque tienen que coger el tren de vuelta a casa. Me despido de mi madre con muchos abrazos y de mi padre con dos besos. Ella me dice que soy una lista, que por qué no le había dicho antes que tenía un novio guapo y famoso. Se van al cabo de diez minutos de despedidas más, y también mis amigas se marchan —Judith ha hecho muy buenas migas con Eva— y nos dejan solos. Abel y yo caminamos hacia su coche. No sé por qué, pero estoy tímida.
—Tu madre es genial —me dice. Le sonrío agradecida.
Al llegar a su coche, me dice que espere en el capó mientras él va al maletero. Cuando regresa, me tiende un hermoso ramo de rosas azules que me traen a la memoria los primeros días.
Nos perdemos en la noche.