11

HA pasado una semana y, como era de esperar, no ha llamado. Tampoco me ha enviado un mensaje.

Pero como dije, soy dura. Es cierto que cuando me trajo a casa el domingo me pasé toda la tarde en mi habitación llorando. Quiero aclarar que mis lágrimas se debían más al arrepentimiento y a mi orgullo de mujer que al convencimiento de que no iba a volverlo a ver. Bueno... quizá las dos primeras horas en las que estuve dando golpes a la almohada como una loca sí era por ese final abrupto. Pero a la tercera hora y tras un helado gigante que me trajo Cyn, se me pasó un poco. Y empecé a pensar en que yo soy demasiado buena e interesante para un hombre como él, que estará acostumbrado a tratar con modelos infantiloides que sólo sabrán hablar de la zanahoria que se han comido ese día y del nuevo vestido que llevan.

Así que para olvidar lo que he hecho —he convencido a mi mente a través de un mantra de que fue el alcohol, la resaca y los vapores de la ducha los que me bajaron las defensas— me he pasado toda la semana centrada en uno de mis trabajos finales. Lo estoy haciendo sobre Julio Cortázar y su Rayuela y me está quedando genial. Lo malo es que cuando me topé con el fragmento que él me había recitado en su magnífica biblioteca sentí un pinchazo en el estómago que desarmó mi perfecto mantra. Así que cerré el libro y lo lancé con furia contra la pared. Después me arrepentí porque se trata de una edición muy buena y lo fui a recoger y estuve abrazándolo durante un buen rato.

Pero me ha pasado algo positivo: ¡He encontrado trabajo! Doy clases de repaso en una academia a niños de primaria y secundaria. No es que paguen muy bien, y encima de momento no tengo contrato, pero es lo más rápido que he encontrado y podré darle a Cyn mi parte del alquiler. Y me está ayudando a regresar a mi estado de mujer que pasa de los tíos. Esto se debe a que tengo un par de alumnos que son de lo peor. Tienen sólo quince años pero se creen con el poder para dominar a todo el mundo. Son creídos y se pasan las tardes intentando ligar con las chicas de la clase. Como me sabe mal por ellas, les he dado unos consejos para evitar a ese tipo de hombres. Cuando terminé la charla me miraban con una mezcla de incredulidad y asco. Total, que al día siguiente me las encontré en el pasillo de la academia morreándose con el par de futuros Abeles. Les lancé una mortífera mirada y les estuve preguntando la lección a ellos todo el rato. Me molestó que no hicieran caso de mis sabios consejos, pero allá ellas, ya se darán cuenta en un par de años.

Y entre unas cosas y otras estamos otra vez a sábado y estoy en casa sola. Creo que Cyn tenía una cita con el tipo del concierto, aunque como estaba atenta viendo Cumbres borrascosas no me he enterado muy bien.

A las nueve y media me levanto del sofá y voy a la cocina para prepararme algo de cenar. Abro la nevera y con horror descubro que tan sólo hay unas cuantas cervezas y yogures bajos en calorías para Cyn. He olvidado por completo que me tocaba a mí hacer la compra. Mi amiga me va a matar porque los domingos le gusta prepararse una sopa especial que su madre le enseñó antes de que se independizara. Para que así la recordara en sus arduos días de estudio. En fin, que ahora no hay ningún supermercado abierto, así que tampoco voy a preocuparme. Tengo en el monedero unos diez euros y sé que no debería gastármelos, pero estoy hambrienta. Quizá pueda pedir chinos y que no me salga demasiado caro.

Cuando voy a buscar el móvil, suena el timbre. Tengo un sobresalto. ¿Quién puede ser a esta hora? ¿Y si es él, que quiere darme una sorpresa? ¡Pero bueno! No seas estúpida. Pues claro que no es él. Las tonterías románticas ya se han acabado. Sólo fueron dos y las tenía bien premeditadas. A pesar de todo, me acerco a la puerta con sigilo, intentando no hacer ruido con las zapatillas de estar por casa. Como esta puerta no tiene mirilla, apoyo la oreja en ella para intentar escuchar algo. Nada. El corazón me empieza a latir con intensidad.

—¿Quién? —pregunto. Silencio. Ahora es cuando empiezo a cagarme del susto.

Ni de coña voy a abrir, a ver si se trata de un ladrón y estoy aquí sola sin posibilidad de defenderme, que nuestros cuchillos no son tan grandes y afilados como los de las películas. Me doy la vuelta y regreso al salón. Y vuelve a sonar el timbre. Me estoy cansando ya.

—¿Quién es?

Ni mu. Poso una vez más mi oreja en la madera de la puerta y escucho unas risitas. Me son familiares... Con más mala leche que una vaca enferma, abro la puerta y me topo con mis queridas amigas.

—¡Sorpreeeesa! —gritan, alzando un montón de bolsas del Burger.

Me llevo las manos a las caderas, aunque no puedo evitar sonreír. Cyn pasa como un bólido y Eva la sigue. Yo voy a cerrar la puerta cuando me encuentro con un obstáculo. Por el hueco veo un brazo lleno de tatuajes y suelto un grito y empiezo a darle golpes para que se aparte y poder cerrar.

—¡No, Sara! —exclama Cyn, que viene corriendo hacia mí con expresión de pánico.

Me giro y le pregunto con la mirada lo que está sucediendo. Ella me pone un dedo en los labios y, tras un breve forcejeo entre las dos, consigue abrir la puerta otra vez. Cuando descubro quién es el portador de los tatuajes, me llevo las manos a la cara.

—¡Lo siento, lo siento! —Le cojo de la mano y le hago entrar. Se trata del batería de la otra noche. Le miro el brazo preocupada—. ¿Te he hecho daño?

—Mujer, pues si tenemos en cuenta que parecía que querías arrancárselo... —Eva nos mira desde la mesa divertida. Está sacando la comida de la bolsa.

—Pensaba que eras un violador —me disculpo, poniendo cara de cachorrito abandonado.

—No, no te preocupes. Si estoy mazo de fuerte —contesta él, aunque se aleja un poco de mí y mira a Cyn con expresión dubitativa.

Yo le observo durante unos segundos. Pues sí, no me equivoqué el otro día: es bastante guapo. Tiene unos ojazos negros encantadores y el piercing le queda muy bien. Aunque lo cierto es que Cyn y él no pegan ni con cola. Me parecería mucho más normal que tuviese una cita con Eva. En fin, que los humanos somos muy raros. Siempre lo he pensado y no cambiaré de idea mientras me encuentre con casos como este.

—Hemos pensado que te apetecería pasar la noche del sábado con nosotras —Cyn me rodea los hombros y deposita un beso en mi mejilla. Entonces mira al tío que ha traído—. Bueno, y con Kurt —le dedica unos cuantos parpadeos que derretirían a cualquiera.

¿Kurt? ¿Pero qué estúpido nombre es ese?

—¿Es tu nombre real? —le pregunto con curiosidad.

—No, tía, pero me lo puse en honor al maestro —dice con un estilo de habla muy pasota. Me parece que este es de los que les gusta fardar, pero luego nada de nada. ¿Será un nuevo reto de mi amiga?

—En honor a Kurt Cobain —especifica ella con una sonrisa.

Como si no lo hubiera adivinado ya. Ahora me va a dar lecciones de música cuando seguramente no sabía quiénes eran Nirvana hasta que conoció a este chico, el cual no hace ni sombra al legendario cantante.

—En realidad se llama Vicente, pero no le gusta.

La verdad es que sí, es mucho mejor que se haga llamar Kurt. No le pega para nada el verdadero, que a mí siempre me hace pensar en camioneros. A él tampoco parece agradarle mucho, porque coge a Cyn de la cintura, la atrae hacia él y la besa con pasión. Ella dobla una de sus piernas hacia atrás, tocándose el trasero con el tacón de veinte centímetros por lo menos. ¿Pero qué es esto? Giro la cabeza y miro a Eva con los ojos muy abiertos. Ella se lleva dos dedos a la boca y hace como si vomitara. Tras un minuto en el que comparten saliva, por fin se apartan. A mí se me ha hecho eterno, pero lo cierto es que era hipnotizador ver cómo se besaban. Cyn encoge los hombros como una chiquilla traviesa y sonríe. Mírala, qué feliz.

—Venga, nenas y nene, o venís o me como yo solita todo esto —Eva ya se ha sentado en una de las sillas y está desenvolviendo su hamburguesa.

Yo tomo asiento a su lado y rebusco entre la comida. Alcanzo unas patatas y un sobre de ketchup. Mientras lo rasgo, les pregunto:

—Bueno, ¿y a qué ha venido esto? —Me llevo una patata a la boca.

—Ay, pero si ya te lo he dicho —Cyn dirige su mirada a Eva, que está atacando su whopper—. Estuvimos hablando y pensamos que, como no querrías salir, pues la fiesta vendría a ti.

—Y por ese motivo... ¡Hemos traído todo esto! —Eva saca de una de las bolsas una botella de vodka, una de whisky, una cola, naranja y hielo. Lo lleva hasta la cocina y lo mete en el frigorífico. Ah, vale, su plan es que nos emborrachemos en casa. Qué bien.

—Va a ser una noche dabuti —dice Vicente. Perdón, Kurt.

¿Pero dónde le han enseñado a hablar? Esas expresiones estaban de moda cuando yo todavía llevaba pañales. Sin embargo, cuando desvío la mirada hacia Cyn, la encuentro toda feliz. Uy, ¿qué le estará pasando? Si por cualquier tontería le da portazo a un tío.

—Sí, sí lo va a ser... —responde Eva de forma irónica. Yo me llevo la mano a la boca para no escupir de la risa.

Ellas no mencionan a Abel en toda la cena. Yo, por supuesto, tampoco. ¿Veis? Si es que ya lo he olvidado. Ni siquiera ha existido para mí. Recojo los restos de la mesa y los tiro a la basura. Eva aparece en ese momento con un cigarrillo encendido. No me gusta que fume en casa, pero nunca me hace caso. Y, de todas formas, esta noche acabaré fumando otra vez. Y no habrá ningún fotógrafo que me diga que es malo para la salud (algo que por cierto, yo ya sabía).

—Nena, me flipa la cabeza Cyn con su nuevo rollete —dice buscando un cenicero.

Yo me inclino y saco el que siempre tengo guardado en el mueble, por si acaso me vuelve a dar por fumar como esta noche. Paseo la vista por el cuerpo de mi amiga. Va vestida rockera total. Es mucho más afín a Kurt, aunque tengo claro que no le hace nada de gracia por la forma en que le ha mirado y se ha reído de él a escondidas durante la cena.

—Déjala, está feliz —respondo con una sonrisita en la cara.

Enciendo el gas y me pongo a fregar. Eva apoya su trasero en la encimera a mi lado y se queda pensativa con el cigarro entre los dedos.

—¿Tú crees que le mola de verdad?

—Nunca la había visto así con otro tío. —Me quedo pensando unos segundos por si acaso. Pero no, es la primera vez que está empalagosa como una manzana de caramelo.

—Pero es que a él parece que le falte un poco de aquí —Se lleva un dedo a la sien y se da golpecitos en ella.

—No seas mala —susurro. Me quedo callada unos instantes para ver si nos han oído, aunque es difícil con el chorro de agua.

—¿Y tú...?

No la dejo terminar. La mojo con agua enjabonada y ella deja escapar un grito de sorpresa, aunque después se lanza contra mí para empaparme también. Menos mal que el buen tiempo se ha instalado por fin entre nosotros. Me separo un poco del cuerpo la camiseta que me ha mojado. A ella se le ha apagado el cigarro.

—¡Chicas, venid, corred! —exclama Cyn desde el comedor.

Eva y yo nos miramos y nos encogemos de hombros. Me seco las manos con el trapo y salgo de la cocina seguida por mi amiga. Cyn y Kurt están sentados en el sofá frente al televisor y lo están viendo. Se trata de un programa de cotilleos que televisan los sábados y que a mi amiga a veces le da por ver.

—¿Ya estás con esa basura? —pregunta Eva con la nariz arrugada.

—¡Esperad, callaos! —chilla Cyn.

Me acerco a ellos y apoyo el trasero en el borde del sofá. A ver qué pasa ahora. Lo mismo es que han anunciado el actor que hará de Christian Grey o algo así. Con Cyn, nunca se sabe. Eva se sienta a mi lado y enciende otro cigarrillo, con el cenicero apoyado en las rodillas. En la pantalla una presentadora está hablando de la Fashion Week de Madrid, que ha tenido lugar durante esta semana. No sé por qué al escuchar esto siento un ligero malestar en el estómago. ¿No había ido Abel a Madrid? Casi como si leyera mi pensamiento, Cyn nos informa:

—Hace un minuto la presentadora ha dicho que iban a entrevistar a uno de los mejores fotógrafos.

Eva se me queda mirando y yo la agarro de la mano. No sé, me parece como que algo anda mal. Pero qué tontería.

—¿Es que ese fotógrafo también lo es de modelos? —pregunta ella sujetándome la mano.

—¡Pues claro que sí! —Cyn nos mira como si fuésemos niñas pequeñas—. Empezó su carrera de ese modo y ha llegado a convertirse en uno de los más solicitados.

De repente, la presentadora desaparece de la pantalla para ofrecernos unas cuantas imágenes de Abel, una en la que se le ve en el aeropuerto arrastrando una maleta, otra haciendo fotos, y una más hablando con otro presentador en un programa distinto. Mientras las imágenes se suceden una tras otra, la chica continúa hablando: «Abel Ruiz, de veintiocho años de edad, es uno de los jóvenes talentos de la fotografía. Aunque empezó colgando fotos en su blog de trabajos con sus amigos, según ha contado, pronto logró abrirse paso en el mundo de la moda y ya es uno de los fotógrafos más solicitados para retratar a las mejores modelos del mundo. Pero Abel Ruiz es ecléctico; sus trabajos abarcan estilos y temas muy diversos como por ejemplo la colección que se ha expuesto en Valencia...»

Ahora que lo vuelvo a ver, aunque sea en la pantalla, comprendo por qué caí. Es guapísimo, pero es que además desprende algo que no sé cómo definirlo. Su seguridad, su temple y su sonrisa son sus puntos fuertes. Es un hombre al que dan ganas de conocer, para qué mentir. Mientras le observo, caigo en la cuenta de que en realidad no me he olvidado de él. O quizá sí y esto ha sido una terrible coincidencia. Cyn debería haber mantenido la boca cerrada y yo habría continuado fregando los platos.

—Las fotos de ese tío molan, eh —Kurt está empezando a parecerme molesto. Le lanzo una mirada fatal para que se calle.

La cámara regresa a la presentadora que se va acercando a la pasarela sin dejar de hablar. En ella están saludando unas cuantas modelos. Todas delgadísimas, altísimas, bellísimas y todos los adjetivos positivos terminados en ísima que conozco. Una de ellas destaca por encima del resto. Es castaña con el cabello muy largo cayéndole en cascada, de piel morena, con unos grandes ojos grises y rasgos exóticos. Lleva un vaporoso vestido semitransparente que no deja mucho a la imaginación.

—Es Nina Riedel. Se la rifan todos los diseñadores —nos informa Cyn. Sí, también le gusta la moda, pero eso es algo fácil de adivinar al ver cómo viste.

Me importa un pepino quién sea esa tía. Pero cambio de opinión en cuanto un hombre vestido de traje sube al escenario y se sitúa entre las súpermodelos. Abro la boca al descubrir que es Abel. La gente le aplaude, las modelos le abrazan y se ríen con él y él lo único que hace es mantener esa sonrisa de prepotencia y superioridad en el rostro y seguirles la corriente. No entiendo nada, de verdad. ¿Es así el mundo de la moda? Pues qué tontería.

—Hosti, nena, pues está guapo, ¿eh? —Eva me aprieta la mano, pero yo apenas la siento. No puedo apartar los ojos de la pantalla.

—Las tías sí que están para darles un buen meneo —nos da su opinión Kurt. Pero las tres giramos el rostro hacia él con cara de perros y se encoge en su parte del sofá y se calla.

Cuando vuelvo la vista a la pantalla, la boca se me abre más, tanto que creo que me va a rozar el suelo. Con estupor observo a la tal Nina separarse del resto de chicas, acercarse a Abel y cogerlo del brazo como si se conociesen de toda la vida. Se contonea ante él y lo mira con sus ojazos y con una sonrisa de oreja a oreja. Él le devuelve la mirada con otra enorme sonrisa. ¿Pero qué es esto?

—No pasa nada, es muy normal que entre los fotógrafos y sus modelos haya buen rollo... —Sé que Cyn está intentando tranquilizarme pero me pongo más nerviosa.

La modelo se aprieta contra él, apoyando la cabeza en su pecho. ¡En ese pecho en el que la posé yo también el otro día! No me lo puedo creer, los ojos se me van a salir de las órbitas. En un abrir y cerrar de ojos la presentadora se abre paso entre los muchos otros que alzan sus micrófonos ante la parejita y les llama:

—¡Abel! ¡Nina!

Ellos giran al mismo tiempo sus sonrisas hacia ella y ladean la cabeza instándole a que pregunte:

—¿Cómo están vuestros corazones en este momento?

Nina se lleva una mano al pecho y se ríe como una tonta. Sí, esa es la palabra, como una tonta. Creo que no le llegará el cociente intelectual ni a cuarenta. Se inclina hacia delante y le dice al micro:

—Estamos muy felices.

Y como quien no quiere la cosa, se vuelve a Abel, le apoya una mano en la mejilla y le planta un beso en todos los morros. ¡En los morros que yo besé el otro día! Veo por el rabillo del ojo que Cyn y Eva están escrutándome con cara de nervios.

Pero me limito a fijar la vista en el televisor. Por suerte, ya se han separado. Ya se están yendo. Abel rodeado de las modelos y con la tontísima colgándose de su brazo. Siento que me viene una ira homicida difícil de controlar. Aprieto los puños y me doy cuenta de que estoy temblando de la rabia. Ahora entiendo por qué no me ha llamado. Se lo estaba pasando muy bien en Madrid. Pues se va a enterar, que yo también me sé divertir. Bueno, seguramente no se entere, pero no importa. Me levanto como movida por un resorte y voy a la cocina. Cyn y Eva me siguen sin decir nada, pero sé que están preocupadas. Saco las botellas y el hielo del congelador y abro la de vodka. Me echo una buena cantidad de alcohol y poca de naranja.

—Tía, que a lo mejor no es lo que piensas... —De inmediato, Cyn cierra la boca al ver mi cara.

¡Pero si está todo claro! Si ha faltado que se pusieran a revolcarse en medio de la pasarela. Pero lo que más rabia me da es que, por lo que ha dado a entender ella, llevan juntos tiempo. Y teniendo novia se ha acostado conmigo. Me he convertido en una de esas mujeres sin escrúpulos. Pero yo no lo sabía, todavía tengo esa carta a mi favor.

—¿Tú lo sabías? —me dirijo a Cyn. Me tiemblan las manos y el hielo choca con los laterales del vaso.

—A ver, había escuchado rumores, pero hacía tiempo que no decían nada... —Se está poniendo blanca.

Suelto un rugido de frustración y salgo de la cocina. Kurt está encogido en el sofá sin saber qué decir o qué hacer. Yo lo miro de reojo y, al fin, me giro hacia él y le grito:

—¡Como hagas algo parecido a mi amiga te corto los...!

—¡Sara! —gritan Cyn y Eva al unísono.

Me siento en el sofá de golpe y bebo otro buen trago de mi vodka. Uf, me lo he cargado demasiado, pero estoy que echo chispas. Pero... ¡Será cabrón! Sabía que no era trigo limpio. Los tíos como él nunca lo son. No debí fiarme. Tampoco sé por qué estoy tan enfadada si en realidad la cornuda es su novia. Nina. Tiene nombre de zorra. ¡No, espera! Ahora la zorra que se acuesta con los novios de otras soy yo. Me llevo una mano a la frente y suelto un gemido lastimero. Eva se sienta junto a mí y me masajea los hombros.

—Nena, que no es tu culpa.

—De todos es sabido que los fotógrafos de moda tienen mala fama. Ya sabes: drogas, sexo...

Levanto la cabeza y la miro con los ojos muy abiertos y supongo que expresión de psicópata, porque enseguida se calla y cambia de opinión:

—Pero oye, eso no está demostrado. ¡Seguro que es mentira!

—Lo estás arreglando, ¿eh? —Eva le da un manotazo en el antebrazo.

Cyn chasquea la lengua y se pone a retorcerse el pelo entre los dedos. Es una manía que tiene cuando está nerviosa. Pues sí, que lo esté, porque en parte todo esto ha sido por su culpa. Ay, mira lo que estoy diciendo, sólo tonterías, culpando a mi amiga de algo que he hecho yo solita.

—A ver, amorcito, piensa en positivo —Eva me coge de las manos y me obliga a mirarla a la cara. Yo le dedico una mirada lastimera—. Has disfrutado de un buen polvo, ¿no? Pues ya está.

—¡De dos! —exclama Cyn.

Eva y yo le lanzamos rayos por los ojos y ella se lleva los dedos a la boca y simula que se la cose. Me abrazo a mi amiga y me quedo así durante un rato. Siempre me siento bien entre sus brazos, pero esta noche ni siquiera lo consigo. ¿Cómo ha podido Abel hacerme algo así? ¡Ocultó que tenía novia! Me persiguió como un animal en celo sin detenerse hasta conseguir lo que quería. ¿Habrá engañado a Nina con otras? Seguro que sí, con muchas. Yo seré la número mil en la lista o algo así. Y encima el muy cabrón tiene la cara de despedirme diciendo que me llamará. ¡Y una mierda! Juro que tengo ganas de romper cosas, entre ellas, su cara de prepotente.

—Chicas, vamos a animarnos un poco. —De reojo veo a Cyn yendo hacia su portátil. Lo enciende y espera unos segundos—. Voy a poner música y vamos a hacer como que esto no ha pasado.

—Eso, Sara, no hemos visto nada. —Eva me dedica una cariñosa sonrisa y yo intento devolvérsela, pero estoy segura de que ahora mismo me parezco a Hannibal Lecter. Ella estira el cuello y se dirige a Kurt—. ¿A que no?

—Hombre, yo he visto que el fotógrafo ese ha...

Cyn acude corriendo y le pasa las manos por delante de la cara para taparle la boca. Gracias, Cyn, pero tu rollete es estúpido, me digo a mí misma. Cuando está segura de que ha comprendido lo que sucede, retira las manos.

—No, tronca, ¿de qué hablamos? —Coge el mando de la tele y la apaga con una sonrisa bobalicona.

Pego otro trago de mi vodka. Vale, mañana continuaré acordándome de esto, pero al menos que esta noche no sea terrible. Siento que todo ha sido un cachondeo para él. ¡Y nadie se burla de Sara Fernández! Estoy más que indignada y si fuera como otras, me plantaría un día en su estudio y le cantaría las cuarenta, pero es mejor dejarlo pasar. Me repetiré a mí misma que todo fue un sueño. Puedo hacerlo.

Cyn abre el Spotify y busca una canción. No sé cuál es ni me importa. De momento voy a beber, que es lo que me apetece. Eva no se aparta de mi lado más que para ponerse un whisky. Al cabo de un par de minutos Cyn y Kurt se ponen a bailar. Ella de forma muy sensual y él un poco asustado. Si es que, con lo tontito que parece, se lo va a comer. Eva me da unos golpecitos en el dorso de la mano y cuando capta mi atención, les señala con la barbilla.

—Míralos, Olivia Newton John y John Travolta.

Me saca una sonrisa y al poco estamos riéndonos a carcajadas. Ya está empezando a hacerme efecto el alcohol.

—Nena, vamos a bailar y que le den a todo —me dice, agarrándome de la mano para levantarme del sofá.

Bailamos una canción tras otra hasta que nos ponemos a sudar. Cyn y su amigo se enrollan unas cuantas veces ante nosotras y Eva me gira en todas ellas para que no les observe. Le dará miedo que les vaya a decir alguna burrada. Pero que conste que, aunque estoy bastante borracha, mantengo mis modales.

—No va a tener en su vida una igual que yo —murmuro con la voz pastosa por el alcohol.

—Venga, Sara... Olvídalo ya... —Eva me menea las caderas al ritmo de la música pero yo me deshago de ella.

—Deberías enviarle un mensaje y dejarle las cosas claras —Cyn no ha bebido apenas, pero desde luego que suelta perlitas.

—¿Perdona? —Me acerco a ella con el cuerpo desmadejado. Se aparta con las manos en alto, como pidiendo disculpas.

—Eh, tías, os voy a poner una canción buena de la hostia. —Kurt parece que quiere distender el ambiente. Se acerca a trompicones al ordenador y busca durante unos minutos eternos. Yo creo que le bailan las letras porque estamos todos bien contentos.

—¡Uhhhh! —grita animada Eva cuando por los altavoces empiezan a sonar los acordes de About a girl de Nirvana. Me alza una mano y da saltos—. ¡Venga, nena, canta conmigo! —Me uno a sus botes.

Kurt intenta imitar al verdadero Kurt, pero lo que parece es que estén matando a un gato. Sin embargo, Cyn lo mira con cara de atontada. ¿Pero qué le pasa a esta mujer? ¡Cada día se le va más la cabeza!

—I need an easy friend... —canta a grito pelado nuestro querido imitador de Cobain.

—You hang me out to dry... —se le une Eva toda emocionada.

—But I can’t see you every night, free... —canto yo junto a ellos.

Pero mientras continúan agitando sus melenas y fingiendo que tocan el bajo, me percato de lo que en realidad significa la letra de la canción. Y todo el alcohol me baja de golpe. Me da un mareo y me entran unas ganas de vomitar increíbles. Me llevo la mano a la boca y aparto a esta gente para correr al baño.

—¡Sara! ¿Estás bien? —me preguntan Cyn y Eva.

Me encierro en el servicio y casi ni llego a subir la tapa del inodoro. Echo toda la cena que he metido en el cuerpo y parte del alcohol. Cuando por fin me parece que las náuseas han desaparecido, tiro de la cadena y me levanto con cuidado. Me duele todo el cuerpo. Pero hay algo más que me duele y lo odio. Abro el grifo y me echo agua en la nuca y en las sienes. Oigo a mis amigas llamar a la puerta.

—¡Sara! ¿Va todo bien? —pregunta Eva.

—Sí... ahora salgo —respondo con voz entrecortada.

Me sostengo en la pila y contemplo con frustración la imagen de mí que me devuelve el espejo. Tengo los labios hinchados y los ojos rojos. Maldita sea, ¿cómo he llegado a este estado? De repente, noto una vibración en el bolsillo. Saco mi móvil y entrecierro los ojos para ver bien de quién se trata. Cuando leo su nombre, el corazón choca contra mi caja torácica. ¡Pero será hijo de...! Dejo que vibre y vibre, hasta que por fin se detiene. Pero a los segundos me está volviendo a llamar. ¿Qué es lo que quiere? ¿No se ha cansado aún de pasárselo bien a mi costa? Corto la llamada y me siento encima de la tapa del inodoro con la cabeza agachada y sosteniendo el móvil.

Una vibración más. Esta vez se trata de un wasap. No quiero abrirlo, pero al final la curiosidad me vence.

«¿Por qué no me lo coges? He estado pensando en ti... y en todo tu cuerpo. Ya estoy en Valencia. A.».

¡Me cago en todo lo que se menea! Me parece que ya lo entiendo todo: como su novia estará en Madrid o en alguna otra parte por las pasarelas, él se tiene que desahogar de algún modo y se ha creído que soy yo la que le ayudará. ¡Va a ver lo que es bueno! Es el alcohol que todavía queda por mis venas y la rabia furibunda que me recorre el cuerpo de la cabeza a los pies lo que me inspira a responderle. Escribo como una loca, apretando las teclas con tanta fuerza que me hago daño en los dedos. Termino de escribir y le envío el mensaje.

«¿Pero quién te piensas que eres, gilipollas? ¡Te vas a tomar por culo a burlarte de otra!».

Apago el móvil y salgo del cuarto de baño. Fuera me esperan los tres con cara de circunstancias.

—¿Sucede algo? —pregunta Eva con cautela.

—Me voy a dormir —respondo.

Les doy un beso a cada una y a Kurt una palmadita en los hombros y me retiro a mi habitación agotada. En la cama todo me da vueltas pero al fin, me logro dormir y tengo un montón de pesadillas. En ellas sueño que le corto sus partes al cabrón de Abel.