17
ME recorre todo el cuerpo con los ojos. Si no recuerdo mal, es la primera vez que me mira de este modo: con deseo, pero también con respeto. ¿Me estaré equivocando con él y quizá Cyn tenga razón? Cuando me doy cuenta ya ha despegado el trasero del coche y está adelantando el brazo para tenderme la mano. Yo la recibo con aparente tranquilidad, aunque por dentro tengo la fiesta montada. Ahora no sé si realmente ha sido una buena idea ponerme esta ropa, ya que puede que le lleve a malentendidos.
Me hace dar una vuelta sin apartar la vista ni un segundo de mí. Se está poniendo nervioso y todavía no entiendo los motivos. ¿Acaso no está siempre tan seguro de sí mismo? ¿Qué ha cambiado en mí para que consiga imponerle?
—Mírate... Estás... —Ni siquiera puede articular palabra, cuando siempre tiene una a punto.
—¿Guapa? —le intento ayudar con una tímida sonrisa.
—No... —responde confundido. Inmediatamente intenta aclarar su negación al ver mi rostro enfurruñado—. Me refiero a que estás mucho más que guapa.
—Vaya, ¿he dejado sin palabras al pretencioso Abel Ruiz? —pregunto con sarcasmo.
Se echa a reír y deposita un leve beso en el dorso de mi mano, como si yo fuese una auténtica dama. Me parece que ahora mismo, aunque me desea, no está pensando en lanzarme contra el coche y hacérmelo como un animal, sino que me imagina en cualquier otro lugar no relacionado con el sexo. ¡Lo he conseguido! ¡Le he desarmado! Ahora soy yo la que tiene el control en este juego que ha sido tan injusto para mí desde el principio.
—En realidad me lo ha prestado Cyn —aclaro señalándome el vestido. Él me está abriendo la puerta del copiloto y yo tomo asiento y le observo desde abajo. Se ha vestido muy elegante, con un pantalón gris de estilo plisado y un bonito cinturón. En la parte de arriba se ha puesto una camisa blanca con un chaleco por encima también de color gris y una corbata.
—Pues déjame decirte que tiene muy buen gusto —dice cuando se mete en el coche.
—Sí, tiene muchas cualidades, aunque la lealtad no figura entre ellas —Ya he empezado con las pullitas. Es la primera de la noche y va a haber muchas más. No obstante, parece que no lo ha entendido porque me observa confundido. Me encojo de hombros y le indico con gestos que arranque el coche.
—Menos mal que el lugar adonde te voy a llevar está a tu altura. —Conduce con una enorme sonrisa en la cara. Claro, pensará que esta noche lo tiene todo hecho tal y como siempre. ¡Qué equivocado está!
—¿Vamos otra vez al restaurante aquel de comida exótica? ¿Cómo se llamaba? —pregunto sin abandonar el tono sarcástico. Me acaricio la barbilla pensativa y doy una palma cuando lo recuerdo—. ¡Ah! Le Paradise, ¿no?
Se le borra por completo la sonrisa y se pone tenso. Está apretando el volante con tanta fuerza que los nudillos se le han puesto blancos. La nuez baja y sube con rapidez en su garganta. ¿Pero qué le ocurre ahora?
—No, esta vez no —contesta al cabo de un rato.
—Pensaba que te gustaban esos lugares. —Echo un vistazo por la ventanilla para saber dónde estamos y después dirijo la mirada hacia él.
Vaya, pero si parece que le va a dar un pequeño ataque. Se va a romper los dientes si los rechina con tanta fuerza. Me está empezando a asustar.
—¿A qué te refieres con eso? —pregunta sin apartar los ojos de la carretera.
No entiendo nada. ¿Ahora quiere hacerse el buenecito? Pero si fue él el que me llevó hasta allí y me hizo comer langosta y beber un extraño cóctel que me revolucionó todas las hormonas.
—Venga, no te hagas el tonto. —Le toco el brazo y da un brinco. Aparto la mano con el ceño fruncido—. ¿Qué pasa? ¿Es que no has llevado allí a otras para intentar ligártelas como a mí con toda esa comida afrodisíaca?
Enseguida aprecio que se relaja un poco. ¿Ves? Estas reacciones son las que no me gustan de él, porque no las entiendo, y aunque en las novelas sean muy interesantes, en la vida real me inquietan los misterios.
Durante un buen rato reina el silencio en el coche. Le noto bastante incómodo y no entiendo los motivos. Habíamos empezado muy bien. Yo había comenzado perfectamente con mi aparición estelar. Pues no quiero que me lo fastidie, tengo que conseguir que se relaje para hacerle creer lo que después no será. Le pregunto si puedo poner música y tan sólo asiente con la cabeza, muy serio. Ah, qué tío más raro. ¿Por qué me gusta tanto? Rebusco entre los CD’s y me decido por uno cuyo título reza «rock». Lo introduzco y me pongo a menear los hombros en cuanto escucho la canción de los Knack... My Sharona. Me encanta esta canción. No esperaba que a Abel le llamara la atención este tipo de música.
—Never gonna stop, give it up. Such a dirty mind... —canto bajito. Seguro que le gusta porque se siente identificado con la letra.
A medida que avanza la canción yo tarareo más alto, no lo puedo evitar. Soy de esas personas a las que les encanta cantar a grito pelado en la ducha y en los coches. Me imagino en un escenario como una auténtica cantante. Por el rabillo del ojo aprecio que Abel también está meneándose un poquito y sigue el ritmo de la música en el volante con los dedos.
—Come a little closer...
—Close enough to look in my eyes, Sharona —se une a mí por fin.
Cantamos juntos y hasta me parece que formamos un buen dúo. No puedo evitar sonreír.
—Is it just a matter of time, Sharona? Is it just destiny, destiny? Or is it just a game in my mind, Sharona? —Gira la cabeza para mirarme mientras canta esta parte.
Pues no lo sé, ¿a mí qué me dice? Me parece que el que empezó el juego —y encima de forma sucia— fue él. Le dedico una sonrisa llena de intenciones y él se vuelve a mirar la carretera con otra sonrisa. Sí, eso es lo que quiere, ¿eh? Pues jugaremos, pero a mi manera. Esta vez voy a ser yo la que mande aquí.
Llegamos al centro y se mete en un aparcamiento público. Por suerte cobré el dinero de los días de febrero que he trabajado en la academia, así que podré compartir los gastos esta noche, aunque me preocupa que me vuelva a llevar a un lugar tan lujoso como Le Paradise, ya que los precios deben de ser altísimos. Saco mi monedero y hurgo en el interior, pero él lo agarra y me lo mete en el bolsito. Intento quejarme en vano, porque ya está pagando la tarifa. Apaga el reproductor de música para aparcar y una vez salimos del coche, el silencio se instala una vez más entre nosotros. Caminamos así por las callejuelas del casco antiguo. Uf, está más callado que de costumbre y yo tampoco sé de lo que hablar. ¿Es que sólo tiene tema de conversación cuando se trata de sexo? Lo miro disimuladamente, aunque se da cuenta y me ruborizo como una tonta. He pensado en las dos veces que lo hicimos. No me puedo creer que yo me acostase con él sin apenas conocerlo. ¡Dios, ya vuelvo a estar tan nerviosa como una colegiala en su primera cita!
Nos adentramos en un callejón que desemboca en una hermosa plaza con una pequeña fuente. No he venido nunca por aquí, así que me encuentro un poco perdida. Señala con el dedo índice uno de los edificios más pintorescos, cuya planta baja es un restaurante italiano. La Dolce Vita. Venga, que cada día me va a llevar a degustar la comida de un país diferente. Eso sí, espero que no sea como el anterior, aunque no me consta que la comida italiana tenga efectos afrodisiacos. Al menos nunca me he puesto a tono comiendo una pizza o unos macarrones por muy buenos que estuviesen. Menudas tonterías pienso, menos mal que no se puede meter en mi cabeza porque si no pensaría que estoy chiflada.
Cuando entramos, un señor orondo corre hacia nosotros como mejor le deja la tripa. Suda como si estuviese en una caldera y las gotas se le deslizan por la frente y el rostro. Mientras se las seca con un pañuelo, estrecha con su manaza la de Abel y le da unas palmaditas en la espalda. Pienso que le molestará, pero se muestra tan contento. Ya estamos otra vez: seguro que viene mucho por aquí...
—Buona sera, Maestro Abel! Come stai? —le saluda el hombre con su atronadora voz. He entendido algo, esto es fácil.
—Va bene, grazie —responde Abel. Bueno, yo eso también sé decirlo. Pero a continuación se pone a hablar con una dicción perfecta—. Enrico, voglio il tavolo migliore per godere di un pasto con questa donna meravigliosa —Me señala y yo pongo gesto de estupefacción. Me he perdido, he entendido el nombre del señor y lo de mujer maravillosa, pero nada más.
El tal Enrico gira su rostro completamente sonrosado y abre su bocota enorme para esbozar una sonrisa. Me coge de las manos y me las aprieta con exagerada efusividad.
—Per favore! Questa signora è bellissima! Molto, sissignore... —grita casi en mi cara. Yo intento sonreír pero estoy demasiado conmocionada. Sin soltarme las manos le dice a Abel—: Sei fortunato signore!
Abel asiente muy complacido y se queda mirando a Enrico fijamente, hasta que este comprende lo que quiere. Me suelta sin dejar de sonreír y nos indica que le acompañemos. Mientras recorremos el restaurante yo me dedico a observarlo todo. En realidad no es muy grande, pero sí bonito. Está decorado de forma coqueta, con luz débil en el techo y velitas en todas las mesas, de forma que le otorga un ambiente íntimo. A pesar de estar bastante escondido, casi todas las mesas están ocupadas. En la mayoría de ellas hay parejitas cogidas de la mano, compartiendo una pizza o pasta. ¡Hum! No quiero rememorar la escena de La Dama y el Vagabundo con Abel. Me niego. Pero en el fondo sabía que me llevaría a algún lugar que le favoreciese a él. A la próxima decido yo y vamos al Burger King. Espera, ¿he dicho a la próxima? ¡No, por dios, pero si se supone que he venido a despedirme para siempre!
Enrico nos lleva a una de las mesas más apartadas. Es la más grande y la mejor decorada, pues además de las velitas hay un jarroncito con una rosa en el centro. Una vez sentados, deposita unas cartas en la mesa. ¿Nos va a tomar él el pedido? ¡Qué maravilla que no haya camareras mosconas! Aunque de todos modos, me acabo de dar cuenta de que muchas de las chicas y mujeres que están en el restaurante han girado sus cabezas para mirar a Abel mientras sus parejas o futuros maridos ponen mala cara.
—Enrico, per favore, prenderemo il miglior vino che hai a disposizione. Quale ci consigli? —continúa con su italiano de nivel C2, por lo menos. Yo lo miro con la boca abierta.
—Una signorina tanto bella e un signore tanto elegante devono scegliere senza dubbio il Brunello di Montalcino —contesta Enrico sin perder la sonrisa.
Abel asiente y abre la carta para echarle un vistazo. El hombre se ha marchado en busca del vino y yo aprovecho para decirle:
—Hablas italiano como un nativo.
Me mira por encima de la carta y me guiña un ojo, lo que me produce un cosquilleo en el estómago. Eh, eh, Sara, recuerda a lo que has venido.
—Mi padre y yo vivimos en Italia durante diez años. Allí él conoció a Enrico —me explica, retomando su lectura del menú — y se hicieron buenos amigos.
¡Oh! Entonces ahora entiendo que me haya traído aquí. Es un lugar totalmente diferente a Le Paradise, mucho más modesto y con personas más amables. Vale, lo que quiero decir es que no hay camareras con las faldas subidas. ¿Seré la única a la que ha traído aquí? No quiero hacerme vanas ilusiones, no es esa mi intención y debo tenerlo claro.
Enrico se acerca con el vino en la cubitera y lo sitúa ante nuestra mesa. A continuación lo descorcha y sirve un poco en la copa de Abel, el cual la coge y le da un trago. Observo con atención cómo lo saborea y asiente con la cabeza.
—Bravo, Enrico! —le felicita.
El hombre está eufórico. Le sirve un poco más y luego hace más de lo mismo en la mía. Ambos se me quedan mirando con expectación. Ah, quieren que ahora lo pruebe yo. De acuerdo... Me lo acerco a la nariz como he visto hacer en las películas y lo huelo. Uhm, está bien, creo que debe ser afrutado. Doy un traguito y lo saboreo en mi paladar. Vaya, sí está bueno, aunque es bastante intenso. Observo con curiosidad la brillantez de su color granate. Esto se me va a subir a la cabeza muy pronto, así que tengo que ir con cuidado.
—Ti piace? —me pregunta el hombre.
—Que si te gusta —traduce Abel.
Asiento con la cabeza y Enrico se cruza las manos en la enorme barriga y suelta una estridente carcajada. Qué hombre más curioso, al principio me ha chocado su apariencia, pero cada vez me cae mejor. Parece una persona muy familiar, afable y espontánea. Me doy cuenta de que Abel está estudiando la carta otra vez y yo me dispongo a hacer lo mismo cuando le dice a Enrico:
—Voglio un vassoio di formaggi... Fa pecorino?
¿Eh? ¿Pero qué está diciendo? No me entero de nada, sólo de algo sobre queso. ¿Estará pidiendo una pizza?
—E in secondo luogo, bistecca alla fiorentina —continúa. ¿Tanto va a comer?
—Ottima scelta —El hombre debe de tener muy buena memoria, porque ni siquiera ha tomado nota del pedido.
Veo que se va a marchar, así que le llamo:
—Perdone, pero yo no he pedido aún.
Enrico me mira confundido y luego se gira hacia Abel. Este está negando con la cabeza con una expresión divertida en el rostro.
—Lo he hecho yo por ti, Sara.
¡Ya estamos como la otra vez! ¿Pero qué se ha creído, que es mi amo y señor? ¡Yo dispongo de libre albedrío y no quiero que nadie elija por mí, y mucho menos él, que lo hace para dárselas de hombre interesante!
—¿Podrías dejar que decida yo lo que me apetece? —le espeto, muy seria. Él se encoge de hombros con una expresión de fastidio.
Abro la carta que tengo en la mesa y le echo un vistazo. Pero será posible... ¿No me va a llevar nunca a un restaurante en el que esté la traducción? ¡Otra vez hay un montón de nombres raros que no entiendo, y sólo quiero una pizza cuatro quesos! Suelto la carta un poco avergonzada y le digo a Enrico que me traiga la pizza. El hombre asiente sin saber muy bien qué hacer, pero Abel alza una mano para detenerle y a continuación me pregunta:
—¿De verdad vas a comerte sólo eso? La esposa y la hija de Enrico son las mejores cocineras de su región. No les hagas ese feo.
—Pero... —intento quejarme porque ya habíamos quedado en que hoy iba a ser un poco tocapelotas.
—Creo que deberías probar la auténtica cocina italiana para saborear este fantástico vino —Da unos golpecitos en la copa con el dedo índice.
Yo me encojo en la silla porque en realidad tiene bastante razón. Si en este restaurante la especialidad no es la pizza, entonces debería probar otra cosa. Suelto un suspiro y asiento con la cabeza como para decirle que estoy de acuerdo con lo que él haya pedido. Enrico sonríe con toda la cara iluminada y antes de irse le da unas palmaditas en la espalda como a nuestra llegada.
—Espero que la comida no sea como la del otro restaurante... —Entrecierro los ojos y finjo que estoy muy molesta.
Él suelta una risita y se echa hacia delante. Me atrae con los dedos y yo, como tonta que soy, le hago caso y acudo a su llamada, inclinándome también sobre la mesa. ¿Qué me quiere decir ahora? ¿Acaso me va a confesar lo de la tal Nina...? Me clava esa mirada penetrante que tiene... Sus ojos son un mar embravecido, repleto de olas que me arrastrarían al peor de los destinos. ¡Ay, por favor, qué guapo está con la luz de estas velas reflejadas en el rostro!
—Lo cierto es que es verdad —susurra con voz seductora. ¡Oh, sí, sí, ahí va a confesarlo! Entonces sabe muy bien por qué estoy enfadada... ¡Es un caradura!—. Jugué sucio aquella vez, pero tú estabas muy dispuesta a dejarte seducir. —Me toca la nariz y vuelve a la posición de antes, con la espalda apoyada en el respaldo. Me mira mientras da un sorbo al vino.
¡Será gilipollas! No, la gilipollas soy yo que pensaba que iba a ser sincero. Y lo único que me suelta es esa tontería... Eso sí, con una voz que me ha dejado completamente excitada. Me lo llega a susurrar al oído y ahora mismo habría caído. Tengo que recordar las reglas que me he establecido: lejanía, no contacto visual y ser muy antipática. Tengo que lograrlo. ¡Sé que puedo!
—No es cierto, fue el cóctel que se me subió a la cabeza —me apresuro a contestar.
—Y se te bajó a otro sitio. —Se pasa la lengua por los labios sin quitar la sonrisa de capullo engreído.
—Si vuelves a hablarme así, me levanto y me voy —digo, haciéndome la digna.
Él se rasca la barbilla con la ceja arqueada y me señala con la barbilla la copa de vino. Yo la cojo y le doy otro sorbito pequeño. Este me quiere emborrachar, lo tengo bien claro. Pues va a ser que hoy no... No puedo permitir que la lucidez me abandone.
—¿No tienes nada que contarme? —Voy a ir dándole alguna pista porque está claro que si es por él nos tiramos aquí toda la noche sin que suelte prenda.
—¿Qué quieres saber? —me pregunta con una sonrisa divertida. Oh, ya han aparecido esos hoyuelos en todo su esplendor. Cuánto los he echado de menos...
Aparto la vista y mi pierna se empieza a mover con la misma rapidez que un cohete a propulsión. Mierda, que va a darse cuenta de que estoy nerviosa. Veo unos pies familiares acercándose y levanto la cabeza con emoción. ¡Sí, ya viene Enrico con la comida! Me va a salvar. Lo miro con adoración y agradecimiento cuando deposita sobre la mesa una bandeja repleta de quesos de todo tipo. ¡Vaya, no me esperaba esto! Me encanta el queso y estos tienen una pinta estupenda. Nos dice algo, supongo que será un aproveche o algo por el estilo, y se vuelve para atender a una pareja que acaba de entrar.
—Espero que te guste.
Asiento muy feliz y doy vueltas con el dedo sobre la bandeja porque no sé por cuál decidirme. Creo que no conozco ninguno así de buenas a primeras, hay algunos que me parecen iguales que los que yo me compro en el supermercado, y otros que tienen diferente aspecto.
—Prueba este —Coge un pedacito de uno que a mi parecer es muy normal—. Es de oveja. Tiene un sabor estupendo.
Voy a cogerlo cuando él aparta la mano. Me quedo mirándolo sin entender nada, y entonces me arrima el queso a la boca. No, me niego. He dicho que quería quedarme alejada de él, y si permito que me meta el trozo seguramente me rozará y ya la habré fastidiado. Me remuevo en el asiento y me muerdo los labios. Él no desiste, cada vez me acerca más el pedazo. Miro por el rabillo del ojo a mi derecha y descubro a un par de parejas mirándonos con curiosidad. Joder, encima estaremos haciendo el ridículo y voy a parecer una sosa. Está bien, dejaré que me dé de comer, pero sólo una vez. Abro la boca todo lo que puedo para que no me roce nada. Creo que parezco algo rara, pero me da igual. Me lo introduce un poco y me hace un gesto para que la cierre, pero no quiero porque sus dedos están ahí y me imagino que no los va a apartar. No puedo aguantar más, debo ser la tía más estúpida con la que se ha topado en su vida... Pero entonces se me ocurre que puedo provocarle, seguir con la estrategia que había pensado. Si me puedo controlar, no pasará nada.
Así que cierro mis dientes entorno al queso y a sus dedos, los cuales rozo suavemente con los dientes y la lengua. Él los saca y yo me dedico a masticar el pedazo de queso con lentitud, tratando de parecer lo más sexy posible. No sé si lo estoy consiguiendo o parezco tonta. Supongo que lo primero porque se le han oscurecido los ojos como cuando se empieza a excitar.
—Bebe vino —me ordena con voz grave.
Trago lo que me queda y bebo un sorbo, este vez un poco más largo que el anterior. Oh, está exquisito después del queso. Me limpio los labios con una servilleta y observo su reacción. Sé que se le ha olvidado lo que ha sentido al verme salir del portal y que está convirtiéndose en el Abel salvaje que conocí. Alarga una mano por encima de la mesa y atrapa la mía, aunque he intentado retirarla. Mierda, mierda, no, el tacto no. Bajo la vista al mantel rojo y lo estudio como si me fuese la vida en ello.
—Mírame. —Otra orden.
No debo hacerlo, pero me voy a morir si no alzo el rostro y me pierdo en sus ojos. Así que es lo que hago y un espasmo de placer me recorre el cuerpo cuando me veo reflejada en ellos. El corazón se me dispara y escucho el retumbar de mis propios latidos. Basta el roce de sus suaves dedos en la palma de mi mano para que todo mi ser despierte de su letargo. Se inclina hacia adelante y yo lo imito casi al mismo tiempo. ¿Por qué soy como una marioneta en sus manos? Dejo que coloque su boca cerca de mi oído porque ansío notar su aliento en mi piel.
—Sara... —sus labios me rozan el lóbulo de la oreja y no puedo evitar estremecerme. Madre mía, ha conseguido que me excite con tan sólo eso. ¿Qué va a pasar después? Por favor, ¡que alguien me ayude a apartarme de este maldito seductor!— No te puedes ni imaginar lo que te voy a hacer esta noche. ¿Crees que podrás controlar tus gritos de placer? —Noto un matiz travieso en su voz.
Eh... ¡No, no! Esta noche nadie va a gritar. No al menos de placer como dice él. Si lo hago será porque le estoy cantando las cuarenta como me propuse. Intento apartarme pero aprecio que sus dientes se disponen a mordisquearme el lóbulo... ¡Por nada del mundo voy a permitirlo! Me echo hacia atrás de golpe y, sin quererlo, tumbo mi copa de vino, el cual se derrama por encima de la mesa. Abel se levanta maldiciendo y me lanza una mirada furibunda. Bueno, no se puede quejar porque tiene buenos reflejos y no se ha manchado la ropa. Enrico viene corriendo, preguntando a voz en grito lo que ha sucedido, y yo aprovecho para escaquearme con la excusa de que necesito ir al baño a limpiarme. No sé si se ha dado cuenta de que no me he manchado, pero da igual. La cuestión es escapar de este ambiente infectado de hormonas. Porque estoy excitadísima y al final no voy a poder ocultarlo.
Me escapo de las curiosas miradas de la gente y entro en el baño. No era esto a lo que venía, ¿por qué no estoy actuando correctamente? He sido una ilusa; jamás podría huir con esos ojos alterando todos mis sentidos. Tengo la piel ardiendo, así que abro el grifo y me mojo la nuca y las muñecas para que me baje la calentura. Me inclino sobre el lavabo para lavarme la cara. Cierro los ojos y dejo que el agua fría apague el fuego de mi piel. La puerta se abre. Joder, qué inoportunas somos las mujeres. Pero entonces noto una fuerte mano cogiéndome de la cadera y la otra subiéndome la parte trasera del vestido. Una enorme erección se aprieta contra mi culo.
—Me has dejado en ridículo ahí fuera y voy a darte tu castigo —Oh... Mierda.