10
ME desperezo con suavidad antes de abrir los ojos. Me duele un poco la cabeza. Creo que anoche bebí demasiado. Poco a poco separo mis párpados y contemplo el techo. Con estupor percibo que no es el de mi casa. Aquí hay una lámpara de araña gigante y en mi cuarto tan sólo cuelga una bombilla. Me incorporo sobresaltada y miro a mi alrededor. Estoy sola en una cama de matrimonio enorme, con unas sábanas blanquísimas y muy suaves. En el suelo hay desparramados un par de cojines de color verde.
«Mierda, lo he hecho», pienso mientras apoyo una mano en la frente. Me late el corazón a mil por hora y tengo náuseas. «Me he acostado con Abel Ruiz, ¿no?»
De todas formas, no puedo recordar mucho. Me quito las sábanas de encima y veo que al menos tengo las braguitas puestas. Bueno, quizá me emborraché tanto que me quedé dormida antes de que pudiera hacerme nada. Espero que sea eso. Por favor, quiero que sea eso. Pero hay algo en el interior de mi cuerpo que me dice que ha pasado... Y entonces me moriré de la vergüenza. Y por cierto, ¿dónde está él? ¿Tengo una oportunidad de salir corriendo sin que me vea? Vale, parezco una cobarde, pero prefiero salir a hurtadillas antes que mantener una charla con él y con mi resaca matutina.
Echo un vistazo por el dormitorio. Hay un armario ropero que cubre de pared a pared, unas mesitas de diseño a cada lado de la cama, una alfombra de pelo por la que estoy caminando y un escritorio con un ordenador portátil frente a los enormes ventanales. Las blancas cortinas están echadas, así que me acerco a ellas y abro la ventana para que me entre un poco de fresco. Observo el horizonte y compruebo fascinada que, no muy lejos, se encuentra el mar. No tengo ni idea de dónde estoy. ¿Y qué hora será? Tengo que buscar mi teléfono. Estaba en el bolso... ¿Y dónde está este? Doy vueltas sobre mí misma pero no hay ni rastro de él por la habitación. Tengo que salir de aquí. ¡Pero tampoco encuentro mi ropa! ¿Qué hago? Corro hacia el armario ropero y deslizo una de sus puertas. ¡Madre mía, es enorme! Este tío tiene más ropa que Cyn y yo juntas. Trajes, camisas, pantalones... Hay de todos los colores y estilos. Sin pensármelo mucho, cojo una de las camisas y la descuelgo. Me la pongo a una velocidad asombrosa. Me topo con mi imagen en el espejo que hay dentro de la puerta del ropero. Tengo todo el pelo revuelto y se me ha corrido parte del rímel. Por no hablar de las tremendas ojeras. ¡Tengo que salir huyendo a la de ya!
Voy corriendo hacia una de las puertas de la habitación, pero al abrirla me hallo en el baño. Oh, por dios. ¿Todo en esta casa es tan fantástico? Me duelen hasta los ojos de la perfección. Mi habitación es más pequeña que este aseo. En la pared de la derecha hay una ducha con una mampara de vidrio transparente. Enfrente de mí se alzan dos pilas de color blanco con unos grifos de formas extravagantes. Me reflejo una vez más en el espejo que hay encima, tan grande que ocupa un extremo a otro de la pared. Pero lo más sorprendente es la bañera que se halla a mi izquierda, recogida entre dos pilares que salen de un escalón en el suelo y llegan hasta el techo. La bañera es preciosa, está empotrada en el suelo y tiene un tamaño tan grande que seguro que es como estar nadando en un lago. Alrededor de ella hay un par de plantas exóticas y al fondo una ventana de cortinas de seda que están echadas.
Doy unos pasos hacia ella completamente fascinada. Subo el primer escalón y me doblo hacia delante para verla mejor. Hay hasta unos asientos que parecen muy cómodos. Estoy segura de que también tiene jacuzzi integrado o alguna de esas chorraditas para dar masajes de espalda. Me inclino un poco más para leer lo que pone en los botones que hay a un lado.
—¿Me estás provocando?
Doy un salto y a punto estoy de caerme de morros dentro de la bañera. Me doy la vuelta y allí está, con toda su belleza de Adonis. Tan sólo lleva una toalla enrollada alrededor de la cintura y el pelo le cae en mechones húmedos por la frente. Oh. ¿Esto es lo que anoche tuve para mí? No puedo creerlo. No puede ser real. Es tan guapo. Camina hacia mí de forma pausada y dirige su vista hacia mis pechos desnudos. Me los cubro rápidamente con su camisa y me quedo muy tiesa en el escalón, sin saber qué hacer o decir. Me limito a pasear los ojos por su torso desnudo, fuerte e impregnado de las gotitas que se deslizan por él. Tengo una resaca de mil pares de demonios y maldita la gracia que me hace tener ganas de lamerle esas gotas de agua. Se detiene justo ante el primer escalón. Ya volvemos a ser igual de altos. Me atrevo a clavar mis ojos en sus iris azules y creo que me voy a morir de la vergüenza. Luego bajo la mirada hacia sus labios, cuya comisura está curvada hacia arriba. Sé que he besado esos labios y que esos labios me han besado a mí. Puedo recordarlo, aunque no del todo, sino como una sensación vaga.
—Estaba duchándome en el otro baño —dice en voz baja—. No quería despertarte. —Me acaricia el hombro por encima de la camisa y siento una sacudida en el estómago—. ¿Has dormido bien?
—Sí —asiento. Ya me he quedado sin palabras. Me parece que si quisiera hablar necesitaría una copa. Por eso se ve que anoche dije e hice cosas que no debía. Aunque aún mantengo la esperanza de haberme dormido a tiempo.
—Te queda bien mi camisa. —Coge los bordes y me la sube un poco. Yo me aparto y me doy en el talón con el segundo escalón, lo que hace que suelte un quejido. Él se da cuenta y se apresura a bajarme de allí en sus brazos—. ¿Estás bien?
Asiento con la cabeza y me libero de su abrazo. Lo miro con cautela. Intento encontrar en sus ojos y en su rostro una respuesta a lo que sucedió anoche, pero no hallo ninguna señal en ellos, como siempre. Su sonrisa permanece inmutable y me parece como si sus ojos volviesen a burlarse de mí. Voy a preguntar. Tengo que hacerlo. Así saldré de dudas y podré quedarme tranquila. Si se ha cumplido lo que él quería, todo habrá pasado ya.
—Anoche... ¿nosotros...? —Aprieto los bordes de la camisa contra mi cuerpo.
De repente se pone muy serio y le rechinan los dientes. ¿Qué? ¿Qué pasa?
—¿No te acuerdas de nada? —me pregunta.
—Eh... Bueno, recuerdo que nos besamos en la calle y que después me trajiste aquí, que bebí un poco de vino...
Se está mordisqueando los labios, un tanto nervioso. Yo agacho la cabeza avergonzada y me encuentro con sus marcados abdominales. Si no fuera porque sería muy descarado, alargaría la mano y se los acariciaría. Deben de estar duros y sensibles a mi tacto.
—Follamos, Sara.
Esa palabra hace que me despierte. No me gusta. No, no me parece bien que me lo diga así. Entonces la cabeza se me aclara un poco y pasan por mi mente imágenes de nuestros cuerpos desnudos, de mi piel contra la suya, sus labios comiendo de los míos y de los libros que caían sobre nosotros. Sí, practicamos sexo en su biblioteca. Oh, no, al final he caído, ha conseguido lo que quería. Pero es lo que ya he pensado antes: su deseo se habrá saciado y cada uno se irá por su camino.
—Me gustaría vestirme —anuncio, y enfrento mi mirada a la suya. Le estoy retando. Quiero que se dé cuenta de que esto me importa tan poco como a él. ¿Estaré lográndolo?—. Antes he buscado mi ropa, pero no la encuentro.
—Está abajo. —Me escruta unos segundos más antes de darse la vuelta y salir por la puerta.
Yo le sigo, pero me espero en la habitación. Me siento en la cama, arropándome el cuerpo desnudo con la camisa, y me la llevo a la nariz para aspirar su aroma. Huele a limón, a canela y a algo más salvaje, como la hierbabuena. Huele a él y eso hace que mis braguitas se humedezcan. Me digo a mí misma que soy una gilipollas. Pensé que por una vez en mi vida iba a poder comportarme de modo distinto, quizá como lo hace Cyn. Pero yo no soy como ella, no puedo limitarme a disfrutar con un tío y después olvidarlo. Y mucho menos a él. Empiezo a pensar que Abel es para mí como una adicción y que ha sido de muy tonta pensar que podía eliminarlo de mis huesos.
Aparece en la puerta con mi ropa y mi bolso y los echa sobre la cama. Está demasiado serio y no me gusta nada cuando se pone así. ¿Le ha molestado que le dijese que no recordaba lo de anoche? ¿Y qué más le da? ¿Es tan engreído que quiere que lo recuerde como el mejor sexo de mi vida? Meneo la cabeza y saco el móvil del bolso bajo su atenta mirada. Diez llamadas y ciento sesenta wasaps. ¿Pero qué? Lo abro y me encuentro con un grupo creado por Eva y Cyn. Le han puesto como título «Cacho perra». Sí, muy típico de ellas:
«Nena, ¿qué tal ha ido con el jamelgo?», quería saber Eva.
«Eso, guarra, ¡cuéntanos! ¿Te lo has tirado o qué?», Cyn con sus malos modales.
Diez minutos después me enviaron otros mensajes:
«Pero ¿por qué no contestas? ¿No me digas que todavía estás con el buenorro entre las piernas?», insistía Cyn.
«Nena, dinos algo, que nos vas a preocupar», Eva y sus constantes comidas de cabeza.
Continúo leyendo sus mensajes y cuando llego al último les escribo para que se queden tranquilas.
«No os preocupéis. Estoy en su casa. Cyn, volveré a la nuestra en un rato».
Antes de meter el móvil en el bolso ya me ha llegado un wasap, pero hago caso omiso de él. Abel me mira fijamente apoyado en el marco de la puerta. Yo me hago la tonta y agarro el sujetador para ponérmelo.
—¿Puedes salir?
No se mueve ni un centímetro. Vale, no recordaba que es un impertinente que se cree con el control de todo el mundo. Está bien. Pues me vestiré delante de él, total, ya me ha visto desnuda. Me levanto de la cama y me doy la vuelta. Me coloco el sujetador e intento abrochármelo. Siempre me cuesta mucho. Le siento venir a mí y me giro, extendiendo un brazo hacia delante para que no se acerque más.
—Sara —Mi nombre en su boca suena como una melodía celestial—: ¿Eras virgen? —Vale, acaba de perder todo su encanto.
Abro la boca con indignación y agito la cabeza completamente estupefacta. ¿Pero de qué va? ¿A qué se debe esa estúpida pregunta?
—Claro que no, gilipollas. —Se me ha escapado el insulto.
—Lo siento, pero entre que ayer al principio estabas muy cerrada y tu comportamiento de ahora...
—¡A veces me ocurre eso! —No le dejo terminar. Por fin logro abrocharme el sujetador y me empiezo a poner los leggins absolutamente cabreada—. Me cuesta un poco excitarme, ¿vale?
—Excitada estabas, pero te dolió cuando empecé a... —Se cruza de brazos con una sonrisa ladeada.
—¡Será que no he tenido a tantos tíos sobre mí como las que tú te tirarás! —exclamo con rabia. Pero pronto aprecio que he sido una maleducada. Veo que está apretando los puños y que le tiemblan.
—No te pases, Sara. —Me indica con un dedo.
Me intento colocar las botas y trastabillo y me caigo de culo en la cama. Él suelta una carcajada y yo me pongo todavía más rabiosa. Me está volviendo el dolor de cabeza. Nunca debí venir aquí, ni hacer caso a mi cuerpo. A partir de ahora lo único que haré es seguir los consejos de mi cabeza.
—Espera, espera, no te enfades. —Me quita la camiseta de las manos. Yo intento cogerla pero él la alza por encima de su cabeza y yo no llego hasta ahí. ¿A que le doy un puñetazo en el estómago? Aunque quizá ni sentirá cosquillas—. Tienes un poco de resaca, ¿verdad?
Miro hacia otro lado y él me coge de la barbilla. Pasa el pulgar por mis labios y a punto estoy de metérmelo en la boca. Cuando lo aparta, me los relamo.
—Tienes los labios secos. —Vuelve a acariciármelos—. Es mucho mejor que antes de irte bebas algo para hidratarte y tomes una ducha.
Todas mis alarmas se ponen en alerta. No, tengo que negarme. Debo irme de aquí a la de ya. Pero lo cierto es que tengo mucha sed y no me vendría nada mal meterme en ese pedazo de ducha y ponerme bajo el chorro de agua caliente.
—Espera aquí un momento. —Pone su dedo índice sobre mis labios y me obliga a callar. ¡No! Yo quiero protestar. Tengo que ser más dura. ¿Cómo puedo estar permitiendo que se salga con la suya? Me cruzo de brazos y miro a mi alrededor con enfado. Para distraerme, me acerco a la ventana y contemplo el mar al fondo. Se ve precioso y dan ganas de meterse en él ahora mismo. Escucho a Abel trastear en alguna parte de la casa y, al cabo de unos minutos, vuelve con dos vasos de zumo. Por el color, me imagino que son de naranja. Me tiende uno y yo lo cojo con mala cara. Pero cuando me lo llevo a la boca, no puedo detenerme. ¡Uf, está tan fresco y dulce! Era cierto que estaba deshidratada. Él me retira el vaso de la mano y lo deja en una de las mesitas de noche. Todavía no ha probado el suyo.
—Y ahora, ¿por qué no te das una ducha?
Me coge del hombro para casi empujarme al cuarto de baño. Una vez dentro, saca de uno de los cajones del mueble una toalla gigantesca. La deja en la barra de al lado de la ducha. Se está preocupando mucho. ¿Será así con todas? Espero que no, porque uno de los motivos por los que no salgo corriendo es que me siento segura con él. Corre la mampara y me empieza a explicar los botoncitos que hay en la pared. No le estoy prestando atención porque tengo su abdomen contra mi espalda y se traspasa la humedad a través de la camisa.
—Tienes quince minutos para ducharte y vestirte. ¿Crees que serás lo bastante rápida? —me pregunta una vez me lo ha explicado todo.
Asiento. En casa normalmente sólo tardo diez minutos en ducharme. Además, aquí no tengo ni mi champú ni mi acondicionador, así que todavía será más rápido. Él va hacia la puerta y se despide con un leve movimiento de dedos. Yo intento sonreír, pero sólo me sale una mueca. Cuando cierra la puerta, me meto en la ducha. Aprieto el botón que creo que ha dicho que es para que se encienda y empieza a caerme agua. Marco la temperatura que quiero y en cuestión de segundos el vapor emborrona la mampara. Cierro los ojos y me concentro en sentir el agua caliente en mi piel. Alargo la mano y cojo su champú. Un olor a frutas exóticas me llega a la nariz cuando me lavo el pelo. Lo disfruto como nunca. Huele de maravilla. Sin duda, es el olor que sentí cuando su pelo me acarició el rostro. A continuación me enjabono el cuerpo con uno de los muchos geles que decoran los estantes. Tiene un fuerte aroma, aunque no alcanzo a reconocer qué es. Cuando me aclaro el pelo, observo los botoncitos para averiguar cuál era el del masaje. Creo que el de abajo del todo. Lo aprieto y varios chorros salen de las paredes de la ducha y golpean con suavidad mi espalda. Uhm, es maravilloso. Podría tirarme aquí todo el día.
—¿Terminas ya o qué?
Doy un grito del susto. Mierda, ¿cuánto tiempo llevo aquí? Hasta se me han arrugado un poco los dedos. Y él me ha dicho que tenía quince minutos para ducharme y vestirme. Voy a detener la ducha cuando escucho un sonido contra la mampara. Me doy la vuelta y le descubro con las palmas apoyadas en el cristal. El vaho hace que le vea borroso, pero eso no quita que me dé cuenta de que ya no lleva la toalla. En realidad, no lleva nada. ¿Por qué no se ha vestido y me mete prisas a mí? De repente, corre la mampara y un golpe de aire frío me cala los huesos. Me cubro el cuerpo con las manos. Pero él está ahí, desnudo delante de mí, y tan tranquilo. Ahora que estoy lúcida contemplo perfectamente su cuerpo y se me seca de nuevo la boca. Trago saliva al descubrir su palpitante erección. ¿Qué es lo que pretende? Sin pedirme permiso, se mete en la ducha conmigo y cierra la puerta.
—¡Eh! ¿Pero qué estás haciendo? —protesto.
—¿Tú qué crees?
Su cuerpo choca contra el mío y yo me aprieto contra el cristal de la ducha. El agua está mojando su pelo, su cara y su cuerpo y me mira con lujuria y deseo. No tengo escapatoria. Cuando me coge las nalgas, toda mi piel despierta de su letargo. Recuerdo los calambres que sentí anoche y en cuestión de segundos alcanzan de nuevo mi cuerpo. Apoyo las manos en su pecho y ladeo la cabeza al darme cuenta de que me va a besar. Sus labios se posan en mi mejilla y me da tiernos besitos cubriéndome el ojo.
—¿Por qué te empeñas en esquivarme? —me pregunta al oído, apretándose contra mí. Me hace daño en la cadera con su duro miembro—. ¿Me tienes miedo, Sara?
—No...
—¿Entonces? —Con un rápido movimiento me da la vuelta y tengo que ladear la cara para no chocarme con el cristal. Apoyo la ardiente mejilla en él y cierro los ojos—. ¿Es que no te gusta el sexo conmigo? —Me roza el trasero con la punta y yo intento controlar un gemido de placer. Me abraza desde atrás y jadea en mi oído—. Porque yo creo que sí. —Lleva sus manos hasta mi sexo y acaricia mis labios, luego los separa e introduce lentamente un dedo—. Esta humedad no se debe sólo a la ducha.
—Para... —hablo más para el cristal que para él.
—¿En serio es lo que quieres? —Noto su miembro abriéndose paso entre mis piernas. Mi cuerpo habla solo y alzo el trasero para aliviar las cosquillas que me inundan. Él lo acoge entre sus manos y lo acaricia y lo estruja—. Tienes un culito que me pone a cien. —Noto que acerca los dedos a mi entrada y yo me sobresalto. Me da un beso en el cuello para tranquilizarme—. Tranquila, de momento vamos a dejarlo tranquilo.
¿Cómo que de momento? No, perdona, lo dejamos tranquilo para siempre. Mi trasero no va a pertenecerle a nadie, por mucho que el que lo desee sea un dios en la tierra. Me niego a que me hagan el amor de esa forma. Voy a protestar en el momento en que me agarra de las caderas y me pone otra vez de cara a él. Me sujeta la cara con las manos e impide que vuelva a ladearla. Ataca mi boca con violencia y me muerde los labios. Al cabo de unos segundos caigo y abro la boca para recibirlo. Su lengua se abre paso y busca por cada recodo. Me engancho a su cuello y le beso con ardor. Estoy otra vez en combustión. El corazón me da unas tremendas acometidas en el pecho y jadeo en sus labios como si fuera el fin del mundo. Acerca las manos a mis pechos y los acaricia con suavidad. Es una sensación que no puedo explicar, nunca ningún hombre me los había tocado de ese modo. Sabe perfectamente cómo hacer que quiera más y es lo que deseo cuando tira de uno de mis pezones.
—Abel... —gimo en su boca.
Deja de besarme y me mira durante unos segundos. Yo la mantengo, y me dedica una increíble sonrisa. Cierro los ojos al notar que sus manos expertas bajan por mi vientre y se detienen en mis caderas. Yo me echo hacia atrás y sin querer aprieto uno de los botones y de repente se escucha una suave melodía. Guau, ¡pero si hasta tiene radio! Y la canción que suena sé cuál es. Cómo no reconocer esa voz: se trata de Marvin Gaye y su Let’s get it on. Mira, qué justito. Nos viene que ni pintado. ¿Tendrá una recopilación de canciones sensuales para que suenen en la ducha cuando se está tirando a alguna?
—¿Sara? —me pregunta al oído. Se habrá dado cuenta de que estaba en las nubes.
—Me gusta esta canción —digo.
El apoya su nariz en la mía y sonríe. Me balancea suavemente al ritmo de la música. «There’s nothing wrong with me loving you and giving yourself to me can never be wrong», me canta de forma erótica al oído. No, no, no. Que no haga eso, por favor. Va a conseguir lo que no quiero. ¿Por qué está ahora hablando de amor? Bueno, en realidad tan sólo se trata de la letra de la canción, no es que sea él el que está dedicándome esas palabras, ¿no? Pues claro que no. No puede ser. Esto es lo que es y punto: un polvo matutino en una impresionante ducha. Así que voy a pensar sólo en el placer que me va a dar. Estoy harta de que mi mente no deje de pensar de forma negativa una y otra vez.
—Te has portado mal —jadea en mi cuello mientras me lo llena de suaves besos. No sé a qué se refiere—. No te acuerdas de lo de anoche. ¿Ves como no es bueno beber tanto? Aunque voy a hacer que lo recuerdes. —¡Ah, se refiere a eso! Me lame la barbilla y yo echo la cabeza hacia atrás. Me tiene tan empotrada contra el cristal de la ducha que por entre nosotros no puede correr ni el aire. Nuestros cuerpos húmedos por el agua y el sudor resbalan el uno contra el otro. Me aparta el pelo mojado de las mejillas y me las besa—. Tengo mucha prisa, así que va a tener que ser rápido. Pero la próxima vez recorreré cada centímetro de tu piel. No va a quedar ni una parte de tu cuerpo sin ser mía.
¿A la próxima? ¿Es que va a haber una próxima vez? ¿No se trataba sólo de una noche de sexo? Bueno, y de una mañana. Pues no, al parecer quiere más. ¿Me alegra saberlo o es mucho peor? De todos modos no me da tiempo para pensar en ello porque, de súbito, me da otra vez la vuelta y yo acabo con la mejilla pegada al cristal. Me agarra de las caderas con fuerza y busca mi entrada con su impresionante erección. Dejo escapar un gemido cuando noto su punta rozando mi clítoris. Su cuerpo se resbala del mío, pero aun así, me continúa apretando contra él. Yo echo el trasero hacia atrás y hacia arriba para ayudarle y enseguida me penetra. Con una embestida fuerte, sin contemplaciones. Parece que esta mañana le apetece sexo del duro. Bueno, dice que tiene prisa, pero a mí nunca me ha gustado mucho. Aunque he de reconocer que esta mezcla de placer y dolor me está matando. Apoyo mis manos en la mampara para recibir sus embestidas.
—Me estás volviendo loco, pequeña —exhala en mi cuello. Me sujeta fuerte de las caderas y me atrae hacia él para penetrarme hasta el fondo. Oh dios, esto es demasiado fuerte para mí, pero tampoco quiero que pare.
—¡Abel! —grito, descontrolada. Su potencia va a acabar conmigo pero mi sexo se va abriendo cada vez más para recibirle.
Me suelta la cadera derecha y me acaricia el muslo hasta llegar a mi clítoris. Lo roza con suavidad y gruñe de satisfacción al encontrarlo hinchado y palpitante. Marvin Gaye nos canta desde los altavoces y yo no puedo más que apoyar mi cara contra la mampara y gritar ante los empujones de Abel. Sus dedos se pierden entre mi humedad y los mueve en círculos. Yo aprieto los muslos para sentirlo más. Me voy a morir de placer si sigue haciendo eso.
—Aún no, pequeña —me muerde la nuca.
No puedo aguantar mucho más. Sus dedos expertos en mi sexo y en mi clítoris hacen que un torbellino de placer me recorra todo el cuerpo. Bombea con más fuerza y lo noto llegar a la entrada de mi útero. No voy a poder caminar después, ¿pero qué importa? Sólo estamos él, yo y el placer que me sacude los huesos. No hay nada más. No puedo explicarlo. Es una sensación demasiado maravillosa que traspasa la realidad.
—Dame más —le pido mientras yo misma me muevo contra sus violentas embestidas.
—No quiero hacerte daño, Sara... —jadea a mi espalda.
—¡Más fuerte! —exclamo. Me da igual que me lo haga, ahora necesito que duplique la velocidad y la fuerza de sus sacudidas. Estoy a punto de explotar de placer y quiero que sea el mejor orgasmo de mi vida.
—¡Mierda, Sara! —Obedece y me penetra con violencia, sin dejar de sujetar mis caderas y haciendo círculos con el dedo en mi hinchado clítoris.
Entonces noto que su pene palpita en mi interior y sé que se va a correr. Recuerdo que no se ha puesto condón esta vez, pero ahora no puedo parar. En estos momentos todo me da igual. Mi estómago se encoge una y otra vez ante la inmediatez del orgasmo. Abel jadea a mi espalda al tiempo que se derrama en mi interior. Al notarlo, mi cuerpo se desborda y me sumerjo en un universo de polvo de estrellas. Noto que floto, que vuelo. Grito y palmeo la mampara ante la sorprendente explosión de mi orgasmo. Dios, es magnífico. Quiero esto en mi vida una y otra vez. Abel me envuelve en sus brazos y yo sonrío satisfecha mientras me da suaves besos en los hombros. Nos quedamos un ratito así, con el agua cayendo sobre nuestros cuerpos y él en mi interior, palpitando todavía.
—Tenemos que irnos —dice con voz cansada.
—Hummm... —Estoy tan a gusto aquí, sintiéndome arropada por este imponente hombre.
Separa su cuerpo del mío y me da la vuelta. Nos quedamos mirándonos un rato hasta que deposita un dulce beso en mis labios. Abre la mampara y sale de la ducha. Yo me quedo dentro un poco más, observando cómo se seca con una toalla.
—Tengo que coger un vuelo en cuarenta minutos —me dice, al ver que no salgo—. ¡Date prisa!
¡Joder, ya podría habérmelo dicho antes! Salgo corriendo de la ducha y me froto con la toalla que me había dejado. Seco lo que puedo mi pelo, aunque se me queda bastante húmedo. Espero no resfriarme por el camino. Él ya se está vistiendo en la habitación y yo hago más de lo mismo. Mientras me meto los leggins por las piernas, le observo disimuladamente. Tiene un culo prieto perfecto. Y esos vaqueros le sientan genial, igual que la camisa a cuadros que se ha puesto encima de la interior. Se vuelve hacia mí.
—¿Estás lista?
Me levanto de un brinco de la cama e intento hacer algo con mi pelo ante el espejo, pero desisto. Cojo el bolso y me lo cuelgo del hombro. Asiento con la cabeza. Él me hace un gesto para que salga de la habitación y nos encaminamos hacia el recibidor. Al pasar por la que es la biblioteca, la puerta está abierta y de pasada veo que todavía están los libros en el suelo. En el recibidor hay una maleta junto a la puerta. La coge y yo abro para salir al exterior. El sol próximo a marzo me da en los ojos y los guiño, debido a la molestia. Tras cerrar, caminamos deprisa hacia el coche. Me sabe mal que me tenga que llevar a casa, pero no tengo ni puñetera idea de dónde estoy y además, no tengo transporte. Quiero fijarme en algo que me indique nuestra situación, pero no veo nada, tan sólo el resto de casas y el mar al fondo, así como una zona a lo lejos que parece ser un bosque.
Ya en el coche nos mantenemos en silencio un rato. Él pone la radio y se concentra en conducir. Está otra vez serio y se le dibuja una arruga en el ceño. A medida que nos acercamos a la ciudad, en mi estómago se va formando un nudo. ¿Qué va a pasar ahora? ¿Se ha acabado esto? Al parecer, se va de viaje. Entra en mi barrio y aparca una calle antes de llegar a mi finca. Supongo que le viene mejor así para salir luego a la carretera que le lleva al aeropuerto. No tengo ganas de despedirme. Me da miedo girar la cara y leer en sus ojos que esto se ha terminado, que no nos vamos a volver a ver. Se supone que es lo que quería en un principio, pero ahora lo que deseo es volver a tenerlo dentro de mí y conocer más de su vida, porque apenas sé nada de él. Seguro que ha sido por la maldita biblioteca, que me ha trastocado.
Me coge del hombro y no tengo más remedio que volverme hacia él. Está sonriendo otra vez y la visión de los hoyuelos en sus mejillas hace que todavía me sienta más desolada. Me sujeta por la nuca y se inclina hacia mí y me besa con suavidad. Ya no es como antes, ya no noto en él esa necesidad de anoche y de esta mañana en la ducha. A diferencia de mí, él ya se ha saciado.
—Voy a estar unos días en Madrid por motivos de trabajo —dice cuando se aparta—. Pero cuando vuelva, te llamaré.
¡No! ¿Por qué ha dicho eso? Preferiría que me hubiese dicho adiós y así yo me habría quedado tranquila. Pero ahora me pasaré todo el rato pendiente del teléfono, aunque sepa que no va a volver a llamar. Ya ha conseguido lo que quería y no una, sino dos veces. En Madrid quizá conozca a otra chica y se convertirá en una víctima más. Yo pasaré entonces a formar parte de su colección. Me acaricia la barbilla con los dedos y me mira fijamente. Me pierdo en sus ojos azules, podría hacerlo siempre. Rompo. Soy una de esas chicas tontas que se quedan prendadas de un tío del que saben que para él serán sólo un polvo.
—¿Te pasa algo? —me pregunta. Niego con la cabeza y salgo del coche. Él se despide con la mano y arranca. El coche se pierde calle abajo.
La he jodido pero bien.