21
¿QUÉ voy a hacer ahora? Inmediatamente pienso en Cyn, ya que ella tiene su número. Saco el móvil y marco las teclas, equivocándome un par de veces. Al fin acierto y me lo llevo a la oreja esperando que mi amiga conteste, pero la muy cabrona debe de estar durmiendo o practicando sexo con Kurt, y me inclino más por lo segundo. ¡Mierda! Ha sido la decisión más arriesgada que he tomado en mi vida y me ha salido mal. ¿Por qué no le dije anoche que le acompañaría? Ha sido una estupidez querer hacerme la dura.
Escucho que alguien me está abriendo la puerta. La empujo con el pulso acelerado y me meto a trompicones en el patio, lanzándome escaleras arriba como una posesa. El corazón se me va a salir por la garganta al pensar que me ha esperado. Me muero de ganas por verle, por saber cómo va vestido, por aspirar su aroma matutino. Sin embargo, cuando alzo la vista me topo con un Marcos somnoliento. Tiene la cara hinchada y se queda estupefacto al verme subir las escaleras de ese modo.
—¿Sara? —pregunta como un tonto.
—¿No ves que sí? —Me detengo ante él sin apenas poder respirar—. ¿Dónde está Abel?
—Pues... ha salido hará unos diez minutos. Se va a Barcelona.
—¡Eso ya lo sé! —exclamo con los puños apretados.
—¿Habías quedado con él? —Se lleva una mano a la boca para contener un bostezo.
Muevo la cabeza con desilusión. No sé qué cojones hago hablando con este tonto que no me va a aclarar nada. Pero entonces, se me enciende una bombilla en la cabeza.
—¡Por favor, llámalo! —Estiro las manos para agarrarlo, pero me detengo con un gesto de asco al ver que va sin camisa. Ni me había fijado. Ugh, demasiados músculos para mí.
—Está bien —murmura él, metiéndose en el piso. Yo le sigo pegada a su trasero y observo todos sus movimientos con los nervios a flor de piel—. ¿Qué le digo?
—¡Que estoy aquí! ¡He venido para irme con él! —Ya estoy empezando a perder la paciencia como cada vez que me encuentro con este chico.
Él trastea en el móvil durante unos segundos que se me antojan eternos. ¡Dios! ¿Por qué es tan lento? A punto estoy de arrebatarle el teléfono y llamar yo misma, pero me contengo porque no quiero parecer una desesperada. Le escruto mientras se lo lleva a la oreja y da un par de pasos de un lado a otro mirándome con curiosidad. Al fin, cuelga.
—Pues no lo coge —me informa, encogiéndose de hombros.
—¡Llámalo otra vez! —grito.
Me mira con los ojos muy abiertos y una expresión de desconcierto en la cara. Vale, seguro que piensa que estoy loca, pero en estos momentos eso no es algo que me importe. No puedo dejar de morderme las uñas mientras él llama un par de veces más a Abel. Niega con la cabeza tras la tercera.
—Debe de estar conduciendo —dice, dejando el móvil en el mueble de la entrada.
—¡Joder! ¿Y no lo escucha? —Me llevo las manos al pelo y me retuerzo un mechón.
Marcos se queda unos segundos mirándome y al fin, me dice:
—Lo suele llevar en silencio cuando va en el coche. Pero quizá todavía esté en el garaje. ¿Por qué no vas y lo compruebas?
Un nuevo atisbo de esperanza me ilumina el corazón. Me lanzo contra él y le doy un efusivo abrazo. Se queda muy rígido y echa un par de vistazos a una puerta abierta. Me la señala con un gesto y llego a la conclusión de que estará con alguna conquista.
—Lo siento —susurro. Me giro dispuesta a salir pero, cuando voy a cerrar la puerta, me detengo como una tonta y le pregunto—: Esto... ¿Y dónde está ese garaje?
—Al final de la calle —Coge unas llaves que están en el mueble y me las tiende—. Toma, las necesitarás para abrir la puerta —me guiña un ojo—. Pero en cuanto le encuentres, devuélvemelas.
Asiento con una sonrisa y corro escaleras abajo una vez más. Me está empezando a entrar flato, pero apenas me doy cuenta de ello. Siento que esta vez es mi oportunidad y que Abel tiene que estar todavía en el garaje. Porque si no, me moriré. Me arrepentiré toda la vida y el remordimiento no es un buen sentimiento con el que vivir. Nada más salir a la calle, el tobillo se me resiente. Sabía que no debía correr, pero no tengo alternativa. Medio cojeando, acabo llegando a la puerta del garaje. Está cerrada, pero no tiene por qué significar que se ha marchado de allí. Lucho con el cerrojo y al fin, consigo abrirla. Está muy oscuro cuando entro, por lo que no puedo distinguir los coches hasta que no pasa un ratito.
—¿Abel? —pregunto en voz bajita. ¿Pero cómo me va a escuchar así?— ¡Abel! —le llamo, alzándola.
No obtengo respuesta, y tampoco escucho a nadie allí dentro. Aunque, a decir verdad, es un garaje bastante grande, pues tiene una segunda planta. Quizá su plaza esté arriba. Camino por entre los coches, todos ellos magníficos. Supongo que se trata de automóviles de gente adinerada. Ahora entiendo por qué Abel guarda el suyo aquí, ya que en cualquier otro lugar sería un poco peligroso. Al cabo de unos minutos y tras haber recorrido todo el garaje, me doy cuenta con pesar de que no está. En fin, que se ha marchado. Los encuentros inesperados les suceden a las protagonistas de las comedias románticas, pero no a mí. No soy una Bridget Jones ni una Carrie Bradshad, tan sólo soy la estúpida Sara.
Con el estómago encogido, salgo del garaje y cierro la puerta con lentitud. Camino unos cuantos pasos con la cabeza gacha. El tobillo me está dando pinchazos, así que me derrumbo en el borde de la acera y escondo la cabeza entre las manos. No me lo puedo creer. ¡No concibo que me sienta de este modo! Por mi cabeza pasan las peores imágenes: Abel acostándose con Nina en Barcelona, Abel acostándose con modelos en Barcelona, Abel acostándose con cualquier mujer en Barcelona. Sollozo como una chiquilla al comprender que nunca más me va a besar a mí y llego a la conclusión de que jamás en mi vida voy a sentir lo que con él. En toda mi existencia no había creído a esas mujeres que hablan de sensaciones mágicas, de sentimientos a punto de hacerles explotar el cuerpo, de almas gemelas... ¡Y ahora soy yo una de ellas!
Unos zapatos se plantan ante mí. Están un poco viejos y son bastante feos. Vaya, algún transeúnte que se ha fijado en mí y desea hacer su buena acción diaria. Alzo un poco los ojos y me topo con un pañuelo de papel. No me apetece nada explicar lo que me sucede, así que espero que le baste con que acepte el pañuelo. Lo cojo con manos temblorosas, sin levantar la cabeza porque me siento totalmente ridícula, aquí tirada en la acera con semejante disgusto. A lo mejor piensa que soy una de esas falleras borrachas a las que el alcohol les ha sentado mal. Me sueno la nariz con un ruido tremendo, esperando que mi acompañante se marche de allí, pero sus pies continúan sin moverse.
—Siempre te encuentro llorando —dice una voz familiar.
Alzo la cabeza como movida por un resorte y nuestras miradas se encuentran. La suya, un tanto burlona; la mía, preñada de ilusión. Ahora sí que no me lo creo. No puedo ser tan afortunada. Él se acuclilla ante mí y me aparta de la cara los mechones mojados. Tengo ganas de gritarle por hacerme sufrir de este modo, pero también deseo abrazarlo. Su iris azul se clava en el mío y algo se retuerce en mi interior.
—Vi las llamadas de mi hermano al ir a poner gasolina —me explica, en voz baja. Incluso tan sólo diciendo eso, tiene un matiz sugerente—. Le llamé y me contó que habías acudido buscándome como una loca.
—¡No es cierto! —me quejo, apretujando el pañuelo entre las manos.
Él arquea una ceja y se me queda mirando. Vale, no debo de tener muy buen aspecto, así que esta vez no llevo la razón. Acabo asintiendo y esbozo una sonrisa. Me la devuelve y segundos después estamos riéndonos a carcajadas.
—Mi pequeña histérica —murmura, con sus labios muy cerca de mí. Aspiro el aroma de su aliento, que esta vez huele a café. Me muero por besarle, pero no me atrevo hasta que lo haga él—. ¿Entonces has decidido acompañarme a Barcelona?
—Sí —digo en un susurro, navegando por las aguas de sus ojos.
—No sabes lo que me alegra —Me acaricia la mejilla y posa sus labios sobre ella. Son tan cálidos y suaves—. Estoy seguro de que no te arrepentirás —frota su nariz contra mi piel y yo no puedo evitar sentir una oleada de placer.
Me ayuda a levantarme y se queda mirando mi mochila con un gesto de incredulidad, aunque no dice nada. Ya, imagino que llevo muy poco equipaje, pero tenía demasiada prisa. Y ahora mismo me estoy arrepintiendo, ya que no sé si voy a necesitar más ropa o si él tenía planeado llevarme a algún lugar bonito, de esos a los que estará tan acostumbrado a visitar y a los que tienes que acudir con ropa elegante.
—Voy a llevarle las llaves a Marcos, ¿vale? —Alarga la mano para que se las dé. Cuando nuestros dedos se rozan, un sinfín de cosquillas me altera el cuerpo. ¡Dios, y tan sólo son las ocho y pico de la mañana! ¿Cómo van a ser unos cuantos días enteros con él? Aunque tampoco estoy segura de cuántos son en realidad porque no lo ha mencionado—. Vuelvo enseguida. —Me besa la punta de la nariz y me deja allí como una tonta.
Observo sus estilosos andares de felino. Me vuelve loca cuando lleva esos vaqueros negros ceñidos, que le dibujan a la perfección su trasero. Y tiene una espalda tan perfecta con esa camisa arremangada... No es demasiado ancha, tiene el tamaño adecuado para mi gusto. Uf, es una espalda que me gustaría recorrer a besos, arañar con mis uñas, besar, morder, aferrarme a ella mientras me hace el amor... ¡Guau, cómo me he puesto en cuestión de segundos! Mi imaginación se ha vuelto una pervertida por su culpa. Pero no lo puedo evitar, desde la última vez en los baños del restaurante tengo unas ganas locas de estar en la cama con él.
Un par de chicas con cara de cansancio se me quedan mirando sonrientes cuando pasan por mi lado. Supongo que les parezco graciosa porque no paro de moverme de un lado a otro. Es que estoy tan emocionada... ¡Aún me parece increíble que me vaya de viaje con él! Bueno, no vamos a estar los dos solos, pero no importa. Cuando me mira con sus salvajes ojos me da igual el resto del mundo. En ese momento escucho la puerta del portal y al girarme, veo que me hace un gesto con la mano para que vaya hacia allí. Me coloco bien la mochila y me apresuro a alcanzarlo. Cuando estoy a unos metros, adelanta su mano y me sonríe. Puedo ver su dentadura perfecta y sé que quiero pasar la lengua por ella. Al llegar junto a él, me coge de la mano y yo suelto una risita de tonta. Joder, es que me siento como si fuese su novia y estas fuesen nuestras primeras vacaciones juntos. Me da otro beso en la mejilla y yo no puedo evitarlo: alzo los brazos y me aferro a su cuello, anhelando notar su calor corporal en mi piel. Me aprieto contra él y aprecio que se pone tenso.
—¿Pasa algo? —le pregunto cuando me aparta con suavidad.
—Nos tenemos que ir ya —responde sin borrar la sonrisa de la cara. Pero no sé por qué, le noto diferente.
Pienso que me va a dar la mano otra vez cuando echamos a andar, pero lo que hace es metérselas en los bolsillos. ¿Hay algo aquí que no marcha bien o me lo parece a mí? ¿Acaso se ha desilusionado de mí? ¿No siente ya aquella pasión de la que me ha hablado varias veces? Porque yo sí; demasiada. Y me da miedo imaginar que a él ya se le ha pasado el calentón. Joder, ahora me estoy empezando a arrepentir de haber venido. Creía que se iba a mostrar más entusiasmado. A mí, en cambio, me ha faltado babear y dar unas cuantas vueltas delante de él moviendo el trasero. ¿Qué hago? ¿Me vuelvo a casa y me dejo estar de tonterías?
Pero no me da tiempo a pensar más porque llegamos a la esquina de la calle y descubro su coche aparcado en doble fila. Y en él hay dos personas: un chico y una chica. Ella está sentada en la parte trasera y él en el asiento del copiloto. Uhm, vale, sabía que no íbamos a estar solos, pero pensaba que al menos haríamos el viaje en coche como unos tortolitos.
—¡Hola! —exclama la chica, alzando una mano cuando nos acercamos.
La observo durante unos segundos. Es realmente guapa y tiene un aspecto muy moderno. Lleva el pelo corto y de color rosa, y un maquillaje perfecto. La verdad es que me encanta su estilo.
—Soy Judith.
Se apea del coche y me doy cuenta de que es muy bajita, pero parece un terremoto. En cuestión de segundos aprecio que tiene un montón de energía. Se pone de puntillas y me da dos besos. Yo le sonrío un poco nerviosa, porque conocer gente no se me da demasiado bien. Aunque luego me suelte, soy un poco tímida al principio.
—Yo soy Sara.
¿Les habrá hablado de mí? Le noto a mi espalda, aunque bastante alejado. Entonces se pone a mi lado y le veo apoyar una mano en el hombro de la chica. No obstante, en este caso no descubro ningún signo de coqueteo entre ellos. Qué extraño, con lo don Juan que es, pensé que todas le gustaban, y mucho más si son mujeres bonitas. También me parece inusual que Judith no lo mire embobada, como hacemos todas las demás. Me da un poco de envidia. Yo era antes igual de dura que ella.
—Judith forma parte de mi equipo —me informa Abel—. Es una de las mejores maquilladoras.
Asiento con la cabeza. Vale, ahora entiendo que vayamos acompañados. No sé nada acerca de fotografía, así que no sabía que los fotógrafos disponían de un equipo profesional. Todo esto es nuevo para mí y debo de parecer un poco tonta. Por el rabillo del ojo observo un movimiento: se trata del chico que está sentado delante. También ha bajado del coche y se acaba de situar al lado de la chica.
—Así que vamos a tener compañía —dice, con una voz grave—. Y por lo que veo bastante buena.
Yo agacho la cabeza porque me siento incómoda cuando me dicen algún piropo, así que sólo le puedo ver los zapatos de piel. Son bonitos y están muy relucientes. Cuando alzo el rostro, descubro que el chico está tendiéndome la mano.
—Soy Eric, su asistente —Levanta la barbilla en dirección a Abel.
Por fin le miro a la cara. La verdad es que es bastante guapo. En realidad, es muy atractivo. Podría decirse que casi tanto como Abel, aunque de forma distinta. Tiene el pelo rubio oscuro y corto y unos ojos de color avellana muy bonitos. Está un poco serio, así que puedo apreciar su mandíbula y pómulos muy marcados que le dan un aire a chico malo, aunque por otra parte hay algo en él que transmite confianza.
—Si Abel me hubiese dicho que iba a acompañarnos una chica tan guapa, me habría puesto mis mejores galas —dice con su voz ronca, y esboza una sonrisa que le suaviza los rasgos. Me recuerda un poco a James Dean en sus años mozos.
Ante tantos halagos, no puedo evitar ponerme roja. Noto que las mejillas me arden. Y por lo que parece, Abel también se ha dado cuenta porque siento su mirada clavada en mí. Y creo que no está demasiado contento. Pues oye, la culpa es suya, que le pare los pies a su asistente, que yo no lo conozco de nada. Pero de todos modos, la actitud de este chico no es la misma que la suya: a pesar de sus piropos, me parece que no está intentado coquetear conmigo, sólo trata de ser simpático. Y, como he dicho antes, su sonrisa hace que me sienta bien.
—No le hagas caso —interrumpe en ese momento Judith—. Eric siempre está igual. Ya te irás dando cuenta.
—¡Qué voy a hacer si me encantan las mujeres! —Se encoge de hombros de forma divertida.
—Lástima que con nosotras no puedas —Judith se dirige a mí y me guiña un ojo—. ¿Verdad que no, Sara?
Niego con la cabeza dibujando una sonrisa. Ya me siento un poco más tranquila. Ella es la clase de chica con la que sé que puedo llevarme bien. A diferencia de Nina. Pero bueno, no quiero pensar en ella en estos momentos porque ahora soy yo la que tiene a Abel justo al lado, aunque no haya sonreído ni un sólo momento desde que hemos llegado al coche.
—¿Nos vamos? —pregunta, caminando hacia su lado.
Judith asiente con la cabeza y vuelve a su asiento. Eric se me queda mirando antes de subir, y yo le dedico una sonrisa nerviosa.
—¿Quieres dejar la mochila en el maletero? —me pregunta, señalando el bulto de mi espalda—. Seguro que cabe.
Asiento y cuando se la voy a dar, aparece Abel y me la arranca de la mano con violencia. Yo me quedo estupefacta. Cuando se va hacia el maletero y nos deja solos, Eric se echa a reír y me dice en voz baja:
—Me encanta hacerle rabiar. Es muy fácil.
Abel vuelve y nos mira con la ceja arqueada. A continuación me coge del brazo con fuerza y me sienta en la parte delantera del coche. ¿Pero no iba aquí Eric?
—Espero que no te importe que ella ocupe tu lugar —le dice.
—Por supuesto que no. —Eric esboza una sonrisa y añade—: Pasaré el viaje muy bien acompañado —Gira la cabeza hacia Judith, y esta pone los ojos en blanco con una gran sonrisa.
Cuando todos nos encontramos en nuestros asientos con los cinturones abrochados, Abel arranca y pone la primera. En cuestión de segundos nos sumergimos en el tráfico de la mañana. Como es normal estos días, casi todas las calles están cortadas debido a las Fallas, así que tenemos que dar unos buenos rodeos. Cuando conseguimos alcanzar la autopista, casi han pasado cuarenta y cinco minutos. Judith se ha pasado casi todo el rato despotricando contra las Fallas y los falleros. El viento es demasiado fuerte y le pido a Abel que baje la capota.
—¡Perfecto, así podremos hablar! —exclama Judith, dando palmas. Me recuerda un poco a Cyn, aunque tan sólo por lo alegre que es.
—¿Graciella y Damián van directos? —pregunta Eric.
Abel asiente con la cabeza y me informa de que esos dos son la peluquera y el estilista.
—Damián es muy gay —explica Judith—. Le vas a reconocer enseguida.
Yo me echo a reír y decido que definitivamente esta chica y yo nos vamos a llevar muy bien. Quizá necesite a una amiga durante este viaje, porque no sé cómo va a ser debido a que Nina va a estar allí. Aunque... ¿Y si son amigas? No sé si comentar algo sobre ella para tantear el camino. ¿Se molestará Abel si lo hago? Pero como parece que hoy la suerte me sonríe, Eric me libra de la tarea preguntando:
—¿Creéis que Nina estará más agradable esta vez?
—No hagas preguntas tontas —le dice Judith—. Nina es la persona más antipática del universo.
Entonces no son amigas. Y por lo que parece, saben que Abel y ella no son novios y que es todo una farsa, porque si no, no hablarían de ella así. Sin embargo, cuando le miro de reojo, me doy cuenta de que está muy serio. ¿Acaso le molesta que hablen mal de ella? Imagino que si en el pasado fueron pareja, todavía sentirá cariño, pero pensar en ello es algo que me provoca una gran inquietud.
—Se le ha subido la fama a la cabeza —continúa Eric—. Antes no era así.
—Porque necesitaba conseguir algo, pero como ahora ya lo tiene... —Judith se echa hacia adelante y se apoya en mi respaldo. Yo ladeo el rostro en su dirección porque imagino que quiere decirme algo—. Te aconsejo que no te acerques mucho a ella. Es de esas personas que siempre te miran por encima del hombro —suelta un suspiro antes de proseguir—. Cada vez que la maquillo se queja por todo. Me dan ganas de pintarle una cara de payaso y que haga el ridículo ante las cámaras.
Yo sonrío un poco porque me alegra saber que Nina no es una magnífica persona. Vamos, que como imaginaba, la belleza la tiene sólo por fuera. Sin embargo, me pongo seria en cuanto me doy cuenta de que Abel me mira con mala cara. Bueno, ¿y qué esperaba? ¿Que me pusiera a quejarme de que está muy feo hablar mal de otras personas? Para disimular, decido cambiar de tema:
—¿Y cuánto tiempo lleváis trabajando juntos?
—Yo dos años —dice Judith, todavía inclinada junto a mi asiento—. Pero estos dos llevan casi desde el principio.
—Estudiamos juntos —añade Eric, echándose también hacia delante para que le escuche mejor, ya que está la radio puesta—. Pero Abel siempre fue el que tenía verdadero talento —se echa a reír—. Y decidí ser su asistente para aprender del mejor.
—No soy el mejor —niega Abel en ese momento. Vaya, por fin se ha decidido a hablar. Yo ya pensaba que se había quedado mudo.
—Actualmente eres uno de los mejores —afirma Judith, que parece muy orgullosa. Imagino que es difícil también para los maquilladores hacerse un hueco—. No entiendo por qué le molesta que se lo digamos, si luego es un engreído ante todos —me dice al oído. Yo suelto una risita porque en parte tiene razón. Al menos en la cuestión de seducir a una chica...
A mitad de viaje paramos en una gasolinera porque ella necesita ir al aseo. Abel nos pregunta si queremos algo para beber. Eric pide un refresco y yo le digo que tan sólo quiero agua. Voy a sacar mi monedero cuando él vuelve a rechazarlo. Esa actitud me molesta. Vale, sé que tan sólo es un euro, pero me gusta pagar mis cosas. Bastante tengo ya con pensar que he venido de gorra a este viaje. Pero cuando lleguemos y nos quedemos a solas, le dejaré claro que en cuanto tenga suficiente dinero se lo voy a devolver.
—Es la primera vez que trae a una de sus conquistas consigo —me dice Eric mientras esperamos que vuelvan.
Vaya. Así que soy una de sus conquistas. Una más. Imagino que eso es lo que quiere decir. Supongo que no lo ha dicho con mala intención, pero me ha molestado un poco, así que tan sólo me quedo callada ya que ni siquiera sé lo que decir. Parece que se da cuenta porque se apresura a añadir:
—Te puedo asegurar que eso es muy raro en él —se calla, esperando mi respuesta, pero yo continúo muda. Me apoya una mano en el hombro y me confiesa—: Tampoco eres el tipo de chicas con las que va. Por supuesto, lo digo de forma positiva.
—¿Te ha hablado de mí? —pregunto, sin poder contenerme más. Me giro con la intención de comprobar que es sincero.
—Sí lo ha hecho —asiente él, con el rostro muy cerca de mí. Vaya, también huele muy bien. Sin embargo, puedo mantenerme en esta posición tranquilamente porque no me inspira nada—. Y la verdad es que muy bien.
—¿En serio? —No puede ser. ¡Le ha hablado de mí y bien! ¿Qué quiere decir eso? ¿Le ha contado que nos hemos acostado y que fue una experiencia sublime? Bueno, no sería tan extraño porque es lo que suelen hacer los hombres, pero en cierto modo me molestaría—. ¿Vosotros sois amigos o sólo tenéis una relación profesional?
—Cuando estudiábamos apenas nos podíamos ver, pero ahora creo que somos buenos amigos —Se separa un poco y sonríe—. Así que le conozco bastante bien y te puedo asegurar que le noto diferente. Parece más ilusionado que en otras ocasiones.
Yo me recuesto en el asiento y cierro los ojos conteniendo el grito de júbilo que acude a mi garganta. ¡Le gusto! Le gusto más que otras. Quizá con ellas fue sexo y nada más. Él mismo me confesó que había algo entre nosotros. Y es algo que no se puede explicar con palabras: es sexo maravilloso, es pasión, es intensidad... Pero hay algo que me ata no sólo a su cuerpo, sino también a su mente. Y creo que él también lo siente.
—Te digo esto porque pareces una tía inteligente —continúa Eric, dándome un apretón amable en el hombro.
—Pues gracias —contesto, dedicándole una enorme sonrisa.
—La otra persona con la que se ilusionó es muy distinta a ti.
Vale, ya me imagino de quién habla. De la estupendísima Nina. ¿Entonces se enamoró de ella? Él me dijo que habían salido juntos, pero que había sido distinto a lo nuestro... ¿Me ha mentido? Echo un vistazo por la ventana para comprobar si ya vienen. Al cabo de unos segundos Abel sale de la gasolinera con una bolsa.
—Verás... —Eric se arrima de nuevo a mí y yo me giro para escucharle—. No quiero asustarte, porque es una chorrada —se queda callado unos instantes, observando cómo se acerca Abel—, pero espero que sepas defenderte.
Me quedo mirándolo con el ceño fruncido. No sé a qué se refiere. Abel ya casi ha llegado al coche, así que se apresura a decir:
—Nina es de esas a las que no les gusta que toquen lo que es suyo.
—Pero ellos no están juntos, ¿no? —Espero no meter la pata.
—¿Crees que a ella le importa eso? —Eric se encoge de hombros y se echa hacia atrás.
Yo me quedo callada porque en ese momento Abel entra al coche y nos entrega las bebidas.
No puedo evitar ponerme nerviosa. Yo no soy una gata que pelee por su macho.
Y me imagino que Nina es la reina del corral.