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ME levanto tan rápido que Abel se tiene que apartar para que no le dé un golpe en la barbilla. Se me queda observando con extrañeza. Yo lo miro disimuladamente. Lleva el pelo arreglado, con lo que no tiene el aspecto leonino de ayer, pero la elegancia le sienta igual de bien o casi más. Aparto los ojos de su cara para que no piense que le observo demasiado.

—¿Has venido a ver mi exposición? —me pregunta muy serio. Me gustaría que sonriese porque así apenas se le marcan los hoyuelos.

Soy imbécil. Debería de haber pensado que él podría aparecer por allí. Al fin y al cabo, es la exposición de sus trabajos.

—No, no —me apresuro a contestar—. La de las brujas. Qué casualidad, ¿eh? —Suelto una risita.

Él pasea su mirada por mi cuerpo y frunce el ceño.

—¿Entonces por qué llevas un folleto de la mía? —Señala el tríptico que sostengo en mi mano junto con los libros. Mierda, no lo recordaba.

Para disimular, finjo que no me he dado cuenta y le indico con un dedo que espere. Voy hasta el guardia, que se encuentra hablando con los acompañantes de Abel, y le digo:

—Perdone, es que me ha dado información equivocada.

El hombre pone cara de no entender nada. Le guiño un ojo pero, como es de esperar, se queda con la boca abierta totalmente confundido.

—No, pero si antes usted...

—Deme uno de las brujas, por favor —insisto con impaciencia.

Los otros me miran con curiosidad y les dedico una sonrisa. Cuando por fin el guardia me da los papeles, regreso donde me espera Abel. Con nerviosismo me doy cuenta de que no me ha quitado la vista de encima en este pequeño momento en que me he alejado. La notaba clavada en mi espalda. Y ahora continúa ahí, con las manos metidas en los bolsillos de los pantalones negros, y escrutándome con una expresión indescifrable en el rostro.

No, definitivamente esto no es normal. No lo es que me suden tanto las manos y que me esté excitando aquí, en el Museo de Arte Moderno, tan sólo por saberme observada por él.

—¿No vas a ir a la mía? —Parece un poco molesto.

—Es que he quedado dentro de nada —me excuso. Es mentira, claro—. Quizá mañana. —Intento arreglarlo.

Se pasa un dedo por la barbilla y me pregunta:

—¿Te has pensado lo de ayer?

—No hay nada que pensar. Ayer te dije ya que no me gustan ese tipo de fotos.

—No sé qué quieres decir con eso. —Se adelanta un paso y yo doy uno hacia atrás. Parece que vayamos a bailar un tango.

—Claro que lo sabes —¿Se cree que soy tonta?

—Sólo es arte. —Se encoge de hombros y sonríe. Me fijo en sus dientes por primera vez. Vaya, también los tiene muy blancos y de un tamaño ideal. Me está empezando a molestar tanta perfección. Algún fallo tiene que tener por algún lado.

—Para mí son violentas —me atrevo a decir.

Se cruza de brazos y arquea una ceja. Yo me atrevo a sostener su mirada. Oh, no, espera. Es demasiado profunda. No sé qué significa. No entiendo de esto como Cyn. Ya podría estar aquí ayudándome. Me siento muy pequeñita ante la insolente mirada de este hombre.

—No serás como Ana Ozores, ¿no? —Apunta con su dedo el primer libro de la pila.

Arrugo la nariz. No le he entendido. Ana Ozores es la protagonista de La Regenta, una mujer joven casada con un hombre mayor que la trata más como a una hija que como a una mujer. En ocasiones a ella le dan ataques a causa de la represión de sus impulsos sexuales, de los cuales piensa que son pecados.

Ah, vale. ¿Era eso a lo que se refería? Pues ya le he encontrado el fallo: es un maleducado. Y no me van para nada ese tipo de tíos. Para maleducada yo. Suelto un bufido y me doy la vuelta.

—¿No ibas a ver la exposición de la brujería? —le oigo preguntar a mis espaldas. Su tono de voz es burlón.

—Ya vendré mañana —contesto de mala manera, dirigiéndome a la salida.

—Tengo algo que me gustaría darte —dice de forma enigmática. Me detengo y me giro para mirarle extrañada. ¿A qué se refiere? ¿Me dejé algo en su casa? Yo creo que cogí el bolso, y la chaqueta... Se acerca y se coloca a tan sólo unos centímetros. Estamos separados únicamente por mis libros. Pasa los dedos por sus lomos, leyendo en susurros los títulos—. Me gustan las mujeres que leen.

Oh, vaya por Dios. Sólo faltaba eso. Se quiere hacer el interesante. Eso o que Cyn tenía razón y está intentando ligar conmigo. Pero no lo sé. Soy muy torpe para estas cosas y nunca me entero cuando un chico está coqueteando conmigo. A mí lo que me parece es que Abel es un cretino al que le gusta quedarse con las chicas.

—¡Ah! —Es mi única respuesta. Quiero sonar indiferente, pero no sé si se lo habrá tragado porque ese «ah» ha sonado más como un gemido debido a que, al estar inclinado para leer, su pelo me roza la cara. Qué bien le huele, joder. Y qué suave lo tiene. Me dan hasta ganas de acariciárselo y preguntarle el champú que usa.

Alza la barbilla y me mira. Está tan cerca que descubrirá todas mis imperfecciones cutáneas. Pero... ¿tiene también la respiración acelerada o es tan sólo producto de mi imaginación? Sus labios están demasiado próximos; casi puedo rozarlos con los míos.

Basta. Para de comportarte así. Este tío sabe lo que provoca en el sexo femenino y se está burlando. No voy a ser como todas. Respiro hondo y me obligo a apartarme. También me gustaría responderle con alguno de mis comentarios mordaces, pero es que es como si los hubiese perdido todos. De todos modos, tengo una buena razón para dejarle aquí plantado: antes ha insinuado que soy una estrecha. Vamos, que en realidad es un capullo.

Aprieto los labios con fuerza y logro separarme. Todavía noto el temblor de piernas. Él tiene los labios entreabiertos y un poco húmedos. Está muy serio y entrecierra los ojos.

—Recuerda, tengo algo para ti que te gustará —me repite en voz baja cerca del oído.

Me asciende una cosquilla desde las ingles hasta el estómago. Se retira y esboza una sonrisa. Los hoyuelos se asoman a sus mejillas. Quiero preguntarle que a qué se refiere con lo que me ha dicho, pero no soy capaz de articular palabra y, por si fuera poco, uno de los hombres se adelanta para decirle algo.

—Tenemos que organizar los últimos detalles de la presentación de esta tarde —me explica Abel—. ¿Te gustaría venir?

Niego con la cabeza, aterrada.

—Tengo cosas que hacer.

—Termina a las siete y después hay una degustación de vino. Pero yo me iré al estudio en cuanto acabe. —¿Para qué me da toda esa información?—. Pásate —Es casi una orden. Me toca la nariz con el dedo índice y sonríe de manera socarrona.

Voy a protestar, pero me deja con la palabra en la boca y se marcha dentro con sus acompañantes. ¿De qué va? ¿Qué pretende con esa invitación? ¿Qué pinto yo en su piso? Por nada del mundo voy a ir; sólo faltaba que me tomase por una de esas mujeres que cumplirán todos sus deseos. Si yo fuera una persona que piensa mal, ya le habría soltado un sopapo. Pero me contengo porque, en el fondo, intento creer que está bromeando. No tengo tiempo para ir a su piso como una tonta.

De camino a casa, mi mente retorna a la manera de conseguir el dinero para la matrícula. Sólo se me ocurren ideas descabelladas. Una de ellas me parece que es caer muy bajo, pero es que estoy desesperada. He pensado que quizá podría pedirle el dinero a mi ex. Quedamos como amigos y muchas veces he sido yo la que le ha prestado a él. Aunque hace al menos medio año que no hablamos y tampoco quiero parecer una aprovechada. Ay, Jesús, ¿qué voy a hacer?

Cuando llego a casa me dejo caer inmediatamente en el sofá. Hoy me toca hacer la comida a mí, pero no tengo ganas de nada. Tan sólo quiero acurrucarme y ponerme a llorar, y es lo que hago hasta que pasado el mediodía regresa Cyn y me encuentra en posición fetal y sonándome los mocos.

—¿Qué pasa? —Tira el bolso y corre hacia mí.

Me incorporo con lentitud y la miro por entre las lágrimas.

—Pues que no quiero que me anulen la matrícula. He luchado mucho para llegar hasta aquí —sollozo.

—Oh, cariño —Me abraza y me seca las lágrimas con sus dedos de uñas rosa chicle.

—He pensado en pedírselo a Santi.

—¿Qué dices? —Me zarandea por los hombros—. ¡Ni hablar! No hay que mantener una relación tan estrecha con los ex novios.

—¿Relación estrecha? Ni que le fuese a pedir en matrimonio.

—Se empieza pidiendo dinero y se acaba volviendo. —Cuando dirige sus ojos hacia mí yo le ofrezco una mirada mortífera, pero le da igual—. Con él no tenías futuro. Y tú ahora estás muy bien así solita.

—No pretendo volver con él —me quejo, perdiendo la poca paciencia que me queda—. Sólo quiero un poco de ayuda.

—Puedo pedirle a mi madre un adelanto de la paga —propone Cyn.

Le cojo las manos y se las aprieto con cariño.

—Gracias, Cyn, pero todavía faltarían ciento cincuenta euros.

Se queda pensativa y, de repente, suelta un grito que hace que yo pegue un brinco:

—¿Y por qué no se lo pides al fotógrafo?

—¿A santo de qué?

—¿Estás tonta? Te hizo unas fotos, ¿no? Pues que te las pague.

—No terminé la sesión —le recuerdo de mala gana.

—Pero al menos te tendrá que pagar la mitad, ¿no?

Mi cara la convence de que me parece una mala idea y de que no voy a dar el brazo a torcer. Al cabo de un minuto se levanta para prepararnos algo de comer. Mete una pizza en el horno y me doy cuenta de que estoy hambrienta al oler su aroma. Cuando la trae ni me espero a que se enfríe, y como resultado me quemo la lengua.

—¡Ay! —me quejo.

—Oye, ¿y has pensado en ir a la exposición o qué? —Muerde un trozo de pizza—. ¿Quieres que te acompañe?

No sé qué contestar. No sé si confesarle que ya he estado allí. Pero como no sé fingir, ella nota algo en mi cara. Eso y que ya me conoce mucho. Qué lata.

—¡Ya has ido! —exclama, dejando su porción en el plato. Se arrima a mí—. Y qué, ¿te ha gustado?

Recuerdo las fotos y sonrío. Cyn me da golpecitos en el brazo.

—La verdad es que me ha sorprendido. —Cojo un trocito de jamón y me lo meto en la boca.

—Te dije que era bueno —Sonríe satisfecha. Da otro mordisco a su pizza y me mira sin dejar de masticar. Traga y dice—: Tú me estás ocultando algo.

La miro de reojo y finjo concentrarme en el queso de mi porción. Pero Cyn no deja de observarme y, en serio, al cabo de unos minutos resulta muy incómodo. Es una táctica que utiliza cuando quiere que haga algo o que confiese algún secreto. Y la verdad es que le funciona muy bien.

—Me lo he encontrado allí —suelto al fin.

—¿En serio? ¡Joder, qué bien! Menuda casualidad. ¿Y él te ha visto? ¿Habéis hablado?

Le explico lo ocurrido mientras terminamos de comer. Da un trago a su vaso de agua antes de darme su opinión.

—A ese tío le gustas.

—¿Qué le voy a gustar? Lo que le gustará es jugar con las tías.

—Pues juega con él.

—No me apetece. —Me niego a seguir el rollo a un tío como ese.

—Tienes que ir a su piso —dice Cyn—. Si sus palabras han sido como las que tú me has dicho, está claro que lo que quiere es enseñarte su... —no la dejo terminar.

Me pongo roja y le suelto un sopapo con el cojín. Ella se ríe divertida y me lo devuelve. A punto estamos de tirar los vasos al suelo. Recoge los platos y va hacia la cocina.

—Deja de hacerte la dura —me grita mientras friega—. ¡El fotógrafo te gusta y no lo quieres reconocer!

Durante el resto de la tarde pienso en eso. Puede que me atraiga pero, ¿y qué? Es sólo eso. Atracción y punto. Tampoco es la primera vez que me pasa. Aunque es diferente. Me siento demasiado ansiosa cuando está cerca. Y en estos dos días que nos hemos visto he experimentado más sensaciones que en toda mi vida. Y eso sólo con su presencia. A lo mejor es que tengo las hormonas revolucionadas por el estrés. Sí, debe de ser eso.

Pasamos toda la tarde comiendo dulces y palomitas frente a la tele. A las ocho me levanto del sofá para coger el móvil y llamar a Santi. Definitivamente voy a pedirle la pasta. Cyn aparta la vista del programa que está viendo para dedicarme un gesto de reproche. Pero paso de ella. No tengo otra.

Estoy a punto de marcar el número de mi ex cuando me llega un wasap. Lo abro y tengo un sobresalto al leer el mensaje.

«Estoy ya en el estudio».

¿Para qué se guardó mi número en la agenda? Hago yo lo mismo con el suyo con la intención de cotillearle la foto de perfil. Se trata de uno de sus trabajos: un hermoso atardecer en una playa con un niño de espaldas a la cámara. Sus fotos son todo lo contrario a lo que él aparenta ser.

—¿Quién es? —me pregunta Cyn.

—Nada, una amiga —miento.

Vuelca de nuevo toda su atención en el programa de televisión. Mientras tanto, yo leo el mensaje una y otra vez. Veo que Abel está aún en línea. ¿Estará esperando una respuesta? Pues que lo haga sentado porque no voy a contestar. Se está pasando de atrevido. Apenas nos conocemos, no le he dado permiso para añadirme al WhatsApp y, para colmo, se ve que me ha tomado por una chica de la que se puede burlar. Como ya me he puesto nerviosa, decido postergar a mañana la llamada a mi ex.

Me voy a dormir temprano y una vez en la cama no puedo conciliar el sueño. Doy vueltas y más vueltas y al fin, desisto. Poco a poco la modorra me va venciendo. Se me están cerrando los ojos cuando oigo el pitido del móvil. ¿Quién será a esas horas? Lo abro y me encuentro con otro mensaje suyo.

«Te he estado esperando. ¿Dónde te has metido? Sigo estando aquí solo».

Inmediatamente mi mente se deja llevar y me imagino una escenita caliente. Contengo la respiración y me avergüenzo de mí misma.

—¡Gilipollas! —Apago el móvil y lo lanzo a los pies de la cama. Es evidente que sólo se refiere a las fotos, pero sabe cómo emplear el doble sentido.

Tras eso, todavía me cuesta más dormirme.