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—SOY ABEL. Hemos hablado esta mañana por teléfono. —Alarga una mano para presentarse.

Pero yo me he quedado plantada allí. No puedo mover ni un sólo músculo. No puedo fijarme en otra cosa más que en su espectacular cuerpo. Espera, ¿soy yo la que está usando expresiones como excitantemente atractivo, adorables hoyuelos y espectacular cuerpo? ¿Desde cuándo actúo como una niña tonta ante un hombre, por muy guapo que sea?

—¿Sara? —Mi nombre en sus labios hace que sienta una extraña palpitación en el pecho.

—Perdón. —Aún no sé cómo he podido articular palabra. Aunque tampoco es que esté diciendo mucho, la verdad.

—¿Entras? —Se aparta de la puerta para dejarme paso.

Continúa sonriendo y esos hoyuelos se marcan cada vez más. Al pasar por su lado, sin querer, rozo su torso con mi brazo y se me escapa un suspiro. Está muy fuerte. Y me pasa algo en el cuerpo, pero no sé qué es. Tengo calor. Vale, puede que sí sepa lo que es. Pero no, esto no es normal en mí. Nunca lo ha sido. Yo no me dejo llevar por el físico de un hombre. Hace mucho tiempo que no siento atracción por ninguno, por muy bien que esté. Pero es que con este chico es diferente; tiene algo que no sé descifrar y que hace que me cosquilleen hasta las palmas de las manos.

Me adelanto por un pasillo con paredes llenas de fotos de todo tipo: en ellas aparecen hombres, mujeres, animales, lugares hermosos. Aunque no tengo ni idea de fotografía, me doy cuenta de que son buenas. Pero espera, todavía puede ser un psicópata, ¿no? ¿Y si esas mujeres que salen en sus fotos ahora están tiesas en algún lugar desconocido?

—Quítate el abrigo.

Me sobresalto al escuchar su voz a mi espalda. Me doy la vuelta y lo veo muy cerca de mí, casi rozándome. Alzo la mirada para encontrarme con la suya. ¿Es que nunca deja de sonreír? Creo que le divierte ver que estoy asustada y nerviosa. Y a todos los psicópatas les excita algo así.

—Dámelo. Yo te lo guardo. —Estira las manos y se pone a desabrochar los botones de mi abrigo.

Me aparto con brusquedad y una expresión interrogativa en el rostro. Él se encoge de hombros y me mira con sus pupilas burlonas. Ahora que estamos bajo la luz de la bombilla, puedo ver perfectamente sus ojos. Son de un azul intenso y no puedo mirarlos más que unos segundos porque me noto traspasada. Es como si atravesara mi piel con esos ojos de mirada salvaje y se introdujera en mi alma.

—Ya me lo quito yo —digo, con un nudo en la garganta.

Me saco el abrigo con rapidez y lo doblo para sostenerlo entre mis brazos. Cuando me doy cuenta y sin darme tiempo a protestar, él ya me lo ha quitado junto con mi bolso y los lleva hasta la entrada para dejarlos colgados tras la puerta. Cuando levanta los brazos puedo observar su trasero marcado en los vaqueros. No he visto en mi vida un culo tan perfecto.

—¿Pasa algo?

Me pongo roja como un tomate. Mierda, estoy segura de que se ha dado cuenta de dónde se encontraba mi mirada. Pero a él le sigue pareciendo gracioso. Sí, debo de parecer una chica muy simple actuando así, aunque estoy segura de que la mayoría de sus modelos han hecho más de lo mismo. Este chico parece estar tan seguro de sí mismo que cualquiera se sentiría atraída.

—Ven conmigo. —Me apoya una mano en el hombro y me dirige hacia el final del pasillo.

Procuro no mirarle a la cara porque no quiero parecer una tía babosa. Pero lo cierto es que al final acabo cayendo y de reojo observo su atractivo perfil. Tiene también una bonita nariz y una nuez un poco marcada. Me descubro pensando en cómo será besarla. Agito la cabeza para deshacerme de esos pensamientos. ¿Puedes dejar de imaginar tonterías?

Abre la puerta del final y pasamos a una especie de estudio. No es muy grande, pero supongo que le sirve para las fotos de personas que he visto en el pasillo. Está todo pintado de blanco con un fondo curvo y se encuentra perfectamente iluminado. Tan sólo hay una silla negra de gran belleza y con aspecto de ser antigua.

—¿Qué vas a hacerme? —No se me ocurre preguntar otra cosa.

Ahora sí que debo parecerle una estúpida porque se le ha borrado la sonrisa y su expresión es seria y pensativa. Cruza un brazo sobre el pecho y se rasca la barbilla.

—¿Quién te crees que soy? —Su tono es ahora duro. La verdad es que prefería el de antes, pero tengo que reconocer que la culpa es mía.

—Pues... nada, que cómo vamos a hacer las fotos —digo, intentando resolver de algún modo la metedura de pata.

Parece dudar hasta que, por fin, retorna la sonrisa. Dios mío, qué hoyuelos. Tengo que reconocer que es una de las cosas que más me gustan en un chico. Pero bueno, da igual, no sé qué hago pensando todo el rato en eso si alguien como él no se va a fijar jamás en mí.

—Date una vuelta —me ordena.

Arqueo una ceja pero obedezco. Me siento un poco cutre con mi ropa, aunque en el anuncio se pidiera expresamente una chica normal. Pero supongo que mis leggins negros y mi jersey con la cara de un osito en el centro no resultan demasiado cautivadores para la cámara. Mientras doy un par de vueltas él me observa con detenimiento, pasándose un dedo por el labio. Ese gesto resulta demasiado sexy.

—De acuerdo —dice.

—¿Me coges para la sesión? —pregunto con los ojos como platos.

—Sí, eres adecuada para lo que busco —responde. ¿Para lo que busca? ¿Y qué es eso?

Va hacia la cámara y empieza a trastear con ella. Yo me quedo plantada allí, sin saber muy bien qué hacer, ni cómo colocarme. No puedo evitar preguntarme qué carajo hago en este sitio. ¡Ni siquiera soy buena posando! Se va a dar cuenta en cuanto me pida que haga alguna postura o ponga alguna cara.

Escucho el timbre. ¡Mierda, se me ha olvidado hacerle la perdida a Cyn! Doy unos saltitos para llamar su atención y decirle que voy a coger el bolso pero no me hace ni caso y sale del estudio. Confundida, hago más de lo mismo y le sigo. Espero encontrarme a mi amiga tras la puerta pero, cuando la abre, aparece un chico más o menos de mi edad, también bastante guapo, aunque es el tipo de belleza que no suele gustarme en un hombre. Demasiado rubio, demasiado pijo y demasiado creído. Lo noto con apenas unos gestos.

Abel le hace pasar y yo les miro intentando decir algo. Me vuelve a coger del hombro y me arrastra por el pasillo. Oh, ¿entonces Cyn tenía razón? ¿Voy a ser ultrajada por estos dos tipos? No importa que sean unos dioses del Olimpo si yo voy a sufrir un escarnio.

—Perdona, pero tengo que llamar a...

—Tengo un poco de prisa. Marcos siempre llega tarde. —Fulmina con la mirada al otro chico que acaba de llegar.

—Tío, si es que siempre hay atascos a estas horas —se disculpa el tal Marcos.

—Pues sal antes de casa.

Volvemos a entrar en el estudio y Abel cierra la puerta tras de sí. Marcos se coloca ante la cámara y yo no sé dónde ponerme.

—Ve con él —Me indica Abel.

Me acerco con la mirada fija en el suelo. Una vez más mi cabeza se pregunta qué hago allí y por qué este hombre me ha elegido para su sesión fotográfica con otro tío que parece sacado de una película de adolescentes que se lucen sin camisa.

—¿Entonces vamos a hacerlo con ella? —pregunta Marcos, que me está mirando con el gesto torcido.

Yo arrugo la nariz y le devuelvo la mirada. No parece que le haga mucha gracia, así que llego a la conclusión de que está acostumbrando a posar con otro tipo de mujeres. Pero mira, Abel puso en su anuncio que quería chicas normales. Normales. Y si este musculitos no entiende esa palabra, que se aguante.

—Marcos, ponte de lado. Tú, Sara, también. Apoyad espalda contra espalda y agarraos de las manos.

Intento hacer lo que Abel me dice pero, en cuanto noto los músculos de Marcos contra mi cuerpo, me pongo tensa. Y a saber la cara que estoy poniendo.

Abel está mirando a través de la lente pero, al cabo de unos segundos, alza la vista. Se está mordiendo el labio inferior y se rasca la barbilla.

—No. Así no funciona —rumia—. Mejor ponte tras ella y tú, Sara, apoyas tu cabeza en su pecho.

—Mmm... —murmuro. No me está haciendo nada de gracia esto. Tengo ganas de salir por patas. Pero joder, ¡que necesito la pasta!

Así que, Sara, déjate de remilgos y posa. Posa por tu madre. Sólo serán unos minutos y después te darán la pasta y todos tan felices. Me sitúo tal y como Abel me ha dicho y vacío la mente para olvidar que tengo el cuerpo fornido del musculitos detrás de mí. Durante unos diez minutos, Abel nos retrata en unas cuantas poses, todas ellas bastante románticas. Y no ha sido tan difícil, aunque todavía no sé cómo he podido controlar el sudor. Entre los focos y mis nervios, me he muerto del calor.

—Vale, ya está —dice Abel.

Sonrío para mis adentros y me felicito por haber aguantado tan bien. Me he portado como una campeona y he ganado ciento cincuenta euros en un rato. Si esto es siempre así, quizá tenga que pensarme el participar en algún otro proyecto. Aunque seguramente no me quieran para ningún otro. A lo mejor lo que pasa es que Abel es uno de estos tipos raros a los que les gusta hacer obras experimentales y quiere hacer una sesión para contraponer la normalidad con la belleza. A saber qué les pasa por la cabeza a este tipo de gente.

Nos deja solos a Marcos y a mí. Supongo que habrá ido por mi dinero.

—¿Es tu primera vez? —me pregunta Marcos.

Dudo qué contestar. En realidad, no se me da bien mentir y está claro que se ha notado que soy una novata en esto. Si parecía el palo de una escoba los primeros cinco minutos.

—Sí. Necesitaba la pasta —respondo.

Él me mira con un gesto extraño. ¿Y qué esperaba? ¿Que fuese una modelo de pasarela?

—Abel paga bien, ¿eh?

Asiento y me doy la vuelta para observar la nada de la habitación. No me apetece hablar con este estúpido que me mira como a un bicho raro. En ese momento entra Abel con una bolsa colgando del brazo.

—Marcos, siéntate en la silla y ponla en tu regazo. Quiero ver cómo queda.

El otro asiente y me coge del brazo. Me acerca a él y me sienta en sus piernas. Doy un bote como si me hubiese quemado y el tío se encoge de hombros, asustado. Abel chasquea la lengua y se arrima a nosotros. Le hace un gesto a Marcos para que se levante de la silla y ocupa él su lugar.

—¿No puedes ser un poco más seductor y menos rudo? —le pregunta muy serio.

Me agarra de la cintura y en cuestión de segundos me sienta sobre él en una postura que ni yo misma me habría imaginado. Tengo la espalda apoyada en su pecho y puedo escuchar perfectamente cómo le late el corazón. Me pongo más nerviosa cuando noto sus dedos en mi cuello y me echa la cabeza hacia atrás, apoyando mi mejilla en la suya. Le huelo. Es una mezcla de hierbabuena con limón. Es un olor fresco y a la vez salvaje. Se me acelera la respiración cuando sus dedos bajan por mi garganta, acariciándola suavemente. Pasa algo. Lo siento en cada rincón de mi piel. Es una sensación que jamás había tenido. Me sube un ardor desde los pies hasta los muslos.

—Quiero esto. Quiero que la toques así para que se vea en la foto. ¿Lo entiendes?

Su aliento cálido me roza la mejilla y contengo la respiración. Tiene la otra mano apoyada en mi cintura y me la aprieta con suavidad. Entonces acerca sus labios a mi pómulo y me roza con ellos. Se me escapa un suave gemido.

—Y luego te pones así, como si quisieras besarla —continúa explicándole a Marcos—. La deseas, ¿entiendes? Tienes que transmitirlo.

Miro de reojo al musculitos. Tiene una expresión de concentración. Pobrecillo, en el fondo le entiendo. No le atraigo nada. Pero se supone que se dedica al modelaje así que, que actúe. Aunque supongo que es difícil hacerlo tan bien como lo hace el chico que tengo a mi espalda, sosteniéndome con sus fuertes manos. Casi me parece que me desea de verdad...

Me aparta con un poco de brusquedad y yo trastabillo. Continúo un poco atontada después de lo que ha sucedido. Dejo que el cabello me tape el rostro porque estoy un poco avergonzada. Y... también excitada. Noto que me arden las mejillas.

—A ver, Marcos, prueba tú ahora.

Y otra vez me veo en la misma situación que antes, aunque no es para nada igual. No hay esa vibración que he sentido cuando Abel ha puesto su mano en mi cuello y ha rozado sus labios en mi cara.

—Vale, no está mal —acepta, mirando a través de la lente.

Coge la bolsa y me la entrega. Me quedo mirándole sin entender nada y él me insta a abrirla y sacar lo que hay dentro. Cuando veo lo que es, me atraganto con mi propia saliva y me pongo a toser. Es un minúsculo vestido de colegiala, con su faldita y su corbata y todo.

—¿Qué es esto?

—Póntelo —me dice.

Observo una vez más el mini vestido y niego con la cabeza, devolviéndole la bolsa.

—No.

—¿Cómo que no?

—No estoy dispuesta a hacer ese tipo de fotos —me giro y veo con asombro que Marcos ya se había quitado la camisa y está sentado en la silla en una pose antinatural, como queriendo lucirse.

—¿Qué tipo de fotos?

—Pues... ya sabes. Fotos para hombres.

Abel me mira muy serio y, al fin, suelta una carcajada. Sus ojos azules se han oscurecido y ya no parece tan simpático como antes. Pero, a pesar de la dureza de su mirada, no puedo evitar pensar en el tacto de sus dedos contra mi piel. Ha sido tan diferente a todo lo vivido anteriormente que con tan sólo recordarlos se me acelera el pulso. Pero no. Tengo un límite. Y no voy a posar con ese vergonzoso atuendo.

—Venga, no seas tonta y ponte la ropa —dice.

Vuelvo a negar. Marcos nos mira con una sonrisa desde la silla. Se lo estará pasando bien con esta escenita. Estaba claro que yo no le gusto como compañera. Pues ale, ya puede quedarse tranquilo que yo me voy de aquí. Le doy la bolsa a Abel y me dirijo a la puerta.

—Oye, ¿qué estás haciendo? —me pregunta.

—Pues irme. ¿Es que no lo ves?

—Creí que querías hacer esto. ¿Para qué me has llamado entonces? —Se cruza de brazos.

—Y lo he hecho. Bueno, hasta cierto punto —digo, abriendo la puerta—. Pero es que no sabía que iba a tratarse de este tipo de fotos.

—Si quieres dedicarte a esto, tienes que estar preparada para cualquier cosa —Se acerca un poco a mí.

—Pues lo siento, pero no quiero dedicarme a esto —Salgo al pasillo—. Sólo necesitaba la pasta, pero da igual.

A mitad del recorrido me agarra del brazo y me impide continuar avanzando. Me giro hacia él y le miro malhumorada.

—Perdona, ¿me puedes soltar?

—¿No puedes dejar tu orgullo de lado y quedarte?

—Ya te he dicho que no.

Me suelta y yo sigo mi camino a la puerta. Agarro el abrigo y me lo pongo. Intento alcanzar el bolso, pero no llego. Noto una presencia a mi espalda. Es él, y está ayudándome a coger mi bolso. Me roza a propósito, estoy segura. Pero me gustaría que no se separase. ¿Qué cojones estoy pensando? ¡Lo que tengo que hacer es largarme de aquí! Será un artista, pero ese tipo de fotos son de uno vulgar.

Me entrega el bolso sin dejar de mirarme y sé que si yo lo hago durante mucho más estaré perdida. Así que escarbo en el bolso y saco el móvil. Mierda, diez llamadas perdidas, todas ellas de Cyn, por supuesto. Las borro, guardo el teléfono e intento sonreír.

—Perdona, en serio. Pero bueno, seguro que tienes a muchas otras modelos.

—Pero te quiero a ti —responde.

Me quedo muda. No puedo creer que haya dicho eso. ¿De verdad este hombre escultural me está diciendo eso a mí?

—Seguro que hay muchas mejores que yo para eso —respondo con la voz entrecortada.

Él se queda callado durante unos instantes.

—No —niega. El pulso se me acelera hasta que añade a continuación—: Tú no tienes apenas pecho. Tienes cuerpo y cara de niña. Me vienes al pelo para lo que quiero.

Nada más escuchar esas palabras siento que ardo de indignación. ¡Pero será capullo! ¿Ha insinuado acaso lo que creo? ¿Cómo me he dejado cegar por semejante maleducado? Me cuelgo el bolso al hombro y le fulmino con la mirada. Él no parece darse cuenta de ello. Intenta agarrarme una vez más del brazo, pero logro zafarme y abrir la puerta.

Cyn se cae sobre mí. Mi amiga tiene el rostro congestionado y me abraza con fuerza soltando grititos. Parece muy asustada.

—¿Pero estás loca o qué? ¡Te he llamado tropecientas veces! Habíamos quedado en que me harías una perdida si todo andaba bien. ¡Si he llamado hasta a la policía! —me grita, zarandeándome. Pero entonces mira por encima de mí y se queda callada. Vale, ha descubierto a Abel—. ¡La madre que me parió! —la oigo gritar.

—Venga, vamos —le digo—. Luego te contaré.

—Para que me digas que no existe un Christian Grey —me cuchichea al oído—. ¡Si este es mejor y todo!

Le dedica una sonrisa llena de dientes blancos. Oh, vaya, ahora es cuando él caerá rendido a los pies de mi amiga. Le pedirá el número de teléfono o algo así. Alzo la vista malhumorada, porque lo único que quiero es marcharme de allí, pero descubro con asombro que no parece estar interesado en Cyn. Continúa mirándome a mí y mis pensamientos vuelan otra vez al mirar sus manos.

—¡Oye! —exclama ella en ese momento, señalándolo—. Pero si tú eres Abel Ruiz, ¿no?

Él asiente sin dejar de mirarme.

—¿Quién? —pregunto.

—¿Cómo que quién? ¿En qué mundo vives, Sara? —Cyn me regaña con la mirada—. Abel es uno de los mejores fotógrafos de su generación. ¡Tía, que les ha hecho fotos hasta a famosos!

Me encojo de hombros. La verdad es que nunca me ha interesado la fotografía, así que no tengo ni idea. Y, de todos modos, me da igual. Será un fotógrafo estupendo y todo lo que quieran, pero yo no voy a vestirme de colegiala para que otros babeen al mirar las fotos. Así que agarro a Cyn del codo y la saco de allí. Me giro hacia Abel y me disculpo una vez más.

—En serio, lo siento.

Él va a decir algo porque le veo separar los labios, aunque se lo piensa mejor y se mantiene callado. Cyn y yo bajamos las escaleras a trompicones y, cuando por fin estamos abajo, escucho cerrarse la puerta y algo en mi interior se descoloca. ¿Por qué ahora me siento tan mal? Salimos a la calle y mi amiga empieza a parlotear como una loca.

—Joder, nena, en las fotos parecía guapo, ¡pero es que está como un tren en persona! ¿Te has fijado en los ojos que tiene? ¿En esa mirada tan caliente...? ¡Y te miraba a ti!

En realidad no la estoy escuchando porque sólo puedo pensar en el momento en que he estado sentada encima de él, con sus manos sobre mi cuerpo y sus labios tan cerca de mí. Hace más de un año que no estoy con un hombre, pero sé que no ha sido sólo por eso, ya que sé contenerme y tampoco es algo que necesite. Pero ha sido distinto. Ha sido... como una explosión en mi interior.

Cuando giro la cabeza y alzo la vista lo descubro asomado en uno de los balcones. No puedo descifrar su expresión, no sé si está enfadado o defraudado.

En todo caso, ¿qué importa? Jamás voy a volverlo a ver.