24

Sembianos

El rey Pryntaler se presentó ante la fogata del campamento agitando los brazos con tal violencia que Jorunhast pensó que podía echarse a volar en cualquier momento.

—Si guerra es lo que buscan, guerra tendrán —soltó por quinta vez en lo que iba de rabieta.

—No es guerra lo que quieren —replicó el mago tranquilamente—. Lo que quieren es Marsember. Si pueden conseguirlo sin guerra, mucho mejor.

Los dos estaban de pie en medio del grupo acampado, compuesto por nobles, clérigos, escribas y guardias, en la parte más estrecha del desfiladero del Trueno, frontera tradicional entre la Tierra del Dragón Púrpura y las colonias chondatianas de Sembia. Sin embargo, aquellas poblaciones sembianas ya no eran colonias, sino una nación de ciudades mercantes, regidas por el gasto y el oro en lugar de por monarcas y magos. Las tierras altas que rodeaban los picos de las Tormentas, que durante tantos siglos habían sido considerados naturaleza salvaje, eran en la actualidad lugar de paso para las caravanas de mercaderes.

El grupo de cormytas había acampado en la parte más cercana del desfiladero y los sembianos, con sus carros de gran capacidad, en el lado opuesto. El terreno que habían acordado para el encuentro quedaba a caballo del desfiladero, un campo enorme donde se habían erigido las tiendas purpúreas y negras. La intención era la de revivir el esplendor de los elfos, pero en lugar de radiantes pabellones élficos, las tiendas que habían dispuesto para celebrar las reuniones parecían más bien montañas humeantes hechas de nubes cargadas de tormenta.

En la tienda más grande se desplegaba una intensa actividad. Por espacio de tres días, el rey se había reunido con los representantes de las familias sembianas, y por espacio de tres días, tanto él como Jorunhast habían regresado a sus hogueras sin alcanzar un acuerdo. Cada día que pasaba, las amenazas de guerra de Pryntaler eran más frecuentes y las hacía en un tono de voz más elevado.

El punto más delicado de la negociación era, por supuesto, Marsember. Ciudad-estado independiente, al menos desde el punto de vista legal, situada en la parte cormyta de los picos de las Tormentas, disfrutaba de lazos importantes, unos legales y otros no tanto, con Sembia. Las familias de mercaderes más prominentes de Marsember, ansiosas de respetabilidad, favorecían la mezcolanza con el estado de Sembia, mientras que la nobleza y los mercaderes más secundarios querían que siguiera siendo una ciudad abierta. La nobleza de rancio abolengo, la familia Marliir, buscaba el apoyo, si no las huestes e impuestos, de la corona cormyta.

Jorunhast apoyaba una Marsember independiente, al menos de momento. En algunas ocasiones, los negocios de la corona precisaban el amparo sombrío de Marsember más que la bravura del escrutinio abierto de muchas miradas nobles en las estancias de Suzail. Se necesitaba cierta independencia para ello.

Pero una regencia sembiana sería peor. La presencia establecida de Sembia en la parte occidental de los picos de las Tormentas supondría un estímulo constante para las familias de mercaderes. En cuanto los sembianos tuvieran una de sus ciudades a ese lado de los Tormentas, ¿qué impediría al resto de ciudades y poblaciones —tales como Arabel, cuna de rebeldes— jurar lealtad al oro en lugar de al Trono Dragón?

Después de una serie de conversaciones con el joven rey, Jorunhast había decidido que debían proteger Marsember, y dispuso una ronda de conversaciones con Sembia. Oficialmente se encontraban allí para fijar la frontera exacta que separaba a Cormyr de Sembia, pero la cuestión de la posición de Marsember ensombrecía las decisiones que se debían tomar. Los argumentos de Pryntaler eran claros y directos: una Marsember independiente sería beneficioso para todos, y su destino era esencialmente algo que atañía a la corona de Cormyr, puesto que Marsember se alineaba en la esfera de influencia de Cormyr.

Cada anochecer, después de una dura jornada de negociaciones, regresaban al campamento y Pryntaler explotaba, cada vez con más rabia. En aquel momento caminaba de un lado a otro iluminado por el fuego, igual que un león enjaulado, escupiendo sus argumentos como si fuera puro veneno.

—¡Avaros, leguleyos, ladrones, mercaderes intrigantes! —rugió—. ¿Cómo pudieron mis antepasados tener a semejantes gusanos por vecinos, durante tantos años?

—La mayor parte del tiempo eran de todo, menos vecinos —explicó el mago, armado de paciencia—, y pasaban la mayor parte de ese tiempo enzarzados en puyas con los elfos y los hombres del valle del norte, además de con sus señores de Chondath. Ahora que se han librado de ellos, buscan labrarse su propio futuro.

—Un futuro que incluye territorio cormyta, según parece —repuso Pryntaler—. ¡Quizá deberíamos plantarles cara en batalla, en lugar de perder el tiempo con tanta palabrería!

Los demás nobles reunidos alrededor del fuego vitorearon las palabras del rey, y Jorunhast observó que algunos sirvientes y sus propios escribas mostraban su conformidad. Jorunhast hizo un gesto de incredulidad, sorprendido.

Pryntaler, hijo del rey Palaghard y de la reina guerrera Enchara de Esparin, había crecido hasta convertirse en un joven fuerte y musculoso, a imagen y semejanza de su padre. Tenía los hombros anchos de su padre, y su penetrante mirada azul. No obstante, había heredado de su madre un temperamento fiero, así como su habilidad para hacer hervir la sangre en las venas de sus soldados. Lo cual, por supuesto, era precisamente lo contrario de lo que la situación requería.

Jorunhast profirió un profundo suspiro. Él también había crecido, aunque ello también implicara una cintura cada vez más generosa. Sus hombros seguían tan anchos como siempre, y había logrado mantener a raya el paso del tiempo lo suficiente como para conservar un buen aspecto. Sin embargo, al lado de Pryntaler el mago parecía más bien un panadero o un fraile satisfecho con la vida al servicio de Lathander. Si Pryntaler encendía los ánimos de la tropa, estarían a un paso de la guerra. Jorunhast reparó en que lo que ninguno de sus paisanos parecía capaz de ver: en cualquier disputa que fuera más allá de una sola batalla, el acero cormyta no podía pretender vencer al oro de Sembia.

Jorunhast no achacaba al temperamento heredado de su señor aquellos estallidos de rabia. En cada una de las reuniones mantenidas hasta el momento, los cinco sembianos se comportaban como prestamistas que meditaran la conveniencia de un préstamo, en lugar de diplomáticos reunidos con un soberano. Kodlos era su líder, pero tenía que pedir opinión a sus compañeros antes de decidir qué servir durante el almuerzo. El vulpino Homfast y la buitre de lady Threnka estaban unidos en su lujuria por hacer de Marsember sembiana. El anciano Bennesey era el sabio del grupo y parecía recordar hasta el último tratado, compra y encuentro ocasional celebrado entre ambas naciones. Jollitha Par se sentaba con ellos y no abría la boca mientras lo observaba todo, como una araña montando guardia en mitad de la telaraña.

En ningún momento de las tres jornadas anteriores habían tratado a Pryntaler como a un miembro de la realeza, ni siquiera como a un jefe de Estado. No se dirigían a él empleando el «majestad» o el sire. Lo interrumpían a menudo, en el mismo tono que utilizaría un mercader al interrumpir los pensamientos de cualquier aprendiz del oficio. Planteaban preguntas inadecuadas una y otra vez, lo cual obligaba a Jorunhast a comprobar detalles con sus escribas, y después desafiaban la verosimilitud de sus notas mientras el rey permanecía sentado, cada vez más furioso. Jorunhast no creía que buscaban la guerra, pero la forma en que trataban al rey los acercaba más y más a un conflicto armado.

Por su parte, a medida que avanzaban las negociaciones, Pryntaler se volvía más beligerante y tozudo. Ahora se negaba incluso a tratar los asuntos de menor importancia, relativos a las tarifas y exportaciones, limitándose a exponer el punto de vista cormyta y negándose a alcanzar un compromiso. Jorunhast comprendía su estado de ánimo frente a los constantes insultos y desafíos a los hechos y registros históricos de los sembianos, que por otra parte no eran nobles de segunda fila rebeldes o representantes orgullosos de algún lugar cómodamente lejano como, por ejemplo, Thay Aquellos hombres tenían oro a raudales, y no pondrían objeción alguna en enviarlo a Cormyr para moverlo, igual que a cualquier otro lugar. Y si lo enviaban a otro lugar, podían usarlo perfectamente para comprar soldados.

Ninguna de estas observaciones hubiera bastado para apaciguar los ánimos ni de un rey enfadado, ni de sus nobles y guardias.

—Quizá debiéramos levantar el campamento esta misma noche, y volver a Suzail —dijo Jorunhast, aclarándose la garganta—. Creo que los sembianos entenderán el mensaje si no nos encuentran aquí al amanecer.

Pryntaler se detuvo junto al fuego, como si buscara una respuesta en los carbones que ardían. Jorunhast sabía que, pese a su chanza, el rey perdería Marsember si se interrumpían las discusiones en aquel punto.

—Un día más —concedió el rey, levantando la cabeza—. Trataré con esos contables miserables un solo día más. ¡Después verán cómo las gasta la furia del Dragón Púrpura!

Giró sobre sus talones y se perdió en la oscuridad, que apenas alcanzaba a ahuyentar la luz de la luna. Al instante lo siguieron dos de sus nobles, Juarkin y Thessilion Crownsilver, a quienes Pryntaler consideraba sus perros guardianes. Jorunhast los consideraba sus acompañantes y, lo que era más importante, los informadores del mago.

Caminarían hasta la orilla de un lago cercano, y el rey hablaría de lo distintas que eran las cosas respecto al reinado de su padre. Los Crownsilver asentirían y escucharían, con algún que otro gruñido para dar a entender que estaban de acuerdo con sus palabras, hasta que, al cabo de un rato, al monarca se le agotara la saliva y los insultos. Entretanto, los demás nobles, escuderos, escribas y sanadores de la partida real intercambiarían chismes y especularían sobre las medidas que adoptaría el mago Jorunhast para librarlos de aquel brete.

Jorunhast no tenía la menor idea de qué podía hacer para librarlos de aquella situación. Por un lado, simpatizaba con el estado de ánimo del rey. Los sembianos eran una burocracia que carecía de un líder fuerte, y se mostraban tan solapados que lo mismo les hubiera dado tratar con una comunidad de elfos oscuros. Por otra parte, era momento de parlamentar, no de guerrear. Si el rey no podía tratar con los sembianos, la situación amenazaba guerra, si no con Sembia, sería con cualquier otra nación.

El mago real sonrió, pensando en cómo eran en realidad las cosas en tiempos de Palaghard. El padre de Pryntaler casi llevó a la nación a la guerra con la distante Procampur poco después de su coronación, cuando alguien robó la nueva corona forjada para la ocasión. El rey culpó a los joyeros de Procampur, e instruyó al ejército con el objetivo de recuperarla. Finalmente se descubrió al verdadero ladrón, el señor pirata Immurk, y la corona fue recuperada. Era una corona pesada, fea, esculpida en oro puro, que al cabo de unos meses se vio relegada al tesoro familiar, en favor de la más sencilla que siempre habían llevado, la de tres puntas. Sin embargo, aquella corona había estado a punto de costarles una guerra. Quizás ahora la testarudez de los sembianos fuera la causa de un nuevo conflicto.

Jorunhast se levantó, sacudió su túnica y, lentamente, a su aire, fue tras el rey, seguido por uno de sus escribas. Alrededor del fuego, algunas cabezas intercambiaron una inclinación, dando a entender que el mago y el rey conversarían en privado durante un buen rato, y que el mago no tardaría en convencer al Dragón Púrpura de que no abandonara la ronda de negociaciones. A juzgar por las miradas de algunos, aquello no era lo mejor para Cormyr.

Jorunhast descendió lentamente hasta orillas del lago, tanto para disfrutar de la naturaleza como para conceder al rey más tiempo para que se calmara. Los prados se encontraban a las puertas del verano, y a esas horas de la noche hacía una temperatura muy agradable. El camino que lo conducía al lago estaba rodeado por pequeños árboles frutales que formaban un bosque modesto. Hubo un tiempo en que aquello no fue más que un seto, o un bosquecillo plantado para una tardía siembra, pero quienes habían trabajado aquellas tierras hacía tiempo que habían desaparecido, y lo único que habían dejado a su paso eran aquellos árboles. La luna colgaba sobre el horizonte, iluminando el camino, por lo que el mago no tuvo que recurrir a la luz mágica para iluminarse. En las cercanías, las plantas que florecían al anochecer habían abierto ya sus pétalos, y sus suaves fragancias impregnaban el aire cálido de la noche.

Jorunhast se encontraba entre aquellos árboles cuando oyó el rumor de un combate delante de él, a orillas del lago. Gritos humanos se entremezclaban con el entrechocar del acero. Jorunhast echó a correr, mientras su escriba se apresuraba a seguirlo.

Cuando ambos abandonaron los árboles vieron que los dos Crownsilver habían caído, y que el rey estaba trabado en combate con una gorgona metálica. Los flancos de la criatura estaban cubiertos de unas escamas que reflejaron la luz de la luna, y que parecían devolverlos hechos pedazos. Su cabeza enorme estaba envuelta en nubecillas de un vapor verdoso.

—¡Vuelve al campamento y trae a todo el que pueda empuñar un arma, sin olvidar a los clérigos! —ordenó Jorunhast al escriba.

La joven pareció titubear durante un instante, con los ojos clavados en la criatura metálica. Entonces el mago profirió una maldición, haciéndola volver a la realidad. Lo miró brevemente y echó a correr de nuevo por el sendero, en dirección al campamento.

El rey luchaba a la defensiva, tirándose a fondo para lanzar un tajo a la criatura, pero replegándose de inmediato para apartarse también a un lado cuando la bestia atacaba. Sus golpes rebotaron una y otra vez en los lomos de la criatura, y en la oscuridad Jorunhast vio saltar chispas cuando el acero golpeó contra las escamas.

El mago se arrodilló junto a uno de los Crownsilver que había caído. El joven no presentaba heridas, pero tenía el rostro macilento y respiraba con dificultad. Sería veneno. Jorunhast apoyó con cuidado la cabeza del noble en el suelo; poco podía hacer hasta que llegaran los clérigos, y volvió a concentrarse en la suerte del combate.

El rey se estaba agotando, y el monstruo no había recibido el menor daño. De nuevo su majestad volvió a lanzarse a fondo, lanzó un tajo que no tuvo el menor efecto, y esquivó a la retirada, librándose del aliento y los cuernos del monstruo. No era una gorgona, quizá se tratara de algo parecido, pensó el mago. La bestia tenía todo el aspecto de ser capaz de seguir combatiendo cuanto hiciera falta, al contrario que el rey, que tenía empapada la frente en sudor. Pryntaler dirigió una mirada breve y desesperada al mago, antes de esquivar de nuevo a la bestia y apartarse de sus garras emponzoñadas.

Jorunhast observó la secuencia de movimientos que seguía el rey. Sería muy justo, y ni siquiera sabía si su magia afectaría en algo al monstruo mecánico. Sin embargo, no podía esperar más, y los nobles y los caballeros llegarían demasiado tarde si titubeaba.

El mago levantó la mano y empezó a trenzar las hebras de un hechizo, mientras Pryntaler volvía a echarse de nuevo a un lado y cargaba a fondo contra la bestia. Su golpe tuvo el mismo efecto que los demás. Cuando el rey retrocedió de un salto, lejos del veneno que surgía de la cabeza de la criatura, o al menos eso esperó el mago, Jorunhast liberó el conjuro.

Una bola de luz surgió de las yemas de sus dedos y fue a golpear contra la bestia. La descarga de energía golpeó contra el lomo de la criatura y se extendió a lo largo y ancho de sus escamas, como deseoso de encontrar un hueco para infiltrarse en su interior. La gorgona dorada, o lo que fuese, trastabilló un instante, y quedó paralizada como si el golpe la hubiera convertido en piedra.

Pryntaler se agitaba de hombros, exhausto, pero hizo un gesto de asentimiento, agradeciendo al mago su ayuda.

—El monstruo nos esperaba aquí cuando…

Jorunhast levantó la mano, y el rey guardó silencio, intrigado. La gorgona emitía una serie de ruidos metálicos, como si acabara de tragar algo demasiado grande para su mandíbula e intentara aplastarlo.

El mago del reino se acercó a aquella criatura, que seguía tan inmóvil como una piedra. Sí, ya volvía a hacer ese ruido metálico. Ahora podía ver, gracias a la luz de la luna, que no era un ser vivo, sino más bien una especie de golem o autómata con forma de toro gigante. En su interior había algo que intentaba reparar el daño causado por el proyectil mágico.

Mago y rey intercambiaron una mirada, y Jorunhast levantó la mano al tiempo que hacía un gesto a Pryntaler para que se apartara. Se acercó a la bestia mecánica con mucho cuidado, esperando que volviera a moverse de un momento a otro. Contuvo el aliento y movió sus dedos por la cabeza y los hombros de la criatura. Descubrió una pequeña bandeja situada bajo la papada. Tiró de ella y arrancó una pila de hierbas verdosas. Era el veneno, que obviamente era de naturaleza vegetal, y que había dejado fuera de combate a ambos Crownsilver.

Jorunhast retrocedió rápidamente dos pasos para que el vaho tóxico pudiera airearse. Después se acercó de nuevo al lomo de la criatura, y prosiguió con su inspección. El ruido metálico ganó en intensidad y se hizo también más rápido. Tocó con los dedos la grupa de aquella máquina infernal. Había una especie de tapa en la parte superior de la columna, justo tras la base del enorme cuello de la criatura.

El sudor perlaba la frente del mago. La palanca podía silenciar el ruido mecánico o reactivar a la bestia… o quizá bastara con tocarla para que explotara. ¿Acaso debía esperar a los demás nobles, a los caballeros y clérigos?

La criatura empezó a mover lentamente la mandíbula, abriéndola y cerrándola rítmicamente. En el interior del cascarón metálico, Jorunhast pudo oír la bomba que empujaba el veneno, justo cuando la criatura abrió la boca y exhaló un aire que antes hubiera estado cargado de veneno.

Jorunhast profirió una maldición, recitó después una plegaria silenciosa a Mystra y movió la palanca.

El rumor de las bombas desapareció al correr la palanca, y la bestia volvió a quedar inerte. Oyeron gritos procedentes de la cima de la colina, cuando los primeros en llegar en su ayuda abandonaron el seto.

El rey Pryntaler se acercó un poco para examinar a la criatura.

—¿Un artilugio mágico?

—Sí, aunque no sea de los que uno encuentra en los bosques frondosos de Cormyr —asintió Jorunhast—. Alguien lo ha traído aquí para tenderos una emboscada.

—¡Los sembianos! —escupió el rey—. ¡Esto supone la guerra!

—Sí y no —replicó Jorunhast—. Sí, es probable que hayan sido los sembianos o al menos uno de los mercaderes. Pero no, no creo que esto suponga la guerra. Ellos consideraban esta criatura como un instrumento para solventar una disputa fronteriza. Por tanto, utilicémosla con el mismo propósito.

El rey miró fijamente al mago, y lo hizo durante un buen rato antes de hacer un gesto de asentimiento. A aquellas alturas, los que acudían en su ayuda se diseminaban por toda la orilla. El rey se volvió para gritar algunas órdenes a los sanadores, para que atendieran a los Crownsilver, y dejó a solas a Jorunhast para que examinara la presa.

El mago murmuraba entre dientes al echar un atento vistazo a la criatura, exclamando de vez en cuando a medida que descubría otras palancas y paneles ocultos. Solicitó la ayuda de los cuatro caballeros que tuvieron que librarse de su armadura, dispuestos a hacer un poco de ejercicio.

Por la mañana, los sembianos ya se habían reunido en los pabellones de color púrpura y negro, esperando la llegada de la comitiva cormyta, mientras preguntaban cada treinta segundos qué hora era. Los cormytas se retrasaron, y al llegar encontraron cinco rostros que los miraban con expresión ceñuda.

En cambio, su majestad el rey Pryntaler derrochaba alegría. Si en verdad había pasado la noche anterior luchando por salvar su vida, no había nada que lo acusara.

—Llega tarde —dijo Kodlos, hosco, como si el rey fuera un contable que llegara a trabajar pasada la campanada que señalaba el mediodía—. Ayer nos habló usted de nuestra falta de respeto, y ahora resulta que…

—Tarde no… he llegado con cierto retraso —dijo el rey, que interrumpió sonriente al líder de los mercaderes de Sembia. Kodlos pestañeó dos veces seguidas, y Pryntaler hizo un gesto para señalar la entrada de la tienda.

Dos de los nobles caballeros de Cormyr tiraron de un carro con ruedas para introducirlo en el pabellón. En el carro había un objeto de tamaño considerable, cubierto con una lona. A un lado del carro caminaba Jorunhast, con una sonrisa de satisfacción dibujada en el rostro. Los mercaderes cruzaron unas miradas que reflejaban su curiosidad.

Pryntaler continuó, sin dar oportunidad de responder a los sembianos.

—Ayer noche fui a pasear, para poder considerar sus ofertas y puntos de vista. Mientras estaba en ello, me crucé con esto abandonado en un seto, no muy lejos de aquí.

El rey hizo un gesto de asentimiento y Jorunhast cogió el puño de la lona y tiró de él con un movimiento no exento de elegancia, gracias a lo cual la gorgona dorada con la que habían trabado conocimiento la noche anterior quedó a la vista de los presentes.

Cuatro sembianos se inclinaron hacia adelante con curiosidad al ver el toro dorado. Uno de ellos, el siempre inmóvil Jollitha Par, recuperó la postura de siempre, pálido como un muerto.

—Se trata de un ingenio maravilloso —explicó Jorunhast—, una especie de guardia mecánico, al que no parece afectarle la edad. Sin embargo, no sabemos exactamente qué es y…

—Es un abraxus, mago —lo interrumpió el anciano Bennesey, tan falto de tacto como de costumbre—. Eran autómatas creados por magos de Chondatha, aunque podía usarlos cualquiera. Por regla general se activan gracias a un sacrificio humano involuntario, y sirven tanto de guardias como de asesinos… —Finalmente su cerebro atrapó a su lengua, e interrumpió la explicación. Tartamudeó, miró a Jollitha Par y volvió a tartamudear.

—¿Decís que es de esos magos de Chondatha? —preguntó Pryntaler—. Claro, eso explica el que lo conozcáis. Supongo que era una antigua salvaguarda de las fronteras de Sembia con Chondatha. Jorunhast, ¿ha descubierto usted cómo se controla la criatura?

—Creo que tiene una palanca aquí mismo, en la base del cuello —respondió el mago, inclinándose ante el rey.

Jollitha Par estalló como si lo hubieran prendido fuego.

—¡Creo que eso no será necesario! —protestó, levantando la voz a medida que hablaba.

Sus compañeros sembianos —al menos Kodlos, Homfast y también lady Threnka— volvieron la cabeza lentamente para observar a Jollitha, de arácnidos movimientos. Era la primera vez que había hablado en voz alta, como si el dorado abraxus acabara de tocar una fibra sensible.

—Observo que el sabio Bennesey, aquí presente —continuó Pryntaler—, acaba de referirse a la criatura como a una especie de guardián. Si este objeto ha permanecido en su lugar desde la era de los chondatianos, podría decirse que los primeros colonos de su país reconocían los picos del Trueno como la frontera entre nuestras tierras.

Lady Threnka sonrió ligeramente al rey, y ajustó sus quevedos para responder a Pryntaler con fría condescendencia.

—¿Pretende hacernos creer que esta criatura ha permanecido en el mismo lugar durante cientos de años, sin que nada la afectara, para que así usted pueda establecer la frontera existente entre nuestros territorios?

—¿Y qué otra explicación se le ocurre, señora? —preguntó Jorunhast—. Si los antepasados suyos sembianos no la dejaron allí, la otra opción que se me ocurre es que algún que otro sembiano de hoy en día lo haya hecho. Entonces la pregunta es quién y por qué. ¿Era eso a lo que se refería usted?

Mientras hablaba, el arácnido sembiano cogió a lady Threnka del brazo y habló en voz muy baja a su oído. Su comportamiento cambió sensiblemente al escuchar sus palabras, y su arrogancia y superioridad se tornaron en tensión y preocupación.

—Entiendo a qué os referís, majestad —dijo dirigiéndose a Pryntaler y haciendo caso omiso de los argumentos del mago—. Quizá debamos interrumpir la presente, Kodlos, para discutir en privado todo lo relacionado con la fijación de las fronteras oficiales que separen a nuestras dos naciones.

—Pero señora, con lo tarde que hemos empezado hoy… —exclamó Kodlos, sorprendido.

—Ya tendremos tiempo de sobra para considerar de nuevo la situación. —Se puso en pie—. Vamos. Disculpad nuestra retirada, majestad.

—No tiene importancia, señora —respondió Pryntaler, sonriendo y haciendo un amago de inclinarse ante ella.

Los cinco representantes y sus ayudantes se retiraron sin perder el tiempo.

—¿Cuánto cree que tardarán? —preguntó Pryntaler al mago.

—Depende —respondió— de si regresan para aceptar el desfiladero del Trueno como nuestra frontera, o van ahora mismo a Ordulin para consultarlo.

—Me ha llamado majestad —constató Pryntaler.

—Y dos veces —apuntó Jorunhast, al tiempo que asentía con la cabeza—. Claro que parecía como si mascara gusanos cuando lo decía.

—¿Y reparó usted en Jollitha Par? —preguntó el rey.

—Sí —respondió el mago—, y si vos no optáis por cortarle la cabeza, os aseguro que recibirá más tarde una visita mágica y especial, que impedirá que nadie confunda la identidad del mensaje ni del mensajero.

—¿Cortarle la cabeza? —estalló Pryntaler, con una sonrisa de oreja a oreja—. Al meter la pata, esa vieja araña ha conseguido lo que nosotros llevábamos intentando durante los últimos tres días. ¡Creo que lo más justo sería concederle una medalla!