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NADA más llegar al piso, Cyn se puso a gritar y a hablar consigo misma. Seguramente estaba enfadada porque durante el trayecto de vuelta a casa le dije que no abriera la boca a riesgo de que me mudara de piso.
—¡Pero tienes que contarme lo que ha pasado! —se quejó—. ¿Cuánto te ha pagado?
Y hasta ahí llegó la conversación porque me mantuve callada y, mientras ella despotricaba contra mí, yo me encerré en el baño dispuesta a darme una ducha. Y enjabonándome descubrí que estaba pensando en el maldito fotógrafo, en sus salvajes ojos y en su forma de andar, desenfadada pero al mismo tiempo elegante. Y en sus manos, en sus labios, en su cuerpo, en su culo... ¡Madre de dios! Acabé peor al salir que al entrar en la ducha.
Y, para colmo, toda la noche estuve soñando con él: me sacaba fotos insinuantes y yo sonreía a la cámara y me dejaba hacer. Me desperté sobresaltada unas cuantas veces, empapada en sudor y con unas cosquillas insoportables en el bajo vientre. ¡Maldito seas, fotógrafo!
La consecuencia de todo eso es que me he levantado hecha polvo esta mañana. Ahora estoy intentando ocultar las ojeras, pero no hay manera. En ese momento entra Cyn en el aseo, fresca como una lechuga y, como siempre, con una gran sonrisa en su bonito rostro. Me aparta con un suave golpe de cadera y se empieza a aplicar rímel.
—Qué mala cara, hija —dice.
No contesto. Me limito a pasarme el cepillo por el pelo en un intento de parecer una persona decente. A estas horas es difícil.
—Me debes una explicación —me recuerda.
Suspiro. Sí, no puedo postergarlo más. Aunque yo bajo unas paradas antes que ella, nos espera un trayecto de quince minutos en metro. Cyn estudia Derecho en la universidad privada y yo Filología en la pública. Como veis, el día y la noche.
Caminamos en silencio, tan sólo interrumpido por el molesto taconeo de mi amiga. Me duele la cabeza y me irrita, pero tampoco voy a empezar a regañar a primera hora de la mañana. Por suerte, tenemos una boca de metro muy cerca de casa, y en unos minutos ya nos encontramos bajando las escaleras.
—Bueno, ¿entonces qué? ¿Tienes el dinero? —me pregunta una vez, bajito, mientras esperamos el metro.
—No —Me encojo ante su virulenta mirada.
—¿Cómo? ¿Ese cabrón no te ha pagado? —levanta la voz.
—No es eso —La intento tranquilizar—. Es que me fui antes de que pudiera hacerlo. Ni siquiera pensé en preguntarle por el dinero.
—Pero, ¿por qué? —Se gira y le sonríe a un chico que se ha situado a nuestro lado. Después vuelve su atención a mí—. ¿Intentó sobrepasarse contigo?
—¿Qué dices? —Llega el metro y entramos a trompicones con el resto de personas medio dormidas. Como cada mañana, no hay asientos libres y nos tenemos que quedar de pie, apretujadas entre los trabajadores y estudiantes—. Es que quería hacerme fotos raras —añado.
—¿Te refieres a fotos guarras? —La señora que está de pie a su lado la mira con mala cara.
—¡Chsss! —siseo—. No sé cómo eran las fotos; no me quedé para enterarme —bajo la voz y me acerco—. Quería que me pusiera un vestido de colegiala.
Cyn se echa a reír sobresaltando a los viajeros más cercanos a nosotras. No sé cómo puede tener tanta energía a estas horas de la mañana. Yo me caigo de sueño y parezco una muerta en vida.
—La verdad es que te pega.
—Esa no es la cuestión —respondo irritada.
—¿Y estabas tú sola?
—Había otro chico en la sesión —Recuerdo al musculitos e inmediatamente aumenta mi mal humor matutino.
—¿Y estaba tan bueno como el fotógrafo?
—¿Qué más da eso?
Cyn me mira como si no me entendiera. Al cabo de unos segundos, suelta ante la mirada horrorizada de la señora de pelo cardado:
—Has imaginado que te lo tirabas, ¿verdad?
—¿Puedes bajar la voz? —Miro a la mujer con una inocente sonrisa para disculparme.
—Pero lo has hecho, ¿no?
No respondo. Cyn da una palmada y me abraza emocionada. Está loquísima.
—Si al final no somos tan diferentes —dice con una pícara sonrisa.
—La diferencia entre las dos es que tú llevarías la fantasía a la práctica —Le doy un golpe bajo.
Ella chasquea la lengua y me da un golpecito en el hombro.
—Entonces reconoces que tienes fantasías —se le ensancha la sonrisa—. Pero oye, que te entiendo. Cualquiera las tendría con un tío como ese.
—No es eso. Es otra cosa —digo mirando la pantallita. Todavía me quedan dos paradas y tengo unas ganas tremendas de salir ya.
—¿Y qué cosita es? —canturrea. Dios, me dan ganas de matarla. Necesito un poco de silencio por las mañanas y ella nunca me lo concede.
—Fue algo extraño —rumio—. Cuando me tocó, me sentí diferente a cuando lo han hecho otros.
—¿Cómo que te tocó? —Ya está alzando la voz otra vez.
Y la señora continúa mirándola con desagradado. Con cada minuto que pasa siento más vergüenza.
—Que no es lo que tú piensas.
—La cuestión es —Se lleva la mano derecha al pelo y se lo arregla mirándose en la oscura ventanilla— que te ha encantado —Me clava su iris azul—. ¿Cuánto tiempo llevas sin acostarte con alguien, Sara?
La mujer se remueve incómoda y parece estar a punto de decir algo cuando Cyn le suelta:
—¿Le pasa algo, señora?
Esta se queda con cara de alucinada e intenta alejarse por el atestado pasillo del vagón.
—¡Cyn! —la regaño.
—¿Qué? A ver si no podemos hablar de lo que queramos por culpa de una señora amargada.
Meneo la cabeza y me dispongo a acercarme a la puerta; la próxima es mi parada. Pero Cyn me agarra del brazo.
—Y tal y como él te miraba, tienes posibilidades. Hazme caso, que soy una experta en darme cuenta de esas cosas.
—Hazme un favor: cierra ya la boquita, guapa —Me suelto de su mano.
Cyn se inclina porque es más alta que yo y acerca su mejilla a mis labios. Le planto un beso y le deseo los buenos días.
—Eres una regañona —me dice, divertida.
—Eres tú, que sacas lo peor de mí —me excuso.
Aprieto contra mi pecho los libros que no me caben en la mochila y voy pidiendo a la gente adormilada que me deje pasar. Odio esta hora: todo el mundo va a estudiar y es un caos para tener que salir y entrar, además de los irritantes empujones que te dan unos y otros. Ya hay un par de chicas que me están empujando para colocarse justo delante de la puerta.
Antes de que el vagón se detenga, Cyn me llama. Me giro para ver qué es lo que quiere ahora. A diferencia mía, ella se las apaña muy bien abriéndose paso en lugares abarrotados. Incluso hay algunos chicos que la están dejando pasar, muy contentos de ofrecerle sus servicios. Cuando llega hasta mí, le pregunto:
—¿Adónde vas?
—Oh, nada, sólo quería decirte una cosa. Ayer no me dejaste.
Levanto las manos como preguntándole qué es eso tan importante que le ha hecho venir hasta mí para decírmelo cara a cara.
—En el Museo de Arte Moderno hay una exposición suya hasta mañana —Le brillan los ojos—. Dicen que es muy buena.
Eres una capulla, Cynthia García.
Parece que el capullismo se contagia. Estoy yendo hacia el museo. No sé para qué, si nunca me ha interesado realmente la fotografía. Pero siento curiosidad por saber de qué se trata la exposición. ¿Serán chicas vestidas de colegialas o enfermeras? No creo que en el Museo de Arte Moderno dejen exhibir algo así, ¿no?
La cuestión es que he estado toda la mañana pensando en lo de ayer. Y por culpa de pensar en eso no he tratado de encontrar una solución para mi falta de dinero. Me queda un maldito día. Uno. Me van a anular la matrícula. Mira que el año pasado leí casos de estudiantes a los que les habían quitado la beca o les reclamaban parte de ella. Pues este año me ha tocado a mí pasarlas canutas. ¿Y qué voy a hacer, ahora, a mitad del curso sin matrícula, después de haber hecho los exámenes del primer cuatrimestre? Y encima con buenas notas. Esto me confirma que unos nacen con estrella y otros estrellados. Yo debo haberme caído con todo el firmamento sobre mi cabeza.
Me detengo ante el vanguardista edificio y lo contemplo con nerviosismo. En la fachada hay dos carteles publicitarios que informan de las exposiciones de este mes. Una de ellas es sobre la brujería a lo largo de la historia y, la otra, es la de Abel. Tiene un título en alemán, así que no me entero de nada de lo que dice. Pero me llama la atención la foto del anuncio: unos ancianos de rostro arrugado que están sentados cara a cara y se miran con intensidad.
Entonces qué hago, ¿entro? ¿No entro? Un par de transeúntes pasan por mi lado y se me quedan mirando con curiosidad. Es que estoy dando saltitos sobre un pie y otro. Y tengo las manos llenas de libros. Sin pensarlo más, me abalanzo sobre el edificio y traspaso su puerta. Ya estoy aquí. Ahora no me voy a echar atrás. Al fondo de la entrada hay un mostrador y cuando paso por delante, el guardia me llama:
—Perdone, señorita: no se puede entrar con la mochila —Señala el armatoste que llevo colgando de la espalda.
—Oh, lo siento —Apoyo los libros en el mostrador y le doy la mochila. El señor, bajito y rechoncho, la coge y la mete en una taquilla. A continuación hace lo mismo con los libros y me entrega una llave.
—¿Quiere algún folleto?
—Eh... Sí. Uno de la exposición de Abel Ruiz —digo con voz temblorosa. Pero bueno, parezco gilipollas. A este señor le da igual que vaya a ver eso o a resguardarme del frío.
—Aquí tiene. —Me entrega un papel doblado y le doy las gracias.
En el folleto dice que la exposición está en la primera planta, así que me dirijo a las escaleras. No me encuentro con nadie por el camino. Los miércoles salgo antes de clase y no es normal que la gente venga al museo a las doce de la mañana. Por fin llego al primer piso y me encuentro ante una sala repleta de fotografías. Me detengo unos segundos para leer la biografía de Abel. Nació en Madrid, aunque se trasladó a Valencia a los diez años. Tiene veintiocho años y se dedica a la fotografía desde hace diez, aunque desde siempre ha sido su afición. Después pone premios y galardones que ha recibido por su trabajo. Nada más. Bueno, ¿y qué esperaba que pusiera en un folleto informativo? ¿Cuál es su color preferido? ¿Qué hace en su tiempo libre? ¿Cuántas novias ha tenido?
Me río de mi propia ocurrencia y camino hacia la primera fotografía. Tras echar una ojeada a mi alrededor, me doy cuenta de que todas son en blanco y negro. Ese es un detalle que me gusta. Esta es la de los ancianos que se anunciaba en la fachada. La forma en que se miran hace que sienta un escalofrío. Parece que se adoren, que se amen y deseen, todo en una. ¿Serán matrimonio esos adorables abuelitos? Porque si no, son unos modelos perfectos.
Me dirijo a la siguiente foto y contengo la respiración. Se trata de una mujer de mediana edad, con la cara quemada, que sostiene en brazos a una chiquilla de unos tres años. Posiblemente su hija. Pero lo que me deja sin habla es el modo en que la nena mira a la mujer: veo en sus ojos un amor por encima de todo. Tiene una manita apoyada en la mejilla de su madre, como si se la estuviera acariciando. Es precioso. Se me han puesto hasta los pelos de punta.
En la siguiente aparecen dos jóvenes, un chico y una chica. Ella es terriblemente hermosa y, sin entender por qué, siento un pinchazo en el estómago. Me molesta un poco que esta muchacha haya posado para Abel. Pero, ¿por qué cojones me tiene que importar a mí eso? Estoy hasta la coronilla de mi actitud de adolescente con las hormonas revolucionadas. Me concentro en la foto una vez más. El chico no tiene piernas, pero sonríe con una gran felicidad. Ella también está riendo, abrazándolo desde atrás. Parecen muy felices.
Durante unos quince minutos me dedico a contemplar las fotos. En algunas me quedo atontada, impresionada por la belleza que me transmiten. Es como si Abel supiera captar lo mejor de todas esas personas que salen en ellas y reflejarlo en su trabajo. No puedo evitar sentirme incómoda. Quizá me equivoqué con él. ¡Pero es que lo que pretendía que me pusiera no tiene nada que ver con esto! Aquí no hay enfermeras ni colegialas sexys, sino hombres y mujeres normales, pero que son increíblemente hermosos a través de su lente.
Me quedo en el centro de la sala un rato, echando un vistazo desde lejos a cada una de las fotos. En serio, son increíbles. Es cierto que es muy bueno. A pesar de mis pocos conocimientos, me doy cuenta de ello. Me han transmitido un sinfín de sensaciones y mientras bajo las escaleras pienso en ellas. Quizá vuelva mañana para contemplar las fotos por última vez.
El guardia me da la mochila y los libros y me pregunta si me ha gustado. Asiento con entusiasmo. Me cuelgo la mochila y me despido de él con la cabeza, ya que tengo los brazos ocupados. Me doy la vuelta y entonces lo veo. Está entrando por la puerta acompañado de dos hombres y una mujer. Mierda, mierda. ¿Qué hago? ¡No quiero que me vea aquí! Me giro para correr hacia la otra exposición y esconderme, pero mi torpeza hace que tropiece con la mullida alfombra y que a punto esté de caerme. Un par de libros aterrizan en el suelo. Me agacho de inmediato para recogerlos y entonces, una sombra se cierne sobre mí. Me ayuda a coger el libro que me queda. Yo me mantengo acuclillada mientras alargo la mano para recibirlo. Intento que no me vea la cara.
—¿Sara?
Joder. Me ha reconocido. Y encima se acuerda de mi nombre. Sin más remedio, alzo la barbilla y le sonrío de forma nerviosa desde abajo.
No recordaba lo alto que era.
No recordaba lo atractivo que es.
No me acordaba de lo sexy que puede ser un hombre vestido de traje, aunque sea informal.
No había pensado en que a él le pudiera sentar tan bien.