8

Masacre

Ondeth y los demás tuvieron cuidado al caminar por entre los restos humeantes de la granja Bleth. Pétreo era el rostro del mayor de los Obarskyr, y no dijo una sola palabra mientras sus ojos contemplaban la destrucción. No había escapado un solo edificio… no se había salvado una sola criatura.

La granja tan sólo distaba una milla de Suzail, se trataba de un claro modesto que Mondar Bleth había despejado ampliándolo al doble de su tamaño. Había tres edificios principales, uno con cimientos de piedra que seguía allí, y en aquel mismo lugar Mondar había logrado reunir un importante número de cabras. Pero en aquel momento los edificios no eran sino piras humeantes, y los cuerpos de las cabras yacían esparcidos por el terreno, junto a los cadáveres humanos.

Diez personas, entre hombres y mujeres, habían muerto por una tontería. A Mondar lo encontraron a la entrada de la granja; su cuerpo desecho estaba suspendido de un trípode hecho con finas picas rematadas con una punta de oro, armas élficas. Las puntas ensangrentadas se habían hundido en su pecho, en su barriga, derribando el enorme corpachón al suelo, como el de un oso. Mondar tenía los ojos abiertos y una mirada acusadora.

Faerlthann se acercó a su padre, empuñando la espada de Mondar, un acero enorme y pesado que Mondar había ceñido siempre. Mondar no era de los que agotaban todas las posibilidades antes de recurrir al acero. La hoja estaba pegajosa y teñida de sangre oscura, y aunque entre los muertos no había ningún cadáver elfo, al parecer se había llevado a alguno que otro por delante antes de caer.

Las miradas de ambas generaciones de Obarskyr se cruzaron, y Ondeth creyó ver cierta acusación en la mirada de su hijo. Dos de los Bleth habían sobrevivido a la matanza al encontrarse en aquel momento en Suzail. Minda, la hermana de Mondar, había sido invitada la noche anterior a una cena, y había llevado con ella a Arphoind, el retoño más joven de los Bleth, un muchacho de apenas ocho inviernos.

Los Bleth habían cenado y después se habían quedado a pasar la noche. Arphoind en la guardilla, y Minda… en fin, Minda pasó la noche en la habitación de Ondeth. Nadie tenía por qué enterarse de su cita, y los Bleth hubieran partido al salir el sol, de modo que nadie en Suzail lo supiera. Pero al amanecer se vio una columna de humo procedente del noroeste, y cundió el pánico entre la servidumbre sin que fueran pocos los que repararon en la belleza azabache de los Bleth salir del dormitorio de Ondeth.

Habían dejado a Minda y a su sobrino a salvo antes de ir a investigar, sabia decisión por más de un motivo. Ondeth no quería que la mujer viera a su hermano empalado como un ganso suspendido ante el fuego. Además, quizá los elfos responsables de la matanza no anduvieran muy lejos.

Al comprobar la devastación, lo primero que pensó Ondeth fue en lo que podía decir a Minda. Pese a todo, al cruzar la mirada con su hijo, se enfrentó a otra pregunta: ¿qué diría a Faerlthann? Su hijo se encontraba entre quienes habían descubierto a Minda en la casa. Su rostro estaba pálido de la ira… pero no contra los elfos, sino más bien contra Ondeth Obarskyr, que había faltado a la memoria de su madre.

Al apresurarse a la salida de Suzail, Faerlthann había dicho una sola cosa, una breve reflexión apenas susurrada mientras cogían los aceros de la pared y se enfundaban las armaduras ligeras.

—¿Cómo has podido? ¿Cómo has podido hacerle eso a mamá? —Acto seguido, sin esperar la respuesta, se volvió para reunirse con los demás, de modo que no hubo tiempo para conversar.

Ondeth debió haberlo hecho, debió dar una explicación. Habían pasado cuatro años desde que Suzara lo había abandonado, cansada de los lobos, los mosquitos y, sobre todo, del trabajo interminable. Debió responder a su hijo que lo único que había hecho era pagarle con la misma moneda. Aquélla no era la primera relación que tenía, sino la primera vez que lo habían descubierto. Si Minda no hubiera estado en Suzail, lo más probable es que también hubiera muerto, y su cadáver estaría allí a merced de las moscas, al igual que el joven Arphoind, amigo de Faerlthann.

Ondeth debió decir algo entonces, pero no tuvo tiempo. Vio cómo la miraba su hijo tras la hoja ensangrentada de la espada de Mondar, y su mirada le pareció tan cargada de reproche como la del mismo Mondar.

Quizá más tarde tuvieran ocasión de hablar, padre e hijo. Quizá después pudiera explicarse, pero en aquel momento había que recoger los cadáveres de los Bleth y proporcionarles una incineración digna. Los hermanos Silver ya habían reunido algunos, sin olvidar colocar las cabras debajo de los humanos. Otra columna de humo, gruesa y aceitosa, se alzaría en aquel mismo lugar, aquel mismo día.

Ondeth miró la forma suspendida de Bleth, inclinada ligeramente hacia adelante, como si buscara pelea. La mandíbula de Mondar colgaba suelta, como si estuviera confesando algún secreto entre borrachos a un compañero de juerga. Sin embargo, no había secreto que valiera, sólo la advertencia de quienes habían sido durante la última década aliados de Ondeth.

—¿Y por qué ahora? —preguntó Ondeth. Faerlthann se sobresaltó al oír la voz de su padre, ronca y terrible—. ¿Por qué habrán esperado tantos años los elfos para atacar?

Para los colonos, el centro del universo era Suzail, y el centro de Suzail, la mansión de Ondeth.

La población, cuyo nombre era un claro homenaje a la esposa ausente de Ondeth Obarskyr, había crecido lentamente a lo largo de la falda de la ladera, más allá del claro donde se originó. La explotación forestal había sido supervisada de cerca por Baerauble, el amigo de los elfos; por ejemplo, se habían empleado de inmediato los árboles caídos en la edificación. La mayor parte de las primeras casas se habían convertido en terrenos de cultivo, de modo que tanto Ondeth como Villiam tuvieron que volver a erigir sus hogares, teniendo en consideración el espacio que debían destinar a los cultivos. Las familias de recién llegados se albergaban en la parte alta de la colina, protegidas por una empalizada de madera que la rodeaba por completo. La cima era propiedad de los Obarskyr por haber sido los primeros en llegar, cosa que nadie discutía. Trescientas cincuenta personas, más o menos, consideraban a Suzail como un hogar, número que podía perfectamente hacinarse en una sola manzana de las atestadas ciudades de Chondath o Impiltur, o incluso en los asentamientos mercantiles de la cercana Sembia.

Pese a ello, prosperaban. Hacía cuatro estaciones desde que construyeron un puerto que permitía atracar a los barcos a lo largo de la costa rocosa. Hasta entonces, los visitantes que llegaban por mar tenían que desembarcar en Marsember, para después recorrer la costa a pie hasta la ciudad de Suzara, Suzail. Los mercaderes pasaban de largo por aquella población pantanosa, en favor del asentamiento Obarskyr. Los contactos de Baerauble con los elfos permitieron que el puerto pudiera embarcar telas de factura élfica, así como nueces y pieles de bestias, para recibir a cambio herramientas, armas y diversos artículos manufacturados, procedentes de ciudades humanas situadas más al sur, en las costas del Mar de las Estrellas Fugaces.

La mansión de Ondeth dominaba la ciudad. Pese a sus dos pisos, contaba con un terraplén bajo y sólido de piedra basta y ripio gris relleno de guijo, que cubría en parte la ladera de la colina que daba a la parte posterior. Aquéllos fueron los primeros cimientos de piedra en toda Suzail, y la envidia de los vecinos los había empujado a imitarlo.

Ondeth había hablado de erigir algunas torres en los límites de su hogar, aunque sus ocupaciones le impidieron llevar a cabo el proyecto. Cuando construyó la mansión, la mayor parte estaba destinada a un único salón, donde se reunía buena parte de la población de Suzail por las noches, alrededor de un buen fuego que se encendía en medio de la sala. Las familias se acercaban a cocinar la cena, a charlar, a contar chismes sobre el comercio, mentiras, leyendas. Con el aumento de población, incluso algún bardo o juglar que pasara por allí tomaba parte en dichas reuniones, que tenían al fuego por protagonista, para narrar historias a cambio de un techo bajo el que cobijarse.

Desde el sillón situado cerca del fuego, Ondeth Obarskyr era el centro de su propio universo. Él también había crecido a lo largo de la pasada década y, al parecer, la pesadez de los años se había concentrado alrededor de su barriga. Y aunque había varias mujeres jóvenes solteras en la ciudad, sobre todo las hijas de los hermanos Silver, jamás daba un paso que lo llevara más allá del mero flirteo con ninguna de ellas. Al menos no fue así al principio.

El respeto lo mantenía a raya: el respeto que le tenían las gentes de Suzail. Muchos conocían a Suzara, y conocían de sobra sus frecuentes peleas. Ondeth no había conseguido convencer a su esposa de que aquel lugar valía la pena para establecerse, porque ni todos los cimientos de piedra ni la población cada vez más numerosa de Faerun la hubieran retenido allí. En el pasado había abrigado esperanzas de que Ondeth pudiera cambiar de opinión respecto a la posibilidad de establecer un hogar en aquel lugar salvaje, pero perdió la oportunidad aquella noche en que resonaron los cuernos élficos, en que las copas de los árboles se llenaron de luces… y, con ella, también perdió la relación.

Suzara se llevó con ella al más pequeño de los hijos a Impiltur, y embarcó en la primera embarcación que largó amarras en el puerto. Ondeth no la vio marchar, Faerlthann sí. En la nueva colonia, había llegado a crecer más que su padre, sus músculos se habían endurecido por el trabajo duro, su rostro estaba moreno del sol y su mirada era aguda. Sin embargo, había algo en aquellos ojos… una mirada vaga, perdida, velada, que se acentuaba cuando Baerauble lo visitaba con sus relatos de los reinos elfos y sus magníficas cacerías.

En aquellos cuatro años transcurridos desde la partida de Suzara, padre e hijo se acomodaron en sus respectivos papeles. Faerlthann era el hijo obediente, Ondeth el padre desolado, y ambos parecían estar a sus anchas. Las jóvenes de los Silver respetaban al veterano Ondeth, mientras sus ojos centelleaban al pasar el joven Faerlthann.

Así continuaron las cosas hasta que llegó Minda Bleth, después de que lo hiciera su hermano Mondar. Éste había aparecido hacía seis años, mucho después que Jaquor y Tristan, los hermanos Silver. Pero mientras los gemelos Silver habían acordado asentarse dentro de los confines del área ya despejada, Mondar no quiso hacerlo. Había un claro, a una milla al noroeste del asentamiento principal, que era poco más que un claro creado de forma artificial por el aliento de un wyrn, o quizá por un rayo. Había agua y madera a mano, y el lugar estaba lo bastante apartado de Suzail como para disfrutar de un poco de intimidad, y lo bastante cerca como para recurrir a su protección, en caso de necesidad.

Al menos eso es lo que opinaba Mondar, cosa que no dudó en manifestar desde el patio de la que fuera primera morada de Ondeth. Mondar era enorme, como una nube que amenaza tormenta, y tenía un temperamento que hacía juego con su aspecto. Ya empezaba a quedarse calvo, pero tenía una barba tan densa que casi le llegaba al cinturón. Su frente estaba surcada de profundas arrugas, y cuando estaba en mitad de una rabieta, lo cual sucedía a menudo, podía gritar, aullar e insultar más que cualquier otro hombre en toda la colonia, incluido Ondeth. Se acordó por unanimidad que Mondar podía establecerse en cualquier parte, cosa que Ondeth aceptó, puesto que le permitía mantener a un rival potencial a cierta distancia.

Desdichada decisión, porque ambos terminaron convirtiéndose en amigos y aliados, al compartir la pasión que sentían por la tierra y la bebida casera. Ondeth estaba presente cuando la esposa de Mondar murió al dar a luz a Arphoind. La noche en que Suzara abandonó el poblado, cuyo nombre aludía a ella, Mondar y Ondeth habían cogido una impresionante borrachera y vagabundearon de un lado a otro dando voces y entonando canciones desafinadas y grotescas, en lamentable homenaje a todas las melodías élficas que podían recordar.

Por supuesto, Mondar y Baerauble se odiaron mutuamente de inmediato, y el mayor de los Bleth no dejaba pasar ocasión de reírse del amigo de los elfos. Pese a ello y al hecho de que Mondar despejara rápidamente el claro, el cielo no cayó, los elfos no atacaron y el mundo no terminó para ellos. Suzail siguió creciendo, y otros, aparte de Mondar, empezaron a decir que, quizá, las restricciones de los elfos fueran cosa del pasado, que a aquellas alturas tal vez los elfos se hubieran acostumbrado a que los humanos ocuparan sus tierras.

Ondeth se atuvo a los límites dispuestos por Baerauble, puesto que aún había tierra más que suficiente en las cercanías de la muralla que rodeaba Suzail. Sin embargo, el veterano granjero y el mago se habían distanciado, y cuando Baerauble llegaba de visita, pasaba más tiempo con Faerlthann y los jóvenes, que con su viejo amigo.

La llegada de la hermana de Mondar, Minda, produjo cierta tensión entre Mondar y Ondeth. Había llegado hacía un año a Suzail, tan bonita como feo era su hermano. Su pelo tenía el color de la noche más oscura, y sus ojos centelleaban como vetas de plata. Su rostro no tenía una sola imperfección, es más, tenía un brillo dorado. Era tan alta como su hermano y Ondeth y, al igual que el primero, no era de las que aceptaban un no por respuesta. Aunque a Mondar no le hicieran ninguna gracia las atenciones que dispensaba al veterano granjero, poco pudo hacer para disuadirla.

Minda empezó a frecuentar la casa de Ondeth, y cada día pasaba más tiempo en el salón. Llevaba chismorreos e historias de la vieja Impiltur y, al explicarlas, lo hacía con toda suerte de florituras. En un momento de intimidad dijo a Ondeth que Suzara había anulado su matrimonio y había vuelto a casarse con un mercader de Theskan. Ondeth nunca se lo dijo a Faerlthann, pero a partir de aquel día la presencia de Minda en la mansión Obarskyr se hizo más y más frecuente.

Hasta que un buen día no volvió a su casa, y a la mañana siguiente vieron una columna de humo negro, elevándose de la propiedad de Mondar.

El mago apareció cuando ponían el cadáver de Mondar encima de los demás. Apareció de pronto, en el borde del claro, como si saliera caminando del bosque. Durante aquellos años, Ondeth había dado por sentado que el hechicero caminaba por los bosques, hasta que percibió finalmente el halo de luz que rodeaba al mago cuando hacía acto de presencia. El mago se valía de la magia para trasladarse, y lo más probable es que no fuera caminando a ninguna parte.

En los diez años transcurridos nada había cambiado en Baerauble: seguía macilento y delgado, y el pelo y la barba parecían no crecer ni perder bríos. Llevaba un pesado y retorcido cayado, en el que Ondeth nunca lo había visto apoyarse.

Cuando el amigo de los elfos se acercó, los Silver y los demás retrocedieron. Algunos incluso llevaron la mano al pomo de la espada, dispuestos a desenvainarlas si el mago hacía cualquier gesto amenazador.

Ondeth y Faerlthann permanecieron donde estaban.

—¿Has tenido algo que ver? —preguntó en voz baja el Obarskyr veterano, inclinando ligeramente la cabeza.

—No directamente —respondió Baerauble, cuyo rostro parecía ojeroso y cansado. Faerlthann se dio cuenta de que, al mirar la pila de cadáveres, el rostro del mago no había mostrado signo alguno de sorpresa—. ¿Necesitas fuego?

Ondeth se encogió de hombros y se volvió hacia la pila de cadáveres. Ofreció una plegaria a Lathander y Tyche, así como a todos los viejos dioses, para que los muertos tuvieran un buen viaje «allá donde cada uno de ellos acabara yendo».

Baerauble agachó la cabeza al igual que los demás, murmuró algunas frases y extendió las manos. Una lengua de fuego surgió de las palmas de sus manos extendidas.

La madera que había bajo los cadáveres prendió inmediatamente, y en un suspiro toda la pila estaba cubierta de fuego. Una nueva columna de humo se elevó hacia el cielo cormyta.

Los colonos y el mago observaron las llamas que envolvieron la camisa de Mondar, su carne, crepitando alrededor de su barba.

—¿Qué quieres decir con eso? —preguntó finalmente Ondeth.

—La corte de Iliphar ha debatido la suerte de esta granja durante algún tiempo —explicó Baerauble.

—Esta granja lleva seis años aquí —replicó Ondeth secamente.

—Es un buen día para un elfo —dijo Baerauble tranquilamente—. El dragón duerme la más fugaz de las siestas. Los elfos tardan en tomar decisiones.

—Y actúan rápido —observó Ondeth—. ¿Tanto que no tuviste oportunidad de avisarnos?

Ondeth esperaba un reproche, justo el que destrozara lo poco que quedaba de su amistad.

—¿De qué hubiera servido que os avisara? —respondió Baerauble, profiriendo un suspiro—. ¿Hubieras preferido morir aquí, espada en mano, ayudando a un aliado que actuó erróneamente desde el primer momento?

—¡Vamos, hombre, de eso hace seis años! —exclamó Ondeth, encendido, mientras sus cejas se unían para dibujar una expresión de furia.

—De acuerdo, pero yo daba por sentado que en todo ese tiempo conseguirías imbuir un poco de sentido común en esa cabezota —replicó Baerauble—. Sabes perfectamente que los elfos sólo permiten una explotación lenta de los recursos, y únicamente en el lugar donde lo permiten. Ahora el resto de los colonos humanos permanecerán más cerca del poblado de Suzara, y dejarán a los elfos en paz en sus territorios de caza.

—¿Eso es lo que tú crees? —preguntó Ondeth—. ¿De veras piensas que mi gente no buscará venganza? ¿Que no se atreverán a penetrar en tus preciosos bosques, por miedo?

Los dos hombres, con el joven Faerlthann a su lado, observaron las llamas que consumían a los muertos. Mondar y su familia ya no eran más que tizones negros a merced de la furia roja, anaranjada, que extendía su red para envolver sus formas vagamente humanas.

—No, no lo creo —respondió el mago, después de reflexionar un rato—. Pero mi voz ya no tiene el mismo peso que tenía en la corte de Iliphar. Hay quienes señalan mi sangre humana y me acusan de ser tu monigote, tu espía. Algunos esperan que parta al galope para advertirte, de modo que me pueda traicionar. —Miró a aquellas figuras hoscas cuyas manos aún reposaban en el pomo del acero, y después se volvió a Ondeth—. Dime, ¿son leales estos hombres?

Ondeth miró al mago, pero no respondió.

—¿Te son leales esos hombres? —repitió Baerauble—. ¿Te obedecerán?

Ondeth los observó. Los hermanos Silver, Rayburton, Jolias Smye el herrero. Faerlthann. Sin detenerse a pensar en su elección, los había escogido para que partieran con él al galope.

—Sí, son leales —dijo lentamente. Abrió de nuevo los ojos al volverse al mago.

—¿Lo bastante como para matar por ti? —insistió Baerauble—. O, lo que aún es más importante, ¿para no matar?

—¿Adónde pretendes llegar, mago? —preguntó Ondeth.

—No pude impedir este ataque, pero podríamos impedir la guerra —explicó el amigo de los elfos—. Los elfos no tienen nada contra ti y tu asentamiento en general, aunque ahora tiene una extensión que parece lo bastante grande como para empezar a ser preocupante en la corte. Sólo Mondar, que faltó al pacto, ha sido castigado. Si tú y tus hombres decís a vuestra gente que los elfos fueron los responsables de esto, atacarán la corte y a sus cazadores, y esto… —hizo un gesto para señalar el campo de batalla que terminaba en una pira funeraria— será lo que sucederá con toda Suzail, y con todos vosotros. ¿Es eso lo que quieres?

Ondeth guardó silencio.

—En cambio, si fueran los orcos los responsables… —continuó el mago—. Si esos cara de cerdo fueran los responsables, entonces tu asentamiento continuaría como hasta ahora. ¿Contarían tus hombres una mentira para salvar a tu gente?

—¿Por qué iban a mentir? —inquirió Ondeth, inexpresivo.

—¿Te obedecerán si les dices que lo hagan? —respondió Baerauble, que parecía ajeno a su pregunta.

Ondeth lo pensó detenidamente, mientras observaba a los demás. Los Silver ya tenían una camada en el asentamiento, Rayburton una hija, y Smye una mujer embarazada del primer niño. Todos ellos habían advertido a Mondar de los peligros que corría si se establecía más allá de la muralla del poblado. Sí, aceptarían… quizás a regañadientes, pero lo harían, si se les explicaba la razón.

—De acuerdo —dijo Ondeth—. Obedecerán.

—Entonces, que todo esto sea obra de los orcos —sugirió Baerauble—. Volveré a predicar la paz entre los elfos descontentos. Pero aún hay otro asunto: ¿por qué razón te obedecerán?

—Porque es lo que quieren hacer —respondió Ondeth, pestañeando—. Son hombres razonables, y saben que no pueden emprenderla con los elfos por las buenas con la esperanza de ganar. —Todavía, pensó para sus adentros.

Baerauble negó con la cabeza.

—Te seguirán porque preferirán hacerlo así, pero también porque tú estás dispuesto a liderarlos —dijo Baerauble, haciendo un gesto de negación—. Tú eres el fundador del poblado, y la persona más importante que vive en él. Por mucho que yo me esforzara en convencerlos, por muchas buenas razones que pudiera darles, los dos sabemos que ninguno me haría el menor caso, aunque en ello les fuera la vida. A ti te escuchan.

—¿Qué quieres decir, mago? —preguntó Faerlthann, mirando alternativamente a su padre y al amigo de los elfos.

—Tú eres su líder de palabra —afirmó Baerauble—. Pero quiero que también seas su líder de hecho. Corónate rey, o duque, o date el título que prefieras. A este respecto, puedo ofrecerte el apoyo de Iliphar y de la corte. Ahora que Mondar ha muerto, ya no habrá nadie que muestre su desacuerdo. Cásate con Minda si quieres sellar el pacto. —Pasó por alto el grito de protesta que el joven ahogó al mencionar a Minda.

Ondeth no miró a su hijo, pero sí al mago. Los elfos habían atacado cuando Minda no estaba presente, de modo que habían silenciado al único hombre en un centenar de millas a la redonda, capaz de desafiar el liderazgo tácito que Ondeth ejercía sobre toda Suzail. Si responsabilizaban a los orcos, las vidas pacíficas de los suzalianos correrían paralelas a las de los elfos… con la amenaza de muerte a manos de éstos, si se les ocurría decir la verdad sobre el asalto.

¿Cuánto sabía Baerauble sobre aquella masacre?

Ondeth observó el crepitar de las llamas, consciente de ser observado tanto por el mago como por su propio hijo. Si aceptaba, Faerlthann heredaría todo a su muerte. Más que una granja, más que un nombre, Faerlthann tendría un reino. ¿Bastaría eso para que el joven olvidara su relación con la hermana de Mondar?

—No —respondió finalmente Ondeth.

—Pero… —protestó el mago.

—No —repitió el granjero—. Muchos de nosotros hemos conocido a los reyes, y por regla general son malas personas. Si yo lidero a estos hombres, es por su voluntad, no por la mía. Si obedecen las restricciones que habéis impuesto tú y tus elfos, es porque me son leales, no porque te teman. Si ocultan lo que ha sucedido, será por su propio deseo de prevalecer, no porque yo se lo ordene.

Miró la pira, donde apenas podía distinguirse si los Bleth habían sido seres humanos.

—No, no puedo ser vuestro rey títere, ni danzar al son de la melodía de los elfos —continuó Ondeth—. No tienes autoridad para ofrecerme semejante título. Estos hombres sí la tienen, y ya han sufrido bastante a causa de los reyes y otros personajes de similar ralea. Cuidaré de mantenerlo en secreto porque nos beneficia. Pero no ceñiré una corona forjada en las cenizas de una masacre.

Las llamas empezaron a descender, y un humo grueso surgió de la pira. El olor a carne quemada era insoportable.

—Comunicaré tu decisión a la corte de Iliphar —dijo Baerauble al cabo de un rato—. Que sepas, Ondeth Obarskyr, que a los elfos les preocupa la prosperidad de tu pequeño asentamiento. Si no asumes las riendas de éste de forma oficial, no tendrán más remedio que tomar una decisión acerca de los humanos que moran en los bosques del Lobo.

Y sin decir una palabra más, se alejó de la pira.

—¿Y cuánto tardarán en tomar esa decisión? —preguntó Ondeth, a voz en cuello.

—Diez años. Quizá veinte. Los elfos tardan en tomar decisiones… —respondió Baerauble, deteniéndose y volviendo la cabeza.

—Pero son rápidos a la hora de actuar —concluyó el granjero—. ¿Y nos advertirás cuando hayan decidido eliminarnos, como han hecho con esta granja?

Baerauble Etharr, el mago amigo de los elfos, dijo algo, seguido de un enjambre de sílabas en una lengua extraña. La luz parpadeó, fluyó como el agua y envolvió todo su cuerpo entero antes de desaparecer.

Acababa de regresar junto a sus amos elfos, a quienes informaría de su fracaso.

Ondeth leyó en los labios del mago las últimas palabras masculladas, y creyó entender: «Preparaos».

También Faerlthann prestó atención al mago, aunque él entendió: «Lo intentaré».