25

Mentiras, espías y asesinos

—Ya estamos casi preparados, ya sabe… casi. Faltan algunos detalles sin importancia, y después tendremos que movernos con suma rapidez. —Ondrin Dracohorn observó la estancia una vez más, y añadió a modo de disculpa—: Ya sabéis, uno nunca es lo bastante cuidadoso. Los magos guerreros tienen espías en todas partes, ¿quién sabe para quién trabajan?

—Para Vangerdahast, por supuesto —respondió el otro noble, uno de los Dauntinghorn de mediana edad, dibujando un mohín con los labios.

La mirada acuosa de Ondrin desapareció brevemente al pestañear.

—Bien, algunos de ellos, claro está, pero tengo razones que me empujan a creer que un puñado de ellos tienen otros amos… nobles. Confíe en mis palabras: mis espías también están en todas partes. —Su nariz estuvo a punto de arrugarse por la excitación—. Respecto a por qué aconsejo apoyar, habrá oído lo que le sucedió a Ohlmer Cormaeril y a Sorgar Illance… ¡Ambos, patriarcas de sus respectivas familias, fueron hallados muertos en sus propias camas y la misma mañana!

—Una limpieza a fondo en esas dos familias, al menos —asintió el otro noble—. Siempre me había sorprendido que esas dos sabandijas no tuvieran el doble de niños para venderlos como esclavos: «Sangre azul garantizada, vendo barato». Y todo eso.

—¡Vaya, he ahí una buena idea para obtener un buen margen de beneficios! —exclamó Ondrin, con mirada febril—. ¿Cómo no se me habrá ocurrido antes? Tendré que contratar algunas mozas para poner en marcha el negocio.

—No, no, antes tiene que liberar a Cormyr —dijo el otro noble, más alto que Ondrin, haciendo un gesto de negación—. Y cuando haya cumplido encargo tan elevado y espléndido… Dígame, ¿cuántos mercaderes ricos podrán decir lo mismo, que han derrocado reyes, para entronizar a otros?… otros nobles se le habrán adelantado a usted en el negocio. En una docena de años, más o menos, después de haberlos mantenido y adiestrado a conciencia, descubrirá usted que el mercado está copado.

—Supongo que sí —suspiró Ondrin, visiblemente desanimado; entonces, apresuradamente, dijo—: ¡Pero si casi olvido decírselo! Me he enterado de que fueron los mismos quienes asesinaron al viejo Ohlmer y al cabeza de la familia Illance. ¡Hombres que trabajaban para un único patrón, perteneciente a la familia Cormaeril!

El otro enarcó ambas cejas.

—Dicen que los magos guerreros estaban furiosos —prosiguió Ondrin, animado—. Pensaron que bastaría con algunos hechizos para averiguar quién andaba detrás de todo ello, en cuanto echaran el guante a uno solo de los asesinos, ¡pero cuando empezaron a pescarlos en el puerto, no tenían cabeza y estaban rodeados por campos mágicos que impedían el uso de la magia!

—¿Negación de magia? —dijo el otro, enarcando las cejas—. ¡Eso me suena a la intervención de alguien más poderoso que cualquier mago guerrero con el que uno pueda cruzarse por la calle!

Ondrin pareció ronronear de lo satisfecho que estaba.

—¡Y como usted bien sabe, sólo hay un hombre en Cormyr lo bastante poderoso para dar la talla en ese papel! Qué casualidad, resulta que el otro día hablaba yo con el mago de la corte sobre unos asuntillos de carácter privado, ya sabéis, cuando…

El gong que había junto a la puerta sonó débilmente, como accionado por un dedo discreto.

Gaspar Cormaeril apartó los labios de la increíble mujer y sonrió fríamente.

—¡Acércate! —dijo, atrayéndola hacia sí con mano firme, en las aguas plácidas y cálidas donde se bañaban juntos. Extendió la otra mano y cogió un vaso de un vino vaporoso y azulado, un producto que, a juzgar por su precio, debían de haber importado de un lugar muy, muy lejano.

La moza se arrimó al noble y se acurrucó en un hombro. Las aguas perfumadas no habían dejado de moverse cuando un hombre enfundado en cuero negro se acercó hasta el borde de la piscina y se arrodilló.

—Traigo nuevas que debe oír cuanto antes señor —dijo el hombre de cuero negro—. Se ha oído a Ondrin Dracohorn hablar de las muertes, relacionándolas con la familia Cormaeril.

—¿A estas alturas? —respondió Gaspar, sorbiendo el vino—. ¡Bien hecho, Tuthtar! Envía a Elios a vigilar a nuestro parlanchín amigo noble durante lo que quede de día, y aprovecha para comer algo. Tengo algo importante que encomendarte. —Obsequió al hombre con la mejor de sus sonrisas serpentinas, hizo un gesto para que se retirara y se volvió para volcar toda su atención en el vino, antes de hundirse de nuevo en la piscina.

Ella empezó a murmurar en voz baja; Gaspar se lo permitió durante un breve espacio de tiempo, antes de volverse de nuevo y apretar un botón situado junto al borde de mármol de la piscina. Sonó un gong en la distancia, y apenas había desaparecido cuando otro hombre entró en la habitación y se arrodilló con la facilidad de la práctica.

—¿Qué desea el señor? —preguntó.

—Es necesario quitar de en medio a Ondrin Dracohorn —respondió Gaspar, sonriendo fríamente—. Alguien acabará por tomarlo en serio. Encárgate también del pobre Tuthtar. Asegúrate de silenciarlo para siempre, antes de que tenga oportunidad de hablar en las cocinas.

—De inmediato, señor —respondió el hombre, volviéndose con una sonrisa.

—Qué pena —murmuró Gaspar, volviendo a coger a la cariñosa moza en brazos—, pero no puedo permitirme el lujo de que haya gente por ahí que sepa demasiado. Cualquier boca proclive a tratar de tales cosas en público es un peligro que la familia Cormaeril no puede permitirse.

Miró a la mujer; al observarlo a su vez con ojos esmeralda, se dio cuenta de lo que acababa de oír y abrió los ojos como platos.

—Qué pena —dijo Gaspar con una sonrisa, al apretar un segundo botón, dispuesto a llamar a otro asesino.

El hombre de la túnica pasó de largo, con aspecto malhumorado. Dos guardias inclinaron la cabeza a modo de saludo.

—Es la primera vez que veo a lord Alaphondar desde hace unos días. Me pregunto dónde habrá estado —dijo uno de los Dragones Púrpura cuando el hombre desapareció, cerrando la puerta tras de sí.

—Es mejor no preguntar, creo yo —respondió el otro guardia, encogiéndose de hombros—. Ahora está ahí dentro reunido con Dimswart, y a juzgar por cómo pintan las cosas, trae malas noticias. —Frunció el entrecejo—. Me pregunto qué…

No muy lejos, una oscura figura se apartó de una columna y se frotó la barbilla. Eso, ¿qué? ¿Y dónde habrá estado el sabio? Había llegado el momento de obtener algunas respuestas. Una mano enfundada en un guante negro se cerró en torno a la empuñadura de una daga.

La princesa de la corona de Cormyr enterró el rostro en la almohada y sollozó como nunca antes lo había hecho, hasta que le dolieron las costillas y se quedó sin aliento. El pañuelo que sostenía contra la mejilla estaba empapado, tenía el cabello revuelto y se sentía enferma, pero no podía dejar de llorar.

—¡Oh, dioses! —gimió, frustrada.

—¡Mi señora! —exclamó la voz de Aunadar, cogiéndola de los hombros para consolarla. Tanalasta se apretó contra él, agitada por unos sollozos renovados que reflejaron su pena.

—Princesa —dijo Aunadar, suavemente—. ¡Acabo de llegar de donde yace el rey, pero ya no está allí, se ha ido a otra estancia, pese a que los clérigos aseguran que aún vive! ¡Alteza, aún hay esperanzas!

—Mi padre agoniza —sollozó Tanalasta—. ¡Agoniza! ¡Está tan cerca de la muerte que lo han trasladado a otro lugar más discreto, al que me han prohibido acceder… A mí, su único familiar presente en palacio! ¡Tan sólo nuestro poderoso hechicero supremo y sus dos ayudantes, esos condenados sabios, pueden ver a mi padre! ¡No me dejarán volver a verlo hasta que lo único que quede sea un cadáver!

Se sentó de pronto en la cama y arrojó una almohada húmeda de las lágrimas contra la pared de enfrente. El cojín pesado dio contra un espejo de forma oval tan alto como la propia princesa, que se hizo pedazos ante su mirada.

—Princesa… —dijo Aunadar, y ella respondió con un bufido de rabia que terminó por convertirse en un grito, antes de clavar sus dedos en la otra almohada como si fueran garras, contra la que arremetió rasgándola y partiéndola.

Aunadar la rodeó con sus brazos, y lo hizo con fuerza. La contuvo durante algunos segundos en que siguió luchando, hasta que sus labios dieron con los de ella, y empezó a acariciarla, tranquilizarla y arrullarla con mucha suavidad.

Transcurrió un largo rato antes de que ella se liberara de aquel beso.

—Ya me encuentro bien, Aunadar —dijo en voz baja, temblorosa—. Suéltame. Gracias.

Aunadar Bleth obedeció y se apartó para recostar la espalda en la pared, con una expresión de preocupación en su mirada. Tanalasta hizo un esfuerzo por sonreír, pero su sonrisa resultó vana.

—No manejo esta situación muy bien, ¿verdad?

—Señora —respondió él, serio—. No creo que nadie se enfrente a la pérdida de un padre con entereza. Hacemos lo que podemos según cómo nos hayan hecho los dioses, y eso es todo cuanto podemos esperar o desear. —Sonrió con timidez—. En este momento, me gustaría ver una sonrisa en vuestros labios. ¡Hace días que no os veo sonreír!

Tanalasta volvió a llorar, un estallido breve que terminó con un amago de sonrisa.

—Oh, mi Aunadar —dijo, llevándose una mano a la mejilla—. Eres el hombre más dulce que haya conocido.

—¿Qué? Veis, yo también os he engañado —la consoló, acariciando la mano que tenía en la mejilla. Ella rió un poco, sin ganas, antes de que sus labios volvieran a encontrarse.

Rodaron uno encima del otro en la cama, pero Tanalasta se incorporó.

—¡No! —exclamó—. No, Aunadar… por mucho que pueda desearlo, no puedo… no, no puedo. ¡Tengo demasiadas preocupaciones! Los nobles murmuran en cada esquina, corren rumores de rebeldes reuniéndose en el Bosque del Rey, incluso aquí mismo, en Suzail; ¡ese viejo mago que está por todas partes, que me sonríe y agita el escrito de regencia allá dondequiera que vaya! ¡No puedo pasar lo que pueden ser mis últimos días de vida jugueteando en la cama contigo! ¿Qué pasaría si los nobles entraran aquí y nos acuchillaran a ambos? ¿Qué?

—Pues que estaríamos juntos para siempre —se apresuró a decir Aunadar, sin pensarlo, para después añadir cuando vio que ella fruncía el entrecejo, enfadada—: Tenéis razón, alteza, soy yo quien se equivoca al pretender distraeros en este momento aciago. Vuestro es este reino nuestro por derecho de nacimiento, y os confesaré que estos últimos días he estado ocupado intentando asegurarme de que lo que os pertenece por derecho sea, finalmente, vuestro.

—¿A qué te refieres? —preguntó Tanalasta, cuya mirada no estaba exenta de peligro.

—He estado hablando con toda la nobleza que he podido encontrar en Suzail, a quienes he planteado sin tapujos de qué lado se inclinaría su lealtad, en caso de que la princesa de la corona Tanalasta reclamara el Trono Dragón enfrentándose a Vangerdahast, si éste se declarase regente… o a cualquier otro que crea que puede sentarse en el trono impunemente, «por el bien del reino».

—¿Y qué os han dicho? —preguntó ella, tranquila, pese a que la última almohada que había cogido estaba aplastada y hecha un guiñapo.

—La mayoría de los nobles se han ofrecido a prestarnos toda su ayuda —respondió Aunadar con tacto—, aunque algunos expresaron sus quejas respecto a ciertos detalles que les desagradan en el gobierno del reino. Me parece a mí que si pretendéis que prevalezca la estabilidad en Cormyr, bajo el reinado de la reina Tanalasta, quizá sin magos guerreros de por medio, lo cierto es… me temo que será necesario hacer ciertas concesiones a la nobleza, para garantizar la seguridad del reino.

—¿Fueron más concretos en sus reclamaciones? —preguntó Tanalasta.

—Algunos querían saber algo respecto de la política que iba a seguir el reino —respondió Aunadar—. Un consejo compuesto por nobles con el que vos consultaríais o algo por el estilo.

—Ya veo —dijo Tanalasta, frunciendo el entrecejo—. Eso opinan los nobles; ¿y qué me dices de quienes se encuentran más cerca del trono de mi padre?

—Rumores. —Aunadar extendió las manos—. Rumores más que hechos probados.

—Rumores… ¡Habla! —exigió Tanalasta, agitando la mano, desesperada por obtener una respuesta.

—Escuchadme, pues —respondió el joven orgullo de los Bleth, nervioso, inclinándose hacia ella—. Vuestra hermana, la princesa Alusair, ha sido vista adentrándose con su banda de guerreros en lo más profundo de las Tierras de Piedra, temerosa al parecer de regresar a la corte. La princesa Alusair y sus nobles huyeron al galope de una patrulla enviada desde Cuerno Alto para que se entrevistara con ella.

—Sí, eso me parece muy propio de mi hermana —suspiró Tanalasta—. ¿Qué más?

—No sé si decíroslo, alteza, porque no es más que un rumor y podría ser falso —dijo Aunadar.

—¡Escúpelo! —ordenó Tanalasta, exasperada.

—Es respecto a vuestra madre, Tana —dijo con expresión grave el joven noble, inclinando la cabeza para dar a entender su obediencia a sus deseos—. Quería descubrir cuánta verdad había en ello, antes de explicároslo. Se dice que a la reina Filfaeril la ha apuñalado un presunto asesino en Estrella del Anochecer, donde yace herida y delirante, al cuidado de unos clérigos. Creo que son de Lathander. No he oído nada respecto a un veneno, pero…

—No. —Tanalasta ahogó un grito, y palideció—. ¡No… también mi madre! ¡No!

Aunadar se apresuró a rodearla con sus brazos, pero ella no se echó a llorar ni se desmayó. Vio que se mordía el labio inferior y buscaba una almohada con la mirada, la misma que había arrojado contra el espejo, quizás, o la que tenía a sus pies, destrozada.

Con mucha suavidad le alcanzó otra almohada, y ella hundió sus dedos blancos y suaves —él sabía cuán suaves eran, oh, sí— en las entrañas, como si fueran las garras de un halcón.

Hundió las manos con fuerza, y luego la soltó.

—Estoy bien —manifestó la princesa con firmeza, apartando la almohada y tragando saliva—. Adelante, Aunadar. Diría que aún no has acabado.

—Se trata de Vangerdahast, cómo no —prosiguió el hombre que le servía de consuelo, haciendo un gesto de asentimiento.

Un espasmo de furia cruzó las facciones del rostro de la princesa al oír el nombre del mago, un espasmo que desapareció tan pronto como había aparecido. Sus siguientes palabras parecieron dichas con una energía que no había mostrado hasta entonces.

—¿Sí? ¡Habla!

—Ha sido visto mariposeando por todo el reino —explicó Aunadar, malhumorado—, caminando por los salones de la corte y los callejones de Suzail con mucha energía durante estos últimos días. Se ha entrevistado con nobles, a los que ha hecho promesas de lanzar conjuros a su servicio o de entregar oro. Un oro que proviene del tesoro real, por supuesto.

—Está reuniendo a una cohorte de gente que lo apoye —dijo Tanalasta. No parecía sorprendida, y mantuvo la calma. Su mente daba vueltas al precio que podía tener su reino. Y, pensó Aunadar, cuánto costaría impedir esa venta.

—Exacto —dijo Aunadar—, y por lo que he sabido, ambos sabios de la corte han partido de la capital para recabar apoyo por todo el reino, incluso tropas mercenarias, para ayudarlo en lo que quiera que esté planeando.

—Su regencia. Un mago gobernando el reino. —Tanalasta se encogió de hombros—. De hecho, no creo que sea tan mala idea —añadió—, siempre y cuando su regencia sea justa, y el mago lo bastante poderoso como para reprimir los inevitables ataques de otros magos rivales. Igual que Simbul contiene a los Magos Rojos para mantener a salvo el reino de Aglarond.

—No se puede confiar nunca en los magos, Tana —afirmó el noble, acariciando sus hombros—. Ya lo sabéis.

Sus caricias supusieron una bendición para la tensión que atenazaba su cuello y sus hombros. La princesa de la corona cedió ante el masaje con un suspiro de placer.

—Oh, Aunadar…

—Siempre estaré a vuestro lado para haceros esto, si lo deseáis —murmuró Aunadar, a su oído.

—Sigue —pidió ella—. No apartes esos dedos maravillosos, y explícame más cosas de nuestro mago preferido.

Sintió cómo Aunadar se encogía de hombros, antes de responder.

—No sabemos nada más que sea de interés, Tana. Está aquí, y de pronto está en otro lugar, y después desaparece. No tenemos hechizos para perseguirlo por todo el reino, ni combatirlo si se diera cuenta de que lo seguimos. Pero no es necesario ser un sabio, ni siquiera un sabio de la corte, para ver que no trama nada bueno. Recuerda las historias de antaño… los magos de Cormyr son leales tan sólo a la corona, no a quienquiera que la ostente.

En un lugar oscuro, no demasiado lejos, Dauneth Marliir quitó el ojo del diminuto agujero por el que espiaba la escena, y asintió. El primogénito de la familia Bleth tenía razón. Él había tenido oportunidad de averiguarlo en sus propias carnes. Vangerdahast tramaba algo.

—Tienes razón, Aunadar —dijo la princesa, profiriendo un suspiro. Se volvió para apartar sus manos con tanta suavidad como firmeza—. Mi agradecimiento por el masaje, pero me temo que debo vestirme y salir de inmediato de aquí. ¡Incluso si no pudiera impedir que los magos me arrebaten Cormyr, necesito aire fresco y un lugar para pasear, de manera que al menos tenga la impresión de que hago algo! No pienso quedarme tumbada en la cama hasta que vengan a convertirme en sapo o me hechicen para casarme con el noble que hayan elegido para mí… o incluso, ¡dioses!, con nuestro querido mago de la corte.

Salió apresuradamente de la habitación, y tiró de la cuerda que servía para llamar a las camareras que estaban a su servicio.

—Espérame en la antesala, Aunadar —dijo en la distancia—. Todavía no es oficial nuestro compromiso, y no quiero que la gente murmure.

Desde el lugar donde se ocultaba Dauneth, la voz lejana de Tanalasta quedó ahogada por la conformidad de Aunadar. Se habían alejado demasiado como para que pudiera oírlos. Dauneth suspiró, sacudió algunos pedacitos de cristal roto que tenía en el pelo, echó un último vistazo a través de la mirilla y gateó fuera de la habitación.

Otra persona oyó el ruido imperceptible que surgió de detrás de la pared y sonrió. Debía de tratarse del joven Marliir, que ya se iba. Mejor sería hacer lo propio.

La dama de ojos llameantes escupió la rosa con la que había estado jugando durante todo el largo tiempo que había permanecido oculta por los tapices que había tras el dosel de la cama de Tanalasta. Había pasado un buen rato incómoda, y a aquellas alturas mascaba el tallo de la rosa. Emthrara la Arpista suspiró y se desprendió de la rosa, antes de frotarse la espalda dolorida y abandonar la estancia.

Cuando una de las doncellas llegó poco después al dormitorio, llevando el vestido que Tanalasta había rechazado, estuvo a punto de resbalar con una rosa que había en el suelo. La sirvienta la recogió y la observó con curiosidad. Alguien había mordido el tallo. Frunció el entrecejo, se encogió de hombros y después continuó con lo suyo, dejando el suelo desnudo, sin una sola huella que pudiera delatar a nadie.