18
EN cuanto lo noto detrás de mí, todo mi cuerpo se despierta. He venido porque necesitaba alejarme de él y tranquilizarme, pero está visto que no hay manera. Lo deseo y es un sentimiento demasiado profundo que no puedo apartar. Todavía estoy inclinada cuando él se refriega contra mi trasero. Su dura erección se clava en mi coxis, provocando en mí unas olas de placer que jamás había pensado que pudiesen existir. Por un momento mi mente racional recuerda que estamos en los baños de un restaurante italiano y que yo ahora mismo tengo el vestido subido hasta la cintura con Abel detrás de mí. Pero entonces, mi lado fantasioso aparece y aprecio, sorprendida, que la situación me excita. Es morbosa.
—Lo que has hecho allí me ha incitado, Sara. Me pone un montón cuando te comportas como una chica dura —me susurra al oído.
Le permito que me baje las medias. Es más, ¡lo estoy deseando! Cuando me coge del sexo a través de las braguitas se me escapa un gemido de placer. Esto es demasiado bueno como para ser real. Es como si mi cuerpo fuese un dispositivo que sólo reaccionase a su voz, su mirada y su tacto. Abandona mi pubis y se dirige una vez más a mi trasero, el cual me acaricia con suavidad y acaba estrujándomelo. Tanto su respiración como la mía se aceleran y las cosquillas comienzan a ascender desde la planta de mis pies.
—Siempre te comportas como una niña mala —dice, y me da un suave cachete en el culo. ¡Será posible! Hasta el golpecito me ha puesto a mil.
Me incorpora y aprieta su pecho contra mi espalda. Lo noto subiendo y bajando y los latidos de su corazón me avisan de que está tremendamente excitado. Creo que va a ser muy difícil escaparme de aquí cuando ya se ha convertido en una fiera y, de todas formas, no quiero. Deseo quedarme aquí, que me suba contra el lavabo y me posea toda entera. Dejo que me recorra con las manos el cuerpo, que me acaricie el vientre y se detenga en mis pechos, los cuales masajea por encima de la tela. No llevo sujetador, así que los pezones han despertado y ahora apuntan erectos bajo sus dedos. Me los pellizca con suavidad y yo dejo escapar otro gemido de placer. Sin apenas darme cuenta de lo que estoy haciendo, refriego el trasero contra su expectante excitación. Él suelta un gruñido y me sujeta con fuerza de las caderas.
—Te voy a follar hasta que pierdas el sentido —me susurra en el cuello con voz temblorosa—. Vas a tener que morderte la lengua para no gritar.
Su voz me enloquece y empiezo a olvidar para lo que había venido. Echo la cabeza hacia atrás y la apoyo en el hueco de su cuello, apreciando el palpitar de su pulso acelerado. Oh, hasta eso me pone, no lo puedo negar. Él abandona mis pechos y asciende hasta las clavículas, las cuales me roza despacio, deteniéndose en ellas y dibujándolas con sus dedos. A continuación sube hasta mi cuello y me lo sujeta con fuerza, cubriéndomelo con su mano, para después ladearme la cara. Me tiene a su merced. Deseo que haga todo lo que quiera conmigo. Cierro los ojos cuando su nariz se desliza por mi mejilla... Sus labios se acercan a los míos con lentitud y yo los abro dispuesta a recibirlo. Su aliento se confunde con el mío a escasos milímetros de mi boca.
—Bésame —me dice, moviendo sus labios carnosos contra mi boca.
Cumplo su orden y cubro sus labios, deseosa de fundirme en él. Le muerdo el inferior y gime contra mi boca. Alzo el brazo derecho y le acaricio el pelo, embriagada por completo de deseo. Se aprieta más contra mí y hace círculos con la cadera, paseándome toda su erección por el trasero. Me muero de ganas por bajar la mano y tocársela. No sé cómo se debe sentir eso entre mis manos, pero debe de ser maravilloso. Sin embargo, él me aparta la que tengo en su pelo y me la pone tras la espalda, al tiempo que hace lo mismo con la otra, con lo que acabo como una mujer arrestada, sólo que sin esposas. Me sujeta de las muñecas tan sólo con una mano, pero no necesita más porque es muy fuerte y yo ahora mismo soy demasiado débil. Tira de ellas con delicadeza y mi cuerpo se arquea hacia atrás. Cierro los ojos disfrutando de la sensación; sin embargo, él me pide que los abra y me obliga a mirarme en el espejo.
—Mírate —murmura junto a mi oreja. Mi sexo palpita frenético, casi al mismo compás que los latidos de mi atormentado corazón—. Eres tremendamente sexy. Todo tu cuerpo está abriéndose para mí.
Tras decir esto, desliza la mano izquierda por debajo del vestido y presiona en el centro de mis braguitas con su dedo.
—Ah... —suelto un pequeño gemido que él inmediatamente corta con su boca.
Me la devora con pasión y dominio, casi con fiereza. Entrelaza su tibia lengua con la mía y jugamos con ellas durante un buen rato, escarbando en nuestras bocas, reconociéndonos en el sabor. Me voy humedeciendo poco a poco con cada latigazo de su lengua.
—Ya estás lista para mí —me dice con su voz áspera y salvaje. Oh, Dios mío, por supuesto que lo estoy. Nada más entró en el baño y sentí sus manos en mis caderas lo estaba. Echa mis braguitas a un lado y pasea su dedo por mis labios, acariciándolos con suavidad. Me tenso cuando palpa mi humedad, muy cerca de la entrada. Se lleva un dedo a la boca y lo chupa—. Qué bien sabes. Lástima que ahora no tenga tiempo para comerte entera. —Me baja las bragas hasta la mitad de los muslos.
Me contoneo en su erección de manera juguetona. Escucho que se desabrocha el botón del pantalón, y a continuación el cierre de la cremallera. Segundos después noto en mis nalgas su miembro, húmedo y durísimo. Me atrevo a mirarle en el espejo y él me dedica una sonrisa. Puedo leer en sus ojos cuánto ansía hacerme suya y estoy segura de que sabe que yo siento más de lo mismo. Se apretuja contra mí y se coloca en posición. No puedo evitar soltar un gritito en cuanto percibo la punta de su erección en mi entrada. Me suelta la cadera y me tapa la boca con la mano.
—Debes estar muy calladita.
Juguetea un ratito más, restregándose contra mis labios húmedos e hinchados. Como siga así, me corro ahora mismo sin necesidad de que se introduzca en mí. Empujo el trasero contra él, haciéndole comprender que me muero de ganas por sentirlo llenándome.
—Pequeña, estás ardiendo —me dice, echándome hacia delante, sin soltarme las manos.
Me excita demasiado esta situación. Me va a follar como a él le parezca mejor y no puedo hacer nada por evitarlo. Nunca me había sentido de esta forma, con todos estos calambres que me sacuden el cuerpo una y otra vez. Se me pone la piel de gallina cuando su punta se desliza en mi interior. ¡No voy a poder aguantar mucho más!
—Joder, cómo te abres para mí... —su voz cada vez es más grave debido a la excitación. Me recorre con un dedo la columna vertebral a medida que se va introduciendo poco a poco...
Pero algo capta mi atención en ese momento.
¡Alguien está hablando fuera! Estaba tan cegada por el deseo que no me había dado ni cuenta. Lanzo un vistazo a la puerta y me doy cuenta de que el cerrojo no está echado y van a entrar en cualquier momento. La excitación se me corta de golpe y me sobrevienen unas tremendas náuseas. ¡Por dios, tendría que haber recordado dónde nos encontrábamos! Este hombre saca lo peor de mí. Se inclina sobre mi espalda impidiendo que me mueva, pero yo me revuelvo bajo su peso como una loca. Como no me deje salir, le doy otro cabezazo. Las voces se escuchan más cercanas y yo suelto un grito rabioso.
—¡Chsss! Calla. Nos oirán —me susurra.
—¡Ni hablar! —exclamo.
Intento echarme hacia atrás como la otra vez, pero él es más rápido y se aparta a tiempo. En ese momento de confusión aprovecho para librarme de sus manos y me giro como una posesa. Está abrochándose el pantalón y como estoy furiosa no se me ocurre otra cosa que propinarle una patada en sus partes. Suelta un gemido de dolor y se inclina hacia delante agarrándose. Yo me subo las bragas y me bajo el vestido, temblando de arriba abajo. Me intenta agarrar de una pierna cuando paso por su lado, pero me zafo de él. Le lanzo una rápida mirada y descubro su expresión de dolor. Bueno, no le he dado tan fuerte, lo que sucede es que debe de haber sido doloroso a causa de la erección. ¡Pero no podía permitir que nos descubrieran aquí! Y además, siento que se ha estado aprovechando otra vez de mis bajas defensas.
Abro la puerta del lavabo con vigor y me topo con dos muchachas que están a punto de entrar. Me quedo estupefacta al igual que ellas, que se han dado cuenta de que detrás de mí hay un hombre muy atractivo protegiéndose sus partes. Bajo la mirada y les pido perdón cuando me abro paso para salir de allí. Estoy segura de que se ve en mi cara lo que hemos estado haciendo ahí dentro. ¡Qué vergüenza! Me dirijo a toda prisa a la mesa en la que estábamos y recojo mi bolsito y mi chaqueta para largarme de allí. Cuando he atravesado medio restaurante escucho a Abel gritando mi nombre. Me giro sin detenerme y descubro que ha salido del baño y que se acerca a mí con paso inseguro a causa del dolor. Entonces empiezo a andar más deprisa y al volver la cara me choco contra alguien. Me caigo al suelo a causa del impacto y enseguida me doy cuenta de que he rebotado contra una tripa enorme: la de Enrico. Al mirarme me entran unas ganas tremendas de llorar: estoy despatarrada en el suelo con el vestido de Cyn lleno de salsa de tomate.
—Mi scusi, signorina, lascia che ti aiuti! —El hombre me ayuda a levantarme mientras yo observo a mi alrededor con los ojos llenos de lágrimas. Todos me están mirando: algunas cuchichean y otros se están riendo con disimulo.
No me he sentido más abochornada en toda mi vida, así que me disculpo ante Enrico y reanudo la carrera hacia la salida. Abel continúa llamándome, pero hago caso omiso. Lo único que quiero es marcharme, llegar a casa, quitarme el vestido y tirarme toda la noche llorando. He sido una estúpida: he vuelto a caer en su telaraña. Pensaba que esta vez el cazador iba a ser el cazado, pero ha resultado ser como siempre. Esquivo a dos chicos que se cruzan conmigo y se me quedan mirando con curiosidad. Las lágrimas apenas me dejan ver, así que me tropiezo con una protuberancia de la calle y me tuerzo el pie. ¡Joder, qué dolor! Lloro con más fuerza, como una niña pequeña, y me acerco a la fuente para sentarme en ella.
—¡Sara! Espera, joder —escucho. Giro la cabeza y descubro a Abel saliendo del restaurante. Intenta correr hacia mí, aunque no se encuentra en la mejor forma física. ¿Le dolerá todavía? Quizá me he pasado. Me siento fatal por lo que he hecho y sollozo con la cabeza hacia atrás, sujetándome el tobillo.
—¡Vete! —le chillo fuera de mí misma. Quisiera seguir corriendo, pero el dolor no me lo permite y, de todas formas, él ya está delante de mí con un gesto de preocupación—. ¡No te atrevas a tocarme! —Levanta las manos y da un paso hacia atrás—. ¡Eres un cabrón! Desde que te conozco me siento como una mierda, ¿sabes? Hago cosas que nunca habría hecho antes, como permitir que casi me folles en los baños de un restaurante. ¿Pero estás loco o qué? ¡Por poco nos pillan! ¿Es que no piensas antes de actuar? ¡No, claro, porque seguro que sólo lo haces con tu jodida polla!
—Sara, escucha, no era esa mi intención...
—¡Me tratas como a un simple trozo de carne! —continúo gritando, sin hacer caso de lo que él ha dicho—. Apareces en mi vida cuando te da la gana, me la pones patas arriba, te haces amigo de Cyn y la muy tonta me traiciona, intentas comprarme con regalos... —Alzo la cabeza y le lanzo una mirada furibunda—. ¿Estás orgulloso de verme así? ¿Es esto lo que querías? ¿Que llorase por ti? ¡Pues ya lo has conseguido, eres el vencedor de este maldito juego!
—Cálmate, por favor —Se acuclilla ante mí e intenta tocarme, pero yo le doy unos manotazos completamente cabreada. Se le oscurecen los ojos, se pone muy serio y me agarra con fuerza de las muñecas, obligándome a estar quieta—. ¡Basta ya, joder! Soy yo el que debería estar cabreado contigo: una vez me pegas en toda la nariz y ahora me sueltas una patada en los huevos y me insultas como una loca. ¿Qué coño te pasa, Sara?
Trato de liberarme de sus manos con todas mis fuerzas, pero lo único que consigo es hacerme más daño en el pie. Gimo de dolor y él se da cuenta y me suelta una mano para tocarme el tobillo, a lo que reacciono dando un respingo.
—¿Te duele? —me pregunta.
—¿No ves que sí? Me he torcido el tobillo —le suelto con las lágrimas rodando por mis mejillas.
Me estudia el pie durante unos segundos, me lo mueve y yo vuelvo a gemir, me dice que me levante y trate de andar. ¡Jooooder, cómo me duele!
—Te llevaré al médico. Será un esguince.
—¡No! Ya iré yo sola. Llamaré a un taxi. —Abro mi bolso para sacar el móvil pero él se adelanta y me coge en brazos.
Yo vuelvo a chillar y a pegarle puñetazos en el pecho, aunque cada vez más débiles, y termino llorando sobre su pecho y mojándole la corbata, el chaleco y la camisa. Me lleva en silencio hasta el aparcamiento y cuando llegamos a su coche, abre la puerta y me deposita con cuidado en el asiento. Yo estoy hipando, con la mirada perdida y todo el pelo enmarañado cayéndome por delante del rostro. Ni yo misma entiendo por qué me pongo así. En parte yo tengo la culpa de todo lo que ha sucedido: tendría que haberme negado a acudir a la cita. Si lo que quería era hablar con él, era tan fácil como haberlo hecho por teléfono y punto. Vale, supongo que me he echado a llorar como una loca precisamente porque me he dado cuenta de que he estado luchando en vano contra lo que siento por él.
Salimos del aparcamiento en silencio; me mira un par de veces y parece que va a decir algo, pero se mantiene callado. Le noto enfadado, pero también un poco preocupado. De acuerdo, no es esto lo que pretendía conseguir, aunque en parte me parece bien que sienta algo de remordimientos. Una vez llegamos al hospital me saca del coche aún en brazos y no me permite tocar suelo hasta que le pide a una enfermera una silla de ruedas. Aprecio que ella se siente un poco cohibida ante él, pero enseguida me trae una y Abel me sienta en ella. Explico en triaje lo que me ha ocurrido y me dicen que voy a tener que esperar un ratito. Le digo que puede marcharse a casa, pero insiste en quedarse conmigo. La sala está muy llena, aunque por suerte quedan un par de asientos libres y me conduce hacia ellos. Me deja en la silla de ruedas y se marcha unos minutos para volver con un café y una botella de agua. Me tiende lo segundo y se me queda mirando. Yo me siento un poco avergonzada y no puedo evitar agachar la mirada. Joder, ahora creo que he actuado como una novia despechada cuando en realidad no somos nada. Pero... es precisamente saber eso lo que me causa este peso en el estómago y estas ganas irrefrenables de llorar. Da un sorbo al café mientras me seca las lágrimas.
—¿No vamos a poder disfrutar de una cita normal? —Esboza una sonrisa y se le marcan los hoyuelos.
Ante eso me vuelvo a echar a llorar y él menea la cabeza, totalmente confundido. ¿Una cita? Para mí no son citas lo que hemos tenido, sino sesiones de sexo desenfrenado o intentos de ello. Lo que yo quiero es ir a cenar y al cine sin que trate de meterme mano al cabo de diez minutos. Básicamente me utiliza para desfogarse porque Nina está lejos. ¿Cómo he podido permitirlo?
—¿Qué te ha pasado en el restaurante, Sara? —Se termina el café y juguetea con el vasito de papel entre sus manos. Observo sus finos y largos dedos y me pregunto cómo la tocará a ella. ¿Igual que a mí o con más pasión?—. Puede que tengas razón y me haya pasado —Se inclina hacia mí—, pero es que no me puedo controlar cuando estoy contigo —dice bajando la voz, aunque la persona que está más cerca de nosotros se halla dormitando—. Pensaba que tú sentías lo mismo.
Es evidente que está en lo cierto, pero justamente es ese problema. No quiero sentirme de esa forma de ningún modo. Cada vez que nos vemos mi cuerpo responde a él sin preguntarme a mí. Necesito tenerlo todo bajo control y con Abel no lo consigo, así que la situación está empezando a superarme. Me coge de la mano con cautela, pero esta vez no la aparto. Estoy muy cansada y me duele demasiado el pie.
—Tú me encantas, pequeña —me dice, agarrándome de la barbilla y obligándome a mirarlo. No, por favor... No soporto más todo esto. Siento unos molestos pinchazos en el corazón—. Puedo tener a todas las mujeres que quiera, pero...
—No hace falta que lo digas —respondo malhumorada ante su ausencia de modestia.
—¿Ves? Hay algo que te molesta y me lo estás ocultando. ¿Vas a decírmelo de una vez?
Clavo mis ojos en los suyos y me muerdo los labios. Dudo de si es el momento adecuado para hablar de ello, pero supongo que después de irnos del hospital ya no volveremos a vernos.
—El problema es ese: que tienes todas las mujeres para ti.
—¿Y qué? ¿Realmente te parece un problema? —Me acaricia la mano con suavidad y yo siento un escalofrío en la parte baja de la espalda. ¿Cómo no va a parecérmelo? ¿Le van las relaciones abiertas o qué? ¡Porque a mí no!—. No debería serlo porque sólo tengo ojos para ti.
Pero... pero... ¡qué caradura! Está visto que no va a confesarlo. Me dan ganas de estrangularlo aquí mismo. Me suelto de su mano con brusquedad y me sujeto en los brazos de la silla de ruedas completamente cabreada.
—¿Ah, sí? ¿Sólo para mí? ¿Y no tiene tu novia ningún problema con eso? —Ale, ya lo he soltado. Doy un suspiro y me doy cuenta de que me he quedado muy a gusto, que me he quitado un peso de encima. He esperado demasiado para decirle que lo sabía.
—¿Mi novia? ¿De qué hablas? —Arquea una ceja y ladea la boca como si de verdad estuviese muy confundido. Me estudia durante unos segundos que se me hacen eternos y, al fin, parece caer en la cuenta y dice—: ¿Te refieres a Nina Riedel?
¡Pues claro que sí! ¿A quién si no? ¿Es que hay más por ahí distribuidas en ciudades, a las que se tira cada vez que visita una? Asiento con la cabeza y después la giro a un lado, aguantando la respiración, para dejarle claro lo enfadada que estoy.
—Es una amiga —Me coge una vez más de la barbilla, pero yo me resisto todo lo posible a que me gire la cara. No quiero mirarlo. Encima tiene la desfachatez de continuar mintiendo.
—¿Perdón? ¿Una amiga? —Aparto su mano y por fin me decido a enfrentarme a su mirada. La tiene más oscurecida que nunca y descubro algo más en ella... ¿Inseguridad? ¿Miedo, quizá? Claro, porque le he pillado y ya no va a tener en mí una amante a la que manejar a su antojo—. Os vi por la tele. Te metió la lengua hasta la campanilla.
Esboza una extraña sonrisa y menea la cabeza. Parece un poco defraudado. ¿Eh? Menudo actorazo, debería dejarse de fotos y meterse en la industria del cine. Escucho mi nombre a través de los altavoces y antes de que pueda discutir, ya me está llevando a traumatología. Espera fuera mientras me hacen una radiografía. Cuando salgo, estoy todavía más enfadada porque mientras estaba en la sala de Rayos X he estado sopesando todas sus palabras. Es un mentiroso y un cabrón. Se puede ir yendo a la mierda pero a la de ya.
—En serio, te has formado tu propia opinión. Y es errónea —continúa mientras me lleva otra vez a la sala de espera.
—¿Cómo puede ser errónea? —Me vuelvo hacia él echando chispas por los ojos—. Ella dijo que estabais muy bien... ¡y después os besasteis!
—No, Sara, ella me besó —rectifica él. ¡Sí, venga! ¡Pues dos no se besan si uno no quiere! Y él parecía muy contento de ser morreado por esa pilingui.
—Me parece muy bien si otras quieren seguir engañadas —digo en voz baja, mirándome el tobillo hinchado—. Pero conmigo se ha acabado.
—¿Qué quieres decir?
—Es la última vez que nos vemos. Esta vez lo digo en serio, Abel. —No quiero mirarlo porque sé que lloraré, y ya lo he hecho bastante esta noche. El corazón me late a mil por hora mientras hago pedacitos el pañuelo que tengo entre los dedos.
—¿No vas a dejar que me explique? —me pregunta con voz grave. Le noto enfadado. ¡En serio, yo flipo! Ahora recuerdo por qué pasaba últimamente de los hombres... ¡Son todos unos engreídos que sólo piensan en ellos mismos!
—Eso es lo que tendrías que haber hecho desde un principio. —Cuando intenta agarrarme de la mano, la escondo tras mi espalda—. Abel, ¡me mentiste sólo para meterte entre mis piernas!
—Eso no es cierto —niega muy serio. El pecho asciende y desciende bajo su camisa. ¡Ajá, se está poniendo nervioso! Pues bien, eso lo único que me muestra es que al menos tiene un poco de vergüenza—. Yo nunca te he mentido.
—¿Ah, no? ¿Prefieres que diga que omitiste la verdad? ¡Pues de acuerdo! —chillo, un tanto burlona. Me ruega silencio y echa un vistazo a su alrededor. Un par de personas han alzado las caras para mirarnos, pero la mayoría están demasiado ocupados en sus enfermedades.
—Escúchame, Sara —me suplica. Yo niego con la cabeza y me da golpecitos en las rodillas para captar la atención—. Por favor, mírame —posa sus manos en mis mejillas y me gira la cara hacia la suya. Ya estamos otra vez muy cerca y, sin embargo, ahora no siento nada. Sólo un profundo vacío. ¿Se ha acabado esto por fin? Eso espero, no podría aguantar mucho más—. Ella no es mi novia —pronuncia cada palabra muy despacio, como si yo fuese una niña pequeña y no lo fuese a entender—. Reconozco que alguna vez tuvimos algo, pero hace ya tiempo de eso —clava sus ojos azules en mí y el estómago se me revuelve. ¿Cómo le voy a creer?
—¿Y a qué venía aquel beso? —le pregunto, alzando la barbilla con orgullo.
—Nina es un poco... —se queda pensando unos segundos y al final dice—: especial. Le gusta la fama y todo lo que hay alrededor de ella. Cuando empezamos a salir, la prensa se volcó en nosotros: todos coincidían en que hacíamos una pareja estupenda. Nos llovían las ofertas para trabajos de todo tipo porque decían que nuestro amor y pasión se reflejaba en las fotos. Pero te juro que lo que tuvimos se terminó hace tiempo, sólo que ella se ha empeñado en que de cara al público debemos guardar las apariencias y continuar fingiendo que estamos bien.
Me sorprende todo lo que me dice. ¿Es verdad? No tengo ninguna prueba para creerle; en cambio, sí la tengo para desconfiar. Me parece un poco descabellado lo que me cuenta, aunque en cierto modo yo no conozco el lado oculto de la fama, no sé cómo funciona la vida en ese mundo.
—Pero Sara, te prometo que con ella jamás he sentido lo que experimento cada vez que te veo...
—¿De verdad te gusto? —le pregunto.
—¿No es evidente que sí? —Se ríe despacito.
—¿Lo suficiente como para dejar de fingir con Nina? —Ahí va. Está claro que no tenemos una relación, pero ya que me quiere follar, supongo que al menos tengo unos pocos derechos.
—¿Qué? —Se echa hacia atrás y apoya la espalda en el respaldo de la silla. Se pasa una mano por el pelo mientras se lame los labios—. Conozco muy bien a Nina y sé que se enfadaría.
—¡Pero es tu vida! ¿Acaso tienes que dejar que ella la controle?
—No lo entiendes, Sara —niega con un gesto triste—. Ella ahora tiene muchos contactos y es muy influyente. Si se enfadara, quizá ya no querría que trabajásemos juntos y yo perdería muchos trabajos. Ella es... Le gusta que todos bailen a su ritmo.
Vale. Está claro. En el fondo, todo está dicho porque tampoco le puedo pedir que haga eso por mí. No tenemos una relación y no la tendremos nunca. Su trabajo es importante para él y yo lo entiendo, pero no podría aguantar verlo en revistas y en la televisión abrazándose y besándose con ella. Y mucho menos si luego me recibiera en sus brazos.
—¿Y qué pasará cuando te enamores de alguien?
Me mira confundido, con los ojos muy abiertos. Esa pregunta le ha pillado desprevenido, pero me ha salido del alma. ¿Cómo será la vida de la chica que decida compartirla con él? ¿Tendrá que aguantar también los arrumacos de ellos dos? Espero que sea lo suficientemente valiente como para terminar la mentira cuando encuentre una chica a la que ame.
El médico vuelve a llamarme y le digo que quiero ir sola. Me ayudo con las manos para conducir la silla de ruedas. Ya en la consulta me dicen lo que ya suponía: me he hecho un esguince leve. Me vendan el pie hasta la mitad de la pierna y me recetan ibuprofeno para el dolor. Mientras me deslizo silenciosa por el pasillo de vuelta a la sala de espera, ruego para que no esté. Pero no, todavía me espera e insiste en llevarme a casa. Yo me niego una y otra vez y por fin accede a pedirme un taxi. Lo esperamos en el exterior en completo silencio. Yo me dedico a observar la hermosa luna llena que brilla en el cielo.
—Sara... —me habla muy despacito. Al girarme hacia él descubro algo diferente en sus ojos. Es el Abel que conocí la noche en que me regaló el libro de su madre. Tan vulnerable... Tan melancólico... —. No quiero perder lo que tenemos —quiero protestar pero no me deja—. Es demasiado bueno. Tú misma dijiste que lo sentías también. —Un taxi se recorta a lo lejos y él se apresura a hablar—. Podemos disfrutar mucho. Si tú quisieses...
—No sé si quiero, Abel —contesto, levantándome de la silla—. En realidad no sé si puedo.
—¿No te basta con saber que ella no es nada mío? —Me suplica con la mirada.
No lo sé. ¿Realmente puedo aguantarlo? ¿Ser una amante en secreto? Tampoco sé todavía si creerle; quizá sí son pareja pero intenta convencerme de que no para tenerme aquí, en Valencia, cuando le apetezca.
El taxi se detiene ante nosotros y yo me encamino hacia él. Dejo que me ayude porque me está volviendo el dolor del tobillo y me cuesta caminar. Mantiene la puerta abierta mientras yo me meto en el coche. Se inclina hacia delante y me acaricia la mejilla con aire nostálgico. Mierda, me están viniendo las ganas de llorar otra vez.
—Voy a dejarte pensar unos días —dice de repente—. El día dieciséis me voy a Barcelona. Voy a realizar una campaña para una marca —se queda callado unos instantes y coge aire antes de continuar—. Nina estará allí. En realidad, ella es la modelo —espera a ver mi reacción, pero yo me mantengo impasible. Es escuchar el nombre de esa mujer y quedarme helada—. Te propongo acompañarme. Por supuesto, con todos los gastos pagados. Es la única forma de que lo veas por ti misma y descubras la verdad.
Cierra la puerta del coche y aunque no quiero hacerlo, me giro para observarlo a través de la ventanilla trasera. Está muy serio, y parece tan desvalido...
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