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Una muerte en Suzail

Perdieron al duque Bhereu, alto mariscal de Cormyr, inmediatamente después de llegar a palacio. Antes de que pudieran acostarlo en su cama, empezó a sufrir convulsiones y a vomitar sangre negra y espesa. Manarech Eskwuin, clérigo supremo de Tymora, permanecía inclinado sobre el duque, enfrascado en un poderoso hechizo de curación, y su rostro, pecho, brazos y manos quedaron cubiertos de la bilis cálida y viscosa.

En ese momento, el clérigo perdió los nervios, y ahogó una exclamación irrespetuosa, antes de huir de la sala Satharwood, abandonando a su séquito y obispado, que cargaron con la responsabilidad de solucionar el desastre. A su espalda, el duque se retorció y, finalmente, con un suspiro entrecortado, murió.

Vangerdahast maldijo en voz alta, en parte por la muerte vil que había tenido el duque y en parte también por la huida del clérigo. Un clérigo supremo, que contaba con la simpatía de la diosa de la Fortuna, corriendo por los salones de palacio, atemorizando al personal y empeorando aún más aquel nefasto día, era lo que menos necesitaba en ese momento.

Otros miembros del séquito, atemorizados y con el rostro pálido, se escabulleron de la habitación. El mago del rey los miró ceñudo, y al salir, algunos de ellos se encogieron visiblemente ante su mirada. No estaba dispuesto a malgastar más atenciones con ellos; en aquel momento, el reino no podía malgastar el tiempo con aquellos idiotas presuntuosos. La mayoría de los sacerdotes que quedaban lo observaban como conejos asustados.

Vangerdahast casi podía leer en sus pensamientos mientras lo miraban. El mago, de altura media y cintura más que generosa, no tenía un aspecto físico imponente, pero era temido por sus hechizos, ya que el aire parecía crepitar a su alrededor. Sus ojos podían ser tan afilados como la hoja de una espada, y su mirada tan penetrante como la punta de una lanza. El mago utilizó su mirada para mantener a los sacerdotes ocupados, procurando que no recalara en el cuerpo flácido de Bhereu, y así evitar un nuevo éxodo.

El clérigo de mayor rango no prestó atención al mago. Era una aventurera, una joven obispo de Tymora enfundada en una túnica de color zafiro oscuro, y con un pelo muy rubio recogido en un moño. También su expresión era de una profunda seriedad. Mientras Vangerdahast observaba a los demás sacerdotes, ella se había arrodillado junto a Bhereu, para sacar con decisión un pergamino de su bolsa. Vangerdahast puso dos dedos en su brazo para contenerla.

—Este encantamiento es capaz de resucitar a los muertos —dijo ella en voz baja, pero firme. Parecía tranquila, aunque tenía los ojos abiertos como platos, ojos que movía de un lado a otro.

—Ahora concéntrese en los vivos —dijo el mago, señalando a los dos que yacían en el suelo. El rey estaba tan inmóvil y sereno como la efigie de una tumba, pero Thomdor murmuraba, se agitaba y sus manos se cerraban en torno al cuello de algún enemigo imaginario, como había hecho su hermano poco antes. Impávido, Vangerdahast observó cómo tres de los guardias se las apañaban para mantener al barón inmóvil.

—Señor mago —protestó la joven clérigo—, ¡podría resucitar a su señoría con un solo hechizo!

—Pero otros dos nobles morirían mientras te dedicas a hacerlo —replicó Vangerdahast, en un tono que dejó patente su intención de zanjar la cuestión—. Tu deber es para con el rey y el barón, que siguen con vida… al menos por ahora. El duque no irá a ninguna parte para eludir tus servicios; de momento no se moverá de aquí.

La joven, contrariada, hizo ademán de protestar, pero contuvo la lengua y cerró de inmediato la boca. Volvió a abrirla como si de una trampa instalada en la puerta de una mazmorra se tratara, para pronunciar un fugaz «sí, señor». La túnica de zafiro oscuro dibujó un remolino cuando su propietaria se volvió hacia donde se agitaba Thomdor.

Se hizo un hueco entre los agitados guardias, y extendió la palma de la mano sobre la frente del barón mientras murmuraba algunas palabras. Al instante, las convulsiones se convirtieron en pequeñas sacudidas. Vangerdahast despidió a los soldados, y les ordenó que llevaran al castillo los restos del monstruoso ingenio mecánico. A partir de ese momento, la crisis quedaba en manos de clérigos y magos.

Ambos nobles fueron levantados del suelo y acostados con sumo cuidado en sendos e improvisados lechos. Parecían estatuas de cera de sí mismos, pues tenían la piel translúcida, tanto que parecía a punto de fundirse. Sus ojos estaban muy abiertos, pero la mirada era turbia, nada veían a través de sus órbitas lechosas. Thomdor se retorció y sufrió unos leves espasmos, incluso bajo el efecto del hechizo de la obispo. Azoun yacía inmóvil, tieso. Vangerdahast podía adivinar la tensión de todos y cada uno de los músculos de su cuerpo.

Ya que no había cuerpos que mover de un lado a otro, o que expirasen de forma espectacular, un rumor de voces se elevó en la estancia. Había estallado una discusión entre un clérigo de Deneir y otro de los de Tymora sobre si debían trasladar de inmediato los cuerpos «a un lugar más adecuado de descanso, para hombres de categoría tan elevada». Hubo otros, incluidos los mayordomos asignados a las puertas de la estancia, que observaban al mago real con la esperanza de que hiciera algo por acallar a los presentes, pero él hizo caso omiso, permaneciendo de pie como una estatua, impávido.

La disputa terminó con la llegada del erudito Thaun Khelbor de Deneir, quien con suma educación apoyó al clérigo de Tymora. Por su parte, la clérigo aventurera de Tymora no puso objeción alguna a esta decisión, ni tampoco lo hizo el clérigo supremo del dios de la Runa, que atendía al rey, mientras ella seguía con Thomdor.

Vangerdahast seguía de pie con un ceño dibujado en el rostro de los que hacen historia, esforzándose por pensar, pero cuando algunos hombres vestidos con telas exquisitas lo empujaron al pasar, y algunas voces educadas en lengua culta preguntaron perezosamente: «¿Qué es lo que pasa? ¡Por el Dragón Púrpura!», salió lo suficiente de su ensimismamiento como para caer en la cuenta de que allí había muchas más personas de las necesarias. Se llevó la mano a las bolsas que colgaban del cinturón, donde guardaba toda suerte de chucherías mágicas, ingredientes para los hechizos, piedras, beljurilos y todo tipo de artilugios, y cogió un pequeño silbato plateado.

El agudo toque del silbato atrajo la atención de todos los presentes. El mago del rey daba órdenes con suma frialdad, que suponían la obediencia inmediata de todo aquél que deseara seguir con vida. A menos, quizá, que prefiriese perseguir una carrera larga y húmeda en calidad de sapo…

Al hablar, media docena de ayudantes de clérigo y más del doble de ese número de cortesanos fueron escoltados a la salida por hombres de armas inflexibles. De entre los mejores guardias de palacio presentes, Vangerdahast despachó a uno con la orden de llamar a la reina Filfaeril, y a continuación ordenó a otros dos que despejaran todo el piso. Lo último que necesitaba era un ejército de mirones y al personal de cocina amontonados en todas y cada una de las puertas de la sala Satharwood, intentando echar un vistazo a los nobles malheridos. Vangerdahast pidió al último de los guardias que se quedara con él, por si necesitaba alguna otra cosa, y envió a otro a buscar a Eskwuin para evitar que huyera a la ciudad y provocara el pánico.

Más o menos en aquel momento, los guardias de palacio se apartaron para abrir paso a Alaphondar y a Dimswart, sabios prominentes de Suzail. Eran rivales en todas las materias, pero en aquel momento, ansiosos por abrirse paso por entre la gente que atisbaba por el umbral para ver al monarca, más bien parecían dos prisioneros cansados, encerrados en una misma celda.

Alaphondar tenía aspecto de haber pasado toda la noche investigando en la biblioteca alguna duda genealógica. Lo seguía un muchacho, un paje vestido con la librea de palacio. El joven fruncía el ceño debido al peso de un arcón atiborrado de pesados libros. Dimswart parecía haber sido interrumpido en mitad de la comida, y carecía de sirviente, de modo que apareció encorvado bajo el peso de una bolsa de gran tamaño, surcada de cerraduras plateadas, que aguantaba con una mano, y un muslo grasiento de pollo asado en la otra. Los dos sabios saludaron al mago de la corte con una inclinación de cabeza, para pedir de inmediato el parte médico de los heridos a los clérigos que los atendían.

—No se aprecian cambios —respondió Thaun Khelbor—. He recurrido a todos y cada uno de los medios curativos de que dispongo para expulsar la toxina del organismo, además de probarlo también con preventivos para combatir diversas enfermedades; incluso he empleado un encantamiento contra la posesión de tanar’ri. Pero nada parece surtir efecto. —Extendió las manos en un gesto de impotencia. Khelbor estaba a punto de quedarse calvo, aunque tenía sendos parches de grueso pelo gris sobre las orejas. Por regla general, la expresión de su rostro era amable, incluso algo cómica, aunque en aquel momento estaba tan lívido y serio como los dos hombres que lo ayudaban en la mesa de caballetes.

—¿Y un hechizo para contrarrestar la magia? —inquirió Dimswart, al tiempo que hacía un gesto con el muslo de pollo.

—Fue lo primero que hice al llegar —contestó Vangerdahast—, y también un hechizo para ralentizar la propagación del veneno, aunque no surtieron ningún efecto.

—Tampoco yo he conseguido nada —dijo la joven obispo de Tymora—, aunque al menos he logrado calmarlo con un hechizo para extirpar el miedo.

—Quizá se trate de un síntoma, como los sudores nocturnos, o la torpeza —comentó Vangerdahast, mesándose la barba.

—«Si no es posible detener el progreso de la enfermedad —citó Alaphondar—, al menos hay que contener los síntomas».

—No sabemos si se trata de una enfermedad, de un veneno o de una combinación de maldiciones —prosiguió Vangerdahast, haciendo un gesto de asentimiento—. Pero, en cualquier caso, está en lo cierto. —Entonces se volvió a los clérigos, y ordenó—: Concéntrense en mantener la fiebre bajo control, y lleven a cabo un hechizo para extirpar el miedo en la persona de su majestad. Quizás eso mitigue la rigidez de su cuerpo. Asegúrense de que no tienen obstruidas las vías respiratorias y de que sus corazones mantienen el ritmo cardíaco. Si lo consideran necesario, practíquenles una sangría. —Miró a su alrededor, antes de preguntar—: ¿Dónde está el joven que los acompañaba? ¿Dónde está Aunadar Bleth?

Clérigos y magos no prestaron atención a su pregunta al inclinarse sobre sus pacientes. La respiración de Azoun se había vuelto entrecortada, pero Vangerdahast observó que, a medida que el hechizo se afianzaba en su organismo, recuperaba la normalidad y se tornaba más suave y regular. Por el momento, parecía poco probable que el rey y el barón se reunieran con sus dioses y abandonaran Faerun.

Vangerdahast paseó la mirada por la improvisada enfermería. Los dos sabios pasaron de un paciente al otro, deteniéndose tan sólo para intercambiar impresiones y comparar notas. Khelbor de Deneir y la joven atendían cada uno a su paciente. Algunos clérigos iban de un lado a otro con ropa limpia y jarras de agua fresca. El paje se había sentado sobre el arcón de los libros y, a juzgar por la expresión de su rostro, parecía nervioso.

Sin embargo, no había ni rastro de Aunadar Bleth.

—¿Adónde ha ido el joven Bleth? ¿Lo han visto? —preguntó el mago del rey, mirando al guardia que estaba a su lado y a los mayordomos de la estancia.

Cuando como única respuesta obtuvo silencio y gestos de ignorancia, Vangerdahast frunció el entrecejo y mandó a uno de los mayordomos a averiguar el paradero del joven noble, con instrucciones de que fueran a buscarlo a su biblioteca particular tan pronto como lo encontraran. Después de ordenar al solitario guardia impedir el paso a cualquier noble del reino o extranjero, abandonó la improvisada enfermería.

Su biblioteca particular, en cualquier caso la única que la corte conocía, era poco más que una gran antesala, con tres de sus paredes cubiertas de estanterías. Vangerdahast ladeó el pedestal que sostenía un cráneo guardián y sacó tres volúmenes de las estanterías: uno acerca de toxinas, otro sobre enfermedades, y un ensayo sobre criaturas mecánicas.

Tomó asiento en su sillón favorito, tapizado de piel de sahuagin, y dispuso los libros en una mesita de madera que tenía al lado, colocando el primero de ellos en un atril de plata en forma de mano. La mano se movió inmediatamente para abrir el libro por la primera página y, después, obviamente sin soltarlo, siguió recorriendo las páginas con la ayuda de los dedos meñique y pulgar.

Vangerdahast inclinó la cabeza en señal de agradecimiento por aquella capacidad mágica, y el libro se inclinó un poquito a modo de respuesta, antes de que la mano extendiera un dedo para tocar el yelmo de un caballero expectante, esculpido en la columna adornada de una de las estanterías. El yelmo se deslizó hacia atrás con un clic imperceptible, y los lomos de tres enormes e inmóviles volúmenes de una estantería cercana se deslizaron a un lado, para abrir paso a un compartimiento secreto, pequeño pero atiborrado de cosas.

El mago sacó una lámina de metal que había entre una pila; se trataba de un disco de espejo, con runas grabadas alrededor de su perímetro. Tocó con la yema del dedo la puerta del compartimiento secreto, que volvió a deslizarse para cerrarlo. Vangerdahast no le prestó la menor atención; murmuraba entre dientes un hechizo para grabarlo en el disco, dictando una serie de palabras para recuperarlas posteriormente.

Se produjo un zumbido que tan sólo él pudo oír. Vangerdahast puso una mano en la estatuilla que representaba una sílfide capaz de escupir un rayo si era necesario, y después de que alguien llamara cuidadosamente a la puerta, dijo:

—Adelante.

Al abrirse la puerta apareció el rostro inquieto del guardián, seguido por sus hombres. Había ido a comunicarle que habían encontrado al joven lord Bleth en los aposentos de la princesa Tanalasta. Vangerdahast profirió una leve maldición mirando al techo, y entregó el disco con el mensaje al paje, con instrucciones precisas sobre a qué mago guerrero debía entregárselo y lo que debía hacer con él. El joven inclinó la cabeza y salió corriendo, serio y con mirada severa.

Los mismos rasgos faciales de que hizo gala el rostro de Vangerdahast al recorrer los salones del ala real de palacio. La seriedad de sus facciones y las zancadas que daba al caminar, por no mencionar las maldiciones apenas audibles que murmuraba para sus adentros al pisar las alfombras de color púrpura, bastaron para confirmar a los sirvientes con los que se cruzaba que algo terrible le había ocurrido al rey.

El mago de la corte se llevó la mano a los labios para imponer silencio al pasar junto a los sirvientes y mayordomos de cámara, y entrar en la sala de estar de la princesa Tanalasta sin ser anunciado previamente. La habitación había pertenecido de joven a Azoun, cuando Rhigaerd ocupaba el trono, aunque saltaba a la vista que, desde entonces, la princesa había dado un toque femenino a la decoración. Habían desaparecido los armarios de madera, teñidos y pesados como muertos, así como las mesas y los mapas del reino que habían colgado de las paredes. Vangerdahast se abrió paso a través de sillas de filigrana, cuyas formas sinuosas se dibujaban en el espacio con madera pintada de blanco, y sillones dorados cubiertos con cojines y tapices de motivos florales. Los mapas también habían desaparecido. Los antiguos magos creían, como siempre habían hecho, que ahora había demasiados espejos en la habitación. Como mago, él también pensaba que los espejos eran unos objetos de los cuales podían surgir horrores innombrables, no simples superficies en las que admirar la propia belleza.

Encontró a la princesa Tanalasta sentada en su diván favorito. Lucía un vestido azul oscuro de cuello alto y ancho de hombros, con el que más bien parecía una sacerdotisa madura y sensata que una noble de posición elevada. Llevaba el pelo castaño oscuro recogido en una media coleta, que caía libremente sobre su espalda, y que inevitablemente se inmiscuía entre sus facciones cuando estaba muy inquieta, como en aquel preciso instante.

Aunadar Bleth, con una rodilla hincada ante ella, acariciaba su mano. Tanalasta estaba pálida como un muerto, y aparentaba mucha más edad de sus treinta y seis veranos. Las lágrimas daban luz a sus mejillas y a su barbilla. El pañuelo húmedo que sostenía en la mano daba a entender que aquéllas no eran las únicas lágrimas que había derramado. Bleth levantó la mirada y se incorporó deprisa al ver que Vangerdahast se acercaba hacia ellos.

—¿Cómo están su majestad y compañía…? —empezó a preguntar el noble.

—El duque Bhereu ha muerto —respondió Vangerdahast con crudeza, con la mirada fija en la princesa. Ésta ahogó un grito y echó hacia atrás la cabeza, como si aquellas palabras fueran golpes, pese a no parecer que corriera riesgo de desmayarse—. Su majestad y el barón se encuentran fuera de peligro, pero aún no han recuperado la conciencia y continúan sometidos a los efectos de lo que fuera que ha matado al duque. —Sin pausa, se volvió hacia Bleth y le preguntó sin rodeos—: ¿Puede saberse por qué nos ha dejado?

Aunadar miró a Vangerdahast y pestañeó como si no comprendiera la pregunta. El mago del rey parecía transpirar poder de mando, pero el joven delgado permaneció inmóvil como la piedra que hace caso omiso del viento en medio de un temporal. Por un instante, la perplejidad se dibujó en su rostro.

—Lo siento. ¿Me necesitaban? —se disculpó por fin, titubeante.

—Usted es el único que conserva las facultades mentales tras el ataque sufrido por el rey —respondió Vangerdahast, que a duras penas consiguió disimular su irritación—. Además, cabe la posibilidad de que todos ustedes estén infectados, quizá por un veneno, un hechizo o una enfermedad contagiosa y de carácter virulento. En caso de que así fuera, lo primero que ha hecho usted al regresar a palacio ha sido contagiar a la heredera del trono una enfermedad de carácter desconocido.

El rostro de Bleth adquirió una tonalidad purpúrea, y a continuación balbuceó algo ininteligible, mientras sus ojos empezaban a chispear. Tanalasta extendió una de sus elegantes manos para estrechar la suya. La miró, puso su otra mano sobre aquellos dedos delicados, y pareció recordar tanto su situación como a quién se estaba dirigiendo.

—Lo lamento, señor mago —respondió, haciendo un gesto de negación, como si quisiera despejar sus dudas—. En ese momento sentía que mi lugar y mi deber estaban junto a mi amada. Quería encargarme de darle la noticia…

—Muy bien, quiero que me cuente lo sucedido —lo interrumpió Vangerdahast, dejando caer su cuerpo sobre una de las sillas de insignificantes patas, acostumbradas al delicado trasero de cualquiera de las camareras que atendían a la princesa—. Y cuéntemelo todo.

Aunadar se sentó junto a la princesa, entrelazó sus manos y las apretó en su regazo, con el entrecejo fruncido para relatar la historia que hacía sólo unos minutos había explicado a Tanalasta. Vangerdahast lo interrumpía casi en cada frase, lo ponía nervioso y lo hacía tartamudear y sonrojarse. En dos ocasiones, el mago exigió a Aunadar que repitiera la secuencia en que atacaron a la bestia, y cómo, cuándo y en qué orden respondió a sus ataques.

—Bhereu fue el primero en caer, después su majestad y por último el barón —dijo Bleth, cuya exasperación era evidente a juzgar por el tono de su voz.

—Pero si lo que dice es cierto, el barón Thomdor atacó primero a la bestia —insistió Vangerdahast.

—¡Los dos atacaron al mismo tiempo, cada uno por un costado! —exclamó Aunadar, en tono de protesta. Miró a Tanalasta como esperando que zanjara el interrogatorio por real decreto, pero ella paseaba su triste mirada del mago al noble, una y otra vez, con los ojos abiertos como platos, enrojecidos, y los labios dibujando la fina línea, epítome de silencio. Aunadar profirió un suspiro y añadió—: Fue Bhereu el primero en acusar los efectos del aliento de la bestia.

—¿Parecía afectado el barón cuando volvió al combate? —preguntó el mago de la corte, tras asentir como si no creyera una sola palabra.

—Sí, supongo que estaba… es decir, estaba pálido y respiraba con dificultad.

—Dice usted que luchó con la capa enrollada alrededor del brazo, para taparse la cara. ¿Por qué?

—Creí que era una gorgona… —respondió Aunadar, pestañeando—. Una criatura metálica cuyo aliento convierte a sus enemigos en piedra…

—Pues no —negó secamente el mago—, y no hace tal cosa. Era un abraxus, una creación mágica similar al golem, o a un autómata.

El joven noble pareció sorprenderse al oírlo, aunque sus ojos no tardaron en mudar la sorpresa por la sospecha.

—¿De modo que ya había visto uno?

—Así es, es decir, mi mentor me habló de ellos —repuso Vangerdahast, antes de cerrar la boca y permitir que la pregunta tácita del noble quedara sin respuesta. Se miraron fijamente a los ojos en silencio, como en mudo desafío, por espacio de dos largos suspiros, durante los cuales la princesa paseó la mirada de uno al otro. Entonces, sin apartar los ojos de Aunadar, el mago del rey susurró—: Y después de caer los nobles, usted partió la varilla para llamar la atención del grupo de rescate.

—Yo… —El noble apartó la mirada de los ojos del mago y se volvió a Tanalasta, que, muda, parecía suplicarle. Entonces, a regañadientes, miró de nuevo al mago—. Cogí la varilla, pero… no supe qué hacer para activarla. El barón Thomdor me enseñó cómo hacerlo.

—¡Qué afortunado —exclamó, sarcástico, el mago—, que el bueno del barón no perdiera la conciencia hasta darle instrucciones!

—Sí, muy afortunado —repuso el joven Bleth con un hilo de voz, dejando caer los hombros a causa del cansancio. Tanalasta lo rodeó con uno de sus brazos.

Vangerdahast hizo un gesto de asentimiento. Sin duda el joven había pasado por alto aquel último detalle, al explicar lo sucedido a la princesa.

—Lo… Lamento mucho todo lo sucedido —pareció decir Aunadar a toda la estancia en general, agachando la cabeza.

Los tres permanecieron sentados en silencio durante un largo minuto. Tanalasta siguió abrazada a Bleth, que observaba el suelo. Ella apretó con fuerza los hombros del noble para hacerle reaccionar, y éste levantó la mirada para observar a su amada, logrando esbozar una fugaz sonrisa.

Con los codos apoyados en los brazos de la silla y los dedos entrelazados ante sí, el mago estudió a la pareja sentada en el diván. En ningún momento abandonaron sus ojos el rostro del joven noble.

—De ahora en adelante, joven Bleth —dijo finalmente, Vangerdahast, rompiendo el silencio—, cuando se vea envuelto en cualquier asunto serio que comporte algún peligro para un miembro de la familia real, procurará estar disponible para informar a quienes puedan necesitar saber lo que ha sucedido. Creo que ya sabe a quiénes me refiero.

Aunadar levantó la cabeza y volvieron a mirarse fijamente, noble y mago, mientras una ira fugaz fluía de un lado a otro.

—Por supuesto —respondió el joven, asintiendo lentamente. Y concluyó sin un atisbo de amargura—: Creí que estaban en buenas manos.

Tanalasta se inclinó hacia adelante y atrajo la mirada de Vangerdahast con sus propios ojos, enrojecidos y cansados.

—Mi padre… ¿se…? —Sus palabras se diluyeron hasta quedar reducidas al silencio.

—Tan sólo sé a ciencia cierta lo que ya he dicho nada más entrar, alteza —respondió con mucho tacto el mago del rey, inclinando la cabeza—. Los temblores que sufren tanto él como el barón han remitido. No obstante, ninguno de los dos ha recuperado la conciencia ni ha respondido a los tratamientos que les hemos aplicado.

La primogénita de Cormyr se puso aún más pálida, tanto como la leche. Entonces fue Bleth quien la rodeó con el brazo. Susurró algunas palabras a su oído, pero sus ojos, en los que ardía la llama de un desafío inconfundible, no se apartaron en ningún momento de los del mago.

—Alteza —prosiguió Vangerdahast, mientras respondía a la mirada de Bleth con una expresión tan dura como firme—, estoy convencido de que este asunto no tardará en resolverse. En este momento, los señores Alaphondar y Dimswart ya están atendiendo a los… pacientes, y yo voy a unirme inmediatamente a ellos para prestar toda la ayuda que me sea posible. Sin embargo, si sucediera lo peor…

Tanalasta levantó las manos y se cubrió con ellas el rostro, como si tuviera intención de protegerse de algún golpe.

—No —dijo en voz baja.

—Alteza —insistió Vangerdahast, en voz aún más baja—, lo más adecuado es estar preparados para lo que pueda suceder…

—No —repitió ella, elevando el tono de voz y levantando la cabeza para mirar fijamente al mago de la corte. Lloraba de nuevo, aunque lo hacía con ojos de zafiro que desprendían fuego.

—Pese a todo —empezó el mago—, el reino…

—He dicho que no —insistió en un tono donde el acero templaba por primera vez las cuerdas vocales—. Me niego a considerar siquiera esa posibilidad, hasta… hasta que todas las demás posibilidades queden excluidas. ¿Me he expresado con la suficiente claridad?

—Pero Alteza… —insistió Vangerdahast no muy convencido, enarcando las cejas.

Tanalasta se levantó, era más alta que la mayoría de los hombres y tan imperiosa como Azoun en sus peores momentos.

—¿Me he… expresado con la suficiente… claridad? —repitió haciendo hincapié en cada una de las palabras. Aunadar se levantó tras ella y apoyó una mano en su hombro, para mostrarle su apoyo. Tuvo que levantar la mano por encima de su cabeza para conseguirlo. Sin apartar la mirada del mago, llevó la otra mano a la empuñadura de la espada.

—Como siempre —replicó tranquilamente el mago, que también se levantó—. Cuando sepamos algo más, será la primera en ser informada.

—De acuerdo —dijo la princesa con frialdad—. Cuenta usted con mi confianza, al igual que mi padre y el barón cuentan con mis plegarias. Retírese.

Vangerdahast volvió su rostro impávido para estudiar a Aunadar Bleth. El joven noble respondió a su mirada con una inclinación de cabeza breve y seria, la despedida de un guerrero a alguien a quien considera su igual, pero no hizo ademán de despedirse. Tampoco la princesa hizo movimiento alguno que pudiera interpretarse como una despedida a su pretendiente. El mago supremo de Cormyr se inclinó levemente y se dirigió a la puerta.

Antes de salir volvió a mirar a la pareja. Las fuerzas habían abandonado a Tanalasta; volvía lentamente a tumbarse en el diván, con el rostro hundido entre sus manos. Sus delgados hombros temblaban. A su lado, Aunadar Bleth le acariciaba el pelo y un hombro, mientras le decía cosas que el mago no alcanzaba a oír, con su rostro pegado al de ella. Era como si Vangerdahast, el palacio y toda la corte se hubieran vuelto invisibles, aislando a la pareja.

Vangerdahast oyó cómo la puerta pesada de la estancia de la princesa se cerraba tras él, y, ominosamente, cómo alguien corría el pestillo. El mago levantó la cabeza como si tuviera necesidad de respirar aire puro, y paseó la mirada por el techo de palacio. Guerreros, señores brujos, elfos y dragones luchaban en el enlucido amarillento. La eterna lucha corría a lo largo de todo el techo del recibidor, en mudo contraste con el tumulto levantado a tenor del desastre sufrido aquel mismo día.

Vangerdahast bajó la mirada para distinguir una figura que se acercaba hacia él a través de las alfombras, una figura vestida con una túnica de color zafiro.

—¿Cómo se llama usted, señora clérigo? —preguntó, al ver que levantaba la mano para saludarlo.

—Gwennath de Tymora, señor mago, a menudo llamada obispo de la Compañía de las Espadas Negras —respondió la mujer, pestañeando ante semejante pregunta, y a continuación, sin pausa, con una premura que Vangerdahast tenía en muy alta estima, cambió de tema para volver a lo que había querido decirle en un principio—: Las convulsiones han cesado en los dos pacientes, y su respiración es débil pero regular. Ninguno de ellos ha despertado, y ambos están muy pálidos. Al tacto están muy calientes, pero las compresas frías parecen servir de algo. El erudito Khelbor se ha opuesto a la sangría, pero los sabios han extraído un poco de sangre para sus propias adivinaciones. —Hizo una pausa para recuperar el aliento, mientras apartaba un revoltoso mechón de pelo de su frente, con la ayuda de su pulgar.

—¿Alguna idea de cuál puede ser la causa? —inquirió el mago, asintiendo con aprobación.

—Ninguna —respondió Gwennath, haciendo un gesto de negación—. Van a llevar el ingenio mecánico a la cámara de Belnshor, cerca de Satharw, aunque usted ya sabrá dónde está. Lo siento, señor… Supongo que querrá verlo con sus propios ojos. Su sola presencia en el combate sugiere algún tipo de veneno, pero sea lo que fuere lo que aflige al rey y a su primo, continúa resistiendo a todas las purgas, las curas y cualquier medicación en la que se nos ocurra pensar. —Su ceño confundido se acentuó aún más—. Y… ¿señor?

—¿Sí, amable dama?

—Probé con ese encantamiento para levantar a los muertos en la persona de su señoría el duque. No surtió ningún efecto.

—Teniendo en cuenta lo sucedido, no me sorprende —confesó Vangerdahast, sin ningún atisbo de amargura en su voz.

—De acuerdo, pero se supone que no debería pasar tal cosa —dijo ella exasperada, haciendo un gesto de incomprensión.

—¿Y qué se supone que debe suceder, cuando muere un duque del reino, y corre peligro la vida del rey? —preguntó con voz mesurada el mago del rey, enarcando ligeramente las cejas.

—Lo siento, señor mago —tartamudeó la joven sacerdotisa—. Pensaba en voz alta y no pretendía ser irrespetuosa. Es sólo que… cuando enferma un miembro de la familia real, no deben escatimarse medios, aunque, por otra parte, tampoco cabe malgastar energías. Hay una veintena de cosas que podemos hacer por ayudar, y lo hemos intentado todo… sin resultado aparente. Hay más poder mágico concentrado en esa sala de palacio que en toda Aguas Profundas y, supongo, que en todo el Valle de las Sombras; ¡ni siquiera hemos podido despertarlos!

—La frustración nos corroe a todos —murmuró el mago, cuyos ojos parecían no ver a la sacerdotisa que tenía delante; era como si observara la escena que tenía lugar en aquella estancia repleta de magos y clérigos, empeñados en luchar por la vida de su rey.

—Sí —suspiró Gwennath, mordiéndose los labios—. ¿Señor mago?

—Dígame.

—¿Qué sucedería en el caso de que… de que no pudiéramos devolver la salud al rey Azoun?

—Ésa es la cuestión. ¿Qué sucedería entonces? —repitió Vangerdahast, como un eco, sin quitar la mirada de la puerta cerrada que conducía a los aposentos de Tanalasta.