7
LOS viernes Cyn no tiene clase, pero la muy cabezota se ha empeñado en acompañarme hasta la facultad. Resulta que cuando ayer llegué a casa estaba esperándome sentada frente a la puerta con los brazos cruzados. Me chilló que mirara el móvil y vi que tenía una treintena de llamadas suyas. No le había quitado el modo silencio que pongo cuando estoy en clase y ella, al no llegar yo a la hora de comer, se puso como una loca pensando que me había pasado algo. También llamó a Eva y esta le dijo que me había largado con un tío bueno que al parecer era un fotógrafo famoso. Al fin ató cabos, pero continuó con la mosca tras la oreja y muy enfadada por no haberla avisado. Yo pasé de ella y de sus gritos y me encerré en la habitación. No podía dejar de pensar en lo que Abel me había dicho.
Y de camino a la universidad continúo pensando en ello. ¿Cómo se atreve a decir que soy suya? Ninguna persona es propiedad de otra y, en todo caso, si lo fuera, sería porque yo quisiera. Y no, no quiero. No voy a ser de él. Seguro que encima es uno de esos tíos posesivos. Pero lo que más me avergüenza es que caí como una tonta. Me dejé llevar por mi cuerpo y eso no es algo normal en mí. Aunque seguro que la comida tuvo que ver en ello por mucho que él dijera que yo también había puesto de mi parte. Está bien: es cierto que cuando lo noté tan cerca de mí experimenté un deseo demasiado intenso, pero me controlé. O bueno, lo conseguí gracias a que él soltó esa perlita de su boca y me di cuenta de lo que estaba haciendo. ¿Qué habría pasado si no hubiese dicho nada? ¿Habría acabado en su casa, acostándome con él?
—Oye, ¿me estás escuchando o qué? —Cyn me zarandea.
Como hoy hay muchos estudiantes que no tienen clase o directamente no van porque anoche salieron, hemos logrado sentarnos. Ladeo el rostro y la miro, aunque no consigo enfocar muy bien su rostro. Estoy en las nubes, tengo que reconocerlo.
—Perdona —me disculpo.
—Te estoy diciendo que si eres tonta o qué.
Ale, ya vamos. Ya me va a dar uno de sus discursos. Siempre los empieza dedicándome algún insulto. Este se debe a que le he contado lo que me ocurrió ayer. Quería omitir algunos detalles, pero me ha sido imposible. Al final siempre acaba sacándomelo todo. Eso sí, no le he confesado lo predispuesta que yo estaba a dejarme seducir por él.
—A ver, Sara, seamos francas —continúa—. Abel Ruiz te invita a comer. Recordemos que es uno de los mejores fotógrafos actualmente y tú misma pudiste comprobarlo. Si en la cama es tan bueno como con sus fotos... ¡entonces no sabes lo que te has perdido!
—¿Es que no puedes pensar en otra cosa? —le recrimino. Que son las nueve menos cuarto de la mañana y ya está con el temita del sexo.
—Si hubiese tenido a un tío como Abel a mi espalda... —acerca su cara a la mía y me dice con una gran sonrisa—: No.
Nos levantamos porque ya llega mi parada. Mientras subimos las escaleras mecánicas Cyn continúa dándome la tabarra. Que le llame y le pida disculpas, que he sido una borde, que encima me ha dado cincuenta euros más de lo acordado aunque ni siquiera modelé bien...
—Si tanto te gusta llámale tú y quedas con él.
Cyn me alcanza ya casi en la salida. Hoy también hace muy buen día y ella ha decidido ponerse un vestidito ligero. Está divina de la muerte. Lleva su cabello negro recogido en una larga coleta. Estoy segura de que si le llamara, tal y como le he dicho, él aceptaría en menos de lo que canta un gallo. Inmediatamente una punzada de envidia me ataca en el estómago. No, por nada del mundo quiero que mi amiga quede con él.
—Si supiera que va a querer quedar conmigo, ten por seguro que lo haría. —Se sujeta la falda de su vestido para subir las escaleras. No sé yo si eso va a funcionar mucho; es demasiado corto—. Pero está interesado en ti. Ya te lo dije el otro día.
—Pues yo no quiero que lo esté alguien que tontea con todas.
Me entretengo unos minutos ante un puesto de libros. Se trata de un matrimonio que se pone en el paseo de las facultades y los venden a un precio increíble. Alguna vez que otra les he comprado un par, pero últimamente no tengo ni para esto. Cuando salga a las doce de clase iré a ingresar el dinero en el banco y así habré pagado mi matrícula. Pero todavía tengo que pensar en encontrar un trabajo. Se va a acabar el mes y tengo que pagar mi parte del alquiler. Otro problema más, ¿es que no van a acabarse nunca?
—¡Mira! —Cojo uno de los libros de tapas un poco usadas. Es Orgullo y prejuicio, una de mis obras favoritas de Jane Austen. La historia de amor-odio entre sus protagonistas, Elizabeth y el señor Darcy, es una de las más encantadoras que he leído jamás. Ella siempre se deja llevar por su orgullo y él a veces la trata de forma poco adecuada debido a su origen social, pero al final ambos se dan cuenta de que el amor que sienten el uno por el otro está por encima del orgullo y los prejuicios, de ahí su título.
—¿Es otro de esos libros tuyos aburridos? —me pregunta Cyn mirando por encima de mi hombro.
—No es aburrido —me quejo. Le doy la vuelta para ver cuánto cuesta. Tan sólo cinco euros, pero mi economía no me lo permite. Lo vuelvo a dejar en la pila con un suspiro y me despido de los vendedores—. Hasta luego.
—Bueno, Sara, espero que durante tus clases reflexiones sobre lo que te he dicho —Cyn se inclina y me da dos besos, uno en cada mejilla.
—¿Qué vas a hacer hoy?
—Me voy a acercar al centro comercial a hacer unas compras. —Se mira las uñas con una perfecta manicura—. Después del disgusto que me has dado, lo necesito.
¡Mira que es tonta! Le doy una palmada en el brazo y me despido de ella. Al acercarme a las escaleras veo que Eva me está esperando con su cigarrillo entre los dedos. Por suerte, está sola. Hoy no me apetece hablar con nadie más de clase. Cuando llego a su lado la saludo con un gruñido.
—Nena, no sabes qué revolución armaste ayer aquí. —Da una calada al cigarro—. En clase no se hablaba de otra cosa.
—Ya me imagino. —Pongo mala cara. Cojo el paquete de tabaco que tiene apoyado en el marco de la puerta y le robo un piti. Hoy necesito fumar.
—¿Pero no lo habías dejado? —me pregunta mientras lo enciendo.
—¿Tú crees que después de todo esto puedo haberlo hecho? —Doy un par de caladas ansiosas y me entran ganas de toser. Pero enseguida me acostumbro y lo aspiro con placer—. Además, tengo que estar preparada para hoy.
—Cyn me llamó muy preocupada.
—Ya lo sé, ya. ¿No has visto que me ha acompañado hoy? —asiente con cara divertida—. Se ha empeñado en que le contara todo —Me mira expectante—. No, ahora no, Eva. No tengo ningunas ganas...
A las nueve en punto nos dirigimos a paso lento hacia el aula. Los viernes son el peor día sin duda alguna. Yo ya no puedo con mi cuerpo, y mucho menos después de todo lo que he vivido esta semana, que ha sido demasiado intensa. Necesito tranquilidad en mi vida. Cuando entramos en clase me siento observada por docenas de ojos. Unas cuantas compañeras se dicen algo al oído mientras otras me miran con mala cara. Me obligo a tomar aire y a dirigirme hacia mi asiento como si no me diera cuenta de nada. Al cabo de un rato compruebo que ya vuelven a hablar de trabajos y exámenes o simplemente de sus cosas. Suspiro con alivio. Entre pausas y cigarros le cuento a Eva lo que ocurrió ayer después de que me marchara.
—Nena, mándalo a tomar por saco —me dice soltando el humo del cigarro.
—Ya lo he hecho. Le pegué un cabezazo en toda la nariz.
—¿En serio? Mira que eres bestia. —Se empieza a reír y al cabo de unos segundos yo me uno a ella y acabamos a carcajadas.
—No me gustan nada los tipos así. Se creen que son los amos del universo.
Menos mal que Eva es todo lo contrario a Cyn. Es la voz de la cordura y de mi conciencia. Y estoy segura de que tengo que hacerle caso a ella. Una vez salió con un chaval que se comportaba de un modo parecido a Abel y acabó con el corazón destrozado. No es que me lo haya confesado nunca, pero se le notaba en la mirada. Yo también sufrí bastante tras la ruptura con Santi aunque fuera de mutuo acuerdo. Por eso, ahora que estoy tranquila, no quiero volver a meterme en esos jaleos.
—En realidad te gusta un poco, ¿no? —Eva me mira con la cara ladeada.
—Claro que no —miento descaradamente.
—A mí no me puedes engañar —se queda callada unos segundos mientras me observa—. A ver, yo tampoco soy quien para decirte lo que tienes que hacer. Ya sabes que soy la menos indicada para ello. Lo único que puedo decirte es que los hombres como Abel sólo buscan una cosa: sexo. Cuando lo consiguen, no se les vuelve a ver el pelo —juguetea con el mechero—. Pero si a ti te apetece y ves que no te vas a quedar pillada...
No abro la boca. Estoy pensando en todo lo que me ha sucedido en menos de una semana. ¿Quiere Abel acostarse conmigo? Es algo que todavía me sorprende. Después de ver las fotos de su piso, de todas esas mujeres bonitas con cuerpos y rostros perfectos, me pregunto qué es lo que ha podido ver en mí. Pero creo que le atraigo. Al menos es lo que me pareció ayer durante la comida. A lo mejor no está jugando conmigo y está ahí la posibilidad de que le guste. Pero la cuestión es que no me agrada el sexo sin compromisos. Algunas personas, entre ellas Cyn, piensan que estoy chapada a la antigua porque sólo me he acostado con los que han sido mis novios. Nunca he tenido un rollo de una noche aunque he tenido alguna que otra oportunidad. ¿Estaría dispuesta a ser un simple polvo por Abel? No sé si mi orgullo me lo permitiría y no tengo claro si la atracción que siento por él es lo suficientemente fuerte.
Una vez regresamos a clase intento concentrarme en tomar apuntes. Al fin y al cabo voy a poder terminar mi carrera. Y todo gracias a él. ¿Por qué cuando pienso que es tan mono hace o dice algo que lo fastidia? A lo mejor tendría que disculparme por lo de ayer, al menos por el cabezazo. No puedo dejar de pensar en lo que dijo cuando salí del coche pero, de todos modos, no he recibido ningún mensaje de él. Habrá comprendido que no quiero nada y habrá decidido dejar de insistir. Es lo que quería, ¿no? Pero si es así, ¿por qué noto una especie de vacío en el estómago al pensar que tal vez no vaya a saber nada más de él?
A las doce menos dos minutos la gente ya está recogiendo mientras el profesor continúa hablando. Todos tenemos ganas de largarnos ya y de que empiece el fin de semana. Por fin él se calla y nos levantamos de nuestros asientos con alboroto. Yo siempre soy de las más rezagadas porque tengo un montón de papeles y bolígrafos desperdigados por la mesa. Eva ya me está esperando al final de la hilera de mesas.
—Ya voy —le digo.
Al dirigirnos a la puerta vemos que unas cuantas chicas se han quedado paradas ante ella. Oh, no. ¿Ya estamos otra vez? Pero no puede ser. Escucho que alguien está hablando. Es la voz de un hombre, pero no la de Abel. Suspiro con alivio. Quizá es algún profesor anunciando una conferencia o algo por el estilo. Pero entonces un par de compañeras giran su cabeza hacia mí.
—¿Qué pasa? —pregunto confundida.
Me dejan paso y veo ante la puerta de la clase un hombre sosteniendo un gran ramo de rosas azules. Contengo la respiración. Patricia me señala muy emocionada y él se acerca a mí.
—¿Es usted la señorita Sara Fernández?
Estoy a punto de responder que no. Pero todo el mundo tiene la vista fija en mí, incluso el profesor, con una sonrisilla en su cara. Oh, no. No ha pasado ni un día y ya voy a ser una vez más el tema del día.
—Sí... —Alargo las manos para recibir las flores que el hombre me entrega.
—¿Puede firmar aquí? —Pone ante mí una cuartilla. El ramo es enorme y hago malabares con él hasta que Eva me ayuda a sostenerlo y puedo firmar.
—Eh... pues gracias —le digo al hombre. Este asiente con la cabeza y se marcha por el pasillo.
Mis compañeras de clase han formado un círculo entorno a Eva y a mí. Ay madre, parecen vampiras ansiosas por chuparme la sangre. Están deseando descubrir quién me ha enviado este ramo de flores, aunque imagino que ya se hacen una idea y por eso no se marchan. Patricia da un gritito y exclama:
—¿Es de Abel Ruiz?
Eva se adelanta un poco y se cruza de brazos poniendo su mejor cara de malota.
—Pues claro que no. Sara está intentando arreglarlo con su ex. —Mira la tía, miente mejor que yo—. ¿Os vais a quedar aquí todo el día?
Las chicas refunfuñan, pero poco a poco van rompiendo el círculo y se alejan a paso lento. Algunas se giran hacia nosotras como si no se fiaran. Patricia nos mira con expresión de cachorrillo hambriento, pero al final desiste y se marcha también.
—¿Hay alguna nota? —me pregunta Eva dándome el ramo.
Lo cojo y me pongo a rebuscar. Cae una tarjetita al suelo. Eva la recoge y la abre con emoción contenida.
—«Ayer me equivoqué. Te mereces que sea más caballeroso, así que propongo que empecemos de nuevo como amigos. ¿Qué vas a hacer mañana por la noche? Te invito a cenar y prometo que no habrá nada afrodisiaco. A.». —Lee la tarjeta.
Me quedo blanca. Me imaginaba que había sido él el que enviaba las flores, pero jamás habría pensado que me escribiría algo así. ¿Qué quiere de mí? Me está confundiendo. ¿Cómo quiere que seamos amigos? No puedo serlo de un tío que me pone cardíaca con tan sólo mirarlo a los ojos y mucho menos después de lo de ayer. ¡Dios debe de estar castigándome por algo! Me acerco las rosas a la nariz y aspiro su aroma. Huelen fenomenal y su color es precioso. Me pregunto cómo habrá adivinado que me gustan estas flores. Yo nunca sé de la forma que él va a actuar.
—Hostia tú, nena —dice Eva, releyendo la nota que todavía sostiene entre sus manos—. Que es de él. Y se está disculpando después del cabezazo que le metiste. ¿No me habías dicho que era un cretino?
—¡Y lo es! —Vuelvo a pensar lo mismo. Ningún tío normal enviaría flores a una chica a la facultad. Eso es de creerse superior, por favor—. Sólo está fingiendo que es amable para que caiga.
—A lo mejor no es lo que tú piensas. Nena, que a lo mejor le interesas de verdad.
Rotundamente no. Lo que sucede es que debo de ser la tía más dura con la que se ha topado. Le está costando hacerme caer y eso ha herido su orgullo de macho. ¡Puede que encima mi actitud le ponga más! Hay tíos que son así de raros, que les mola que les insulten y les traten como una mierda. A lo mejor él es así. Le arranco la nota a Eva y la leo. Tiene una letra bonita, de trazos finos y elegantes. Una cena con él. Como amigos. ¿Por qué estoy dudando en aceptar? Debería tener claro que no debo.
—¿Vas a ir a la cena? —me pregunta mi amiga—. Acuérdate de que habíamos quedado para tomar unas birras, pero puedes venir después.
Niego con la cabeza. Le hago un gesto para que echemos a andar porque todavía tengo que ir al banco.
—¿Y qué le vas a decir?
—Pues la verdad. Que he quedado con mis amigas.
Subimos las escaleras y ella se queda en la puerta para fumarse otro cigarro.
—Me voy al banco. Nos vemos mañana, ¿vale?
Ella asiente y se apoya en la puerta. Noto que me está mirando de forma rara.
—¿Qué pasa?
—Nada. Sólo estaba pensando en que las flores son muy bonitas. —Saca la lengua entre sus dientes de forma divertida.
Bajo las escaleras cabreada. Estoy segura de que no era por eso por lo que me miraba así.
Cyn no para de dar golpes en mi puerta. Echo el último vistazo al reloj. Vale, llevamos un ligero atraso pero, ¿qué más da? Sólo nos está esperando Eva. La oigo meterme prisas desde el otro lado de la madera. Yo sigo mirándome al espejo sin saber qué ponerme. No tengo mucha ropa para salir. Al final, con tal de que mi pesada compañera se calle, cojo una falda vaquera y me la pongo sobre los leggins negros. Me meto por la cabeza una camiseta de manga a medio brazo con escote a pico. El pelo es otra de mis pesadillas, nunca sé qué hacer con él. Lo llevo demasiado corto como para hacerme un peinado decente, así que al final opto por dejármelo suelto con un poco de espuma.
—¿Sales ya o qué? —me grita Cyn.
Abre la puerta sin mi permiso y entra en la habitación. Aparta la ropa que hay tirada en la cama y se sienta en ella. Me mira de arriba abajo y sonríe.
—Esa camiseta te queda bien. Parece que tengas más tetas y todo. —Sus opiniones siempre son muy sinceras.
—Gracias, Cyn. —Pongo los ojos en blanco. Me echo base en la cara y la restriego con una espumita. La miro desde el espejo—. ¿Sabes que vamos a un concierto de rock?
Se ha puesto un vestido corto de tirantes con florecillas que le queda como un guante. Pero así se viste una si va a una cita, no a un concierto de ese estilo. Ella se encoge de hombros y me sonríe. De todos modos, es tan perfecta que será capaz de ligar con los rockeros hasta con esa ropa. Termino de hacerme la raya del ojo y me pongo rímel en las pestañas. Me pongo un poco de brillo de labios rojo y me echo una última mirada en el espejo. Bueno, no está mal.
Corremos a la entrada y nos ponemos nuestras chaquetas. Cojo el bolso y meto en él mi monedero con un poco de dinero. En realidad me lo ha dejado Cyn, qué vergüenza. Pero que conste que ella ha insistido y se lo voy a devolver en cuanto pueda. En el jarrón del mueble de la entrada hemos puesto las rosas. Mi amiga las mira y suelta un suspiro.
—Son preciosas. Ojalá me regalasen unas a mí.
No le he contado que las flores llevaban una tarjetita ni lo que ponía en ella. Me habría obligado a ir a la cena. Le envié un wasap a Abel diciéndole que ya había quedado para ir a un concierto. Estuve esperando su respuesta, pero no llegó. Pues nada, que le den. No voy a estar disponible para él siempre que quiera. Tiro del brazo de mi amiga y salimos de casa. Correteamos por la calle buscando en la oscuridad el coche de Eva.
—¡Ahí está! —Cyn señala el Focus de nuestra amiga y nos dirigimos hacia allí—. Espera, Sara, no corras tanto —claro, si es que lleva unos tacones de vértigo, ¿cómo puede andar? Yo me he puesto mis botas negras que sólo llevan un poco de plataforma.
Por fin nos metemos en el coche y Eva arranca con un rugido del motor. Lleva puesto un CD de algún grupo de rock que desconozco. Ella ya va animada. A Cyn no le gusta ese tipo de música pero mientras haya hombres solteros allí, no le importa. Cuando llegamos al pub vemos que hay bastante gente en el exterior charlando y fumando. Se escucha desde fuera la vibración de la batería y de los bajos. Entramos y nos dirigimos directamente a la barra. Mientras Eva pide nuestra consumición, yo echo un vistazo alrededor. El local está abarrotado de gente bailando, cantando y divirtiéndose. Mi amiga me entrega una Paulaner y nos indica que la sigamos. Nos abrimos paso entre la gente y nos colocamos cerca del escenario. El grupo que toca no está mal. No los conozco, pero hacen versiones de canciones que me gustan.
—¡El de la batería no está nada mal! —me grita Cyn al oído.
Miro hacia donde me señala. Sí, es guapete. Es moreno y lleva un piercing de aro en la nariz. Tiene muchos tatuajes en el brazo. No me imaginaba que a ella le fuese ese estilo, pero quizá es porque es muy diferente a ella. Al fin y al cabo dicen que los polos opuestos se atraen. Eva empieza a bailar con su birra en la mano y Cyn la imita. A mí me da un poco de vergüenza, así que me limito a dar tragos a mi cerveza. Pero tras un par de ellas me siento más animada. Cyn y Eva bailan como locas y lo cierto es que yo también tengo ganas de pasármelo bien. Ha sido una semana muy dura, lo he pasado francamente mal y por fin, he podido pagar mi matrícula. Así que pienso celebrarlo.
Cojo a Cyn y a Eva y nos dirigimos al centro de la pista. Entonces se acaba la canción y las tres hacemos pucheros. ¡Queremos más! De repente, empiezan a sonar los acordes de una que me encanta... ¡Baby did a bad bad thing de Chris Isaak! Inmediatamente las tres nos ponemos a cantar y a bailar. A nuestro alrededor la gente anima al grupo y también se menean emocionados. La música es muy sexy y la letra es atrevida. Debe de ser la cerveza que me está subiendo, pero me siento totalmente desinhibida. Por eso, muevo las caderas a un lado y a otro de modo insinuante. Echo la cabeza hacia atrás y me olvido de todo. Me concentro en el ritmo de la música y bailo más sensual que nunca. «You ever love someone so much you thought your little heart was gonna break in two?». Tarareo la letra junto con el cantante. No tiene la voz tan seductora como Chris Isaak, pero no lo hace del todo mal.
Cuando me doy cuenta tengo a un chico bailando a mi lado. Es guapo, aunque no tanto como Abel. Se acerca un poco a mí y me pregunta el nombre. Le respondo gritando. Creo que ha dicho que se llama Fran, aunque no le he escuchado muy bien. No importa, tan sólo quiero bailar. Dejo que pose su mano en mi cintura y meneo mi cuerpo junto al suyo. Por las caras que ponen Cyn y Eva debo de estar comportándome de un modo inusual en mí. El tal Fran, si es que se llama así, se arrima un poco más y me atrae hacia él. Me parece que quiere besarme. Qué descarado. Tan sólo estaba bailando y ya se piensa que quiero algo con él. Ni siquiera Abel sería tan atrevido. Apoyo la mano contra su pecho y niego con la cabeza. Pero el tío está empeñado en ser un empalagoso y vuelve a intentar besarme. Por el rabillo del ojo veo que mis amigas se acercan para quitármelo de encima. Sin embargo, de repente abren mucho la boca y se detienen. Y entonces alguien le da un empujón al tío que intentaba besarme. Ese alguien se pone delante de mí. Una espalda ancha enfundada en una camisa blanca.
—¿Qué coño crees que estás haciendo? —le oigo preguntar.
—Eh, tío, tranqui, que no sabía que tenía novio.
La persona que me acaba de quitar a ese plasta de encima se gira y me mira con sus ojazos. Ya tiene otra vez las mandíbulas apretadas. ¿Por qué está enfadado ahora? Me agarra de la cintura y me une a él. Bailamos muy juntos, con su cálida respiración en mi cuello. Se mueve tan bien y está cantándome al oído con su erótica voz. «Baby you did a bad bad thing...». No puedo hacer otra cosa más que aferrarme a su camisa y dejarme mecer en sus fuertes brazos.