12
¡UGH! ME encuentro fatal. El sabor amargo que siento en la boca es horrible. Además del peso que me atenaza el estómago. Menudo resacón. Alguien debería haberme parado los pies anoche, aunque entiendo que mis amigas no se atrevieran. Era un basilisco andante.
Me tapo los ojos con el antebrazo para impedir que me llegue la luz del sol. No obstante, anoche no bajé la persiana y los rayos entran por la ventana haciéndome saber que no voy a poder dormir de nuevo. Así que lo mejor va a ser levantarme, beberme un enorme vaso de agua y tomarme un ibuprofeno. Consigo arrastrarme fuera de la cama y me acerco al espejo de la cómoda. Dios mío. Soy un zombi. O peor: soy un zombi resacoso. Ni siquiera me desvestí y me acabo de dar cuenta de que tengo un poco de vómito en la camiseta. Inmediatamente corro a la cama para averiguar si también devolví en ella, pero todo parece en orden. Me cambio y me pongo la camisa del pijama para estar más cómoda.
Encogida y con mil tambores en la cabeza, abro la puerta de la habitación y me asomo al pasillo. Todo está en silencio. De puntillas me encamino al comedor y cuando llego, me tapo la boca con la mano. En el sofá están Cyn y Kurt en un lío de piernas y brazos. Él está con el torso desnudo y mi amiga lleva la falda subida casi hasta la cintura. Por tu bien, Cynthia, espero que no te lo hayas tirado en nuestro sofá. Creo que ahora me duele más el estómago. Me doy prisa en llegar a la cocina y cojo un vaso, mi querida medicina y la botella de agua.
Cuando me lo estoy tomando, alguien me coge de la cintura por atrás y doy un brinco. Al girarme me encuentro con Eva, que tiene casi la misma mala cara que yo. Eso sí, la tía ya viene con un cigarro en la mano. Apunta con el dedo a sus espaldas, en dirección al comedor. Yo asiento con la cabeza.
—¿Cuánto te apuestas a que le ha desvirgado? —Se ríe con su propia ocurrencia, pero enseguida se detiene y esboza un gesto de dolor—. Mi cabeza.
Saco otro ibuprofeno de la caja y se lo tiendo. Ella lo coge con rapidez y se lo toma de un trago. A continuación se sitúa delante del fregadero y, mientras observa los vasos que hay en él, me pregunta:
—Amorcito, ¿cuánto bebimos ayer?
—No lo tengo claro, pero creo que mucho —contesto, apoyada en la encimera y con los ojos cerrados. Por favor, que haga ya efecto el puto medicamento.
—Tengo la mente un poco embotada.
Cuando se gira hacia mí, observo sus ojeras y su pálido rostro. Lleva los ojos tan manchados de khol que parece un panda. Me siento fatal, pero no puedo evitar sonreír. De todos modos, pronto se me borra porque yo sí recuerdo todo lo de anoche. ¿Por qué en otras ocasiones, cuando me ha ocurrido algo bueno, mi mente ha tenido que olvidarlo y esta vez no? Tengo que hacer algo para echar de una patada esta pelota que rebota una y otra vez en mi estómago. Porque sé que no se debe únicamente a la resaca.
—¿Qué hora es? —Eva se arrima en ese momento al microondas—. Uy, pensaba que sería más tarde.
Me giro y la miro yo también. Las doce. Me da tiempo a pegarme una buena ducha y a irme al pueblo a casa de mi madre. Hoy necesito su comida, sus abrazos, sus besos y su forma de tratarme como si fuese la mejor del mundo. Nadie como ella me va a hacer sentir tan bien.
—Voy a ir a pasar el día a casa de mis padres.
Eva se enciende el cigarro y me escruta durante unos segundos. Creo que se está debatiendo entre decir algo sobre lo de anoche o quedarse callada. Al final, opta por lo segundo y tan sólo asiente con la cabeza. Echa la ceniza por el fregadero.
—Yo no tardaré en irme tampoco. Mis padres me esperan para comer.
Me separo de la encimera y le doy un abrazo. Ella sabe por qué se lo doy. No suelo ser muy cariñosa, pero es que me alegro muchísimo de que no sea una bocazas. El silencio, hoy, lo es todo para mí. Y por eso, quiero largarme antes de que Cyn se despierte. Sé que no lo hace a malas, pero ella no puede mantener la boca cerrada.
—Voy a ducharme, ¿vale? —le digo. Eva asiente con la cabeza—. Desayuna o haz lo que quieras.
Me asomo al comedor para asegurarme de que los tortolitos están durmiendo todavía. Tengo que confesar que me dan un poco de envidia. Se les ve muy bien juntos, a pesar de ser tan diferentes. Cojo las toallas, la ropa y el móvil y marcho al cuarto de baño. Una vez allí, me siento en la taza y lo observo. Me da un poco de miedo encenderlo porque no sé lo que me voy a encontrar, pero la cuestión es que tengo que llamar a mi madre para avisarla. Después de un par de minutos en los que mis piernas se han puesto a danzar al ritmo del baile de San Vito, decido enchufarlo. Lo que tenga que ser, será. Y no puedo hacer nada.
Marco el pin y la melodía de inicio retruena en mis oídos. Todo parece ir a cámara lenta. El balón del estómago bota y bota cada vez a más velocidad y la garganta se me ha quedado de nuevo seca. Por favor, que no haya nada, que no... Mierda, pues sí que lo hay. Y no se trata de una perdida o dos, sino de quince. No me lo puedo creer. Aunque quizás no sean todas de él. A lo mejor no lo es ninguna. Entro al registro y trago saliva, muy confundida. Pues sí, sí son de él. Las quince. Casi todas muy seguidas. Una a las dos, otra a las dos y cuarto, a las dos y media, a las tres menos veinte... La penúltima es a las cinco y la última a las siete. ¿Pero qué es esto? ¿Una forma de intimidarme o qué?
Inmediatamente, empieza a sonar el pitido del whatsApp. Uno, dos, tres, cinco, siete... Joder, joder. Esto es una locura. No debería abrirlo. Y si lo hago, pues borro su conversación y ya está. Pero sé que no voy a poder contenerme, así que hago de tripas corazón y me meto en el programa para leer sus mensajes. Porque está claro que van a ser de él. Cuando leo lo que yo le puse, siento vergüenza de mí misma. Cuando lo estaba escribiendo me parecía que todo estaba muy correcto, pero ahora descubro que está fatal redactado, aunque el mensaje se entiende al completo. En el mismo minuto en el que yo se lo envié, llegó su respuesta:
«¿¿?? ¿Qué te pasa? ¿De qué hablas? No estarás borracha otra vez, ¿verdad?».
A los cinco minutos me escribió otro:
«Oye, te estoy llamando y me sale como apagado... Espero que sea que no tienes cobertura».
Y a los dos minutos después de este, el siguiente:
«Sara, ¿se puede saber qué estás haciendo? ¿Qué coño te pasa? ¿Por qué me hablas así?».
Después se detuvo durante una media hora, aunque bueno, estuvo llamándome.
«Estoy empezando a enfadarme. Nadie me trata así, ¿entiendes? Enciende el teléfono y llámame o cógelo cuando yo lo haga».
Tras este vienen unos cuantos más en los que casi dice lo mismo, aunque se nota que está más enfadado. El último ha sido esta mañana a las seis y media, antes de la llamada definitiva:
«¿Es esto lo que quieres? ¿Pasar de mí? ¡Perfecto, entonces! Pero que sepas que te estás equivocando».
¿Yo? Va a ser que no, guapo. No lo estoy haciendo para nada. No sé cómo puede tener la poca vergüenza de actuar como si no hubiese pasado nada. Bueno, realmente él no sabe que yo sé que tiene novia. Pero tampoco se lo voy a decir, faltaba más. Que se quede con la duda y que aprenda a que no todas las mujeres van a ir detrás de él como perritos falderos. ¡Se lo tiene bien merecido por cabrón! A saber a cuántas habrá engañado, además de a su novia y a mí. Este tipo de tíos deberían borrarse de la faz de la tierra.
Me pregunto si habrá estado toda la noche despierto por mi culpa. No, qué tontería. No soy tan importante como para eso. Lo más posible es que estuviese de fiesta, esperaría que le dijese de quedar y acostarnos y se le fastidió el plan. Pues ale, ¡que le jodan! Estoy cabreadísima y nada en este mundo me va a hacer cambiar de opinión. Tras sus mensajes se me ha pasado un poco la bola de tristeza del estómago y ha sido sustituida por un balón de rabia. Y cuando Sara Fernández se enfada, ¡que tiemblen todos!
Con un bufido, elimino la conversación y después le bloqueo. No quiero que me acose con más mensajes, porque eso es lo que ha sido: ¡un acoso! No va a saber de mí en su vida, y la ciudad es tan grande que no nos volveremos a encontrar. Creo que es la única forma en la que le quedará claro.
Apoyo la espalda en el inodoro y doy un fuerte suspiro. Me parece que me he quitado uno bueno de encima. Por su culpa estaba empezando a comportarme de un modo inusual en mí. Ahora toca centrarse en los estudios y a disfrutar de mi juventud con las amigas. Miro el móvil y frunzo el ceño. No me siento tan tranquila y tan bien como esperaba, pero supongo que es normal y que en un par de días se me pasará. No puedo eliminarlo de mi organismo con tan sólo un bloqueo. Espero que no le dé por llamarme una vez se dé cuenta de que ya no lo tengo en el WhatsApp.
Busco el número de mi madre en la agenda y lo marco. No sé si hoy le tocará turno de mañana en la residencia. Si es así, no habrá hecho comida, pero a pesar de todo iré al pueblo. Cuatro tonos de llamada después, escucho que lo descuelga y grita a mi oído con su potente voz:
—¡Cariñooo! Por fin llamas. Yo he estado conteniéndome para que no digas que soy una pesada, pero tenía unas ganas de llamarte...
—Ya, mamá. Es que tengo mucha faena con la uni, el trabajo y todo.
—¿Has encontrado algo entonces?
—En una academia.
—Bueno, bien, ¿no?
—Pues sí. Al menos tengo algo y podré seguir pagando el piso —me quedo callada unos segundos y le pregunto—: ¿Estás trabajando?
—Hoy me toca turno de noche.
—¿Entonces puedo ir a comer y a pasar la tarde allí?
—Hija, eso no se pregunta. ¿Cómo no vas a poder?
—Pues en una hora o así estaré allí.
—Estoy haciendo una paellita. ¿Te apetece?
—Claro que sí, mamá.
Me despido de ella y cuelgo. Sé que le hace una ilusión tremenda que vaya a visitarles. Para ella, soy todavía su niña. Para mi padre, no lo sé. En realidad, él y yo no tenemos una buena relación. Me acuerdo de la adoración que yo sentía por él cuando era una niña. Era el padre más cariñoso del mundo y yo me creía su princesita. Pero cuando llegué a la adolescencia, comprendí que la vida no era tan fácil y que él ocultaba muchas cosas a mi madre, como por ejemplo su afición a la bebida. Cuando cambió de trabajo lo pasó mal, pero al final se hizo muy amigo de unos compañeros y empezó a salir con ellos. Eran hombres que bebían también bastante y que se pasaban las noches de bar en bar. No sé por qué, supongo que porque no era muy feliz en su vida, mi padre se fue hundiendo poco a poco. Recuerdo muchísimas peleas en casa, los portazos, el olor a tabaco y a ron en las noches, los llantos de mi madre y los gritos de mi padre. Una noche en la que volvía a casa con el coche bastante borracho tuvo un accidente. Por suerte, no le ocurrió nada demasiado grave, pero bastó eso para que abriera los ojos. Buscó ayuda y fue saliendo del pozo en el que se había metido. Se supone que no ha vuelto a beber, aunque al no estar yo en casa no lo puedo saber a ciencia cierta. Y, a pesar de todo, no recuperamos nuestra estrecha relación. Apenas hablamos. Supongo que se debe a que la imagen que yo tenía de él se esfumó, ya que yo pensaba que era incorruptible. Sé que todos merecen una segunda oportunidad y yo tengo claro que es mi padre, pero me cuesta horrores actuar de forma normal cuando estoy ante él.
Por eso, apenas bebo. Y por culpa del gilipollas de Abel estos días lo he hecho demasiado. Está claro: es una mala influencia en mi vida, pero por fin se ha largado. Vuelve la antigua Sara, la Sara seria y responsable que no falta a clase por encontrarse con un chico y que no se emborracha para ahogar las penas.
Dejo el móvil en el lavabo y me empiezo a quitar la ropa. En ese momento llaman a la puerta con insistencia. Sin darme tiempo a colocarme de nuevo la parte de arriba, entra Kurt con los ojos desorbitados y se lanza contra el inodoro. Yo me tapo y lanzo un grito. Me pongo la camiseta y lo miro con cara de asco. Odio ver a la gente vomitar, así que mejor será que salga de aquí, pero es que el pobre parece estar pasándolo fatal.
—Oye, ¿estás bien? —le pregunto.
Él asiente con la cabeza pero continúa con ella metida casi por completo en el inodoro. De puntillas salgo del cuarto de baño. En el comedor está Eva zampándose un yogur de los de Cyn —Ah, sí, le he dicho que desayunara pero no me acordaba de que no hay nada en la nevera más que eso— y la otra tumbada en el sofá tapándose la cara y sollozando.
—¿Pero qué pasa? —Me acerco un tanto asustada.
—Pues nada, que le duele la cabeza horrores —me informa Eva con la boca llena de yogur.
—¡Me voy a morir! —grita Cyn.
—Qué va. Lo que tienes es una resaca de la leche. —Voy a la cocina a buscar otro san ibuprofeno. Lleno un vaso de agua y vuelvo al comedor con él y la pastilla.
Cyn la recoge con manos temblorosas y me mira con cara lastimera. Menudos chorretones de rímel. Ja, ja, está peor que Eva y yo juntas. Cuando se toma la pastilla se vuelve a tirar en el sofá y se revuelve en él como una niña pequeña. Eva y yo actuamos con indiferencia; es lo mejor, porque si no, se tira todo el día así, pidiendo mimos y queriendo ser el centro de atención. Y sólo por una resaca, coño. Al cabo de unos minutos, se queda quieta y mira el techo con sus ojos azules. Hace un mohín y pregunta:
—¿Dónde está Kurt?
—En el baño. Está muriendo por la boca —le digo.
—¿En serio? —Se incorpora de inmediato, con una mano en el pecho—. Pobrecito, si es que ya me dijo ayer que no le sienta bien beber.
—Tal y como estamos, creo que no nos sienta bien a ninguno —Eva deja el vasito del yogur en la mesa y se recuesta en el sofá con las manos en el estómago—. Nenas, ya podríais tener más comida en casa. ¿Así cómo leches se nos va a quitar esta mierda?
—Yo me voy a tirar un tiempo sin beber nada —Cyn se lleva una mano en la boca y contiene una arcada. Cuando se le pasa, nos mira a Eva y a mí haciendo pucheros—. Es la peor resaca de mi vida, y todo por vuestra culpa.
—Ni que te obligáramos a beber —Eva pone cara de fastidio.
—¡Me deprimí por Sara!
Oh, no. Ya va. Por favor, espero que sea lo suficientemente inteligente como para que se dé cuenta de que si hablamos de lo de anoche, voy a derrumbarme. Pero no estoy muy segura de que el dolor de cabeza la deje pensar con claridad. Por suerte, Kurt sale en ese momento del baño y viene hasta nosotros con paso tambaleante. Se sienta al lado de Cyn y esta le abraza como si fuese un peluche. Él se deja querer y a mí me retornan los pinchazos en el pecho.
—¿Estás mejor? —le pregunto.
—Creí que se me salía el estómago por la boca, pero sí, tía, ya me siento mucho mejor.
Cyn no le quita el ojo de encima. Eva me mira con la ceja arqueada y yo me encojo de hombros. En el fondo me parece genial que esté aquí porque así Cyn se distraerá y no mencionará nada que la pueda meter en un lío. Sí, en un lío, porque no responderé de mis actos.
Me levanto de un salto y ellos se me quedan mirando. Les anuncio que estaba intentando ducharme antes de que Kurt entrara agonizando en el cuarto de baño. Me encierro y me despojo de la ropa en un santiamén. Me muero por una ducha caliente que haga que mi cuerpo se revitalice. Por fin me meto bajo el chorro de agua y suelto un gemido de placer cuando las gotas calientes resbalan por mi piel. No sé por qué gel decidirme hoy. Hubo un tiempo en que cogí la manía de hacerme con todos los jabones que me gustaban. Por eso tengo en mi repisa una docena de geles de baño de todos los olores: naranja, fresa, melocotón, coco, vainilla, flor de azahar... Todos huelen magnífico y me dejan la piel muy suave. Depende de cómo me sienta escojo uno u otro, lo que sucede es que hoy no quiero pararme a pensar en cómo me encuentro. Así que al final cojo uno al azar: Té verde de China. Perfecto, este huele muy bien y es muy refrescante. Mojo la esponja y le echo un chorrito del gel. Notarlo en mi cuerpo es una delicia. Froto con fuerza en las piernas, en el vientre, en el pecho, en la espalda... Y con sorpresa me doy cuenta de que estoy llorando. Mi mente ha sumado una y una y la solución final ha sido un nombre, unos ojos y una sonrisa. Le odio. ¡Le odio con todas mis fuerzas!
¿Alguien me puede explicar por qué, después de todo, echo en falta su presencia junto a mí? ¿Por qué anhelo escuchar su voz y notar su cálido aliento en mi cuello? ¿Por qué la bola de rabia de mi estómago se está encogiendo? No puedo ser tan imbécil. No me voy a permitir serlo. No voy a dejar que mi cabeza cree una historia alternativa para lo ocurrido porque todo está bien claro. Las fantasías son lo que son y no debo perderme en ellas. Mi madre siempre me ha dicho que lo que tengo que hacer es mantener los pies en la tierra y una madre nunca se equivoca.
Me enjuago el pelo con rapidez y salgo de la ducha. Mientras me lo seco, me obligo a pensar en otras cosas. Por ejemplo, en la paella que me voy a comer. En el paseo que daré por el pueblo con mi madre. En el reencuentro con Fred, mi perro. Son todos pensamientos maravillosos y, aun así, me noto gris y solemne, como si me dirigiera a un entierro. ¿Qué esperaba? ¿Estar este fin de semana en los brazos de Abel otra vez? ¡Yo misma me convencí de que no iba a llamarme!
Me visto con brusquedad, maldiciéndome una y otra vez y salgo del baño como una loca. Mis amigas y Kurt todavía se encuentran en el comedor charlando. Cuando me ven aparecer con la chaqueta, Cyn me pregunta:
—¿Dónde vas?
—Me apetece pasar el día con mis padres —Me coloco el bolso y me echo un vistazo en el espejo de la entrada.
—Kurt y yo íbamos a pedir chino —dice con un matiz pesaroso en la voz.
—Pues guardadme un poco para la cena.
Me arrimo a ellos y me despido de todos con un beso. Cyn no aparta sus ojos de los míos y me empiezan a temblar las manos. Cuando salgo por la puerta, grito interiormente de alegría. Sí, lo he conseguido. Nadie ha dicho nada sobre el programa de anoche. Bajo las escaleras dando brincos y de repente escucho que se abre una puerta. Me quedo helada al escuchar a mi amiga llamándome. Hago caso omiso y salto el último escalón, precipitándome a la puerta de la calle.
—¡Sara! ¿Has hablado con él? ¿Y si está realmente interesado en ti?
Con el corazón a mil por hora, abro la puerta de la calle. Lo último que escucho es a Eva soltándole unos cuantos improperios a nuestra querida Cyn.