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Traición

—Oh, señora de la Fortuna y de los Misterios —dijo la clérigo, postrada—, escucha a estas tus siervas. —Golpeó un gong plateado que colgaba detrás de la puerta, mientras se desprendía de la capa pluvial azul marino, mostrando unas vestiduras de radiantes tonos plata, dio tres pasos lentos, mesurados, hacia adelante, y se arrodilló. Tocó el disco de plata que llevaba colgado del cuello, símbolo de su diosa—. Tymora, escúchanos.

Alcanzó a oír a su espalda el frufrú producido por la princesa de la corona al librarse del capote y las zapatillas. Gwennath siguió de rodillas hasta que Tanalasta se acercó a su lado.

—Tymora, escúchanos —murmuró la princesa.

Como cada día, Gwennath tendió las manos para estrechar las de la heredera de la corona. En aquella ocasión, el apretón de manos de Tanalasta le pareció menos vacilante que de costumbre, era obvio que lo agradecía; en otras ocasiones incluso le había parecido temblorosa. De hecho, este contacto no formaba parte de ningún rito establecido, aunque no era necesario que la princesa lo supiera. Gwennath creyó que estaba necesitada de ello en aquel primer día en que una princesa pálida y visiblemente atormentada se había presentado ante los clérigos de la diosa, dispuesta a rogar por que consagraran una capilla de carácter temporal, para que pudiera disfrutar de un acceso inmediato a la guía divina, siempre que lo necesitara. El sumo sacerdote Manarech había accedido de inmediato, sin titubear, con la mirada puesta en algún favor futuro del Trono Dragón, aunque Gwennath sabía, y sospechaba que también la princesa, que el anciano patriarca no tenía intención de considerar temporal ninguna capilla consagrada a la diosa.

Daba lo mismo. Los discos plateados, símbolos de la diosa Tymora, colgaban de las paredes de aquel lugar consagrado. La princesa de la corona se arrodillaba ante Tymora a diario, por la mañana y al anochecer, cosa que alegraba al sacerdocio de la fortuna, pese a que también había solicitado un altar a Tyr, Señor de la Justicia, que había sido dispuesto en la estancia contigua. No obstante, por muy devota que en realidad fuera Tanalasta en su necesidad por buscar consuelo en la plegaria, era obvio que también buscaba una guía, y sus visitas a la modesta estancia donde se encontraba el altar parecían proporcionarle un momento de soledad y reflexión, momento que no sería hollado por la mirada fija de Vangerdahast o por los murmullos al oído del joven Bleth.

Tanalasta miró por el rabillo del ojo a Gwennath, y la clérigo le dedicó una sonrisa fugaz antes de interrumpir el apretón de manos y levantarse para elevar una oración. Si la diosa lo tenía a bien, podrían entablar una profunda amistad con el tiempo.

—Señora de los Favores —empezó a decir, buscando la tan ansiada cercanía de la diosa Tymora—, escucha ahora nuestro…

Oyeron un ruido en el pasaje que quedaba a sus espaldas, el presuroso y frenético rumor de pasos apresurados, de muchos pasos en cualquier caso. ¿De qué se trataba? ¿Serían los soldados? Gwennath sintió como si le arrancaran el corazón, ¿habría fallecido el rey?

Tenía claro cuál era su deber. Debía proseguir con la oración. Levantó los brazos hacia el altar, y…

Tanalasta profirió un grito.

Gwennath se volvió a tiempo de ver huir a la princesa de la corona, con la mirada desencajada, para situarse detrás del altar. Su intención era clara, pues quería escapar de los cinco enmascarados que, espada en mano, irrumpían en la estancia. Tenían la mirada clavada en Tanalasta, una mirada en la que era fácil adivinar su intención de asesinarla.

A juzgar por su vestimenta de factura impecable, eran nobles y no parecían dispuestos a perder el tiempo. Habían ensartado con su acero a un joven clérigo en la entrada, sin inmutarse, y Gwennath estaba desarmada.

—¡Lammanath Tymora! —gritó Gwennath, gesticulando con los brazos. El noble que iba en cabeza la atacó con furia, pero ella se agachó a tiempo apartándose de la trayectoria del acero relampagueante, para acto seguido arrojarse contra él con el hombro por delante. Al dejarlo sin respiración y perder pie, logró propinarle un buen puñetazo y descubrió satisfecha que la armadura del atacante era de tela repujada de oro. El agredido soltó un gruñido ahogado al caer al suelo junto a la clérigo.

En aquel momento, el hechizo se había extendido por toda la estancia, llenándola de unos discos que giraban cual torbellinos sobre su propio eje. Su grito de desesperación había logrado arrancar todos los discos símbolo de Tymora que colgaban de las paredes, y animarlos a voluntad. Los envió de canto contra el puñado de hombres que irrumpían en la habitación. Desde el suelo, pudo oír los gritos y maldiciones que profirieron al verse atacados.

—¡Princesa! —gritó, rodando sobre sí misma para apartarse del hombre al que había derribado—. ¡Tengo la maza junto al altar! ¡Defendeos!

Uno de los nobles lanzó una carcajada burlona y esquivó uno de los discos, directo hacia la clérigo. Gwennath lo miró e hizo que un disco cayera en picado desde el techo sobre su cabeza. Tan sólo disponía de unos segundos, antes de que la magia cesara…

Sin embargo bastó para derribarlo, pues el disco rasgó su cuero cabelludo penetrando en la cabeza. El atacante ahogó un grito, la sangre salió a borbotones, y cayó al suelo con una mirada pintada en el rostro en la que tan sólo era posible leer la sorpresa, el dolor.

Otro de los nobles se dirigía corriendo hacia el altar, cuando todos los discos se desplomaron al expirar los efectos de la magia. Gwennath echó a correr para cortarle el paso, mientras la princesa se agachaba para protegerse tras la mesa sagrada.

Una daga reflejó la luz de las antorchas al atravesar la estancia y hundirse en la nuca del noble, que trastabilló y se tambaleó durante un instante precioso que permitió a Gwennath arrojarse a por la daga envainada del noble, justo en el lado del brazo con que esgrimía el arma, desenvainarla y hundirla con fuerza en la sien del atacante, al que después empujó contra la pared. Se volvió para ver a qué nuevo peligro debía enfrentarse, y se descubrió observando la punta ensangrentada de una espada, después de que ésta ensartara un cuerpo vestido con una elegante camisa de seda.

Detrás del noble moribundo, al caer éste, vio un rostro que ya había visto en otra ocasión: pertenecía a una mujer con unos ojos que eran como llamas alegres, cabellos color de miel, que obsequió a Gwennath con una sonrisa feroz.

—¡Cógelo! —exclamó al tiempo que arrojaba al aire el bastón del noble.

Gwennath respondió a la sonrisa de Emthrara la Arpista, cogió el arma en el aire y se volvió rápidamente para comprobar que la princesa estaba a salvo.

Tanalasta se escudaba tras el altar del acoso de un noble, arrastrando la maza que, al parecer, resultaba demasiado pesada para ella. Justo cuando Gwennath lanzó un grito de alerta y levantó la mano para arrojar la daga que aún empuñaba, una persona que calzaba botas y que a juzgar por su aspecto parecía un mercader, rodeó el altar esgrimiendo el cuchillo de hoja más larga que había visto jamás y se abalanzó sobre el noble. El cuchillo lanzó un único destello al caer sobre el enemigo, golpe que llevó a ambos al suelo, y en aquel momento se oyó un gorgoteo en el lugar que habían caído, detrás de la mesa sagrada. A Gwennath no le sorprendió ver que sólo uno de ellos se incorporaba, y que no fuera el que lucía la máscara y la ropa lujosa.

El último de los nobles, al que Gwennath había golpeado en un lugar muy delicado, se había incorporado a espaldas de la clérigo, espada en alto y rojo de ira, con la mirada clavada en la nuca de la clérigo de Tymora. Gwennath no lo vio, pero Emthrara sí. La Arpista lanzó un grito a modo de advertencia, aunque no había nada que pudiera impedir que el noble descargara sobre ella su espada…

Entonces Emthrara vio que otra figura se levantaba detrás del noble, con el candelabro que había sobre la mesa en la mano. Lívida, la princesa de la corona, Tanalasta de Cormyr, descargó con todas sus fuerzas un golpe con aquella arma improvisada.

La espada del noble cayó a un lado, y su cabeza crujió al desplomarse su cuerpo, mientras la sangre surgía a borbotones como el agua de una fuente. El golpe practicó una hendidura en el cráneo del asesino, que pese a ello logró proferir un gruñido de dolor antes de caer muerto al suelo como un saco de patatas.

La princesa contempló lo que había hecho, ahogó un grito y, acto seguido, vomitó de la impresión.

Aún temblaban sus hombros cuando otros hombres armados irrumpieron en la habitación; eran clérigos de Tymora y Dragones Púrpura, todos ellos armados. Al entrar, echaron un vistazo para hacerse cargo de la situación.

—¿Qué ha pasado? —preguntó uno de los guardias al acercarse a la mujer que sollozaba y cogerla de la mano con rudeza para volverla hacia él.

Se detuvo de pronto al reconocer el rostro de la princesa. Por muy lívida que estuviera, por muy violáceos que tuviera los labios, no hubo nada que le impidiera reconocer el rostro de la heredera de la corona. Aquel rostro conocido tenía húmeda la mirada, húmeda de unas lágrimas que no había llegado a derramar.

—Esos traidores nos… me atacaron —dijo la princesa, que respiraba agitada—, pero estos otros me defendieron.

—¿Qué otros, mi señora?

Tanalasta echó un vistazo a su alrededor. El mercader y la mujer de la espada habían desaparecido de forma tan súbita como habían aparecido. Tan sólo la acompañaba la clérigo de Tymora.

—Su alteza venció a estos hombres en un combate que los enfrentó encarnizadamente —dijo la clérigo, dando un paso al frente, con mirada resuelta—. Que corra la noticia por todo el reino, que se diga que la justicia y la razón hicieron prevalecer a la princesa, que luchó contra cinco guerreros experimentados… que, además, eran unos nobles estúpidos del reino. No han hecho sino recoger la cosecha que merece quien siembra la traición.

Todos los guardias y los clérigos presentes observaron a Gwennath, antes de volverse hacia la princesa.

—¿Qué ha sucedido en realidad? —preguntó el Dragón Púrpura, incrédulo, incorporándose del suelo encharcado en sangre, donde había examinado al noble ensartado por Emthrara.

—Lo que acaba de decirle a usted la sacerdotisa —respondió Tanalasta, furiosa, mientras giraba sobre sus talones ante el altar—. Ahora, si tienen la amabilidad de quitar de mi vista a esta carroña, debo concluir mis oraciones…

—Bien dicho, alteza —susurró Gwennath al arrodillarse junto a ella, a los pies del altar.

—¡Voy a exigir algunas respuestas cuando me levante! —susurró enfadada Tanalasta, mirándola por el rabillo del ojo—. No se retire hasta que yo se lo permita.

—Por supuesto —murmuró Gwennath, sonriendo e inclinando la cabeza, justo antes de elevar su voz en un cántico ritual, primer llamado a la Señora de la Fortuna.

Los ojos que refulgían tras la máscara azulada casi parecieron febriles del interés.

—¿Y qué más propuso Bleth?

Dauneth Marliir se encogió de hombros. Aquél había sido un día muy largo y ajetreado para él, pues había gateado de estancia en estancia, de escondite en escondite, por todo el palacio, y la mago no le había parecido muy preocupada por la evidente traición de Vangerdahast.

—Ya le he contado a usted todo lo sucedido —respondió, no sin cierta brusquedad—. Dejó bien claro que no estaba dispuesto a aceptar una regencia de por vida, y advirtió a Vangerdahast que levantaría en armas a toda la nación si pretendía hacer tal cosa. —Frunció el entrecejo, y añadió—: Sin embargo, yo diría que no ha entendido usted bien qué es lo que más me preocupa: al parecer, el señor mago supremo de Cormyr estaba de acuerdo, y puntualizó algún que otro detalle acerca de cómo debía manejarse el consejo. Tanto él como Bleth parecen considerar a la princesa como un simple… peón, al que sentar en el trono y obedecer todo lo que el mago regente, o el consejo de nobles, le ordenen. ¡Vangerdahast es tan frío como todos esos nobles intrigantes! ¡No le importan nada los Obarskyr, ninguno de ellos! Afirma que sirve a los intereses de la corona, parece ser que para él eso supone su plan de estabilidad para el reino, plan que le permitirá hacer uso de sus poderes, sea quien sea el que ocupe el trono de Cormyr.

Le pareció que la mujer vestida de azul inclinaba la cabeza con aire ausente.

—Se han dicho muchas cosas en todos los reinados Obarskyr sobre el servicio prestado por todos los magos leales que han bendecido este reino con su trabajo. Sin embargo, una y otra vez se ha demostrado que los magos eran capaces de servir a los intereses de Cormyr con una lealtad intachable, siempre que fue necesaria su ayuda. Vangerdahast parece bastante capaz de cuidar de sí mismo y de Cormyr, al menos de momento. Me interesa más cualquier cosa que dijera Bleth sobre la princesa Tanalasta, sin olvidar ni su tono de voz ni la expresión de su rostro. Repasemos la entrevista, una vez más, paso a paso si es necesario. No invente ni adorne nada sólo por complacerme. Sé que pido más de lo que usted puede recordar, de modo que limítese a explicarme todo lo que recuerde.

Dauneth obedeció, y el repaso les llevó un buen rato. Más tiempo del necesario para que el joven noble empezara a preguntarse quién era aquella mujer que ocultaba el rostro tras una máscara azul, y qué esperaba ella que sucediera en los próximos días. Qué fácil era asegurar que uno amaba a Cormyr y trabajaba por el bien de la corona, o por el interés del reino, cuando no había nadie para juzgar si era cierto. ¿Por qué lucía esa máscara?

Retuvo la pregunta hasta que se volvió cada vez menos hablador, momento en que ella le pidió que volviera donde se hospedara, y durmiera cuanto necesitara su cuerpo para recuperarse. Si estaba cansado cuando sucediera algo importante en las próximas horas o días, poco podría hacer por la causa.

Dauneth asintió secamente, estaba de acuerdo y fingió sentirse agotado. Se marchó, y tuvo la precaución de caminar pesadamente a lo largo de la calle por si acaso ella lo vigilaba. Al doblar la esquina, el primogénito de la familia Marliir se encaramó a un barril, que utilizó para alcanzar un balcón gracias a la ayuda de una gárgola que había, tallada en piedra. Quizás ella desapareciera por arte de magia, o por uno de tantos pasadizos misteriosos que parecían abundar en el sector norte de Suzail, pero… Se encogió de hombros. Quizá la mujer de azul se limitara a irse caminando. Si pudiera alcanzar el tejado, de modo que pudiera controlar tanto el acceso frontal como la puerta trasera…

Dauneth se apresuró y, justo a tiempo, alcanzó su objetivo jadeando. Ella, por supuesto, salió por la puerta trasera. Observó sus movimientos, hacia dónde se dirigía, inmóvil y agachado como un gato, hasta perderla de vista, momento en que se movió. Tendría que ser muy cuidadoso si pretendía no perderla de vista y evitar que lo descubriera. Fuera quien fuese la mago enmascarada, no era precisamente idiota.

Desde que la había conocido, sospechó que era noble de nacimiento, o que estaba estrechamente relacionada con la nobleza o con la propia corte, y que se dirigiría al Paseo, cosa en la que no erró. Escondido tras una enredadera que decoraba los escalones de casa en casa, Dauneth vio que la mujer de azul se adentraba en una calle lateral y, mientras la observaba, continuó sin detenerse por el Paseo, en dirección a Puerta Este.

No abandonaría la ciudad. No, se volvería hacia el oeste antes de llegar a la puerta, y regresaría al barrio residencial, situado en una calle adornada por setos que cruzaba el lago Azoun gracias a un puente precioso… ¡Sí! ¡Allí estaba! Dauneth se desplazó apresuradamente por la parte superior del muro que separaba el lugar sagrado de Deneir del prado propiedad de los mercaderes adinerados, a lo largo de la orilla del lago. Tuvo tiempo para ocultarse detrás del último de los libros de piedra, cuando ella se detuvo en el puente y se volvió para observar el lago y más allá, quizá buscando a… ¿él?

Observó las aguas tranquilas durante lo que a Dauneth se le antojó una eternidad, pero que probablemente no fuera tanto tiempo, disfrutando del reflejo de las estrellas del atardecer sobre el lago Azoun. Entonces volvió la cabeza y se dirigió a la parte más alejada del puente, hacia —cosa que no dejó de sorprender a Dauneth, que finalmente se encaramó al libro para poder verla mejor— ¡la mansión de los Wyvernspur!

Sí, la mujer observó la calle a un lado y a otro, luego miró el cielo y entonces… entró. Dauneth se bajó del libro y estuvo a punto de perder pie cuando oyó una voz serena justo debajo de él.

—Sí, muchos creen que esa inscripción es muy interesante. —Dauneth cruzó la mirada con un clérigo calvo y anciano de mirada amable, que inclinó levemente la cabeza a modo de saludo, antes de continuar—: Personalmente, me inclino a pensar que la contigua es la más profunda, aunque claro, la variedad de opiniones se basa en el conflicto derivado de la propia idiosincrasia de los mismos dioses que tanto nos dan la vida como nos hacen acreedores de sus conflictos. ¿Qué opina usted?

Dauneth observó entonces con desesperación que los libros tenían, además de algunas cagaditas de pájaros, alargadas inscripciones esculpidas, que apenas alcanzaba a distinguir a la luz de la luna. Lo cierto es que no tenía tiempo para discutir sobre ello.

—Yo diría —dijo con mucho tiento, observando la hierba que alfombraba el patio que rodeaba el templo hasta el muro, que le pareció de paredes altas— ¡que el futuro del reino depende de que yo actúe ahora mismo, y que después repare en las consecuencias! —Y tras semejante declaración de intenciones, saltó al muro y cayó del otro lado, a salvo, o eso esperaba él, de cualquier hechizo que el clérigo pudiera tener dispuesto para proteger la propiedad de invitados tan nocturnos como inesperados.

Cayó y echó a correr. Oyó un leve rumor, una carcajada a su espalda al correr de patio en patio, de jardín en jardín hasta alcanzar la siguiente pared, en cuya cumbre vio unos topes en forma de esferas pétreas que discurrían hasta el parapeto del puente. A aquellas alturas ya jadeaba, aunque para Dauneth Marliir no podía haber descanso hasta que descubriera el misterio de aquella conspiración. Un misterio más… Sus pies lo llevaron hasta el otro extremo del puente, momento en que se detuvo consciente de que la mansión Wyvernspur no parecía protegida por guardias, y que era la más oscura de aquella orilla del lago. Sin embargo, el edificio imponente de los Cormaeril, al otro lado de la calle, parecía un hervidero de actividad y guardias armados, varios de los cuales se habían vuelto para mirar hacia él. Los saludó como quien no quiere la cosa, como si, por ejemplo, fueran viejos amigos a los que esperaba encontrar, y se volvió por la orilla que discurría ante la mansión Wyvernspur, como si supiera perfectamente por dónde iba.

Como esperaba, había un sendero que discurría a orillas del agua. Pasó de largo junto a un gato inmóvil, sin reparar en el fugaz miau con que lo saludó, y saltó el muro bajo que señalaba el límite de la propiedad Wyvernspur, deseando no haber activado ningún hechizo que pudiera hacer saltar la alarma ni alertado a ningún guardián mágico.

Se agachó de cuclillas en el sendero empedrado que atravesaba el jardín, donde alcanzó a oír fluir agua no muy lejos de donde se encontraba, y avanzó unos pasos rápidos para apartarse de la zona por donde había entrado… pero no ocurrió nada. No había guardias ni hechizos de ningún tipo. Por fin, al cabo de un rato, se relajó. Ya volvía a tener más miedo del necesario. Al parecer, ni siquiera los nobles podían permitirse el lujo de proteger sus propiedades con magia defensiva.

Dauneth Marliir llevó la mano a la empuñadura de la espada para impedir que ésta pudiera golpear contra algo y avanzó un poco más. Había una ventana abierta, con unas contraventanas adornadas de flores de jardín, y en su alféizar un gato de pelaje anaranjado. Observó el interior de la oscura habitación que había al otro lado, por si había alguien. No podía entender que fuera tan sencillo.

Pero así fue. El gato del alféizar se desperezó, bostezó, se lo pensó durante algunos latidos de corazón y después se alejó hasta perderse en la oscuridad nocturna del jardín, despejando el alféizar. Dauneth se levantó y se encaramó a él en un instante, agazapado sobre la piedra del suelo al penetrar en el interior. Estaba en una especie de invernadero, que conducía a… la escalera del servicio. Oscura, estrecha, ¡con una ventana alta, con repisa y todo!

Al parecer no había otros gatos allí arriba. Dauneth encontró una escalera que debía de emplear el servicio para subir a limpiar de vez en cuando la ventana, y decidió aprovecharla. Ni siquiera había decidido cuál sería su próximo movimiento, cuando escuchó voces.

Correspondían a un hombre y a una mujer que estaban en la habitación contigua, y que hablaban con familiaridad. Reconoció la voz de la mujer, se trataba de la misteriosa enmascarada. Dauneth se convirtió de pronto en una estatua dispuesta a no perder detalle.

—Cat, no puede ser que todos los nobles sean unos villanos e intrigantes. ¡Yo mismo soy noble! ¡Igual que tú!

La señora de la máscara azul —¿cómo la había llamado? ¿Cat?—, suspiró.

—Giogi, querido, no es necesario que toda la nobleza del reino se una para hacerlo pedazos y provocar una guerra. Pero en este momento, casi todos los que tienen dinero y un poco de influencia están tramando algo. ¿Quién sabe cuántos secretitos se traman alrededor de una botella de vino, en la ciudad y en este preciso instante?

—Que yo sepa, ninguno —respondió Giogi… ¡Giogi Wyvernspur, por supuesto, el aventurero! Uno de los nobles que no residían en la ciudad—. ¡Quizá no haya ninguna conspiración!

—Supongamos que tienes razón —replicó Cat—, y que no hay ninguna conspiración. Que nosotros sepamos, aún nos quedan dos facciones en lid… sin ninguna posibilidad de malinterpretar la naturaleza de sus intenciones. ¿Estás de acuerdo?

Giogi suspiró, y Dauneth oyó que vertía un líquido en una copa.

—De acuerdo —respondió—. ¿Y eso qué tiene de nuevo?

—Bien —prosiguió Cat justo cuando brindaron antes de beber—, lo único que se ha sabido hoy de palacio es que cinco nobles se impacientaron de tal forma que esta misma mañana intentaron asesinar a la princesa de la corona en medio de la oración. —Dauneth se puso lívido y estuvo a punto de gritar antes de que Cat prosiguiera con sus argumentos—: ¡Pero ella pudo con todos!

—¿Tanalasta? —El tono de voz de Giogi daba a entender que no daba crédito a lo que acababa de oír. Dauneth se unió a él en silencio.

—Creo que una Arpista y un amigo suyo, además de la clérigo que acompañaba en la oración a la princesa, fueron quienes la defendieron. Gwennath me lo explicó después de que todos los Dragones Púrpura registraron el templo de cabo a rabo.

—¿De qué nobles se trataba?

—Todos ellos eran jóvenes impetuosos: Ensrin Emmarask, un Dauntinghorn, un Creth, un Illance y Red Belorgan.

—¿Él también? ¡Vaya! Cuando había algo a lo que matar, allí estaba él —comentó Giogi, molesto.

—Todos llevaban encima unos rubíes enormes —dijo Cat.

—¡No! ¿No será cosa de la Sociedad de hombres portadores de rubíes enormes? —protestó él, burlón e incrédulo—. ¡Dime que no es así!

—Zoquete —repuso Cat, en tono afectuoso—. Rubíes o no, están todos muertos. Lo cual nos deja con los villanos de siempre.

—Aunadar Bleth, Gaspar Cormaeril y su consejo de nobles. Una idea que apoyan tácitamente, al menos, una parte de los miembros de las casas nobles de rancio abolengo, y que temen los nobles de menor posición, porque saben que quedarán al margen de cualquier decisión que pueda tomarse… así como de cualquier beneficio que se derive.

—Exacto. Todos, desde los Huntcrown hasta los Yellander, quieren el consejo. Incluso los Illance han dejado a un lado sus rencillas con los Cormaeril para entrar en juego… y familias en auge, como los Flintfeather, apoyan la creación del consejo para granjearse el respeto de las casas de mayor «calado». Todos ellos, incluso las que se denominan a sí mismas familias reales, lo conciben como un modo para librarse de la tiranía de los Obarskyr.

—Para someterse a la tiranía de rivales y vecinos —apuntó Giogi—, tiranía que sin duda no tardará en estallar con violencia cuando algunas de las familias más intransigentes empiecen con la retórica del «tú votaste contra mi propuesta».

—¿Cinco meses? —preguntó Cat.

—Creo que tres —opinó Giogi—. Eso suponiendo que las familias importantes, que tienen más a perder si el reino se ve sumido en una guerra civil, pretendan coger con fuerza las riendas de la situación. Con que sólo dos de las familias más importantes se enfaden al mismo tiempo y no hagan el esfuerzo de mantener la paz, podríamos sufrir masacres, asaltos y batallas de verdad en cosa de un mes.

—¡Qué mal aspecto tiene todo esto, y qué poco me consuelan tus palabras! Incluso el joven al que recluté para ayudarme en las criptas parece algo confundido —dijo Cat, con cierta amargura. En la oscuridad, Dauneth apretó la mandíbula con fuerza—. Dime quién está de parte del regente.

—¡Pues los Wyvernspur! —exclamó, alegre, Giogi.

—¿Y quién más, si puede saberse?

—Veamos, los Wyvernspur —añadió Giogi, quien intentó imitar el tono vencido de Cat.

—Vamos, vamos, basta ya de bromas —se quejó ella, con un tono de voz que parecía más serio.

—Ah… la mayoría de la nobleza que reside en el campo y que tiene propiedades fuera de Cormyr: los Dauntinghorn, los Skatterhawk, los Immerdusk, los Wintersun, los Indimber, los Rowanmantle, la familia Indesm y los Rallyhorn… pero no los Roaringhorn, por ejemplo, dispuestos a apoyar a un rey o a un consejo, pero ni oír hablar de una reina en el trono.

—¿Crees que puede guardar relación con el hecho de que los Roaringhorn detesten tanto a la familia Bleth como al mago Vangerdahast? —preguntó Cat.

—No, jamás —respondió Giogi, que acompañó sus palabras con cierto tono de sorpresa burlón—. Ninguna familia noble de este reino estaría dispuesta a adoptar una posición tan corta de miras y tan personal. No cuando pueden proclamar que tales acciones forman parte de una política a mayor escala, cuyo objetivo sería el de fomentar los intereses de Cormyr.

—Hablando de lo que resulta más beneficioso para la bella tierra de Cormyr —preguntó Cat—, ¿cómo le va al invitado que tenemos en el sótano?

Fue como si Giogi se encogiera de hombros, pensó Dauneth.

—Nuestro invitado del sótano —declamó con grandilocuencia— está de perlas. Yo, sin embargo, estoy reventado, muy reventado. ¿Lo ves? —Entonces suspiró ruidosamente, y añadió en tono cansino y serio—: Un hatajo de niños maleducados nos habrían dado menos problemas. Nuestro invitado sólo se dedica a tres cosas, y en todas ellas destaca: exigir, discutir y aburrirse. —Volvió a suspirar—. Para mí supondrá una alegría que todo esto termine de una vez.

—Yo he odiado todo este espionaje y engaños a esos pérfidos nobles desde el principio —dijo ella.

—También yo —suspiró Giogi—, aunque no debes olvidar que estamos actuando exactamente, tal y como Vangerdahast nos pidió que hiciéramos, y él lleva en esto mucho más que nosotros dos juntos.

—Y cabe decir que no le ha ido nada mal —señaló Cat—. Eso de enfrentarse a todo el trabajo mundano de Estado, en calidad de mago de la corona, desde hace años, al tiempo que concretaba todos sus hechizos y acordaba pactos entre bastidores. Todo en nombre del servicio a la corona.

—Es un zalamero —admitió Giogi, que volvió a llenar el vaso—. Eso se lo concedo. Zalamero como un basilisco grasiento. O como cualquier cosa que sea tan zalamera.

Bajo la oscura ventana, Dauneth asintió con expresión inflexible. Ese viejo de Vangerdahast era un villano de tomo y lomo, por tanto… era la mano que tejía solapadamente los males que acosaban a Cormyr. Tenía claro que si con su magia había logrado derribar a los tres cazadores, esa misma magia le había servido para mantener en babia a clérigos y sabios, incapaces, por tanto, de curar a sus víctimas.

De pronto hubo un súbito estallido de luz procedente del exterior. Dauneth miró a través de la ventana para ver cuál había sido la causa, y sonrió, lentamente, sin humor.

Los dioses, después de todo, también tenían un sentido del humor particular, un sentido de la justicia. Ahí estaba el gordo lanzahechizos en persona, que hacía acto de presencia para visitar a sus compañeros de conspiración con una sonrisa de oreja a oreja dibujada en el rostro. Eso le ahorraría el trabajo de perseguirlo y evitar caer en las defensas mágicas que pueda preparar, pensó el joven Marliir, llevando la mano a la empuñadura de la espada.

Vangerdahast había aparecido surgido de la nada, a través de un fulgor mágico que desaparecía en aquel momento, y que lo había transportado desde palacio. Caminó complacido, tarareando una melodía, y se acercó a la puerta de la mansión Wyvernspur, que abrió como si estuviera en su casa.

Dauneth se movió sin dilación, y su sombra se separó del alféizar de la ventana, para después, en silencio, deslizarse por la puerta que aún no se había cerrado, espada en mano. Le costó algunos minutos de esfuerzo, de correr, acechar y esconderse mientras el robusto mago recorría el jardín, deteniéndose de vez en cuando a admirar tal o cual flor, con aspecto de sentirse satisfecho con la situación de Cormyr en general, y encantado de conocerse en particular.

Pese al peligro que entrañaba, Dauneth lo consiguió, aquel gordo idiota ni siquiera se había percatado del ruido, ni de su sombra… la sombra que acechaba en espera del momento adecuado.

Dauneth levantó la espada y dio dos pasos cortos y felinos, dos pasos amortiguados por la hierba. No era de los que atacan por la espalda, pero tratándose de un mago lo mejor era no tener tantos prejuicios. La muerte de Vangerdahast pondría fin a una amenaza tan importante para la estabilidad de Cormyr como cualquiera que pudiera resolver Baerauble en su época. ¡Si era necesario que el mago muriera por sorpresa, atacado por la espalda, adelante!

«¡Muere, mago!», murmuró para sus adentros, sin atreverse a decirlo en voz alta, cuando su acero reflejó la luz de la luna…

«¡Que sea rápido y que sea ahora, por Cormyr!».