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—NO... YO no salgo bien en las fotos —Me dispongo a bajar de la mesa, pero él alza una mano para detenerme.

—No te las había hecho yo —Se coloca delante de mí con la cámara a la altura del pecho—. Sólo sé tú misma.

Sonrío con nerviosismo. No me gusta que me hagan fotos, pero en realidad ahora siento curiosidad por saber cómo saldré en las suyas. Me parece algo muy íntimo, porque además es su trabajo y, sobre todo, su pasión. Ladeo el rostro y me echo a reír. Entonces el flash ilumina la noche.

—¡No! —me quejo, girándome hacia él.

Otra foto. Arqueo una ceja y alzo los brazos hacia delante para que no me haga más.

—La naturalidad es uno de los puntos fuertes de las mejores modelos.

—Ya, pero yo no lo soy. No sé cómo posar natural.

—No poses. Imagina que no está la cámara y lo que harías entonces.

—Eso es bien difícil. —Pongo morritos y en ese momento me echa otra.

—¡Eh!

—Intenta seducirme —me propone.

Lo que faltaba. Soy una de las personas menos seductoras del mundo. Le respondo con un bufido. Se ríe al tiempo que se acerca con sus elegantes y sexys andares.

—Tiéntame, Sara —me dice con voz grave. Baja la cámara y me clava su intensa mirada: deseosa, ardiente, juguetona. Penetra en mi alma en cuestión de segundos—. Vamos, tiéntame.

Y al verme reflejada en sus ojos, sé que puedo hacerlo. Sé que quiero hacerlo. En realidad, me muero de ganas de que quiera hacer conmigo lo que mejor sabe —aparte de... bueno, eso. Así que me echo hacia atrás con las manos apoyadas en la mesa y alzo el rostro al cielo que se va aclarando. Noto que la camisa se me abre un poco y le escucho suspirar a causa de la visión de mi vientre desnudo. Ha quitado el flash, por lo que no tengo constancia de si ya he hecho la foto. Pero como me ha dicho que sea natural, me bajo de la mesa de un saltito y voy a la barandilla, para apoyar los codos en ella. Le oigo acercarse, así que imagino que continúa con su trabajo, si es que se le puede llamar así a esto. Decido girarme y lo descubro moviéndose con lentitud de aquí para allá con la cámara ante el rostro. Yo camino lentamente por la terraza con la vista clavada en el suelo. Cuando entro en la habitación se me ocurre coger uno de los libros de Machado. Poso con él de pie, luego sentada con las piernas cruzadas en el sillón, como si estuviera leyendo tranquilamente. Abel me saca una foto tras otra. Me levanto y voy hacia el dormitorio, aunque lo paso y acudo al ropero, deteniéndome ante el espejo. Me contemplo unos segundos y lo descubro a mi espalda a través del reflejo. Dirijo mi mirada al objetivo de la cámara mientras me muerdo el labio inferior con vergüenza. Observo que hay un bulto en sus pantalones, así que no puedo evitar sonreír, con lo que él me lanza una foto más. Al cabo de unos segundos me giro y salgo del ropero, pasando por su lado justo en el momento en que me inmortaliza de nuevo.

Me detengo ante la cama y la observo un instante. Entonces me subo en ella y me sitúo de espaldas a Abel. Con mucha lentitud, deslizo la camisa por mi piel hasta dejarla caer sobre la cama. Sé que está fotografiándome la espalda porque lo escucho moverse tras de mí. Giro la cabeza sobre mi hombro y le dedico una tímida sonrisa. Tras hacerme un par de fotos más, él me la devuelve. Pero aún no he acabado. Me sitúo de cara a él, tapándome los pechos con su camisa. A continuación la dejo caer y me muestro tan sólo con las braguitas. Cuando bajo la mirada a su bragueta, la descubro más abultada y un pinchazo recorre mi ingle. Quiero mostrarle que puedo ser sexy, así que me tumbo boca arriba, con las rodillas flexionadas y la cabeza al borde de la cama. Él me fotografía primero desde arriba, pero después se acuclilla colocándose a la altura de mi rostro, con lo que la cámara está cerquísima. Me limito a sonreír cabeza abajo, casi sin parpadear.

Al cabo de unos segundos se levanta, deja la Canon en la mesilla y vuelve a mí, desabrochándose los pantalones. Cuando se los quita, descubro una gota de excitación en su glande y la boca se me seca a causa del deseo. Incluso me llevo una mano a la entrepierna, la cual tengo apretada para guardar el placer que me inunda. Estoy igual de lista que él.

—Te deseo siempre —me susurra, deshaciéndose de mis braguitas.

Se coloca sobre mí y sin darme tiempo a reaccionar, me penetra con brusquedad. Yo dejo caer la cabeza fuera de la cama y le rodeo con las piernas con todas mis fuerzas. Nuestros sexos húmedos se acoplan a la perfección. Me muerde el cuello sin disminuir las acometidas.

—¿Más rápido, Sara? —me pregunta entre jadeos.

—Sí, sí —gimo.

Lo quiero todo. Deseo que se introduzca en mí más y más. Por favor, quiero morir de placer entre sus brazos. Apoya las manos en la cama para darse impulso y es cuando noto sus embestidas salvajes, arrollando sin piedad mi interior. Pero es así como lo quiero, todo para mí, de nadie más. Alzo la cabeza para mirarlo. Tiene el rostro contraído por el placer y los ojos cerrados, pero cuando los abre y los posa en los míos, hay algo que me desboca por completo. Me aferro a su espalda perdiendo la poca razón que me queda y se la araño. Bajo por ella hasta sus espléndidas nalgas y se las aprieto, clavo las uñas en ellas y lo atraigo más a mí mientras echo las caderas hacia arriba. ¡Joder, me va a romper! Vuelvo a dejar caer la cabeza por el borde de la cama. Contemplo la habitación del revés mientras él bombea en mi interior.

—Dámelo, Sara —gruñe, agarrándome un pecho.

Y así exploto en un nuevo big bang de estrellas hechas de placer y gritos. El orgasmo es tan fuerte que hace que me maree y tenga que cerrar los ojos mientras no dejo de gritar. Segundos después, su pene se contrae en mi interior y se abandona también. Me busca la boca para silenciar mis gemidos y le muerdo los labios completamente perdida en el placer.

—Me muero —murmuro jadeante.

—Morirás muchas más veces —responde él con una sonrisa.

Despierto de golpe. La luz entra a raudales por la ventana. Parpadeo confundida. Abel ha vuelto a dejar la cama. Echo un vistazo a la hora: ¡las doce del mediodía! ¿Cómo es que no he escuchado la alarma? La puerta corredera está cerrada, así que aprovecho para activar los datos. Inmediatamente me llegan tropecientos wassaps, todos ellos de Cyn y Eva. La primera me pregunta preocupada si estoy bien; todos los mensajes son casi iguales. Los de Eva son más bruscos: se ha enterado de que me he venido con Abel a Barcelona y está un poco picada porque no se lo he dicho. Eso sí, me aconseja que intente follar todo lo que pueda, si no es con él, con otro. ¡Será posible! ¡Menudas amigas más cabronas tengo! Durante un buen rato me dedico a escribirles mensajes tranquilizadores, hasta que ambas me contestan suplicando noticias. Les cuento que ahora mismo estoy desnuda en una cama enorme de un excepcional hotel... ¡Quieren fotos y saber más, pero las dejo con la miel en la boca! Ahora lo que me apetece es encontrar a Abel.

La camisa reposa a los pies de la cama, así que me la vuelvo a poner. Ya le he cogido el gustillo y me hace sentir más cerca de él. Pero decido no colocarme las braguitas... No sé cómo ni por qué, pero vuelvo a tener ganas de hacer el amor. Descorro la gigantesca puerta y lo encuentro de espaldas a mí, trabajando con su ordenador en la mesa de enfrente de la estantería.

—Hola —digo en voz bajita.

Se gira y me dedica una espléndida sonrisa que provoca un parón de unos segundos en mi corazón. Ya está vestido, aunque con ropa diferente a la de anoche: unos sencillos vaqueros y un simple suéter fino de color azul oscuro.

—Buenos días, dormilona.

Me pongo a su lado sin saber muy bien qué hacer. Por suerte, me atrae a su cuerpo y me acaricia la piernas y a continuación los muslos. Cuando mete las manos por debajo de la camisa y roza mis nalgas desnudas, abre mucho los ojos con sorpresa.

—¿No llevas ropa interior?

Niego con timidez. La mirada se le nubla y lleva la mano hacia delante. Me roza el pubis y me toca los labios. Un pinchazo de placer se extiende por todo mi cuerpo.

—¿Por qué estás así? —me pregunta, enseñándome sus dedos mojados con mis flujos.

—Por ti... —susurro.

—Me encanta excitarte de este modo. —Me coge del culo con posesión y me aprieta contra él. Abre la camisa y me besa en el vientre—. ¿No tuviste bastante anoche?

Niego con la cabeza. Lo cierto es que podría estar haciéndolo a todas horas con él. Aunque si me detengo a pensarlo, noto un poco de dolor en la entrepierna. Sin soltarme, se vuelve hacia el ordenador y me insta a que lo haga yo también.

—Estaba trabajando en algo que quiero que veas.

Abre una carpeta con el nombre de «Sara». Eh... ¿Yo? Y entonces veo un montón de fotos en miniatura. ¡Oh, sí! ¡Las que me hizo anoche! Ni siquiera me acordaba de ellas. Me tapo la boca avergonzada.

—No sé si quiero verlas.

—Te aseguro que sí quieres.

Hace doble clic en una de ellas y de repente aparezco en la pantalla, sentada en la mesa de la terraza, como si estuviese mirando las estrellas. Sí, la recuerdo, y lo cierto es que es más bonita de lo que me imaginaba. Pasa a otra, aquella en la que me apoyé en la barandilla y me giré para mirarlo. No sé por qué, pero salgo diferente. ¿Es la magia que él deja caer en sus trabajos? Y pasa a otra, y a otra, y a otra más. Aquella en la que estoy leyendo en el sillón la ha hecho en blanco y negro y parezco una chica de otra época. ¡Me encanta! Y luego estoy de espaldas sobre la cama, un primer plano de mi nuca con un rizo de pelo en ella. Es hermoso. Y en la que giro el rostro hacia la cámara y sonrío con timidez hay mucha ternura. Vaya, no sabía que tenía una espalda bonita, aunque creo que las ha retocado al menos un poco.

—Mírate —Me saca de mi ensueño. Acaricia mi cuerpo en la pantalla—. Eres una preciosidad. Tan inocente y clara. Tienes una mirada muy expresiva —Señala mis ojos.

Hace clic y aparece la foto en la que me tapo los pechos con la camisa y por fin, en la que sale todo mi torso desnudo. ¡Qué vergüenza, por Dios! Aunque tengo que reconocer que son bonitos. O es que él los convierte en bellos, no lo tengo muy claro. Pero en la foto aparezco sexy, tengo una mirada sensual. Las braguitas blancas destacan en mi cuerpo, aunque creo que es un efecto que ha puesto él, ya que las mías no son tan luminosas. Y al fin pone las dos últimas fotos: una ha sido tomada desde arriba y aparece mi cuerpo desnudo sobre la cama en una postura seductora y a la par inocente, tal y como él dice. Si al final va a llevar razón. La última foto es un gran primer plano de mi rostro, en el que destacan los ojos. Es una maravilla. ¿Cómo me ha logrado sacar así?

—¿Qué te parecen?

—Son hermosas, Abel.

Me sienta sobre su regazo y me coloca un mechón rebelde tras la oreja. Me mira durante unos segundos en silencio.

—Tú lo eres, Sara. Yo sólo te he ayudado a sacar lo que llevas dentro.

Se me encoge el estómago. No sé muy bien qué decir, me he quedado en blanco. Me inclino hacia delante para besarlo, pero en ese momento llaman a la puerta. Me levanto de un salto y corro a la habitación para ponerme algo más de ropa. Abel se dirige a la puerta y cuando la abre escucho la jovial voz de Judith.

—¿Cómo están mis bombones?

—Genial.

Con una rapidez increíble me pongo la ropa interior, unos vaqueros y una camisa de las mías y salgo a saludarla. Ella me abraza con fuerza y me mira con los ojos brillantes, aunque no dice nada.

—¿Bajáis a desayunar?

—He pedido que nos trajeran aquí el almuerzo.

—¿Luego bajaréis a despediros?

Abel asiente. ¿Cómo? ¿Despedirnos? ¿De quién? Judith vuelve a abrazarme y sale agitando la mano. Yo arqueo una ceja en señal de interrogación.

—Todos se marchan esta tarde, pero nosotros nos quedamos unos días más —me explica.

¿Qué? ¡Entonces sí que me arruino!

—Sé lo que estás pensando, así que cállate. Sólo pagaré esta habitación. ¿No tendrás nada importante en la universidad, no?

Niego con la cabeza. No me lo puedo creer. ¿Entonces mis expectativas se van a cumplir? Me lanzo a sus brazos como una niña pequeña y él se echa a reír, contagiado de mi alegría. Nos traen un estupendo almuerzo a base de café, zumo de naranja natural, croissants, magdalenas, galletas, mermelada, mantequilla y todo tipo de bollos. Yo me lo zampo como una loca mientras él me observa complacido. A mediodía no tenemos hambre, así que nos quedamos en la habitación leyendo los libros de Machado. Abel me confiesa que su poeta favorito es Ángel González y me recita aquellos fantásticos versos que dicen:

Si yo fuese Dios

y tuviese el secreto

haría un ser exacto a ti.

Hablamos de Lorca, de Gil de Biedma, de Dámaso Alonso, de Luis Rosales, de Carmen Conde, de Ángela Figuera, de Gloria Fuertes y de un sinfín más. Charlamos también de narrativa desde los grecorromanos hasta casi la actualidad. Tan ensimismados y cómodos estamos que no nos cercioramos de que las horas vuelan y cuando nos queremos dar cuenta es hora de despedirnos del equipo. Mientras esperamos el ascensor, yo le observo en silencio y caigo en la cuenta de lo inteligente y sensible que es. Imagino que fue su madre la que le contagió el amor por la lectura. A cada minuto que pasa, creo que siento más por él y tengo miedo. Ya en el ascensor le pregunto cómo se marchan Judith y Eric y me responde que en el coche de Graciella. Una vez en el enorme vestíbulo diviso unas cuantas personas en él, entre las que se encuentras mis cuatro nuevos amigos. Me abrazan con calidez, en especial Judith.

—Cielo, dime que nos vamos a ver pronto —me suplica.

—En Valencia nos podemos ver cuando quieras.

A continuación le toca el turno a Eric. Me siento un poco avergonzada, la verdad. Lo utilicé un poco y yo no soy así. Intento actuar de forma normal, pero me tiemblan las manos. Sin embargo, él me mira con su sonrisa de siempre y me tranquiliza un poco.

—Te digo lo mismo que Judith —Me da un beso en una mejilla—. Si necesitas cualquier cosa, tienes mi número —Luego en la otra. Se detiene más tiempo en ella. Noto la mirada de Abel clavada en nosotros.

—Gracias —es mi única respuesta.

Los acompañamos hasta el garaje, donde encontramos al resto del equipo metiendo maletas. Una vez nos despedimos, Abel me propone ir a tomar algo al restaurante porque le ha entrado hambre. Pero cuando nos dirigimos hacia allí, la sonrisa se me congela. Nina, el modelazo que posaba con ella en el lago e Yvonne caminan hacia nosotros. El corazón me empieza a palpitar con fuerza y noto que Abel se pone tenso. Sin embargo, no nos dicen nada cuando pasan por nuestro lado. Yvonne mantiene la vista fija en el frente con la cabeza muy erguida. Nina, no obstante, ladea el rostro para lanzarnos una mirada de odio. Mierda, ¡joder! ¿Nos va a hacer la vida imposible? No sé realmente de lo que es capaz, pero puedo leer en sus ojos que puede ser una mala perra.

En el restaurante no hablamos del encuentro. Al día siguiente lo hemos intentado olvidar. Nos pasamos la mañana explorando nuestros cuerpos: en la cama, en la ducha, en la mesa, en el sillón... Le concede a mi piel todo el placer que anhela. Por la tarde salimos a pasear por Barcelona. Me lleva a la Sagrada Familia y después nos comemos un helado en una terraza, ya que hace un tiempo estupendo. Al caer la noche me invita a cenar en un coqueto restaurante, aunque esta vez el menú está en español y me deja elegir a mí. Luego se lo agradezco en la habitación dándole yo placer.

Pasamos dos días de ensueño visitando todos los lugares hermosos de la ciudad. Charlamos sobre todo lo que se nos ocurre. Nos besamos con pasión en el Parque Güell y hacemos el amor en la terraza, bajo las estrellas. Siento que todo esto no me está pasando a mí, pero es real, es real...

El último día dejo la habitación con melancolía. Voy a echarla de menos, al igual que todos los libros. Le ayudo con las maletas y trastos del equipo. Cuando subimos al coche, me pregunta:

—¿Te lo has pasado bien?

—Han sido los mejores días de mi vida —reconozco.

Se inclina hacia mí y me besa con suavidad. A continuación arranca el coche y al cabo de unos quince minutos nos encontramos en la autopista. Pongo la radio y tarareo la canción, aunque no la conozco. Pero estoy feliz. Entonces me llega un mensaje al móvil. Es Eva:.

«NENA, ACABO DE IR AL KIOSKO A POR TABACO Y ADIVINA LO QUE HE VISTO. Compra la revista HEART. ¡Y explícame lo que pasa porque flipo!»

Lo releo extrañada y le pido a Abel que se detenga en la próxima gasolinera. Media hora después paramos en una y aprovecho para ir a los servicios mientras él reposta. Cuando termino, entro a la tienda y rebusco entre las revistas. Al fin, doy con la que me ha dicho Eva y la mandíbula casi se me desencaja. Leo con horror el titular: «Abel Ruiz me engañó con su becaria», y debajo una foto de la divina Nina, mirando con tristeza a la cámara. Sin pensarlo más la compro y corro al coche. Abel me espera ya en él. Cuando entro, se me queda mirando con extrañeza.

—¿Qué pasa?

Le enseño la portada de la revista. Él me la arranca de las manos y busca la página del reportaje. Hay una foto en la que se les ve a ellos muy felices, aunque parecen más jóvenes. Lo peor es que también salgo yo en una de las que tomaron en la fiesta. Menos mal que no se me ve mucho la cara. El articulista explica un poco lo ocurrido y a continuación se incluye una entrevista a Nina. Todo es surrealista, en especial las frases resaltadas. «Abel me ha roto el corazón». «Creí que estábamos bien juntos». «Espero que sean felices y les vaya bien». ¡Y una mierda! Esto es una venganza personal con la que se habrá embolsado unos cuantos miles de euros.

—No importa —dice Abel, intentando restar importancia—. Estaba claro que iba a ocurrir algo así. Pronto me llamarán a mí. No concederé ninguna entrevista —me asegura.

Yo me acurruco en el asiento. Apenas hablamos durante el viaje de vuelta a Valencia. Paramos a comer en un restaurante de comida rápida y charlamos de otros temas. Pero tengo miedo. ¿Y si se arrepiente de esto? ¿Y si se da cuenta de que le voy a traer problemas? Bueno, en realidad yo también los voy a tener.

Cuando se detiene en la puerta de mi casa, tengo los ojos llorosos. Pero no, ahora no puedo mostrarme débil otra vez. Hemos pasado unos días maravillosos y no los voy a olvidar. Creo que él siente algo por mí, así que... Espero que luche.

—Sara, todo va a ir bien —susurra, inclinándose sobre mí para besarme en la frente.

Quiero preguntarle qué es lo que tenemos, pero no lo hago. Hay algo que me lo impide. Es el temor a su respuesta. Tan sólo asiento con la cabeza y le dedico una sonrisa inquieta. Él baja por mi nariz y me besa en los labios lentamente, saboreándome. Cuando se aparta, está serio y pensativo.

—Te llamaré.

Sí, por favor, hazlo. No permitas que todo haya sido un sueño.